I don´t know you anymore

Capítulo 7

Por Lu de Andrew

OoOoOoOoOoO

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Años atrás...

***-Por favor señor Whitman, le aseguro que soy buena trabajadora, no puedo seguir viviendo de su caridad.

-No es eso Candy, es que debes tener a algún pariente por ahí. No puedo creer que alguien como tú esté sola en el mundo. Además, algo me dice que ni siquiera te llamas Candy.

-No he hecho nada malo, se lo aseguro. Pero necesito trabajo, tengo dieciséis años, nadie le da trabajo a alguien de mi edad.

El hombre había encontrado a Candy en las afueras de su restaurant. La chica llevaba un día sin comer y al hombre le había partido el corazón verla así.

Había llegado de la nada a ese pequeño pero próspero pueblo de Lakewood. Nadie sabía de ella, nadie la conocía. Solo llegaba cada día a la hora en que el señor Whitman le había dicho que llegara todos los días. Pero ella quería ganar dinero para seguir su camino. No podía quedarse mucho tiempo en el mismo lugar.

-Está bien, pero no será aquí. Estarás en el country club, recogerás toallas, y ayudarás a los clientes en mostrarles las instalaciones. Hay un cuarto de servicio, donde podrás acomodarte sin que alguien te moleste. Empiezas mañana.

Así Candy trabajaba con ahínco. Nadie tenía queja de ella, no hacia amistad con nadie y era apreciada por su trabajo que hacia bien a pesar de su corta edad.

Llevaba un mes en el lugar cuando lo conoció. Lo vio de lejos, llegó con un grupo de jóvenes, y una morena muy bonita no se le despegaba. Se enamoró de él, pero sabía que no podía aspirar a más. Se conformaba con verlo de lejos y soñar despierta. Fue por eso que se quedó en ese lugar, para poder seguirlo viendo. Un compañero le había dicho que eran jóvenes hijos de millonarios, iban al club solo una temporada al año, "así que no se quedaría mucho tiempo", pensó Candy, fue así que decidió que solo estaría ahí, hasta que él dejara de ir.

Pero una tarde, el encargado le pidió que atendiera a ese grupo en especial. Cuando le solicitaron su atención, ella agradeció que "él", pues no sabía su nombre, no estuviera presente, pues estaba muy nerviosa. Estaba nadando con algunos amigos.

-Llévate esto de aquí – Le ordenó la morena. Candy había pensado que era muy bonita, pero al ver su soberbia y mala educación, se dio cuenta que de nada le servía su belleza, pues era odiosa.

-Lo siento señorita, no me hago cargo de eso. Llamaré a un mesero para que venga a recoger los vasos – Hizo el intento de irse, pero una voz chillona le detuvo su paso.

-¿Cómo te atreves a contrariarme? ¿Acaso no sabes quién soy, estúpida? – La morena gritaba más de la cuenta. – Tú estás aquí para servirme y hacer lo que yo te ordene. ¿Dónde está el encargado? – Gritó más fuerte.

-No señorita, por favor. – Candy ya estaba llorando.

-¿En qué puedo servirle, señorita Britter? – Le preguntó el encargado.

-¿Cómo pueden tener a esta clase de empleados, tan inútiles? ¿Sabe que, esta, no quiso hacer lo que yo le ordené? Exijo que la despida, si no quiere que tanto los Britter como la familia de mi novio, William Andrew, cancelen su inscripción a este lugar. – Con mirada triunfante miró hacia la piscina donde estaba Albert.

"Su novio"

-Annie, vamos, no es para tanto – Le habló conciliadoramente una chica de pelo castaño – solo te dijo que iría a llamar a un mesero. No tienes que ponerte así.

-¡Yo me pongo como me da la gana! – Gritó como loca la chica. – Espero su respuesta – Vio intimidatoriamente al hombre frente a ella, quien no tuvo más remedio que ceder ante la presión.

-Está bien señorita, se hará como usted diga. Lo siento Candy.

Candy ya no tenía ánimos para hablar. El escándalo que había armado Annie Britter tenía no solo a los empleados sino a los demás miembros del club al pendiente de la situación. Seguía con las lágrimas y los sentimientos a flor de piel, y estaba a punto de echarse a correr cuando oyó la voz de alguien detrás de ella.

-¿Qué pasa aquí? – Ella se giró y deseó que se la tragara la tierra, frente a ella estaba "él" o William como lo había llamado la chica.

El encargado se apresuró a explicarle la situación e informarle de los planes que tenía su novia de cancelar su membresía al club, si no despedía a la rubia. El joven de ojos celestes, solo miró a Candy unos segundos, se notaba molesto, aunque la rubia no sabía exactamente con quien.

-No sé por qué, la señorita Britter, afirma algo tan ridículo – Le informó Albert mientras se secaba el pelo, ante la mirada atónita de la morena – Mi familia no tiene ninguna intención de cancelar nada, así que le sugiero que no despida a nadie, no creo que la situación amerite una decisión tan drástica. Después de todo, eso no le correspondía a la chica. Así que olvide el tema y lo que pasó. – Su voz sonaba autoritaria y el empleado no tuvo más remedio que asentir. Annie se veía furibunda. Candy se alejó con su jefe, pero se dio cuenta de los reclamos que la morena le hacía a su novio.

Después de la penosa situación, le permitieron a Candy que descansara el resto de la tarde. Sus compañeros le aseguraron que no era la primera vez que Annie Britter y su prepotencia hacían que despidieran a alguien. Solo que esta vez la presencia del joven Andrew, la había salvado.

El joven Andrew, William. El chico más guapo que ella había conocido, por un momento la vio, su vista se había posado en ella, sonrió feliz, a pesar de que sabía que solo lo había hecho por la que había pasado, pero guardaría esa memoria para siempre.

Un ligero toque en la puerta la sacó de su ensoñación. Como había seguido llorando se limpió las lágrimas y se apresuró a abrir. Casi se le cae la mandíbula y se le detiene el corazón al ver quien estaba ante su puerta.

-Buenas tardes. Espero no interrumpirte. Mi nombre es William Albert Andrew, mucho gusto- Le extendió la mano y ella como autómata le respondió.

-Buenas tardes, pero pase, por favor. – Estaba en el cuarto que le había asignado el señor Whitman. Una cama, una cómoda, un pequeño tocador y un ropero pasado de moda, amueblaban el lugar. Candy lo había arreglado de tal manera que se sintiera acogedor y agradable. El chico avanzó y le dio un vistazo al lugar, preguntándose cómo podía vivir una chica como ella sola. Ya había pedido información respecto a ella y los empleados le habían dicho lo poco que sabían.

-Antes que nada, quiero disculparme por lo sucedido hace unos momentos. Debí hacerlo inmediatamente, pero debía arreglar otro asunto.

-Con su novia – Al ver la cara divertida de Albert, se dio cuenta que había hablado en voz alta. Un sonrojo le sobrevino de repente, y quiso llorar, aunque ahora era de vergüenza.

-No es mi novia. – Afirmó Albert, con una sonrisa en el rostro.

-Pues parece que nadie se lo ha informado, porque ella afirma lo contrario. – Evitaba mirarlo a los ojos, mantenía la vista en el suelo.

-Pues créeme, yo se lo informé hace varios meses. Tal vez lo necesite por escrito y en triplicado.

Candy levantó la mirada y le sonrió abiertamente. No supo de donde había sacado valor para decirle algo así. Parecía que le había exigido una explicación y lo mejor de todo era que él se la estaba dando.

-Así está mejor. – Dijo él de pronto.

-¿Perdón?

-Eres mucho más linda, cuando ríes, que cuando lloras. – Candy sintió mariposas en su estómago, y sonrió más ampliamente.

-Gracias. – Apenada bajó su mirada.

-¿Me dirás tu nombre? Tú puedes llamarme Albert. – Ella dudó un momento.

-Candy, Candice White. –

-Bien, Candy. ¿Me acompañarías a tomar un helado?

Fue así como inició su amistad. Salían juntos a pasear, cuando Candy terminaba con su turno. En una ocasión en que encontraron a Annie, Albert hizo todo lo posible para demostrarle a Candy que la morena ya no era su novia. Delante de todos sus amigos, le recordó a Annie que solo eran amigos y les dio a entender que estaba interesado en Candy. Cuando salieron del lugar, Albert llevó a Candy comer cerca del lago, pero ella estaba muy callada.

-¿Qué pasa, Candy?

-¿Te estás burlando de mí?

-¿Por qué dices eso?

-Le diste a entender a Annie y a todos tus amigos que estabas interesado en mí. Pero solo lo hiciste para que ella te dejara en paz, ¿no es cierto? – Ella se puso de pie, y empezó a caminar.

-No. No lo hice por eso. Lo hice para que de una vez por todas comprendiera que te quiero y que quiero estar contigo. – Candy detuvo su andar.

-¿Qué… qué me quieres?

-Sí. Y quería que te enteraras de forma más romántica, pero ella no dejaba de insistir. Por eso aproveché el momento, para que hubiera testigos de que con quien quiero estar es contigo. – Se había acercado hasta ella y la sostenía por los hombros, con lágrimas en los ojos ella lo abrazó.

-Yo también te quiero, Albert.

Sin decir más, se acercó a su boca y se adueñó de ella. Candy pensó que estaba soñando, era su primer beso y él la estaba tratando como una princesa.

Fue el preludio de un gran amor. Él la trataba como algo delicado y la había enseñado a amar. No le importaba su origen, pues ella le había afirmado que era huérfana, sus padres habían muerto en un accidente de auto.

Dos meses después, él la invitó a la casa que tenía su familia en el lugar. Pasaron días maravillosos, para Candy todo era un sueño. Para él, un sueño hecho realidad. La amaba de tal forma que pensaba pedirle matrimonio, la haría su esposa, porque ahora ese era su sueño.

Una noche después de cenar, se quedaron platicando hasta la medianoche. Albert la acompaño hasta la habitación que ella ocupaba y se despidió con un beso. Pero ese beso se fue profundizando, hasta que de pronto un beso no era suficiente. Querían estar más cerca, sentirse, amarse.

Sin dejar de besarse, se adentraron en la habitación. Las caricias no se hicieron esperar. Albert empezó a besarle el cuello y ella desabotonó su camisa. Él se detuvo unos instantes, al sentir las pequeñas manos de la chica que amaba.

-Candy, ¿estás segura? No era mi intención al traerte aquí, te lo aseguro.

-Lo sé, y sí quiero. Estoy segura.

No dijeron más. Entre declaraciones de amor, promesas de un mañana juntos, con la idea de que de que partir de ese momento se pertenecerían para siempre, se entregaron mutuamente.

La experiencia más dulce y maravillosa para los dos. Albert la trató con delicadeza, aunque no era un experto, pues también era su primera vez. Pero el amor que había dentro de él, le indicó la manera de amarla, de no hacerla sufrir tanto y de demostrarle en cada caricia y a cada momento que la amaba.

Después de la entrega, permanecieron abrazados hasta quedarse dormidos. Los siguientes días fueron los más maravillosos que habían vivido. Candy seguía trabajando, pero solo hasta que él arreglara todo para casarse. Albert estaba atendiendo algunos pendientes desde Lakewood. Estaba por cumplir los dieciocho años y tomaría posesión de la fortuna de que su abuelo le dejara al morir. Eso favorecía los planes que tenía. Podría darle a Candy una vida digna de ella y nadie se interpondría en su camino.

A excepción de su padre enfermo que estaba en Escocia y deseaba verlo.

Una semana después, Albert y Candy se despedían. Él viajaría a Escocia, solo una semana, vería a su padre y aprovecharía para informarle de su decisión. Regresaría y Candy sería su esposa.

-Promete que me esperarás – Le rogó abrazándola.

-Lo prometo. – Le dijo ella llorando – Te esperaré, siempre te esperaré… - ***

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"Siempre te esperaré".

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Esas palabras resonaban en las cabezas de los rubios. Ambos habían recordado su pasado y ambos deseaban regresar el tiempo.

OoOoOoOoO

Y los dos habían regresado al presente, al oír el sonido de un auto. Miraron el reloj y era la hora en que Rose volvía de la escuela. Candy salió corriendo de su habitación y bajó las escaleras. Se detuvo cuando vio a Albert en la entrada cargando a su hija. Rose besaba el rostro de su padre con amor. Los dos reían. "Ella no hacía falta en su vida", comprendió de pronto. "No la necesitaban". Quiso salir corriendo de ahí, y estuvo a punto de hacerlo, cuando un par de ojos celestes, captaron su presencia.

Rosemary la estaba viendo.

Albert bajó a su hija. La niña solo miraba a Candy, tomada de la mano de su papá.

Candy se dio cuenta que había tomado una decisión apresurada. ¿Y si su hija no la quería? Había dado por hecho que Rose la recibiría con los brazos abiertos. ¿Y si lo odiaba? No podría vivir con eso. Sintiendo que las fuerzas la abandonaban, solo sintió cómo unos cálidos brazos la sostenían. Todo lo vio oscuro. Se desvaneció, mientras un eco llegaba a sus oídos. Una voz, llamándola:

-¡Candy!

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CONTINUARÁ...

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Gracias mil a:

Silvia: Un gusto saludarte y espero que sigas leyendo hasta el final.

Lorely: Siento en verdad lo de tu mamá, creo yo que, la pérdida de una mamá, es una de las pérdidas más grandes que uno puede tener. Pero hay que seguir adelante y aprender a vivir con su ausencia. Gracias por tus palabras, a pesar de ser una calladita, estás aquí. Un abrazo.

C.C. Suu: Tenías razón, este capí era un flashback.

Pinwy Love: Nena, Annie me causa sentimientos bipolares. Hay veces que la quiero y otras que no la soporto, jajaja. En fin, si no existiera ese personaje algo faltaría.

JUJO: Creo que para que sepan la verdad todavía faltan unos capítulitos más, pero no desesperes, el fic no es largo.

Wendy: Muchas gracias por tus palabras y porras. Aquí otro capi, espero que te siga gustando.

Elo Andrew: Mil gracias, Elo. Espero que te encuentres bien tu y tú familia.

Sandy Sanchez: Hola Sandy, gracias por tus palabras y deseos. ¡Y que bueno saber de ti! Espero te guste el capítulo.

CANDY GATA: Ya verás que les depara el futuro. Gracias por acompañarme en mis locuras.

Pame: Yo también creo que deben ser sinceros. Creo que muchos problemas se resolverían si tan solo aprendiéramos a comunicarnos y dejáramos de guardar secretos, que aún en la vida real, siempre salen a la luz. ¡Gracias por leer!

ALY: Un fuerte abrazo. Y pues sí, se siguen amando, por eso no es bueno guardar secretos...

Reeka21: ¡Mi querida amiga! Perdón por no responderte en inglés, pero estoy editando de prisa y como bien sabes, necesito traductor, jajajaja. Gracias por las porras, y por todo tu apoyo. Espero que este capítulo te haya gustado, y lo hayas disfrutado. Y tienes razón, he editado los capítulos para que fueran más fluidos, y se entendieran mejor. Espero te encuentres con bien y ya sabes, un abrazote.

Y a mis queridas calladitas, igualmente, gracias por leer.

¡Hasta la próxima!