I don´t know you anymore
Capítulo 17
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoOoOoO
Con valor, cuadró los hombros y se adentró en la caballeriza. El olor a caballo y heno, llenaron sus pulmones, escudriño con la mirada el lugar buscándolo y odiándolo con todas sus fuerzas.
-Así que viniste, mi querida. – Fue el escueto saludo de aquel hombre por el que había sufrido la mayor parte de su vida.
Charles Smith, era un hombre de baja estatura, en sus años mozos había sido apuesto, pero los años y el obvio abuso que le diera a su cuerpo le pasaban factura. Había perdido mucho pelo, la obesidad hacía que un enorme estómago colgara detrás de la camisa. Estaba sudoroso y eso provocó en Candy mucha repulsión.
-¿En dónde está mi hija, Charles?
-Tranquila, ella está bien. Por lo pronto, tú y yo tenemos mucho de qué hablar.
-No hablaré nada contigo, hasta que haya visto a mi hija sana y salva.
El hombre sonrió, ya sabía que así reaccionaría ella. Por ello, se dio media vuelta y empezó a caminar hacia el rincón más alejado del lugar, en donde estaba la paja y el heno. Candy lo siguió y al mismo tiempo vio que Albert ya estaba dentro, escondido detrás de una enorme paca de paja, muy cerca de donde estaba su padrastro. Sintió algo de alivio, pues ella podría distraer al hombre mientras Albert sacaba de ahí a su hija. Y sin querer hacerlo, comprendió a Albert. En esos momentos no importaba la seguridad de nadie más, solo de Rosemary.
La pequeña estaba sobre una cama de heno, dormida. Candy corrió hacia ella.
-¿Qué le hiciste? – preguntó preocupada, al ver que a pesar de que movía a su hijita no despertaba.
-No te preocupes, no tiene nada. Solo está lo suficientemente sedada como para que no me diera molestias. No querrías que sus lágrimas ocasionaran mi enojo, ¿cierto?
Ella estrechó con fuerza el cuerpecito de Rose, quería cerciorarse que los latidos de su corazón se sintieran normales. Y agradeció al cielo al ver que estaba bien. Ahora tenía que concentrarse en hacerle saber a Albert que debía ir por ella. Pero él ya se había adelantado, y poco a poco, se fue acercando, Candy lo vio de soslayo y con delicadeza la dejó nuevamente recostada. Dirigió toda su atención a Charles que la observaba detenidamente, ella no le temía, ya no.
-Bien, ¿Qué quieres de mí? – Comenzó a caminar alejándose lo más posible de donde estaba su hija. El hombre sonrió de lado.
-Creo que eso ya lo sabes. Te lo dije hace años, cuando llegaste de montar. Todavía te recuerdo ataviada en tu traje ceñido a tu cuerpo, ya eras toda una mujer. Aunque…si te soy sincero, ahora es algo más personal, llámalo ego personal. Esa vez te escapaste, y seguiste haciéndolo, pero ya no. Quiero que vengas conmigo.
-¿Así como así? ¿De verdad esperas que yo, voluntariamente acceda a irme contigo? ¿Así de fácil?
El hombre frunció el ceño, no le agradaba la forma en que le hablaba Candy, nunca se le había enfrentado, siempre le demostraba miedo y él lo utilizaba para mantenerla controlada, hasta cierto punto, pues cuando menos lo esperaba, ella le ganaba la partida y huía. Pero ahora al verla a los ojos, solo veía determinación.
Candy aprovechó ese momento para acercarse más a la salida. No sin antes comprobar que Albert ya se había llevado a su hija.
-Esta vez no vas a ir a ninguna parte. – La amenazó tomándola fuertemente del brazo. – Ahora si tengo una garantía, creí que no la necesitaría, pero no me dejas otra solución. – Candy se dio cuenta que se refería a Rose, y un miedo momentáneo la paralizó, no había pensado que él pudiera utilizar a su hija para obligarla a ir con él.
Arqueando una ceja, lo observó durante un minuto. Después sonrió gustosa.
-¿Ah, sí? ¿Se puede saber qué garantía? – Miró intencionadamente hacia donde había estado Rose. El hombre palideció, y fue corriendo hasta el lugar. Ella aprovechó para salir corriendo de la caballeriza, al atravesar la puerta, unos fuertes brazos la sostuvieron. Era Albert. La mantuvo cerca de él, como comprobando que estaba bien. Ella se apoyó en sus brazos.
-¿En dónde está? – Fue lo único que pronunció él.
-Buscando a Rose… - Charles gritó su nombre desde adentro, estaba furioso, ella se estremeció al escucharlo, y miró a Albert.
-Tranquila. – Albert la puso detrás de él, y cuando el hombre salió, lo recibió con un golpe en la mandíbula, mandándolo al suelo inconsciente.
Todo lo que sucedió después, le pareció a Candy como en un sueño. Cuando corrió a ver a su pequeña, George que ya la estaba examinando, le hizo saber que estaría bien; solo faltaba esperar a que despertara.
Los sirvientes estaban conteniendo a Albert que deseaba terminar lo que había empezado. La policía llegó en ese momento y se llevaron, inconsciente a Charles Smith.
-Tendrá que acompañarnos, señor Andrew. Es imperativo que nos dé una declaración relatando todos los hechos. – Comentó el oficial encargado del arresto - Y, señor, tengo entendido que el sujeto dejó una nota dirigida a su esposa – Albert asintió. – Creo que ella también deberá acompañarnos. Junto a todos los presentes, todos deberán rendir su declaración.
-Por supuesto, oficial. Solo permítame ver cómo está mi hija. – Albert subió las escaleras, mientras veía como los sirvientes, Kate y la tía Elroy, acompañaban a los oficiales. Un tumulto de emociones se concentraron en su interior. Su propia tía había metido a esa sabandija en la casa, bajo sus narices.
Candy sin confiar en él, exponiéndose y exponiendo a su hija a un hombre que, gracias a Dios no supuso ningún peligro real. Y, por otro lado, sus propios sentimientos, quería amar y proteger a Candy, pero también sentía que no podía confiar en ella.
Mientras eso sucedía, Candy estaba junto a George, quien estaba terminando de auscultar a la niña. Candy mantenía agarrada con fuerza su manita, arrepintiéndose de no haber hablado la verdad desde un principio. Si tan solo, el día que Albert la llevó por primera vez a su a casa para ver a Rose, hubiera… negó con la cabeza, "el hubiera no existe" pensó. Ahora sería mejor que se concentrara en la situación actual.
-Ella está bien, Candy. – Confirmó nuevamente George. – Solo debemos esperar a que recupere el sentido y que nos diga cómo se siente. – Hizo una breve pausa, y la miró fijamente. – Pero, ¿tú cómo estás?
Candy salió de su trance y reaccionó. Lo miró con lágrimas en los ojos.
-Yo estoy bien, George.
-¿Estás segura? Te ves muy pálida, y estás temblando. – Solo entonces ella se dio cuenta de su propia condición.
– No es nada, es solo la impresión de saber que fui yo la culpable de que ella esté en esa condición. – Y de repente, las lágrimas que había mantenido a guardadas desde que se enterara de la desaparición de su hija. Lloraba amargamente, con remordimiento de lo que pudo haber hecho y dicho, y sintiendo desde el fondo de su corazón que Albert ya no le daría otra oportunidad.
George la abrazó para consolarla, había sido testigo de las ásperas palabras que Albert le había dirigido. Comprendía a su amigo, la desesperación que debió sentir al pensar que no volvería a ver a su pequeña niña. Pero no aprobaba del todo su actitud con Candy, y más aún, después de lo que evidentemente había pasado entre ellos.
La puerta se abrió de repente, el llanto de Candy cesó al ver la alta figura de Albert de pie en la entrada, observándolos con el ceño fruncido. Sin embargo, no dijo nada. A pesar de que se le rompía el corazón viéndola en ese estado, quería estrecharla entre sus brazos y decirle que todo estaría bien. Pero algo lo detuvo, y en vez de hacer eso, se dirigió hacia la cama donde reposaba Rose. Acarició su mejilla y le besó la frente.
-El oficial quiere que vayas a declarar a la estación. – Comentó evitando mirarla. – Quiere que vayamos todos, pero alguien debe quedarse a cuidar de Rose.
-Yo me quedaré. – Afirmó George. – No tengo mucho que decir, ya que prácticamente solo estuve de observador. – Albert asintió seriamente.
-Le pediré a Mary que te acompañe. – Intervino Candy, una vez recuperada.
De esa forma, como Rose se quedó bajo el cuidado de George y Mary, prometiendo que en cuanto se desocuparan irían a la central de policía.
Las declaraciones se hicieron consecutivamente, primero los empleados, quienes, a pesar de sus buenas intenciones, no pudieron informar nada en concreto, pues solo el mayordomo había participado activamente.
Después Kate, la esposa de George, quien solo pudo decir que había sido por Elroy, por quien ese hombre había entrado en la casa. Desafortunadamente, el interrogatorio de Elroy no ayudó de mucho, ya que, aunque admitió que ella lo llamó e invitó a la mansión, aseguró no saber nada acerca de las intenciones de secuestrar a la niña. Albert habló de lo poco que sabía, en especial que el hombre en cuestión era el padrastro de Candy.
Pero la declaración de Candy duró mucho más. Había pasado una hora, todos habían regresado a la mansión y solo Albert se encontraba en el lugar esperando por Candy, por mucho que estuviera enfadado no podía permitir que regresara sola. Un oficial le ofreció un café, el cual aceptó gustoso, decidió servírselo él mismo, al menos para despejar su mente y estirar un poco las piernas. En eso estaba cuando de pronto, entraron dos personas. Una mujer y un hombre, la mujer madura, era atractiva y tenía un porte y una elegancia innata, rubia y de figura estilizada. Albert no necesitó ser un genio para comprender que esa mujer era familiar de Candy, si es que no se trataba de su madre. Y el hombre que la acompañaba, tenía toda la pinta de abogado. Y decidió que así era, pues se dirigió inmediatamente con el capitán de policía y habló con él, para después desaparecer por el corredor que llevaba a los cuartos de interrogatorio. Se quedó de pie, pensando y concluyendo infinidad de cosas que no hicieron sino aumentar su confusión y frustración.
-¿Señor Andrew? – La voz de la mujer le llegó detrás de él y se giró para quedar de frente con quien podría ser la madre de Candy. Así que lo único que hizo, fue asentir. – Sabía que se trataba de usted, mi hija me lo describió demasiado bien.
-Lo siento, yo no comprendo. – La miró confundido, ella así lo comprendió.
-Entiendo. Candice no le habló de mí, ¿cierto? Soy Clarisse Smith, la madre Candice. – Infinidad de emociones pasaron por el rostro de Albert, suponer que esa mujer era la madre de Candy era una cosa, pero saberlo, constatarlo, era otra. ¿Qué más le había ocultado Candy? – Comprendo perfectamente que ella no le haya hablado de mí – Prosiguió la mujer sin esperar respuesta, se veía culpable y avergonzada. – Yo tuve la culpa, ¿sabe? Cuando murió el padre de Candy, me sentí tan sola que me refugié en el hombre que por años pensé que me amaba, y creí que la había perdido para siempre, pero le agradezco al cielo que me haya permitido hablar con ella y aclarar las cosas.
"Bueno, evidentemente, esa mujer pensaba que él sabía toda la historia", pensó Albert.
-¿Cuándo habló con ella? – Preguntó él, tratando de recomponerse.
-¡Oh! Eso fue aproximadamente una semana, - Frunció el ceño, al recordar mejor. – Un poco más, si no me equivoco.
-Ya veo. – Albert ya no supo qué más decirle. Ella había hablado con su madre, al parecer antes de casarse con él, o incluso un día después, y ella simplemente no le había dicho nada. ¡Absolutamente nada! Sintió que era demasiado, ya no pudo soportar, estar en ese sintió al comprender que ella debía estar relatando la verdad a unos completos desconocidos, incluso se había comunicado con su madre, y a él, simplemente se limitaba a mirarlo suplicándole su comprensión.
Afortunadamente para él, el abogado se hizo presente reclamando la atención de Clarisse. Momento que él aprovechó para salir huyendo, al parecer ya no era necesaria su presencia, Candy bien podía irse con su madre.
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Varias horas después, encerrado en su estudio, y después de ver a su pequeña hija despierta y con bien, Albert contemplaba el jardín desde el amplio ventanal. No podía sacarse de la cabeza el día anterior vivido con Candy. Todo parecía bien, el sentía que no podía ser más feliz, y luego, en la noche, cuando compartieron su entrega, supo que nunca la dejaría ir. Sin embargo, en ese momento, no estaba tan seguro.
Candy había regresado no mucho después que él. Lo supo por Mary quien se lo dijo cuando le llevó los alimentos. Y sentía su presencia en la casa, era increíble cómo ese simple hecho había cambiado todo. Todo le recordaba a ella, y en las habitaciones permanecía su fragancia. Ella era parte de él, eso lo tenía bien claro, pero no sabía si podría olvidar su omisión.
Mientras tanto, en otra habitación de la casa, Candy no dejaba de abrazar a Rose. Quería sentirla cerca de ella, la extrañaría demasiado, pero ya había hablado con ella y su hijita había comprendido la situación. Prácticamente se estaban despidiendo, en cuanto Candy saliera de la habitación, iría a hablar directamente con Albert. Le contaría la verdad y se iría. No deseaba quedarse para comprobar que él ya no sentía nada por ella, no esperaría a que él la corriera o la mirara despectivamente.
-Mami, ¿me prometes que me llamarás a diario, y que no te olvidarás de mí? – Rose la miró con sus ojitos tan parecidos a los de su padre, expectantes, como si le suplicara que no la volviera a abandonar.
-Te lo prometo, mi amor. Te hablaré a diario, y en cuanto termine ese trabajo, regresaré y te llevaré a conocer la casa donde crecí. También conocerás a tu abuela, ella se muere por conocerte. – La niña sonrió feliz y empezó a dar saltitos de alegría.
-¿De verdad, mami? ¿Una abuelita verdadera? – Candy asintió, las cosas con su madre habían mejorado cuando ella le dio su apoyo en la acusación que había hecho contra su esposo. Así que Clarisse le pidió una oportunidad y Candy decidió dársela, no valía la pena seguir guardando rencor, y menos a su madre. No podía hablar pues se le quebraría la voz y no quería que su despedida tuviera lágrimas. Si Albert no la perdonaba, ella no lo culparía, pero al menos podría sobrellevar el dolor teniendo a Rose a su lado.
-Será mejor que ya me vaya, tengo que despedirme de tu papi. – Dijo Candy recuperando la compostura. - ¿Estás segura de que te sientes bien? – Preguntó aún con la preocupación que le había dejado el incidente con su padrastro, lo odiaba por haberle hecho eso a su hija, pero al menos la niña no se había dado cuenta de nada. No habría pesadillas, o algún trauma qué tratar, ella solo sabía que había dormido demasiado, y había despertado con cierto aletargamiento, pero George le había asegurado que era algo normal.
-Sipi, pero tengo mucho sueño. – Dijo dando un sonoro bostezo y frotándose los ojos. Candy agradeció que así fuera, pues no podría separarse de ella viéndola despierta. Había estado tentada a pedirle a Albert que le permitiera llevársela, pero recordando las arduas horas que le esperaban, trabajando día y algunas veces hasta la noche, no podría darle el cuidado necesario.
Así que arropándola y despidiéndose de ella con un beso en la frente, salió directamente al estudio de Albert. Por fin sabría la verdad acerca de ella.
Tocó quedamente, casi deseando que no la escuchara. No sabía por qué le asustaba tanto contarle todo, con Dorothy o con Hillary y Terry, lo había hecho sin dificultad alguna. Pero ya no podía seguir negándole a Albert, conocer la verdad acerca de todo. Y en medio de sus pensamientos, escuchó que Albert le daba el pase.
Albert supuso que se trataba de Mary llevándole algo más de comer, se preocupaba mucho por él. Y aunque deseaba negarlo, necesitaba saber si Candy se iría ese día o no, así que cuando escuchó el toque a su puerta no dudó en hacerla entrar. Pero en cuanto la puerta se abrió, al aroma de Candy le inundo sus sentidos, no fue necesario cambiar de postura o quedar frente a ella para saber quién era. Su cuerpo la reconocía y contuvo la respiración para controlarse y no salir corriendo a abrazarla, y suplicarle de rodillas que lo perdonara por haberse comportado como un cerdo sin sentimientos antes de que ella entrara a la caballeriza. Pero su orgullo pisoteado, según él, su confianza hecha trizas y arrojada sobre el suelo lo contuvo y se felicitó por ello.
Candy lo observó breves instantes antes de empezar a hablar. Casi le dio las gracias por no estar frente a él, sería más sencillo confesarse con él de esa forma, aunque su espalda ancha y estrecha cintura, la invitaran a acercarse a él y abrazarlo fuertemente.
-Yo, he venido a despedirme. – Comenzó a hablar por fin. – Ya lo he hecho con Rose, estará pendiente de mis llamadas, espero que no te moleste.
- No puedo negarte ese derecho, después de todo eres su madre. – Respondió él de forma escueta.
-Yo, quería…es decir, quiero decirte que lo siento. – Candy se mordió el labio hasta casi hacérselo sangrar, ¿cómo podía continuar?
-¿Es todo lo que tienes qué decir? No te preocupes, se me pasará.
Un largo silencio se formó entre ellos. Él sabía que ella no se había marchado y se preguntaba qué estaba esperando.
-Mi…mi padre falleció cuando yo tenía ocho años. Fue una pérdida terrible para mí porque él era mi mejor amigo. Con mamá era diferente porque ella se la pasaba en actividades completamente anti-familiares, no era muy hogareña, pero amaba a papá, y bueno, ahora que lo puedo comprender, sé que también me quería a mí. Pero eso yo no lo entendía a mi edad. Así que, cuando Connor Renault; mi padre, murió, y ella seis meses después se casó, no pude perdonárselo. Sentía que estaba traicionando a mi padre, de esa forma, mi relación con mamá y su esposo, a quien ya conociste, siempre fue tirante, sin embargo, yo vivía en internados y así no recodaban mi existencia y yo la de ellos. Pero fue hasta que yo cumplí quince años, que ese hombre me tomó en cuenta… - Candy tragó saliva, esos recuerdos la había torturado por años, y ni siquiera a sus amigos les había platicado esa parte. – Él… él simplemente se fijó en mí.
Esa oración hizo que Albert abandonara su posición y volteara a verla intentando no comprender lo que había detrás de esas palabras.
-Me lo dijo por primera vez, cuando regresé de cabalgar. Yo estaba de vacaciones, ese verano, el señor había decidido que ya no iría más al internado, me quedaría en casa y ahí asistiría a la escuela. Yo salía a montar todas las mañanas para desfogar mi frustración y no explotar delante de ellos. En esa ocasión, me dijo que ya era toda una mujer, intentó tocarme, pero yo llevaba la fusta en la mano y…creo que vio mis intenciones de golpearlo si lo hacía, así que se alejó. No sin antes decirme que él me convertiría en una mujer completa. Me quedé aturdida con sus palabras, supe lo que aquello significaba, ese hombre me deseaba, no era la primera vez que insinuaba algo parecido, así que me dieron tantas nauseas, que vomité ahí mismo. Después corrí a contárselo a mamá, pero obviamente no me creyó, pensó que lo hacía porque siempre lo había rechazado y ahora ya había aprendido una manera de separarlo de ella. Aunque lo negué, no logré convencerla. Se hizo un distanciamiento más profundo entre ella y yo, me pasaba las noches poniendo seguro a mi puerta, atrancándola con muebles por si a Charles se le ocurría visitarme. Y aunque no lo intentó, por el día siempre trataba de estar cerca de mí, diciéndome lo bonita que era y que no podía esperar el día en que… - En ese momento se detuvo y un sollozo escapó de su garganta, se odió al instante. Y al ver que Albert intentaba acercarse a ella, elevó su mano deteniéndolo, si él la consolaba, no podría acabar nunca.
-El caso es que se detuvo repentinamente. En esos días él me dijo que la herencia de mi papá había desaparecido, la casa de Chicago que era mi herencia, se había perdido, o más bien la había vendido al mejor postor. Las apuestas acabaron con mi fortuna, no le comenté nada a mamá, pensando que ella sabía todo eso, y le guardé resentimiento, así que me retraje completamente. Y finalmente, dos meses antes de cumplir los dieciséis se me informó que llevaría a varios de sus conocidos para que me conocieran. Ahora era a mí, a quien quería vender al mejor postor, le darían más dinero siendo virgen, aseguró, por eso no me había tocado. Fue así que, salí huyendo de mi casa, me llevé conmigo el dinero que tenía ahorrado, pero un par de meses después se acabó y estuve vagando por diferentes estados del país, huyendo de aquí para allá, porque él me buscaba desesperadamente. Finalmente, llegué a este pueblo, y conocí al señor Whitman, me ofreció alimento y después trabajo…y ahí nos conocimos.
-¿Por qué no me dijiste nada? – Albert sintió la garganta seca, y con trabajos pudo hablar.
-Al principio no confiaba en nadie, no podía decirle a medio mundo quien era, podían informarle a él, pues había puesto boletines informando mi desaparición. Me sentí protegida en este pueblo, y creí que nadie me reconocería. Cuando te conocí, y… - "Me enamoré de ti", quiso agregar pero no lo hizo – y empecé a llevar una vida prácticamente normal, me sentí segura. Pero fue ahí, donde mi temor a perderte si te decía la verdad, me superó. Creí que jamás me perdonarías por no hablarte de mí, así que, aunque me resolví decirte la verdad, lo fui posponiendo.
-¿Y tu nombre?
-Charles sabía lo orgullosa que estaba de mi apellido y nunca se imaginó que prescindiría de el y utilizaría el nombre de soltera de mi madre. Mi verdadero nombre es Candice Renault White.
-¿Y qué pasó, Candy? – Bueno, ella ya sabía a qué se refería. Su desaparición.
-Cuando te marchaste a Escocia, yo…yo prometí esperarte. Y así lo hice, pero varios días después, llegó Annie, creo que nunca me pudo perdonar que me prefirieras antes que, a ella, por eso se buscó una magnífica aliada. Tu tía Elroy. Al parecer Annie le habló de mí y juntas se dedicaron a investigarme, y así descubrieron que me estaban buscando. De esa forma, cuando tu tía llegó a verme, me dijo que nunca permitiría que una…" desconocida cualquiera" formara parte de la familia Andrew. Me dijo con desprecio que su tú eras tan iluso al confiar en mí, ella no lo era. Así que se desharía de mí, así de sencillo. Yo salí corriendo, estaba dispuesta a llamarte por teléfono, tal vez ya no querías saber nada acerca de mí, pero cuando pensé que estaba lejos de tu tía, llegó Charles. Ella lo llamó, ni siquiera se dignó a preguntar por qué me buscaba, solo le importó que me llevasen lejos de ti.
Fue así como ante la mirada complacida y feliz de tu tía, Charles me llevó lejos de ti. Durante un mes me mantuvo encerrada en un cuartucho mugriento, no le avisó a mamá que ya me había encontrado, y me mantuvo ahí como "mi merecido castigo". Cuando pensó que ya había aprendido la lección, me llevó de vuelta a casa, mi mamá me recibió con los brazos abiertos, pero yo seguía resentida con ella y durante los siguientes dos meses en que me mantuvieron en cautiverio casi no hablé con ella.
-¿Ella te mantuvo cautiva en tu propia casa? – Preguntó Albert cada vez más azorado.
-Hacía y creía ciegamente todo lo que Charles decía. Así que después de decirle a ella que yo había estado expuesta a grandes peligros estando sola, era más seguro para mí, mantenerme alejada de los lugares abiertos. Le dijo que la gente con la que estuve relacionada me estaba buscando. – Candy hizo una pausa, tenía que recuperarse un poco, sentía las rodillas tan débiles que tuvo que sentarse. – Y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que, estaba embarazada. Yo había estado tan ensimismada tratando de encontrar una solución a todo eso, tratando de encontrar la manera de comunicarme contigo, que ni siquiera me di cuenta de los síntomas…pero mi madre sí. Y por todo lo que Charles le dijo, se negó a creerme cuando le dije que nadie me había tomado en contra de mi voluntad. – Una expresión de horror cruzó por las hermosas facciones de Albert al comprender lo que la madre de Candy llegó a pensar, que había sido violada. – Y haciendo caso omiso cuando traté de explicarle todo, me llevaron a un lugar especial para chicas como yo, creo que ella esperaba que en cuanto yo tuviera al bebé, lo diera en adopción o algo así…
-Debió ser muy difícil para ti. – Se aventuró a decir Albert, aunque lo dijo más para sí mismo.
-Lo peor de todo, fue cuando una semana después de que nació Rosemary, escuché a Charles hablar con la encargada del lugar. Estaban planeando sedarme por la noche y llevarse a Rose…querían desaparecerla. Y yo no podía permitirlo, por eso, esa misma tarde me fugué, me llevé conmigo el dinero que mamá me había dado, y a partir de ahí empecé a ir de ciudad en ciudad. Pero nadie le daba trabajo a una madre soltera, en especial si traía a su hija consigo. Fue cuando me enteré de que estabas casado, cuando Rose se enfermó de gravedad, el tratamiento era demasiado costoso y yo no podía permitir que mi hija muriera, por eso decidí dejártela, además sabía que contigo estaría a salvo, aunque Charles me encontrara ya no podría hacerle nada a ella.
-¿Por qué no me dijiste nada? ¡Podías haber podido explicarme todo, en lugar de dejar que pensara que eras de lo peor, que no te importaba tu propia hija! – Replicó exasperado Albert al comprender todo.
-¿¡Y crees que fue tan fácil para mí?! ¡Estabas casado! ¡No podías esperar que llegara, así como si nada y decirte todo! No creí que te importara, en especial cuando vi que tu esposa estaba embarazada. Después de salir de tu casa, estuve a punto de regresar por Rose, pero caí enferma. Estuve hospitalizada un tiempo, y fue gracias a Stear y a Paty pues fueron ellos quienes me ayudaron en esos momentos, y gracias a ellos fue que me convertí en modelo.
-¿Por qué no regresaste por Rose cuando adquiriste fama y fortuna? – La pregunta, aunque no la formuló con enojo, tenía un matiz cargado de resentimiento.
-No podía exponerla, no sabes cuantas veces tuve que huir de Charles, fue en uno de esos encuentros en que Terry y yo empezamos a inventar que teníamos una relación más íntima, pues fue solo así como pude alejarlo de mí. ¿De verdad querías que Rose creciera en ese ambiente?
Pero ella no recibió respuesta, Albert tenía mucho qué pensar. Volvió a la posición original. Necesitaba pensar.
Candy no esperaba algún otro tipo de reacción. Sabía y comprendía que después de semejante confesión, él necesitaría tiempo para digerir todo ello. Así que, poniéndose de pie, salió con sigilo de la habitación. No sabía que sucedería después pero su corazón se estrujó al pensar que tal vez su matrimonio había terminado. Solo una semana había saboreado la felicidad al lado del hombre que había amado desde que tenía dieciséis años.
Y sollozó profusamente mientras se encaminaba hacia el automóvil que la esperaba a las puertas de la mansión.
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CONTINUARÁ...
Gracias por todo chicas...
Ya solo dos más y terminamos.
