Capítulo 5
Nintai contuvo el aliento al observar al demonio de ojos rojos. El dolor que estaba sintiendo se hizo aun más intenso, concentrándose en su brazo derecho. Comenzó a angustiarse, al darse cuenta de lo que estaba pasando.
Hiei la miró, frunciendo el entrecejo.
- ¿Qué estás haciendo?
La princesa no respondió. Desvió la mirada hacia el brazo derecho del chico, tragando saliva. No tenía buen aspecto. Si bien la noche anterior había notado algo raro en él cuando había lanzado aquel brutal ataque contra Zeru, no imaginaba que fuera tan grave. Pero ella estaba sintiendo su dolor, aunque sospechaba que lo que estaba percibiendo no era más que una pequeña parte de lo que él estaba sufriendo. Y a pesar de ello, se mantenía en pie e intentaba sobreponerse. ¿Cómo era capaz de hacer algo así?
- ¡Te estoy hablando! -Exclamó el chico, agarrándole el brazo con fuerza. Apenas le había llevado un segundo moverse desde donde estaba, hasta llegar junto a ella.
- ¿Tu brazo... volverá a estar bien? -Susurró Nintai, realmente sin prestar atención a lo brusco que estaba siendo.
Hiei se sorprendió y extrañó por sus palabras, mirando sus ojos dispares, que desbordaban ansiedad.
- ¿Qué dices...? ¿Eres idiota o qué?
Ella tampoco entendía muy bien por qué. Debería odiarle con toda su alma. Y sin embargo, en ese momento estaba terriblemente preocupada por él. Estaba sintiendo su dolor en su propia carne, aunque no sabía por qué estaba pasando eso. Ni siquiera estaba segura de si podía curar algo así con su sangre.
Pero... ¿por qué quería curarle? ¿Por qué le dolía saber que estaba sufriendo? Empezaba a dolerle la cabeza por lo ansiosa que se encontraba. No dejaba de darle vueltas a todo lo que estaba pasando, y tener los ojos de Hiei justo frente a los suyos no la ayudaba. Le ardía el brazo, sobre todo la parte que el chico le estaba agarrando. Estaba realmente angustiada, no sabía qué hacer ni qué decir.
- No te entiendo -Dijo él, apretando un poco más su brazo al acercarse a la princesa, aunque era precisamente la proximidad lo que la estaba confundiendo aun más-. La otra noche me desafiaste, y hoy te quedas callada como si nada. ¿Qué pasa, te gusta que vaya a por ti? ¿Por eso has venido? Parece que ese secuestro te dejó bastante tocada.
- ¡Suéltame! -Exclamó, moviendo su brazo con fuerza, y apartándose de él todo lo que pudo dando un paso hacia atrás. Sin embargo, un momento después sintió cómo se le cerraban los ojos, sin poder hacer nada para evitarlo.
Nintai perdió el conocimiento de repente, sin ninguna razón. Hubiera caído al suelo, de no ser porque alguien la sujetó. Y de nuevo, Hiei se sorprendió. Meiyo sostuvo a su hermana pequeña con el brazo izquierdo, observándola sin la menor expresión en su rostro.
- Ya basta -Susurró con tranquilidad-. No sabes controlar tus emociones.
El dios miró fijamente al chico, sin ni siquiera pestañear. A pesar de su inexpresividad, en sus ojos dispares se podía ver odio. Auténtico desprecio. Incluso Hiei pudo darse cuenta de eso. Por supuesto, le devolvió la mirada con la misma intensidad. Pero la hostilidad que normalmente le servía para asustar a cualquier criatura no daba resultado con un dios guerrero. Por instinto, dio un paso hacia atrás, dándose cuenta además de que tenía un nudo en la garganta. Jamás había sentido nada parecido.
Si Meiyo hubiera querido ya lo habría matado, y ni siquiera le habría dado tiempo a defenderse.
- Sé quien eres. Ni se te ocurra acercarte a ella.
El demonio estuvo a punto de responderle alguna grosería. Incluso abrió la boca, totalmente dispuesto a ello. Pero el dios ya había desparecido, llevándose a la princesa con él. Una vez se vio libre de la increíble presión espiritual que emanaba la deidad, no pudo evitar caer de rodillas, completamente empapado en sudor.
En la habitación de Nintai, su doncella cantaba en voz baja mientras ordenaba el tocador. Estaba tan relajada que incluso dejó escapar un pequeño chillido cuando sintió la fuerte presencia que acababa de llegar. Al girarse y ver a su señor, lo primero que hizo fue arrodillarse. Le costó muchísimo contenerse para no ir corriendo hacia él en cuanto vio que llevaba a la niña de pelo azul en brazos, inconsciente.
- La princesa Nintai no asistirá esta noche al torneo -Dijo con calma, aunque para la doncella de piel rosada sus palabras no podían ser más firmes.
Asintió, aun sin alzar la cabeza. Con su princesa tenía un trato familiar -puede que demasiado, según las reglas de su raza-, pero al dios sí que no se atrevía a mirarlo jamás. y rara era la vez que pronunciaba una palabra ante él.
Meiyo llevó a su hermana en brazos hasta la cama, y allí la dejó. La doncella se asombro, aunque eso era poco, cuando vio que el dios se sentaba sobre las sábanas, junto a ella, para apartarle el pelo de la cara con delicadeza. La observó sin pestañear, con la eterna inexpresividad de su rostro. Aun así, dejó escapar un pequeño suspiro al acariciar sus párpados con la yema de los dedos, deteniéndose en su ojo izquierdo.
- Realmente... odio el color de sus ojos -Susurró en un tono apenas audible, antes de levantarse.
Y sin más, se marchó.
Ya era noche cerrada cuando Nintai por fin abrió los ojos.
- ¿Qué ha pasado...? -Preguntó, sintiéndose exhausta. Consiguió incorporarse muy despacio, pero los párpados aun le pesaban.
- El Gran Dios Meiyo te ha traído aquí, hace ya unas cuantas horas. Lo siento mucho, princesa, he intentado despertarte varias veces pero no respondías.
- Está bien -Susurró alzando la mano, intentando pensar con claridad. No era la primera vez que la dejaban inconsciente de esa forma, era algo que los dioses usaban con frecuencia. Si Meiyo hubiera querido, podría haberla hecho dormir para toda la eternidad. Tampoco le había pasado muy a menudo, sólo un par de veces, pero sabía que ese malestar tardaría un buen rato en desaparecer. Era una especie de castigo, en cierta manera. Al menos ya había permitido que despertase-. ¿Mi hermano ha dicho algo?
- Sólo que no irías a ver el torneo. Estaba muy preocupada, princesa -Dijo la doncella, ya al borde de las lágrimas-. ¿Estás segura de que estás bien? ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
- Estoy bien, de verdad. No te preocupes. ¿Podrías dejarme sola un rato? Ve a descansar.
La sirvienta de piel rosada intentó replicar, pero finalmente aceptó marcharse. Nintai se tapó los ojos con las manos, e intentó dejar la mente en blanco para que el dolor de cabeza desapareciera, aunque fuera poco a poco. No conseguía recordar muy bien lo que había pasado. Sabía que estaba con Hiei, y de repente... todo se había desvanecido. Pero él estaba bien. Meiyo no le había hecho nada, de eso estaba completamente segura.
Se levantó de la cama para sentarse en la otomana del tocador, y así mirarse en el espejo.
Algo extraño le estaba pasando. Siempre había podido sentir a todas las criaturas que la rodeaban, en mayor o menor medida, pero jamás le había ocurrido nada semejante. Y ya no se trataba sólo de su dolor. Ahora también estaba comenzando a sentir todas las cosas que él mismo estaba sintiendo en esos momentos. Sabía que estaba vivo precisamente por eso. En ese mismo instante, cerrando los ojos y concentrándose en esa sensación, podía percibirlo. No podría explicarlo con palabras coherentes por mucho que lo intentara, pero estaba sintiendo... su vida. Como si fuera la suya propia.
Su hermano lo había notado, y por eso se la había llevado de allí. ¿Sabría él la razón de que le estuviera pasando eso?
Aun concentrándose en eso, bajó las manos hasta la falda de su vestido, y notó algo. Recuperó las flores de cuarzo de uno de los múltiples pliegues de entre la tela nada más acordarse, y las observó al ir dejándolas sobre el tocador. Acarició una con las yemas de los dedos. Kurama.
Sin pensárselo dos veces, y a pesar de que aun le dolía la cabeza, se levantó y corrió hacia el armario para coger ropa cómoda y cambiarse. La había escondido dentro de uno de sus vestidos más pomposos, para que nadie la viera. La dejó sobre la cama, volviendo a acercarse hasta el espejo para quitarse todas las horquillas del pelo con nerviosismo.
¿Dónde estaba? ¿Se encontraría bien?
En respuesta a sus preguntas no formuladas, escuchó un ruido al otro lado de la puerta transparente que daba a su terraza. Por un momento se inquietó, pero después se dio cuenta de que no había motivos. Más bien era él quien tendría problemas si Meiyo o alguno de sus guardias lo encontraba allí. Sin embargo, emanaba un aura tan débil que les sería difícil notar su presencia. Debía de ser por su cuerpo humano.
- ¡Kurama...! -Susurró, asustada al correr la puerta y ver el estado en que se encontraba.
Se acercó a él, y se sintió más aliviada al ver que ninguna de sus muchas heridas sangraba. Parecía que ya habían sido tratadas, de alguna manera, pero eran muy recientes. Debía de estar haciendo un gran esfuerzo manteniéndose en pie.
- Siento molestarte viniendo aquí, sé que no debería. Estaba preocupado por ti -Reconoció el chico, sonriendo un poco avergonzado.
- No, yo también estaba preocupada. Entra.
Cerró la puerta de cristal, extrañándose un poco al ver al pelirrojo sentarse en el suelo a los pies de la cama, y no sobre ella. Pero no le dio importancia. Fue junto a él, y se arrodilló a su lado después de coger un fino abrecartas que había en el tocador. Kurama vio sus intenciones, y la detuvo antes de que se hiriese el brazo.
- No... No desperdicies tu sangre conmigo.
- Pero quiero curarte. No es ningún desperdicio.
- No me parecería bien que hicieras algo así por mí cada vez que estuviera herido. Pronto volveré a estar bien, no te preocupes.
- ...De acuerdo -Aceptó Nintai, un poco avergonzada por el rechazo.
Tal vez no le curó, pero sí que le limpió las heridas, a pesar de que Kurama le insistió en que no lo hiciera. Ya debía de haberlas tratado él mismo, pero se quedaría más tranquila si le ayudaba. No pudo evitar ruborizarse, mientras mojaba una tela blanca y limpiaba suavemente el brazo del chico, haciendo lo mismo después con su pecho. Era la primera vez que tocaba tanto el cuerpo de otra persona.
- Ojalá hubiera podido ver los combates de hoy. Claro que, viendo cómo has acabado, tal vez haya sido lo mejor.
- Tal vez sí -Rió Kurama en respuesta. Decidió no preguntarle por qué no había asistido, por alguna razón no le parecía una buena idea. Debía de tener algo que ver con la manera en que se había marchado esa mañana cuando estaban hablando-. Es curioso. He peleado contra un monstruo que también utilizaba su sangre.
- ¿De verdad?
Le relató todo lo ocurrido en el torneo ese día, al tiempo que Nintai le ponía algunas vendas -que había encontrado en un pequeño botiquín del baño- y escuchaba con atención, sorprendiéndose con cada detalle. Se dio perfecta cuenta de que evitó nombrar a Hiei en la medida de lo posible. Era fácil imaginarse por qué. Aunque a ella no le molestaba en absoluto. En realidad, y a pesar de que se lo negaba a sí misma con todas sus fuerzas, quería preguntar por él. Pero no lo hizo.
Se preguntaba qué había pasado horas atrás, cuando su hermano la había dejado inconsciente. No lograba recordar bien toda esa escena, pero se ponía nerviosa sólo de pensarlo. Meiyo debía de estar muy enfadado. Seguramente no volvería a dirigirle la palabra, y tal vez la castigaría, muy probablemente encerrándola en la habitación para que no pudiera salir ni ver el torneo. Debía aprovechar el poco tiempo que le quedaba con Kurama.
- ¿El resto de tu grupo está bien? -Se atrevió a preguntar, finalmente.
- Sí, todos están bien. Afortunadamente ellos recibieron heridas más leves que las mías. Yusuke ya está como una rosa.
- Es un humano extraño -Dijo la princesa, con una pequeña risa.
- Bueno, todos nosotros somos extraños. Incluso las chicas que nos acompañan lo son.
- ¿Chicas?
- La guía del Mundo Espiritual, una mujer del hielo, y dos humanas. Cuando nos juntamos todos somos un grupo bastante interesante.
Nintai rió con ganas, intentando disimular un poco tapándose los labios con la mano. Sólo con pensar en que Botan, la guía del Mundo Espiritual, estaba con ellos, debían de haber pasado unas cuantas rarezas. Qué divertido. Ojalá pudiera conocerles a todos.
- Ahora que lo pienso, ¿de dónde sacas esa ropa? -Preguntó el pelirrojo, fijándose en las prendas que la princesa había dejado encima de la cama. Ropa cómoda para luchar. La había visto con algo similar una vez, pero realmente no la imaginaba peleando.
- La consigue uno de mis guardaespaldas. Le he pillado espiando a mi doncella varias veces, creo que está enamorado de ella.
- ¿Así que le estás extorsionando? -Rio Kurama, sin dar crédito a lo que la chica le estaba confesando. Ella se encogió de hombros, con una sonrisa divertida que no mostraba ningún remordimiento-. ¿Para qué la quieres?
Nintai bajó la mirada con calma. Ya había terminado de vendarle el brazo izquierdo. Kurama vio que enrojecía, antes de decidirse a responder a su pregunta.
- He visto a mis hermanos mayores pelear varias veces. En exhibiciones, claro. Son increíbles. Ser un dios guerrero debe de ser increíble. Ya sé que yo nunca tendré que luchar, pero aun así... me gusta.
El Mundo Espiritual era realmente complejo. Era injusto que una mujer no pudiera ser diosa por el simple hecho de no haber nacido como varón. A la princesa Nintai no parecía molestarle tanto eso, sinó más bien el no ser aceptada, y no poder hacer lo que le gustaba. Kurama se imaginó que, en realidad, a ella le gustaba la lucha porque de alguna manera podía sentirse más cercana a sus hermanos. Sintiendo una gran ternura por ella, deseó que algún día consiguiera tener una buena relación con todos ellos.
- Creía que este torneo sería muy diferente -Dijo ella en voz baja, sacándole de sus pensamientos. Estaba sonriendo, aunque se notaba que no era una sonrisa alegre. ERa un gesto melancólico que una niña de catorce años con una cara tan bonita no debería mostrar nunca-. Estaba deseando verlo, pero ahora... No me gusta saber que volverán a herirte.
El pelirrojo apretó los labios. No quería ser él el motivo de su preocupación. A una parte de él, esa que ocultaba la personalidad del Zorro Espiritual, le encantaba que la hermana de los Siete Grandes Dioses estuviera tan dispuesta a herirse a sí misma para sanarle con su sangre dorada. Pero su parte más racional, la que por suerte era mucho más fuerte, sólo quería que la princesa se sintiera bien. No podría explicarlo bien aunque lo intentase, pero quería... ser su lugar seguro. Donde pudiera estar tranquila, a salvo de todas esas criaturas que no la aceptaban y la juzgaban, y ser feliz. Le sorprendía tener esos pensamientos. En realidad, le asustaban muchísimo. Nunca se había sentido de esa manera y, además, todo estaba pasando demasiado rápido. Ambos eran muy conscientes de eso, pero él ya sentía que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. El tiempo no importaba.
Le alzó el mentón con los dedos, suavemente, para que cuando abriera sus ojos dipares le viera sólo a él.
- Nintai -Susurró, mirándola fijamente, y apartándole un mechón de pelo de la cara al acariciar su mejilla.
Sin pararse a pensarlo demasiado, se acercó a la princesa y la besó con suavidad, cerrando los ojos después de ver que ella lo hacía. El contacto apenas duró un breve instante, pero se separaron despacio. En cuanto volvieron a mirarse, ella solo pudo enrojecer.
- Lo siento -Kurama bajó la mirada, sonriendo débilmente.
Nintai hubiera dado cualquier cosa por saber lo que estaba pensando en ese momento. Tal vez lo mismo que ella. La había llamado por su nombre. No princesa, como solía hacer. Era increíble cómo eso la había hecho incluso más feliz que aquel beso. El primero, el único. Algo que recordaría durante su larga vida, y que pertenecería a Kurama para siempre.
Tomó la mano del chico entre las suyas con delicadeza, rozando con los dedos la venda que cubría su muñeca, e inclinó la cabeza para besarla suavemente, cerrando los ojos para que las lágrimas que amenazaban con salir no lo hicieran.
- Tal vez no sea capaz de ver el resto del torneo. Puede que incluso me envíen de vuelta al Mundo Espiritual -Susurró, sin alzar la mirada-. Si es así, te deseo mucha suerte. A todos. Espero que ganéis.
El chico de ojos verdes estuvo a punto de decir algo, pero a la hora de la verdad no supo el qué. No sabía qué podría haber pasado, pero era evidente que era por el Gran Dios Meiyo, así que alguien como él no tenía ningún derecho a preguntar. Así que se quedó callado, acercándose un poco más a ella para abrazarla. La princesa se aferró a él con fuerza.
Lo más probable era que no volvieran a verse nunca. Pero nadie podría arrebatarle ese momento.
Continuará
