I don´t know you anymore
Capítulo 11
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoO
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En la lujosa habitación del hotel donde se hospedaba Dorothy, Candy le estaba relatando a su amiga, todo lo que pasó desde que llegara a la casa de Albert. Con lágrimas en los ojos, terminó su relato y espero a que su amiga le diera su opinión.
-Sabes que te quiero mucho, Candy. Conozco todo lo que has sufrido y desearía tener frente a mí, a todos los que contribuyeron a hacerte daño, para darles donde más les duele. Pero también sabes que no tengo pelos en la lengua y no soy hipócrita cuando se trata de dar mi opinión. Así que, ¿de verdad quieres que te diga lo que pienso?
-Lo necesito.
-Tengo una pregunta qué hacerte. ¿Hasta cuando dejarás tu papel de víctima? – Candy la miró con asombro.
-¿Cómo dices?
-Te repito, has sufrido mucho. Pero, ¿te has puesto a pensar en lo que él sufrió al regresar y no encontrarte? ¿Todo lo que pasó por su mente mientras te buscaba? Y luego regresas, y en lugar de explicarle las cosas, haces que te vea como una mujer frívola que solo piensa en ella. Le dejas a tu hija y ni siquiera le dices por qué se la dejabas. ¿Te has puesto en su lugar un momento? No. Solo has sufrido tu dolor, te regodeas en el. Escondes lo que pasó, sin darle oportunidad de ayudarte o darte una salida. Dices que ya no importa, pero por lo mismo, te digo, si ya no importa, ¿por qué sigues con la terquedad de continuar ocultándoselo?... ¿Lo sigues amando?
Candy se había quedado boquiabierta, nunca se había puesto a pensar lo egoísta que se comportó todo ese tiempo. Sin meditar en la respuesta, le dijo sin reparos:
-Lo amo con toda mi vida, pero tal vez nunca me perdone. Tengo miedo.
-¿Y qué rayos esperas? Tal vez no te perdone, pero al menos le quitarás ese peso de encima…y tú también. Además, por lo que me platicas, tal vez lo necesites cerca de ti ahora que Charles ya sabe que estás en la ciudad.
Frunció el ceño. No lo había recordado.
-Al menos me siento segura ahora que estoy con él. Y cuando estemos en Lakewood, le diré toda la verdad. – Dorothy le dio un fuerte abrazo.
-Me da gusto, amiga. Y espero que me perdones por la forma en que te hablé.
-Creo que era lo que necesitaba, alguien que me hiciera ver con claridad las cosas.
-Entonces, deja las lágrimas, y vamos de compras para que cuando te vean las hurracas por la noche, las dejes con la boca abierta. Y Candy…eres la top model, del momento. Debes de comportarte como la perra insensible que has sido para llegar hasta aquí. Recuerda que todos los demás, tienen que estar a tus pies. Tú opinión puede mover al mundo entero. Y ahora que te vas a casar con ese monumento de hombre, tu fama crecerá como espuma.
Candy sonrió, por algo Dorothy era además de su amiga, su asistente personal. Sabía lavarle el cerebro cuando tenía los ánimos hasta el suelo. Y lo mejor de todo, era que lo lograba.
-Está bien, pero antes, tenemos que pasar por Rosemary al colegio. La llevaré con nosotros, quiero comprarle un vestido para esta noche.
Después de una tarde de chicas y compras. Las tres llegaron a la mansión Andrew. Dorothy saludó a Albert y Candy le pidió su autorización para que su amiga pudiera quedarse hasta con ellos en la casa.
-No tienes que decirme lo que piensas hacer, o a quien piensas invitar, Candy. Te dije que esta es tu casa. – Sus palabras conmovieron a Candy, se dio cuenta que había algo diferente en él. Pero estaba feliz, la había llamado Candy. En lo que Rose saludaba a su papá, Candy acompañó a Dorothy a su habitación.
-¡Papi! – Gritó Rosemary, al ver a Albert.
-Hola cariño, ¿como te fue?
-¡Súper! Mi mami me compró muchos vestidos y zapatos – y acercándose al oído de su papá le susurró: - Y ella se compró mucha ropa. Pero el vestido que usará esta noche, te va a gustar. – Le guiño un ojo y subió corriendo las escaleras.
Cuando Candy bajó, Albert aprovechó para hablar con ella a solas.
-Albert, siento mucho lo que pasó en la mañana. – Comenzó la rubia, sintiendo incomodidad.
-Yo también quiero disculparme por lo sucedido, Candy. No debí gritarte de esa manera, he comprendido que no podemos seguir así, principalmente por Rose, que se da cuenta de todo. Y por último, porque si vamos a compartir nuestra vida, por las razones que sean, no podemos vivir peleando como perros y gatos, no es muy sano que digamos. Tal vez sea momento de una tregua, ¿qué te parece?
Candy parpadeó un par de veces, asimilando lo que Albert le acababa de decir. Pensó que tendría que convencerlo para que se llevaran bien, pero al parecer él ya había tomado una decisión. Y como siempre la sorprendió. Después de unos segundos que a él le parecieron años, le contestó.
-Creo que es una excelente idea.
-Muy bien, entonces, hablemos de la cena de esta noche. Para empezar, es algo que ya tenía programado, vendrán mi tía, Annie, George, Kate, y algunos inversionistas con sus esposas. Me pareció el momento oportuno para anunciar lo nuestro. Bueno, el matrimonio. – Corrigió con incomodidad.
-Me parece bien. Le compré algunos vestidos a Rose, uno para la cena de esta noche y algunos para la celebración en Lakewood. Tal vez mañana, cuando salga a revisar algunas cosas para la ceremonia y la recepción, le compré algo más. – Albert la miró sorprendido – No me veas así, soy una compradora compulsiva y más cuando se trata de mi hija. Invité a Dorothy a acompañarnos, y llegará esta noche mi agente, necesitamos ver como manejaremos la publicidad que se vendrá después de todo esto.
-Muy bien, espero que también nos acompañe. Y por otro lado, ¿necesitas alguna ayuda con los preparativos de la boda? Creo que son muy pocos dos días para preparar todo. Pero quiero ya haber pasado todo esto, cuando vayamos a Lakewood, la celebración será algo extenuante.
-Ya me contacté con la mejor organizadora de bodas aquí. Me la recomendaron ampliamente, lo mejor de todo es que está dispuesta a ayudarnos con el tiempo encima… aunque creo que tuvo algo que ver, el que le mencionara quienes éramos. – Los dos sonrieron ampliamente.
-Bien, entonces, creo que debes tener esto – Albert le tendió un sobre con el membrete del "Banco Internacional Andrew". Al abrirlo se dio cuenta de lo que le estaba dando Albert. – Albert, no es necesario…
-No estarás pensando que estoy esperando que seas tú quien pague todo. Esta tarjeta, no tiene límite de crédito y es tuya. De ahora en adelante puedes usarla para lo que desees, además de lo de la boda, y no quiero un "No" por respuesta.
"Con esa sonrisa quien rayos te niega algo", Candy sintió que el aire de la habitación se escaseaba. La forma en que la veía y hablaba Albert, hacia que le diera vueltas la cabeza y que le latiera el corazón como si fuera a salírsele del pecho. Solo asintió brevemente, pues sabía que si intentaba hablar, su voz la traicionaría.
-¿A qué…a qué hora llegan los invitados? – Con un ligero carraspeo de su parte, Candy por fin pudo recomponer su voz.
-A las siete.
-Entonces, iré a prepararme.
Con un ligero tropiezo de su parte, Candy, salió como rayo antes de correr a los brazos de Albert y suplicarle que le besara.
Albert, solo observó el destello dorado de los rizos de Candy al salir. Le pareció muy extraña su actitud al final de la plática. Pero llegó a la conclusión, de debió ser por los nervios de la cena.
Y sonrió ampliamente, ninguno de los dos profundizó en sus disculpas, pero cuando ambos aceptaron llevarse bien, hablaron como si fueran los grandes amigos. Se sentó detrás de su escritorio, y entrelazó ambas manos, exhaló un fuerte suspiro. Hasta cuando hablaron de los preparativos de su boda, lo hicieron en completa confianza. Recordó con añoranza el tiempo en que juntos hacían planes para el futuro, esperaba con ilusión que pese a las circunstancias que los orillaron a casarse, pudieran cumplir con su más hermoso sueño… ser felices.
Horas más tarde a petición de Albert, Candy se ocupaba de revisar que todo estuviera listo para la cena. Subió hasta la habitación de Rosemary, quería ser ella quien arreglara a su hija. Siendo las cuatro de la tarde le daba perfecto tiempo de cuidar de su hija y de ella misma. Ya había tomado su baño aromático acostumbrado, su arreglo personal sería menos tardado.
Pero se llevó una gran sorpresa cuando abrió la puerta de la habitación de Rose. La niña estaba tomando una siesta, cuando se suponía que debía estar recién bañada, esas eran las instrucciones que le había dado a Marjorie. Pero la niñera desde una esquina de la habitación observó con desdén a Candy.
-¿¡Qué significa esto!? – Le gritó Candy enfadada.
-Por si no lo sabe señora, los niños no son partícipes de las fiestas de los mayores. La niña debe tener su hora de siesta para continuar estudiando. – Le contestó la mujer con altivez.
Candy la miró como si tuviera tres cabezas.
-Creí haber sido demasiado clara, cuando le dije que mi hija nos acompañaría en esta cena y en todas las comidas. – Candy decidió ignorarla, con paso decidido se dirigió hacia su hija.
-Rose, mi vida, despierta, cariño. Debes estar lista para la cena.
La niña se desperezó, estiró sus bracitos y se talló sus ojos.
-¿Mami?
-Sí mi amor, ¿no deseas acompañarnos a la cena? Tú papi y yo te tenemos una sorpresa.
-¿Sorpresa? ¡Siiiiiiii! – La niña se levantó de un salto y corrió a su closet para sacar el vestido rosa que su mamá le había comprado por la mañana. - Me pondré este, ¿verdad mami?
-Señora – La interrumpió Marjorie – Ya le dije que…
Perdón, pero, ¿qué parte de que yo soy la madre de Rose no entiendes?
-Solo haré lo que me diga el señor.
-Muy bien. Si eso es lo que quieres.
Candy tomó a su hija de la mano y la llevó hasta su recamara, donde se encontraba Dorothy esperándola. Dejó ahí a la niña y se dirigió inmediatamente a la habitación de Albert. Tenía que aclararle por qué esa mujer hablaba como si fuera la dueña de la casa.
Iba tan ofuscada, que ni siquiera se detuvo a tocar la puerta.
-¡Albert! – Lo llamó.
Pero se paralizó al ver lo que tenía ante ella.
Albert estaba de espaldas a ella, solo con el pantalón puesto. Al parecer estaba buscando su camisa en el closet. Candy lo observó detalladamente sin duda, los años habían sido demasiado buenos con él. Y de seguro el ejercicio.
Tenía la espalda ancha y una estrecha cintura. Los músculos se contraían y tomaban forma, con solo levantar el brazo y tomar lo que buscaba. Su piel brillaba y sus pies… estaba descalzo, se veía realmente sexy.
¿Sexy era una palabra adecuada para un hombre? Y si lo era, ¿acaso esa palabra era suficiente para describir la masculinidad que emanaba de ese hombre? Cuando eran jóvenes, ya era bastante atractivo, pero la madurez era un ingrediente que le daba un toque místico.
-¿Candy? – La voz de Albert la trajo de vuelta a la realidad, con suficiente vergüenza para ser precisa. ¿Cuánto tiempo había pasado observándolo? Su mirada fija en ella, con esa sonrisa deliciosa en su rostro, le demostraba que él se había dado cuenta de su escrutinio.
Y que había pasado tiempo suficiente con cara de idiota, y hasta con la boca abierta.
Como una babosa. ¡Genial!
-Yo… - Tragó saliva, debía mostrarse indiferente. – Yo… - Tuvo que recordar para qué había entrado así. Y cuando lo hizo, volvió su enojo. – Se trata de Marjorie, ¿me puedes explicar por qué habla como si fuera la señora de la casa? ¿Qué derecho le has dado?
Albert se sorprendió. Le había gustado la forma en que lo había estado observando y se deleitó con la sola idea de que Candy pudiera verlo como hombre, no solo como el padre de su hija.
Pero ahora estaba realmente confundido, sintió que las palabras de Candy tenían una segunda implicación.
-No te entiendo, Candy. ¿Qué quieres decir?
-Desde que esa mujer me conoció, no para en llevarme la contraria. Ahora dice que no es propio que Rose, siendo niña, cene con nosotros. Le pedí, explícitamente, que le preparara un baño para que cuando yo llegara por ella para vestirla, ya estuviera lista. ¡Pero resulta que la señora me habla como si tú le hubieras dado un poder especial!... Escúchame, si hay algo entre ella y tú, no es mi problema, pero si se mete con… - Pero fue abruptamente interrumpida por Albert.
-¿¡Qué hay algo entre ella y yo!? ¿Qué clase de hombre crees que soy? La única relación entre ella y yo es estrictamente laboral, te aseguro que no le he dado motivo para que piense otra cosa.
La tomó de los hombros y la miró fijamente, por un instante pensó que la besaría, pero afortunadamente no fue así. ¿Afortunadamente?
-Yo hablé con ella y le dije que tenía que acatar tus decisiones. – Le tomó su mano – Me haré cargo de la situación.
Hizo el ademán de salir pero ella lo detuvo.
-¿No pensarás salir así? – Estaba frunciendo el ceño y a Albert le encantó como lucía. Se colocó su camisa y se puso los zapatos, salieron juntos a la recamara de Rose.
-¿Qué pasa, Candy? ¿Estás celosa de que alguien más me vea sin camisa?
-¿Celosa, yo? Para nada, solo que no puedes andar por la casa exhibiendo tus... tus... - se detuvo al recordar la apariencia de su fuertes músculos. Lo miró de pies a cabeza y sus mejillas se arrebolaron tanto que comenzó a sentir las orejas calientes, una sensación de nervios y vergüenza que no había experimentado desde su adolescencia y su primera vez en la pasarela -...que andes así - dijo en voz muy baja, sin siquiera recordar lo que estaba diciendo segundos antes.
Caminó más rápido que él, más por su ofuscación que por otra cosa. Albert sonrió abiertamente, era excelente que causara ese efecto en ella. Fue tras ella absolutamente complacido.
Encontraron a la niñera, estaba en el pasillo, frente a la habitación de la niña.
-Marjorie, será mejor que tomes tus cosas y salgas de esta casa. Si bien recuerdo, te dije que si no estabas a gusto con cambios que habría aquí, podías tomar la decisión que más te gustara. Si no vas a cooperar con mi esposa, la puerta está muy ancha.
A Candy casi se le cae la mandíbula. Creía que Albert llegaría preguntado tratando de averiguar qué había pasado, pero ni siquiera le pidió una explicación a la nana. Había confiado en las palabras de la rubia y además le había llamado: "Mi esposa".
Y recordó lo que era sentir mariposas en el estómago. Y comprobó que nadie le había hecho sentir eso.
-¿Su…su esposa? – La niñera estaba más confundida aún, esa mujer acababa de llegar y, ¿ya era su esposa?
-No creo que estés esperando alguna explicación de mi parte, ¿verdad? – Albert ni cuenta se había dado de cómo llamó a Candy, pero eso era lo de menos.
Había confiado ciegamente en la elección de su tía, en cuanto a una buena niñera para Rosemary, bueno, eso había sido antes de ver que a su tía no le importaba mucho el bienestar de su hija. Por eso mantenía a Marjorie en su casa, pensando que esa mujer era buena para Rose. Ahora agradecía a Candy que estuviera ahí, para darse cuenta los pensamientos retrogradas de esa mujer. ¡Qué los niños no deben comer con los adultos! ¿Acaso estaban en el siglo XIX?
-Disculpe señor, pero no hablará en serio acerca de despedirme, solo ha sido un malentendido con…la señora.
-¿Eso fue Candy? ¿Un malentendido?
-No Albert, como ya te expliqué… - Pero él no dejó que terminara.
-Ya lo oíste, Candy dice que no fue un malentendido, ella ya me explicó la situación. Así que no tengo más qué decirte, has tus maletas y pasa con Philip para que te dé tu liquidación.
Albert se dio la vuelta dando por zanjada la situación, pero la nana le habló una vez más.
-Pero señor, no creo que a la señora Elroy le agrade mucho esta noticia. Le recuerdo que ella fue quien me…
-¿Me recuerda? – Preguntó Albert claramente enfadado – Creo que la que ha olvidado quien es el que manda aquí, eres tú. Yo pago tu sueldo, y yo soy quien decide si te quedas o no. La señora Elroy solo te recomendó porque según ella eras excelente al cuidado de los niños. Aunque ahora no estoy seguro de ello, nunca comprobé la manera en que cuidabas a mi hija y me arrepiento por ello, debí prestar más atención. Pero como ves, lo estoy remediando a tiempo. No me gusta tu manera de pensar en cuanto a la educación, buenas costumbres y hábitos que le impones a mi hija. Y como estoy de a gusto con tu trabajo, te dejo ir. Como te informé, antes de irte, pasa con Philip, con él te dejaré tu liquidación de acuerdo a la ley. No te faltará ni un centavo. Solo que no me pidas recomendación, porque no te la daré, pero creo que no tendrás problema con eso, mi tía de seguro te ayudará. – Albert le dio la espalda, dando por terminada la conversación. Se dirigió a Candy y la tomó por el brazo. - ¿Rose está en tu habitación?
Sin poder escuchar más de la plática, Marjorie, se quedó trabada de coraje, por la manera en que había sido humillada delante de Candy. Hizo exactamente lo que Albert le pidió, pero antes de salir de la casa, se prometió que muy pronto regresaría a ella. La señora Elroy le ayudaría…
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CONTINUARÁ...
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¡Hola chicas! Perdón por no actualizar antes, pero estas semanas no he andado con tiempo, pero ahora, aprovechando este pequeño momento, les dejo este capítulo, espero que les guste.
Muchas gracias a todas, tanto lectoras como a las calladitas.
Nos seguimos leyendo...si Dios lo permite.
Hasta la próxima...
