Esa mañana el cielo se ensombreció aplacado por kilos de nubes que, grises e imponentes, se cernían sobre el día, dejándolo parecer una lúgubre tarde o una noche esclarecida. Sobre el cuarto de Diana, sólo una escasa luminosidad se dejaba entre ver, entrando por la ventana frente a su cama. Delicadamente, ella comenzó a abrir sus ojitos azules y cuando pudo ver todo a su alrededor, tuvo la extraña sensación de que algo le faltaba allí dentro, tal vez a un lado de ella. Pero no vio más que libros puestos sobre sus sábanas de forma aleatoria y otros dos más extendidos sobre su escritorio. Habría estado segura de que aquellos dos sí los había estado leyendo la noche anterior, pero no entendía que era ese regadío de lectura sobre su cama. Ni siquiera debería haberlos estado leyendo por entretención, eran demasiados.
Se puso de pie, todavía confundida por lo que en la noche anterior pasó, y caminó hasta estar en medio de la habitación, viendo a Hannah y Bárbara dormir en sus camas, tal vez llegadas de la noche anterior. Diana sonrió al verlas, pero continuó su camino sin dilatar mucho la espera. Quería ducharse, porque la migraña con la que se había levantado no era normal en ella y pensó que, con suerte, una buena ducha podría ayudarle a despejar su cabeza de tan atestados pensamientos que no la dejaban entrever todo con claridad.
Al ingresar al baño, donde la esperase un espejo de cuerpo completo, se detuvo un momento para observar su rostro, siendo que no hallase nada nuevo en él. Cabello límpidamente desarreglado, ojeras desmarcadas y el rasgo del sueño todavía surcándole el rostro. Supuso, entonces, que todo lo que había vivido la noche anterior tuvo que haber sido un sueño, porque en esos instantes, pensó que Akko se veía muy linda. Y esos pensamientos no podían rondar en la cabeza de Diana.
Pero los libros sobre su cama y la manera tan desordenada de dejarlos, obviamente, no eran cosa de ella. Y si no había sido un sueño, lo más probable es que Atsuko Kagari sí tuviera que ver en todo ello.
- Que locura – Diana sacudió su cabeza un par de veces, sosteniéndose sobre el lavado. Había dejado el agua correr y ahora miraba el remolino, como si pudiese irse en él. Segundos después, se despegó de la losa y se quitó la camisa, echando a correr el agua de la ducha – Esto no puede continuar así…
A las once de la mañana, todo la Academia de Luna Nova parecía estar más agitada de lo usual. Y esta vez, la presencia de cierta brujita japonesa no tenía nada que ver. La agitación era causada por la inminente llegada de Mrs. Blackwell y Hanbriege, que a sólo dos días estaban de visitar la Academia. Debían ensayar los espectáculos, preparar los banquetes y, si algo de tiempo sobraba, decirle a Akko que se controlara, por lo menos, las pocas horas que los señores gobernadores estuvieran presentes. Conociendo su historial, no cabía duda de que podría formar un desastre, sólo por casualidad. Era mejor prevenir. Por igual, no quisieron hacerla parte de ningún show, por más que ella insistió y proclamaba lo injusto de la situación.
- ¡Soy una buena bruja! ¿Por qué no me dejan participar? Conozco a Paul, es el padre de Andrew. Aunque, bueno… es cierto que no hemos tenido los mejores encuentros, pero… ¡Ah! Por cierto ¿Andrew vendrá también? – Úrsula o Chariot, como sólo Akko la llamaba, intentó bajar las revoluciones de la brujita y le dio dos palmaditas sobre la cabeza, haciendo que tomara asiento, mientras ella reía nerviosa. Pues, no era habilidad suya controlar a una chica tan hiperactiva como lo era Akko. Entonces, le habló.
- Sí, vendrá Andrew y además vendrán algunos otros alumnos de Appleton, por eso me pidieron que te mantuviera entretenida con algo más.
- ¿Algo más? Eso es muy grosero – Akko se cruzó de brazos, frunciendo el entrecejo – Me he comportado bien toda esta semana…
- Sí, pero creo que la maestra Finnelan se refiere a… bueno – Úrsula apuntó las orejas de gato de Akko, discretamente – Ya sabes, no se explica porque no te deshaces del hechizo.
- Porque si pudiera, ya lo habría hecho. Pero nadie sabe cómo se rompe. Yo creo que hasta el creador no sabe cómo se puede deshacer…
- ¿El creador?
- Sí, o sea, la persona que creó este estúpido collar. Quizás, no debí aceptar el tonto regalo de Sucy…
- Bueno, en algo estamos de acuerdo. Pero… - Chariot se levantó de su asiento y caminó hasta detenerse frente a su estante de libros, en su habitación, para sacar un ejemplar en específico - Diana me dijo que había encontrado algo… hace algún tiempo. Pero con lo ocupada que ha estado, por lo de organizar el evento y esas cosas, me dijo a mí si podía darme a la tarea de traducir el idioma… ¿Ves? – Ella le tendió el libro a Akko y en una de sus páginas, se podía ver la imagen en borrador del collar, con una leyenda a su lado. Akko parpadeó alguna veces, asombrada por el descubrimiento, hasta que Chariot se sentó a su lado y le comenzó a hablar de nuevo, robando su atención – No he podido traducir mucho, porque… es un idioma un tanto difícil y… Bueno, estaba esperando a que Diana se desocupara para poder seguir con ella…
- Maestra, es usted muy torpe ¿Lo sabía?
- Soy tu maestra, Akko. No me hables así – Chariot le puso una mano encima de la cabeza, haciendo reír a la brujita japonesa.
- Lo sé, sólo bromeaba. Pero eso significa que habrá forma de romper este hechizo ¿No? Sólo hace falta traducir esta parte…
- Así es. Y por lo que he podido averiguar… Todo inicia con un deseo…
- ¿Un deseo?
- Eres un gato de la buena suerte. Quizás, para romper el hechizo, necesites darle buena suerte a alguien ¿No crees?
- Eso me suena bastante ridículo. Mejor dejémoselo a Diana.
- ¿Por qué no me tienes fe a mí? – Chariot comenzó a llorar, sintiéndose defrauda de sí misma, mientras Akko intentaba consolarla – Antes creías en mí.
- Ay, lo siento. Todavía lo hago, maestra… Perdóneme ¿Sí?
Pasado el mediodía, Diana se detuvo un momento para observar el cielo, cuando caminaba de forma apresurada, por uno de los pasillos de la gran Academia de Luna Nova. Habiendo estado toda la mañana ocupada, se procuró un momento de paz, observando el final del cielo gris, que sucumbía ante nubes amenazantes de lluvia. En ese entonces, le pareció incorrecto celebrar un evento en tales condiciones, pero si le pedían seguir haciéndose cargo de todo lo que en él ameritaba, terminaría con el cuerpo destrozado, en caso de alargarse el plazo.
Suspiró, antes de encaminarse de nuevo a la sala de reunión, donde un grupo de compañeras, encargadas de la apertura del show, la esperaban con inquietud nerviosa, ante la proximidad de su presentación. Diana entró de una vez, haciéndolas voltear a todas en su dirección, y en el segundo en que la reconocen, no tardan en abalanzarse contra ella, realizando distintos tipos de cuestionamientos; qué si esta es la manera correcta de realizar el hechizo, qué si necesitarán más polvos de hada para tal encantamiento, que si los atuendos son los adecuados. Todo recaía bajo el ojo supervisor de la más joven de la familia Cavendish. Y en todo, recaía sobre ella, la responsabilidad de que fuera un existo.
Fue en ese instante, en el que sintió además, el peso de una nueva responsabilidad acercándose, de forma quisquillosa y torpe. No le tomó mucho tiempo a Diana darse cuenta de que esa presencia molestosa, era de Akko y su ya alterado comportamiento gatuno. Ella había abierto la puerta y ahora corría juguetonamente, con un libro en las manos, hasta quedar frente a Diana, pero alejada por el tumulto de chicas, que por ella pedían una ayuda. Sin embargo, para la joven británica, la estancia de Akko allí dentro, era difícil de ignorar, así que, antes se seguir organizando cualquier otra cosa, se dirigió plenamente a Akko y a su, seguramente, trivial cuestionamiento.
- ¿Qué quieres ahora, Akko? – Le preguntó Diana, mientras dejaba de lado, un momento, a sus demás compañeras. La castaña de inmediato le extendió el libro, que antes Chariot hubiera tenido en su poder, y le señalaba una palabra, en los párrafos del collar de Maneki-Neko.
- Aquí… ¿Sabes lo que esta palabra significa? – La interrogó, teniendo la leve esperanza de que Diana pudiera responderle sin dificultad. Pero no fue eso lo que obtuvo, ni mucho menos. Cavendish la miró con el entrecejo fruncido y los labios temblorosos de ira. Estando tan ocupada con sus quehaceres, no tenía tiempo para responder a los dilemas de Akko, y lo dejó muy en claro, al momento de responderle.
- ¡Akko! – Le gritó, haciendo que sus compañeras dieran un paso atrás y que la castaña se encogiera de hombros – ¡¿Qué no ves que estoy demasiado ocupada como para solucionar tus problemas?! Además… le dije a la maestra Úrsula que se hiciera cargo de ello…
- Sí, pero es que… ella no ha podido descubrir que dice aquí y yo pensé que…
- Entonces, debes darle tiempo. No todos debemos estar preocupados por lo que te pase a ti. No todo se hará como tú quieres y cuando tú quieras… Ahora ¿Vas a dejarme seguir con mis cosas o seguirás molestándome con tus tonterías?
- No… yo… lo siento, Diana –
Las orejitas de la brujita japonesa se agacharon en el segundo en que los ojos de Diana la vieron con entera frialdad. Y se dedicó a buscar un deje de remordimiento en el actuar de su compañera, pero no vio nada más que molestia en su mirar. De verdad la había molestado y Diana no sentía ni el más mísero arrepentimiento por dirigirse a ella de esa forma. Así que, a Akko, no le quedó de otra que salir del salón, sin decir ni una sola palabra más, cerrando la puerta detrás de su espalda.
Su demás compañeras la observaron todo el camino de salida, y luego, cuando ya sólo pudieron ver la oscura madera de caoba en su recorrido, se voltearon a Diana, observándola, mientras ella seguía repasando los eventos, como si nada hubiese pasado.
Cercano a las siete de la tarde, a esa hora, cuando el sol desaparece entre las nubes y da paso a la noche, que por mera coincidencia, ahora estrellas no traía, las luces de Luna Nova se encendieron de forma mágica, cada una de ellas prendiendo una llama, que por encima de una vela y un candelabro estaba. Los pasillos, corredores y salones, oscuros, ahora brillaban con cálida luz fogosa. Y el nerviosismo y la ansiedad, se sentía en cada estudiante, maestra y hacedor de aseo que allí presentes estaban. Finnelan se encargó de ordenar a las alumnas en sus asientos, por clase y orden alfabético. Holbrooke tomó su lugar, a un costado, con todas las demás maestras. Y aquellos murmullos y gritillos distraídos, de alumnas que estaban más inquietas que de costumbre, fueron acallados, cuando la voz enérgica de Diana, pero a la vez, extrañamente cansada, las llamó a guardar compostura. Todas obedecieron al instante.
Sin embargo, Lotte seguía preocupada por la ausencia de su compañera asiática, que no había visto en todo el día y que tenía miedo de que algo pudiese haberle ocurrido. Le preguntó a Sucy si la había visto, pero esta sólo se encogió de hombros y dio la vaga idea de que, tal vez, una tontería estaría haciendo para, seguramente, llamar la atención. Esto no tranquilizó en absoluto a la joven Yanson, así que tomó la iniciativa de ponerse de pie e ir a buscarla por su propia cuenta, pero en el momento, en que tan sólo hizo el ademan de enderezarse y salir, Diana se acercó a ella y la detuvo, diciéndole que ya no era momento para entorpecer el evento. Lotte le explicó que se sentía nerviosa, pues Akko había desaparecido durante todo el día. Diana la observó unos segundos, asintiendo, luego, para darle una mirada tranquilizadora.
- No te preocupes – Le susurró, agachando su cuerpo para estar a la altura de la joven Yanson – Apenas pueda, yo misma iré a buscarla. Además… ya la conoces, debe estar tramando algo… y no puedo permitir que se salga con la suya.
- Muchas gracias, Diana – Lotte le sonrió y se dejó estar más tranquila, sosteniendo sus manos contra su pecho. Sucy también le dio una mirada, pero no hizo ningún comentario.
Al conseguir la entrada de los dos magnánimos invitados, en conjunto con el sequito de estudiantes que los proseguían, el alumnado y salón quedaron en silencio, las luces se apaciguaron y el espectáculo comenzó. Fue en ese preciso momento, en que Diana abandonó el salón y fue de prisa a buscar a Akko.
- Juro que… si te atreves a causarme una sola molestia más, Akko…
Diana se detuvo en medio del soportal, y a lo lejos, se quedó observando a la oscuridad, que de lejos le mostraba el bosque y que de cerca, le permitía observar dos sombras esclarecidas, que entre ellas interactuaban. Apoyó una de sus manos en los pilares que sostenían la edificación de la Academia, y con sumo sigilo, escudriñó lo que pasaba, teniendo muy presente quienes eran las dos personas, paradas en medio de la noche, en medio del patio de Luna Nova.
Acostada sobre el pasto, con el uniforme de la escuela arrugado y frío, Akko reñía, entre libros y libros, consigo misma, por no ser lo suficientemente capaz de realizar una traducción decente de los textos, que tenía en su poder. Buscó distintos idiomas, empezando por su claro natal, el japonés. Pero no encontró nada. Luego le pidió ayuda a la maestra Chariot, pero al cabo, ésta le dio una respuesta muy similar a la de Diana, sólo que más suave y amorosa: "Ahora no puedo Akko, tengo que asistir a la reunión, pero apenas quede libre vengo a ayudarte". Pensó entonces, que Diana pudo haberle dado la misma respuesta, y que no era necesario que fuera tan grosera con ella y la hiciera sentir mal.
Pensarlo, la molestó, y comenzó a trazar líneas sobre el libro con la leyenda, hasta darse cuenta que había rayado toda la página del hechizo, haciendo inútil su lectura. ¿Lo peor? Es que, de diversos modos y por todos lados, el nombre de Diana se repetía una y otra vez, junto a palabras como: Estúpida, grosera, engreída y otras tantas más, escritas en su idioma original. Al darse cuenta, Akko gritó a todo lo que le dieron sus pulmones y arrojó el libro lejos de ella, cruzándose de brazos después.
- Diana eres una…
- "Estúpida… Engreída… Baka" No estoy muy seguro de si se lee así, pero supongo que no es un halago, después de todo.
Al escuchar su voz, Akko se volteó en su lugar y pudo divisar la figura de Andrew, sosteniendo el libro que recién había arrojado, entre sus manos. El joven la observaba de pie, unos metros más alejado, y sonreía, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón. Akko, al verse descubierta, se sonrojó furiosamente y se giró de nuevo, pero esta vez para no tener que verle la cara al joven Hanbriege. Él se acercó de todas maneras y se sentó a su lado, revisando el libro, sin entender prácticamente nada de lo que allí había escrito.
- Diría que esto es parte de tus clases ¿No? – Andrew la miró, tomando la atención de la brujita japonesa. Akko le respondió, con los labios apretados.
- No, no tiene nada que ver… Y mejor dámelo… - Hizo el intento de arrebatarle el libro, pero él rápidamente se lo alejó, continuando su lectura, en las palabras mal escritas de la castaña.
- Por supuesto – Rió, divertido de los intentos desesperados de Akko – Tenía que ser ¿Por qué otro motivo, entonces, escribirías lo exasperante que puede llegar a ser Diana con su actitud?
- ¡Eso no te incumbe! ¡Y devuélveme ese libro! – Andrew lo soltó, antes de que Akko siguiera acercándosele. Supuso que, nuevamente, como tantas más, Akko había tenido problemas con la señorita Cavendish, y ahora tenía que desquitarse. Pero no se dio el gusto de averiguar el por qué, es más, ni siquiera le importaba. De seguro, y con Akko siendo la protagonista, alguna tontería habría hecho que molestase a Diana. Así que, tomando un suspiró, dejó a la castaña tranquila un momento y se tomó el tiempo de verla a detalle, sorprendiéndose por su apariencia.
- Oye… ¿Es acaso normal, que siempre que te vea en la Academia, lleves la apariencia de algún animal en particular? – Andrew colocó sus dedos sobre su barbilla y la examinó de pies a cabeza, incomodando a Akko – Te veías mejor de coneja.
- ¡Oh! Eres un grosero… - Le reclamó ella, sonrojándose. Andrew rió disimuladamente y dejó que el silencio apacible de la noche, los envolviera a ambos.
Mientras el viento se arremolinaba entre los árboles lejanos, de allá en el bosque, Akko abrazó el libro contra su pecho y miró a Andrew, cuando su figura era contorneada por la apartada luz proveniente de las lámparas de fuego, encendidas en el soportal de la Academia. Él se veía serio, pero la sonrisa en sus labios lo delataba un poco, porque estaba feliz. Akko, en su interior, se preguntó el por qué, pero más que eso, su curiosidad se encaminó a pensar en el por qué él, en ese instante, cuando debería estar presente en la ceremonia, estaba allí con ella, solemne e impávido. De tanto mirarlo, Andrew se giró a ella y acrecentó su sonrisa, ahora poyando una mano sobre la grama, rompiendo la lejanía.
- No te sientes bien ¿Verdad, Akko? – Le preguntó, pero más que un cuestionamiento, parecía decirlo de forma certera, pues no dudaba estar en lo correcto. La brujita japonesa se apegó más al libro que sostenían sus manos y asintió, pero sin poder mirarlo.
- Es… este tonto hechizo… Llevo tanto tiempo así y… todavía no puedo romperlo…
- ¿Es una maldición? – Andrew alzó una ceja y se quedó absortó en las orejitas de Akko, que ahora se movían inquietas. Entonces, sonrió – Mentí… - Akko lo miró, confundida – La verdad es que… te quedan bastante bien. Me gustan…
- ¿Eh? ¿D-de qué estás hablando? ¿Po-por qué te portas así?
- Creo que llegó el momento de que sea más claro contigo, Akko – El joven Hanbriege arregló su corbata y, nervioso como nunca antes, pero seguro de sí mismo, con el corazón saltándole en el pecho, tuvo que mirar directamente a los ojos de la bruja japonesa y hablarle, con su voz grave, pero encantadora – La razón por la que vine a esta Academia, en primer lugar, no fue para ver un espectáculo de mi cero interés… Estaba esperando verte.
- ¿Ah? Ya… deja de bromear Andrew – Para ese entonces, Akko estaba tan roja, que casi podía sentir que sus mejillas quemaban y que la sangre se le iría a la cabeza, de suerte, no se había desmayado ya. Todavía.
- No estoy bromeando, Akko. Quiero ser serio contigo… y quiero que me tomes en serio también. Sé que puede parecerte raro, pero… eres alguien… fuera de lo común, del común de personas con las que trato. Y haces de las cosas simples, más divertidas… Tengo que admitirlo, me hiciste creer, creer en las cosas mágicas y… en ti… Y también creo que lo que siento por ti, ahora, es mucho más que una simple amistad. Tú me gustas, Akko. Eres una chica muy atractiva.
- ¡AAAHHHH! No, no, no, no, no, no ¡Debes estar equivocado! ¡No puedes sentir esas cosas! ¡NO!
- Akko, no estoy jugando, por favor – Andrew cerró sus ojos, sintiendo ahora la vergüenza de ser, posiblemente, rechazado, por la inmadurez de la castaña – Estoy siendo sincero y quiero que me des una respuesta clara ¿Sí?
- Es que– Es que yo… No sé, no sé cómo…
Andrew sonrió enternecido, al ver el nerviosismo en el que se envolvía Akko para continuar. Claramente, esto era algo difícil de digerir para ella, pero él quería que se sintiera cómoda y en plena libertad de decidir lo que quisiese elegir. Pero, también, dentro de él, crecía la imperiosa necesidad de no quedarse simplemente en la zona de confort y quería, de algún u otro modo, tomar su revancha, antes de arriesgarse a un no, rotundo. Entonces, empecinado en que debía motivar a su brujita preferida, el joven Hanbriege, se inclinó sobre su cuerpo, a leves centímetros de distancia del rostro de Akko y le susurró lo hermosa que se veía esa noche, haciendo que la castaña bajara toda guardia y él se permitiera avanzar, sin problema alguno. Suave y tiernamente, se dejó caer sobre los pequeños labios de Akko y dejó que la sensación electrizante le recorriera todo el cuerpo. Se sentía perfecto, un beso perfecto.
Por otro lado, Akko vivía una guerra de aquellas, en su cabeza. Atropellando sus sentimientos entre sí y en cómo un beso, podía hacerla subir hasta lo más alto y, de pronto, hacerla caer desde esa misma altura. Al poco tiempo, también se dio cuenta, de que no había estado correspondiendo al beso de Andrew, sino que sólo lo sentía, sin más. Acto que le recordó de inmediato a Diana, y su desplante frío en muestra a formas de afecto. Eso la desesperó todavía más, porque pensó que nunca llegaría a nada, preguntándose qué pasaría si tal persona fuera, en vez de otra, la que en esos momentos se acercara a ella. Y luego pensó en Andrew, y el afloramiento de sentimientos que tuvo, sincerándose con ella. Porque en sus gestos, podía sentir la realidad de sus emociones, y del cariño, que decía sentir dentro de él.
Era un remolino de pensamientos, sentimientos y sensaciones, surcando todo su ser, desde la cabeza hasta los pies. Y en el momento en que menos se lo imaginó, ella misma, bajo efectos producidos por sensaciones agradables, cerró sus ojos y correspondió, con la misma entereza, el beso que Andrew tanto se esmeraba en darle. Y fue perfecto para ella y para él, se sintió mágico y agradable. Terminaron separándose, con sus ojos fijos en el otro, observando la notoriedad del cansancio y de las palpitaciones en sus pechos. Pero, pronto, los ojos verdes de Andrew, que hubieron estado sobre los ojos rojos de Akko, fueron a parar a la cabeza de ésta, y notaron, con sumo asombro, que de allí, esas orejitas tiernas de gato, que habían estado desde el momento en que la vio, ya no estaban más. Y que cualquier rasgo felino que en su físico y actitud, también hubiesen estado presentes, ahora habían quedado evaporadas, en una polvareda mágica, de brillantes colores, que bajaba con calma, hasta desvanecerse en el piso.
Akko abrió sus ojos, tiempo después de no sentir los labios de Andrew sobre ella. Y al abrirlos, notando la sorpresa de su compañero, tocó su cabeza, buscando la sensación de sus orejas de gato, que siempre la acompañaban. Pero ya no estaban más, ni ellas, ni sus bigotes, ni su cola. Todo su cuerpo había vuelto a la normalidad, y se preguntó el por qué, tan de repente.
- Quizás un beso del… verdadero amor era la respuesta… - Akko miró a Andrew y alzó una ceja, confundida. Por dentro, sintiendo un sentimiento de vacío, inexplicable.
- Quizás… yo estuve confundida todo este tiempo…
