Capítulo 4.

La doncella terminó de maquillar la princesa con una suave sonrisa, orgullosa de lograr que se viera incluso más bella de lo que ya era. Le había rizado el pelo, y se lo había echado parcialmente hacia atrás por el lado izquierdo con unas pequeñas horquillas de perlas. El vestido que le había preparado ese día era de un solo hombro, de vaporosa tela blanca con transparencias, y adornado también con perlas en algunas partes. Para la princesa Nintai, no había ninguna gema que le sentara mejor que las perlas. Sencillas y elegantes, eran perfectas para su frágil apariencia. La hacían resplandecer y, más importante, no le quitaban protagonismo a sus ojos. Las piedras preciosas y el color blanco los hacían resaltar sobre cualquier cosa, hacían que parecieran aun más brillantes y luminosos.

Nintai le sonrió a su vez, mientras se levantaba de la otomana del tocador, y la doncella no pudo evitar pensar en que había algo diferente en ella. Normalmente, aunque bien podía pasar desapercibido, suspiraba pesadamente cada vez que veía los vestidos que tenía que ponerse cada día. Esa mañana también había suspirado unas cuantas veces, pero no de cansancio por su ropa o sus zapatos. Tenía la mirada perdida, y las mejillas ligeramente enrojecidas.

- Gracias -Susurró la chica de ojos dispares, acariciándose un mechón de su pelo distraídamente-. El vestido de hoy es realmente bonito.

- Me alegro de que os guste, Alteza. Os sienta muy bien.

- Oye... ¿Crees que podrías... dejar de tratarme de vos? -Se atrevió a decir Nintai, después de pensarlo mucho. Que después de tanto tiempo siguiera hablándole así la molestaba. Pero no se había dado cuenta hasta que había llegado a esa isla. Hasta que había conocido a una persona diferente, que la trataba como a un igual-. Llámame Nintai de ahora en adelante.

- ¡No, jamás podría hacer eso...! -La doncella enrojeció, sin saber hacia dónde mirar.

Era una dama eterna, una criatura espiritual de increíble hermosura que nunca cambiaba ni envejecía. Su especie tenía los mismos rasgos: piel de color rosa pálido, pelo morado, que ella llevaba sujeto en una larga trenza, y ojos de un bonito color rosa oscuro. Tal vez, lo que más caracterizaba a esa raza era que no existían los nombres propios. La doncella nunca la había llamado directamente por su nombre, a no ser que fuera con algún honorífico antes.

- Por favor, me hace sentir incómoda que siempre me trates con tanta formalidad. Estamos juntas casi todo el tiempo, me gustaría que habláramos como dos personas normales.

La joven de ojos rosados se sorprendió, tanto por la nueva actitud de su princesa como por sus palabras. Había estado a su cuidado desde hacía algo más de dos años, y nunca la había visto así. Algo le estaba pasando, y no tenía ni la menor idea de qué era. Pero no sabía qué hacer ante la insistencia de Nintai.

No podía llamarla directamente por su nombre, por supuesto. Eso sería desobedecer las reglas de su especie. Pero tampoco quería disgustarla.

- Aunque quisiera, no podría llamaros por vuestro nombre. Pero si os parece bien... podría llamaros princesa.

- ...Está bien, eso no me molesta. Me importa más que empieces a tratarme de tú. ¿Lo harás?

Nintai sonrió de una forma tan dulce y conmovedora, que la doncella no pudo evitar deshacerse en ternura en ese momento. Tal vez no fuera una diosa, pero desde luego poseía la misma belleza que ellos.

- Sí, princesa.

- Gracias -La chica de ojos dispares volvió a sonreír, realmente feliz.

Había conseguido algo maravilloso, y el día aun acababa de empezar. Tal vez algún día también intentaría que sus guardias le dirigieran la palabra.

Las dos salieron del hotel, abriéndose paso entre un montón de esos humanos desagradables que saludaban a la princesa tomándose demasiadas confianzas, aunque por suerte guardaban las distancias. Ella era educada, y tenía que mantenerse seria. Aun no tenía muy claro si toda esa gente sabía quién era Meiyo, o si simplemente pensaban que era una gran celebridad. Los humanos que estaban en esa isla eran extraños, divirtiéndose pagando grandes sumas de dinero en las apuestas de los combates entre demonios. Al librarse de esas personas, salieron a dar un paseo. A pesar de que el sol aun no terminaba de alzarse, Nintai llevaba una sombrilla -blanca, por supuesto-. Mientras caminaba lentamente, observando el mar y el cielo, no pudo evitar fijarse en algo.

Una pequeña y extraña flor, que por muy poco no quedaba oculta entre la hierba. Tal vez una persona normal no se hubiera dado cuenta, pero ella la vio. Discretamente, mientras su doncella miraba hacia otro lado, se inclinó y la arrancó para poder verla mejor en su mano. Al sostenerla notó que no era como las flores normales: era cuarzo rosa, deformado para crear pétalos finos y brillantes. Asombroso. Volvió a alzar la mirada hacia delante, y entonces pudo ver que no había sólo una de esas extrañas flores. A lo lejos pudo distinguir el mismo brillo que había llamado su atención, en otros dos puntos. De algún modo, supo que estaban marcando un camino. Y supo de inmediato quién lo había hecho.

Dispensó a la chica de piel rosada, con la excusa de que quería dejarla descansar hasta el torneo, y en cuanto se quedó sola se dispuso a seguir el sendero marcado por las flores, recogiéndolas una a una. Obviamente, las guardaría.

Se ruborizó débilmente cuando vio al chico de pelo rojo, sentado al pie de un árbol y apoyado en el tronco. Él también tenía una de esas flores en la mano. Kurama sintió su presencia, y la miró con una suave sonrisa, a la que ella respondió al momento.

- ¿Las has hecho tú? -Susurró, mirando las pequeñas flores que había recogido, aunque solo porque en ese instante sintió la necesidad de bajar la mirada.

- Sí. Mi poder no sólo es capaz de invocar plantas del Mundo de la Magia -Respondió el chico, levantándose para caminar hacia ella.

- Son preciosas.

Kurama le ofreció la última flor de cuarzo, y la princesa la aceptó con una sonrisa tímida. Las guardó todas en uno de los pliegues de su vestido. El chico de ojos verdes le preguntó si podía acompañarla un rato, a lo que ella dijo que sí, por supuesto. Caminaron tranquilamente, hablando de cosas sin importancia, aunque de vez en cuando ambos se perdían en sus propios pensamientos, Nintai sujetando su sombrilla adornada de modo que ocultase un poco su cara sonrojada, y Kurama mirando hacia el cielo con una calma envidiable a pesar de que en unas horas tendría que volver a pelear. Seguramente, esa noche sería herido de nuevo.

Pensar en eso hizo que la chica recordase lo ocurrido entre ellos la noche anterior -cosa que la hizo volver a enrojecer-, y se dio cuenta de que él no le había preguntado nada. Era raro, sentía que el joven humano tenía muchísimas cosas que preguntarle, pero no se atrevía. Bueno, tal vez eran preguntas que no se debía hacer a alguien a quien apenas se conoce. Ella misma sentía que todo lo que estaba pasando entre ellos en tan poco tiempo era muy extraño, pero tampoco era ninguna experta en relaciones personales, y mucho menos entre los humanos. Además, ella ya sabía que podía confiar en él. Así que decidió tomar la iniciativa.

- ¿Qué sabes acerca de la sangre inmortal? -Preguntó, apartándose un poco a sombrilla para apoyarla en su otro hombro y así poder mirarlo mejor. Kurama se pensó su respuesta.

- Hasta anoche, sabía lo mismo que todo el mundo. Que es la sangre dorada de los dioses, que tiene propiedades curativas... aunque no tenía ni idea de que puede curar a otras personas.

- Sí... No hay muchos que lo sepan, o al menos eso creo. Yo tampoco lo sabía, lo descubrí hace algo más de dos años. Bueno, digo que lo descubrí, pero es más correcto decir que me lo mostraron a la fuerza. No fue demasiado agradable -Susurró, comenzando a mostrarse turbada a medida que hablaba. Dudó por un momento si seguir o no, pero finalmente se decidió-. Mi doncella me contó que en el Mundo de la Magia se dice que, si bebes sangre dorada, obtienes la vida eterna. ¿Lo sabías?

- He oído los rumores en más de una ocasión -Por supuesto, los había oído cuando aun era Zorro Espiritual-. Pero me imagino que sólo son habladorías. Dudo mucho que alguien haya conseguido probar la sangre de los dioses.

- En realidad, sí que se ha probado.

Kurama se detuvo, confundido por sus palabras. No alcanzaba a entender por qué la princesa del Mundo Espiritual le contaba todas esas cosas, pero también era cierto que se estaba volviendo loco por saberlo todo acerca de ella. Nintai también dejó de andar, y se giró hacia él un instante antes de mirar a otro lado.

- Un grupo de demonios consiguió entrar en el Mundo Espiritual, y en el palacio del Gran Dios Hagakure. Nunca llegaron a descubrir cómo consiguieron hacerlo -Comenzó a decir, con voz temblorosa. Era evidente que aquel no iba a ser un relato feliz. Pero aun así, parecía que realmente quería contárselo. Kurama pudo notar perfectamente que tenía un nudo en la garganta. Probablemente, era la primera vez que podía hablar con alguien de ello- Treinta y siete días. Es el tiempo que consiguieron mantenerme oculta en el Mundo de la Magia, hasta que mis hermanos dieron conmigo. Treinta y siete días encerrada, torturada. Sabían que no moriría, y que podrían hacer lo que quisieran conmigo. Experimentaban para saber cuanto tiempo tardaba en recuperarme de cada herida. También se herían unos a otros, para luego curarse con mi sangre.

- Debío de ser horrible -Susurró Kurama, tragando saliva. Tenía la boca seca, y apenas se acordaba de respirar.

- Eso sólo fue el principio. La sangre de los dioses puede curar cualquier herida física. Pero... si se bebe, se convierte en un terrible veneno, que pudre el cuerpo desde dentro en pocos segundos. Todos bebieron mi sangre -Concluyó la chica, cerrando los ojos. Sin embargo, por alguna extraña razón no pudo evitar sonreír al pensar en algo más-. Bueno, todos... menos uno. Él fue más listo que los demás, y se mantuvo apartado. El mismo que, según creo, averiguó la forma de entrar en el Mundo Espiritual. Y sólo quedamos él y yo.

¿Un simple demonio había sido capaz de entrar en el mundo de los dioses? Imposible. Kurama había estado allí alguna vez, pero siempre con el permiso de Koenma, y ni siquiera así era fácil. ¿Qué clase de demonio sería? Si incluso había evitado hacer lo mismo que los demás... Realmente asombroso. Aunque no tanto como la forma en que la princesa Nintai acababa de sonreír, simplemente con pensar en eso. Lo que estaba contando no era ningún cuento de hadas, era una historia cruel en la que había sido brutalmente torturada. Pero su forma de hablar sobre aquel demonio... era extraña.

- Ahora creo que pensó en dejarme encerrada para siempre, para que nadie consiguiera encontrarme, pero en el fondo tenía muy presente que mis hermanos no tardarían en hacerlo. Por supuesto, también sabía que no podría matarme. Así que me liberó. Meiyo fue el primero en sentirlo. Yu y Rei llegaron con él, y me salvaron. El Gran Dios Hagakure ni siquiera preguntó si estaba bien, consideraba que todo lo que había pasado era por mi culpa, y no quiso volver a saber nada de mí. Cosa que en realidad no es muy diferente a cómo me trataba antes de mi rapto. Meiyo fue el único al que no le importó quedarse conmigo.

Kurama no salía de su asombro. Qué historia tan increíble. La princesa Nintai tenía solo catorce años, y había vivido un verdadero tormento que la perseguiría por toda la eternidad. Comparados con eso, catorce años no eran nada. Y a pesar de todo, lo contaba con una sonrisa. Una bonita sonrisa que escondía muy bien la tristeza que sentía al saber que nunca sería aceptada, ni siquiera entre los miembros de su propia familia.

Tal vez... se acercaba a él con tanto interés precisamente por eso. Por mucho que fuera una princesa inmortal, no dejaba de ser una niña. Una niña que por primera vez podía descubrir algo diferente a su mundo. Era inteligente, pero también inocente y confiada, al ver que alguien fuera del reducido grupo de sirvientes con quien convivía la trataba bien. Si Kurama tuviera una mente tan retorcida como antaño, seguramente se aprovecharía. Pero no. Ya no era así, había desarrollado un alma humana, capaz de sentir empatía y compasión, y también aprecio por otros. No tenía ninguna intención de hacerle daño, ni mucho menos. Desde luego, él ya podía admitir sin dudar que la princesa le gustaba. Sentía auténtica fascinación por ella, y era más que evidente que la atracción era mutua.

- Debes saber que te he contado todo esto porque quería hacerlo. Siento ganas de contarte todo sobre mí, y también quiero saberlo todo sobre ti. Aunque no sé por qué. ¿Esto es normal? Me refiero a si es... algo que los humanos hacen.

- Claro que sí. Bueno, creo que tú y yo vamos un poco más rápido de lo habitual, princesa, pero también es cierto que no somos precisamente normales.

- Cierto -Rió la chica, un poco menos tensa por todo lo que acababa de relatarle. Estaba descubriendo que Kurama tenía ese efecto en ella. No sólo quería decirle todo lo que pensaba, también hacía que se sintiera mejor por hacerlo. Nunca había hablado con nadie de su secuestro.

Tal vez estaba yendo muy rápido confiando en él. Tal vez estaba siendo muy ingenua. Pero todo aquello era nuevo para ella, y sabía que Kurama no le haría nada malo. Podía sentirlo. Por eso le había curado con su sangre, a pesar de que era algo increíblemente íntimo. De hecho, nunca había curado a nadie más -por propia voluntad, claro-. Era como entregar una parte de sí misma. Y se había sentido bien al dársela a Kurama. Mejor que bien.

Nintai se ruborizó al pensar en todo eso, pero aun así no pudo evitar responder a su cálida sonrisa. Lentamente, alzó la mano que le quedaba libre, y cogió la del chico de ojos verdes para llevarla a su mejilla. Era lo que él habría hecho la noche anterior, si no se hubiera ido. Cerró los ojos, y disfrutó del suave tacto de su mano contra su piel.

- Háblame -Le susurró, sonriéndole dulcemente. Si bien era cierto que había algo entre ellos y estaban yendo muy rápido, a ella desde luego no le importaba. Era la primera vez que se sentía así. Y no quería dejar de sentir.

Kurama le contó muchísimas cosas mientras caminaban por los alrededores de la isla. Le habló tanto de su actual vida como de la anterior. La princesa ya tenía muy claro que no era un humano normal, pero tampoco se esperaba que en realidad fuera un demonio de más de mil años, el Zorro Espiritual. Ese chico también tenía una historia extraña, a la par que fascinante. Un demonio que, sin pretenderlo, había comenzado a querer a una humana como si fuera su verdadera madre. Por lo que le contó, había tenido intenciones de abandonar el Mundo Humano tras recuperarse del daño que había sufrido cuando intentaron darle caza. Pero cuando por fin tuvo el poder necesario, no fue capaz de dejarla. Ya ni siquiera se planteaba volver al Mundo de la Magia, su lugar de origen. Eso era amor. Sin ninguna duda.

Nintai escuchó todas sus historias con curiosidad y atención, sin perder ni un solo detalle, y sonriendo cada vez que él le contaba alguna anécdota. Sin embargo, desde hacía un buen rato había comenzado a sentir algo extraño en el aire. Parecía que Kurama no se había dado cuenta, a pesar de lo perceptivo que era. Pero ella podía sentirlo claramente: en otra parte de la isla, alguien estaba sufriendo un dolor indescriptible. Y no sólo lo soportaba, sino que intentaba sobreponerse a él sin conseguirlo. Qué raro. Era la primera vez que percibía algo así. Normalmente podía notar el aura de las criaturas que estaban a su alrededor, pero esa era demasiado fuerte, hasta el punto que ella misma podía sentir el dolor. Se le formó un nudo en la garganta, y tragó saliva.

Algo avergonzada, se despidió del chico de pelo rojo deseándole suerte en su próximo combate, y prometiéndole que le estaría animando. Hablaron unos pocos segundos más, y por din se alejó de él intentando no caminar muy deprisa para que no pensara que algo iba mal. Pero en cuanto lo perdió de vista, no dudó ni un instante en comenzar a correr. Iba un poco despacio por los tacones, pero no le importó. Ni siquiera se dio cuenta de que la sombrilla blanca se le había caído de la mano.

Siento volver a sacar el tema, sé que es doloroso para ti, le había dicho Kurama, un instante antes de decirle adiós. Pero siento tengo que preguntar. ¿Llegaron a capturar al demonio? El que te secuestró y luego te liberó.

Entendía que quisiera saber más de ese demonio tan increíble, que había conseguido entrar en el Mundo Espiritual, y había sido capaz de raptar a la hermana de los Siete Grandes Dioses. Pero aun así... qué ironía tan grande. Ella no había podido evitar sonreír.

Tú le conoces.

No le había dicho más. Supuso que se daría cuenta tarde o temprano, y más con lo intuitivo que era.

Dejó de correr, y se acercó lentamente al borde del acantilado. Había seguido el aura, dejándose guiar por la fuerza que tiraba de ella en su interior. Y había llegado hasta allí, sin saber lo que podría pasar, pero sí sabiendo muy bien a quién se encontraría.

Estaba arrodillado sobre una de las rocas que sobresalían del agua del mar, apretando los puños con fuerza. A pesar del ruido de las olas golpeando el acantilado, y del viento que revolvía las hojas de los árboles, supo que no estaba solo. El demonio de ojos rojos se giró, para encontrarse con la mirada de la princesa del Mundo Espiritual.

Continuará