Y tras una espera interminable, motivada por el secuestro de mi persona por parte de la universidad, dejo por aquí el último capítulo. Espero que les guste y dejen alguna review (si lo creen necesario claro XD). Nuevamente, quiero dar las gracias a aquellos que habéis seguido toda la historia y a los que me habéis dejado algún comentario; ha sido bastante más de ayuda de lo que podáis creer.
Así que bueno, no doy más la chapa y ahora sí, os dejo que prosigáis la lectura.
- Pero… Pero Haru…
Rápidamente acercó su oído al pecho de Haru. Su corazón latía y respiraba débilmente. Seguía viva, de momento. Meichi le hablaba a Tokaku, quién se había olvidado completamente del teléfono móvil y buscaba como parar la hemorragia de Haru. La camiseta con la que había intentado taponarla estaba mayoritariamente roja, había perdido una gran cantidad de sangre.
- … esperaremos que decidas las dos recompensas que has obtenido… - escuchó que decían al otro lado del aparato.
- ¡Quiero la vida de Haru! - gritó.
Se hizo el silencio en ambos lados.
- En cinco minutos tendrás una ambulancia en la puerta de la academia. La tendrás si consigues bajarla.
No escuchó nada más. Pasó una mano por detrás de la espalda de Haru y la otra por detrás de las rodillas y la cogió en peso. Salió corriendo hasta el ascensor, al que esperó con impaciencia. No se había consumido el tiempo que le habían dado cuando ya estaba en la entrada, con el vehículo anunciado esperándola. La ambulancia se llevó a Haru al hospital ante la mirada de Tokaku, además de Meichi y Nio, que también se encontraban allí. Se había quedado allí, como una estatua, en la puerta. Meichi se fue, seguida de Nio, no sin antes dejarle la dirección del hospital y una identificación especial para poder entrar a la habitación en la que meterían a Haru.
- No tenías que cargártela - la voz de Miyuki la sorprendió.
- Nunca te dije que aceptaba el trato.
- Te he ayudado Tokaku, para que la salvases, la necesitábamos con vida. ¿Ahora cómo voy a decirle a mi jefe que he perdido la mejor oportunidad que teníamos para quitar de en medio a Meichi? Sólo necesitaba su vida…
- Su vida ahora es mía - sentenció.
Miyuki se quedó sorprendida al escuchar las palabras de la peli azul. ¿Había pedido la vida de aquella chica como recompensa?
- Sí - respondió Tokaku al ver la pregunta en los ojos de la chica -. Ella es mía y no voy a dejar que le toques un pelo.
- Pero… ¿está viva?
- Cuando… cuando se la han llevado… sí, seguía viva.
Enfadada y aliviada al mismo tiempo, Miyuki se alejó del lugar. Tokaku se quedó mirándola mientras se alejaba, con rabia. Era cierto que la chica rubia la había ayudado pero por su propia voluntad. En ningún momento había aceptado el trato que le había propuesto pues, no se fiaba de ella. No la conocía, no sabía sus verdaderos intereses en Haru. Y cualquier plan que significase ir en contra de Meichi no era algo fácil de realizar; aún más complicado debía ser cuando necesitaban a Haru viva.
Se tomó unos minutos para observar. Su alrededor. A sí misma. Para pensar en las decisiones que había tomado, en su paso por la clase negra.
Se había hecho de noche, no se había dado cuenta pero el tema consumió más tiempo del que esperaba. Se encontró a sí misma sola en la entrada de la academia, iluminada tan solo por la luz tenue de la luna. Las luces del recinto no se habían encendido esa noche, Meichi debía estar de luto, pensó Tokaku con sorna. La brisa nocturna le recordó que estaba sin su blusa, Haru se la había llevado con ella, quedando la peli azul con el torso casi desnudo. Se reprochó a sí misma el no haberse dado cuenta antes. Subió con relativa calma a su habitación, aún no aceptaba que podía haber matado a Haru. Debía tomar una ducha, cambiarse de ropa y dirigirse al hospital. No quería demorarse mucho a pesar de que sabía que Haru tardaría aún en despertar.
Al salir de la ducha se percató de que había recibido un mensaje. Se acercó al móvil para ver de quién era. De Kaiba. No le apetecía mucho abrirlo ni leerlo, pero aún así lo hizo.
"Para mí 'querida' alumna Tokaku:
Felicidades por haber ganado la clase negra habiendo acabado con ambos objetivos, a pesar de que no has cumplido otros objetivos que te requeríamos desde la Academia 17. Vamos que no has avanzado nada con tu vida.
PD: Échale un ojo a la rubia que te sigue a todos sitios últimamente si quieres obtener esa jugosa recompensa llamada Haru."
Entendí, o más bien quise entender, poco de aquel mensaje. Tenía prisa. Necesitaba estar con Haru. Saqué de mi armario unos pantalones negros, una camiseta blanca con letras en azul oscuro o quizás negro, ni siquiera me detuve a mirarlo, y una chaqueta blanca; para acabar calzándome unas Vans. Recogí la identificación que me facilitó Meichi y me dirigí al hospital indicado. El lugar estaba casi en la otra punta de la ciudad y, como iba en autobús, me costó la vida llegar. Una vez allí, con todos los trámites hechos para la visita busqué el ascensor para subir a la décima planta, donde estaba la chica a la que me moría por ver.
Al parecer, me equivoqué de elevador y me metí en la zona que estaba reservada para el personal. Agradecí al chico que me lo dijo y que, en vez de echarme, me indicó como llegar. Salí a un pasillo enorme, larguísimo. Iba absorta buscando la habitación hasta que un repentino choque con otra persona me devolvió al mundo.
- Llegas bastante tarde…
- ¿Nio? ¿Qué haces aquí? - su presencia inesperada en el hospital me ponía nerviosa.
- Date prisa, tu moribunda novia quiere verte una última vez.
No podía ser cierto. Mis rodillas comenzaron a fallar mientras sentía que toda la gravedad del planeta se concentraba en mi persona. Me acerqué a la puerta y tomé el pomo, dispuesta a girarlo y entrar. Un escalofrío invadió mi cuerpo. Tragué saliva, como si eso me hiciese más fuerte. Un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. Abrí. Al fin conseguí abrir la puerta y entrar. Meichi estaba al lado de la cama, de pie, sin expresión.
- Espero que puedas aprovechar bien vuestros últimos minutos juntas - me miró, y salió.
Me acerqué a la cama, escuchando como Haru susurraba mi nombre. No sabía si estaba dormida o inconsciente o… no lo sé. Tan solo la veía ahí tumbada, con los ojos cerrados. Busqué su mano entre las sábanas y la agarré con suavidad.
- Tokaku… - subió el volumen de su voz y abrió levemente los ojos -… ven…
Me aproximé más a ella, hasta quedar apenas a unos centímetros de distancia. Con su mano libre rodeó mi cuello, hasta apoyarla en mi nuca. No sabía qué quería. Intentó hacer presión pero su fuerza era nula. Sin embargo, ahora la había entendido. Posé mis labios sobre los suyos y la dejé que jugase con mi boca unos segundos, cuando ella, cansada y sin aire, rompió el beso.
- Lo siento Tokaku…
Cuando el aparato que medía su pulso comenzó a pitar como un loco, la tranquilidad del momento se desvaneció de forma abrupta. Al igual que su vida. Me quedé inmersa en el aparato que no paraba de emitir aquel molesto sonido. No podía ser verdad. Haru no podía morir. Yo no podía haber matado a Haru. Ella era la más fuerte de entre toda las chicas de la clase negra. Su personalidad era la más fuerte. Sus ganas de cumplir sus sueños nos rebasaban a todas juntas. Su intención de graduarse en la clase negra… era inquebrantable. Y yo no podía haber acabado con nada de eso. Pero era mi culpa. Por querer comprobar que no me había enamorado de una mentira y que no había sido más que un objeto de usar y tirar para sobrevivir. Y era su culpa. Por dejarme comprobar que ambas nos habíamos enamorado de forma espontánea. Había sido la decisión más estúpida de nuestras vidas.
- No quería hacerlo, pero supongo que tengo que felicitarte por ganar la clase negra, ya de forma oficial.
Meichi había vuelto a entrar en la habitación, esta vez acompañada de Nio y de Miyuki, quien supongo que habría llegado recientemente.
- Cuando tengas tiempo, nos vemos en mi despacho. Debemos hablar - Meichi volvió a hablarme, pero mis sentidos no le prestaban demasiada atención.
Unos segundos más tarde Meichi y Nio salieron. Esta vez para no volver a entrar. Miyuki estaba de pie al lado de la puerta. En su rostro se reflejaba la decepción como jamás la había visto reflejada en ningún rostro.
- Has tirado todos mis esfuerzos por la borda - se quejó.
- También los suyos - dije refiriéndome a Haru -. Y los míos. No eres quién para quejarte.
- ¿No lo entiendes? Si la tuviésemos podríamos haber sacado a Meichi del juego y obtener su posición.
- Tu eres la que no lo entiende. A mí no me interesaba tu acuerdo, ni la obsesión que tenéis con esa mujer. Hazme el favor y vete, déjame lamentar la peor decisión de mi vida en paz.
No se fue para nada contenta. No sé qué le esperaba a ella. Ni tampoco lo que me esperaba a mí. De momento debía aceptar que Haru no volvería estar a mi lado. Por mucho que me costase. Por mucho que la amase. ¿Amor? ¿Qué clase de gilipollez estaba diciendo? No se mata a la persona que se ama.
Quería quedarme, estar a su lado, pero me sacaron de allí y me obligaron a volver a la academia. Quién sabe cuánto tiempo pasé encerrada en la habitación, escuchando poco más que mis llantos y lamentos. Qué patético. Siempre había sido tan débil… y nunca quise darme cuenta. Mi móvil sonaba de vez en cuando avisándome de la llegada de mensajes. No abrí ninguno, no me parecía que valiese la pena. Sin embargo, no dudé en coger una llamada. Meichi volvía a recordarme que quería verme en su despacho. Tomé una ducha rápida y fui a donde se me requería.
La llovizna y el cielo cubierto daban un toque adicional de tristeza al ambiente, como si no fuese suficiente con la que acarreaba yo.
- Ni siquiera te has dignado a ir a su entierro.
La molestia era notable en su voz. Apenas formulé una pequeña disculpa, sintiéndome más miserable. No pensaba que podía sentirme peor de cómo ya me sentía.
- ¿Dónde has estado estos tres días?
- En mi habitación, sin hacer nada especial.
- Tenía noticias para ti, que quizás te hicieran sentir algo mejor.
Había mantenido la vista en el suelo todo el tiempo, hasta escuchar aquellas últimas palabras. Aunque ese repentino interés duró el tiempo de preguntar de qué se trataba. Luego, volví a bajar la vista.
- Se trata de Haru - comenzó, captando mi atención pero no mi mirada -, no está muerta…
- ¡La he visto morir justo delante de mí! - interrumpí elevando mi tono de voz.
- … tampoco le disparaste…
- ¡Claro que lo hice! - grité - Su… su sangre… yo… - mi capacidad de hablar se esfumaba cuando recordaba aquel momento.
El silencio en la sala era sepulcral. Pero por suerte no duró mucho.
- Bueno, creo que será mejor que te lo explique ella. Ha sido reasignada de habitación en la academia, puedes mudarte con ella si estás de acuerdo. Ella lo está.
No lo estaba entendiendo. Mi cerebro estaba a punto de explotar, no podía procesar esa información. ¿Cómo iba a estar Haru viva? Ella no podía crear ilusiones, ¿o tenía más poder del que podía haber llegado a imaginar? ¿Me estaba tendiendo Meichi una trampa? Debió importarme poco, más bien nada, la opción de que estuviese cayendo en una trampa pues antes de darme cuenta estaba de camino a la nueva supuesta habitación de Haru. Di un par de golpes suaves en la puerta, esperando una respuesta que no llegaría. Volví a llamar. De nuevo, no obtuve respuesta. Me acerqué a la puerta, dejando mi cara a unos centímetros de distancia.
- ¿Haru? - mi voz temblaba como nunca - ¿E-estás ahí?
Había perdido la esperanza de que me abriera alguien, si es que alguna vez llegué a albergarla. Sin embargo, seguía llamando a Haru. O hablándole a la puerta. Realmente no sé qué hacía.
- Haru… soy yo, soy Tokaku - me derrumbé, cayendo de rodillas al suelo y comenzando a llorar con desesperación -. Meichi me dijo que estabas aquí y yo… yo… soy tan idiota.
Golpeé la puerta con la cabeza, arrepintiéndome de haber creído a la directora y de todo lo que había hecho últimamente. Iba a repetir mi último movimiento pero, apenas un segundo antes, escuché un pequeño "click" que venía del interior de la habitación. Era el sonido que hacía el seguro de la puerta. Cuando se abría. Pero la puerta seguía cerrada. Alcé la vista, expectante. Escalofríos recorrían mi cuerpo. Mi corazón aumentaba su ritmo. Mi respiración se agitaba. Mis manos temblaban.
- ¿Haru? - volví a preguntar entre más lágrimas.
Y, ahora sí, la puerta se abrió. No podía ver a nadie. El interior estaba totalmente oscuro. Alguien me dejaba entrar, sin yo poder asegurar quién era. A decir verdad, sin tener ni la más remota de quién era, por mucho que quisiera asegurar que se trataba de Haru. La situación se asemejaba a adentrarse en la boca del lobo. Me puse en pie como pude y me sequé las lágrimas. Mi corazón, inútil como él solo, aún quería creer que Haru estaba allí. Y si podía encontrarla, no me importaba en absoluto tener que entrar allí. O en cualquier otro lugar. Y así hice. Entré. Intenté encender la luz, pero el interruptor que encontré no funcionaba.
- ¿Puedes o puedo abrir las cortinas? - pregunté, pero no obtuve respuesta.
Había avanzado considerablemente en la habitación, intentando establecer contacto físico o verbal con la otra persona en el interior. Sin mucho éxito. Fue entonces cuanto sentí como la puerta se cerraba despacio. Escuché un suspiro.
- Se supone que no deberías haber venido aquí…
No pude identificar la voz. Hablaba a través de algo que modificaba su voz, aunque no veía qué era.
- ¿Quién eres? - era mi pregunta estrella.
- … aún… - ahora había hablado sin usar aquel filtro de voz.
- ¡Haru! - grité incrédula.
Antes de poder volver a decir o gritar cualquier cosa, sentí sus labios sobre los míos en un beso muy corto y muy brusco. En cuanto se apartó, puso un dedo en mis labios indicándome silencio. Asentí. No me podía ver, pero podía sentir mi movimiento. Unos segundos más tarde, se encendieron las luces. La repentina claridad me obligó a cerrar los ojos, ahora que se habían acostumbrado a la oscuridad. Los abrí lentamente para encontrar a la persona que anhelaba al lado del interruptor que con anterioridad yo había intentado accionar y no había funcionado. Tenía su característica sonrisa, esa de la que me había enamorado perdidamente. Mi corazón latía como un loco, rebosando alegría por verla. Mi sentido común y mi razón terminaron de fallar. No entendía nada, pero ella estaba allí y si era tan real el resto, no me importaba.
- Haru - susurré. Iba a acabar borrándole el nombre si no dejaba de pronunciarlo.
Se volvió a acercar a mí. Yo me había quedado inmóvil desde el momento en el que me besó.
- Me encanta que digas mi nombre - susurró en mi oreja a la vez que con sus brazos envolvía mi cuello -, pero se supone que estoy muerta. No deberías estar llamándome.
- No… no entiendo… ¿cómo es que sigues viva? Me llena de alegría pero, quiero decir, te vi morir… Te… bueno, te disparé…
Esbozó una sonrisa más grande, se divertía al ver mi confusión. Volvió a unir nuestros labios por un breve periodo de tiempo. Empezaba a ser adicta a esto.
- Supongo que has oído hablar del clan Kuzunoha - me miró fijamente, esperando una respuesta. Asentí -. Nio… pertenece a ese clan. Supongo que no hay más que explicar.
- ¿Lo tenías todo planeado? Ya sabes, que ella me provocase alucinaciones…
- No. Si te soy sincera no. Ni siquiera lo habíamos hablado. Me pilló desprevenida. Pero… ¡alégrate! Hemos podido comprobar que no he influido en tus decisiones y sin consecuencias.
Ella me miraba radiante. O eso me parecía a mí. Siempre estaba radiante según mis ojos.
- Si que ha habido consecuencias - dije, sintiendo su cuerpo tensarse y viendo como su sonrisa se esfumaba mientras bajaba el rostro -. Ahora sé que realmente me gustas - me miró de nuevo -. Espero que te hagas responsable de ello.
Sin dejarle responder la besé, con toda la pasión que pude. Puse las manos en sus caderas y la hice retroceder hasta que su espalda se topó con la pared. Soltó un pequeño quejido al notar el contacto frío. Una de sus manos se desplazó a mi cabello y la otra a la chaqueta que llevaba puesta, agarrándola con fuerza. Haru me devolvía el beso con pasión, el cual le había dejado liderar. Básicamente porque yo era bastante novata y prefería que ambas disfrutásemos del momento. Agarró ahora mis manos, para apartarlas de sus caderas.
- Quítate la chaqueta - pidió para acto seguido volver a devorar mis labios.
Solté sus manos para quitarme la prenda y lanzarla lejos. Intenté agarrar su cuerpo de nuevo, pero antes de llegar me detuvo. Entrelazó nuestros dedos unos segundos para luego agarrar mis muñecas y llevar mis manos a su trasero. Acercó su cuerpo al mío, que apenas estaba a dos centímetros de distancia, dejándonos a ambas sentir el calor de la otra. Rompió el beso.
- Llévame a la cama - ordenó mirándome a los ojos.
¡Maldición! Me había perdido en sus ojos de tal manera que no noté como intentaba aferrarse a mi cintura con sus piernas para que la llevase en brazos a la cama. Volví al mundo y agarré sus muslos. Obedeciendo su orden me acerqué lentamente a la cama mientras seguíamos devorando los labios ajenos. Antes de poder dejarla con suavidad, me hizo soltarla. Me empujó y caí en el centro de la cama. Con una sonrisa pícara, se quitó la falda y me la lanzó a la cara. Cogí la prenda y la tiré lejos mientras ella se sentaba en mi estómago. Se inclinó para volver a besarme. Quería más, pero solo me dejó saborear sus labios unos segundos. Se acercó a mi oído y con un tono sensual susurró:
- Tócame.
Mi cuerpo se tensó. No sabía qué venía a continuación.
- Donde quieras - continuó -. Tan solo acaricia mi cuerpo. Cuando lo haces… - hizo una pequeña pausa y respiró de forma pesada para darle tensión y dramatismo a sus próximas palabras - … me excito…
Un escalofrío me recorrió toda la espina dorsal. ¿De dónde había salido una Haru tan malditamente seductora? Accedí nuevamente a lo que me pedía. Introduje mis manos por debajo de su camiseta y comencé a recorrer su piel mientras ella seguía respirando de forma pesada al lado de mi oído. De algo estaba segura en aquel momento. Su ropa me estorbaba. Ella pareció leerme el pensamiento pues dirigió sus manos a las mías y las guió para quitarse la camiseta. Quedó de nuevo sentada, pero esta vez a horcajadas sobre mis piernas, permitiéndome incorporarme y quedar sentada también. La vista que me ofrecía era maravillosa, ahora que me había dado cuenta de que no llevaba sostén no podía dejar de mirar su pecho. Puso una mano en mi nuca, acercándome más a ella, mientras con la otra me acariciaba con suavidad el pelo. Me lancé a depositar suaves besos en su cuello y posé mis manos sobre la última prenda de ropa que llevaba.
- Oh… ¿en serio? ¿Quieres quitarme las bragas? - su tono entre seductor y pícaro acababa conmigo.
- Yo…
¿Quería? Pues no realmente, no sabía continuar. Bueno, sí que quería. Tenerla desnuda solo para mí, aunque fuese solo eso, sin necesidad ninguna de sexo.
- ¿No quieres? - preguntó ahora con un tono triste y de decepción mientras se alejaba de mí para tumbarse en la cama -. Yo sí quiero… - mantuvo el tono y se llevo un dedo a la boca, fingiendo morderse la uña.
No contesté, simplemente me puse sobre ella y la besé. Llevé mis manos hacia la tela pero cuando llegué, me dio un manotazo y rompió el beso, alejándome de ella.
- No, no, no. Así no.
Se volvía a reír de mi, ¿verdad? Agarró mi camiseta para atraerme y darme un fugaz beso. Acto seguido buscó nuevamente mi oído para susurrar.
- Tienes que hacerlo con la boca.
Escuché una pequeña risita. ¿Hablaba en serio? La miré a los ojos. Y sí, hablaba en serio.
- V-voy.
Sin embargo, esa noche no llegamos más lejos de dormir. Era cierto que yo estaba totalmente desnuda y que acabé quitándole a Tokaku su camiseta. Quería que ella pasara sus manos por todo mi cuerpo, pero creí que era demasiado por el momento llegar a ciertos sitios. Tenía muchas ganas, pero ahora también teníamos mucho tiempo.
Después de mi supuesta muerte, todo volvió a la normalidad. Si es que algo llegó alguna vez a serlo. Tokaku se mudó a la habitación conmigo. Y, respecto a mi vida, no sé cómo lo hizo mi tía pero a ratos estaba viva y a ratos había fallecido. Depende para lo que se me buscara. Me sentía agradecida y admiraba las habilidades burocráticas de la cabeza de familia. Era algo que iría aprendiendo, junto a muchas otras cosas, para cuando me tocase sucederla. Ahora que había sobrevivido a la clase negra y contaba con el apoyo incondicional de Tokaku me sentía preparada para todo y acepté el que sería mi puesto.
Varios meses habían pasado y habíamos terminado el curso, logrando nuestro graduado. Comenzamos el bachillerato juntas. Yo quería ir a la universidad, algo que a ella no le importaba mucho pero se mantuvo conmigo esos años preuniversitarios. Siguió estudiando simplemente por estar a mi lado, por pedirle que siguiera conmigo, protegiéndome. Sus notas fueron las mejores de la clase lo que, ligado a sus capacidades físicas, le proporcionó bastante popularidad. Aunque seguíamos en Myojo, el bachillerato era mixto y siempre estaba rodeada de chicos y chicas que intentaban tener relación con ella de alguna forma. Claro que no tenían éxito, yo tenía la suerte de ser la única para la peli azul. Yo también tuve un chico rondándome un tiempo, hasta que decidí que nuestra relación debía salir a la luz. Fue uno de los mejores momentos, sin embargo, el mejor de todos fue la ceremonia de graduación.
Había aprobado los exámenes pertinentes para ir a la universidad y con nota; estaba más que aceptada. Tokaku y yo nos iríamos a vivir juntas a un piso de estudiantes. Ella no había pedido entrar en ninguna universidad, a pesar de haber hecho exámenes de acceso y tenerlos más que aprobados también. Me extrañó un poco y también me entristeció. Quería que siguiese conmigo, pero no la puedo obligar a seguir mis pasos, es algo injusto. No estuvo en el acto de graduación, decía que eso la aburría demasiado y que llegaría para la fiesta posterior. La fiesta se celebraría en el gimnasio de la academia. Nos encontraríamos en la puerta para entrar juntas. Al terminar el director de dar su discurso, le envié un mensaje para preguntarle si venía en camino. Pero el acto terminó y yo no había recibido respuesta por su parte. Me encaminé hacia nuestro acordado punto de encuentro. Y allí estaba. Sentada en un banco, mirando el cielo. Llevaba un pantalón blanco y una americana del mismo color, acompañada de una camisa azul que combinaban a la perfección con sus ojos y su cabello. Le quedaba más que bien. Sonreí. Le quedaba demasiado bien. Me acerqué.
- Hola, ¿esperas a alguien?
Me había sentado de lado sobre sus piernas, con las mías cruzadas y apoyando las manos en mis rodillas. Me miró a los ojos. Me sonrió. Pasó una de sus manos por detrás de mi espalda y la otra por detrás de mis rodillas; y se levantó conmigo en brazos.
- Sí. A una hermosa chica que acaba de llegar.
No pude evitar sonrojarme. Aún en sus brazos, atraje su rostro al mío y le di un suave beso.
- Déjame verte - me pidió bajándome.
Cuando yo salí de la habitación ella estaba duchándose, luego aún no me había visto con el vestido negro que llevaba. En mi opinión, y aunque está feo que yo lo diga, me quedaba bastante bien y realzaba esas pequeñas pero atractivas curvas que me estaba dando la etapa final de la pubertad. Me encantaba mi vestido y me encantaba su forma de mirarme.
- Te sienta de maravilla.
Puso sus manos en mi cadera y acercamos nuestros rostros. Nos besamos varias veces más durante varios minutos, hasta que algún aguafiestas de la clase nos llamó para que nos uniésemos a la fiesta. Creo que no era la única que prefería quedarse allí, entre los brazos de la otra. Sin embargo, decidimos entrar y unirnos al resto de la clase.
Pasaron varias horas hasta que conseguí llevarme a Tokaku a la pista de baile. Se había pasado media noche esquivando a las chicas de otra clase y cuando le dije que fuese a bailar conmigo vio su salvación. No le gustaba bailar. No es que se le diera mal, de hecho, lo hacía genial, pero no le gustaba. Estaba feliz de estar con ella allí. Cada momento lo aprovechaba para acercarme a ella, tocar su hombro, coger su mano, provocar que rozara mi piel… Nerviosa. Noté que se estaba empezando a poner nerviosa. Era mi momento. Le di un beso rápido y le pregunté si quería irse a casa. Como la música estaba tan alta no me escuchó. Se acercó indicándome que le hablase más cerca del oído. Y así lo hice.
- ¿Quieres que nos vayamos a casa?
Se alejó asintiendo. Pero pareció arrepentirse porque se acercó para responderme.
- Realmente me da igual. Podemos hacer lo que prefieras.
- ¿Lo que yo quiera? ¿De verdad?
- Sí - había recuperado toda su tranquilidad.
Agarré su americana y la atraje robándole un beso. Solté su ropa para poder agarrar su mano y tiré de ella fuera del lugar, llevando una sonrisa de oreja a oreja. Pedimos un taxi en la puerta de la academia y en cuestión de unos diez minutos estábamos en el piso al que nos mudábamos. Aún había cajas sin abrir y maletas de Tokaku sin deshacer. Mis cosas estaban prácticamente todas allí.
Me había aguantado las ganas de estar en contacto con sus labios todo el trayecto pero al llegar a casa… Dejé el autocontrol en la puerta y me lancé a besarla. Mis labios buscaban los suyos con hambre, como si hiciera siglos que no se encontraban, y ella me intentaba responder con la misma intensidad. Mis manos descansaban entrelazándose en su nuca, hasta que decidí que la ropa estaba de más. Comencé a quitarle la americana lentamente, sin dejar de besarla. Cuando llegó a cierto punto, yo no podía terminar de retirarla. En cuanto lo notó, ella misma se encargó de lanzar su chaqueta lejos. Me dirigí al cuello de la camisa, no para atraerla más, sino para quitar los botones. Sus manos comenzaron a viajar desde mi cintura hasta mi espalda, buscando la cremallera de mi vestido. Al fin me entendía, esa era la reacción que buscaba en ella. Encontró lo que buscaba y comenzó a bajarla lentamente.
- Espera - la detuve -, sigamos en la habitación.
Ni que decir tenía que, aunque el piso tuviese dos habitaciones, solo habíamos acomodado una. La otra no la íbamos a necesitar en ningún momento. Agarré su camisa, que ahora llevaba sobrepuesta, y la guié a la habitación. La empujé contra la cama haciendo que cayese de espalda en esta. Comenzó a sonreír demasiado. Terminé de quitarme el vestido y lo dejé sobre el respaldar de la silla. Me lancé sobre ella y de nuevo nos besamos. Mis manos se fueron solas a su pantalón hasta que de un momento a otro, despareció. Las suyas subían y bajaban por mi cuerpo, acariciando con mucha suavidad mi piel desnuda. Desabrochó con cuidado mi sostén y lo mandó a volar. Supuse que lo tendía que buscar al día siguiente. Mientras ese pensamiento me ocupaba la mente, se deshizo de mis bragas. Ahora me tenía completamente desnuda para ella. Y me encantaba. Me excitaba. Sus labios se desplazaron a mi cuello y noté como mi respiración comenzaba a ser más y más pesada. Con una mano agarré su pelo y con la otra comencé a tocarle el pecho, por debajo del sujetador. Su ritmo cardíaco aumentaba con el mío. No perdí la ocasión de morderle la oreja. Varias veces. Me respondía con una especie de mezcla entre gemido y gruñido que me excitaba mucho. Mi entrepierna era una fuente en aquel preciso instante. Lo fue aún más cuando me sorprendió al agarrarme las nalgas con fuerza. Solté un gemido bastante alto que le provocó risa y a mí algo de vergüenza.
- ¿De qué te ríes? - le recriminé.
- De nada - me sonrió -. Sólo disfruta.
Acto seguido invirtió nuestra posiciones, dejándome entre la cama y ella. Sentí su lengua baja de mi cuello hasta mi clavícula. Dejó un beso. Y se fue a la otra. Mis manos fueron a sus hombros, y los agarraron con fuerza. Pasó poco tiempo hasta que se fue a mis pechos. Sentir como su lengua se paseaba por mis pequeños montículos al principio, y más tarde como se apoderaba de mis pezones, me llevaban al éxtasis. Sin embargo, ella parecía querer dejarme en la tierra aún, puesto que no había bajado ni una sola vez a mi intimidad. Ni siquiera la había rozado o acariciado con la mano. Así que llevé la mía.
- Tokaku…
No pude evitar gemir su nombre al llegar a mi punto clave. En ese momento, se dio cuenta de mi movimiento y retiró mi mano.
- Relájate. Relájate y disfruta.
No sé si me lo pidió, me lo aconsejó o me lo ordenó. Pero yo no podía aguantar más. Necesitaba que me atendiese con urgencia el asunto de abajo. Le agarré con mi mano libre el pelo, intentando contenerme. Comenzó a bajar por mi vientre, depositando besos y a ratos lamiendo mi muy sensible piel. Mientras más bajaba, más le tiraba del pelo, deseosa de que llegase a su destino. Bajó sus manos a mis muslos, y me separó las piernas. Al fin sus labios se acercaban a mi punto de placer. Con apenas un beso en mis labios inferiores, que casi no suponía presión, sentí como una corriente recorría mi cuerpo y no pude evitar gritar y gemir de placer al mismo tiempo. Acababa de tener el primer orgasmo.
- ¿Ya? Si apenas me ha dado tiempo a tocarte - se quejó Tokaku divertida.
- Cállate - le respondí entre risas -, y sigue, por favor.
A aquel orgasmo lo siguieron otros muchos, la mayoría míos, pues ella no se cansaba de saborearme, entre otras muchas cosas. Era nuestra primera vez después de dos años juntas. Aún así, me hizo sentir como si tuviese milenios de experiencia en ello. Pensaba que aquella noche sería un importante punto de inflexión en nuestras vidas, tanto en el sexo como fuera de él, en nuestra vida cotidiana de pareja. Y así sería.
Pero nunca de la manera en la que quise imaginar. Mis brillantes planes de futuro juntas se irían por la borda apenas al despertar la mañana siguiente. Cuando lo hice, me encontré desnuda entre las sábanas, feliz, rememorando lo que habíamos hecho apenas unas horas atrás. Pero allí no había rastro de Tokaku. Ni en la habitación. Ni en el piso. Ni en ningún lado. Aquella noche, sería la última vez que vería a Tokaku en tres años.
FIN
PD.- Puede que nos leamos de nuevo pronto. ¡Un saludo a todos!
