I don´t know you anymore

Capítulo 18

Por Lu de Andrew

.

OoOoOoOoOo

.

Varios minutos después, Albert salió de su trance. Acababa de comprender que todo lo que había pasado se debía a su querida tía. Si ella nunca hubiera intervenido…

Salió con paso decidido buscando como loco a Candy por toda la mansión. Ya nada importaba, ni el silencio guardado, ni lo sucedido en el pasado, solo el presente, y en el presente amaba con toda su alma a Candy.

-¡Mary! – Gritó presuroso una vez que salió de la habitación de Rose, su hija estaba dormida.

-Sí señor, dígame.

-¿En dónde se encuentra la señora? – Mary lo miró como si tuviera tres cabezas.

-¿La señora? Perdón señor, pero creí que se había despedido de usted hace unos minutos. Ella ya salió rumbo al aeropuerto.

¡Estúpido!

El semblante de Albert cayó desencajado al recordar las primeras palabras de Candy: "He venido a despedirme".

Quiso darse de topes contra la pared, ¿cómo había sido tan idiota al no comprender que ella partiría inmediatamente? Pero no, no permitiría que se fuera sin aclarar las cosas entre ellos. Salió corriendo de la casa y tomó inmediatamente su deportivo. Solo que al virar en una sección de arbustos casi se lleva de corbata a George que había salido tras él.

-¡Por Dios, William! ¿Estás loco? ¿Acaso quieres matarte? – Le espetó después que Albert frenó bruscamente.

-Lo siento, George, pero tengo que alcanzar a Candy. Necesito decirle… - Pero su amigo no lo dejó terminar.

-Hazte a un lado. – Ordenó enérgico George al mismo tiempo que abría la portezuela del auto. – Al paso que vas, al único sitio al que llegarás será al hospital, yo te llevo.

Albert ya no comentó nada en todo el trayecto, estaban lejos del aeropuerto, pero ese mismo camino había recorrido Candy, a una velocidad normal. Ellos iban a más de cien kilómetros por hora, tal vez esa diferencia compensara el tiempo que había tardado él en salir y le permitiera llegar a tiempo.

Finalmente, cuando llegaron, salió corriendo sin mirar atrás. Al llegar a la sala de abordaje, después de pedir informes acerca de los vuelos a Francia, el ánimo se le fue al suelo, el vuelo estaba adelantado y tenía cinco minutos de haber despegado. No podía hacer nada más. ¿Llamarla por teléfono? No era probable que ella quisiera hablar con él y eso se le hacía demasiado impersonal. No, lo que tenía qué decirle tenía que ser en persona.

Así que empezando a planear desde ya lo que sería su siguiente paso, salió del aeropuerto. George ni siquiera había aparcado el auto así subió y salieron rumbo a la mansión.

-Llegué demasiado tarde, creí que podría alcanzarla, pero…soy un imbécil, George. Acabo de arruinar mi matrimonio, y de alejar a la única mujer que he amado y que amaré. – Comentó decaído, él era bueno para planear estrategias millonarias, pero no sabía por dónde empezar con Candy.

-Tranquilízate y ve las cosas desde otro punto de vista. En realidad, aunque la hubieras alcanzado, no contabas con tiempo suficiente para decirle todo lo que hay en tu corazón, ¿no es así?

-Tienes razón.

-Tampoco podrías ir a donde ella, porque tienes ese viaje a México que llevas posponiendo desde hace varias semanas. A Rosemary le falta solo un mes para terminar el año escolar y Candy necesita estar alejada de ti un tiempo y concentrarse en su trabajo, así que arregla lo más pronto tus negocios, espera a que Rose pueda viajar y así tendrás tiempo suficiente para rogarle a Candy que te perdone, además, no sé tú, pero creo que necesitas una estrategia. – Albert sonrió más tranquilo.

-Tienes razón, George. Utilizaré ese tiempo para saber cómo arrastrarme para que me perdone.

-Creo que después de cómo te comportaste, estaría feliz de verte arrastrándote…literalmente.

Albert asintió con solemnidad, y el resto del viaje lo dedicó a pensar en su futuro. Y no se veía sin Candy en él.

Cuando llegaron a la mansión casi estaba anocheciendo. Y Albert se sorprendió de ver el auto de Annie en el lugar. Bajó furioso recordando todo lo que ella y su tía le habían hecho a Candy y no se detuvo hasta hallarlas en la sala tomando el té. Su tía tenía una cara de autosuficiencia que no podía con ella. Albert se imaginó ese mismo gesto cuando entregó a Candy a su padrastro años atrás, y sintió un golpe en el estómago.

-William, hijo, mira a quien tenemos aquí. Annie ha hecho bien en venir a visitarnos en especial ahora que esa mujer por fin se fue de la casa, ¿no crees? Es como le dije a Annie: "William va a necesitar a una amiga que lo ayude a pasar por este trago tan amargo", pero gracias a Dios, te diste cuenta a tiempo la clase de mujer que es. Mira que por su culpa ese hombre se haya atrevido a secuestrar a Rose. No. Definitivamente, has hecho bien librándote de ella… - Elroy estaba tan ensimismada en su diatriba, que ni siquiera se percató que Albert estaba cada vez más furioso, a cada palabra que su tía agregaba, sentía que la sangre se elevaba a la cabeza. Si su tía fuese hombre ya lo tendría en el suelo y fuera de su casa.

Pero Annie sí se daba cuenta de la gama de emociones que pasaba Albert. "Y no era nada alentador ser parte de esa furia", pensó ella. Así que decidió actuar antes de que el hombre que estaba frente a ella decidiera descargar sus emociones con ella. Se puso de pie dejando a un lado la taza de porcelana.

-William – Lo llamó, la atención de Albert cayó sobre ella y decidió actuar rápido. –Yo solo he venido a ofrecerte disculpas por todas las molestias que te causé. Albert se cruzó de brazos y elevó una de sus cejas, incrédulo ante esas palabras. – Es cierto, sé que por mi causa hace años, bueno… pues…hace años ella salió de tu vida. Pero te aseguro que yo no sabía nada de los planes de tu tía – Se apresuró a aclarar, Elroy la miró furiosa. – Yo solo pretendía que la asustara para que se alejara de ti, pero cuando vi que la entrego a ese hombre, me dio temor.

-Y aprovechaste la oportunidad gustosa, ¿no es así? Con todo el temor del mundo, decidiste mentirme descaradamente cuando angustiado te pregunté, ¡una y otra vez, si no sabías donde estaba ella! ¿Y cuál fue tu respuesta? Ah, sí, dijiste: "Al parecer vinieron unos amigos a buscarla y decidió irse con ellos. Olvídala Albert, no te conviene". Sí Annie, estabas aterrorizada. – Contestó burlonamente.

-¿Y qué esperabas? ¡Tenía diecisiete años! Me dio temor lo que hizo tu tía, pero no pude oponerme. Y cuando vi que podía aprovechar la ocasión para que volviéramos, ni siquiera pensé en nada más. ¡Pero lo siento mucho! No debí haberlo hecho, ni debí aferrarme a la idea de que con el paso del tiempo podrías volver a sentir algo por mí, ahora lo sé. Estaba equivocada y ahora solo te pido que me perdones, no puedo irme sin que me digas que al menos lo pensarás. – Ante la mirada atónita de Albert, Elroy quiso salir del lugar. Era evidente que su plan de utilizar a Annie nuevamente había fallado.

-Tía le aconsejo que no se mueva de donde está. – Su tono era demasiado tranquilo, eso no le dio buen augurio a Elroy y se quedó en su lugar. – Annie, ¿A dónde irás? – Extrañado ante las palabras de la chica, volvió a centrar su atención en ella.

-Me iré a residir a Berlín, con mis papás. Siempre han querido que los acompañara, pero yo me negaba… bueno, ahora ya no hay nada que me detenga aquí, y me iré en unos días. – Sonrió amargamente. – Quiero rescatar algo de orgullo propio y dignidad que han quedado por los suelos gracias a mi necedad.

-Annie, la verdad no sé si esté preparado para lo que me pides. Nos has hecho mucho daño. Lo siento, no puedo. Pero deseo que tengas un buen viaje y que encuentres el amor que tanto anhelas. – No hablaba con resentimiento, pero ella supo que nunca la perdonaría.

-Entiendo. – Bajó la vista para ocultar las lágrimas y tomó su bolso. – En verdad deseo que ella y tu sean muy felices… Adiós y… - Pero ya no terminó, salió de la casa como una ráfaga de viento.

Albert la observó partir y se preguntó cómo alguien tan bella como ella, necesitaba de estratagemas, mentiras, y engaños para conseguir que alguien la quisiera. Pero volvió a concentrar su atención en su tía, que orgullosamente se encontraba sentada con la barbilla en alto, desafiándolo, y supo que su tía no había sido nunca, una buena compañía para Annie.

-Yo no me arrepiento de nada. – Elroy se puso de pie para enfrentarlo. – Lo hice una vez y lo volvería a hacer mil veces, pero antes me aseguraría que ella desapareciera para siempre.

Albert lo observó unos momentos, y con alma deliberada, tomó asiento en un amplio sillón. No servía de nada decirle todo lo que Candy había sufrido gracias a ella. Al contrario, se alegraría y él no estaba para darle ese placer a su tía.

-Pues como ves, querida tía, - Su voz era un témpano de hielo, con lentitud unió sus manos y los colocó sobre su regazo. – no sirvió de nada lo que hiciste, o trataste de hacer. Candy es famosa y en estos momentos está volando a Francia porque tiene que cumplir un contrato millonario por cierto, con un famoso diseñador. Rose y yo nos reuniremos con ella en cuanto podamos, así que, no te equivoques pensando que ella ya salió de mi vida. Al contrario, estamos más unidos que nunca gracias a nuestra hija…y ¿por qué, no? Gracias a ti.

-¿A mí? Estás loco.

-Tú te empeñaste en hacer la vida de mi hija imposible, con esos "amiguitos", que siempre te empeñabas en llevar a casa, recordándole que no tenía mamá. Fue gracias a eso que me vi obligado a buscar a Candy y convencerla de que viniera con nosotros, debo admitir que tus consejos sobre buscarle una madre a la niña, dieron resultado, gracias a ello, le propuse matrimonio y… voila, henos aquí. – Con una sonrisa de autosuficiencia se quedó esperando la reacción de su tía. No había mentido, solo había adornado un poco la verdad para que no viera hasta donde los había arruinado.

Elroy se quedó helada, estaba furiosa y sabía que había perdido sus cartas principales: Annie y Charles. Pero ya vería la forma de separarlos, ahora era más una cuestión de orgullo que otra cosa.

-Muy bien, pues felicítame entonces. Pero yo no me quedaré a ver cómo te arruina esa mujer. Me voy.

-Espero que sea para siempre, tía. – Lo miró atónita, pensó que Albert le diría lo de siempre, que no se fuera, que se quedara, pues era prácticamente la única familia que le quedaba.

-¿Qué dices?

-Que espero que su decisión de marcharse sea para siempre, no quiero verme en la necesidad de tener que decirle que no será bien recibida en ninguna de mis casas.

-¡¿Me estás corriendo?! ¿A mí, a tu propia sangre? ¡Por esa mujer!

-¿Mi propia sangre que no se tentó el corazón al vernos sufrir? ¿Qué solo se contentó porque se había salido con la suya? ¿Quien me traicionó? Sí. Ahora mi familia son Candy y Rosemary, no hay cabida para nadie más, y menos para alguien tan venenosa y ponzoñosa como usted. Así que le aconsejo que haga sus maletas y se marche de mi casa. – Alisándose el pantalón se puso de pie, dando por zanjada la cuestión. – No quiero verme en la necesidad de usar la fuerza para hacerlo, su amigo Charles ya está en prisión, creo que él es el experto en ello.

Sin decir una palabra más, salió dejándola sola. Ella se quedó de pie, en medio de la gran sala, sintiendo una tonta, pensaba humillarlo y decirle lo que pensaba de la fulana con la que se había casado, pero él no se lo permitió. Se desplomó en un sofá, pensando, cavilando cómo hacer para que su sobrino revirtiera su decisión. ¿Es que acaso no veía que todo lo había hecho por su bien?

-Señora, Elroy. – La voz de Philip, el mayordomo la sacó de sus pensamientos. Estaba de pie cerca de ella, con Mary cerca de la puerta. – Su equipaje ya está hecho, señora. En estos momentos lo están colocando en el maletero de su auto. La acompaño.

Philip la tomó del brazo como si fuera a salir corriendo. Elsroy sintió la humillación, ¡estaba siendo despedida de la casa por la servidumbre! Arrancó con fuerza su brazo y exigió ver a Albert.

-El señor pidió que no lo molestaran, en estos momentos está con su hija, en una videoconferencia con la señora Candice.

Elroy gritó y gritó, furiosa, quiso abofetear al mayordomo, pero él era más fuerte que ella y con facilidad la llevó hasta el automóvil. Ya la estaba esperando un chofer que la llevaría hasta su departamento en la ciudad.

-El señor le recuerda que no quiere verla más en ninguna de sus propiedades. Ahórrese la pena de que la corran del lugar o ni siquiera le tomen en cuenta.

Le cerró la portezuela en cara, y partieron inmediatamente. Ella seguía sin creer lo que acababa de pasar. Sintió lágrimas que corrían sobre sus mejillas, después de todo, quería a Albert como a su hijo, pero el orgullo pudo más con ella, y secándolas con firmeza, se prometió que nunca le rogaría. Estaba demasiado segura de que él regresaría a ella, suplicándole su perdón. Después de todo, ella saldría ganando. Estaba segura que Candy caería por su propio peso...

-Sí, mami, era un edificio alto, alto. Tan alto, que papá tuvo que subirme en brazos porque me daba miedo. – Con entusiasmo, Rose le comentaba la visita que había hecho a las oficinas en México, los negocios de Albert le habían consumido la mayor parte del tiempo y al terminar el ciclo escolar de Rose, había decidido llevarla con él. Después de platicar con Candy y preguntarle si deseaba que fuera con ella.

Y es que ya era algo común, en el último mes y medio, habían acordado, aunque de manera silenciosa, mantener conversaciones dedicadas exclusivamente a lo que Rose hacía, o decía, o incluso, comía. Eran conversaciones educadas y breves, pero contrario a lo que ambos pensaban, su trato era demasiado cortés.

Solo que ese día, Candy se sentía exhausta. Las sesiones al aire libre estaban acabando con su paciencia, el calor estaba extenuante, y ella los últimos días tenía que luchar con diferentes malestares. Su madre que había decidido acompañarla para estrechar más su relación, decía que era normal. Aunque Candy no sabía qué tenía de normal odiar el olor del café, que pareciera bipolar con sus cambios de humor, estar soñolienta durante el día y sentirse exhausta. Se sentía desesperada, no era la primera vez que trabajaba tantas horas, y en ambientes y climas extremos, y nunca, nunca se había sentido así. Algo que le ayudó a sentirse un poco mejor, fue que finalmente Stear se había incorporado al trabajo, ella era muy exigente con los fotógrafos, y no se acoplaba trabajando con alguien más. Stear la conocía y sabía la manera de tratarla y aplacarle su humor. Ese día en especial, le había dado una hora de descanso y ella, como siempre hacía, ocupó ese tiempo para hablar con Rosemary.

-¿Sabes una cosa, mami? – Candy frunció el ceño, inexplicablemente, Rose había bajado el volumen de su voz y hablaba en susurros.

-¿Qué pasa cariño? ¿Algo malo? –

-Te tenemos una sorpresa. –

-¿Cómo dices? –

-Rosemary Andrew, despídete de tu mamá y dame el teléfono. – La profunda voz de Albert, sobresaltó a Candy.

-Pero papi… - Hubo silencio del otro lado de la línea, Albert empezó a decir algo a su hija y Candy solo pudo escuchar que Rose obedientemente le decía a su papá: "Está bien". – Mami, me tengo que ir, debo ir a hacer mis… - Se oyó un fuerte carraspeo de parte de Albert y Rose dejó a mitad la frase. – Te quiero mucho, mucho. –

-Yo también, cariño. –

-Adiós. –

-¿Candy? ¿Sigues ahí? – La dulce voz de su hija, fue reemplazada por la masculina voz de Albert. Y como cada vez que hablaban, Candy sintió mariposas en el estómago al escucharlo.

-Sí, estoy aquí. ¿Qué pasa? – Contestó sintiendo una opresión en el pecho. ¿Hasta cuándo seguirían así?

-Solo quería saber si, bueno, ¿exactamente cuándo terminarás tu trabajo? Es que Rose te extraña demasiado y, bueno, quiere verte. –

-Sí, claro. Como le dije a Rose hace un momento, hoy es la última sesión y mañana la fiesta de despedida. El lanzamiento mundial será en un par de meses, todavía no sé exactamente dónde se realizará, pero espero que Rose me pueda acompañar. – Habló tan rápido que se quedó sin aliento.

-Bien. –

-Bien. – Se quedaron en silencio varios minutos, hasta que Candy decidió despedirse. – Bueno, será mejor que regrese, si me tardo un poco más, Stear se pondrá como loco. –

-Cuidate mucho…y ¿Candy? –

-Dime. –

-Yo…nada, que estés bien. –

Albert colgó inmediatamente y Candy tuvo la sensación de que quería decirle algo importante. O solo era su mente jugando con ella, como siempre. Con un largo suspiro de desesperación, inició su vuelta al lugar de la sesión de fotos, rememorando las veces que, soñando despierta se imaginaba a Albert llegando hasta ella; robándole un beso y susurrándole al oído que iniciaran de nuevo. Pero la realidad solo le limitaba a palabras corteses y despedidas agridulces. ¿Acaso él no sentía ya nada por ella?

Con esos sombríos pensamientos comenzó a trabajar. Ya no podía hacer nada.

Al día siguiente, mientras la gente con la que trabajó y sus amigos se divertían en el salón de eventos del hotel, Candy estaba en la sala de estar de su habitación. El dolor de cabeza había comenzado a mediodía y en esos momentos, sentía que le taladraba la cabeza. Eso aunado a un terrible agotamiento la había obligado a disculparse con los presentes y buscar el refugio de su habitación.

Lo único que quería era dormir profundamente, así que, después de la llamada de su mamá diciéndole que esa noche llegaría un poco tarde, se dio una ducha. Minutos después, sentada frente al espejo cepillándose el pelo, decidió que era tiempo de ir a consultar al médico, su madre no dejaba de repetirle que era algo normal, pero ella no estaba tan segura. Aunque seguía renuente de ver al doctor, los galenos nunca daban buenas noticias. Se estremeció al recordar la frialdad del hombre que la vio después del parto de Rose afirmándole que jamás podría tener hijos, así que era mejor que ni lo intentara.

Escuchó un golpe en la puerta y al ponerse de pie, sintió en leve mareo. No, definitivamente eso no era normal. Con eso en mente, caminó hasta la puerta para abrir y al hacerlo se llevó una gran sorpresa.

-¡Albert! – Se petrificó, ahí estaba él, alto, varonil, con su vestimenta demasiado informal, con jeans de mezclilla, su pelo corto lo llevaba revuelto, se veía más guapo y atractivo que nunca. Pero se veía desmejorado y hasta ojeroso. Aspiró el aroma de su colonia, deseaba llenarse los pulmones de su olor que le traía bellos recuerdos…solo que al hacerlo, deseó no haberlo hecho, su estómago protestó y sintió unas terribles nauseas. Con el ceño fruncido, corrió hasta el baño sin notar que Albert entraba detrás de ella, seguido de Dorothy.

Ella estaba arrodillada frente al excusado, volviendo el escaso alimento que había comido ese día. Albert se arrodilló junto a ella, y le pasó una toalla empapada de agua por su frente y su cuello. Le limpió el rostro con suma delicadeza y cuando ella se puso de pie con gran esfuerzo, le preparó su cepillo dental para que se lavara la boca. Una vez que Candy terminó, Albert tomó su rostro con ambas manos, su preocupación se hizo evidente en sus facciones.

-¿Te sientes mejor? – Preguntó sintiéndose un completo idiota al no poder hacer algo más.

Ella asintió, más por temor de volver a repetir la embarazosa escena que por otra cosa.

-Será mejor que tomes asiento. – Sin decir una palabra más, la tomó en brazos. Cuando ella quiso protestar, él la silencio con la misma mirada que le dirigía a su hija cuando trataba de desobedecerlo.

-Estoy bien. – Le reclamó ella, solo que al ponerla de pie junto al sofá, se desvaneció entre sus brazos. Albert se alarmó. Buscó con la mirada a Dorothy.

-Ya llamé al médico. Desde hace días se ha sentido indispuesta, y aunque Clarisse le dice que es algo normal, la ha instado para que vaya a ver al doctor. Pero ya la conoces, no quiso hacerlo hasta que terminar el trabajo. –

Albert asintió, sintiendo que se le formaba un nudo en el estómago. ¿Por qué Clarisse no le había dicho eso? Se habían mantenido en comunicación desde hacía casi un mes, cuando la madre de Candy fue a visitarlo hasta sus oficinas en México exigiéndole que le ya no hiciera sufrir más a su hija. Pero cuando Albert le explicó sus razones del por qué había esperado tanto tiempo en ir a verla, su suegra se convirtió en su aliada. De esa forma, con su ayuda, había planeado volar junto a Rose hacia Francia y darle una sorpresa a Candy, o al menos esperaba que su presencia fuera considerada así. Y Rose había estado a punto de develar su secreto, estaba tan emocionada con la esperanza de ver a su madre que quería que Candy supiera que faltaba poco para que pudieran abrazarse. Y ahora que Albert lo pensaba, creía que tal vez eso hubiera sido mejor, se sintió culpable del estado de Candy, tal vez si no le hubiera tomado por sorpresa… tomó su mano con delicadeza, y susurrando palabras de amor, esperó a que el médico llegara.

Candy despertó dos horas después. El desmayó propició que pudiera dormir un poco, estaba demasiado exhausta. Poco a poco abrió los ojos y cuando miró hacia el techo del hotel, recordó que había soñado con Albert, estaba ahí, en el mismo lugar y la había sostenido después de que vomitara. Solo que al sentir un vacío en su estómago, supo que no lo había soñado. Recorrió la habitación con la vista, buscando una señal de su presencia, pero no encontró nada. Tratando de incorporarse, se apoyó sobre sus codos y cuando estaba a punto de ponerse de pie, escuchó voces que se acercaban.

-¡Candy! – La llamó Dorothy con evidente alivio. – Por fin despertaste. ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor? –

-Sí – Respondió Candy escuetamente, se acabó de convencer que la presencia de Albert había sido un sueño. – Creo que al fin pude descansar un poco. Debe ser el calor y las horas extenuantes de trabajo. Así que no es necesario armar escándalo. ¿Ya le dijiste a mamá? –

-¿A Clarisse? No, ni siquiera está en el hotel, fue al circo. – Candy frunció el ceño.

-¿Al circo? ¿Y por qué…? – Dorothy no le permitió continuar.

-William no quería separarse de ti, pero no soportaba más la espera y hace como quince minutos decidió salir a "apresurar" el resultado de los análisis que te practicaron. Aunque ya le dije que aunque "los apresure" los análisis estarán cuando tengan qué estar. – Lo dijo como si tal cosa que Candy se quedó petrificada.

-¿Albert? ¿Análisis? ¿Quieres decirme que vino el médico? –

-Sí, tu Albert está aquí, el médico vino a auscultarte, lo cual ya era hora y sí, tomó muestras de sangre y las llevó a examinar. – Afirmó categóricamente Dorothy y en ese momento escucharon la puerta abrirse.

-¡Gracias a Dios ya despertaste! – Exclamó angustiado Albert al entrar con el doctor a su espalda. Corrió hacia ella que aún estaba recostada, y la tomó amorosamente de la mano. Candy sintió su calidez y correspondió el gesto permitiendo que entrelazaran sus dedos.

-Hace unos minutos. – Afirmó con voz trémula por la emoción.

- Muy bien – El doctor llamó su atención. – Candy, los exámenes que te realizamos han revelado la causa de tus frecuentes síntomas. –

-¿Algo va mal doctor? – Albert quiso sonar despreocupado, pero su voz salió más aguda de lo normal.

-Nada que no se quite en unos meses. – Sonrió complacido el médico, como si esa oración aclarara el asunto. Candy se tensó.

-¿Meses? ¿Pues qué tengo? – Inquirió Candy ya más preocupada, por un momento pensó que tal fuera su culpa por esperar tanto en ver a un especialista.

-Candy, tus síntomas son normales en tu estado. Solo te recomiendo que ya no le exijas a tu cuerpo tanto, aunque eres joven, debes tener en cuenta que ahora debes descansar lo suficiente y alimentarte sanamente. No es bueno para ti, y menos para el bebé. – Ambos se quedaron con la boca abierta. Candy se quedó además, muda.

-¿Bebé? – Se apresuró a preguntar Albert, recordando lo que Candy le contara tiempo atrás. – Pero, ¿cómo? -

-Bueno jóvenes, creo que ya tienen una hija, además están recién casados, creo que no es necesario que les explique "cómo" pasó. – La sonrisa pícara del doctor, devolvió a Candy a la realidad.

-No entiende doctor. Cuando Rose nació, me dijeron que una infección había hecho que me practicaran una histerectomía, y aunque en ese entonces no entendía muy bien de qué se trataba, el doctor me dijo categóricamente que era imposible… - Pero se quedó a medias en la frase, una emoción y un sentimiento cálido traspasó sus defensas, e instintivamente volvió su vista a Albert, que al parecer la noticia le impresionó tanto como a ella. Solo tenía miedo de saber qué pensaba en esos momentos, ¿sería feliz con la noticia?

-Pues evidentemente te mintieron. Creo que ahora no es necesario que te explique lo que es una histerectomía, y si de verdad te la hubieran realizado, ciertamente sería imposible tu embarazo. Y no hay error en el diagnóstico. Pero será mejor que si tienes ginecólogo personal, lo visites. No te vendría mal un examen exhaustivo… Bueno, será mejor que me retire. – Entregó el sobre con los resultados a Albert y cerrando su maletín, se le quedó mirando unos segundos. - ¡Felicidades!

Después de que el doctor se retiró, Albert se dio cuenta que Dorothy ya no estaba. Era obvio que los habían dejado solos.

Miró a Candy que tenía la vista fija en él. Recordó la noticia que acababa de recibir y sintió que la amaba más que antes. Sonriendo con ternura, acarició con sus nudillos la tersa mejilla de su esposa. Ella hizo el intento de hablar, pero él la interrumpió. Candy solo veía en sus ojos amor y suplicó que fuera cierto.

-¡Perdóname! – Albert enterró su rostro en el vientre de su amada, en el mismo lugar donde crecía su hijo. – He sido un completo imbécil por dejarte ir de esa manera, por no comprenderte cuando debías de haber recibido de mi parte comprensión y apoyo por todo lo que has pasado, en gran parte por mi culpa. Pero cuando quise hablar contigo ya te habías marchado, fuimos hasta el aeropuerto y tu vuelo… - Su voz sonaba apagada, pues no había levantado la cara, ahora ya se aferraba a la cintura de Candy con ambas manos. – No pude venir antes, yo… - Pero Candy le impidió continuar, ahora ya nada importaba, solo el hecho que él estaba con ella y que iban a ser padres nuevamente.

-No tengo nada qué perdonar. – Le habló dulcemente mientras acariciaba con ternura su cabello. Albert levantó la cabeza y la miró detenidamente. Estaba confundido, esperaba que Candy lo hiciera suplicar más. Ella pareció leer su mente. - ¿Es que no te das cuenta? Lo importante es que hayas venido. – Confesó ella con lágrimas en los ojos. – Y… bueno, creo que este tiempo nos ha ayudado a ver las cosas con más claridad. Debo confesar que cuando abandoné Lakewood, sentía resentimiento contra ti, por no comprenderme, y porque había sido tu tía quien nos había separado. Sin embargo, he meditado en ello y me di cuenta que fue culpa de mi padrastro. Siempre daba conmigo, en esa ocasión lo hizo más rápido con ayuda de tu tía, pero eventualmente él habría dado conmigo. Fue él, el único responsable de todo lo que sufrí. Pero debo agradecerle, porque de esa forma te conocí. – Había emoción en su voz y ahora lloraba tranquilamente.

-¡Oh, por Dios! No llores. – Albert no soportaba verla así, se incorporó y subiendo a la cama junto a ella, la abrazó con todo el amor que guardaba para ella.

-Oh, pero, ¿no sabes que también hay lágrimas de felicidad? – Preguntó ella, secándose las lágrimas y sonriéndole.

-Entonces, ¿eres…eres feliz? – Se aventuró a preguntar él. Su corazón latía rápidamente, pensando que por fin podrían ser felices.

-¿Y cómo no serlo? Estamos aquí, juntos, abrazados. – Los dos sonrieron ante lo obvio. - Te amo. – Confesó con voz trémula, no sabía si Albert la amaba igual que ella a él. Albert no contestó. Pero ella podría ser muy paciente, se dijo. Así que decidió cambiar de tema. – Y por último y no menos importante, ¡vamos a ser papás! –

-¡Dios! ¡Todavía no puedo creerlo! Creo que somos buenos, lo volvimos a hacer, y, ¡a la primera! –

-¡Albert! – Rieron a carcajadas por unos momentos. Candy estaba sonrojada y Albert la miraba pícaramente.

-¿Está bien? – Preguntó Candy de pronto.

-¿A qué te refieres? –

-Es decir…tú, ¿querías más hijos? –

-¿Bromeas? Aunque ya me había hecho a la idea que no tendríamos más, estoy feliz. Siempre quise una familia grande, ambos sabemos bien que crecer como hijos únicos es… -

-Muy triste y demasiado solitario. – Completo Candy.

-¿Y tú? – Inquirió Albert.

-¿Yo? Estoy emocionada, especialmente después de pensar que nunca tendría más… - Candy hizo una pausa, de pronto recordó algo. – Albert, ¿y Rosemary? – Preguntó con preocupación incorporándose un poco. Pero Albert la volvió a recostar sobre su pecho, y acariciando su sedoso cabello la tranquilizó.

-No te preocupes, está con tu mamá. Al parecer la llevó al circo y pasará la noche con ella. Sabía que necesitábamos tiempo para reconciliarnos. –

-¿Así que ella sabía que vendrías? Creo que hay muchas cosas que me deben explicar ustedes tres. Pero ahora solo quiero estar en tus brazos. –

-Está bien. – Fue una respuesta escueta, Albert tenía otra cosa en mente, y no quería dejar pasar la oportunidad de dejar las cosas en claro con ella. - ¿Candy? –

-¿Qué pasa? – Levantó su rostro y lo vio a los ojos.

-¿Para ti no significará algún problema? Quiero decir, tu embarazo. –

-¿Y por qué supondría problema? –

-Eres modelo, vives de tu apariencia. No creo que puedas seguir trabajando una vez que se empiece a notar el embarazo. –

-Por supuesto que no, tontito. – Le dijo Candy risueña. – La semana de la moda en París tendrá que pasar sin mí. –

-Pero, yo…me siento culpable por no haber tomado precauciones. Si lo hubiera hecho no tendrías que abandonar tu trabajo por el que tanto has trabajado. –

-No me importa. – Afirmó contundente. – La fama y la fortuna no valen nada si no los tuviera a ustedes. No me interesaría vivir día a día con poco dinero, que vivir como hasta ahora sin ustedes. –

Esas palabras y el amor profundo en los ojos esmeraldas de la rubia, hicieron estremecer a su esposo. De pronto, Albert tomó el rostro de Candy entre sus manos y la miró directamente a los ojos. Sus alientos se mezclaban de lo cerca que estaban.

-¿De verdad me amas? – Preguntó mientras le daba pequeños besos en la boca que adoraba.

-Creí que no lo habías escuchado. – Contestó como pudo entre beso y beso.

-Escuché lo suficiente como para que mi corazón dejara de latir por unos segundos. Creí que te había perdido, ahora solo quiero que me lo confirmes… por favor. –

-¿Eso significa que tú me amas? –

-Sí. – Dijo extrañado. - ¿No te lo dije? –

-No, cariño. –

-Soy un idiota. – Masculló Albert por lo bajo. – Por cómo sucedieron las cosas… bueno, el caso es que era lo primero en mi lista de lo que tenía que decirte. – Comentó apenado ante la mirada risueña de ella.

-Te amo. – Hablaron al unísono. Se sintieron como la primera vez que se habían declarado su amor hace años.

Se besaron con ternura y tratando de transmitir todo su amor, profundizaron el beso. Y las caricias aumentaron, alejaron de su mente al mundo en general, en ese momento solo existían ellos. Por eso su entrega fue completa. Y tocando en lo más profundo de sus almas juraron que jamás permitirían que nada ni nadie, los separaría jamás.

Porque juntos habían aprendido a amar, a ser infelices, a tener esperanza, a disfrutar de la vida y soñar con un futuro junto a sus hijos. Nada importaría mientras estuvieran juntos. Porque nunca supieron lo que era hacer sus sueños realidad, hasta que se encontraron. Porque pretendieron seguir adelante, su amor siempre estuvo ahí. Donde la vida los llevara una parte de ellos siempre los acompañaría a donde quiera que fueran.

.

.

.

FIN

.

.

¡Jelou! Ya llegué, gracias a Dios, otra vez. Gracias por seguirme y su apoyo a la historia, como pueden ver, es el último capítulo, pero falta el epílogo y ese espero subirlo mañana.

Les ofrezco una disculpa por haberme alejado de todo esto, pero me ha sido difícil. Ahora sí las enfermedades no me han dejado. Primero, una bacteria en el estómago, gastritis crónica, y ahora, cálculos biliares, con sus idas a urgencias por el dolor insoportable. Hasta hoy estoy estable, espero en Dios así siga porque no quiero quedarme sin vesícula. En fin, gracias por la paciencia y nos seguimos leyendo.

Hasta la próxima!