I don´t know you anymore
Capítulo 6
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoO
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La besó y la llevó a la gloria. Ella con timidez fue respondiendo al beso, y levantó los brazos para abrazarlo por el cuello. Él la acercó más a su cuerpo, sentía su tibieza y recordó exactamente lo que era tenerla entre sus brazos. Fue un beso que contenía todos los matices, lleno de ternura, de añoranzas, de pasión, de entrega.
Ella se aferraba a su cuello como si se tratara de un salvavidas. Él la abrazaba y acariciaba la espalda con algo más que ternura, como si pudiera desaparecer con solo el tacto.
Profundizaron el beso, y cada vez se volvía más intenso.
Pero ambos sabían que podían, y de hecho lo estaban, exponiendo su corazón. Candy fue consciente de que si seguía, tendría que explicarle demasiadas cosas a Albert, sobre todo, el por qué de su desaparición. Pero no podía hacerlo, hacerlo suponía decirle que le había engañado desde el principio y su temor a que él la rechazara se volvió más tácito. Preferiría que siguiera pensando en que todo había sido por su egoísmo.
Albert recordó las palabras de Candy: "Un estorbo". Y las del hombre que había afirmado ser "Su amante". Se recordó que no podía estar sintiendo nada por ella, pero también lo había desconcertado su llanto. ¿Lloraba por arrepentimiento de haber dejado a Rose?
Como si un rayo hubiera caído sobre ellos, se separaron al instante con la respiración agitada.
Abandonaron los brazos del otro y se miraron fijamente algunos minutos. Ella ya no lloraba, pero sus ojos rojos de tanto llorar, la hacían ver vulnerable.
Y él odiaba verla así, porque lo único que deseaba era protegerla. Pero no podía, no lo haría y lo más importante, ella ya estaba con otro. Un viejo sentimiento se adueñó de él, y odió el volver a sentirlo. ¿Cuántas veces no había estado celoso de los chicos que trabajaban con ella? ¿Por su forma de mirarla, y de hablarle? No había sido un celoso que se inventaba las cosas, sabía que ella llamaba la atención de todos a su alrededor, y él no le reclamaba nada, pues sabía que era algo innato en ella. Y por fin entendió por qué se hizo modelo, parecía que para eso había nacido. Pero vaya que le molestaba, le molestaba absolutamente todo. Maldijo para sí mismo y su mirada se tornó fría y molesta.
Candy se dio cuenta del cambio y antes de que él pudiera decir algo, ella habló:
-Perdóname, esto…esto, fue un error, no debió haber pasado. – Sus palabras lo sorprendieron. Y cuando terminó de pronunciarlas, se arrepintió de decirlas.
-Tienes razón, no debió. Fue una estupidez y te aseguro que no volverá a pasar. Solo fue un momento de estupidez de mi parte, creo que he estado sin una mujer bastante tiempo – hizo una pausa, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar. Lo cierto era que no había pensado en decirle aquello, pero la respuesta de ella, lo hirió más de lo que podía admitir.
-¿Me puedes mostrar mi habitación, por favor? – Candy sabía que había hecho mal. Pero ahora ya no podía retractarse. Además, su respuesta acerca de "estar sin mujer", hizo que quisiera romper a llorar delante de él, y eso no lo iba a hacer.
-Claro. Phillip, ya debió traer tu equipaje. Así que instálate y ponte cómoda. Recuerda que vivirás aquí casi una semana. Mañana cuando te sientas mejor hablaremos. – La guio a una habitación que estaba a tres puertas de la de Rosemary. – Es la habitación de mi hermana, pero ella se casó hace un año y se fue a vivir a Escocia. – Candy entró al lugar y admiró la soberbia decoración que adornaba su alrededor, sin duda de muy buen gusto, sofisticada y sin abandonar los aires de juventud que seguramente habían acompañado a la joven hermana de Albert. Empezó a recorrer la habitación, y se enamoró de ella. Hasta cierto grado sabía que era porque le recordaba su propia habitación que había sido decorada a su gusto, un gusto que le cumplió su padre.
Su padre. Una terrible opresión le llenó el pecho, siempre le sucedía cuando recordaba a su adorado padre. Y de nueva cuenta unas traicioneras lágrimas hicieron su aparición. Solo que esta vez no hizo nada por detenerlas. Pero recordó que Albert estaba en el mismo lugar y buscó las palabras para agradecerle.
-Es un lugar hermoso, gracias. – Dijo sin voltear a verlo.
Pero solo tuvo como respuesta el silencio. Se giró hacia la puerta y la encontró entre cerrada, y él ya no estaba.
Frunció el ceño, pero solo para tratar de detener las odiosas lágrimas que querían salir de nuevo. Pero no quería llorar, no ahora, por causa de él. Sin embargo, sí lo hizo. Se acercó a la puerta y la cerró con seguro. Sin detenerse a pensar en nada más, se recostó en la amplia cama, apagó la luz y empezó a llorar profusamente. Lloró por todos los años en que no lo había hecho. Por la impotencia y el amor que sentía por Albert Andrew. Porque tal vez su hija sí la aceptara como su mamá por unas semanas, pero no la querría para toda la vida. Lloró por la soledad que sintió en cuanto se dio cuenta que él ya no estaba allí. Y lloró por amarlo y no ser correspondida. Hecha un ovillo, se envolvió entre las sábanas y siguió llorando hasta quedarse dormida.
Él por su parte, había preferido dejarla de esa forma, porque de nuevo, su imagen de vulnerabilidad, estaba haciendo que derribara las barreras que se había formado. Ni siquiera podría haberse despedido de ella sin abrazarla. Y, ¿qué caso tenía? Él sabía que ella tenía una relación y de seguro solo le respondió el beso que le diera ante el calor del momento. Pasó a la habitación de su hija y la vio dormidita. Candy le había dicho que se parecía a él, pero no era cierto, él sabía muy bien que su hija se parecía a su madre. La veía día a día, creciendo y volviéndose idéntica a ella. Tal vez por eso aún guardara ese sentimiento hacia Candy. Ver crecer a Rose y saber que era hija de quien fuera el amor de su vida, no ayudaba mucho.
Pero agradecía a Dios cada momento con su hija. Y se obligó a olvidar los sentimientos que sentía por Candice White, y centrarse en el propósito que le había llevado a tenerla en su hogar.
"Basta de sentimentalismos baratos, William. Olvídala de una vez y céntrate en tu hija".
Besó a su hija en la frente y después de arroparla salió rumbo a su habitación. "Sí, olvídala", se repetía como un mantra una y otra vez. "No cometas una imprudencia", "Olvidarla es mejor, recuerda la amarga experiencia".
Pero era una tarea difícil, y más después de ese beso que compartieran. Se recostó en su cama y
cruzó los brazos detrás de la cabeza, mirando al techo, se quedó dormido. Pensando en la mujer que tenía a unos cuantos metros, su rostro antes de besarla fue lo último que vio, antes de rendirse al sueño…
Abrió los ojos pesadamente. Le ardían y los sentía hinchados. Le dolía todo el cuerpo, como si la hubieran golpeado toda la noche. Recorrió con la vista el lugar donde estaba y no lo reconoció al instante, pero después de unos minutos recordó todo y por qué estaba ahí.
Pero lo más doloroso era, que recordó el beso. Ese beso que la había llevado por un instante a recordar por qué se había enamorado de ese hombre. Sin querer pensar más en ello, se puso en pie y fue hasta un espejo. Su reflejo la horrorizó.
El cabello siempre inmaculado y ordenado, parecía un nido de pájaros, el maquillaje corrido, los ojos rojos, los párpados gordos y brillosos, su ropa desaliñada y su mirada sin vida. Un espantapájaros luciría mejor que ella.
Vio la hora y notó que ya pasaban de las diez de la mañana. Quería hablar con Albert lo antes posible y terminar con esa odiosa incertidumbre.
Tomó una ducha fría. Era lo mejor para relajar el cuerpo por las mañanas y aliviar la tensión. Sus ojos se lo agradecieron profundamente, bajo la regadera empezó a sentirse mejor y un poco más segura de sí misma.
Hubiera preferido correr a su "nave nodriza", como le decía Terry a los muy concurridos Spa. Pero no tenía tiempo para eso, ya sería después. De frente al espejo, se miró sin nada de maquillaje y sonrió, pensando en otra época en la que hubiera considerado un Spa como algo estúpido en donde las ricas gastaban su dinero.
Se vistió con un sencillo vestido blanco, aunque toda su ropa era de diseñador, así que difícilmente podría llamarse, sencillo. Cepilló su pelo y aplicó un poco tratamiento para mantener sus rizos en su lugar, como no acostumbraba maquillarse en sus horas libres, lo que menos quería, era dar la impresión de colegiala. Un poco de brillo labial, perfume, y ¡listo!
Se miró de cuerpo entero y se dio cuenta que nunca vestía así en sus horas de ocio. Se había vestido para que Albert la viera bonita y ella deseaba que así fuera. Se sentó derrotada en la cama y decidió ponerse otra cosa, no quería enredar más todo a su alrededor. Pero no le dio tiempo de nada, porque oyó unos leves golpes en la puerta. Con resignación, fue a abrir.
-Buenos días, señorita. – La saludó una mujer de aproximadamente treinta años de edad, se turbó un momento antes de continuar, pues se sorprendió del enorme parecido que la joven mujer guardaba con la hija de su patrón – Mi nombre es Mary, soy el ama de llaves.
-Mucho gusto, Mary. Por favor, no me digas señorita. Solo dime Candy. No me gustan las formalidades. – "Demasiado franca y nada odiosa, como pudieran pensar", aseguró Mary en su mente.
-Pero no creo que esté bien…
-El señor lo comprenderá, no te preocupes. Nunca he sido muy fanática de las reglas y buenas costumbres.
-Tal vez sea yo, quien no se acostumbre.
-En ese caso, puedes llamarme como quieras, al menos ya sabes lo que pienso. – Le dijo con una sonrisa.
-Gracias por la consideración. Pero, ya es tarde, ¿desea comer algo? – Candy se moría de hambre, pero primero quería hablar con Albert.
-¿El señor está en casa? – Le preguntó al mismo tiempo en que empezaba a caminar junto a ella, por el pasillo.
-Sí. De hecho, este día no saldrá a trabajar. Está en su estudio por su quiere verlo. Rose está en la escuela, la verá por la tarde.
-Gracias, ahora deseo ver al señor, por favor. ¿Me podrías mostrar el camino?
-Pero, ¿no comerá nada? Ya casi es mediodía.
-Lo haré después de hablar con Albert.
-Está bien, como usted diga. – La mujer se sintió mal por no cumplir con el deseo de su patrón. Albert le había pedido que se asegurara si Candy estaba bien, y que le preparara el desayuno. Pero no quería que Candy supiera de su preocupación por ella, y le pidió a Mary que no dijera que él la había mandado.
Caminó hasta el estudio de Albert siguiendo las indicaciones de Mary. Candy ahora tuvo un poco más de tiempo para reconocer el lugar, de cuando estuvo esa madrugada hacía cuatro años. Un dolor le atravesó el corazón al recordar todo lo acontecido. Detuvo abruptamente sus pensamientos, ya no era tiempo de lamentarse, se concentraría en recuperar el amor de su hija.
Cuando llegó al lugar, tardó más de la cuenta en tocar, levantó su mano en un puño, pero los nervios se lo impedían. Cuando por fin se decidió, la puerta se abrió de pronto, y ahí estaba Albert. Ella se sobresaltó y se miraron a los ojos.
-Bue…buenos días, Albert.
-Buenos días. ¿Mary no viene contigo?
-No. Le pedí que me indicara el lugar en donde estabas. Quiero hablar de una vez por todas contigo. – Albert la observó durante unos segundos, como si quisiera decirle algo, abrió la boca, pero la volvió a cerrar.
-Pasa – Fue su escueta respuesta.
Candy entró con cierto temor e incertidumbre, recordando el beso que compartieran unas horas atrás. Quería olvidarlo por completo, pero era imposible. Albert Andrew y su maravillosa forma de besar, sostenerla y consolarla la noche anterior derrumbaban sus defensas.
Él por su parte, agradecía a Candy que estuviera vistiendo de forma tan elegante. El verla vestida de forma sencilla no le ayudaba a la hora de pensar con coherencia, demasiado recuerdos le venían a la mente. Aunque se veía terriblemente encantadora, hermosa y soberbia vestida de esa manera, tenía más control sobre sí mismo. La noche anterior se había prometido que nunca volvería a mostrar algún interés en ella. Así se muriera en el intento.
-¿Ya comiste algo?
-No. No tengo apetito. Es más urgente que hablemos y pongamos las cosas en claro. – Albert frunció el ceño.
-Me imagino que estás acostumbrada a matarte de hambre para tener ese cuerpo, pero no creo que eso sea bueno.
-No… - quiso aclararle que no se mataba de hambre, pero le pareció mejor no profundizar en el tema. Pero al mismo tiempo su tonto corazón dio un pequeño salto al pensar cómo él había notado su cuerpo – … No tienes de qué preocuparte. Estoy bien así.
-No te confundas de nuevo Candice. No me preocupo por ti. Pero si vas a convivir con mi hija, no quiero que esté expuesta a malas costumbres como saltarse el desayuno y almuerzo. – Se escuchaba la molestia en su voz. A Candy le dolió su manera de hablarle. Parecía que el hombre maravilloso que la había confortado en la oscuridad de la noche, había desaparecido.
-¿Quieres dejar de llamarle "Tú hija"? Yo también soy su madre.
-Pues eso no lo recordaste hace cuatro años.
-Pero ahora lo hago, ¿no? Ahora estoy aquí, porque quiero aprovechar esta oportunidad. Ella también es mi hija.
-¿Qué quieres decir?
-Que quiero que Rosemary, sepa quién soy en realidad. Que soy su madre…verdadera.
-¿Y qué te hace pensar que lo voy a permitir?
-Nada. Sé lo que piensas de mí, y no te culpo. Yo misma me gané a pulso ese resentimiento que tienes en mí contra, pero lo que sí quiero que entiendas, es que no puedo llegar como una extraña, fingir que soy su madre por unas semanas y luego alejarme como si nada. No fui una buena madre, lo sé también, pero ahora quiero compensar el tiempo perdido. Así que, por favor, permíteme hacerlo.
Albert notó la súplica que había en su voz. Y aunque quiso mostrarse duro y desinteresado, al momento ya había decidido darle esa oportunidad.
-¿Y cómo sé que esta vez no te irás como si nada? No quiero que sufra Rose.
-Porque yo tampoco quiero que sufra – dijo casi en un susurro, aunque Albert sí la escuchó. Después de unos minutos en silencio, que le parecieron horas, Albert por fin habló.
-Está bien. Confiaré en ti. Solo por la falta que le haces como su madre. Espero que esta vez no te vayas sin decir nada. Te aseguro que si la haces sufrir, vas a desear no haber regresado a su vida – Candy sabía que él se refería a lo que había pasado hacía ocho años. Pero no quería sacar ese tema en alusión, no soportaría darle explicaciones. Y ante la velada amenaza que le había lanzado, no tuvo palabras para ello. Ella también se odiaría si hacía sufrir a su hija.
-Gracias. – Fue todo lo que pudo decir.
-Podrás hablar con ella en cuanto llegue de la escuela. Es una niña muy perspicaz, así que no le des indicios de por qué la dejaste abandonada, no quiero que mi hija sepa que era "un estorbo" para ti.
Y eso le dolió. Candy quiso gritarle que no había sido por eso, pero no pudo. Guardó silencio porque las lágrimas la traicionaron. Se quedó de pie cerca de un ventanal que daba al jardín, esperando por tranquilizarse. Giró su cabeza hacia la pared y un retrato llamó su atención.
"Su esposa", pensó. La mujer pelirroja que había llevado a Rosemary a una recamara cuando estaba enferma. Recordó cuando se enteró de su muerte años atrás. No la había conocido, pero, al parecer era una persona noble.
-Elisa murió al dar a luz, junto con el pequeño. – Como si estuviese leyendo sus pensamientos, Albert habló detrás de ella. Candy lo miró y vio dolor en su mirada.
-Lo siento. Debió ser demasiado doloroso para ti, perder a tu esposa e hijo al mismo tiempo. – Albert escuchó sinceridad en sus palabras. Contrario a su costumbre, tomo una copa de whisky, para tranquilizar su acelerado corazón. Candy solo lo observó. Parecía ensimismado en sus pensamientos. Por un momento pensó que no seguiría hablando con ella, así que empezó a caminar hacia la puerta.
-No era mi hijo. – Candy abrió demasiado los ojos, al oír aquello. Se volvió hacia él, sin comprender nada. Él solo siguió hablando.
-Hace ocho años cuando tuve que viajar a Escocia, ¿lo recuerdas? – Candy solo asintió, demasiada seca tenía la garganta ¿cómo no recordar? Si ese viaje había sido su maldición.
-Elisa trabajaba como asistente de mi padre. Aunque era algo más. Ella lo amaba, demasiado diría yo. Cuando la conocí, nos hicimos buenos amigos, fue así como me di cuenta de sus sentimientos hacia mi padre. Pero él se empeñaba en mantener su relación en secreto, decía que no era bien visto que él estuviera con alguien de clase tan inferior como era ella. Pero al parecer ella así era feliz. Cuando regresé y vi que…bueno…que te habías ido, ella estuvo conmigo, me ayudó... - Albert hizo una pausa, no quería revelar más del dolor que le había causado su desaparición. Candy pensó que por eso se había enamorado de Elisa y le dolió el corazón. – Era una excelente mujer, pero el viejo no lo pensaba así. Con el paso de los años, después de soportar la humillación de ver que el viejo estaba con alguien más, y que esta estaba embarazada, decidió dejarlo, no aguantó más, pero fue un poco tarde. Estaba embarazada…también. Cuando quiso decírselo, él la botó, ni siquiera la escuchó. Ella no podía tener hijos, las mujeres en su familia sufrían de un mal cardiaco que provocaba la muerte de la madre al nacer su hijo. Pero eso no le importó, decidió tenerlo así le costara la vida. Fue cuando le pedí que se casara conmigo, no soportaba verla sufrir, pensando lo que sería de su hijo si ella no sobrevivía al parto. Nos casamos y estuvo tranquila, pero el embarazo estuvo mal desde un principio, la condición de ella y un defecto congénito del bebé, hicieron imposible su supervivencia. – Había hablado demasiado rápido, seguía existiendo dolor en sus palabras. Candy quiso preguntarle si la había amado, pero sabía que ya era suficiente con que le hubiera confiado esa historia. Además, no quería oír de sus labios lo mucho que amaba a su esposa.
-Yo…de verdad, de verdad lo siento. ¿Qué pasó con tu padre?
-El viejo murió hace unos años – dijo con vehemencia –. Después que se enteró que el hijo de la otra mujer no era suyo, casi le da un infarto. Creo que le dio cuando yo le informé la verdad acerca de Elisa. Cada uno paga lo que hace en esta vida y mi padre no fue la excepción. No me alegro por lo que le pasó después, pero los remordimientos no los dejaron vivir mucho tiempo. En ese entonces sí estaba enfermo del corazón.
-¿Qué quieres decir con "en ese entonces si estaba enfermo"?
Albert meditó en si debía responderle o no. Si hablaba de esa época, revelaría sentimientos de más, y no quería. Así que cambió el tema.
-Ahora es tu turno.
-¿Perdón? ¿Cómo dices?
-Ya te hablé de mi pasado con Elisa. Ahora quiero que me hables de tú pasado con mi tía.
-No se te escapa nada, ¿verdad?
-No. Y menos cuando me dices que no le permita a mi tía estar cerca de Rose. Así que quiero que me expliques, ¿cómo conoces a Elroy?
-No…no hay nada que explicar. Ahora si me disculpas, quiero comer algo. – Candy casi corrió hacia la puerta, pero justo cuando iba a salir, oyó la advertencia de Albert:
-Está bien, no me expliques nada. Pero olvídate de ver a Rosemary, si no me explicas qué pasó entre mi tía y tú, prefiero que mi hija no te conozca y la desmentiré delante de todos.
-Eso es chantaje.
-Llámale como quieras, lo tomas o lo dejas.
Candy se quedó de pie frente a él. Se dio cuenta de por qué era tan bueno en los negocios, era alguien que emanaba autoridad y sabía cómo manejar las cosas.
-Fue…fue después de tu partida a Escocia. Ella me fue a visitar y me pidió que alejara de ti.
-¡¿Cómo?! ¿Por qué haría algo así? – Candy lo miró, no podía revelar más porque tenía que ver con su desaparición y sabía que tendría que decir toda la verdad. Pero sabía que él no dejaría el tema.
-Tal vez porque Annie le dijo que tú y yo, éramos novios.
-¿Annie? ¿Y por qué rayos Annie hizo eso?
-¡Eran novios, Albert! ¡No creo que seas tan ingenuo como para no imaginar que alguien como ella se quedaría tan tranquila sabiendo que la dejaste por alguien como yo!
-No éramos nada. Al menos ya no lo éramos cuando te conocí. Creí que te había quedado claro.
-Lo único que sé, es que ella pensó que por mi culpa ya no estaban juntos. Le informó a tu tía y vinieron a verme un día después de tu partida. Al parecer a tu tía no le agradó que una huérfana como yo, estuviera con el futuro presidente de la compañía Andrew.
-¿Por eso te fuiste? – No pudo evitar preguntar.
-Es todo lo que diré. Me preguntaste cómo conocía a tu tía, ya te respondí. Ahora por favor, no me pidas más explicaciones, no pienso decirte nada más.
Al ver la seguridad en sus palabras, Albert lo dejó pasar. No sin antes prometerse a sí mismo, que averiguaría la razón de su partida. Al saber lo que acababa de contarle Candy acerca de su tía y de Annie Britter, cambiaba un poco el panorama de la situación. Supo que algo debió orillar a Candy a desaparecer, así como así, tal vez no se había burlado de él, como siempre había pensado.
Candy salió cabizbaja del estudio de Albert. Había revelado más de lo que pensaba. Si él hubiera seguido presionando, ella no tardaría mucho en contarle toda la verdad.
Comió algo, con mucho esfuerzo, pues había desaparecido su apetito. Subió a su recamara, y se tumbó en la cama. Se quedó pensando. Más bien recordando. Recordando cómo había conocido a ese hombre que le quitaba el aliento y la hacía sentirse como la chica de dieciséis años que se había enamorado como una loca de él… y que, para su propio mal, lo seguía amando…
Él por su parte, se quedó en el mismo lugar. Aspirando como un enfermo el aroma del perfume de Candy. Se había quedado impregnado en él la noche anterior, y con eso era suficiente para saber que todo su estudio se había llenado de su olor. Se sentó despreocupadamente en su sillón de piel, cerró los ojos y a su mente vinieron recuerdos que había bloqueado para su propio bien. Recuerdos de ocho años atrás, cuando él contaba con diecisiete años.
Recuerdos que él quería olvidar, pero con la presencia de ella en su casa estaban más presentes que nunca...
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CONTINUARÁ...
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Las quiero...
