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I don´t know you anymore
Capítulo 12
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoO
Albert caminaba de un lado para otro en el pasillo, afuera de la habitación de Candy. Rose, ya estaba al cuidado de Mary, con su hermoso vestido azul que su mamá le había comprado, ahora solo faltaba una hora para que llegaran los invitados, y Albert sabía que debía hablar con la rubia cuanto antes, pero le era muy difícil encontrar las palabras adecuadas para entregarle el pequeño objeto que llevaba en su bolso derecho.
Desde hacía ocho años que lo guardaba celosamente, sus esperanzas de poder entregarlo a la mujer para quien lo había elegido, se habían ido por la borda cuando Candy desapareció de su vida.
Y ahora estaba temeroso de que pudiera decir algo que pudiera delatarle. ¿Cómo decirle a la mujer que amas que se case contigo, sin que sospeche que la amas?
¿Contradictorio?
Sí.
¿Algo bipolar?
Absolutamente.
Pero a pesar de todo, quería que Candy guardara un buen recuerdo de su propuesta de matrimonio, y aunque se negaba a dejarle ver a la rubia sus sentimientos por ella, debía tener las palabras exactas para pedirle "formalmente" matrimonio. Después de todo, ¿a qué mujer le gusta que le digan: "nos vamos a casar, por la felicidad de nuestra hija"?
Un ruido del interior de la habitación lo regresó a la realidad. Debía apresurarse si quería que todo saliera bien. Sin meditarlo más, golpeó levemente la puerta, deseando por una milésima de segundo no ser escuchado. Pero sus deseos se fueron al traste cuando oyó la dulce voz de su adorado tormento al decir: "pase".
Abrió la puerta con lentitud y la vio ante el tocador, llevaba una bata oriental, y estaba dando el toque final a su maquillaje. En realidad no estaba ni siquiera bien peinada, pero ante él, no necesitaba más para verse hermosa.
Lo miró a través del reflejo del espejo, y sus ojos mostraron algo que Albert no supo adivinar, pero de lo que sí se dio cuenta fue que se turbó al verlo.
-¡Albert! ¿Qué pasa? – Preguntó extrañada, levantándose de inmediato y parándose junto a él.
-No pasa nada, no te preocupes. Es solo que… bueno, quiero decir que… - Suspiró audiblemente, se estaba comportando como un estúpido adolescente. – Será mejor que tomes asiento. – La tomó de los hombros y la guio hasta su taburete. Candy solo lo observaba aturdida, tanto por su comportamiento, como por su presencia. Vestía todo de negro, y se veía realmente impresionante, ella sabía que él se vestía con ese color en especial cuando se trataba de algo sumamente importante, pues le daba seguridad y reflejaba autoridad.
Pero además, le hacía verse guapo, atractivo, masculino y… todo lo demás. En especial cuando sonreía de aquella manera, enigmática y mostrando ese maravilloso hoyuelo. Cuando tenía el pelo revuelto y le daba ese aire de rebeldía, recordándole al joven de quien se enamoró.
Su corazón se detuvo, cuando vio cómo él se inclinaba para quedar a su mismo nivel y la tomaba de las manos.
-Creo que no te he pedido como debe ser, que te cases conmigo. –Comenzó a hablar de nuevo Albert, sacando a Candy de su ensoñación. Ella intentó decirle que no era necesario, pero él no dejó que hablara más. – También creo que hace falta un anillo de compromiso para que en verdad crean que estamos comprometidos. Pero todo eso se puede remediar. – Con lentitud, metió la mano a su bolsillo y sacó una cajita, el corazón de la rubia brincó de la emoción.
-Albert… no era necesario que te molestaras.
-No hay problema – Le dijo tratando de mostrarse despreocupado – es algo que tengo desde hace años ni siquiera recordaba su existencia.
Lo cual, era una descarada mentira. Ese anillo lo había comprado en el viaje que hizo a Escocia, antes de su separación. Él pensaba proponerle matrimonio a Candy a su regreso. Por tal motivo, visitó a un anciano joyero artesano, creador de las únicas y exclusivas piezas de joyería pertenecientes a la familia Andrew. Era un anillo de diseño único y singular.
Y eso observó Candy. Pero lo que la dejó boquiabierta, fueron las letras entrelazadas.
Eran claramente sus iniciales, "C y A". La letra "A", estaba recubierta de esmeraldas, mientras que la "C", de zafiros. Un anillo exquisito sin duda, pero el corazón de Candy gritaba silenciosamente por preguntarle a Albert qué significaba. Aunque era algo más que obvio.
Pero Albert no le dio tiempo de pensar o decir algo siquiera. Se puso de pie y salió directamente de su dormitorio.
-Te dejo, no quiero quitarte tu tiempo. – Alcanzó a escucharlo Candy antes de salir. Ella suspiró con melancolía, deslizó sobre su dedo anular el anillo y se secó una lágrima que corría sobre su tersa mejilla. Se sintió desmoralizada, pero sacando fuerzas de su interior, irguió los hombros y se dedicó a vestirse. Sería una larga noche, pero no permitiría que nadie adivinar su vulnerabilidad…
Unos minutos después de las siete de la noche, Albert se encontraba rodeado de sus amigos. George y su esposa, Archivald Cornwell y su prometida, y algunos conocidos y socios, eran diez personas en total. Ellos ya estaban al tanto de que la velada que prometía ser una cena de amigos, se había convertido en una cena de compromiso.
-Entonces William, ¿no pudiste impedir que tu tía y la pesada de Annie, estuvieran esta noche? – Inquirió Archivald.
-No. Al principio me molestó un poco, pero después de todo, es mejor que se encuentren presentes cuando conozcan a mi prometida.
Todos asintieron, algunos de ellos ya sabían de quien se trataba. La habían conocido cuando trabajaba en el club, y algunos ya sospechaban que ella era la madre de Rosemary, por su gran parecido.
Minutos después, llegaron Annie y Elroy, eran inseparables. Ya hasta los amigos de Albert les llamaban las "mellizas aterradoras", nunca se les veía separadas, en especial cuando se trataba de "la operación cacería" como burlonamente le llamaban a sus intentos de cazar a Albert y llevarlo al matrimonio.
-William querido, no sé como soportas a esa bola de vulgares y prosaicos. – Le dijo melosamente Annie, mientras se prendía de su brazo como una lapa. Después de saludar a los presentes, y que ellos le mostraran inconformidad ante su presencia, siempre terminaba quejándose. Como si le sirviera de algo.
-Annie… - suspiró cansadamente Albert, mientras prácticamente desprendía el brazo de Annie del suyo –. Si no te gusta la presencia de mis amigos, y te ibas a estar quejando de ellos, hubiera preferido que no vinieras.
Annie se quedó helada. Nunca, jamás Albert le había hablado de esa forma. Aunque sabía que él apreciaba a sus amigos y que le disgustaba que ella no los soportara, siempre actuaba con educación.
Elroy advirtiendo la reacción de su sobrino intervino.
-William, no seas grosero. Annie solo quiere lo mejor para ti, esos amigos tuyos no te convienen, son demasiado corrientes para alguien de nuestra clase.
-Perdóneme, tía, pero son mis amigos, no los de usted. Y si no le gusta su presencia, pueden retirarse, finalmente yo no las invité – contestó muy molesto Albert. Si bien era cierto que siempre había soportado con estoicismo la presencia y entrometimiento de esas dos mujeres, ahora con la presencia de Candy nuevamente en su vida, supo que ya no las podría aguantar mucho tiempo.
-¡Pero como te atreves…! - contestó indignada. Pero no pudo continuar con su perorata, Rose llegó corriendo con su papá.
-¡Papi! Mi mami ya no tarda en bajar. – La niña fue recibida en brazos de su padre, y ella viendo de reojo a Elroy, le habló al oído.
-Es de mala educación secretearse, Rosemary. ¿Qué educación le estás dando a esta niña, William? Ya me enteré de que despediste a Marjorie, después de la cena debemos hablar de eso, no lo apruebo. Ella me habló de tu esposa, pero estoy segura que se equivocó. Tu esposa murió hace años. Así que me gustaría que me explicaras lo que pasó. – Albert bufó de coraje. Hasta ese momento, no había constatado el poder que le había otorgado a su tía en lo relacionado a su vida personal. Pero sintiéndose acabado, le daba igual que Elroy hiciera o deshiciera.
Caminando con su hija en brazos, se dirigió hacía el vestíbulo principal, para esperar a Candy al pie de las escaleras. Sus amigos ya se encontraban ahí, prácticamente huyeron del lugar cuando arribaron las "mellizas".
Un movimiento llamó su atención. Dorothy bajaba ataviada con un vestido color blanco, ajustado a su cuerpo. No era modelo, pero sin duda, mantenía en buena forma su figura. Se veía atractiva y elegante al mismo tiempo.
-Dorothy. – Albert hizo las presentaciones correspondientes. Todos sus amigos solteros quedaron maravillados con la mujer. Su educación, elegancia, buen porte y sin duda su experiencia en los ámbitos del modelaje, la hacían más atractiva.
-¿De modo que usted es…? – Preguntó Thomas Stevens, demasiado intrigado por la mujer.
-Bueno, creo que el querido William olvidó decir que soy la asistente personal de Candice.
-¿De quien? – Una voz chillona casi gritó desde donde observaba la escena. Annie y Elroy se habían mantenido alejadas del grupo esperando que sus sospechas fueran infundadas. ¿Acaso esa mujer era la esposa de la que había hablado Marjorie? En esos momentos Elroy deseó haber escuchado con más atención a la mujer, cuando llegó a verla.
-Tía, Annie. Permítanme presentarles a la señorita Dorothy Lawson. Una amiga y como pudieron escuchar asistente personal de mi prometida.
-¿¡Qué!? – Las dos mujeres casi se caen de la impresión. Y Annie estuvo a punto de sufrir un colapso, al recordar que la mujer frente a ellas había dicho que era asistente de Candice. Y ella solo conocía a una Candice. Y eso no era una buena noticia.
-Bueno, creo que las señoras se impresionaron con mi presencia, William. No las molestemos más. – Dorothy se alejó de las mujeres al ver que no hacían ni decían nada. Después de todo no tenía ganas de gastar su saliva ni sonreír hipócritamente a ese par de brujas que le hicieran la vida imposible a Candy. Inmediatamente Tom se acercó a ella para platicar.
Rosemary se había quedado con George y su esposa Kate. La niña trataba de mantenerse alejada de esas dos mujeres como si tuvieran la lepra. Pero no dejaba de vigilar la escalera. Los adultos estaban platicando entre sí y su papá, estaba hablando con una muy enojada Elroy que no disimulaba su frustración ante el evidente compromiso de su sobrino.
-¿Cómo es posible que no me hubieras informado antes de la existencia de tu prometida? – Preguntó con indignación Elroy, mientras Annie suplicaba porque no se tratara de la misma Candice.
-Porque no pensé que tuviera que pedirle permiso para tomar una decisión de ese tipo. Es mi vida privada, tía. No se le olvide.
-¡Pero, William! ¿No te das cuenta que lo hago por tu bien? Esa mujer puede ser una cazafortunas, una mujer sin escrúpulos, ¿a eso quieres exponer a tu hija?
-¡Oh! No se preocupe por eso, tía. Ella tiene el suficiente dinero para mantener a usted, y a Annie juntas, y en cuanto a mi hija… - Albert se encogió de hombros – no tengo de qué preocuparme, se trata de su mamá.
Elroy pensaba protestar con toda su energía. Esa no era la noticia que esperaba, se suponía que su sobrino terminaría casándose con Annie. Y además, ¿Quién rayos era la madre de su hija? Sin duda alguna, ella, Elroy Andrew, se opondría y como siempre, lograría su objetivo de alejar a esa mujer de su sobrino. Ella no dudaba que la boda se celebraría en unos cuantos meses, los suficientes para correr a esa mujer, inventarle algo, o sacarle sus trapitos sucios al sol. Siempre funcionaba.
Pero justo cuando iba a empezar a replicar, Albert salió corriendo de su lado. Al parecer, él tampoco había dejado de observar la escalera.
Y de pronto todo a su alrededor dejó de existir.
Candy apareció bajando las escaleras. Y todos, absolutamente todos, quedaron boquiabiertos.
Al descender parecía una reina. Con movimientos pausados, elegantes, gráciles. Su belleza era exquisita. Albert no dudó ni un segundo en el porqué varios hombres habían desvariado por ella.
Había elegido un vestido rojo. En la parte superior, era de encaje y se ajustaba perfectamente a su figura, la maga larga solo ayudaba a resaltar su estrecha cintura, el escote en la espalda servía para contrastar su piel de porcelana y la delicadeza de la misma. Al llegar a la cadera, la falda se combinaba con la seda que caía en un vuelo llegando a las rodillas. El pelo lo llevaba suelto y caía en cascada sobre su hombro derecho.
Una maravillosa visión.
Albert escrutó a todos los presentes, sus rostros iban más allá de la admiración. Dorothy se mostraba satisfecha y Rose, veía a su madre con adoración. Observó a su tía y a Annie, ambas estaban pálidas, sin lugar a duda, habían reconocido a Candy. Y solo rogaba para que alguna de las dos cometiera una indiscreción para poder saber qué había pasado exactamente con Candy. El no saberlo lo estaba volviendo loco.
Cuando por fin Candy llegó al final de la escalera, Albert se apresuró a recibirla. Tomándola de las manos, se acercó a su oído y le susurro:
-Verdaderamente estás preciosa.
Esto solo sirvió para poner a Candy la piel de gallina. La voz de Albert sonaba seductora y cuando la vio directamente a los ojos, supo que no mentía, verdaderamente la veía preciosa. Eso hizo que su determinación de permanecer estoica ante Elroy.
-Gracias. – Fue su tímida respuesta. Él le dedicó una sonrisa deslumbrante.
-Escuchen todos, quiero presentarles a mi prometida, la señorita Candice White…la madre de mi hija. – Aunque los amigos de Albert ya conocían la noticia miraron intermitentemente entre ella y Rose que se había acercado a sus padres, y claro, el parecido entre madre e hija se hizo más que evidente.
Todos se acercaron maravillados ante la belleza que tenían frente a ellos. Candy reconoció a algunos de ellos y los saludó con evidente alegría. Al parecer todos los invitados estaban felices ante su reciente compromiso y posterior boda.
Pero había dos personas que se habían reservado la "alegría" que los embargaba a todos.
Elroy estaba a punto de tener un ataque, o algo parecido. Estaba lívida. Enfurecida ante el reconocimiento de que la chiquilla entrometida que se había encargado de sacar de la vida de su sobrino hacía casi ocho años, estaba de nueva cuenta frente a ella. solo que ahora no era la misma desvalida con la que trató, ahora, reconoció Elroy, era una mujer, profesional y millonaria. Ahora sabía por qué razón cuando la vio como modelo, se le había hecho demasiado familiar. Pero el aspecto de la chica, y su seguridad en sí misma, terminó por convencerla de que no podía ser posible. ¡Qué equivocada estaba! Ahora ni siquiera podría utilizar la excusa de que solo quería el dinero de su sobrino para alejarla de él. Y hervía en rabia al darse cuenta que esta vez Candy le había ganado la partida, no solo había logrado engatusar nuevamente a su sobrino, sino que hasta le había propuesto matrimonio.
Annie no estaba de mejor humor. La vieja bruja de Elroy le había asegurado que Candy nunca regresaría a la vida de Albert. Y a partir de ahí, ella había luchado con todos los medios de cazar a Albert. Al principio todo tendría que haber sido relativamente fácil, había supuesto ella, después de que Albert se enterara que Candy lo había abandonado, se sentiría humillado, desconsolado, y herido, pero, sobre todo, despechado. Y ahí era donde ella habría entrado. Le brindaría su amistad y con el tiempo lo seduciría de tal forma que hasta estaba dispuesta a perder su figura y dejarse embarazar por él, y después él se casaría con ella.
Punto. Asunto resuelto.
Sí, todo era fácil… en teoría.
La práctica había sido terriblemente desgarradora. No solo no se había dejado consolar por ella, sino que había pasado casi tres años buscándola, sí, buscando a esa estúpida rubia, y cuando finalmente renunció a su búsqueda, lo hizo para casarse son alguien más. Y cuando finalmente su esposa había muerto, nunca, jamás, ni siquiera estando ebrio; aunque solo había pasado una sola vez, y con ella esperándolo desnuda en su propia cama, la había tocado. Con dolor y humillación, recordó sus palabras: "¡¿No entiendes que nunca podré tocar a nadie más que no sea a ella?!". Y no se refería a su esposa, ella sabía que solo se podía referir a Candy. Y ella se había sentido tan humillada, recogiendo sus ropas del piso, y saliendo desnuda al pasillo de la habitación en donde él la había dejado, que decidió olvidarlo, pero Elroy siempre lograba convencerla de que algún día lo tendría para ella… Y a pesar de su vergüenza, volvió a la caza, aunque con los mismos resultados. Pero había sido lógico, repuso Annie, con su hija siempre recordándola, ahora se daba cuenta por qué le resultaba tan familiar el rostro de la niña.
-¡William! – El grito sonoro que Elroy lanzó, paralizó la conmoción que había alrededor de Candy. Albert observó a su tía y supo que estaba enojada, pero no daría un espectáculo, no le daría la oportunidad de humillar a Candy delante de sus amigos. Así que aprovechando la familiaridad que existía entre ellos, les pidió que comenzaran con la cena. Ellos los alcanzarían más tarde. Todos sabían a qué se refería, así que asintieron y se llevaron a Rose con ellos.
-Tía – Comenzó Albert una vez que todos se retiraron al comedor. – No era necesario que gritara, pero puedo comprender su inquietud por conocer a mi prometida – comentó sarcásticamente, al mismo tiempo que acercaba a Candy hacia él y la tomaba de la cintura un claro gesto de posesividad. – A no ser claro que ya la conozca.
Sus palabras se suspendieron en el aire, era evidente que Elroy luchaba con todas sus fuerzas para mantener la calma. Y el enojo que sintiera momentos atrás, se desvaneció al escuchar su sobrino las últimas palabras, pero no podía ser que su sobrino estuviera enterado de lo sucedido entre Candy y ella. A no ser que Candy misma se lo hubiera dicho, miró a Candy, la rubia la miró desdeñosamente, con la mirada altiva, lanzándole un reto. "Dígale que ya me conoce". Candy alzó una ceja y sonrió triunfantemente, Elroy se sintió acabada, por más que quisiera, no podía mostrar su odio y animosidad en contra de esa mujer, Candy tenía razón, no podía confesarle a su sobrino que ella había tenido todo que ver en la desaparición de la rubia.
-Por supuesto que no la conozco – habló más tranquila, tragándose su coraje y orgullo. Estaba segura que durante el tiempo que tardaran en contraer matrimonio, podría hacer algo para separarlos. – Es solo que me conmocionó que, siendo tu único familiar presente, no me prestaras atención al presentarme a tu prometida – forzó una sonrisa hacia Candy. – Me da mucho gusto conocerla señorita.
Con ira controlada, estiró su mano hacia Candy. Albert solo la observaba esperando que cometiera alguna equivocación. Pero sabía que su tía podría contenerse hasta lo último y fingir algo que no sentía.
-Oh, el placer es mío, señora Andrew– contestó alegremente Candy, esbozando una sonrisa deslumbrante. Albert quiso reír ante la cara de enfado de su tía.
-Annie querida – Candy se olvidó de Elroy para saludar a Annie –. Que gusto encontrarte por aquí. Me sorprende que después de tantos años, sigas en la misma posición en que te conocí. – Annie la miró con el ceño fruncido. Era evidente lo que le había tratado de decir, siempre detrás de Albert como su perrito faldero, pero nunca pasando de ser eso. – Es decir, sigues igual de bonita. – Y Candy volvió a sonreír, solo que no era una sonrisa sincera, como pudo apreciar Albert.
-Después de todos estos años y… ¿de verdad William? ¿Ella? ¿Después de que tú y yo…? – Con lágrimas de cocodrilo, Annie salió al jardín, sollozando. La pregunta que había dejado en el aire, dejaba entre ver muchas posibilidades, justo lo que ella quería. Y a Candy le dolió el solo pensar que entre Annie y Albert hubiera existido una relación más íntima…o quizá, aún existía.
-William, yo me retiro, han sido muchas emociones para mí en este día, y no quiero que esta vieja achacosa te arruine tu celebración. Candice, un gusto. – Sin decir más, Elroy se fue de la mansión, la verdad era que no podía estar un minuto más sin explotar del coraje y frustración. Pero se consolaba ante el hecho de que Annie ya había dejado plantada la duda, ahora la dejaba ahí para que su sobrino se enfrentara a ella.
-Candy, por favor, espérame aquí. Necesito hablar con Annie.
Albert salió por el mismo lugar en que había desparecido Annie. Candy quiso quedarse tranquila, hasta deseó ir al comedor y convivir con esas personas tan amables, pero simplemente sus pies la dirigieron hacia el jardín.
Llegó a una arboleda y se escondió detrás de unos arbustos, no podía escuchar lo que decía, solo veía como Annie se aferraba al brazo de Albert y él se alejaba como si tuviera una enfermedad contagiosa. Candy se permitió sonreír ante la comparación. Pero el rostro de Albert le dejaba ver que estaba muy molesto. De pronto, le gritó furioso:
-¡Porque simplemente, entre tú y yo, nunca ha existido nada! ¡Absolutamente nada! ¿Hasta cuándo lo vas a comprender? Y será mejor que no intentes sembrar dudas entre Candy y yo, ¡porque no te funcionará!
Con paso decidido, se marchó del lugar. Candy estaba dispuesta a alcanzarlo y decirle que había querido ir en su busca, sin confesarle que había escuchado lo último, pero observó como Annie, se limpiaba sus lágrimas y maldecía a Albert. No lo pudo soportar.
-Será mejor que te marches Annie. No eres bienvenida. La bruja de tu amiga ya lo hizo, ¿qué esperas? – Le dijo Candy con decisión, ya no más la niña temerosa a la que había aterrorizado cuando llevó a Elroy con ella.
-¡Estúpida! – Gritó Annie - ¿No podías haber muerto o simplemente desaparecer del planeta? Pero si piensas que vas a arruinar lo que hay entre William y yo estás muy equivocada. El será tu esposo, pero nunca me dejará. ¿Quién crees que estuvo calentándole la cama todo este tiempo? ¿Crees que se olvidará de mi tan fácilmente? Solo que casa contigo porque tienen una hija en común, pero nunca, nunca será tuyo. – Candy la miró perpleja, ¡de verdad se creía sus mentiras! Annie estaba muy segura de sí misma al ver la expresión de Candy. Pero pronto salió de su autocomplacencia.
Candy empezó a reír.
-¿De qué te ríes? – preguntó la morena empuñando las manos a sus costados ante el evidente buen humor de Candy.
-De verdad crees todo lo que me dijiste – afirmó – Y en ese caso, ¿cómo no reírme? Dices que has sido tú la que ha calentado la cama de Albert en todos estos años, pero te tengo noticias, no has logrado en casi ocho años, lo que yo logré en menos de tres días. Tan solo aparecí en su vida nuevamente y me trajo a vivir a su casa y tengo esto… - levantó la mano y con orgullo mostró su anillo de compromiso. – Me casaré con él, seré su esposa, ante todo el mundo. Y se te olvida el hecho de que soy la madre de su hija. Además de que sé que nunca ha existido nada entre él y tú. Me da risa tu patético intento por hacerme creer que has significado algo en la vida de Albert, como te dije, sigues en el mismo lugar, siempre detrás de él esperando que te dé alguna limosna para saltar de alegría.
-¿Cómo te atreves? – Annie tenía los ojos llenos de lágrimas y Candy supo que esa vez no eran falsas.
-¡De la misma manera en que tú te atreviste a interferir en mi vida hace ocho años! ¡Cuando tu lengua no se pudo contener y por despecho, le informaste a Elroy lo que había entre Albert y yo!
-¡Tú nunca le has convenido! – gritó llorosa Annie. – ¡Desde un principio te has empeñado en interponerte en su camino! Si no hubieras aparecido, él estaría conmigo.
-Si no lo hubiera conocido yo, hubiera sido alguien más, él nunca te ha querido. ¿Por qué te empeñas en rebajar tu dignidad?
Annie meditó en esas palabras, últimamente, ese pensamiento la atormentaba. Algunas veces se preguntaba por qué seguía empeñada en conquistar a Albert. Y por qué Elroy siempre se empañaba en convencerla de seguir insistiendo. Pero oírlo de la boca de Candy, o mejor dicho, escuchar esas palabras en voz alta, hicieron vacilar a la chica. Se sintió humillada y avergonzada, todos sus argumentos se vinieron abajo. Salió corriendo justo cuando Albert salía a buscar a Candy, pasó corriendo a su lado y ni siquiera lo vio.
-¿Qué pasa? – Albert se quedó perplejo ante la actitud de la chica, pero le restó importancia al ver que por fin se iba de la mansión. - ¿Sabes qué? Olvídalo, solo me interesa saber si estás bien.
-No te preocupes, Albert. Esta vez no necesité a mi valiente caballero de brillante armadura.
Sonrió de una forma tan deslumbrante que Albert no se contuvo de observarla sin discreción alguna. A su memoria llegaron esos momentos que compartieron juntos. Al verla ataviada con ese vestido que resaltaba aún más su perfecto cuerpo, deseó con toda el alma que ella algún día pudiera aceptarlo como algo más que el simple padre de su hija. Candy notó su fuerte mirada sobre ella y se sonrojó inmediatamente.
-Será mejor que entremos. – comentó Candy, para cambiar de tema. – No querrás que tus invitados nos acusen por ignorarlos.
Albert solo asintió, se sentía demasiado alterado como para responderle. La tomó de la mano y así entraron hasta el comedor.
Fue una cena íntima y llena de alegría. Sin la presencia de Elroy y Annie, el ambiente se había relajado. Kate la esposa de George se hizo inmediatamente amiga de Candy y Dorothy.
Sin embargo, Candy en lo más profundo de su ser, sabía que Elroy no se quedaría tan conforme. Podía recordar su mirada furibunda, casi había querido desaparecerla. Desafortunadamente, el poco tiempo en que la había tratado en el pasado, le había bastado para conocer a esa mujer lo suficientemente bien como para saber que no se quedaría de brazos cruzados. Así que supo que tenía que andarse con pies de plomo, pero por el presente, en ese momento disfrutaría de la felicidad que le fue dada tan espontáneamente. Disfrutaría de su hija…y de su futuro esposo.
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CONTINUARÁ...
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Holis chicas, gracias por seguir leyendo y por sus hermosos reviews que no me canso de leer. Lamento la tardanza en actualizar, pero mi estado de ánimo es como una montaña rusa, y otras veces las actividades diarias me superan y solo quiero llegar y dormir, jajajaja. Espero que este capítulo les guste, sobre todo al ver las reacciones de Albert y Candy al defender lo suyo.
Nos seguimos leyendo...
Les mando un abrazo y un beso del tamaño de Texas, desde acá, hasta allá.
La quiero y...hasta la próxima!
