I don´t know you anymore
Capítulo 15
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoOoO
Candy arropaba, con una sonrisa tatuada en el rostro, a su amada hija. Se le hacía como un sueño que ya tuviera más de dos semanas casada con Albert, que las celebraciones del aniversario de Lakewood ya hubieran terminado, que todos los invitados hayan quedado impresionados ante su presencia y que su hijita por fin hubiera disfrutado de jugar con quien ella deseara; en ese caso, los hijos de Mary.
Y finalmente esperaba que las cosas entre Albert y ella repuntaran, sabía que tenía que hablarle con la verdad de su desaparición años atrás. En especial, ante la llegada inesperada de la odiosa tía Elroy. Creía que se había librado de su presencia, al menos durante toda la celebración a lo largo de la semana, la tía de Albert no se había aparecido, y ahora…algo le decía que su presencia traería un mal augurio. Aunque con lo feliz que se sentía, podía pasar un tornado y a ella le parecería solo un poco de viento. Así que, por primera vez en su vida, no se lo tomaría tan trágicamente, ahora tenía a su salvador personal, su Albert.
Comprobó que todo en la habitación de Rose estuviera cerrado y ella bien arropada junto a "Clint" su osito de peluche que nunca soltaba y que ella le comprara antes de dejarla en casa de Albert.
Caminó entre las penumbras del pasillo y entró en la habitación principal, que era donde había dormido durante toda la semana. Ella y Albert no dormían en la misma habitación. Incluso en Chicago pasaba lo mismo, tal parecía que Albert le quería dar su espacio. O tal vez ella estaba haciendo castillos en el aire.
Entró en la habitación igualmente a oscuras y caminó hasta la lámpara de noche, no tenía caso encender más luces, solo se cambiaría y dormiría en esa amplia y fría cama. Sin perder más tiempo, se dispuso a desabrochar la hilera de botones que contenía su vestido, el cual, por cierto, había dejado a Albert con la boca abierta. Algo que a ella le había gustado, tal vez demasiado.
Pero un grave carraspeo le detuvo de su tarea. Con un poco de miedo miró hacia el lugar de donde había provenido el sonido. En la esquina de la habitación, sentado en un sofá y en un lugar donde le daba poca iluminación, estaba el ocupante de sus pensamientos.
-¡Albert! – Estaba tan fresco, confiado seguro de sí mismo con una pierna cruzada y una sonrisa pícara en su rostro que Candy solo atinó a tomar un cojín y cubrirse la parte que de su cuerpo que había dejado al descubierto. Aunque su reacción principal hubiese sido arrojárselo en la cara y borrarle esa sonrisa del rostro. - ¿Me quieres decir qué haces aquí? – Preguntó roja de vergüenza.
-Olvidé decirte que con la tía Elroy en casa, desde hoy tendré que dormir aquí. No sé a qué vino, pero hasta que lo averigüe, no pienso darle de qué hablar. No quiero que empiece a correr el rumor de que dormimos en cuartos aparte… - La observó un momento y Candy supo que tenía razón.
-Bien. – Se dio media vuelta y abotonó nuevamente el vestido. – Pero podrías haberme avisado desde que me viste entrar, casi me matas del susto. – Por no decir, la vergüenza, el nerviosismo, el temblor de piernas y un escalofrío que sintió por todo su cuerpo al sentir la mirada de Albert sobre ella.
-Bueno, lo siento, la verdad es que estaba un poco adormilado. Y cuando abrí los ojos, por un momento pensé que por fin se había hecho mi sueño realidad, y alguien había decidido regalarme mi show privado de striptease.
Candy abrió desmesuradamente los ojos. Y cuando volteó furiosa para reclamarle, vio que solo le estaba tomando el pelo. Así que, con el vestido en su lugar, tomó el cojín y se lo lanzó directo a la cara.
-¡Oye! Solo era una broma. – Se defendió él.
-¡Pues ve a bromear a la más vieja de tu casa! – Contestó enojada.
-Mi tía ya está dormida, Candy, no creo que le agrade que la despierte para gastarle bromas. – Ella entrecerró los ojos y empezó a reír.
-Eres imposible.
-Y tú eres un amor cuando te enojas.
-Albert, no…
-Me daré un baño. – Se levantó del asiento y entró directo al baño impidiendo que Candy continuara con sus reclamos.
En cuanto su amplia espalda desapreció de su vista, soltó el aire que estaba conteniendo. Se sentó sobre la cama e inicio su modo zombi. Como autómata tomó un libro que tenía sobre su mesa de noche y lo empezó a hojear, solo que su vista la mantenía sobre la puerta del baño recién cerrada. Pasaron varios minutos, hasta que dio un respingo al escuchar la puerta del baño abrirse.
Y entonces lo vio.
Salió ante ella con todo su torso desnudo, por no decir su cuerpo al que solo cubría una toalla sobre su estrecha cadera. Con otra se secaba su cabello, el movimiento hacia que se marcaran con énfasis sus fuertes músculos. Candy quiso recorrer con la vista ese cuerpo perfecto y bien esculpido, pero prefirió centrarse en su rostro, no le convenía ir más allá.
Afortunadamente, se adentró en el espacioso closet que les permitía tener privacidad el vestirse. Solo que al salir no cambió demasiado. Solo llevaba puesto un pantalón de pijama, con el torso desnudo, aún. Y por lo que ella pudo darse cuenta así pensaba pasar la noche.
-Espero que esté muy interesante tu libro. – Le habló Albert desde el lado contrario de la cama.
Y cuando ella volvió a la realidad, se dio cuenta que él llevaba minutos llamándola.
-Lo siento, ¿qué decías?
-Que espero que estés disfrutando de tu lectura.
-¡Oh! Por supuesto. Es…muy interesante.
-¿De qué trata? – Y sin esperar a que ella respondiera, se acercó a ella y tomó el libro que sostenía Candy. – Vaya, un libro por demás interesante. – Comentó sarcásticamente una vez que viera el título.
Candy miró con horror el libro que descansaba sobre su regazo. No tenía ni idea de qué trataba. "El rey pico de tordo". Genial, tenía que ser uno de los libros favoritos de Rose. ¿No podría haber tomado un libro de filosofía, aunque no le entendiera ni una sola palabra?
-Es interesante porque quiero saber por qué a Rose le gusta mucho. – Sí, ahora parecía una idiota. Lo peor de todo es que él lo sabía.
-¿Piensas crear un foro de discusión o algo así? – Sonrió de medio lado haciendo que el corazón de Candy latiera tan fuerte que pensó que él podría escucharlo.
-Me voy a dar una ducha. – Con toda la dignidad que pudo recoger después de ser descubierta observándolo como "una mirona maliciosa", se refugió en la seguridad del cuarto de baño.
Una ducha fría era su favorita, pues la mantenía alerta. Pero en esa ocasión optó por una ducha caliente. Quería estar muy relajada para que el sueño llegara a ella pronto y no obsesionarse con la presencia de Albert. Al menos no lo creía capaz de querer dormir en la misma cama. Seguramente dormiría en el sofá que había en la habitación. Ese pensamiento la tranquilizó, y sonrió confiada ante el espejo. Solo se aplicó un poco de crema corporal y facial, con eso bastaba. Y decidió vestir un camisón holgado no quería usar alguno de esos camisones demasiado sexis y que él pensara que lo quería seducir. Eso la hizo sentirse segura y tranquila.
Sentimiento que se esfumó cuando al salir, Albert ya estaba recostado a un lado de la amplia cama observando la televisión.
-¿Qué haces ahí? – Preguntó ofuscada.
-Viendo el canal de noticias. – Contestó como si nada.
-¿Vas a dormir en la cama?
-¿Quieres que duerma en el sofá? Candy, ni siquiera tú puedes dormir ahí. – Volteó a verla y cuando lo hizo, deseo no haberlo hecho. Se veía simplemente maravillosa. El pelo cayéndole delicadamente sobre los tersos hombros, un brillo en la mirada que se había acentuado con el pasar de los días, y su cuerpo…aunque el camisón no era nada atractivo, ella simplemente se veía espléndida.
Mientras ella algo enfurruñada y murmurando cosas por lo bajo se acomodaba bajo el edredón, él no le quitaba el ojo de encima. Le dio inmediatamente la espalda y se acercó todo lo que pudo a la orilla de la cama. No sabía cómo dormiría esa noche si es que lo hacía, pero no tocaría a Albert para nada.
Al cabo de algún de tiempo, escuchó que él apagaba el televisor. Se quedaron quietos y el silencio de la noche se hizo casi molesto. Y al parecer él no podía dormir igual que ella. Solo que, al contrario de ella, él no dejaba de moverse de un lado a otro. Pasó algún tiempo más y por fin escuchó una maldición de parte de Albert. Sin poder aguantar más fingiendo estar dormida Candy se incorporó.
-¿Qué pasa, Albert?
-¡Rayos Candy! ¿Por qué tienes que perfumarte para dormir? ¿Y por qué traes puesto eso? ¿A quién quieres conquistar? ¿Al mago de los sueños? ¿A Morfeo? - ¿A mí? Quiso preguntar, pero no le salieron las palabras. Y Candy obviamente la miró extrañada.
-¿Perfumarme? Pero si lo único que hice fue ponerme un poco de crema corporal y facial. En cuanto a lo de conquistar, ¿acaso no ves que este camisón es más feo que un costal?
-Es que no puedo dormir. – Respondió Albert un poco más tranquilo y avergonzado por su escenita. Candy tenía razón, pero el solo hecho de estar recostado junto a ella en la misma cama y no poder tocarla lo estaba volviendo loco.
-¿Quieres leche tibia con miel? Tal vez te ayude a relajarte un poco. – Le ofreció con una sonrisa.
Él aceptó y la siguió hasta la cocina donde los dos tomaron del líquido caliente. Pasaron dos horas conversando agradablemente y cuando por fin regresaron a la habitación, ya estaban más relajados y por fin pudieron conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, un aroma varonil que ella conocía lo suficientemente bien, la hizo regresar del país de los sueños. Con los ojos entreabiertos, distinguió la figura de Albert sentado a su lado.
-Despierta bella durmiente. – Candy abrió los ojos al oírlo y más al ver que se acercaba a ella y… ¡le daba un beso en los labios! Un ligero beso y rápido que la dejó sin palabras. Sentía la atmosfera ligera y poco le faltó para sentir que volaba.
Hasta que un pequeño remolino rubio entró corriendo a la habitación y aterrizó sobre su estómago.
-¡Mami! ¡Mami! ¡Mi papi ya me dijo que podría acompañar a mi tío George y a la tía Kate al zoológico! ¡Y luego me llevarán al cine y me comprarán muchos dulces! Los voy a extrañar, pero ustedes se van a divertir también.
Candy miró extrañada a su esposo y a su hija, pues no sabía de qué hablaba Rose.
-Rose, ve a ver si tus tíos ya están listos para partir. – Ordenó Albert a su hija quien antes de salir le dio un sonoro beso en la mejilla a su mamá. Cuando la pequeña desapareció de la misma manera en que entró, se giró hacia Albert una explicación.
-Les pedí a los Johnson que pasaran el día con Rose mientras tú y yo salimos a cabalgar y organizamos un picnic –sonrió tan encantadoramente, con ese hoyuelo hermoso en su mejilla, que solo atinó a asentir con la cabeza –. Perfecto. Entonces te dejo para que te arregles.
Candy no salió de su sorpresa inmediatamente. Desde la forma en que la despertó hasta lo que tenía preparado para ese día, la habían dejado anonadada. Reaccionó una vez que su pequeño torbellino entró nuevamente a la recamara para despedirse de ella. Una vez que Rose salió, Candy se dio una ducha y vistió un hermoso traje de montar, salió para encontrarse con su adorado tormento. La idea de pasar el día entero a solas con él, le ponían los nervios de punta.
Albert la condujo con delicadeza hasta la caballeriza, no sin antes confirmarle que se veía hermosa. Cuando estuvieron ahí, vio dos caballos preparados con una fina montura. Solo que uno de ellos el caballo blanco al que no había visto durante su estancia en el lugar, tenía un gran moño rojo. Pero lo que más le llamó la atención, fue el hermoso animal, fuerte, y brioso. Se acercó para acariciarlo.
-¿Te gusta? – Oyó a Albert a sus espaldas.
-¡Es precioso, Albert!
-Me da gusto, porque es tuyo.
Candy parpadeó incrédula. A pesar de haber recibido costosos regalos durante sus años como modelo, nunca había recibido uno de gran valor sentimental. Sus ojos se anegaron en lágrimas.
-Oh no, Candy. No llores por favor, creí que te alegraría tener tu propio caballo.
-No seas tonto, no lloro por eso, es que me emocioné. Eso es todo… Muchas gracias, Albert. Es un regalo maravilloso. – Sonrió ampliamente, las lágrimas se habían esfumado y no quiso arruinar ese maravilloso día. Lo abrazó impulsivamente y le plantó un beso sonoro en la mejilla. Se retiró se du lado y montó rápidamente. Él la miró unos minutos con incredulidad, después sonrió atractivamente.
-Entonces, será que mejor que nos marchemos. La colina está algo lejos y ya tengo apetito.
-Eres un glotón. No puedo creer que con todo lo que comes, estés en tan buena forma. – Quería sonar casual, pero cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, se quiso morder la lengua. Albert sonrió con suficiencia.
-Me llena de fascinación que lo hayas notado. – Y antes de que ella pudiera responder, le guiñó un ojo y azuzó su caballo para salir a galope.
La colina era un lugar elevado rodeado de bella naturaleza. Cerca de los límites lejanos de la extensa propiedad de los Andrew. Solo había estado en ese lugar una vez y por lo que recordaba, el lugar era algo así como mágico.
Durante el trayecto, solo pudo recordar esa vez que habían estado en la colina. Al igual que en el presente, la había llevado a cabalgar. Y habían compartido su primer beso de amor. Fue tan hermoso que ella pensó que estaba en el paraíso, por ese día, se olvidó de sus problemas y disfrutó al máximo cuando Albert le pidió que aceptara ser su novia. Recuerdos maravillosos, sin duda. Y se preguntó si ese día también traería nuevos y bellos recuerdos.
Una vez que llegaron y Albert la ayudó a descender del caballo, ella miró maravillada el lugar y respiró profundamente aspirando el aroma a bosque y aire limpio. Cuando buscó al rubio con la mirada, y lo vio preparando todo para que comieran. Se acercó para ayudarle.
Colocaron un mantel sobre el césped, bajo la sombra de un frondoso árbol. De la cesta que llevaba Albert atada a su montura, sacaron pollo frito, puré de papas, la clásica salsa para acompañarla, pastel de chocolate; el favorito de Candy, pie de queso y fresas, el favorito de Albert. Comida simple y sencilla pero que a los dos les gustaba.
Comieron en un ambiente fresco y agradable. Hablaron de trivialidades, de los años que ella se perdió de Rose y entre sonrisas cómplices y miradas tímidas, hablaron de sus vidas de adultos omitiendo los años en que se habían separado.
-¿Y cuándo te irás? – Finalmente preguntó Albert, después de unos minutos de silencio, pues no sabía cómo abordar el tema acerca de su partida para cumplir con su trabajo.
-Me temo que será el martes por la mañana. Neal hizo todo lo posible por retrasar una semana más, pero no pudo. Te aseguro que, si no hubiera firmado ese contrato, nada me separaría de mi niña. La acabo de recuperar y ya tengo que dejarla. Pero, tú estarás con ella, ¿no es cierto?
-Me temo que no podrá ser. Soy un inversor en una compañía cervecera en México. Recién acabamos de asociarnos, así que necesito estar presente para ver todo desde dentro. Hay algunas cosas que hay que mejorar y cambiar, y en cuanto más pronto lo hagamos será mejor.
-¿Cuánto tiempo estarás fuera?
-Aún no lo sé. En casos como estos, Rose se queda a cargo de los Johnson. No puede estar perdiendo clases constantemente y tampoco puedo darle la inestabilidad que representan dormir en diferentes hoteles. Esta vez, tenía planeado que Rose terminara su año escolar y si todavía me retrasaba en regresar, ella se reuniría conmigo para pasar las vacaciones.
-Ya veo, solo falta un mes para que termine el curso escolar. Mi contrato es por tres meses, no podré estar con ella antes. Pero llamaré cada día y también a través de video conferencias.
-Es lo que yo hago. Rose es una experta en esas cosas. Pero quiero que sepas que haré lo posible por regresar lo más pronto que pueda. Tal vez a Rose le agrade pasar sus vacaciones en Francia. – Lo último lo dijo esperando ver la reacción de Candy, pues recordaba muy bien que ella estaría en ese país y la verdad era que él, deseaba pasar las vacaciones de Rose en familia.
-También a mí me agradaría. – No pudo evitar sonrojarse. Candy bajó la vista, pues la mirada tan profunda de Albert parecía atravesar hasta la parte más recóndita de ella.
Albert sonrió imaginándose de antemano poder disfrutar del bello país, en compañía de su hija, y llevar a su lado a Candice. Su orgullo masculino se acrecentó solo de recordar la mirada de envidia que había recibido de parte de los hombres que habían acudido a la fiesta de aniversario. Sí, él había llevado con orgullo del brazo a Candy, a su esposa.
-Sí sería hermoso. – Con una sonrisa en su bello rostro, ella se recargó en el grueso tronco del árbol. Cerrando los ojos soltó un largo suspiro que llamó la atención de Albert.
Al verla en esa posición y de cierta forma algo vulnerable, él poco a poco, fue acercándose a ella. Ya no podía aguantar más, el sentimiento que Candy despertaba en él hacía que se sintiera desesperado. Quería abrazarla, besarla, sentirla, poder tocarla tan solo para convencerse por fin que era real y que no se desvanecería.
Y eso fue lo que hizo. Con ternura absoluta, acarició su mejilla, provocando en ella un pequeño respingo, pues no se había percatado de su cercana presencia. Así que, cuando abrió los ojos, se reflejó en las profundidades celestes que tenía frente a ella.
-Albert… - Dijo en un susurro.
-Candy… - Él la imitó.
Deslizó con delicadeza su mano hasta adueñarse de su nuca. Era la posición que estaba buscando para acercarla a él. Y así lo hizo. Muy lentamente fue acercando su rostro al de ella y ella hizo lo mismo. Ambos cerraron sus ojos, al momento que habían estado deseando. Él rozó sus apetitosos labios con suavidad, besos cortos, delicados y tímidos. Albert tomó el rostro de Candy con ambas manos y así profundizó el beso. Mordisqueó con sensualidad sus labios, hasta que ella le dio libre acceso a la profundidad de su boca. Sabía a miel, a sueños cumplidos y a recuerdos hermosos.
Ella llevó sus manos al cuello de él, sujetándole de los hombros. Agradeciendo estar sentada, porque estaba segura que, de estar de pie, ya estaría derretida en el suelo. El sabor mentolado del magnífico hombre que la estaba besando, junto a su varonil aroma a maderas, la estaba volviendo loca.
Después de estar algún tiempo sí, se dieron un respiro, se separaron con lentitud. Y sus miradas volvieron a encontrarse. Por un momento, hubo un asomo de dudas y miedos. Como si estuvieran sincronizados surgieron preguntas en sus mentes.
¿Y ahora qué? ¿Será posible que podamos rescatar algo bueno de esto? Y la más importante, ¿me seguirá amando?
Candy bajó la vista porque sintió que esas preguntas las formularía en voz alta, y no quería forzar las cosas con Albert. Pero al hacerlo, abrió ampliamente los ojos, y miró nuevamente al rubio.
-¿Pero cómo…?
Al no comprender su pregunta Albert dirigió su mirada a donde ella la posara. Y al darse cuenta a qué se refería, la miró igualmente incrédulo. Pasaron unos segundos para que estallaran en carcajadas.
¡Candy estaba sentada en el regazo de Albert! Porque hasta habían cambiado de posición y ahora él estaba recargado en el árbol, y ni siquiera se habían dado cuenta de ello. Candy agradeció ese momento para romper con la incomodidad que sentía. El profundo sonido de un poderoso trueno los hizo volver a la realidad.
-Será mejor que volvamos. Ya es tarde y no quiero que nos alcance la lluvia. – Comentó Albert al ver el cielo oscuro. Aunque reacio a abandonar la cintura de Candy, se impuso su sentido común.
Una vez que llegaron a la mansión, Rosemary los estaba esperando ansiosa por contarles lo sucedido durante su visita al zoo y al cine. Cenaron todos juntos, excepto la vieja Elroy que había salido de casa desde que ellos se marcharan a la colina.
La lluvia había comenzado desde la tarde y no amainaba. Cerca de las diez de la noche, mientras Albert se encontraba revisando unos papeles que le llegaron desde Chicago, hizo su presencia Elroy…con un invitado.
-Buenas noches, William. – Lo llamó Elroy, causando cierto enfado en su sobrino. – Quisiera que me permitieras hablar contigo.
-Buenas noches tía. Siento decirle que me es imposible atenderla a esta hora, ya estoy por subir a dormir, y Candy me espera. Así que, si me disculpa. – Sin darle tiempo a reaccionar, Albert salió precipitadamente del despacho. No le gustaba la presencia de Elroy en su casa, ya había cumplido con su deber y educación al permitirle quedarse un par de días, así ya estaba ideando la forma más correcta de despedirla el día siguiente. Pero antes de subir las escaleras, se detuvo al ver al hombre que estaba en la estancia.
-¿Y usted quien rayos es? – Preguntó molesto, ni conocía a ese hombre y su presencia no le agradaba. De solo verlo le inspiró desconfió de él.
-Es mi invitado. – Contestó Elroy, desde atrás del hombre. – De eso quería hablar contigo. Solo pasará una noche aquí, no creo que le niegues la hospitalidad.
Albert los miró con suma desconfianza. Mientras ese hombre mantenía una sonrisa burlona en la cara. Y no terminaba por agradarle.
-¿Y quién se supone que es? – Inquirió nuevamente.
-Mi nombre es Charles Smith, Elroy y yo somos viejos conocidos. Mi automóvil se descompuso y ella muy amablemente me ofreció pasar la noche aquí, con la lluvia así de fuerte es imposible que consiga transporte. Si usted me permite pasar esta noche aquí, le aseguro que no le causaré problemas.
Albert lo meditó un poco, viéndolo de esa forma, no tenía ningún inconveniente.
-Solo por esta noche. – Sentenció a su tía antes de subir a su recamara.
Una vez en su recamara, no quiso importunar a Candy con el tema de su tía, por ello después de ponerse el pantalón de su pijama, se metió bajo las sábanas. Un suspiro por parte de ella, le dio a saber que estaba despierta.
-¿No logras conciliar el sueño?
-No. – Su respuesta se oyó ahogada, pues le daba la espalda. Albert pensó que eso sería todo lo que pasaría, pero ella de pronto se volteó hacia donde estaba él.
Eso sorprendió gratamente a Albert, pues sus rostros quedaron sumamente cerca. Ambos recordaron el beso que compartieran por la tarde.
-Creo que tengo los nervios muy alterados. – Confesó Candy muy quedo, dejándole saber los nervios que de pronto la invadieran.
-¿Por qué? – Preguntó él solo por preguntar pues los ojos de Candy lo tenían hipnotizado. Tomó un rizo rebelde que caía sobre el rostro de ella y, cerrando los ojos, aspiró su delicioso aroma.
Ella ya no contestó, demasiadas emociones y pensamientos invadían su mente y su cuerpo. Albert abrió los ojos y la besó.
Fue un beso intenso y profundo. Y de momento, las caricias no se hicieron esperar, las manos de Albert recorrían la piel sedosa de ella. Mientras que ella se deleitaba de poder tocar esos músculos fuertes y firmes.
Sus deseos por fin se hacían realidad, estaban juntos y nada ni nadie les impedirían estar juntos. Aunque ninguno de los dos había hablado de amor, sabían que era lo que motivaba sus acciones. Se amaban y esa noche se lo demostrarían, en cuerpo y alma. Dos corazones latiendo al unísono, dos cuerpos fundidos, entregándose desde lo más profundo de sus sentimientos. Ya no existían las razones que los separaran en el pasado… ¿o sí?
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CONTINUARÁ...
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Perdón! Ya había tardado en actualizar, no pude hacerlo antes, lo siento. La buena noticia es que ya falta poco para el final, así que la espera no será muy larga. Gracias por su paciencia, por los reviews, a las calladitas, y sobre todo por confiar en esta historia.
Las quiero, y hasta la próxima!
