I don´t know you anymore

Capítulo 14

Por Lu de Andrew

OoOoOoOoOoO

Albert caminaba orgulloso por el salón llevando del brazo a su esposa. Esa noche era el baile tan esperado dentro de las celebraciones de aniversario de Lakewood. Candy, esa noche estaba radiante, en lo que llevaba de la semana, había demostrado ser una excelente anfitriona. Como mujer de mundo, podía entablar conversación acerca de casi cualquier cosa, sus socios, y más aún sus esposas; quedaron maravillados con la clase de persona que era a pesar de ser tan hermosa y famosa.

Por eso esa noche quiso que no quedara duda alguna acerca de lo orgulloso que se sentía al ser esposo de una mujer tan extraordinaria. Un evento particularmente especial porque se unían a los invitados y familiares, personajes del mundo de la política, deportes, y el mundo del espectáculo. La antiquísima familia Andrew celebraba el baile de aniversario de la fabulosa finca que fue construida a finales del siglo XVIII. El tiempo suficiente para volverse casi considerarla patrimonio cultural.

-Hay tantos invitados -dijo Candy para sí.

-Sí, este año mi tía se sobrepasó al invitar a tanta gente – comentó Albert con aire distraído. Afortunadamente para Candy, la tía a la que se refería Albert no era Elroy Andrew.

Se llamaba Martha Andrew, que había resultado ser una mujer agradable, cálida y extrañamente jovial y llena de vida a pesar de su edad. O tal vez fuera que Candy esperaba que toda la familia de Albert tuviera la misma actitud de Elroy, fría, rígida, estirada y manipuladora, la rubia se preguntaba si acaso se trataba de un gen recesivo, ya que los demás miembros de la familia la habían acogido al igual que tía Martha: con los brazos abiertos y felices de que un miembro más en la familia se hubiera saltado las normas al celebrar su boda relámpago. Y al saber que Candy era la verdadera madre de Candy, no pudieron más que sorprenderse, y sin hacer más preguntas respecto a la historia detrás de esa aseveración, lo aceptaron como si nada fuera de normal estuviera ocurriendo.

-Aunque debes aceptar que todo está saliendo bien, y hay suficiente organización – contestó ella saliendo de sus cavilaciones.

-Tienes razón. Mira – dijo señalando hacia un lado del gran salón – ahí están los Johnson, vamos a saludarlos.

-Candy, tienes que venir a recibir a un matrimonio que acaba de llegar. Ella se encarga de organizar galas benéficas y le prometí que mi nueva sobrina estaría encantada de conocerla – comento la tía Martha antes de que Candy pudiera responderle a Albert. Así que, esperar respuesta, se la llevó consigo dejando de lado a su sobrino. Y conociéndola como la conocía, Albert estaba seguro que tardaría un buen rato en recuperar a su esposa. Quería saludar a sus mejores amigos, pero sin Candy decidió irse al rincón más apartado y observarla de lejos.

La observó mientras acompañaba a su tía y llegaba con los recién llegados. Pudo ver cómo la mujer y Candy se abrazaban efusivamente, dando muestra clara que ya antes se conocían. Estuvieron platicando unos minutos hasta que Candy se separó de ellos para compartir algunos momentos con los convidados.

Se deslizaba por el abarrotado e inmenso salón como si flotara. Sonriendo, charlando con los invitados comprobando que estuvieran siendo bien atendidos. El vestido largo color plata que llevaba, resplandecía ante el menor movimiento de su cuerpo, ciñéndose como guante a su escultural cuerpo.

Era hermosa, sofisticada, maravillosa, buena madre, y…si seguía así, se le acabarían los adjetivos para seguirla describiendo, y parado ahí, mirándola sin discreción parecía…

-Pareces un hombre enamorado y me alegra que así sea. Es bueno que la familia ya no sea tan odiosamente tradicional, arreglando matrimonios por conveniencia, y se dejen llevar por los pensamientos tan arcaicos como esta mansión, o tu tía Elroy.

Albert observó con cariño a su tía y sonrió abiertamente ante su comentario.

-El problema es que hay demasiada historia detrás y no estoy seguro de cómo arreglar las cosas. La amo, no te lo voy a negar, pero nuestra unión no es precisamente una unión por amor, al menos no sé qué siente ella por mí.

-Es obvio que hay mucha historia detrás, hijo. El simple hecho de que sea la madre de Rose, a la que no conocimos hasta que tenía tres años, y que nunca supimos cómo llegó a tu lado, ya habla mucho de lo que hubo entre ustedes. Pero si de verdad la amas, y ella te ama como estoy segura de ello, saldrán adelante.

-Gracias tía – ella agitó la mano como restándole importancia.

-Te mereces ser feliz… Y ahora será mejor que vayas por esa linda esposa tuya y bailes con ella hasta la saciedad.

Martha le empujó suavemente, disuadiéndolo de acercarse a Candy y tal vez… bueno, tal vez pudiera llevarla a otro lugar y aprovechaba para robarle un beso. Algo que no había salido de su mente en los días anteriores, pero esa noche viendo a la hermosa mujer en que se había convertido, deseo más que nunca encontrarse a solas con ella.

Solo que al acercarse al lugar donde estaba, dos de sus primas platicaban con ella, así como la mujer que antes la había saludado. Tal parecía que nunca se cumpliría su deseo. Tomó una copa de vino de uno de los meseros que pasaba a su lado, en señal de resignación. Pero no escapó de la atención de una de sus primas que prácticamente chilló al verlo y corrió a su lado arrastrando a las demás con ella.

-Willy – lo llamó, colgándose de su brazo hablando sin parar –. Di que sí, sería maravilloso que Rose caminara al lado de Candy. ¿Te imaginas? Estaría esplendido.

-Hay sí, Will, por fa, ¿lo harás? ¿Darás tu consentimiento?

-Debb, Lucy, ni siquiera sé de qué están hablando, y ya saben que odio que me llamen Will; o peor aún Willy – les contestó a sus insufribles primas adolescentes. Al enterarse de quién era su esposa casi lo dejan sordo con los gritos que dieron de emoción, sufría de pensar que Rose se comportara así cuando tuviera su edad. Candy y la señora que ahora reconoció como Helen Parker, esposa de Arthur Parker presidente de la compañía ferroviaria, lo observaban divertidas. Candy caminó hasta él, y se apoyó en su brazo, y le sonrió conciliadoramente.

-Albert, ¿ya conoces a Helen Parker? – preguntó al borde de la risa.

-Ya, nos conocemos, Candy. Helen, un placer saludarte.

-William, estoy molesta contigo – la mujer ya entrada en años, le dio una mirada casi severa, la sonrisa se oía en su voz –. Nunca me dijiste que conocías a Candice, eso es imperdonable jovencito.

-Lo siento, Helen. ¿Hay algo que pueda hacer para compensarte? – sonrió mostrando ese lado cautivador que sabía ponía en jaque a las mujeres, y Helen no fue la excepción. En especial porque era un juego que mantenían la mujer y él.

-Podrías hacer algo, sí. Pero será mejor que te lo explique tu esposa con tranquilidad. ¿Por qué no me llevo a este par de jovencitas a dar una vuelta por ahí, y ustedes dan un paseo por el jardín? – Obviamente la mujer les estaba dando privacidad, y cumpliendo sus palabras y en contra de su voluntad se llevó a rastras a sus sobrinas.

-Pues será mejor que demos ese paseo en el jardín porque no aguantaré la incertidumbre de saber qué me quieren pedir – dijo Albert y ofreciéndole su brazo salieron a la tranquilidad de la noche.

-En realidad no es la gran cosa, Albert – comentó ella cuando llegaron al cenador frente a un hermoso lago –. Como bien sabes, Helen es la mejor organizadora de eventos benéficos del país, y cada año nos pide que participemos en un desfile para ayudar a alguna organización para jovencitas. Este año será para varias casas hogares que acogen a las adolescentes que han quedado embarazadas y, por cualquier circunstancia, dejan sus casas y no tienen lugar para vivir. Somos un grupo de modelos que desfilamos sin pago alguno, mostrando ropa de diseñadores locales. Así promovemos empleos y lo recaudado va para esos hogares.

-Entiendo. Vas a participar en ese evento, ¿es eso lo que tenías qué decirme?

-En realidad es referente a Rose.

-¿Qué es?

-Helen me comentó que hace un par de años te pidió permiso para que Rose participara en un pequeño desfile, y tú le dijiste que nunca permitirías que Rose hiciera algo así – Albert recordaba muy claramente esa ocasión. Había sido hasta un poco grosero con Helen pero porque ya sabía que Candy era modelo y odiaba todo lo que tenía que ver con esa profesión. Decidió que no comentaría nada.

-¿Y ahora quiere que Rose…?

-Quiere que desfile junto a mí, en ese evento. Y bueno, yo le dije que platicaría contigo. Te aseguro que es algo muy seguro, todo el tiempo estaré junto a ella, y cuando tenga que desfilar, podría quedarse contigo. Podríamos invitar a George y a Kate – dijo Candy con entusiasmo.

-Seria interesante, pero necesito saber cuándo será para programar mi agenda – contestó él un poco abstraído de la conversación. Había prestado atención a todo lo dicho por ella y consideraba una idea genial. Pero en cuanto sonrió entusiasmada se mirada se posó en sus labios y solo deseó cumplir su deseo.

Enseguida exhibió una expresión satisfecha…y después depredadora.

Candy sintió las piernas débiles, conocía esa expresión, Albert quería besarla. Los nervios invadieron su estómago y tembló.

-Tienes frío – Inmediatamente se quitó su saco y se lo puso sobre los hombros cubriéndola. Candy bajó el rostro que estaba muy arrebolado y no quería que él la observara en ese estado. Tal vez solo eran imaginaciones suyas y solo haría el ridículo. Porque ella quería que la besara. Pensar en besarlo la mareaba –. Deja de pensar – dijo él al verla con el ceño fruncido.

-No estoy pensando –. Menos mal que no se dio cuenta de…lo otro.

-Lo estás haciendo, te conozco muy bien – tomó su barbilla y la obligó a mirarlo.

Antes de que pudiera detenerse, cerró los ojos e inhaló su magnífica esencia. Un suspiró de placer escapó de su boca y ella se acomodó contra él en un ajuste perfecto. Todo de él la rodeaba. Era maravillosa la agradable sensación de estar en brazos del hombre que sería el amor de su vida.

La boca de Albert rozó la suya, y Candy se derritió contra él. Su boca se movió de forma más consciente, y el mundo dejó de girar sobre su eje y dio vueltas como un balón perdido. Un suave sonido de aprobación de parte de él la atravesó e instantáneamente levantó los brazos a sus hombros. El beso aumentó el anhelo mutuo. Él pasó la lengua por su labio inferior y ella entre abrió la boca dándole una cálida bienvenida. Profundizaron el beso y se reconocieron, fue un beso distinto, porque demostraba la vehemencia con la que deseaban estar juntos, sin barreras entre ellos. Sin secretos.

Después de varios minutos que bien pudieron haber sido horas, ella se separó de él. Aun no se sentía lista para decirle la verdad de su pasado, pero sentía que, al menos esa noche, en la obligación de aclararle algo. Albert sonrió con un extraño brillo en los ojos. La abrazó e inhaló su frescura, se sentía maravillosamente relajado. En ese momento, podría haber una hecatombe y el moriría con una sonrisa tonta en el rostro.

-Eso fue… - habló con voz ronca.

-¿Extraordinario? – preguntó Candy con su voz sofocada por el pecho de Albert donde descansaba su cabeza.

-Y más…

El silencio los envolvió dándole a Candy la oportunidad de hablar. No podía mirarlo a los ojos, así que aprovechó la postura en la que estaban.

-Albert, hay algo que debes saber. Y por favor, no me interrumpas.

-¿Qué pasa? – Quiso separarse de ella, pero Candy simplemente se aferró a él y no se lo permitió.

-Nunca dejé a Rose porque me estorbara. En esos momentos ni siquiera sabía qué iba a ser de mi futuro, solo pensé que ella estaría mejor contigo. Yo no tenía trabajo y ella estaba enferma, lo único que se me ocurrió fue llevarla contigo, tu no la dejarías abandonada.

-¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me dejaste que te ayudara?

-Estabas casado y no quería causar más problemas en tu matrimonio de los que seguramente te causaría la presencia de Rose. Solo deseaba que estuviera protegida.

-¿Por qué no regresaste por ella?

-Después de caminar unas calles más allá de tu casa, pensé en regresar por ella. Pero no pude, colapsé sobre el asfalto, Stear y Paty me ayudaron. Estuve hospitalizada un tiempo y después estuve en casa de los O´Brien recuperándome. Ya habían pasado un par de meses cuando estuve mejor de salud, en esos momentos comprendí que no podía regresar como si nada, a irrumpir en tu vida nuevamente. Así que Stear me contrató como su ayudante, lo hice por un año, hasta que, en una ocasión, por casualidad me encontré posando para una cámara… el resto es historia. Pero nunca dejé de estar al pendiente de ella, aunque no lo creas siempre supe de ella.

-Te creo. Y también comprendo tus razones, pero no debiste alejarte así, y menos hacerme creer que te importaba nada nuestra hija. ¿Sabes que te desprecié durante mucho tiempo?

-Lo imagino – contestó ella con la voz entrecortada.

-¡Oh, por Dios! No llores, por favor – suplicó levantando una vez más su rostro hacia él. Su voz compasiva al darse cuenta de las lágrimas contenidas hizo que ella por fin se soltara del abrazo y se separaran un poco.

Ella negó con la cabeza, y lo miró. Albert pudo ver la tristeza a través de su mirada esmeralda, la atrajo hacia sí y la abrazó, ella correspondió el abrazo y se permitió llorar un poco. Se habían olvidado por completo de la fiesta, nada más importaba salvo el momento tan especial que estaban viviendo. Él no se había imaginado que Candy pudiera hacerle esa confesión, y agradeció el hecho. Ahora venía la pregunta que moría por hacerle.

-Candy, ¿Por qué te fuiste?

Ella supo a qué ocasión se refería, y también sabía que ya no era posible seguir ocultando la razón de su desaparición.

-¿Podemos sentarnos?

Asintiendo, él la condujo hasta un banco cercano y ambos se sentaron. Ella solo veía sus manos, estaba nerviosa, notó él. Por ello no la presionó y le dio tiempo para que sintiera la confianza suficiente para poder comenzar a hablar.

-Cuando te fuiste a Escocia, yo me quedé desolada, pero ten por seguro que tenía planeado esperarte, te lo prometí. Yo en ese entonces no sabía que estaba embarazada, solo…

-¡Así que aquí están, tortolitos! – interrumpió George, animadamente, ignorando la plática que mantenían los rubios. Albert lo miró con obvia desesperación y se puso de pie tratando de disuadir a su amigo para que los dejara solos, pero George siguió hablando –. La orquesta lleva minutos esperándolos, los anfitriones tienen que abrir el baile.

Candy pareció recordar de pronto en dónde estaba, y se puso de pie como resorte. No vio a nadie a los ojos, porque no quería que George se diera cuenta que había estado llorando y seguramente tenía los ojos inflamados.

-Si me disculpan, debo ir al tocador – pasó a su lado como vendaval y corrió a la entrada trasera de la casa. Albert la vio desparecer y su frustración aumentó.

-¡Rayos, George! ¿No podías haber sido más inoportuno?

-¿Qué hice?

-Candy estaba a punto de hablarme de la razón por la que me dejó – se desplomó sin reparos sobre el mismo lugar donde había estado sentado con Candy.

-Lo siento, hermano. Créeme que pensé todo, menos interrumpirlos en algo tan crucial – se sentó junto a él, palmeándole la espalda. Albert le dio una mirada risueña, relajando un poco.

-¿Pensaste… todo? – preguntó sonriendo.

-Bueno, no todo, pero… ¿sabes? Será mejor que regresemos a la fiesta y bailes con tu esposa. Tal vez puedan terminar su plática después – dijo poniéndose de pie –. Anda, vamos.

Resignado, Albert lo siguió, quiso pensar que después terminaría su plática con Candy, pero sabía que era difícil que ella se encontrara dispuesta a hacerlo. La vulnerabilidad que la invadió en ese momento había sido la clave para que ella hiciera su confesión. Y él, aunque lo lamentaba, sabía que al menos ella ya le había aclarado un poco de lo que pasó cuando dejó a Rose. Solo esperaba que algún día confiara completamente en él.

Minutos después, Candy entró al salón y se encontró con él luciendo tranquila, no había rastro de su llanto y su peinado estaba perfecto. Solo la sonrisa tímida que mostró cuando abrieron el baile, le dio a entender que recordaba el beso que habían compartido en el cenador.

Bailaron toda la noche, y casi no se separaron durante todo ese tiempo. Eran las dos de la mañana cuando despidieron a los invitados. Algunos se alojaban en la misma mansión que ellos, otros en la casa para huéspedes que estaba en la parte norte de la propiedad, lo suficientemente grande como alojar a cincuenta personas. Otros, los invitados que solo habían asistido para el baile y la cena, partieron a sus hogares en la ciudad. Candy y Albert no compartían habitación, dormían en la habitación principal compartida, se comunicaban por una puerta entre ambos vestidores. Siendo una construcción del siglo XVIII y según la costumbre de esa época, los esposos no dormían juntos, de ahí la existencia de esa habitación.

Caminaron en el pasillo solitario, una a lado del otro, en completo silencio. Un silencio agradable, venían de ir a comprobar que Rose estuviera tranquila, descansando junto a los hijos de Mary, habían comido helado y palomitas mientras veían una película, antes de caer rendidos. El día de mañana les esperaban actividades diseñadas especialmente para entretener a los niños que habían asistido con sus padres.

Entraron juntos en la recamara de ella, era la costumbre que habían adquirido desde el primer día en Lakewood. Él caminó con lentitud hacia la puerta que lo llevaba a su habitación, pero antes de entrar, se dio la vuelta sorprendiéndose de encontrar a Candy junto a él. Sin pensarlo siquiera, tomó su rostro y acercó su boca a la de ella. Ella no se retiró, como él pensaba que haría, sino que se aferró a sus hombros, permitiéndole profundizar el beso.

Cuando se separaron, ambos se miraron a los ojos, Albert quería que ella le invitara a quedarse. Ella tendría que dar el primer paso, de esa manera le demostraría que estaba confiando en él y que, tal vez, pudiera quererlo un poco. Ella retrocedió un poco y bajó la cabeza.

-Hasta mañana, Candy. Estuviste estupenda esta noche…y la más hermosa de todas.

Abrió demasiado lento la puerta, dando tiempo para que ella lo llamase. Aunque comprendía su reticencia, y no la presionaría. Cuando estaba justo en el umbral, la volteó a ver.

-Y gracias por la confesión acerca de Rose, de esa forma te puedo comprender un poco más.

-Te lo debía… y ¿Albert?

-¿Sí?

-… Nadie más me había besado en todos estos años… - Albert sonrió ampliamente mientras procesaba esas palabras y cerró la puerta tras de sí.

No, no pasaría la noche con ella, pero la confesión que de nadie más la había besado le dio la seguridad de que iba por buen camino. Un sentimiento de pertenencia lo invadió mientras se preparaba para dormir, la sonrisa nunca abandonó su rostro, Candy siempre había sido suya.

Siempre.

.

.

CONTINUARÁ...

Bueno, un respiro para ellos. Y confesiones inesperadas. ¿Qué piensan? ¿Creen que Candy debió insistir en decirle a Albert el motivo de su desaparición.

Perdón, quería actualizar antes pero, me puse un poco malona, jajajajaja. Y ahora aproveché que me siento un poco mejor.

Gracias por su apoyo. Espero que este capi les guste, ya no faltan muchos capítulos...

Y las dejo, porque de plano escribo unas letras por otras, jajajaja. Mi cerebrito está cansado, así que si encuentran algo mal escrito, ya saben a qué se debe.

Las quiero!

Hasta la próxima!