I don´t know you anymore

Capítulo 5

Por Lu de Andrew

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Si le hubiera dicho que había heredado la corona de Inglaterra, Candy no se hubiera sorprendido de igual manera. Y supo que si no se cayó debido a la impresión, era porque gracias a su profesión, había adquirido demasiado control sobre sus emociones. Pero ni siquiera supo en qué momento se sentó sobre el mullido sofá que estaba más lejos del ventanal.

La mirada de Albert la seguía, ella no lo había visto a la cara, pero sentía su mirada sobre ella. "Qué ilusa", pensó tristemente, creyó de manera ferviente que Albert solo podía haber hecho eso cuando eran más jóvenes debido a su inexperiencia.

Pero no era así.

Siempre, desde que se hubieron conocido, Albert la miraba de forma penetrante y ella siempre caía presa del cielo en sus ojos, y aunque estuviera molesta, esa mirada simplemente la hacía olvidar todo pensamiento coherente. Pero ya no sería así, ya no, así que no desvió sus ojos hacia él. Con la mirada fija en un punto imaginario en la pared, se atrevió a preguntar, con voz trémula:

-¿Qué quieres decir? - Fue un milagro que saliera su voz normal, y agradeció al cielo por ello.

Pero Albert estaba menos sereno que ella. Y tarde se dio cuenta que la forma en que la estaba observando, no mostraba el desinterés del que se jactó ante Candy. Supo en ese momento que no solo había ido por el extraño capricho de Rosemary, sino que además, y que era lo peor que le pudiera suceder, anhelaba volver a verla. Maldijo para sus adentros. Y que Dios lo ayudara, pero no podía seguir con ese estúpido capricho que había empezado cuando él contaba con 17 años.

Así que, haciendo a un lado sus pensamientos, comenzó a explicarle a Candy, paso por paso, lo que le había llevado a Rosemary a inventar que, la famosa Top Model, la reina de la alta costura y las pasarelas así como la dueña de las portadas de prestigiosas revistas, era sencillamente su madre.

A Candy se le encogió el corazón de escuchar tan triste historia. Siempre supo que a lado de su padre no le faltaría nada, pero se olvidó de que le faltaría una madre. Desesperadamente utilizó todo su autocontrol para no ponerse a llorar como magdalena. Hacía años que evitaba las lágrimas. No servían de nada, y solo ayudaban para mantener hinchados y rojos los ojos. Si fueran de utilidad, le hubieran ayudado a traer a Albert a su lado cuando más lo necesitaba, o volver a tener a su hija entre sus brazos.

Se irguió a toda su altura y volvieron a su mente las palabras de Albert: "Mi tía Elroy". Candy recordó lo que esa mujer le hiciera en el pasado y no pudo dejar de sentir molestia hacia Albert, por permitirle a esa mujer, acercarse a su hija.

-Si no fuera absolutamente necesario no estaría aquí -. Fue lo último que oyó de parte de Albert.

-Creo que te hubieras ahorrado incomodidades, de haberle dicho a Rose que no podías hacerlo. A veces a los hijos les hace falta tener alguna restricción. Es evidente su falta de educación -. Candy comprendió que su respuesta poco tenía que ver con lo que sentía, era una maravillosa oportunidad de volver a estrechar a su pequeña entre sus brazos. Pero no dudó en responder así, debido al coraje hacia Elroy Andrew, que creía enterrado y olvidado. Sin embargo, no era así.

-¡A mi hija lo único que le hace falta, es su madre! - Contestó malhumorado Albert - ¡Quien por si no lo recuerdas, la abandonó a su suerte, para poder...alcanzar sus metas! - Prosiguió en tono sarcástico - Te estorbaba tu hija y la dejaste, no me vengas con discursos moralistas sobre lo que es bueno para ¡MI HIJA!, tu ni siquiera supiste ser una buena madre, no intentes criticar la crianza que le doy. Y lo que menos puedes hacer por ella es cumplir ese deseo. Creo que se lo debes.

-No... yo no... - Pero ella no podía hablar sin que se le quebrara la voz. Las palabras de Albert la habían herido más de que ella esperaba, pero no podía culparlo, eso era lo que quería que pensara, ¿no? - No la abandoné a su suerte, la dejé contigo que eres su padre - se sorprendió a sí misma, al escucharse hablar tan calmadamente, sin embargo, fue todo lo que pudo decir.

-Tienes razón, Candy. - Su voz de pronto se volvió suave y hasta comprensiva, ella lo miró y notó que estaba tan inmerso en sus emociones como ella. - Pero no es lo mismo que anhelar a una madre, no sabes lo que...

-¿Candy? Te he estado buscando, la fiesta va para largo, será mejor que... - Terry hizo su aparición, y Candy quiso estrangularlo por la abrupta interrupción. Albert estaba hablando con ella con la misma calidez que le recordaba su pasado. Miró a Terry y a Albert. El último, tenía su ceño fruncido levemente y notó que su rostro se volvía a mostrar impasible como antes. Terry sonrió de medio lado, al darse cuenta que había interrumpido algo importante.

-¿Interrumpo? - Preguntó ante lo obvio.

-Terry, en estos momentos estoy atendiendo...

-¿Quién es usted? - Sin pensarlo, Albert interrumpió a la rubia, y dejó salir esa pregunta que tenía atorada en la garganta desde que oyó la familiaridad con la que ese hombre se dirigía a Candy. Terry se dio cuenta de su molestia y contraatacó, no se dejó amedrentar a pesar de la mirada furibunda del rubio.

-Lo mismo pregunto. Candy y yo llevamos varios años juntos y nunca lo había visto - contestó mirándolo con cierto desdén. A Candy se le fue la sangre a los pies y palideció. Dicho de ese modo, Terry daba un margen de entendimiento demasiado abierto como para que Albert pensara que eran algo más que simple amigos, o conocidos.

-Vaya no me sorprende - Fue la escueta respuesta de Albert. Mientras algo parecido a la furia bullía en su interior. Y volvió a maldecirse por eso. Se irguió en toda su altura y dio media vuelta, ella observó que se acercaba a una mesa cerca de la puerta y dejaba sin reparo, algo sobre ella.

-Albert, no... Terry, por favor... - Pero ni siquiera era capaz de terminar una oración. Consternada, Candy observó cómo Albert le daba la espalda para salir del lugar. Ella se asustó, si él salía, se llevaría la única oportunidad de estar otra vez con Rosemary. De súbito se incorporó y antes de que pudiera hablar, oyó la profunda voz de Albert.

-Ahí te dejo mi tarjeta, piensa lo que te dije, y si llegas a una decisión positiva, llámame. - Y salió dando un portazo tan fuerte que hasta la rubia brincó. Corrió a tomar el pequeño papel entre sus manos, y lo resguardó entre ellas como si al soltarlo pudiera desaparecer. Se volvió hacia Terry con una mirada de reproche y dolor.

-¿Cómo pudiste decir semejante barbaridad? ¿Acaso se te secó el cerebro? - Le dijo con rabia.

-No pensé que fuera tan importante para ti. Solo quería ayudarte a sacarte de encima a molestos admiradores. Bien pudiste decirme desde antes que deseabas estar con ese hombre sin interrupciones. Además, si malinterpretó mis palabras, allá él, no dije algo sin sentido, Candy.

-Sí tienes razón - se sintió de repente cansada y entendió que Terry no era el culpable -. No sabía que vendría y menos que quisiera hablar conmigo.

-Así que es él -. Terry la observó dubitativo. Recargado sobre el escritorio y con las manos dentro de los bolsillos, en una pose despreocupada. Candy se sorprendió que su amigo, adoptara una actitud así, él no era tan desobligado en el porte. Pero más le sorprendió la pregunta. Nunca había hablado de su pasado con Terry. Él solo conocía una milésima parte de su vida pasada.

-¿Él? ¿Quién?

-El hombre por el que me rechazaste cuando recién te conocí. Y por quien has rechazado hasta el último pretendiente que se te ha puesto enfrente -. Candy lo miró confundida -. No me veas así, no soy vidente o algo parecido, pero la manera en que reaccionaste y la forma en que lo veías, me lo dijo todo. Pero sinceramente, esperaba algo mejor, mira que rechazarme a mí, a Terruce Grandchester por un rubio desabrido... ¡Ay mi querida Candice! Sí que estás mal.

Candy sonrió sinceramente por primera vez en toda la noche. Por eso quería a Terry, sabía sacarle una sonrisa en las peores circunstancias. Y también sabía que, si ella no le contaba nada, él no la presionaría.

-Él no es ningún rubio desabrido - Le contestó divertida -, es el hombre más guapo y maravilloso y amable, que puede haber sobre la tierra.

-¡Uy, sí! Se nota, sobre todo lo amable y maravilloso. Y lo de guapo, pregúntale a Hillary, y verás que no piensa lo mismo que tú.

-Tal vez sea, porque es tu esposa y está enamorada de ti hasta el tuétano. Aunque yo no sé por qué, la compadezco.

Terry la miró con los ojos entrecerrados y minutos después estalló en carcajadas.

-Extraordinario pecas. Estás aprendiendo el sarcasmo muy bien.

-Tengo un buen maestro. ¡Y no me digas pecas!

-Está bien. Señorita pecas. - Ante el evidente rostro molesto de Candy se burló de ella nuevamente.

-Eres insoportable.

-Ya lo sé. Pero apuesto lo que sea, a que con la cena que nos espera en casa, dejarás de pensar que soy insoportable. Vámonos, necesitas aire fresco. - La abrazó con fraternidad y ella sintió unas enormes ganas de llorar. Pero se contuvo.

-Un momento. Dijiste, ¿La cena en casa?

-Hillie me llamó para decirme que nos espera.

-¿Pero qué hace despierta a estas horas? Creí que el doctor le había mandado reposo.

-Y así lo hizo. Pero me dijo que en los banquetes de boda nadie come bien, por cubrir las apariencias y que seguramente tú estarías muriéndote de hambre. Después de todo eres una tragona.

-¡Terry! No creo que Hillary haya dicho eso. Y será mejor que me lleves al hotel, no quiero importunar a Hillary en su condición- La verdad era que quería estar sola para pensar las cosas.

-Sí, tienes razón, no lo dijo. Pero los tres sabemos la verdad, y no es tan tarde, son las diez de la noche. Tienes que ir, si no lo haces, esa mujer que me ama hasta el tuétano, me hará cachitos y los esparcirá por todo Chicago. - Su cara era de verdadera consternación y Candy aceptó.

-Está bien. Iré, pero no pongas esa cara, que tal pareciera que Hillary te tiene amenazado.

-¡Pues como si lo estuviera! - Se quejó Terry - Esa mujer es una verdadera amenaza para mí.

Cualquiera que lo hubiera escuchado, pensaría que Terry era infeliz en su matrimonio. Pero Candy sabía a qué se refería su amigo con esa declaración. Y, de hecho, con ella era con la única que se expresaba de esa forma.

Terruce Grandchester, había sido todo un playboy. No había mujer que se le resistiera. Cuando se conocieron, mostró cuan polifacético era. Se mostró desde tierno, amable y romántico, hasta apasionado y arrebatado. Pero ninguna de esas artimañas funcionó con Candy, quien no dejaba de pensar en un hombre rubio de ojos azules que contantemente veía en sueños.

Así que cuando finalmente desistió de su intento de conquistarla. Llegó a su vida, una joven modelo. Reservada, trabajadora, demasiado atractiva y con un cuerpo de infarto, pero demasiado decente y para desgracia de Terry, sin un ápice de interés en él. Le mostraba abiertamente que desaprobaba su estilo de vida y hasta una que otra vez, lo dejó trabado de coraje.

Fue hasta que ella tuvo un accidente automovilístico, que salió a flote, la verdadera personalidad de Terry. Estuvo al pendiente de ella y su recuperación, se mostró tierno y solicito. Pero lo más sorprendente, dejó su vida disipada. Cuando ella se recuperó lo suficiente, recibió la mala noticia que tendría que dejar las pasarelas, pues una fractura triple en su tobillo izquierdo, le imposibilitaba usar zapatilla o calzado que fuera alto. Incluso su tobillo resentía el dolor ante un ligero golpe o un apretón.

Entonces Terry le propuso matrimonio. Ella había desistido, alegando que solo lo hacía por lastima. Pero él le confesó que cuando se enteró de su accidente, se quiso morir de solo pensar que ella hubiera perecido. Ya no podría vivir sin ella. Y por ella había cambiado totalmente. Ahora tenían dos años de casados y esperaban al primer bebé. Era un hombre de familia, completamente feliz y profundamente enamorado de su esposa. Más que cuando se casaron. Por eso siempre decía que ella era una amenaza para él. Porque por ella, él sería capaz hasta de hacerse una lobotomía con tal de hacerla feliz, aunque eso supusiera quedar a su entera merced.

Candy sonrió al pensar que al menos sus amigos eran felices, primero Terry y Hillie, como él cariñosamente le decía. Y luego Patty y Stear. Y sonrió amargamente al darse cuenta que nunca tendría a su lado al hombre por quien ella sería capaz de dejar su fama y fortuna...por unos minutos en sus brazos.

Cuando llegaron a su casa, Hillary los recibió con alegría. Ella no había podido asistir a la fiesta debido a su avanzado estado de gravidez, pero eso no le impedía estar activa en su casa. Degustaron una excelente cena. Y finalmente, Candy tocó un tema del que nunca pensó que hablaría con la pareja.

Les explicó con sutileza sin hablar completa y abiertamente, que ella y William Andrew se conocían. Pero cuando Hillary le preguntó qué era lo que quería el magnate, ella supo que, aunque no quisiera hablar del tema, sus amigos se enterarían, en especial; cuando se hiciera pública su maternidad. Ahora que tenía la oportunidad de estar cerca de su hija, no la desperdiciaría.

-Él y yo...bueno, hace algunos años, pues... tenemos una hija y quiere que pase un tiempo con ella.

-¿Qué? - Preguntaron al unísono Terry y Hillary, siempre se imaginaron que ella escondía algo, pero nunca que fuera algo como eso.

-Fue algo simple - Repuso la rubia tratando de quitarle importancia al asunto -, nos conocimos siendo adolescentes, quedé embarazada y tiempo después, decidí que lo mejor para la niña era crecer a lado de su padre. Ahora ella necesita a su mamá y él me vino a ver para que pasara unos días con ella... - Sin embargo, para sus amigos que la conocían lo suficiente, no fue difícil darse cuenta que no era tan fácil como ella decía. O que no le dolía hablar de ello.

-Candy, cariño, ¿por qué nunca nos hablaste de ello? - Hillary se acercó hasta ella y le tomó de las manos.

-No es tan importante, créanme - Sonrió. Pero eso era todo, menos una sonrisa sincera. Estaba a punto de echarse a llorar sobre el regazo de su amiga. - Será mejor que me vaya, chicos. Estoy muy cansada y tengo que estar lista para mañana.

-Mañana no tienes nada qué hacer. - Le recordó Terry. - ¿Acaso piensas hablar con ese hombre?

-Sí.

-¿Por qué no lo piensas mejor, Candy? - Ante esas palabras, Candy suspiro profundamente, por primera vez en años, hablaría con el corazón en la mano.

-Terry, sé que suena descabellado, pero, es mi hija. No la he visto en cuatro largos años, necesito tocarla y abrazarla. Recordar cómo se siente tenerla entre mis brazos. Necesito convencerme que es real, y no solo parte de mis sueños.

Terry la miró dubitativamente, sabía que algo no estaba bien. Seguía escondiendo cosas importantes, pero sabía que no podía obligar a nadie a hacer algo que no estaba dispuesto a hacer.

-Solo espero que no salgas más lastimada. A pesar de que te escondes tras ese caparazón de seguridad, autosuficiencia y egocentrismo, te conocemos y sabemos que no eres así. Eres una persona que piensa en los demás antes que en sí misma, eres una maravillosa persona, Candice White, que nadie te convenza de lo contrario. - Hillary asintió y abrazó a su amiga con fuerza. Ella se limitó a dejar salir unas furtivas lágrimas de sus hermosos ojos, sin embargo, recuperó la postura.

-Se los agradezco, de verdad. Pero es algo que debo hacer, se lo debo a mi niña.

-Solo asegúrate de convencerlos que eres una excelente madre - Le dijo Hillary con sus ojos llorosos - Y siéntete libre de contarme lo que quieras, sé que ahí adentro - señalando su corazón - hay mucho dolor y hay veces que es mejor hablar de ello, en lugar de guardarlo.

-Gracias por todo. Ahora me retiro, debo pensar algunas cosas.

-Me dijiste que te pidió unos días para estar con tu hija, ¿exactamente a qué días se refiere? - Preguntó Terry mientras se encaminaban a la salida.

-Dos semanas. A partir de mañana, o lo más pronto posible, la semana entrante, tendrá un evento en una de sus mansiones y Rose me necesita ahí.

-Candy, ¿ya olvidaste que debes regresar a Francia en dos días? El contrato por el que tanto has trabajado, ya fue firmado y Neal te espera para ponerte al corriente - Terry sabía acerca de su trabajo, pues antes de su esposa saliera embarazada, viajaban con la modelo pues era su agente. Pero cuando era más avanzado el estado de Hillary, Terry decidió establecerse en Chicago y dejó a Candy en manos de Neal Leagan.

-Creo que si Gucci me dejó esperando tanto tiempo para darme la firma de exclusividad, yo puedo hacer lo mismo. No le veo la diferencia entre dos días o dos semanas.

-Pues tienen de diferencia 12 días.

-En dado de los casos, si deciden cancelar mi contrato, no se perderá nada. Gracias a Dios puedo darme el lujo de rechazar esa clase de ofertas. Perdería todo, antes que esa oportunidad de estar cerca de mi hija, Terry. Así que no te preocupes, hablaré con Neal en cuanto llegue al hotel y veremos qué pasa.

Terry suspiró cansadamente, cuando Candy se ponía en plan "Top Model", no había quien la soportara, pero era lógico, pensó él. Después de todo su trabajo rendía frutos y no en vano era la modelo de moda mejor pagada y famosa entre otras cosas. Como ella decía, podía darse el lujo de rechazar cualquier oferta de trabajo que le cayera en sus manos. Y esa no era la excepción, durante un año, había pedido trabajar para Gucci en Alemania y solo Dios sabía por qué no habían querido aceptarla, y ella llegó al punto de encapricharse con esa idea hasta que no logró su objetivo. Como siempre lo hacía.

-Como quieras - Respondió resignado.

Después de despedirse de sus amigos, Candy se dirigió al lujoso hotel donde estaba alojada. Su chofer había llegado a recogerla y sin prisas se pusieron en camino.

-Estoy preocupada por ella. Ese tipo no medio buena espina. Debías haber visto su cara cuando escuchó lo que dije, si ella lo hubiera visto, te aseguro que sale corriendo - Comentó Terry con su esposa.

-Ya veo. Utilizaste le táctica de que estaban juntos, para quitárselo de encima. - Hillary se quedó pensativa, tal vez la reacción de ese hombre era buena señal - Y por lo que recuerdo, tu solo utilizas esa táctica cuando ves que alguien está verdaderamente interesado en ella, ¿no es así? - Terry asintió, en tantos años de práctica, había aprendido a reconocer las intenciones de los hombres que se acercaban a alguna modelo. - Y dices que salió... ¿enojado?

-Pues no se lo dije directamente, pero sí lo di a entender. No estaba enojado, estaba enfurecido.

-Entonces tal como lo pensé, no es mala señal. Si salió de esa manera, puede que haya sido porque estaba celoso.

-Yo no lo creo.

-Yo sí. Me gustaría poder conocer más acerca de esta historia, pero definitivamente su reacción tiene mucho de celos y poco de...

-¡Ay no! Ya vas a empezar, a tratar de analizar las reacciones de los demás.

- Es obvio. Además, contigo a mi lado he aprendido a conocer ese tipo de reacciones.

-¿Insinúas que te celo? -

-Demasiado, diría yo. Pero ahora solo quiero ir a descansar con el celoso que tengo por esposo, me duelen las piernas, no dudo que en cualquier momento llegue al mundo nuestro pequeño remolino.

Terry la besó apasionadamente y la ayudó a subir. Su corazón latía con fuerza, ante la inminente llegada de su hijo. Y de pronto comprendió a Candy y su afán de querer estar con su hija, "No tiene nada de extraño", pensó, "Yo también botaría todo por mi hijo y Hillary". Con esos pensamientos, llevó a su esposa a descansar junto a él, agradeciendo a Dios haberla conocido, pues en esos momentos estaría tan perdido o algo más que Candice. Solo esperaba que todo saliera bien con su amiga.

OoOoOoOoO

Eran las dos de la mañana y Candy no había podido conciliar el sueño. Se había duchado pensando que le ayudaría en algo pero no podía concentrarse en dormir. Sostenía en sus manos la tarjeta de presentación que le dejara Albert al marcharse. Se embriagó de la fragancia que emanaba de ella y recordó que ese aroma, lo había escogido ella para él, cuando eran felices. Una pequeña sonrisa cruzó su rostro, pensando que tal vez él no había dejado de usarlo recordándola a ella. Se permitió soñar con ello por unos momentos.

Pero solo unos pocos. La mano le temblaba y los dedos le picaban, sosteniendo su celular en la mano. Había deseado comunicarse con Albert en cuanto llegó al hotel, pero, algo se lo impedía. Observó el reloj, las 2:15 a.m. El segundero la volvía loca, en su silenciosa habitación solo se oía el tic tac. Y por unos momentos aseguró que era su corazón, el que oía. Desesperada, se puso de pie y con decisión, marcó el número. No podía esperar más.

Albert estaba en la misma posición desde su arribo a casa. Sentado en la oscuridad de su estudio, sosteniendo una copa de whisky escoses en la mano. De sobra está decir que ni siquiera lo había probado.

"Seguramente es su amante", pensaba.

Esas palabras las repetía una y otra vez en su cabeza. No podía ni siquiera imaginarse a Candy en brazos de alguien más. Solo de tratarlo, se le revolvía el estómago. Y se odiaba por ello, y por todo lo que esa mujer era capaz de hacerle sentir después de tantos años. Si lo pensaba mejor, cuando Candy se comunicara con él, le diría que todo había sido un error, que no era necesaria su presencia, que olvidara lo que le había pedido.

"Pero era por Rosemary". Le dijo una vocecilla en su mente. Todavía recordó, como había entrado como un huracán su hija para preguntarle qué había pasado con su "mami bonita", y no olvidaba cómo se le iluminó su carita cuando él le dijo que tal vez sí aceptara ser su mamá.

Se frotó la cara con desesperación.

Solo esperaba y rogaba al cielo que Candy no llamara. Que se olvidara de ellos tal y como se había olvidado los pasados cuatro años.

De pronto, su línea personal emitió un sonido que lo llevó de la tierra al cielo. Era un número desconocido y algo le dijo que era ella. Estuvo tentado a no contestar, pero a pesar de todo lo hizo.

-¿Diga?

-Albert, soy Candy. Perdón por llamar a estas horas, pero creo que no hay nada qué pensar. Quiero hacer esto por Rose. En cuanto me digas llegaré a tu casa, o dime cómo quieres que se haga todo. En especial porque debemos hablar.

-Dime en qué hotel estás y voy por ti... - Albert se dio cuenta que había hablado como un desesperado, pero quería asegurarse que ella estaba sola.

-¿A estas horas?

-¿Qué tiene de malo? Tú estás despierta, yo igual. No creo que molestemos a nadie, ¿o sí?

-Por supuesto que no. Solo pensé que estarías descansando.

-Candy, quiero terminar con las explicaciones lo más pronto posible. Así que dime en donde te recojo.

Después de darle el nombre del hotel, Albert salió corriendo aún con el celular en mano. Ella no había colgado y ya no estaban hablando, pero ninguno hacia nada por terminar lo que fuera que estuvieran teniendo en ese momento. Era un silencio cómodo, envolvente, y hasta algo mágico. Era esperanzador escuchar la respiración tranquila de su interlocutor. Sin embargo, ante la premura de los acontecimientos ella decidió romper el encanto.

-Entonces será mejor que me apresure a empacar, suelo tardarme un poco. - Albert sonrió recordando otra época.

-Lo sé.

-Te espero, entonces.

-Ahí estaré.

Ambos colgaron ella se apresuró a despertar a Dorothy, ofreciéndole un millón de disculpas, por despertarla a esas horas. Pero la chica, antes que su asistente, era su amiga y siendo una de las pocas personas que conocían un poco su pasado, comprendió todo y se apresuró a ayudarle.

Él por su parte, ya estaba en camino. La verdad era que quería asegurarse que ella no estuviera con el hombre que había afirmado semejante aberración. Pero dadas las circunstancias, sabía que eso era poco probable, él se había quedado con Candy y seguramente ambos habían llegado juntos al hotel... para pasar esa noche juntos. Pero si era así, ¿por qué lo llamó en plena madrugada? Un pensamiento esperanzador surgió dentro de él. Pero lo eliminó inmediatamente, no podía darse el lujo de fantasear con ella, no podía hacerlo, por su propio bien.

Candy se retorcía las manos caminando por toda su alcoba, estaba nerviosa ante la inminente llegada de Albert. La idea de viajar con él a solas le ponía el corazón a mil por hora.

-Candy, deja de caminar así -, Le comentó Dorothy que no había perdido de vista la reacción de su amiga -, me estás mareando.

-Créeme. Estarías mareada solo de imaginar tener a alguien como Albert Andrew, a escasos centímetros de ti. Eso sin mencionar que no he visto a mi hija en cuatro años y no sé ni siquiera cómo reaccionará al verme... o si me guardará rencor al enterarse que soy su verdadera madre.

-Entonces sigues pensando en decirle la verdad.

-Así es. Solo espero que Albert no trate de impedírmelo.

-Pues, tal vez no tengas qué esperar más tiempo.

-¿Por qué?

-Porque están llamando a la puerta. -

El poco auto control de Candy se esfumó. Y salió corriendo tras Dorothy que ya iba a abrir la puerta.

-¡No espera! - La rubia se interpuso entre la puerta y su amiga. - Todavía no abras, no estoy lista. - Hablaba en murmullos.

-Candy no seas ridícula. Tienes que verlo tarde o temprano. Hazte a un lado. - Haciendo caso omiso de las súplicas de su amiga, Dorothy se acercó hasta el ojillo de la puerta para ver al amado tormento de Candy. Al verlo se sorprendió y ahogó un grito de emoción.

-¡No puedo creerlo! Candice White, ¿por qué no me dijiste que ese hombre es un sueño hecho realidad? ¡Es guapísimo! ¿Y no quieres abrirle? ¿Estás loca?

Sin decir nada más la puerta se abrió ante un desesperado Albert.

-Buenas noches señor Andrew, o tal vez deba decir buenos días. Pase por favor.

Albert entró confundido. Nunca se imaginó encontrar a una mujer con Candy. Pero por la bienvenida que le dio, supo que debía conocer a la rubia muy bien.

-Tiene razón, lamento presentarme a esta hora, pero...

-Olvídelo, conozco la razón, y no espero que alguien me explique más de lo que ya sé. Pero tomé asiento por favor, en unos momentos saldrá Candy. - Aseguró la morena, que se percató de la huida de Candy hacia su habitación. Por cierto, soy Dorothy Jennings, asistente personal de Candice. - Albert se sorprendió por el ímpetu que mostró la "asistente personal de Candice". Candice, como la conocían en el mundo de la moda. Recorrió la estancia de la lujosa suite, solo para darse cuenta de la opulencia en la que vivía Candy. Al instante, rememoró las palabras que Candy le dijera cuando dejó a Rose con él: "¡Ella me estorba! Tengo metas y prioridades y con ella nunca podría salir adelante".

"Sin duda saliste adelante, Candice", pensó con amargura Albert. De pronto sintió deseos de salir de ahí, y olvidarse de la promesa que le había hecho a su hija. Pero cuando se dispuso a hacerlo, Candy salió de la habitación, vestida de la forma más informal que Albert podía imaginar para una Top Model. Llevaba unos jeans y blusa pegados a su figura, y unos tenis que le trajeron recuerdos que creía olvidados, "Los converse nunca pasan de moda y son bastante cómodos, cuando sea ultra millonaria, compraré miles de pares de todos colores y estilos". Una sonrisa iluminaba su rostro cuando le decía estas palabras, pero lo que más recordó fue lo que él había dicho después: "Te prometo que yo te los compraré, amor", y había sellado su promesa con un profundo beso. ¿Cómo podía un recuerdo tan simple y ordinario, remover tantos sentimientos en él?

La voz de la rubia lo trajo de nuevo a la realidad.

-Albert. Ya estoy lista.

-Muy bien, vámonos.

Después de despedirse de Dorothy, y asegurarse que su amiga se quedaría en el hotel esperándola. Se encaminó hacia Albert, quien ya la esperaba con maletas en mano.

-Debiste permitir que llamara a un botones, pesan demasiado las maletas. - Le dijo ella, cuando subieron al elevador. Más que por el peso de las maletas, para terminar con el silencio incómodo que se había formado entre ellos.

-No te preocupes, he cargado cosas más pesadas. - Fue su tajante respuesta.

No volvieron a cruzar palabra. Llegaron al estacionamiento y Albert guardó las cosas en el maletero. Caballerosamente le abrió la puerta de su automóvil y la ayudó a subir. Candy sentía que vivía una pesadilla, ¿acaso él pensaba comportarse así con ella? no creía soportarlo, así que, ignorando sus sentimientos hacia él, se centró en sus sentimientos hacia su pequeña hija.

-Creo que hay cosas que necesitamos aclarar. Como, por ejemplo, ¿qué le dirás a tus conocidos acerca de mí? ¿Rosemary sabe que soy su mamá? ¿Tú...tú tía sabe quién es la madre de Rose?

-Lo que más me gustaría saber, es que tienes en contra de mi tía. No creas que no vi tu expresión cuando te hablé de ella. - La vio por el rabillo del ojo, y vio su expresión de angustia - Pero tal vez, sea mejor que hablemos mañana, cuando estemos más tranquilos.

Candy odiaba cuando hablaba con tanta tranquilidad como si no pasara nada. Porque pasaba, ¡y mucho! ¿Cómo podía mantenerse tan ecuánime ante esa situación? Ella habría preferido que hablaran esa misma noche y aclararan todo de una vez por todas. Molesta, no le contestó, se limitó a ver la ciudad a medida que avanzaba el auto, se dio cuenta que Albert se adentraba en un barrio sofisticado y de grandes mansiones. La zona VIP de Chicago, casas majestuosas, lujosas y elegantes se elevaban ante ella haciéndola sentir intimidada. A pesar de su posición en la sociedad, sabía que nunca encajaría en la vida de aquellas personas. Odiaba todo lo que la palabra "sociedad" implicaba, desde guardar las apariencias, hasta tener el corazón tan frío como para disponer de la vida de la gente. Su madre, su padrastro y la tía de Albert, lo habían hecho así con ella. Sintió enormes deseos de llorar, y por enésima vez en el día, se dijo a si misma que eso no soluciona ni facilita las cosas. Solo te hace ver vulnerable y ridículamente tonta. Y ella no deseaba dar entrar en ninguna categoría.

-Hemos llegado - La profunda voz de su acompañante, la hizo volver a la realidad.

Ni siquiera había prestado atención al lugar donde habían llegado. Haciendo uso de su estupenda educación, nuevamente Albert la ayudó a bajar. El mayordomo, al que ella reconoció de su fugaz visita hacía cuatro años, le dio una solemne bienvenida. Ella le respondió con una de sus sonrisas forzadas y bien ensayadas que eran típicas en el modelaje. Siguió a Albert, a través de una gran y sofisticada estancia para llegar a las escaleras de mármol. Todo en la casa, si es que se le podía llamar así, gritaba a los cuatro vientos la opulencia de la familia Andrew.

-Está es mi recamara - Su voz, nuevamente la hizo reaccionar. Caminaba como autómata detrás de él, sin prestar atención a lo que decía. Pero cuando él se detuvo para mostrarle su habitación, no tuvo más remedio que escucharlo. - Te la muestro para que te familiarices con la casa, al menos durante esta semana vivirás aquí, y no quiero que andes deambulando por ahí, perdida. - Ella asintió.

-¿Dónde está? - No fue necesario que hablara más, Albert comprendió a quién se refería e hizo una señal con la mano para que nuevamente lo siguiera. Usualmente, las habitaciones de los niños se encontraban en el extremo opuesto de la mansión, Candy lo sabía muy bien, por eso se sorprendió cuando Albert se detuvo en la puerta contigua y la abrió quedamente.

Al entrar, la luna alumbraba un poco la habitación, y solo unos rizos esparcidos por la almohada sobresalían de entre ella. Albert le indicó que entrara y ella así lo hizo. Caminó hasta la cama, admirando a su hija. Con cuidado acarició su cabello y un sollozo imperceptible escapó de sus labios.

-Se parece a ti - Pudo decir sin que le traicionaran la voz.

-Yo creo que es totalmente lo contrario. - Albert sintió que no soportaría un minuto más viendo como acariciaba a su hija con ternura, quería abrazarla y sostenerla entre sus brazos, quería darle consuelo, a pesar que sabía que no lo necesitaba. Tal vez ella se había conmovido al volver a ver a su hija, pero se recordó lo que significaba para Candy. "Un estorbo". Decidió dejarla y bajó a su estudio.

Caminaba de un lado a otro, sin saber exactamente sus sentimientos hacia la rubia. Se recriminaba a sí mismo, su falta de carácter y que sus sentimientos amenazaran con traicionarle a cada momento. Tomó una copa de whisky y bebió de un trago. Sus pensamientos eran un caos. ¿Y si ella decidía llevarse a su hija? ¿Y si en esos momentos estaba aprovechando para escapar con ella? No lo creía, pero, ¿y si lo hacía para vengarse de él? Dejó todo atrás y subió las escaleras tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Cuando llegó, se sorprendió ante lo que vio.

Sentada en el piso, Candy lloraba discretamente. Tenía su rostro enterrado entre sus piernas que tenía flexionadas frente a su pecho. Su llanto no era fuerte, pero era copioso y lleno de dolor. No soportó verla en ese estado. Lo cierto era que nunca había soportado verla llorar, ni siquiera de felicidad. Se acercó y se agachó hasta su altura, ella sintió su presencia y levantó el rostro. Trató de secarse las lágrimas, pero él le detuvo las manos y la ayudó a ponerse en pie.

Sin decir una sola palabra, la abrazó.

La abrazó para calmarla, y ella se aferró a él.

Empezó a llorar profusamente. Con cariño, él le acariciaba el cabello y le hablaba al oído palabras tranquilizadoras. Poco a poco, ella se calmó. Él la tomó de los hombros para verla a los ojos, le secó con cuidado el rostro con un pañuelo.

-¿Ya estás mejor? - Su voz sonaba preocupada.

-Sí. No quería que me vieras así, yo no...

-Silencio - murmuró -. No tienes que explicar nada, al menos no por ahora.

Ante la calidez de su voz, Candy lo miró directamente a los ojos. Y fue su perdición. Su mirada hablaba de sentimientos pasados, tenían la calidez y ternura de cuando eran más jóvenes. Pero algo había cambiado en ella, ahora era la mirada de un hombre maduro y seguro de sí mismo. Pudo ver cómo escudriñaba su rostro. Ella trató de bajar la mirada, pero él la detuvo. Tomó su barbilla y le dio un beso en la frente, ella se paralizó. Cerró los ojos para disfrutar ese pequeño toque, que duró varios segundos.

Solo quería darle un beso para tranquilizarla. Pero sentir la tibieza de su piel, le hizo desear algo más. Consciente de sus acciones, con lentitud, abandonó su frente y besó sus ojos hinchados por el llanto, recorrió sus sienes y sus sonrosadas mejillas. Llegó hasta la comisura de sus labios. Sin abrir los ojos, por temor a que despertara del sueño, entre abrió sus labios para aspirar su aliento. Aspiró con profundidad para llenarse los pulmones, no solo de su aliento, sino de la fragancia que era propia de él.

Él ya no pudo resistirlo más. Viéndola así, con los labios entre abiertos, invitándolo a llenarse de ellos, inclinó su cabeza, y con delicadeza... la besó.

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CONTINUARÁ...

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Bien chicas, uno más. Ahora que estoy con tiempo y con ganas. Para quien me pregunto que cada cuándo actualizo, Chickiss SanCruz, tengo la historia casi acabada. Bueno, en realidad ya está terminada, como algunas saben ya la había publicado pero la administración decidió eliminar mi cuenta y, por ende, mis historias. Solo que ahora la estoy reeditando y escribiendo algunos capítulos nuevos.

Sin embargo, ese no es el motivo de mi tardanza al actualizar mis historias. Tal vez no entendieron en mi nota del capítulo 3 donde dije que había perdido a mi mamá, falleció hace casi dos meses, y fue una pérdida demasiado grande para mí y mi familia, y aun no lo superamos. Así que fue por decisión propia alejarme de las plataformas, lo siento. Esta historia la retomé precisamente porque ya está prácticamente terminada. Pero una vez concluida, no sé sinceramente cuándo exactamente retomaré las demás. Espero sepan comprender.

Entre tanto, gracias a: CANDY GATA, Pame, Chickiss SanCruz, JUJO, ALY, Wendy, y Carol MacLand, muchas gracias por tu palabras amiga.

Y a las calladitas por igual manera.

Nos seguimos leyendo.