Quizás, durante esa noche, el viento sopló más fuerte de lo que ella hubiese esperado y secó sus labios, con esa salinidad invisible dentro del él, frío. Por ello, Akko instintivamente se llevó los dedos de su mano a la boca y, sobre ella, comenzó a acariciarlos, sintiendo una tibies ajena a su propio cuerpo. Y mientras ella se quedaba absorta, perdida en enredaderas mentales, Andrew disfrutaba con placer, el poder observarla junto a él, tan tímida, tan inocente. Pues, ya sabía de sobra que, Akko, en temas románticos, era una mujer de poco mundo y de mente muy cerrada.

Estuvo tentado varias veces a reírse, encantado con su personalidad. Pero nunca se le presentó el momento adecuado, ni mucho menos pensó en hacerlo, cuando pasos calmos pero evidentes, tomaban rumbo hacia ellos, impávidos y valientes. Diana caminó hasta estar justo detrás de la espalda de Akko, ensombreciendo la poca luz que hasta ella pudiese llegar. Su gesto, que muchos pudieron creer, era de enfado, realmente se encontraba indiferente, y sus ojos, curioseaban con real intriga lo que acababa de ocurrir.

El hechizo se había roto, con evidencia, pero algo dentro de sus razonamientos no calzaba y quería intentar averiguarlo.

Akko sintió su presencia desde el momento en que ella dio el primer paso sobre la grama, pero no se atrevió a voltear a verla, todavía estaba impactada. Pero Diana, no había notado tal acción, así que se dirigió a ella, sin rodeos.

- ¿Así que esta era la manera que tenías para solucionar tu problema? – Akko apretó sus manos sobre su pecho, sin que nadie lo notara, al mismo tiempo en que Diana movía sus ojos a los libros tirados sobre el suelo – Supongo que lograste averiguarlo con algo de paciencia ¿No?

- Diana –Andrew se giró para verla y sonrió complacido, pues, no le caía del todo mal, una visita inesperada. Se levantó del piso, arreglando su uniforme, y extendió una mano a la joven Cavendish, sin esperar realmente que lo atendieran. Como suponía, Diana ignoró el gesto – Es un gusto poder verte…

- Lo mismo digo. No te ha ido mal ¿No?

- No me quejo – El joven Hanbriege guardó sus manos dentro de su pantalón de vestir y dobló un poco el rostro, para poder observar a Akko, quien todavía no hacía ningún movimiento. Entonces, nuevamente, posó su atención sobre Diana – Supongo que estás aquí porque vienes a solucionar un problema… ¿O me equivoco?

- Realmente, el problema acaba de solucionarse, pero me gustaría saber cómo ocurrió.

- Y a mí me encantaría saber la historia desde el principio ¿Te molesto?

- Es un poco engorroso preguntármelo ahora, a decir verdad, quizás en otra ocasión. Ahora mismo quisiera hablar con Akko sobre…

Atrevida o no, Akko no le permitió a Diana seguir con su dialogo, pues, intrépidamente, se había puesto de pie, tan veloz como un rayo, y había echado a correr de vuelta a la Academia, sin olvidar antes, empujar a ambos jóvenes a un lado para poder abrirse camino. Ninguno de los dos la vio llorar, pero ella lo hacía de manera caótica y se esforzó porque sus lágrimas y lamentos, no fueran descubiertas por terceros. Diana y Andrew se le quedaron viendo, al principio, con asombro primero, y luego de un lapsus de confusión, el joven Hanbriege ya quería emprender persecución detrás de ella, pero Diana se lo impidió, posando su palma completa sobre el pecho de éste.

- No hace falta que lo intentes – Le dijo, con sus ojos azules pendientes del lugar por donde los pasos de la brujita japonesa se perdieron – Ella… Yo necesito arreglar esto antes – Andrew alzó ambas cejas, incómodo, sintiéndose torpe ante tales acontecimientos y desorden de acciones.

- ¿Sabré que acaba de ocurrir algún día? – Diana lo miró y sonrió.

- Cuenta con ello.


Era la hora del Buey y Akko todavía seguía acurrucada sobre su cama, sintiendo su espalda temblar, por cada sollozo que soltaba. Ni Lotte, ni Sucy se percataron de su estado de ánimo, siendo esto normal, porque al entrar, sólo vieron un bulto blanco oculto bajo las sábanas, y pensaron que Akko otra vez, actuaba como el felino que solía ser, así que ninguna de las dos se hizo mucho problema por ello. Se acostaron y dejaron todo en penumbras, justo como en ese instante, el corazón de Akko se sentía.

Al tener que despertar en la mañana, con las ojeras marcadas bajo sus ojos y su cabello revuelto y mal visto, sus dos amigas y compañeras de equipo, se llevaron la grata sorpresa de verla ya, sin sus característicos rasgos animalescos, pero no quedaron particularmente felices, con lo maltratada que se veía la castaña. Llevaba el uniforme puesto y desarreglado, su colita característica no estaba sobre su cabeza y sus ojos se veían de muerte en vida.

Lotte se acercó a ella y la tomó por el hombro, asegurándose de que no estuviera dormida, todavía. Y le preguntó, con cierta preocupación marcada en su tono de voz, que si se encontraba bien.

- A mí y a Sucy nos preocupas – Akko no la veía a los ojos y sólo permanecía estoica, mirando al piso – Akko ¿Te encuentras bien?

- No estoy de ánimos, en serio, Lotte – Ella se alejó de la mano de su amiga y se sentó de nuevo sobre la cama, suspirando, con sus manos restregando la piel de su cara – No me siento bien, creo que estoy enferma – Continuó diciendo, como también se cubría con las sábanas y volvía a cerrar sus ojos, murmurando, como último favor – Si alguna maestra pregunta… díganles que estoy demasiado enferma para asistir ¿Sí? Me pondré al corriente después…

- Eso no me parece muy bueno ¿No quieres que llame a la enfermera por esto?

- No será necesario… sólo… déjenme tranquila…

Yanson estuvo a punto de insistir de nueva cuenta, pero una mano sobre su hombro y una mirada seria, provenientes de Sucy, le hicieron entender que era mejor dejarlo todo hasta ahí, que después verían como arreglar a su descompuesta amiga. Incluso, Manbavaran creyó, que esto no era algo que estuviera en sus manos solucionar.

Estando fuera de la habitación, con la puerta cerrada tras ellas, por fin se permitieron conversar, menos discretamente. Siendo Lotte la primera en hablar.

- ¿Por qué no me dejaste ayudarla? Pobrecita, se veía muy mal…

- Ahora, nuestra prioridad, no es velar por el estado de Akko, ya alguien más se encargará de ello – Lotte la miró intrigada, no entendiendo del todo la situación.

- ¿Alguien más? – La cuestionó, mostrando sus labios fruncidos y la preocupación en sus gestos – ¿A quién te refieres? ¿Por qué me ocultas cosas?

- No te oculto nada. Y mejor camina, o llegaremos tarde a clases.


Fueron las doce del día, del mismo día, cuando todas las alumnas de Luna Nova o, al menos, la mayoría, se encontraban en el comedor de la Academia. Sucy y Lotte se habían unido a merendar con las integrantes del equipo verde, conversando de cosas triviales y, porque no decirlo, de Akko también. Las chicas del equipo rojo, especialmente la joven Yanson, se encargaron de contarles que el problema con las orejas de gato y demás, estaba ya solucionado, pero que ellas todavía seguían preocupadas, pues, ahora Akko no lucía nada de bien, y que, de hecho, esa fue la causa de su inasistencia clases. Amanda iba a comentar algo al respecto, haciendo clara alusión a la responsable de tal calamidad, pero sólo bastó con que Sucy le diera una mirada y que Diana se le apareciera por detrás, para terminar su frase en la incompletabilidad.

El equipo azul completo se detuvo en su mesa, Bárbara acercándose a Lotte discretamente para saludarla. Las demás, llevaron su atención a Diana y a lo que sea que ésta tuviera que decir.

- Akko no se ha aparecido en ninguna clase – Les dijo, de forma certera, no preguntándolo. Las otras chicas asintieron en silencio, haciendo a Diana levantar las cejas – ¿Tuvo algún problema?

- La verdad, es que ya todo pareció haberse solucionado, Diana – Yanson le contestó, con su tono de voz tímido – ¡Está curada! Aunque no sabemos cómo… Se ha levantado enferma y no ha podido venir a clase.

- Mmm, ya veo – La cara de Diana, de pronto, se volvió un dilema. Y tuvo el inexplicable preludio de saber que debía ir a ver a Akko en ese momento, que era el indicado y que, tal vez, se pudieran arreglar las cosas de una vez. Así que, girándose hacia las dos chicas del equipo rojo restante, les pidió permiso para poder ir a su habitación – No las molesto ¿Verdad?

- Uhm… No, no, claro que no – Afirmó Lotte, sacudiendo sus manos en el aire – Puedes ir… Pero se gentil con ella… Está algo deprimida.

- Lo entiendo…


Sentada sobre su cama, con la vista puesta en los tablones desgastados del piso, Akko se mantenía inerte, pensando en dejar de lado sus sentimientos y abrirse a las nuevas sensaciones que, con anterioridad, ya había experimentado ¿Qué tan malo podría ser? Estar con alguien que te quiera, es mejor que sufrir por alguien que no siente lo mismo que tú. Y cierto era, que después de tantas desventuras, aquella brujita japonesa, con la cabeza confundida, prefería dejar a un lado sus penas y seguir adelante.

Entonces, se puso de pie y miró al frente con determinación. Ya lo tenía claro, el abandonar sus sentimientos por Diana, era mucho más sencillo que estar rogándole por un poco de cariño. Y aunque esto le costase, iba a tratar de cumplirlo.

- Pero… ¿Cómo hago eso? – Acabó preguntándose, y su cuerpo, ya cansado, se desplomó sobre el colchón de su cama y, yerto, lo reposó hasta quedar en completo sosiego.

Akko se quedó mirando la base entablada de la cama sobre la suya, y suspiró, cerrando sus ojos, e imaginando o, recordando, aquel templado beso de emociones calmas, que Andrew le había dado la noche anterior. Se sentía cálido recordarlo, muy distinto a los de Diana.

- ¡Y aun así pienso que me gustaban más los de ella! ¡Grrr! –

Su almohada fue directo a su cara y, con el agarre firme de ella sobre su rostro, sus piernas comenzaron a moverse de arriba abajo, frustrada. Había tenido miles de sensaciones más agradables que las que ahora su pecho portaba. Sintió lejano aquellos momentos en que podía disfrutar de la cercanía de Diana, y se vio estúpida en aquellos. Tenía que aprender, pero ¿cómo?

Al final, su pataleta cedió. Y a los pocos segundos de haber terminado, dos golpecitos suaves a su puerta, la hicieron voltear y ver de quién se trataba. Diana no esperó a que Akko le diera permiso para entrar, de hecho, suponía que no la dejaría hacerlo, por lo cual, tomó su propia iniciativa. Primero asomó su cabeza, para, después, acabar con todo su cuerpo dentro de la habitación. Se acercó en silencio y terminó sentada justo al lado de donde la brujita castaña estaba dándole la espalda.

Ella no le dirigió la palabra y, cuando la tuvo a su lado, ni siquiera quiso seguir observándola. Se giró de espaldas a Diana y abrazó su almohada, ocultando su rostro en ella. No por vergüenza, pero sí por la sensación amarga que le producía mirarla. Con todo esto, la joven Cavendish, contrario a lo que se pudo haber creído, nunca tomó las acciones de Akko como un acto de evasión, le parecían normales y las entendía, pero jamás se le pasó por la cabeza que Akko se sintiera mal con ella de junto.

Se tomó su tiempo para hablar. Respiró hondo en más de una ocasión y, por breves segundos, sólo admiraba la espalda de Akko frente a ella, teniendo la extraña necesidad de acariciarle, por como en los viejos tiempos solía hacerlo. En un lapsus, llegó a extrañar sus orejitas de gato y esa cola traviesa que solía envolverla en un abrazo, aunque la castaña se negase a mirarla. Y con todo esto en mente, no se detuvo al hablar.

- Me alegra que ya estés mejor – Pronunció, esperando una respuesta de la brujita japonesa. Pero ella no llegó, y tuvo que continuar, ahora, sola. Suspiró – Akko… No sé bien lo que hice ¿Sí? No sé por qué te comportas como te comportas y si no me lo explicas, no lo sabré…

- Eres inteligente sólo para algunas cosas ¿No, Diana? – Contestó, siendo sus palabras ahogadas por la tela de su almohada. Los ojos de Akko se entristecieron con nostalgia y, para apaciguarla, tuvo que apretar mucho más fuerte el cojín – Me sorprende… viniendo de alguien como tú… - Diana la miró, antes de responderle.

- Aun así, me gustaría que tú me lo dijeras…

- ¿Decirte lo mismo que ya te he dicho antes? ¿Para qué? ¿Qué objeto tiene?

- Pues, que si me lo dijeras, yo podría entender mejor que…

- ¡¿Qué?! – Akko se puso de pie, sorprendiendo a Diana. Su gesto se endureció y ya no era más aquella chiquilla risueña, ni mucho menos – ¡¿Qué tal vez, lo que yo quería, era que en vez de ser Andrew quien deshiciera el hechizo, fueras tú?! ¡Qué estuve con la tonta idea de creer que todo dependía de ti, queriendo estar conmigo! ¡NO ME DIGAS NIÑA INFANTIL, PORQUE NO LO SOY!

- No te he dicho nada, Akko – Diana también se puso de pie, cruzada de brazos, y esperó tranquilamente a que Akko se calmara un poco, antes de hablar. Mas, ella, con la ira y la pena corriéndole por las venas, como el llanto afloraba de sus ojos y nariz, continuó hablando, a oídos sordos.

- ¡Tú cara siempre me lo restriega! ¡Qué! ¡¿Todavía no te agrado?!

- Estás tomándote esto muy a la defensiva, no eres la víctima.

- ¿Y tú sí lo eres?

- Si me dejaras explicarte las cosas, tal vez, esta conversación tendría más sentido.

- ¡Oh, tienes razón! ¡PERO SI SIEMPRE LA TIENES! ¡Y yo soy la exagerada! – Diana arrugó el entrecejo.

- Pues, por cómo te comportas, sí lo pareces.

- ¡Ja! ¡Qué bien! – Akko levantó sus brazos al aire y se dispuso a salir de la habitación, sin ser bloqueada por Diana – Pues ¿sabes qué más?… – Se detuvo, antes de salir por completo, abriendo la puerta – ¡Me olvidaré de ti y de que me gustas! ¡¿Qué más da?! ¡No eres, realmente, la gran cosa!

Acabó azotando la puerta detrás de ella, al terminar de decir. Y Diana sólo la observó, suspirando.

- Qué chica más exasperante….


Cuando la última estrella se alzó en el firmamento, Akko pensó que se veía muy bonita allá arriba, rodeada de otras iguales a ella. Brillando, tanto o más fuerte que la Luna. Sentada en lo alto de la torre de Luna Nova, se permitió analizar con vehemencia cada aspecto del cielo, del universo y de las galaxias extrañas, más allá de su planeta. De pronto, le pareció increíble lo grande que podía ser todo y, a la vez, tan minúsculo, en comparación de algo más. Después de todo, ¿qué era una vida de cien años, a comparación de la eternidad del sol? Miles y miles de años brillando, fragoroso. Y ella allí, apagada, sentada al borde un una caída libre, dejando que sus pies se balanceasen el en aire.

La vida mortal era una pérdida de tiempo, pero tan llena de recuerdos, que su existencia, aunque se desvaneciera en los años, se grababa en la tierra por siempre, se extendía por los aires y atravesaba montañas. Una vida insignificante, pero valorada.

Akko suspiró, acariciando sus manos entre sí, cuando su vista, desde lo alto del cielo, acabó en el suelo. Veía sus pies moverse y sintió el viento acariciarle la cara. Pero nada pudo más con ella, que la presencia ajena y conocida, de quién se supone, pudo atender su corazón en sus manos y ahora de ella pendía. La escuchó acercarse, la sintió tomar asiento a su lado y experimentó el calor que de su cuerpo emanaba, entibiando el suyo propio, al saberla tan cerca. Pero no fue capaz de mirarla, ni siquiera para comprobar si realmente era ella o si era otro juego de ilusiones, que le prestaba su cabeza, a cambio de un poco de regocijo. Entonces, para deshacerse de esa cercanía lejana, ella tendió su cabeza sobre la fría piedra, que a su lado, de pie, reposaba, y se dejó estar, quieta, inmutable.

Diana, sólo en ese momento se decidió a mirarla, pero no le dijo nada tampoco. Pues, ahora entendía, que algo dolía y que ella sólo actuaba como ácido sobre la llaga. Lo mejor, era que se quedara en paz, por un tiempo. Quizás, el mirar al cielo, le diera la respuesta que su mente tanto buscaba, empecinada en querer hacer las cosas bien. Lo que descubrió, finalmente, fue lo mismo que Akko había sentido hace, tan solo, unos segundos atrás. La nimiedad de las cosas, la irrelevancia del existir y lo complicado que se podía volver una vida humana, si no se trataba como debía. Entonces, comprendió que el corazón de Akko era esa nimiedad, esa pequeña cosa frágil que se tenía que proteger, porque aunque no era importante para el universo, para ella, valía mucho más que las galaxias en su totalidad.

- Tú corazón… - Susurró para sí misma, y nuevamente sus ojos azules, cayeron sobre el rostro de la brujita japonesa, quien se negaba a verla – Es una hermosa noche ¿No lo crees? – Diana le sonrió, pero no obtuvo respuesta. Aun así, le pareció propicio continuar hablando, mirando, ahora, las estrellas – Hoy brillan más que nunca… O tal vez, hoy siento que brillan más que nunca.

Akko volteó el rostro todavía más, después de escucharla. Pues, no le apetecía ni en lo más mínimo tener que oírla ni verla. Nada. Y Diana lo notó, pero no se dio por aludida, en cambio, tomó la decisión de llegar a ella de otra manera. Algo más sutil, pero que el lenguaje de Akko lo percibiera. Pero ¿Qué podría ser? ¿Un golpecillo, quizás? Mínimo e indolente. Un golpecito sobre su brazo, para que se dignara a mirarla. Uno un poco más fuerte, para que reaccionara. Uno que la hiciera molestarse quizás era el más indicado. Uno fuerte sobre su costilla, por supuesto. Diana dio justo en el clavo con el último, y obtuvo lo que esperaba. Akko había reaccionado y había agitado su mano, para que Diana parase, pero ella aprovechó esto, para tomarla y entrelazar sus dedos, con un agarre firme e irrompible.

La brujita japonesa quiso reclamarle entonces, pero de lo avergonzada que se puso, fue, todavía más, incapaz de mirarla, y su rostro se fue tiñendo de rojo, poco a poco, hasta quedar con las orejas ardiéndole, por el calor que repentinamente le subió a la cara. Y Diana no estaba mucho mejor, incluso más avergonzada y apenada que la castaña, acarició el dorso de la mano de Akko, y suspiró lentamente, para volver a hablar.

- L-lo que rompió el hechizo… - Carraspeó, aclarando su garganta – Lo que rompió el hechizo del collar, no fue el beso entre tú y Andrew – Akko la miró, confundida – El transcrito decía que el hechizo se rompería sólo cuando el portador del collar, hiciera realidad el deseo de alguna persona… cualquiera que esta sea… Y el deseo de Andrew, era que su beso y sentimientos fueran correspondidos…

- ¿Y eso qué? Yo no lo correspondo del todo y…

- Pero él creía que sí. Y sólo bastó eso para que el hechizo se rompiera ¿Ahora me entiendes?– Akko enderezó su espalda y observó, con desconfianza, el rostro de Diana, para luego bajar su mirada a sus manos tomadas, sintiendo su pecho ser tocado por el palpitar de su corazón – Uno no siempre expresa bien lo que siente por el otro…

- ¿Quieres decir… que todo esto acabaría, sólo, en el segundo en que yo hiciera feliz a alguien?

- Eres un gato de la buena suerte ¿No? Bueno, eras.

- Ya veo – Murmuró, en silencio – Eso significa que… cuando yo te besé, nunca fue tu deseo que yo lo hiciera ¿Cierto? Nunca rompería el hechizo contigo, más bien, tenía que ser Andrew, después de todo. Ja – Rechistó, volviendo a su estado de ánimo melancólico – Nada cambió al final.

- Bueno. Ya te lo dije antes… Akko, estaba muy ocupada para saber cuál era mi prioridad en esos momentos. Tenías mi cabeza confundida y ni yo misma sabía lo que quería… P-pero… Que yo no lo supiera, no significa que yo… que yo…

- ¿Qué tú qué?

- Que yo… - Las palabras de la joven Cavendish vacilaron y, además, el tener los ojos de Akko sobre ella, no le hacían la tarea más fácil ¿Cómo decirlo? ¿Rápido? Sería lo mejor. Entonces, nuevamente se preparó, carraspeó su garganta y tomó un respiro – Tal vez, quiera darte un beso y estar contigo… - La castaña pudo sentir como en ese momento, la caldera que tenía en su cabeza, se destapó y dejó salir el agua y vapor de dentro, tan caliente, que el humo le salió hasta por las orejas.

- ¿Q-qué…? ¿Ha-hablas en serio? – Diana asintió, envuelta en un tinte rojizo, que cubría sus mejillas, y que mantenía sus ojos cerrados, para evitar la vergüenza.

- No jugaría con algo así.

Burlada por los sentimientos que, en esos momentos, fluían por su cuerpo. Diana no se atrevió a mirar a Akko a los ojos, sin embargo, el agarre que sostenía de ambas manos juntas, lo reforzó el doble, impidiendo, en todo momento, que la jovencita de cabellos oscuros, se alejara de ella, por cualquier motivo. Serían sus nervios, pero tenía miedo de que Akko la rechazara, ya fuese por lo ocurrido en la mañana o porque no creyera, de verdad, en la realidad de sus sentimientos.

Era difícil para la joven Cavendish admitir esto, era como admitir una derrota, algo complicado, porque según ella, Akko no cumplía con ningún estándar propuesto por sí misma, partiendo por el razonable hecho de que ni siquiera era hombre, de ahí en más, todo se venía cuesta abajo. Aun así, no se arrepentía, Diana no se arrepentía de lo que hacía, ni de lo que haría con su vida, si Akko aceptaba estar con ella.

- ¿Y bien? – Pasados los segundos, le preguntó – ¿Me darás una respuesta o… o solo te quedarás mirando?

- ¿Uhm?

Akko no se creía lo que veía y escuchaba, ni siquiera imaginaba que esto pudiese ocurrir después de todo lo sucedido. ¿Y qué decirle ahora? ¿Olvidar? ¿Así? ¿Nada más? Tenía que ser una locura, como todo lo que en su personalidad cabía. Una locura con Diana a su lado. Sonrió. No tenía nada que perder.

Al sentir los labios de Akko sobre su mejilla, Diana suspiró, dejando correr el aire que, sin saberlo, había estado conteniendo dentro de su pecho. La sensación de calidez, muy igual a las otras veces que había tenido así de cerca a Akko, la invadió y la dejó en un estado de alborozo, propio de un festival, lleno de fuegos artificiales. Se sentía feliz y confiada, y esto le permitió valerse por sí misma y, con cierta torpeza, regresarle el beso a la castaña, pero de forma fugaz y sobre los labios de ésta. Akko se sonrojó furiosamente, pues, era la primera vez que Diana le daba un beso y en la boca.

- Lo-lo siento… Es que me emocioné un poco ¿Fue muy malo? – Cavendish la observó, con cierto temor a su respuesta. Pero, en la cabeza de Atsuko Kagari, las palabras "Beso malo = Diana Cavendish", no tenían sentido. Así que le sonrió, la abrazó por sobre los hombros y negó despacio, moviendo su cabeza.

- Fue corto – Le dijo, y después, ella misma cerró sus ojos, acercándose de nuevo a Diana, lento, pero esta vez, segura de que sería correspondida, con los labios de Diana justo sobre los suyos.

Y el cascabel, puesto en su collar, atado, todavía a su cuello, tintineó, con la luz de la luna, reflejándose en él.

FIN