I don´t know you anymore
Capítulo 13
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoOoO
La mañana estaba soleada, el trino de los pájaros alegraba la mañana, el aroma de las flores en el jardín inundaba la entera mansión; no había duda de que la primavera había hecho su entrada triunfalmente.
Candy se desperezó después de una larga noche, y un largo día. El día anterior a primera hora de la mañana, había salido ella sola para platicar con sus mejores amigos, Terry y Hillary y contarles por fin la historia que la unía a Albert. Quería que la acompañaran en su boda, y creyó necesario hablarles con la verdad. Aunque al terminar de relatar por lo que había pasado, sintió la mirada reprobatoria de sus amigos en cuanto a su reticencia a contarle a su futuro esposo lo que había sucedido. Candy les prometió que se lo contaría en cuanto tuviera oportunidad y estuvieran tranquilos. "Solo esperamos que sepas lo que haces", con esas palabras de parte de Hillary había finalizado su visita. Mientras que Terry, se puso como histérico ante la idea de que su mujer asistiera, pues acababa de entrar en el último trimestre del embarazo. Por lo que, agradeciéndole su invitación, Terry la declinó, dejando muy enfadada a su esposa.
Al llegar a la mansión, Neal estaba esperándola para platicar con ella acerca de lo que declararía a la prensa. Una vez reunidos con Albert, llegaron a la conclusión de que solo enviaría un comunicado anunciando su enlace, sin dar más explicaciones. Neal se retiró para poner en orden las ideas y tener listo todo, una vez que Candy y Albert estuvieran debidamente casados.
Finalmente, Dorothy, Kate, Rose, y ella, se habían reunido con la planeadora de bodas para organizar todo. A pesar de que sería un evento pequeño, sencillo y muy íntimo habían estado de arriba abajo. Por la noche cuando por fin llegaron a la mansión, todas se habían empeñado en celebrar su "despedida de soltera". Entre pláticas, palomitas y películas "rosas, cursis y llenas de amor", como decía Dorothy, trasnocharon. Así fue como a las dos de la mañana, se habían dormido. Pero Candy se durmió una hora después debido a la excitación de su enlace.
Ahora con esa hermosa mañana ante ella, se encontraba sol. Aparentemente, hasta su pequeña hija ya estaba despierta a las ocho de la mañana.
-¡Las ocho de la mañana! – Candy saltó literalmente de su cama. Empezó a caminar como loca por su habitación. - Hoy me caso. Con Albert... ¡Hoy me caso con Albert! – Y siguió hablando consigo misma, por unos cuantos minutos hasta que Dorothy entró tan fresca como una lechuga.
-Vaya, por fin te levantaste. Candy, no es por nada, pero hasta Rose ya se encuentra despierta. El esposo de Kate ya llegó y Terry te ha llamado desde las siete de la mañana. Creo que se siente desesperado.
-Dothy, no me dormí inmediatamente. La verdad es que estoy muy nerviosa.
-Tranquilízate – Su amiga la tomó gentilmente de las manos y la obligó a sentarse en la cama. – Candy, por fin te vas a casar con el hombre que amas. Deberías estar feliz.
-Y lo estoy – respondió Candy – Solo que tengo miedo de que todo salga mal una vez más.
-Escúchame, Candy. entiendo tu miedo, pero creo que vas a tener que confiar en tu futuro esposo. Sé que todo lo que has hecho ha sido para proteger a él y a Rose, pero te aseguro que, si tú se lo permites, también querrá protegerte, y lo hará sin hacerte sufrir.
-Pero él no ... - Candy intentó decir que no la amaba, que solo se casaba con ella por su hija.
-¡Tonterías! No sé qué sienta él exactamente por ti. No tengo el don divino de leer los corazones, pero se nota que lo que lo llevó a pedirte que te casaras con él, fue algo más que darle a Rose un 'padre y una madre. Aprovecha esta oportunidad que tienes ante ti, deshazte de los miedos y por primera vez, sé feliz. Se lo merecen ambos.
Candy abrazó a su amiga y le prometió que haría todo por ser feliz y dejar atrás el pasado. Pero sabía que eso solo sería posible contándole a Albert todo lo que pasó cuando ella despareció. "Pero aún no", se dijo, "más adelante".
-Ahora será mejor que desayunes, para que tomes un baño. La gente del Spa ha llegado y está instalándose cerca de la piscina, en cuanto terminen vendré por ti. Rosemary no se ha despegado de su papá desde que se levantó. Tú hija está feliz, Candy... - sonrió cálidamente –. Ahora te dejo, voy a supervisar que todo esté en su lugar.
-Gracias, Dothy, no sé qué haría sin ti. No tengo cabeza para todo esto.
-Me imagino. Ahora a desayunar.
En ese momento, Mary entró a su recamara, acompañada de un sirviente que le llevó su desayuno.
-Buenos días, señora.
-Buenos días, Mary. Espero que no estés trabajando mucho.
-Oh, para nada. El servicio de banquetes tiene todo en orden, yo solo estoy supervisando. Pero no quise que desayunara tan tarde. De eso me encargué personalmente. Además, sin la presencia de la señora Elroy, el ambiente está más tranquilo.
Candy le sonrió. Albert había decidido que, si bien le avisaría a su tía de su compromiso, no le haría saber cuándo sería la boda. No quería que nada estropeara su boda con Candy. Conociendo a su tía, ella esperaba que fuera dentro de unos meses, así que eso le daría tiempo para casarse sin que ella estuviera presente y, para planear algo para separarlo de Candy.
-Candy – Dorothy entró de nuevo en la habitación con un celular en la mano – Habla con Terry, por Dios, ¡ese hombre ya me exasperó! – Le entregó el teléfono.
-¿Qué pasa?
-Qué él te lo diga.
Candy habló con Terry, el pobre hombre estaba paranoico con que algo pudiera pasarle a su esposa. Ella era muy activa y si bien había aceptado la decisión de su esposo de no asistir a la boda de Candy, nunca la persuadiría de dejar de cocinar. Era su pasión. Pero Terry estaba aterrado con la sola idea de que eso pudiera poner mal a su esposa e hijo.
-Terry, te aseguro que no le pasará nada al bebé. Él está seguro.
Albert había decidido ver a Candy antes de su boda y explicarle que había mandado que todas sus cosas las pasaran a la recamara principal. O sea, con él. Bueno al menos era una buena excusa para poder verla, no la había visto desde el día anterior y sentía que algo le faltaba. Pero lo que escuchó sin querer, detrás de la puerta entreabierta de su futura esposa, lo dejó helado. Una extraña sensación de vacío se apoderó de él.
¡Candy estaba embarazada!
Así que de verdad solo se casaba con él, por su pequeña hija. Sin prestar atención a la demás plática, empezó a debatirse entre casarse con ella, sin ninguna oportunidad para él. O dejarla libre para que fuera feliz a lado del padre de su hijo. Pero ella también tenía una hija con él, y esa hija la necesitaba. Así que, sin más, entró a la habitación.
Candy estaba sentada en la cama, despidiéndose de Terry. Como no se había cambiado, llevaba el camisón que se había caído a un lado dejando descubierto uno de sus hombros, mostrando solo un delgado tirante. Se estremeció al recordar que nunca podría besar sus labios o rozar su delicada piel. Había decidido dejarla libre.
-Albert, buenos días.
Inconscientemente ella se pasó una mano por el pelo, tratando de arreglárselo. Se colocó bien su camisón y le sonrió radiantemente. Albert se preguntó si no se daba cuenta que de la manera en que vistiera, a la hora que fuera, aunque acabara de despertarse, se veía realmente hermosa. Y le dolió el corazón.
-Candy. Yo... necesitamos hablar. – Candy asintió esperando lo peor. No dijo nada, solo quería que Albert dijera lo que tenía que decir y saliera de ahí. Algo le decía que ya no quería casarse con ella. – Yo creo que no necesitamos casarnos para que Rose tenga a sus padres, ella ya sabe que tú la quieres. Lamento que te haya forzado a aceptar algo tan absurdo como esto.
Aunque ya se lo esperaba, Candy sintió como si acabara de recibir un golpe en el estómago. Quiso llorar y pedirle una explicación...o tal vez suplicarle de rodillas que se casara con ella. Decirle lo mucho que lo amaba, pero evidentemente él no la amaba.
-Así que ya tomaste una decisión. – Pronunció, odiándose porque su voz salió quebrada. – Te lo pensaste mejor, ¿no? – Sonrió amargamente. – No te preocupes, lo entiendo, sabía que era demasiado que alguien como tú, se casara con alguien como yo. – Sí, lo sabía, sonaba patética, y curiosamente, no le importaba.
-No, Candy, no es eso. Yo, lo hago... por ti y tú bebé.
Si le hubiera dicho que estaba nevando en el desierto, no le hubiera impresionado tanto como eso. ¿Bebé?
-¿Cuál bebé, Albert?
-El tuyo. El que esperas.
-¿De dónde has sacado semejante idea? Yo no estoy embarazada. – Le dijo más tranquila. Era solo un malentendido.
-Te escuché. – Le contestó Albert sin ocultar su vergüenza al confesar que estuvo escuchando detrás de la puerta.
-¿Qué escuchaste exactamente?
-Yo...bueno, no era mi intención escuchar. Yo venía a hablar contigo y como tu puerta estaba abierta, escuché tu conversación... - Albert se sentía incómodo, quería aclararle que había escuchado sin querer, pero no era la respuesta que Candy esperaba.
-Albert, no te estoy preguntando por qué escuchaste, sino, qué escuchaste.
-Bueno, estabas hablando con Terry, así se llama, ¿no? Y le dijiste que el bebé estaría bien. Y no quiero interponerme entre ustedes, Candy. Eres libre para ir con el padre de tu hijo, no sientas ninguna obligación hacia mí. – La expresión de Albert era sombría, pero Candy estaba feliz.
-Terry y yo nunca hemos sido algo más que amigos. – Le aclaró ella de forma contundente.
-Entonces, ¿cómo...?
-Terry fue mi agente durante varios años. Después de dejarle en claro que nunca tendría una oportunidad conmigo, nos hicimos grandes amigos. Luego, él conoció a una joven modelo, se enamoró de ella, pero como ella conocía su fama de playboy, lo ignoraba. Todo cambió cuando ella tuvo un accidente, él la cuidó y se dio cuenta que no podría vivir sin ella, le propuso matrimonio y se casaron.
-¿Y el bebé?
-Hillary, su esposa, está embarazada. Terry está odiosamente paranoico, pensado que como Hillary ya entró en su último mes de embarazo, no puede hacer nada. Así que constantemente nos pide ayuda para convencerla de que se la pase todo el día acostada. Pero ella no se puede estar quieta tanto tiempo, y solo quiere cocinar. No es para tanto. Por eso le dije que el bebé estaba bien. Hillary puede ser obstinada, igual que él, pero en cuanto se sienta mal ella misma tomará la mejor decisión.
Al silenció inundó la habitación. Ambos respiraron más tranquilos. Pero Albert no olvidaba la asombrosa presentación de Terry.
-Pero, él dijo que eran...
-Es algo que ideamos entre Hillary, Terry y yo, para ahuyentar a quienes piensan que, por ser modelo, soy una cualquiera. Créeme, Terry me ha ayudado a librarme de ocasiones embarazosas, y hasta peligrosas. Pero solo somos amigos, nada más. Además, no podría embarazarme, aunque quisiera. – Esto último lo pronunció con dificultad y en voz baja, esperando que Albert no la escuchara.
Descanso, alivio, tranquilidad y felicidad de que Candy no hubiera aceptado la relación de ese hombre, embargó a Albert. ¡Qué estúpido! Eso le enseñaría a nunca jamás escuchar furtivamente conversaciones ajenas.
-¿Y bien? ¿Qué piensas? – Preguntó Candy con el corazón en la garganta.
-Que, si tú así lo deseas, podemos seguir con los planes. Gracias por explicármelo todo, Candy. Significó mucho para mí. Y te prometo no volver a escuchar tus conversaciones, o sacar conclusiones apresuradas.
-Así será, entonces. Y gracias a ti, por escucharme... – Y Candy comprendió una vez más lo que sucedía cuando hablaban las personas, no había malentendidos. Se imaginó lo que había estado a punto de suceder, si Albert no le hubiera hablado con la verdad. Y se prometió una vez más que tendría que hablar con él de lo sucedido en el pasado. "Pero será después".
Notó que Albert quedaba pensativo, viendo a través de la ventana, con las manos metidas en los bolsillos. Quiso preguntarle qué pensaba, pero no fue necesario.
-Me hubiera gustado verte embarazada. – Soltó él sin más. Dejando perpleja a Candy. – Estar contigo en esos momentos, debieron ser muy difíciles para ti. Estabas muy joven, estoy seguro que estuviste asustada.
Candy luchó contra el deseo de cerrarse a él, para ocultar también esa parte de su vida. Era ya una costumbre para ella, pero decidió hablar, aunque fuera un poco de ello.
-Sí, estuve asustada, pero saber que tendría a mi bebé, una parte de ti, me dio las fuerzas necesarias.
Albert recordó de pronto sus palabras.
-¿Por qué dices que no podrías embarazarte aunque quisieras? Estás muy joven, todavía puedes... – Candy lo miró con lágrimas en los ojos.
-Cuando nació Rosemary, algo salió mal, las personas del lugar donde estaba, me dijeron que ya no podría tener hijos. Me dijeron que lo viera como una señal, para ya no traer a más bastardos a este mundo. – Albert sintió que un coraje se apoderaba de él.
-¿Quién puede ser tan cruel para decir y pensar algo así? Sin duda estabas destrozada.
-Si fue una noticia terrible, pero tenía a Rose entre mis brazos y todo parecía mejor incluso cuando ella lloraba. Ya no me importó tener o no hijos, nuestra hija es un maravilloso regalo de Dios. Además, nunca creí esas palabras, un niño no puede ser bastardo si sus padres lo concibieron con amor. Incluso cuando no es así, los niños son una bendición. – Candy lloró.
Albert no resistió más, y la estrechó entre sus brazos. Le daba besos en su cien, y le decía frases tranquilizadoras al oído, quería borrar esos recuerdos, y a la vez quería que ella hablara de todo eso que le causaba dolor. Quería preguntarle en donde había estado, con qué clase de gente había tratado para que pensaran de esa manera, pero supo que Candy ya había tenido suficiente. Había hablado más de lo que en cualquier otra ocasión lo había hecho, y lo mejor era que le permitía consolarla. No quería que por sentirse presionada se cerrara nuevamente.
-Tienes razón – Le dijo sin dejar de abrazarla. – Dios nos ha dado el mejor regalo del mundo. Rose es lo mejor que nos pudo haber sucedido.
Ella se separó un poco de él y levantó la vista. Se encontró con esos hermosos ojos azules que la enamoraron y que siempre le daban tranquilidad. Y esa ocasión, no fueron le excepción. Él tomo su rostro, y con ternura empezó a acariciarlo. Ella cerró los ojos, disfrutando del momento, y sintiendo el dolor que guardaba Candy, como si fuera propio. Por un momento pensó en cómo sería su vida matrimonial. Al principio se mostraría tranquilo y caballeroso, permitiendo que ella se acostumbrara a su presencia y a compartir la misma recamara, pero llegaría el momento en que tomaría cartas en el asunto y empezaría a conquistarla como ella se merece. No podrían tener más hijos y eso, aunque le dolía, no le importaba, lo único que quería era que Candy lo aceptara y llegaran a ser un matrimonio en toda la extensión de la palabra.
Candy se estremeció entre sus brazos. Tan perdido como estaba en sus pensamientos, no había reparado en que estaba acariciando los carnosos labios de la rubia. Ella seguía con los ojos cerrados y sus labios entreabiertos disfrutando de las caricias que él le prodigaba. Se fue acercando poco a poco, con lentitud hacia ella.
Candy aún con los ojos cerrados, supo lo que vendría a continuación. No había dejado de pensar en las palabras de Albert de que era joven para tener más hijos y el significado que encerraban sus palabras la llenó de emoción. Porque ellos se casarían y con nadie más podría tener hijos. Eso significaba que ellos tendrían la misma intimidad que cuando concibieron a Rose. Albert no solo la quería como la madre de Rose, sino como mujer. Y eso la animó a continuar en la misma posición, porque sintió que Albert se inclinaba hacia su boca.
Y los dos lo deseaban con toda su alma. Deseaban saborear el verdadero amor mediante un beso. Casi lo saboreaban, estaba a escasos milímetros de su boca cuando...
-¡Candy! ¡Te estamos esperando! – Kate y Dorothy entraron a tropel, sin importarles la obvia interrupción. Los rubios dando un brinco, se separaron apenados. Como dos adolescentes descubiertos por sus padres. - ¡Oh! Vamos William – Le dijo muy sonriente la esposa de George – Tendrás tiempo suficiente para eso esta noche.
Y sin decir más, sacaron a Candy de ahí. Ella solo volteo a verlo encogiéndose de hombros. Él se pasó con desesperación las manos por su rostro y exhaló un largo suspiro. Quien sabe hasta cuándo volvería a encontrar a Candy tan dispuesta como estaba y ese par lo habían arruinado. ¿Acaso no habían visto que estaba con él? Sonriendo a pesar de la frustrante interrupción, y la metida de pata pensando que Candy estaba embarazada, se fue a encontrar con George.
Todo lo que pasó durante el resto del día, fue como un sueño para Candy. Parecía que estaba dentro de una burbuja, y vivía a través de ella. Ahora, a escasos minutos para encontrarse con Albert, estaba sintiendo que las rodillas se le doblaban. Estaba más nerviosa que su primera vez frente a un fotógrafo y una cámara profesional.
Pero ahora supo ella, no solo eran nervios. Era la emoción y sentimiento. El gran amor que seguía sintiendo por Albert, no sabía si sería capaz de contenerse y no demostrárselo. Además, la excitación de algo que por fin se haría realidad, por lo cual había soñado desde que conociera a Albert.
Pero ahora su sueño se volvería realidad. Se casaría con el gran y único amor de su vida.
Observó el reloj y supo que era momento de bajar. Revisó de nuevo su vestido. Era de una sola pieza con escote halter dejando al descubierto los brazos, los hombros y la espalda. Se abrochaba por la parte posterior del cuello. Su cierre era de corsé y su aplique era de encaje adornado. Debajo de las caderas nacían capas de tul añadiendo plenitud y romance. Ese tipo de vestido era más que adecuado para ella por su buena figura. No llevaba velo, por ello su pelo lo llevaba recogido en un moño alto, combinado con una trenza de lado.
La mansión estaba decorada por rosas blancas y rojas. Orquídeas adornaban su cabello y formaban su hermoso ramo. Se casarían en el extenso jardín de la mansión.
Kate entró a la habitación.
-Candy, ¿estás lista?
-Sí.
Salieron al pasillo y Candy sentía el corazón a punto de salirle del pecho.
Albert la esperaba al pie de las escaleras, acordaron que caminarían juntos hasta donde el juez los esperaría. Ella se detuvo antes de bajar y lo vio de pie esperándola. Estaba platicando con Archie, de pronto recordó a sus amigos, Stear y Paty, sino estuvieran de luna de miel ellos también estarían presentes. Aunque conocía a los dos hermanos Cornwell, se llevaba mejor con Stear por ser casi de la misma edad, además que gracias a Stear le habían dado la oportunidad de modelar, pues él era fotógrafo profesional. Por eso no era de extrañar que siempre trabajaran juntos.
Sintió que la tomaban del brazo y miró a Kate a su lado, devolviéndola a la realidad. La esposa de George se adelantó a ella para llamar la atención de los presentes. Y lo consiguió.
Albert volteó hacia ella. Estaba tremendamente atractivo. Su traje negro, hacía resaltar aún más sus ojos color del cielo, la camisa blanquísima, contrastaba con su piel bronceada. Como siempre su pelo peinado de forma rebelde, la instaba a acariciarlo y sentirlo entre sus dedos.
Y de pronto le sonrió, y ella sintió que lloraría, pero esta vez de alegría. Nunca había notado que la sola sonrisa de ese hombre, le daba estabilidad a su vida.
Así que, con decisión, comenzó a bajar las escaleras. Al llegar a donde él, la tomó de la mano y le besó con delicadeza el dorso.
-Estás... hermosa. – Fueron las únicas palabras que encontró para describir la visión que tenía ante sí.
-Tortolitos, ya es hora. – George los interrumpió y todos empezaron a reír, por la cara que pusieron. Rosemary llegó corriendo para abrazar a sus padres.
-Los quiero mucho. – Albert la tomó en brazos para ponerla a la misma altura que Candy.
-Y nosotros a ti, mi amor. – Le contestó su mamá.
-Será mejor que salgan, sino quieren que el juez se canse de esperar. – Dijo Dorothy a sus espaldas. – Los tres asintieron y Dorothy se llevó a Rose para que caminara delante de sus padres, pues ella llevaba las argollas.
Albert le ofreció su brazo a Candy al mismo tiempo que todos salían al jardín para tomar sus lugares.
Al salir, Candy discretamente se pellizcó, todo parecía un cuento de hadas. Caminaron por un pasillo cubierto de pétalos de rosa.
Todo lo demás transcurrió entre lo que a Candy le pareció nubes de algodón. Pronunció sus votos matrimoniales y ni siquiera supo cómo los recordó. Llegó el momento de entregarse las argollas de oro y brillantes.
-Por el poder que me confiere el estado de Chicago, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Todos aplaudieron y Albert tomó con suma delicadeza la barbilla de Candy, quien levantó su mirada que mantenía en el piso evitando mirarlo a los ojos. Pero cuando lo hizo se sintió perdida, Albert la observaba con amor y devoción y algo dentro de ella le confirmó cuanto lo amaba. Quiso pensar que esa mirada de Albert era real y no imaginaria. Pero los suaves labios de Albert interrumpieron sus pensamientos.
Volvieron a sentirse en el cielo. Los dos respondieron al beso profundamente enamorados, ambos sabían que se amaban, pero las cosas del pasado y sus propias inseguridades, los hacían dudar de expresar sus sentimientos abiertamente.
Candy especialmente, estaba rebosante de felicidad. Rosemary interrumpió a sus padres y la abrazaron con los ojos llenos de lágrimas.
Candy solo deseaba y rogaba al cielo que aquella felicidad durara para siempre.
Lamentablemente todos los presentes ignoraban que su viaje a Lakewood los obligaría a descubrir el pasado que tanto dolor les había traído.
CONTINUARÁ...
Hola chicas, ¿qué les digo? De nuevo aquí, este capítulo está un poco editado, el que le sigue, es completamente nuevo, así que, ¡espérenlo! Y también para decirles que ya estoy terminando el siguiente capítulo de LVDMC y si Dios lo permite y si todo sale conforme a mis planes, la próxima semana estaré actualizando IDKYA, LVDMC, Y LQQDM. O sea, las tres historias que actualmente tengo sin terminar.
Gracias por el apoyo, la espero y reviews, mil gracias, de verdad. Nos seguimos leyendo.
Hasta la próxima!
