Capítulo 2. Regla número 1.
Regresé a la cabaña con el corazón aún en la garganta y un hormigueo de adrenalina en las palmas.
Los demonios con la habilidad para lucir como personas eran los más peligrosos. Los demonios que podían mezclarse entre nosotros eran los más inhumanos.
Apoyé la espalda de la madera y cerré los ojos. Vi rojo. Por un momento fue como si me transportara a otro lugar; como si pudiera escuchar a mamá gritar y ver la sangre de papá mancharme los dedos.
Sacudí la cabeza y con eso los recuerdos. Me desvestí rápidamente escondiendo el traje de exterminadora debajo del colchón y me coloqué uno de mis kimonos.
—¡Señorita Kagome! —gritaron a mis espaldas al salir de la cabaña. Alcancé a sostener a Rin en lo que lanzó sus brazos abiertos hacia mí—. ¿Jugaremos hoy también?
Me arrodillé para quedar a su altura y le revolví el cabello con cariño. —Rin, ¿cómo pasaste la noche?
—Mejor. —Me enseñó su brazo envuelto en vendajes—. No fue nada, pero Kaede insistió en cubrirlo bien.
—La próxima vez que vayan a jugar tengan más cuidado. —Le sonreí y ella asintió enérgicamente—. Tengo el día ocupado, pero en lo que consiga un tiempo libre lo pasaremos juntas ¿sí? —Le pellizqué suave una mejilla.
—¿Promesa? ─levantó el meñique.
Hice lo mismo para enlazarlo con el de ella. ─Promesa.
Me mostró una amplia sonrisa, se dio media vuelta y salió corriendo hacia un pequeño grupo de niños de la aldea.
Rin era una niña muy dulce y amable, demasiado inocente para el mundo en el que vivía. Su familia había muerto de malaria hacía unos años y tuvimos que darle los cuidados más intensivos para que se mantuviera con vida. El hecho que superara la enfermedad fue inesperado, algo más que un milagro. Tardó meses en poder ponerse en pie por su cuenta, y muchos más en recuperarse del shock emocional por haber perdido a sus padres. Kaede la acogió enseguida, y yo la he considerado una hermana menor desde entonces.
Conozco su pérdida, conozco el dolor, y prometí no permitir que pasara por algo como eso nuevamente.
Entré a la cabaña de Kaede apartando el tatami. La encontré sentada en el suelo junto al caldero, un montón de hierbas regadas a su alrededor.
—Volviste pronto.
Me encogí de hombros.
—No encontré nada que valiera la pena ─mentí.
Kaede me dio una mirada por encima de las pestañas, como si con eso pudiera leer mis pensamientos. Era inusual que yo volviera con las manos vacías, pero no insistió en el tema.
─Bien ─palpó un espacio a su lado─, puedes venir a ayudarme, entonces. Estas hierbas son para cicatrización, y las de aquí hacen un buen analgésico.
Me senté junto a ella e hice lo que me pidió.
Mi trabajo en la aldea era ayudar a preparar y llevar todas las medicinas al jefe de la aldea, el Terrateniente Tatsuo, para ellos distribuirlas en su beneficio o para palacio. Por ello nos daban una pequeña suma de dinero que podíamos canjearles por víveres.
Antes de morir mi madre hacia lo mismo que yo. Le apasionaba cuidar de los enfermos y era experta en el arte de la medicina. Poseía habilidades en la curación, y yo había desarrollado unos dones parecidos. Me gustaba sentirme útil, hacer algo por quienes lo necesitaban. Era una manera de sentirme bien conmigo misma, y había aprendido mucho gracias a Kaede. A demás, los conocimientos me eran útiles a la hora de adentrarme en el bosque.
En el bosque…
—Kaede —la llamé, aún concentrada en aplastar hierbas. Ella asintió para que supiera que tenía su atención—. ¿Has escuchado el nombre Kikyō?
Ella me miró enseguida, y falló terriblemente en no parecer sorprendida.
¿Por qué la exaltaba tanto escuchar ese nombre?
—¿Por qué?
—Nada… escuché ese nombre hace un tiempo y me entró curiosidad.
Kaede se relajó un tanto, y negó con la cabeza. ─No me suena.
Volví a mi trabajo sin mencionar nada más. Sentía como Kaede me miraba cada tanto. Ella sabía que estaba mintiendo, pero de nuevo elegía no insistir en el tema. Tuve intenciones de comentarle sobre el demonio en el río, pero preferí no hacerlo. No quería preocuparla; después de todo, no había pasado nada de gravedad.
Y tenía el presentimiento de que ella tampoco estaba diciéndome toda la verdad.
—La presentación se acerca —comentó Kaede después de un rato.
Me tensé en mi lugar, aunque traté de no hacerlo evidente.
—Así parece.
—Sabes que si no quieres postularte…
—Lo sé —interrumpí—. Gracias, Kaede.
No continuamos con ese tema tampoco, principalmente porque no había nada que acotar.
La presentación se acercaba.
Cada tres años las jóvenes entre los dieciséis y veinticinco años de cada aldea debían presentarse al Rey. Las elegidas se quedarían a trabajar en palacio como criadas, y el resto volverían a sus aldeas hasta la próxima presentación.
Nunca había ido a una presentación. Ahora que tenía la edad suficiente, trataba de no mortificarme pensando en ello. Cientos de mujeres iban, y nunca elegían a más de diez; además, no se fijaban demasiado en las jóvenes de Kokkyō. Las probabilidades de ser elegida era remotas.
No había de qué preocuparse.
Aun así era obligatorio, y podían castigar a aquellas familias que fallaran en postular a sus hijas. Desde que Kaede estaba a mi cuidado, era su responsabilidad el que yo me postulara. No iba a permitir que le hicieran daño por cuidar de mi.
—Regreso en unas horas —avisé saliendo de la cabaña. Ya se acercaba el atardecer y debía hacer las entregas.
Caminé sin mucho apuro hasta la casa del terrateniente. Era grande, lujosa en comparación con la estructura básica de nuestras cabañas. Estaba acordonado por exterminadores todo el tiempo, puesto que allí llegaban los víveres y artículos básicos para ser distribuidos a las casas y comercios.
Por supuesto que Tatsuo no era un terrateniente normal, ni mucho menos humano. Escondía su verdadera forma tras el cuerpo de un hombre joven, de a lo mucho unos cuarenta. Decían que en realidad era descendiente de dragones.
—Buenas tardes, Señorita Kagome —me saludó uno de los exterminadores al abrirme la puerta. Recordé su rostro de mi infancia. Ahora él tenía una hija, y ser exterminador era la única forma en la que podía proveer para ella.
Le asentí y pasé por su lado sin entablar conversación. Aunque nos conocíamos, los exterminadores tenían prohibido mantener amistad con los aldeanos. No me afectaba. Hacía muchos años que Hōjō y yo dejamos de hablarnos.
En el recibidor una chica más o menos de mi edad me esperaba. Noté la herida que cruzaba su pómulo y se extendía en un moretón violeta hacia su ojo izquierdo. Al parecer Tatsuo había perdido los estribos con sus sirvientas recientemente.
Algunas de las jóvenes que no eran contratadas al pasar la prueba en Palacio no encontraban nada mejor para vivir bien que postularse como sirvientas de los terratenientes. Una parte de mi las entendía, o al menos entendía el nivel de necesidad que atravesaron para tomar aquella decisión. A los demonios les encantaba tener hermosas jovencitas como damas de compañía que hicieran todo por ellos, pero eso no cambiaba el hecho de que eran unas bestias y estas chicas eran constantemente golpeadas y maltratadas cuando perdían la paciencia.
—Puedes entregarme el paquete, yo se lo haré llegar al jefe Tatsuo. —me sonrió con amabilidad. Me pregunté si no le dolía la piel al sonreír con ese golpe en la cara. Sacó una bolsita de tela de su Kimono y me la extendió—. Aquí está tu paga.
Le dejé los medicamentos y guardé el dinero dentro de mi Kimono.
—Hay varias medicinas allí que podrían servirte ─comenté, señalando el paquete con la cabeza─. Me refiero al golpe en tu cara.
Ella abrió los ojos sorprendida por mi comentario, y se llevó la mano a la mejilla. Vislumbré sus ojos cristalizarse, y me miró con cierta aflicción en el semblante.
—Gracias…
Me marché de allí sin poder sacarme su expresión de la cabeza.
No podía dejar de imaginarme estando en su lugar.
Si llegaba a ser elegida en palacio, esa sería la vida que me esperaba.
La mañana de la postulación era una de esas donde podías sentir el ambiente colectivo en la aldea: denso, tirante, ansioso.
A veces cuando caminabas cerca de las cabañas podías escuchar llanto, la desesperanza en las familias. Era como si estuvieran enviando a sus hijas al cementerio.
Salí de casa cuando aun Rin y Kaede dormían. No quería ver la mortificación en sus rostros, ni escucharlas darme palabras de aliento. Iba a tener que pasar por esto al menos tres veces en mi vida, no tenía que darle demasiada importancia. Tampoco quería que Rin se asustara ahora que era consciente que ella tendría que atravesar por lo mismo en algún momento.
Cuando alcancé la residencia de Tatsuo ya había una fila de jóvenes formándose en la puerta. Todas usaban sus mejores ropas, sus mejores peinados, porque así lo exigían. Yo llevaba puesta la vestimenta de sacerdotisa de mi madre. No me había tomado demasiado tiempo en arreglarme porque realmente no me interesaba. Nos trataban como animales, como ganado, como si no había nada en nosotras más sustancia que una cara bonita.
—Al menos es una oportunidad, ¿sabes? —escuché decir a una—. Dicen que la ciudad de palacio es preciosa. Ser elegida... al menos es una oportunidad para salir de aquí.
Muchas pensaban así, y no podía culparlas, aunque tampoco podía evitar que su poca dignidad me mosqueara.
Las puertas de la residencia de Tatsuo no abrirían hasta el mediodía, así que aproveché las horas que me quedaban para salir de la aldea. Necesitaba sentirme libre, respirar aire puro, poner la mente en blanco. No me molesté en ponerme el traje de exterminador esta vez para no volver a casa; además, estaban todos tan ocupados en la postulación que era improbable que estuvieran merodeando los alrededores de la frontera. Por costumbre seguí el camino de siempre hacia el río, y luego desvié mis pasos hasta llegar al pie de la cascada. Me senté bajo la sombra del árbol en el que me sentaba a comer bayas con mi hermano, ese que papá decía haber plantado en su juventud.
Aquí era donde me sentía más cerca de mi familia, de mi pasado. Este lugar era lo único que la guerra no me había arrebatado.
Pasé la mano por la tierra desigual a mi lado, hasta las piedras que adornaban el espacio. Delineé con los dedos los nombres grabados en ellas, y dejé encima las flores que había recolectado en el camino.
—Estaré bien —les hablé, esperando que pudieran escucharme donde sea que estuvieran ahora—. Lo prometo.
Deseaba poder quedarme allí, en el bosque. Quizá lograría vivir en lo salvaje por mi cuenta, pero... ¿cómo podría dejar a Kaede o Rin atrás? Era impensable. No podía pedirles que cambiaran un techo por el constante miedo de vivir fuera de los muros, en territorio de demonios, en una infinita zozobra. Si nos atacaban ¿podría salvarlas?; y si yo moría ¿podrían correr? ¿podrían sobrevivir sin mi? Morir devorada por una bestia sonaba como una forma terrible de dejar el mundo.
Había pensado antes en huir al Norte. Decían que la vida de los humanos era buena allí. Pero, aún así, era un viaje de vida o muerte. No podía arriesgarlas de esa manera por algo que ni siquiera era seguro.
Me quedé allí un par de horas más, disfrutando de la frescura que la cascada proporcionaba. Para el momento en que decidí levantarme ya tenía las piernas acalambradas.
—Kagome —alguien llamó a mis espaldas.
Me detuve en seco. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero en lo que una mano cayó sobre mi hombro.
—Lo lamento...
Reconocí la voz entonces, y mi estómago cayó al suelo.
—Hojō —su tacto se tensó en mi hombro y yo tragué entero—, por favor...
No pude decir nada más.
Algo me golpeó la nuca, y el mundo se tornó negro.
Actualización 31/05/14.
