Capítulo 6.

Nintai estaba completamente embobada. Se encontraba sentada en la cama, aún con el camisón corto que había usado para dormir, y no se había molestado en ponerse la bata. Su doncella estaba sentada frente a ella, pintándole las uñas con una dulce sonrisa. Sin embargo, no se le escapaba la expresión soñadora de su princesa, ni todos los suspiros que dejaba escapar cada dos por tres. Incluso estaba pensando en comenzar a contarlos.

- Princesa, ¿te encuentras bien? -Preguntó, consiguiendo que la chica la mirase a los ojos poco después-. Pareces estar... en otra parte.

- Sí, estoy muy bien -Susurró ella, soltando otro suspiro al mirar hacia la puerta que daba al balcón. Casi esperaba volver a verle allí.

Si bien le angustiaba esperar el castigo de su hermano mayor, no podía dejar de pensar en lo que había pasado con Kurama la noche anterior. Antes de marcharse, de nuevo por el balcón, el chico le había dicho que se sentía como Romeo yendo a ver a Julieta a escondidas. ¿Quienes son?, había preguntado ella. Kurama se había reído, y le había prometido que le contaría la historia la próxima vez que se vieran. A pesar de que sabían que podrían no volver a verse nunca. Aun así, la princesa no podía para de sonreír cada vez que pensaba en estar con él de nuevo. Y en volver a besarle.

¿Le amaba? Durante su aún corta vida había fantaseado mucho sobre cómo sería su primer beso, y si estaría enamorada de quien se lo diera. No lo tenía claro. Sabía que sentía algo muy fuerte por Kurama, pero no estaba segura de que fuera amor. Bueno, a decir verdad no sabía demasiado del amor.

A pesar de estar tan distraída, se dio cuenta de que su doncella no dejaba de mirarla intentando averiguar lo que le pasaba. Debía de estar muy rara. Mejor pensar en otra cosa, por mucho que le costara.

- ¿Por qué las damas eternas no tenéis nombres?

La joven de piel rosada se sorprendió por la pregunta, pero no dejó de pintarle las uñas con tranquilidad.

- La verdad es que no lo sé -Admitió, con una pequeña sonrisa. Se quedó callada un momento, como si estuviera dudando en si decir algo o no. Al final se decidió-. Siempre he pensado que no tenemos nombres propios porque todas nosotras somos una sola entidad, dividida, hasta que llegue el momento de volver a unirnos.

- Eso es bonito. ¿Crees que otras damas eternas piensan como tú?

- Imagino que sí. Todas nos parecemos, prácticamente somos idénticas. Igual que las mujeres del hielo, a pesar de que hay cosas que nos diferencian de ellas. Nuestra esperanza de vida, reproducción... Las mujeres del hielo dan a luz cada cien años. Cuando yacen con un hombre sólo tienen niños, y sus hijos tienen los atributos de su padre, nada de ellas. Por eso quedan tan pocas, y están obligadas a recluírse. En cambio, los atributos masculinos no influyen en nosotras. Si yo tuviera una hija con un demonio, o incluso un humano, sería una dama eterna.

- Vaya... Eso es algo increíble. ¿Crees que siempre ha sido así? ¿Qué sabes sobre el origen de tu especie?

- Sólo leyendas. Hay unas cuantas, todas ellas haciendo alusión a que nuestra naturaleza es una maldición. Quién sabe, puede que alguna sea cierta.

- Cuéntame una.

No era una orden, sino más bien la petición de una pequeña princesa que desde hacía unos cuantos días parecía completamente ensimismada, como si estuviera dentro de un sueño. Ninguna criatura podría resistirse a esos ojos tan luminosos, ni a su preciosa sonrisa.

- Hace mucho, muchísimo tiempo... incluso antes de que nacieran los Siete Grandes Dioses, hubo un dios que se enamoró perdidamente de una doncella. Pero el dios tenía varias esposas, y todas estaban terriblemente celosas. Una de ellas era una criatura de los bosques muy poderosa. Sabiendo que el dios no tardaría en tomar a la doncella, y muy probablemente convertirla en la primera esposa arrebatándole a ella su posición, decidió intervenir.

- ¿Cómo?

- Existía cierta especie de árbol en el Mundo Espiritual, que ahora está extinta. Ella hizo que todos esos árboles tomaran forma de mujer, y les dio a todas la imagen de la doncella. Juró al dios que, si conseguía encontrar a la verdadera, no se opondría a su unión.

Nintai sonrió, al pensar en lo romántica que era esa historia, y a pesar de que presentía que no iba a terminar muy bien. Comenzó a impacientarse, al ver que su doncella dejaba de hablar por un momento para guardar en el tocador todo lo que había utilizado para dejarle manos y pies perfectos.

- ¿La encontró? -Preguntó, invitándola a sentarse de nuevo en la cama con ella.

- No. El dios la buscó entre todas y cada una de las mujeres, recorriendo el Mundo Espiritual sin descanso. Tardó mucho tiempo. Tanto... que cuando llegó hasta la verdadera doncella, ella ya no se diferenciaba de las demás. Había perdido su identidad.

- Es una historia muy triste -Susurró la princesa un poco decepcionada, bajando la mirada.

- Es hermosa, de alguna manera. No es más que una antigua leyenda -La joven se encogió de hombros, sonriendo sin darle importancia. Entonces recordó que en principio estaba hablando de su especie-. Paradojicamente, no es común que una dama eterna viva eternamente. Muchas son asesinadas, muchas otras caen enfermas... no somos criaturas perfectas, todo lo contrario.

Nintai frunció los labios, algo decaída por todo lo que acababa de escuchar. En realidad, se había disgustado con lo último. Algo avergonzada, se adelantó y agarró las manos de su doncella con las suyas, sorprendiéndola.

- Me gustaría que tú vivieras para siempre, conmigo -Admitió, ruborizándose un poco.

Esa dama eterna era su única amiga. Extraño, sí, pero tenía cierto sentido. Desde hacía dos años siempre estaban juntas, y a pesar de que en realidad habían empezado a hablar con confianza tan solo un par de días atrás -poco a poco, y siempre porque Nintai insistía-, sabía que la apreciaba mucho, y no sólo porque fuera su doncella y tuviera que cuidar de ella. No sabía qué haría si ella no estuviera. Ni siquiera quería imaginárselo.

- Lo haré, princesa. Sin ninguna duda.

Ambas sonrieron, apretándose las manos. Sí... Era su amiga. Confiaba en ella. Tal vez podría contarle todo lo que le había pasado con Kurama. Escucharon cómo se abría la puerta de la habitación, y se soltaron al ver que Meiyo acababa de entrar. El dios miró a su hermana pequeña a los ojos -algo muy poco frecuente-, y ella no tardó ni un segundo en levantarse de la cama, agachando la cabeza.

- Lo siento, debería haberme vestido -Dijo Nintai con nerviosismo, dando gracias a que su doncella hubiera pensado lo mismo y ya la estuviera ayudando a ponerse la bata.

- Déjanos -Susurró el dios. La mujer de pelo morado asintió, sin mirarle, y no dudó en salir de la habitación cerrando la puerta tras ella.

La chica de ojos dispares se quedó quieta, junto a su cama, esperando a que su hermano mayor hablase por fin. Había llegado el momento del castigo. Adiós, Mundo Humano, hola de nuevo, Mundo Espiritual. Reconocía que echaba de menos el palacio de Meiyo, su habitación, y sus preciosos jardines, pero no quería volver aun.

Pasaban los segundos, y Meiyo no decía nada. Se atrevió a levantar un poco la mirada hacia él, y se sorprendió al ver que estaba... ¿nervioso? Seguía sin mostrar ninguna expresión, como siempre, pero de alguna manera ella notaba que se sentía incómodo.

- Quiero disculparme por haberte dejado inconsciente ayer -Dijo finalmente el dios, sin moverse-. Sé que no es algo agradable, y no quería hacerlo. Pero no tenía otra opción.

- No tienes por qué disculparte. Soy yo quien debe hacerlo, te desobedecí y me fui sin guardias.

El dios de pelo oscuro apretó los labios, soltando un suspiro. Vaya. Nunca le había visto hacer eso. A decir verdad, podía contar con los dedos de una mano cuantas veces había visto a su hermano cambiar su expresión.

- Sabes tan bien como yo que no fue eso lo que me hizo enfadar. Aun así, no vas a volver a salir sin protección. Y cuando no estés junto a mí, tu doncella te acompañará en todo momento. Tal vez deberías tener una, o dos más.

En pocas palabras, con eso de protección más bien quería decir vigilancia. La parte buena era que, si tenía nuevas doncellas, podría hablar con otras chicas. Se preguntaba si también serían damas eternas.

- Bien. Sólo quería disculparme. Asegúrate de estar preparada para ver el torneo esta noche.

Eso sí que la sorprendió. No pudo evitar preguntar, al ver que su hermano ya estaba a punto de salir de su habitación.

- ¿No voy a volver al Mundo Espiritual...?

- No. Te quedarás aquí, conmigo. De todas maneras hoy es la semifinal, así que nos iremos en dos días.

A esas alturas ya era más que obvio que a Meiyo no sólo no le interesaba el torneo, sino que no le gustaba nada tener que aguantar ver un espectáculo tan macabro. Ella misma había empezado a sentirse decepcionada. Justicia, coraje, benevolencia, respeto, honestidad, honor y lealtad. Apenas había observado las siete virtudes en ninguno de los humanos que había visto durante esos días. Y ya ni hablar de los demonios que habían peleado. Bueno... en realidad, había una excepción: el grupo de Urameshi. Estaba claro que Yusuke no era un humano normal, al igual que su compañero, Kuwabara. Kurama era humano en parte y Hiei... mejor no pensar en Hiei. Cada vez que lo hacía, esa sensación se hacía aun más fuerte. No entendía lo que le estaba pasando, ni por qué. Empezaba a estar asustada, a pesar de que intentaba no pensar en eso. Pero le estaba sintiendo. En ese mismo instante, estaba sintiendo lo mismo que él, en su propio cuerpo.

Sabía que era arriesgado, y en el fondo no quería hacerlo. Pero si había alguien que podía ayudarla y responder a sus preguntas, ese era Meiyo. Tenía que hacerlo.

- Hermano, creo... -Empezó a decir, justo cuando el dios ya estaba abriendo la puerta. Se detuvo, y volvió a girarse hacia ella-. Me está pasando algo muy extraño, desde ayer siento...

- Basta -Susurró Meiyo, alzando la mano para hacerla callar-. Escúchame bien. No vuelvas a acercarte a ese demonio.

Nintai se echó hacia atrás, sin saber cómo responder. Era natural que le dijera eso. Sabía que no era buena idea estar cerca de Hiei. Era de sentido común. Pero en aquel momento no había podido evitarlo, ni siquiera lo había pensado.

Si Meiyo no hubiera aparecido, era muy probable que hubiera compartido su sangre con él. Habría intentado curarle. Su hermano tenía razón, no debía volver a acercarse a él. Era peligroso. Aun así... el tono que había utilizado la había hecho sentir realmente mal. Era como si él supiera lo que pretendía hacer, lo que había estado a punto de hacer antes de que apareciera para llevársela. Sintió un nudo en la garganta cuando intentó tragar saliva.

- Como desees -Dijo con voz temblorosa, apretando las manos en la parte baja de su camisón-. Siento mucho haberte causado problemas. Te prometo que me comportaré.

- Bien. Me gustaría que hoy no salieras. Quédate en tu habitación y descansa.

Por suerte, consiguió aguantar hasta que el dios salió de la habitación. Pero se deshizo en lágrimas en cuando su doncella volvió a entrar. Esta fue rápidamente junto a la princesa y, aun algo confundida, dejó que se abrazara a ella, acogiéndola en su pecho mientras no dejaba de sollozar en silencio.

Lo que más le dolía era que había decepcionado a Meiyo. Esos días se había sentido más cercana a él, y ahora volvían a estar como antes. Peor, en realidad.

Meiyo se dirigió al salóncito en el que estaba pasando la mayor parte de su tiempo. Estaba harto del mundo de los humanos y de esa isla, añoraba el Mundo Espiritual, su palacio y, en especial, su biblioteca. No veía el momento de volver, y sobre todo, de llevarse a Nintai de allí. No debería haberla sacado de su mundo, estaba claro. Pero sabiendo que iba a estar tantos días fuera, no le había quedado otra opción, no podía dejarla sola.

Cogió uno de los muchos libros que tenía apilados, y lo ojeó sin mucho interés, simplemente para intentar concentrarse en otra cosa que no fuera lo que estaba sintiendo.

Estaba llorando. Vaya. Hacía mucho desde la última vez. Se echó el pelo azul hacia atrás, dejando escapar un pesado suspiro, después llevándose la mano al pecho para intentar calmar ese sentimiento.

Había sido demasiado duro con ella. Pero no podía responder a lo que iba a preguntarle. No estaba preparado.

- Te veo un poco deprimido, hermano.

El dios no mostró su sobresalto. Mantuvo su expresión, incluso cuando se giró para mirar al joven que estaba apoyado de brazos cruzados en el marco de la puerta. El dios del respeto no tardó en moverse de nuevo, para acercarse a él con tranquilidad.

- Rei.

- Meiyo.

Se dieron un breve pero fuerte abrazo, antes de separarse y mirarse a los ojos fijamente, mientras el recién llegado le ponía las manos en los hombros. Rei era más mayor, pero no era tan alto como él. Aun así, estaba muy cerca del metro noventa. Su pelo azul, un poco más claro que el del menor, era mucho más corto y desordenado, casi tapándole los ojos. El derecho amarillo, y el izquierdo castaño. Todo aquel que le conocía sabía que era raro no verle sonriendo.

- Me alegro de verte. Aunque no me alegro de tener que verte aquí. De verdad que jamás entenderé por qué nos invitan a estas cosas.

- Los humanos que planearon esta abominación iban a morir. El Gran Rey Enma me pidió que yo mismo les juzgara, antes de que fueran enviados al Mundo Espiritual -Explicó él, de nuevo soltando un pequeño suspiro.

- Sigue siendo un insulto hacia nosotros. No me hace falta mirar demasiado a mi alrededor para saber que en este lugar el honor escasea -Dijo Rei con dureza, pero suavizando de nuevo su expresión poco después al recordar algo-. Estoy siendo descortés. ¿Cómo está nuestra joven hermana? La siento cerca.

- ¿Por qué estás aquí, hermano? No esperaba que vinieras cuando te escribí.

De todos sus hermanos, Rei era con el que mejor se llevaba. Se conocían a la perfección, y era casi imposible que no estuvieran de acuerdo. Pero si había algo que conseguía poner a Meiyo de los nervios, a pesar de estar siempre tan tranquilo, era la actitud evasiva de su hermano mayor. Este volvió a sonreír con suavidad, acercándose a la ventana.

- Traigo noticias, del Mundo Espiritual. Pensé que te gustaría saberlo por mí. Nuestra madre ha muerto. Hagakure la ejecutó anoche, cuando por fin consiguió que confesara. No sufrió.

Dijo todo esto con tranquilidad, como si simplemente estuviera leyendo un texto en voz alta. Meiyo asintió, bajando sus ojos dispares hacia el libro que aun llevaba en la mano, antes de dejarlo sobre una pequeña mesa que le quedaba por debajo de las rodillas.

Hacía ya unos cuantos días, cuando habían llegado al Mundo Humano y a esa dichosa isla, habían tenido un pequeño incidente. Alguien había intentado acabar con la vida de Nintai, enviando a una asesina de ojos rojos que había causado un verdadero estropicio en el hotel, aunque muy pocos se habían dado cuenta de eso. Habían capturado a la chica a tiempo, y finalmente Meiyo le había perdonado la vida porque no había llegado a derramar ni una gota de la sangre de Nintai. De haberlo hecho, la hubiera matado sin dudarlo ni un instante. Después de liberarla, se podría decir que él también la había contratado para que "protegiera" a su hermana, y de paso decirle quién quería matarla. Aunque él ya tenía sus sospechas que, por gracia o por desgracia, habían resultado ser ciertas. Precisamente por eso se había negado a dejar a su hermana en el Mundo Espiritual.

- Es algo asombroso, el orgullo -Dijo Rei, cruzándose de brazos y aun mirando por la ventana-. Consigue que un dios que siempre ha renegado de su única hija acabe con la vida de su esposa cuando ésta intenta matarla.

- Es un insulto hacia él. Nintai le trae sin cuidado, pero sigue siendo sangre de su sangre, igual que nosotros. ¿Cómo se lo han tomado nuestros hermanos?

- De la misma forma que tú. Todos imaginábamos que pasaría, habiendo ella intentado algo así. No entiendo cómo se le pudo ocurrir que podría matarla, menuda tontería -Suspiró el dios, moviendo un poco la cabeza. ¿Tan difícil era entender que su hermana tenía sangre inmortal? Era imposible que muriese-. ¿Se lo contarás a Nintai?

Meiyo frunció un poco los labios.

- No lo sé. Tal vez sea mejor para ella no saberlo. De todas formas no ha vuelto a verla desde que me la llevé del palacio de Hagakure.

- No te perdonará, si descubre que se lo has ocultado. Puedo hacerlo yo, si quieres.

- ¿Por qué muestras tanto interés en Nintai de repente? En catorce años apenas has hablado con ella.

Rei sonrió con indulgencia, dejándole claro que no iba a responder a esa pregunta. En ese momento había cosas mucho más importantes de las que hablar, por mucho que siguieran teniendo que ver con su hermana pequeña.

- ¿Es cierto lo que escribiste en esa carta? ¿El demonio está aquí? -Consiguió que Meiyo adoptara un gesto de cansancio al preguntar eso.

- Ya se han visto. Han estado a solas, además. Ella ya siente su dolor.

El mayor asintió, caminando lentamente por la habitación. Había sido él -junto con Yu, el dios del coraje-, quien no había dudado en acompañar a Meiyo cuando secuestraron a su hermana de apenas doce años en aquel momento. Gracias a la sangre inmortal la habían encontrado totalmente ilesa, aunque sólo fisicamente. Ella les había contado todo lo que le habían hecho, y también lo que había ocurrido con aquellos demonios cuando bebieron su sangre. Incluso antes de que les hablase de aquel que la había dejado libre, ya habían sentido que él era el único que seguía vivo. Por supuesto, no tardaron en encontrarle, al no estar en el lugar que sus compañeros habían preparado a conciencia para ocultar a una criatura inmortal. Tanto él como Meiyo sabían muy bien quién era.

- El destino es algo fascinante. No pongas esa cara, aunque no la hubieras traído aquí se habrían encontrado tarde o temprano -Sonrió, consiguiendo que Meiyo frunciera el ceño. Eso hizo que incluso se atreviera a soltar una pequeña risa. Al dios del respeto le divertía sacar de quicio a su hermano menor-. Ya sabes cómo funciona esto. Ni siquiera nosotros podemos luchar contra algo así.

- Debería haberle matado.

- Deberías agradecérselo. Te dio la excusa perfecta para llevártela -El dios del honor resopló, decidiendo levantarse para dirigirse al balcón sin decir nada más. Rei le observó con calma, adivinando lo que estaba pensando-. No podrás alejarla de él para siempre. Y ya va siendo hora de que dejes de alejarla de ti, Meiyo. Anhelas tanto su cariño que incluso yo puedo sentir tu desesperación.

- Es complicado.

- No, hermano. Eres tú quien lo hace complicado. Bien, quiero ver a mi hermana pequeña -Dijo el mayor, acercándose a la puerta para abrirla, sorprendiendo al guardia que estaba de pie junto a ella-. Ve a llamar a la princesa Nintai.

Meiyo se debatió entre decir algo o no, pensando en cómo había dejado a la princesa momentos atrás. Ya había dejado de llorar, y parecía estar más tranquila, pero tal vez era mejor dejarla un rato a solas con su dama de compañía, sobre todo teniendo en cuenta su escasa y más bien incómoda relación con los otros seis. Pero sabía bien que Rei no se daría por vencido hasta conseguir verla. Dejó escapar un suspiro, y se puso en pie para dirigirse al gran ventanal con vistas al mar.

Nintai no se hizo esperar, ya bien arreglada con un vestido blanco con escote palabra de honor, y el pelo azul como la noche recogido en una elaborada trenza a un lado, cómo no decorada con horquillas de perlas. Ella no supo disimular su sorpresa.

- Hermano... -Susurró mirando a Rei por un momento, inclinándose ante el dios mayor al recordar rápidamente cómo debía comportarse. Él sonrió con calma, y respondió a su saludo.

- Cuanto tiempo, joven hermana. Tenía ganas de verte.

La chica no sabía cómo sentirse en ese momento. Si Meiyo siempre había mantenido las distancias con ella, con Rei y los otros eso iba aun más lejos. Ni siquiera recordaba la última vez que había hablado con él. Y no debería ser tan difícil, ya que habían hablado muy pocas veces en su vida. Por eso era tan extraño que el Dios del Respeto le hablara de esa forma.

- ¿Por qué no vamos a dar un paseo los dos? Es tu primera vez en el Mundo Humano, y hacía tiempo que yo no venía. Veamos la isla juntos.

Nintai dudó, sintiendo un pequeño nudo en la garganta. Miró discretamente a Meiyo, que asintió sin ni siquiera volverse hacia ella. Solo entonces accedió a agarrarse al brazo de su otro hermano, para salir con él del hotel, por suerte librándose rápido de las miradas de toda la gente que allí había. Recorrieron lentamente el mismo camino por el que ella había paseado la mañana anterior, sintiéndose un poco incómoda al pasar cerca del acantilado donde había encontrado a Hiei. Temía volver a verle.

- Has crecido desde la última vez que nos vimos. ¿Cuánto hace ya, dos años? -La princesa de pelo oscuro asintió, sin atreverse a alzar la mirada. En realidad, le costaba hablar delante de su hermano mayor, algo que él también notaba-. ¿Te gusta vivir con Meiyo? ¿Eres feliz con él?

- Sí, por supuesto. Soy muy feliz.

El dios del respeto sonrió con indulgencia, moviendo el brazo para acariciar suavemente la mano de la princesa.

- No tienes por qué estar tan nerviosa. Bueno, entiendo que lo estés. Nunca antes había hablado contigo de esta forma. Me siento culpable por eso, perdóname.

Nintai se quedó de piedra al oír eso. Una disculpa. ¿Por qué se estaba disculpando? Tragó saliva, aunque con el nudo que tenía en la garganta le costaba un poco. Dos dioses se habían disculpado con ella aquel día, y no sabía cómo contestar a algo así. A decir verdad, no se lo podía creer.

- Por qué... ¿por qué ahora...? -Consiguió susurrar, sintiéndose realmente intimidada, y sabiendo bien que le estaba temblando la voz.

Rei dejó de caminar, haciendo que su hermana también se detuviese, para girarse hacia ella, ambos soltándose los brazos. Aun así, no tardó en tomar una de sus manos. La miró con una suave sonrisa, alzando la otra mano para tocar su mejilla.

No creía que fuera una buena idea confesarle que los siete habían estado bajo la influencia de su madre durante los últimos catorce años. La primera esposa del dios Hagakure era una criatura muy poderosa, capaz de manipular las emociones. Incluso las de los dioses. Rei no negaba que, durante la aún corta vida de su hermana, sí que había sentido cierta indiferencia hacia ella, aunque no tanto como los demás. Entre sus otros hermanos -excepto Meiyo, claro-, podía sentir todas las emociones negativas que Nintai les provocaba. Disgusto, desconfianza... incluso miedo. Eran emociones reales, pero su madre las había hecho aún más fuertes con lo que ella llamaba su influencia. Era una fuerza terrible. Ninguno entendía del todo cómo funcionaba el poder de su madre, ella nunca les había explicado nada. En realidad, Rei sólo se había parado a pensar en la posibilidad de estar bajo su poder cuando supo que había muerto, días atrás. Fue como despertar de un trance. La indiferencia que había sentido durante esos años se había esfumado sin más.

Debía de haber odiado muchísimo a su única hija, para haber llegado incluso a intentar matarla, además de haber manipulado a sus hermanos para que negaran su existencia. Incluso estaba empezando a preguntarse si el propio Hagakure no estaría bajo la influencia de la primera esposa.

En cualquier caso, ahora era capaz de ver que tenía que enmendar sus errores.

- Para nosotros, los años pasan como si fueran parpadeos. Somos criaturas eternas, catorce años no son nada. Pero, para ti, catorce años han sido una eternidad. Ojalá algún día pueda compensarte por no haber estado a tu lado durante tanto tiempo -Dijo en voz baja, viendo perfectamente como a su hermana se le llenaban los ojos de lágrimas, aunque conseguía aguantarse y no llorar. Era fuerte, sabía cómo hacerlo, a pesar de que sus emociones la estaban superando en ese momento. Demasiada tensión, debía decir algo más-. Eres muy joven, y nosotros muy orgullosos. Pasará mucho tiempo, hasta que consigas llevarte bien con todos. Los demás no son tan... accesibles, como Meiyo y como yo. Tendrás que ser paciente.

El dios le guiñó uno de sus ojos dispares, sonriendo por el juego que acababa de hacer con su nombre. Ella no pudo evitar sonreír un poco, empezando a relajarse. Nintai significaba paciencia, perseverancia. Siempre le había parecido curioso que le hubieran puesto ese nombre, como si fuera una virtud que ella representase, igual que las de sus hermanos. Se preguntaba quién lo había elegido.

- Quisiera que Meiyo me hablase como tú estás haciendo ahora -Se atrevió a decir la princesa, bajando la mirada por un momento. Le daba vergüenza admitir algo así. Rei soltó una pequeña carcajada, posando una mano en su espalda para invitarla a seguir con su paseo.

- Nuestro hermano tiene un carácter difícil, es cierto. Nunca se le han dado demasiado bien las palabras, a pesar de tener siempre un libro en la mano. Pero piensa mucho en ti. Si te soy sincero, tú sacas su lado más suave.

- Me gustaría poder creerlo, pero sé que no es cierto. Está enfadado conmigo.

- Está más enfadado consigo mismo, créeme. Es incluso más testarudo de lo que parece, espero que lo arregléis antes de que vuelvas al palacio de Hagakure.

- ¿Qué quieres decir...?

De nuevo, el dios dejó de caminar, viendo que había vuelto a sorprender a su hermana. Claro que en ese momento también la estaba confundiendo. Su padre siempre la había rechazado, ¿por qué iba a volver junto a él?

- Ahora vamos a ponernos serios. Voy a contarte por qué he venido al mundo de los humanos.

Cerca de allí, en uno de los múltiples acantilados de la isla, Hiei se encontraba tumbado boca arriba en la hierba con los ojos cerrados. Eso no le impidió saber que alguien se acercaba, ni tampoco le costó demasiado saber de quién se trataba, a pesar de lo sigiloso que solía ser.

- Hiei -Le llamó Kurama al acercarse, quedándose de pie a escasos metros de su compañero-. ¿Cómo sabías que los siete dioses tenían una hermana?

Ni siquiera se molestó en abrir los ojos. Cómo no. No conseguía librarse ni por un momento de la princesa del Mundo Espiritual, parecía que estaba en todas partes.

- Todo el mundo lo sabe -Dijo sin más, antes de bostezar-. Lo raro es que tú no lo supieras. Pero vives con los humanos, supongo que es normal.

No le apetecía demasiado hablar de ella. Bastante había tenido que aguantar el día anterior, entre Nintai y su hermano. No podría importarle menos lo que estuviera pasando entre ellos, los dioses y sus tonterías le traían sin cuidado. Aunque, a decir verdad, no se esperaba que el dios del honor fuera a dejar inconsciente a su hermana. Bueno, tal vez era mejor eso a aguantar sus lloriqueos.

- ¿Por qué lo hiciste, Hiei? -Preguntó el pelirrojo de repente, sin poder contenerse más.

Eso sí que le sorprendió. Tanto, que abrió los ojos antes de sentarse, y así poder mirar a Kurama con una sonrisilla divertida. Vaya. Interesante, muy interesante.

- Es increíble que te lo haya contado. No creía que fuera capaz.

- ¿Cómo pudiste hacerle eso?

Dejó escapar una risa, levantándose y metiendo las manos en los bolsillos de su túnica negra, moviéndose un par de pasos hasta darle la espalda a su amigo.

- La princesita te ha hechizado. No me sorprende. Reconozco que es una criatura única, y que tiene unos ojos fascinantes. Sabía que tú no podrías resistirte a ella. Pero no te hagas ilusiones, Kurama. No podrás tenerla.

El chico de ojos verdes frunció el ceño, empezando a sentir cierta hostilidad hacia el demonio. No iba a hacerle nada, claro, pero no le gustaba que dijera esas cosas. ¿Qué sabía él? Había secuestrado y torturado durante días a una niña que por aquel entonces contaba sólo doce años, ¿y se atrevía a hablar así? Apreciaba a Hiei, le conocía bien, pero no soportaba saber que era capaz de hacer algo tan horrible.

- Sé lo que estás pensando -Hiei interrumpió sus pensamientos, mirándole con seriedad por encima del hombro con sus ojos rojos-. Y quiero que te quede claro que yo nunca la toqué. Probé su sangre, sí. Pero jamás hice nada para herirla. Y cuando todos esos idiotas murieron por beber su dichosa sangre inmortal, la dejé marchar. Yo fui el mal menor, eso tenlo por seguro.

- Supongo que es por eso que el dios Meiyo no te ha matado -Dijo Kurama con frialdad, aun así consiguiendo que su compañero volviera a soltar una pequeña risa, cerrando los ojos.

- Sí, bueno. Ganas no le faltan. Puede que decida dejar a un lado su honor antes de que termine este estúpido torneo.

El pelirrojo observó a su amigo, sin saber muy bien qué decir. Necesitaba saber más, todo lo que había pasado con la princesa del Mundo Espiritual, qué clase de relación habían tenido durante su rapto para que ella incluso sonriera cuando hablaba de uno de sus captores. Él también tenía una actitud muy extraña con respecto a Nintai, casi parecía que la conociera bien.

Abrió los labios para decir algo, cuando de repente el aire se agitó con una fuerte presencia espiritual, consiguiendo que Kurama se estremeciera, y que Hiei también se pusiera tenso. No tardaron en comprender que sólo unas pocas criaturas eran capaces de emanar esa enorme cantidad de energía. Ambos dirigieron sus miradas al camino que recorría los alrededores de la isla, sabiendo dónde se encontraba esa criatura tan poderosa.

- ¿Qué hace aquí otro de los siete dioses...? -Preguntó Kurama en un susurro.

Si ya era increíble que hubiera un dios en el mundo de los humanos, que hubiera dos, y precisamente en el mismo lugar, era algo que dudaba mucho hubiera pasado antes. Tanto poder... y sólo eran dos. Se preguntaba qué pasaría si por un casual los Siete Grandes dioses se reunieran en un mismo punto, y desplegasen aunque fuera un poco de su energía. Nadie sobreviviría.

Tanto él como el demonio de ojos rojos observaron atentamente al dios. Estaba caminando con Nintai, y muy probablemente sabía que ellos estaban cerca. Aun así, para él no eran nada que mereciese la pena, no tenía por qué prestarles atención. Miraba a su hermana pequeña con tranquilidad, diciéndole alguna cosa que ella al parecer no esperaba escuchar. La princesa se detuvo, haciendo que el dios también dejase de caminar, y se girase hacia ella.

- El dios Hagakure ha castigado a quien ha intentado matarte, Nintai -Dijo Rei. La princesa se quedó sin respiración, notando cómo se le encogía el estómago, y empezaban a temblarle las piernas-. No voy a ser yo quien te cuente los detalles, lo dejo en manos de Meiyo. Solo quiero ver que entiendes qué significa, el que haya hecho algo así por ti.

Había matado por ella. Y un dios jamás mataba, si no era por una buena razón. En fin, una buena razón según lo que pensase dicho dios. Hagakure era el padre de los Siete Grandes Dioses, era un dios increíblemente poderoso. Nintai sólo pudo sentir cómo su angustia crecía, mientras pensaba en eso. Había derramado sangre por ella.

- Veo que lo comprendes -Rei agarró las manos de su hermana, bajando la mirada al sentir que se estaba poniendo tensa-. No importa que no te haya aceptado hasta ahora, eres de los nuestros. Tendrás que volver a su palacio. Querrá tenerte cerca, entrenarte, y enseñarte todo lo que debes saber.

- Pero es que yo...

- ¿Sí?

Pero es que yo no quiero dejar a Meiyo, pensó, mientras sentía que le empezaba a faltar el aire. De nuevo, las lágrimas intentaban salir. Esta vez lo consiguieron.

- Rei -Ambos se sorprendieron, al reconocer la voz de Meiyo, a pocos metros de donde estaban-. Ya es suficiente.

Nintai se giró hacia él, ya sin poder contener las lágrimas. Por primera vez en su vida, y sin dudar ni un instante, se acercó corriendo a su hermano y lo abrazó con todas sus fuerzas. El dios no fue capaz de ocultar su asombro.

- Meiyo -Susurró ella, con voz ahogada-. Por favor, no me hagas volver allí.

- Nintai...

- Por favor... No quiero dejarte. Quiero quedarme contigo.

El dios contuvo la respiración, alzando la mirada hacia su hermano mayor, que les observaba satisfecho.

- No era tan difícil, ¿verdad? -Sonrió Rei, encogiéndose de hombros. Después de eso, desapareció sin más.

Meiyo dejó escapar un suspiro, volviendo a bajar la mirada hacia la princesa, que lloraba desconsolada mientras se abrazaba a él, muy poco dispuesta a soltarle. Sintió un nudo en la garganta al mover su mano hacia su pelo, acariciándolo con suavidad, antes de hacer que se apartase un poco de él.

Tanto Kurama como Hiei se asombraron, al ver cómo el dios se arrodillaba frente a su hermana pequeña. Aunque su sorpresa jamás podría compararse a la de la princesa, por supuesto. Nintai observó al dios, aun con lágrimas en sus ojos dispares, sin poder creer lo que estaba haciendo.

Meiyo era tan alto que incluso de rodillas estaba frente a frente con ella. Habiendo recuperado su expresión tranquila, llevó su mano derecha hasta su mejilla, para limpiarle una lágrima acariciándola con el pulgar.

- No quiero que llores. No te preocupes, no tienes por qué volver al palacio de Hagakure.

- Pero ¿y si él me obliga?

- Yo no se lo permitiré.

La princesa de ojos dispares sollozó, intentando calmarse, aunque ahora que toda la presión que había estado aguantando por fin había estallado, y ya no podía parar. Ya ni siquiera podía pensar con claridad en que hasta ese momento jamás había estado tan cerca de su hermano, ni que era la primera vez que él respondía de esa manera. Se acercó más a él, y le rodeó el cuello con los brazos para poder abrazarle, ocultando el rostro en su hombro al sentir que Meiyo la abrazaba a su vez.

Continuará