Al día siguiente, Tsuki no tenía ganas de levantarse. Miro al techo un buen rato, sin moverse entre sus sábanas.

Lo ocurrido el día anterior parecía seguir mermando en su corazón, posiblemente por la desesperanza que empezó a florecer dentro de ella. Había vivido con miedo por toda su vida y de alguna forma pensó que está vez sería diferente. Al parecer tendría que seguir haciendo lo que siempre hacía.

No quería moverse ni hacer nada ese día. El calor de Kurama en sus piernas la invitaba a quedarse todo el día ahí si era preciso. Ni siquiera respondió de inmediato al llamado de su madre. Definitivamente no tenía humor.

Sin embargo, no debía seguir así. Su madre hacía de todo para mantenerlas ocultas y seguras. Lo mínimo que debía hacer era cuidar de la torre para que fuera un buen lugar al cual llegar.

En cuanto sintió los pasos de su madre por la pequeña escalera que separaba la sala de las habitaciones, salió de su futón y empezó a recogerlo. Tomó la almohada y empezó a buscar entre sus yukatas para cambiarse de ropas.

Se concentró tanto en hacer la tarea de atarse el obi que no escuchó a su madre hablarle hasta que ella le tocó el hombro.

-Tsuki, ¿No me escuchaste?

-N-no, perdona madre, ¿Me decías?

-Te comentaba que luego de desayunar saldré al huerto, para recoger algunas cosas.

-Ah, e-está bien. ¿Podrías aprovechar de bajar con Kurama? Así se refresca un poco.

La mujer asintió, indicando que bajara luego para empezar pronto sus deberes. Kurama se estiro un poco y en cuanto Tsuki salió de la habitación, la siguió.

Desayunaron y Kaguya tomó sus herramientas para recoger los productos, junto a su capa y una cesta. En ella se metió Kurama, acomodándose y mirando desde su posición a Tsuki. Ella solo sonrió al verlo, recogiendo parte de su cabello para que su madre se preparara y descendiera con él.

-Te veré más tarde, florecilla.

Tenía que aceptar que así sería su vida.

-Aquí te espero, madre. Hasta luego.

Se esforzó porque su madre llegara segura a tierra y le hizo un gesto de despedida al verla por la salida de su escondite.

Miro hacia el cielo, por donde se encontraba con los muros rocosos y suspiro.

Así sería su vida.

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La adrenalina que sentía era inmensa mientras se deslizaba por los techos de las edificaciones. Salto de un pilar a un edificio con orilla circular con destreza. Una vez ahí espero a sentir que sus compañeros caían seguros para continuar.

Suigetsu y Juugo le aseguraron que este trabajo sería entrar y salir. Nada de qué preocuparse más que de hacerse ricos.

Pero en definitiva no era sencillo.

Subir y transportarse por esas superficies sin ser detectados era complicado, considerando además que si daban un paso en falso, caerían, hiriéndose en el camino y encima serían arrestados.

No, esto debían hacerlo bien. Por ello usaba el ropaje adecuado.

La libertad que le daba poder usar un uniforme de shinobi le encantaba, así la ropa no le entorpecía al trepar y saltar de un lugar a otro. Ojala hubiera podido conseguirse uno hace tiempo, pero debía admitir que no eran fáciles de robar. Fue una suerte hacerse de uno para el robo de aquel día.

El día que robarían la diadema de la princesa perdida.

El chico rubio no podía quitarse la sonrisa del rostro. Si todo salía bien, no tendría de qué preocuparse en mucho tiempo.

Se orillaron con cuidado, mirando hacia abajo, esperando que un grupo de guardias pasaran.

-Wow,-Exclamo el chico, cuando levantó la vista, mirando al horizonte.-Podría acostumbrarme a esta vista.

-Oye idiota, ven acá.-Le susurró uno de sus compañeros, impaciente.

-Espera...Sip. Lo decidí. Chicos, quiero un castillo.

-Con este trabajo, podrás obtener los castillos que quieras. ¡Ahora-Dijo mientras lo tomaba del cuello- ven aquí y hazlo!

Le ataron un cordel en el cinturón y se aseguraron de que estuviera firme en el otro extremo. Entre ambos empezaron a bajarlo, a una velocidad cautelosa; lo suficientemente rápida para realizar el robo eficientemente, pero lenta para no dejar caer el peso de forma estrepitosa.

Al ir descendiendo, el chico la vio, brillante y plateada, con piedras preciosas de un valor incalculable, que en su vida habría podido tocar.

La diadema estaba rodeada de guardias, observando que nadie entrase sin previo aviso. Sin embargo, tal como su fuente de información le aseguro, ninguno le echaba un ojo al techo.

De repente, un guardia estornudo, poniéndolo en estado de alerta. Pero no hubo reacción, ni siquiera cuando tomó la diadema o cuando la guardo en su bolso.

El chico no pudo evitar sonreír. Casi ríe a carcajadas al escuchar como el guardia estornudaba otra vez.

-Aah ¿Alergia de primavera? -Le dio al guardia

-Aja.

De un momento a otro se percataron.

-¿Pero que-

Muy tarde, claro está, pues el chico ya había sido jalado hasta el techo, dejando un eco de risas detrás de él.

Para cuando los guardias se reagruparon a buscarlos, el grupo de ladrones ya estaba dejando el puente que conectaba la ciudad principal con el resto del reino.

-¿Pueden imaginarme en un castillo propio?-Gritaba el chico rubio mientras corrían-Pues definitivamente yo puedo. ¡Todo lo que hemos visto y apenas son las 8 de la mañana! Caballeros, hoy es un día muy especial.

Corrieron lo más rápido que pudieron, aprovechando al máximo el tiempo de ventaja antes que los guardias empezaron a detectar su paso. Atravesaron un camino para luego adentrarse entre los árboles.

Luego de unos buenos kilómetros alcanzados se detuvieron a tomar algo de aire.

Y ahí fue cuando lo vio.

"Namikaze Menma . Vivo o Muerto. Recompensa inmediata."

Un cartel con su cabeza siendo buscada por los crímenes acumulados. Y peor aún.

-No no no no. No puede ser.- Decía el chico mientras arrancaba uno de los carteles con sus manos.-Es imposible. Oigan ¿Así no luce mi nariz o sí?

Su cartel contenía un dibujo de él, cabello disparatado y una sonrisa de mejilla a mejilla, decorada con una nariz torcida que no mejoraba para nada su aspecto.

-Ay, Namikaze, no seas idiota.-Le respondió Suigetsu, irritado.

-Es fácil para ti decirlo. En su cartel salen perfectos.-Decía mientras miraba con detalle los carteles de sus compañeros. Un joven con una sonrisa malévola y otro musculoso a su lado, con mirada perdida.

Sus rasgos eran muy acertados. Pero a él le tocaba tener esa nariz torcida.

Quién haya hecho la pintura de veras lo detestaba.

Sintió de repente como era agarrado por sus compañeros, escondiéndose en un arbusto, mientras Suigetsu exclamaba "Cuidado!"

Eran los guardias del castillo, cerca de ellos y buscándolos con el equipo de perros de los Inuzuka. Se congelaron, esperando que aquellos perros tan grandes no escucharan algún ruido o sintieran su olor, pero en un movimiento el perro del capitán lanzó un ladrido y empezaron a bajar en su dirección.

Era hora de seguir corriendo.

Corrieron con toda la fuerza que les dieron sus piernas, hasta que tuvieron que detenerse abruptamente. Un muro de piedra estaba frente de ellos, el cual era difícil de rodear sin perder tiempo.

-Bien chicos, no desesperen. Ayúdenme a subir y desde arriba los jalo hacia mí para seguir.-Exclamó el rubio con seguridad. Los otros se miraron.

-Danos el bolso primero.-Respondió Suigetsu.

-¿Ah? ...Yo no puedo...No puedo creer que después de todo este tiempo, después de todo lo que hemos pasado, no crean en mí.

Los otros dos miraron incrédulos.

-Auch.- Dijo dolido mientras se sacaba el bolso y se lo pasaba a Juugo, quien afirmó con su cabeza, se cruzó el bolso y se adelantó para ser la base para una escalera humana.

Menma subió último, alcanzando los hombros de Suigetsu, para finalmente abrirse paso en la cima del muro de piedra y tierra.

-¡Hey! Ahora ayúdanos a subir, idiota.- Dijo Suigetsu mientras extendía su mano.

-Lo siento.- Les respondió mostrándoles el bolso.- Mis manos están llenas.

-¿Qu- QUE?- Grito Suigetsu, a la vez que Juugo se miraba el cuerpo, con una expresión de total sorpresa.- MENMAAAAAAAAAAAAAA MALDITO IDIOTAAAAA

El chico continuó corriendo entre el bosque, hasta que vio a lo lejos a los perros de los Inuzuka, cuyo perro principal en milisegundos lo avistó, suficiente tiempo para ir tras él.

-¡Hay que recuperar la diadema, a cualquier costo!-Gritó el capitán durante la persecución. Era Kiba, el joven primogénito de los Inuzuka, quienes tenían la labor de cuidar personalmente a la familia real.

Por su parte su perro, Akamaru, ladró a los otros perros lo que parecía ser una orden similar, a la cual le respondieron con ladridos.

Kiba apunto con su ballesta hacía la cabeza el ladrón, como señal a sus soldados para que hicieran lo mismo. Disparó y el resto lo imito, volando a la dirección de Menma cerca de 10 flechas.

El rubio, que vio una rama levantada en su camino, se agachó para pasar por debajo, acción que le salvo de tener más de una flecha en su cabeza. Miro hacía atrás agitado, levantándose lo más rápido que pudo y seguir algún camino que lo alejara.

Se deslizó por terrenos en declive, camino en zigzag y salto un pequeño árbol, con una certeza y rapidez en sus movimientos digna de un ninja, logrando evadir y dejar una gran cantidad de soldados detrás de él. Sin embargo, Kiba y Akamaru le siguieron el ritmo.

-¡Lo tenemos ahora, Akamaru!-Grito Kiba con seguridad, preparando su ballesta para disparar una vez más.

Con el miedo llegando a sus piernas, el joven ladrón no veía ninguna salida, pues tenía al perro en sus talones y a un soldado a punto de dispararle. De repente, vio lo que parecía ser una liana en su camino y no lo dudo. La tomo y se elevó de un salto, aprovechando el declive de esos terrenos, rodeo un gran árbol y en cuestión de segundos logró sacar a Kiba de una patada de su asiento.

Se agarró del lomo de Akamaru, el cual no paraba de correr, y agito las riendas, para que se apresurara.

Pero el perro no era ningún animal ingenuo. Se detuvo tan rápido al notar que era Menma, que casi lo deja caer estrepitosamente al suelo.

-¡Oye! ¿Qué esperas pulgoso? ¡Avanza!.- Le grito al perro, que lo miraba furioso. Al notar el bolso, donde debía estar la diadema, intento quitárselo de un mordisco, a lo que Menma reaccionó asustado.-¡No! Ni se te ocurra. ¡Quieto! ¡Quieto te digo!-Pero el perro no se detenía, a cada intento de quitarle el bolso, avanzaba dando círculos a la vez. -¡Dame eso! ¡DAME-

En un movimiento rápido, el ladrón soltó el bolso, el cual voló por los aires, cayendo a un acantilado. Quedo frágilmente colgando de una rama, que aparecía por suerte, en la orilla del mismo.

Menma y Akamaru se miraron, para luego intentar adelantarse uno del otro y alcanzar el bolso. Akamaru empujó al joven, corriendo a la orilla, quien a su vez se agarró de una de sus patas haciéndolo caer. Justo cuando iba a acercarse, Akamaru le mordió uno de sus pies para que tropezara, saltando hacia la parte gruesa de la rama, con cuidado. Menma salto arriba del perro grande, agarrándose de su cuello, quien al sacudir su cabeza lo deja caer en la rama. Aprovechándose de esto, el ladrón avanzo a la orilla de la rama, con Akamaru a la vez, para deslizarse por ella y alcanzar el bolso.

-¡Aja!.- Dijo mofándose del perro.

CRAC

Los dos miraron hacia la orilla del bosque, viendo horrorizados como la rama cedía al peso de ambos.

La rama cayó al vacío con ellos agarrándose de ella como pudieron, gritando de susto al unísono.

Chocaron con una gran roca en su camino, separando a ambos.

Akamaru logró caer sobre unas ramas y suavizo la caída corriendo por el declive de la zona, dejándose caer una vez que la velocidad disminuyo.

Bufo con decepción, aunque rápidamente se levantó para continuar la búsqueda del ladrón.

Tomo un trayecto de su aroma y se detuvo al llegar hasta unos árboles. Al intentar acercarse para detectar la esencia del ladrón, se desvío, pues al ser arboles limoneros, le causaba repulsión olfatearlos.

Menma se asomó desde uno de ellos, suspirando con alivio una vez que vio al animal irse por otro lado.

Se miró los brazos algo heridos. Al intentar guiar la rama en su caída, para que recibiera todo el impacto, rozo con mucha fuerza su gruesa superficie. Tuvo suerte que cayó con ella como deslizador, sino probablemente estaría muerto o muy malherido.

Hasta cierto punto no podía creer la velocidad con la que tuvo que actuar para que ese perro no lo viera. Seguramente pronto notaría en su cuerpo el resto de las consecuencias de las acrobacias que tuvo que realizar.

Se adentró al pequeño campo de limoneros, preguntándose quien los tendría ahí, sin una cabaña cerca, de personas que lo cuidasen. Podría creer que eran de crecimiento salvaje, pero estaban particularmente agrupados, como si deliberadamente los hubieran puesto ahí.

Camino un rato hasta encontrar un muro de enredaderas. Pensando el buen escondite que sería, las removió para usarlas, a la espera que el perro se fuera.

-Pero qu-Se sorprendió al ver que no había nada detrás de ellas. Escucho a lo lejos un ladrido de Akamaru y sus patas cerca, por lo cual se metió detrás de las ramas y se apretó contra una piedra cercana, esperando que el perro no lo detectara.

Sin embargo, Akamaru no se acercó a donde estaba, desviándose a otra dirección, disuadido de nuevo por el olor de los limones.

EL ladrón suspiro, notando delante de él un hilo de luz, de un lado opuesto a las enredaderas. Camino hacía allí, mirando sobre su hombro, temeroso de que aquel perro lo siguiera.

En cuanto volvió su cabeza adelante, se sorprendió.

Una torre escondida.

Dudo. Podría haber personas ahí. Mas echo un vistazo a la ruta que llevaba a la torre y no se veía como si alguien la frecuentara. Parecía bastante inmaculada.

Escucho otra vez un ladrido de Akamaru a lo lejos, lo que lo obligo a apresurar su paso.

Al alcanzar las faldas de la torre, observo el mejor ángulo para escalar a la ventana que estaba abierta. Metió su mano al estuche portátil que ese traje traía, sacando de ella una kaginawa.

Se felicitó a si mismo por su precaución, sonriendo ante el recuerdo del tonto de Suigetsu regañándolo por cargarse de tantas cosas.

Dio unas cuantas vueltas a la parte del gancho y lo elevo con fuerza, para que se enterrara lo más alto que pudiera.

Con la cuerda que tenía solo le daba para más la mitad de la torre, el resto tendría que escalarlo, afirmándose con el gancho.

Una vez en la mitad, saco una pequeña kama, para ayudarse con ambas manos.

Subió y subió, sintiendo como el hastío llegaba a su cuerpo. Aún así no se detuvo, hasta llegar a la ventana.

Se dejó caer a través de ella y mientras guardaba sus herramientas cerró las puertas.

Se quedó en silencio un momento y luego pego un salto, feliz, emitiendo una carcajada.

Lo había logrado, se había hecho de un gran botín para al fin dejar de robar. AL menos por un buen tiempo.

Abrió el bolso, observando la diadema.

-Juntos al fin…

Y luego de un fuerte ruido y un gran dolor, todo fue negro.

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Agradezco mucho los reviews que me han dejado. A pesar de que me atrase bastante en actualizar, espero que les guste como realice la escena de Naruto.

Espero también que entiendan la razón de porque lo llame menma namikaze. Pero creo que sobra dar explicaciones por aca ;)

Como saben, la historia de enredados la adapte un poco al escenario nipon, por lo tanto agregue elementos de dicha cultura.

Kaginawa: es literalmente gancho + cuerda (kagi+nawa). Era una herramienta en el japon feudal, que ocupaban samuráis, sus criados, soldados y ninjas.

Kama: es un arma, tradicionalmente perteneciente al kobudo japonés, basado en un diseño para campesinos. Es como una hoz pequeña.

Proximamente, el encuentro mas esperado por latinoamericaunida

Hasta luego!