I don´t know you anymore
Capítulo 8
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoO
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Candy despertó aturdida. Se sentía demasiado débil, el cuerpo le dolía y la cabeza le iba a estallar. Tuvo que parpadear varias veces, para reconocer el lugar y para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Encendió la lámpara que estaba sobre el buró, y observó el reloj.
-Las siete de la noche –habló en voz alta.
Se quedó recostada disfrutando de la comodidad que le brindaba la cama, pero su mente no dejó de trabajar.
Hacía años que no se sentía tan débil, vulnerable, ridículamente cansada a pesar de no haber hecho nada en todo el día. Ansiosa, angustiada, por no saber qué pensaba Rose de ella, y lo peor de todo… estúpidamente enamorada de Albert.
Se sentó con extrema lentitud sobre la cama y su corazón dio un brinco cuando la puerta se abrió poco a poco. Una maraña de rizos dorados se asomó por entre la puerta. Una carita rubia de ojos celestes la miraron con curiosidad.
-¡Rosemary! – Casi gritó Candy, arrepintiéndose inmediatamente con temor de asustar a su pequeña hija. – Por favor, pasa, no te quedes ahí –. La niña se adentró solo un poco, con las manos detrás de su espalda, la observó con temor, mirando hacia el pasillo.
-Mi papi me dijo que no la molestara – Candy se quedó hechizada al escuchar la voz de la pequeña, ella escuchó sus primeras palabras, pero ni siquiera en sus más locos sueños pudo imaginar cómo sería escucharla hablar con tanta claridad.
-No me molestas, al contrario, me hace falta compañía – aseguró Candy. La niña la miró con el ceño fruncido, en un claro gesto que compartía con su padre.
-¿De verdad? ¿Entonces no me regañará mi papi si me ve aquí?
-No, cariño. No lo hará. Yo te estoy pidiendo que me hagas compañía, así que puedes acercarte sin temor –. Al instante la niña esbozó una hermosa sonrisa que mostraba a las claras que se encontraba mudando de dientes. Con gran vitalidad, no solo se acercó a Candy, sino que se sentó junto a ella en la cama.
-¿Te sientes mal? – preguntó olvidando las formalidades al comenzar a tutearla.
Candy sintió una infinita ternura hacia su hija. Estaba sentadita con las manos entre sus piernas, las cuales le colgaban de la cama, y las balanceaba hacia atrás y hacia adelante. Su mirada llena de curiosidad, desprendía un hermoso brillo, demostrando que a pesar de que le hacía falta una madre, Albert la había hecho feliz y le daba el amor que necesitaba. Quiso abrazarla, pero su temor a que corriera era más fuerte. No sabía como reaccionaría la niña.
-Solo un poco, pero fue porque no comí bien – fue la respuesta que Candy pudo darle después de unos minutos.
-Fue lo que mi papi le dijo a mi tío George.
-¿Tú tío George? – Candy no recordaba que Albert alguna vez le hubiera mencionado nada acerca de tener un hermano.
-Sí. Es doctor y amigo de mi papi, pero yo le digo tío – la niña sonrió ante la confesión.
-¡Oh! – Fue todo lo que Candy pudo decir, imaginando la estrecha relación que podría existir entre el médico y Albert.
-¿Vas a ser mi mami? – La vocecita infantil la sacó de sus pensamientos. Una ansiedad le recorrió el pecho, ¿era el momento adecuado en decirle a su hija que era su madre?
-¿Tú quieres que así sea?
-Sí. Eres bonita. – Candy sonrió ante el comentario. La pequeña rubia no dejaba de observarla curiosamente.
-Rosemary, ¿recuerdas a…a tu mamá? – La niña se quedó seria mirándola fijamente.
Albert hizo su aparición en la recamara, mostrando el mismo gesto que su hija momentos antes. Las observó durante unos segundos, su vista se posó en Rosemary.
-Te dije que no entraras a la habitación. Debes dejar descansar a Candice. – Candy parpadeó, recordó de pronto como la había llamado antes de desmayarse, "Candy", y tal parecía que no pensaba volver a hacerlo.
Pudo notar que no solo estaba molesto con Rose, sino también con ella.
-Ella no tuvo la culpa, yo le pedí que me hiciera compañía. No la regañes – su voz sonó molesta y no quería que sonara de ese modo, pero la forma en que Albert la veía le ponían los nervios de punta.
-¡Vaya, parece ser que aquí todo mundo hace su santa voluntad! Una –, señaló a Rosemary –, pasa por alto mis órdenes y entra sin más. Y la otra, – señalando a Candy – no se alimenta lo suficiente, para tener… - se detuvo abruptamente, tratando de que su enojo se calmara– para tener, ese cuerpo, y se desmaya en medio del recibidor. Ahora será mejor que George te revise – exclamó más tranquilo. Las dos chicas se quedaron mudas ante ese regaño. Candy se dio cuenta que la presencia de Albert, era devastadora, imponente, la habitación parecía más chica con su presencia, ni siquiera se había percatado del atractivo hombre moreno que estaba observándolos con una mirada risueña y una sonrisa divertida en el rostro.
Rose brincó ante el sonido de su voz, y se acercó a Candy y se abrazó a ella. Candy por su parte, se puso furiosa, "¿Quién se creía ese hombre para hablarle como si fuera su hija?". Pero sus palabras resonaron en su mente, ¿qué había querido decir con "para tener ese cuerpo"? ¿Le estaba dando alguna clase de halago, o simplemente le reprochaba que estuviera delgada? Sin darle más vueltas al asunto, buscando respuestas que sabía no obtendría, frunció su ceño y abrazó de manera protectora a su hija.
-Ya te dije que fue mi culpa que Rose entrara en la habitación. Si te quieres desquitar, hazlo conmigo. ¡Pero no pretendas regañarme como si fuera tu hija! ¡Estoy lo suficientemente grandecita para saber lo que hago! – Albert guardó silencio y ella con ternura le habló a su hija:
-Ahora, cariño, por favor ve un momento a tu habitación – La niña asintió y salió corriendo, no sin ver a su papá antes de hacerlo.
Albert se detuvo a mirar a Candy, se quedó de pie mientras ambos cruzaban una mirada que no sabían cómo interpretarla. Un carraspeo los sacó de su ensoñación.
-George, te presento a Candice White. Candice, te presento a George Johnson, un gran amigo y médico de la familia.
-Señorita, Candice – comenzó George – permítame expresarle mis respetos y admiración. Créame que en mi vida nunca había imaginado poder conocerla en persona. Es más hermosa de lo que en realidad capta una cámara –. George tomó su mano y depositó un beso en ella. Candy sonrió complacida y sumamente halagada, pero más porque las palabras de ese hombre sonaban sinceras, nada que ver con la hipocresía y servilismo que existía en su mundo. Además la presencia de George, había aligerado el ambiente, con su relajada actitud. Tanto que empezaron a platicar como si fueran los mejores amigos.
Albert entornó los ojos. Lo último que necesitaba, era que su gran amigo le regalara los oídos a Candy. "Traidor", pensó con escepticismo. George sabía todo lo que había pasado en su relación con Candy y nunca esperaba que hiciera esa demostración de admiración y galanura con ella. ¡Precisamente con ella! ¡Ella era la madre de su hija, por Dios! ¿Qué esperaba? ¿Qué Candy se le lanzara a los brazos por sus tontos cumplidos? ¿Y por qué rayos ella sonreía de esa manera? No la había visto sonreír así desde que hubiera llegado a su casa. Además, ¿no se suponía que tenía una relación con su "amante"?
Finalmente, el rubio se restregó el rostro con ambas manos y con desespero, las deslizó sobre su cabello. Para esconder su ansiedad, las llevó a los bolsillos de su pantalón y desvió la mirada hacia el jardín. Con rabia, reconoció que estaba celoso. Que deseó por un momento, que esa sonrisa se la mostrara a él. No podía creer que estuviera celoso de su amigo, George era inglés, y como tal, todavía creía en la caballerosidad, pero le molestaba que le hubiera dicho todas esas cosas. ¿Acaso necesitaba Candy que alguien más le dijera lo hermosa que era? Estaba seguro que ya lo sabía. Aunque él mismo se había mordido la lengua para no decirle la otra noche, que estaba más hermosa que nunca. Una pequeña carcajada proveniente de la rubia lo regresó a la realidad.
-Entonces ¿tienes por costumbre pasarte las comidas? – George estaba actuando como todo un profesional. Pero la irritación de Albert creció, ¿solo cinco minutos juntos y ya le hablaba con tanta confianza? Sin una pizca de ánimo, prestó atención a la conversación, por dentro estaba preocupado que Candy tuviera algún trastorno alimenticio, como lo debían tener otras chicas en su profesión.
-No – contestó Candy con convicción – y tampoco vomito después de un atracón. En pocas palabras George - ¡Genial! ¡¿Ahora era George?! –, no sufro de ningún trastorno alimenticio. Sé que puede sonar petulante, pero, creo que la naturaleza me dio un extraño regalo –. George la miró curioso – Mi metabolismo trabaja bastante rápido, por lo que procesa las grasas y azúcares a una velocidad extraordinaria. Estoy más de una hora en el gimnasio y llevó una dieta, hecha especialmente por mi nutriólogo. Así mantengo mi peso y talla correctos, pero sé muy bien que el mundo que me rodea puede terminar por tragarme si no presto la atención suficiente.
-Pues te felicito por pensar así. Por lo tanto, asumo que últimamente has trabajado más de lo normal.
-Bueno la verdad, hace apenas una semana terminé la promoción del lanzamiento de una nueva fragancia, hice la sesión de fotos en tiempo record en solo 72 horas, para volar hacia aquí y ayudar un poco en los preparativos de la boda de mis amigos. Ayer no concilié el sueño y como bien sabes no me alimenté adecuadamente.
-Tu cuerpo lo ha resentido y has sufrido una descompensación. Te recetaré un complemento vitamínico que te ayudará a reponer fuerzas. Eso aunado a descanso adecuado y alimentación sana, te pondrá como nueva.
-Muchas gracias George – Candy le dedicó una radiante sonrisa y Albert sintió que se le revolvía el estómago.
-Bien – Dijo George, dirigiéndose a Albert – me retiro. Si necesitan algo, no duden en llamarme. – Albert solo asintió, se dio cuenta que su amigo esperaba que lo acompañara, pero simplemente no se sentía de humor para soportar los comentarios que de seguro tendría George, acerca de Candy.
-No creo que sea necesario que te acompañe, ya conoces el camino. – Fue la cortante respuesta que recibió el médico. Este se encogió de hombros y se acercó a Albert, le dio unas palmadas en la espalda y le susurró al oído:
-Será mejor que te tranquilices. No das un buen espectáculo estando celoso. – Se alejó de él con una sonrisa burlona en el rostro.
-Candy, fue un placer conocerte. Espero que un día de estos, acepten acompañarme a cenar en casa, mi esposa Katherine, estará encantada de conocerte. Acá entre nos, siempre quiso ser modelo.
-Estaré encantada, George, muchas gracias.
Después que George se marchase la habitación quedó en un incómodo silencio.
-Creo que no puedo esperar para hablar con Rose –comentó Candy tímidamente.
-Iré por ella. Pero antes quiero saber si estás completamente segura de esto. No quiero que mi hija se haga ilusiones de tener a su verdadera madre, y esta la deje nuevamente por que le estorba – contestó Albert con tirantez.
-¡Quieres dejar de decir: mi hija! ¡Por si no lo recuerdas, aunque me odies y no quieras aceptarlo, yo soy su madre! Así que, en más, te pido que tengas ese pequeño detalle presente.
Albert reconoció que se había excedido hablando así a Candy, pero también reconocía que lo había hecho porque no era dueño de sus emociones en ese preciso momento. No había pasado un minuto en todo el día, sin dejar de pensar en el beso que compartieran por la madrugada. No podía olvidar, la preocupación que había sentido al verla desvanecerse, la maravillosa sensación al tenerla entre sus brazos, la sensación de bienestar al saberla con bien. Todo eso era más de lo que podría soportar. Al ver la mirada dolida que tenía Candy, se sintió culpable.
-Lo siento. Será mejor que vaya por Rose… -hizo una pausa, Candy lo veía con los ojos llorosos –… Y no te odio, Candy.
Candy cerró los ojos conteniendo las lágrimas que inundaron sus ojos verdes. Si Albert pudiera ver a través de ella, se habría dado cuenta que sus últimas palabras le habían llegado al corazón. Saber que no la odiaba era lo mejor que podría haberle dicho.
Cuando Albert regresó, ella llevaba una ropa más cómoda, pero seguía recostada en la cama. Se sentía muy débil.
Cuando él entró, la habitación parecía tener luz propia. Pero tristemente se dio cuenta que no era la habitación, Albert era la luz de su vida. Y ella no podía siquiera aspirar a que iluminara su existencia. Demasiadas heridas había entre ellos, y sabía que su negativa a hablarle de lo sucedido en el pasado hacía más difícil su acercamiento.
Rose entró como un remolino, y corrió hasta ella. Detrás de la niña, observó extrañada Candy, estaba Mary con una bandeja de plata. Le llevaba algo de comer.
-Será mejor que comas algo – señaló Albert cuando Mary depositó la bandeja sobre el buró.
Candy observó con detenimiento el alimento que estaba servido frente a ella. Un sándwich y un vaso con leche, algo demasiado simple y sencillo, pero se le oprimió el pecho y se le hizo un nudo en el estómago. No pudo comer inmediatamente y fijó su atención en Rosemary que estaba sentada en el regazo de su padre.
Albert sintió su profunda mirada, se miraron fijamente. Él sabía que ya era momento de hablar con su hija acerca de Candy.
-Rosemary, será mejor que escuches lo que tenemos que decirte – comenzó su padre.
-¿Qué pasa, papi?
-Bueno, sabes bien la razón por la que Candy está aquí. – La niña asintió. – Tú querías que ella fuera tu madre delante de los demás, y ella ha aceptado. Pero no por los mismos motivos que tú tienes – Albert no dejaba hablar a Candy, por temor de que ella pudiera decir algo que lastimara a su hija. Así que prosiguió con su monólogo, mientras Candy lo mirada de forma impasible, deseaba ser ella quien le explicara a la niña la situación.
-No entiendo – Contestó Rosemary, observando fijamente a Candy.
-Candy está aquí, porque ella es tu verdadera madre. – Candy conocía a Albert y sabía que no era muy paciente, no le gustaban los rodeos, pero supuso que al decirle eso a su hija lo haría con más tacto.
-¡Albert! – Reclamó la rubia de forma azorada.
-¿Mi… mi verdadera mamá? – Repitió asombrada la niña. A su mente vinieron las palabras de los odiosos niños que siempre acompañaban a su tía abuela: "¡Tú madre no te quiso, por eso te abandonó!". Lágrimas de dolor corrieron por sus tersas mejillas. - ¡No es cierto! – gritó directamente hacia Candy.
Salió corriendo de la habitación dejando a sus padres perplejos. Albert no comprendía la reacción de su pequeña, él mismo esperaba que saltara de alegría. Candy intentó seguir a Rosemary, pero seguía débil pues apenas había probado bocado. Se tambaleó y se apoyó sobre su cama.
-Yo hablaré con ella – escuchó la voz de Albert a su lado, pero él ni siquiera la tocó. – Tú debes comer, por eso estás así.
Su visión borrosa por el mar de lágrimas que anegaban sus hermosos ojos, apenas le permitió ver la alta figura de Albert salir de su habitación. Con resignación y desgano, se ocupó de la tediosa tarea que le suponía en ese momento ingerir el sencillo alimento. No tenía apetito alguno, pero se apresuró a hacerlo, quería hablar con su hija, y lo haría… a solas.
-Pero, ¿qué pasa mi amor? – seguía preguntando Albert a su pequeña hija que tenía en brazos, le acariciaba la rubia melena, que interiormente le recordaba a la de Candy. Hasta el momento Rose no había hablado, solo lloraba.
-No me quiere. – Fue el susurro apenas audible que después de varios minutos en silencio obtuvo Albert de su hija.
-¿De quién hablas?
-De… ella.
-¿De Candy? – La niña solo asintió.
-Elizabeth y todos los demás me dijeron que mi mamá me había abandonado porque no me quería. Que me odiaba y por eso nunca la había conocido. – Albert deseó tener a esos mocosos malcriados frente a él y propinarles unas buenas nalgadas que de seguro les harían mucha falta. ¿Cómo podían esos niños actuar como adultos y destilar su veneno para hacerle daño a alguien tan pequeño?
De momento se sintió incómodo y no supo qué responderle a su hija. Lo cierto era que no había hablado con Candy respecto a sus sentimientos hacia su hija. No sabía qué decirle a Rosemary, ¿Que no era cierto y que su mamá la amaba? ¿Cuándo ella misma le había dicho años atrás que le estorbaba para sus planes? Pero también recordó esa misma noche cuando Rose se había removido entre las mantas, con fiebre, muy enferma. Candy había corrido hacia ella en cuanto empezó a llorar y la tomó en sus brazos y vio miedo en sus ojos.
Y en ese segundo comprendió todo, el miedo se debía que Rose estaba enferma y temía que le pasara algo. Si eso no era amor por su hija, ¿qué era?
-Ella te ama – dijo sin reparos.
-Pero me dejó.
-Para empezar, no debes prestar atención a lo que esos… niños te digan. Sabes bien cómo son y que disfrutan hacerte daño. ¿Cómo crees que estarían se enteraran que lo que te dijeron funcionó y no eres feliz al tener a tu mamá contigo? – Rosemary frunció el ceño.
-Estarían felices y se reirían de mí.
-Por otro lado, tú mamá tuvo sus razones para dejarte, además, no te abandon…
-Albert – La voz de Candy interrumpió su explicación. Ambos, padre e hija, voltearon en su dirección. – Te agradezco que le estés explicando la situación a Rose, pero, ¿me permitirías explicárselo en persona?
-Está bien – Respondió Albert a regañadientes. Pero no salió de la habitación, dándole a entender a Candy que no la dejaría sola con Rose. Candy suspiró con resignación, y le dedicó toda su atención a Rose.
-Verás Rose – comenzó Candy sentándose a un lado de su hija sobre su cama –. Cuando me enteré que estaba embarazada de ti, fue lo que me dio las fuerzas necesarias para salir adelante, te llevé en mi vientre por nueve meses y me prometí que te protegería de todo y de todos. Tu papá no sabía de tu existencia, lamentablemente nos separamos y ya no supimos nada el uno del otro. Así que, durante tres años estuvimos juntas y sé que no lo recuerdas, pero éramos felices, solo que llegó el momento en que tuve que dejarte con papá, no podía llevarte conmigo. Él estaba casado…
-Con mamá Elisa – interrumpió la niña.
-Así es – continuó Candy.
-Entonces, ¿por eso no te quedaste con nosotros? – interrumpió de nuevo la niña.
-Sí, ¿te imaginas lo difícil que hubiera sido para…mamá Elisa, que yo estuviera aquí?
-No creo que le hubiera gustado. Hubiera sido…raro – Candy sonrió.
-Sí, hubiera sido raro. Yo no podía llegar y decirle a tu padre: Albert, ella es tu hija y me voy a quedar con ella y contigo. Eso hubiera sido muy malo. Por eso, te dejé para que lo conocieras y él a ti. Yo me alejé, para no causar problemas.
-Pero mamá Elisa murió y tú no regresaste.
-Lo sé, pero la verdad me dio miedo que me rechazaras. Te quiero mucho y… - Pero no pudo terminar porque las pequeñas manitas de su hija estaban sobre su rostro secando sus lágrimas.
-No llores – le dijo.
-¿Me perdonas, Rose? Sé que debí venir antes, pero, tenía mucho miedo.
-¿Miedo de qué?
-De que tú no me quisieras. – La niña no respondió, solo la observó unos momentos.
-¿Te vas a quedar para siempre?
-Es lo que más deseo en el corazón, pero mi trabajo me mantendrá fuera varias veces. Sabes bien que soy modelo y tengo que cumplir con los compromisos que tengo. Al menos hasta que arregle bien mi situación, en dos semanas tengo que estar en Alemania para la promoción de un nuevo diseño, pero trabajaré lo más rápido que pueda para poder regresar contigo y establecerme aquí en Chicago. Compraré un apartamento y así pasaremos tiempo juntas, aunque de igual forma, habrá ocasiones que tenga que salir del país por mi trabajo. – No era lo que su hija deseaba escuchar, ella lo sabía, pero tampoco podía llegar engañándola y diciéndole que estaría con ella siempre.
-¿Cómo te tengo que llamar? – La pregunta sorprendió a Candy, y supo inmediatamente que había ganado la aceptación de su hija, pero no su confianza y no su cariño. De pronto, dos semanas le parecía poco tiempo para ganarse a su hija.
-Puedes llamarme como… como tú quieras. Es tu decisión. – Tuvo que tragar saliva varias veces para poder disminuir el nudo que se había formado en su estómago y su pecho.
-Tengo sueño. – "Así que vete", terminó Candy mentalmente las palabras de la niña.
Recogió todo su dolor y salió de la habitación después de darle las buenas noches. Albert la miró sin pena ni gloria, se había mantenido al margen de su plática, pero no pudo evitar sentir cierto reproche en su mirada.
Se refugió en su alcoba. No quería que nadie viera como se revolcaba en su dolor, parecía que en las últimas horas había llorado lo que no, en cuatro años. Se quedó dormida sintiendo una opresión en el pecho.
Eran las once de la noche y despertó. Escuchó el ruido de puertas al abrirse, intrigada se levantó y se puso su camisón, por primera vez en varios años no se molestó en revisar su aspecto, aunque sabía que sería horrible. "Al menos si es un ladrón, pensó ella, al verla saldría corriendo sin reparos".
Pero caminó por el pasillo y notó que el cuarto de Rosemary estaba abierto y con la luz encendida. Se paró en el umbral de la puerta y vio como Albert arropaba a su pequeña.
-¿Qué pasa?
-No puede dormir, pero no te preocupes, un vaso con leche y miel es el remedio perfecto. – Albert se giró para ir a la cocina y se detuvo cuando observó el aspecto de Candy. Había estado llorando, parecía como si acabara de salir de una grave enfermedad. Eso no le gustó, odiaba verla en ese estado, porque sus instintos le decían que la abrazara y le dijera que todo iba bien. Pero no era así, al menos no con él, nada iba bien. Frunciendo el entrecejo, caminó a su lado para desaparecer por el pasillo. Candy dirigió su atención a su hija que estaba recostada observándolos curiosamente.
-¿Por qué no puedes dormir? – preguntó Candy temiendo que la razón se debiera a su presencia en la casa.
-Tengo hambre, pero mi papi me dice que es muy noche para que coma pastel. – La rubia sonrió tranquila, lo mismo hacía cuando era más pequeña, se despertaba en medio de la noche para pedirle alguna golosina, al menos en eso no había cambiado.
-Yo también pensaba lo mismo. Cuando tenías la edad suficiente para pedir alimento, te despertabas en plena noche porque querías comer algo.
-¿Y me dabas de comer? – Preguntó la niña esperanzada de que su madre si le cumpliera ese capricho.
-No. – Rosemary hizo un puchero.
-Pero recuerdo como te calmabas. – Lo acostó bien sobre la cama y apagó la luz principal, dejó encendida la lámpara que estaba en su buró, comenzó a acariciar sus rizos y empezó a cantar una canción:
"Pedacito de cielo, pedacito de sol, eres tú mi estrellita que me ha mandado Dios"
La niña abrió sus ojos desmesuradamente, una voz, la voz de su madre cobró vida en sus recuerdos. En su mente infantil, no recordaba nada de la vida con su madre, pero esa canción sí la recordaba. Y la veía a ella, de igual forma acariciándola al tiempo que entonaba su canción.
"Fuiste tú mi alegría en momentos tan tristes.
Fuiste la luz divina que iluminó mi corazón, estrellita divina que me ha mandado Dios."[1]
Dejó de cantar, porque la niña se abalanzó sobre ella y le dio un abrazo junto con un beso. Ella la sostuvo entre sus brazos, y sintió que eso era lo que le había faltado en todos esos años. Ni la fama, ni los lujos, ni su exitosa carrera, le podían proporcionar la alegría y felicidad que estaba experimentando en esos momentos.
-Te quiero mami.
Por fin se lo había dicho.
Y ella sentía que le estallaría el corazón. La niña bostezó y se acurrucó más entre sus brazos, para quedarse dormida inmediatamente. La acostó con sumo cuidado y le dio un beso en la frente. Cuando se levantó para salir, se detuvo al ver a Albert recargado en la puerta. No sabía qué estaba pensando en ese momento, pero no se amargaría la noche con ese pensamiento. La felicidad que le embargaba, la obligó a darle una radiante sonrisa.
-Buenas noches, Albert. – Y sin decir más, se fue dejándolo solo, sintiéndose un idiota porque había visto la manera en que ella se había ganado la confianza de su hija y eso le había llegado al corazón, porque al ver esa sonrisa, deseó ponerle el mundo a sus pies para que siempre sonriera así. Pero, ¿qué le podía dar a alguien que ya lo tenía todo?...
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CONTINUARÁ...
Lo escrito en negrita es una pequeña parte de una canción que mi mamá me compuso cuando era pequeña...hermosos recuerdos que me hacen derramar lágrimas de nostalgia y pérdida. Ella siempre vivirá en mi mente y corazón, pero duele mucho su ausencia.
En fin, no quiero ponerme más "sad", pero la canción me recordó hartas cosas. Perdón, por el lapsus, y ofrezco una disculpa por no contestar sus hermosos reviews, pero el tiempo me come.
Gracias por seguir la historia, es bueno saber que les gusta. Les mando un abrazo enorme.
Hasta la próxima...
