Capítulo 3. El trato.
Hacía calor, mucho calor.
Habían gritos, y llanto, y olía a quemado. No había aire, todo estaba oscuro. Había algo pesado encima de nosotros; encima de la manta, encima de donde estábamos escondidos.
Un cuerpo.
Sangraba.
—Todo estará bien —susurró mi hermano—. Estaremos bien.
Abrí los ojos de golpe. Tenía el pulso acelerado, la respiración cortada, la mandíbula apretada.
«Un sueño. Una pesadilla», me repetí para calmarme.
Había sido más bien una memoria, un recuerdo.
Traté de incorporarme en el suelo donde estaba acostada, pero no pude. Me dolía el cuerpo, el cuello, y un mareo me puso la vista en negro por unos segundos antes de volver a aclararse. No reconocí la habitación. Era un espacio pequeño, pobremente iluminado por una vela en un rincón, olía a incienso y no había nada de muebles. Otro dolor me atravesó la nuca y quise subir la mano derecha para tantear la zona pero no pude; fue en ese momento que noté la cuerda atándome las manos. Los recuerdos regresaron como una marea: la postulación, el río, las tumbas, Hōjō... y luego nada.
Me había noqueado.
Se me volvió a acelerar el pulso, esta vez acompañado de una oleada de pánico. Traté de mover los pies, y descubrí que también me habían atado de los tobillos. Me arrastré por el piso como pude hasta llegar a la puerta, y una descarga eléctrica me quemó los dedos tan pronto hice el menor esfuerzo por empujarla abierta.
Me entregó.
Hōjō me entregó.
Lágrimas de impotencia se me acumularon al borde de los ojos. Sentí miedo, rabia, cólera, decepción. Un montón de imágenes de nuestra infancia me llenaron la cabeza, un montón de momentos que había guarda con cariño en mi memoria y que ahora estaban manchados de odio, de traición. ¿Cómo había podido hacerme esto?
Iban a matarme.
Me encontró fuera de los muros, fuera de Kokkyō. La pena era la muerte.
Dejé de intentar forzar o romper la puerta después de que la carne de mis dedos y la planta de mis pies estuvieron al rojo vivo por las descargas. Traté de romper las sogas, de cortarlas o morderlas, pero solo conseguí lastimarme las muñecas. Empecé a armar planes en mi mente: si alguien entraba intentaba noquearlo; esperaría a que me desataran y correría lo más que pudiera. Recordé a Siro, el carnicero, que habían condenado por cazar fuera de los muros; le dispararon una flecha a la cabeza cuando quiso escaparse de la horca en la plaza.
Un hombre como Siro tenía años de experiencia, y los exterminadores hacían la vista gorda a sabiendas de que su carne era traída de forma ilegal. Fue su hermano quien lo había vendido a Tatsuo después de encontrarlo en la cama con su esposa.
Hōjō pudo haberme salvado, pudo haber fingido no verme. ¿Es que acaso me odiaba como Siro y su hermano?
Pasé horas en esa habitación. Pasé horas imaginando el fin.
Descubrí entonces que no quería morir.
Quería morir con dignidad. Quería dar mi vida por la de las personas que amaba.
No quería morir ahorcada en una plaza por haber hecho algo estúpido.
Perdí la noción del tiempo en esa habitación. La vela en algún punto se apagó, y desde entonces estuve admirando las penumbras. No había ventanas, ni ruido, como si estuviera aislada en una cabaña en los confines del mundo. Comencé a pensar que quizá no llegaría a la plaza; que quizá solo me matarían de hambre, de sed.
Parecía que habían pasado días para el momento en que la puerta se abrió. La luz fue tan cegadora que me quemó la vista por unos instantes. Vi una silueta oscura sobre un fondo blanco adentrarse y cortar las sogas de mis tobillos; el alivio en mi piel fue instantáneo. Me agarró luego por un brazo para forzarme a poner de pie y me arrastró consigo fuera de ese lugar. Estaba aturdida, débil y con las extremidades dormidas por la falta de uso, así que me costaba seguirle el paso. Me arrastró consigo fuera de ese lugar, y me di cuenta que no había estado aislada como había pensado. Pasamos por unos pasillos junto a un enorme patio central, y supe entonces estar en la residencia de Tatsuo.
En ese momento pensé en Kaede, pensé en Rin, y me pregunté si ya les habrían notificado sobre mi arresto.
Trastabillé en uno de los escalones hacia la sala principal, esa en la que había estado hacía unos días. La persona que me llevaba se detuvo a ayudarme, pasando mi brazo derecho sobre sus hombros con gentileza. Volteé para ver su cara, y el reconocerlo me hizo sentir enferma del estómago. Me aparté como pude, apenas recuperando el balance lo suficiente para no caer de bruces.
—Yo puedo.
—Kag... —Hōjō trató una vez más de auxiliarme.
—Dije que yo puedo —espeté con rabia. Se echó para atrás con las manos arriba, dándome espacio.
Quise romperle la nariz.
Pasé por su lado y entré al salón, Hōjō tras de mí. Habían cinco personas esperando dentro: tres exterminadores, Tatsuo, y una mujer de rasgos finos.
Supe enseguida que la mujer era un demonio. Sus ojos rojos carecían de pupilas, como piscinas de sangre, y la forma alargada de sus orejas sobresalía entre su cabello amarrado. Era hermosa, también, de esa clase de belleza devastadora, atrayente, como cincelada por los dioses. Era por ese último rasgo que los demonios con apariencia humana eran los más peligrosos: atraían a sus presas con aquella belleza inigualable, como si de un arma se tratase.
—Kagome, de la familia Higurashi. —Aparté los ojos de la mujer para centrarlos en Tatsuo. A diferencia de ella, su apariencia no era más que el cuerpo robado de alguna de sus víctimas—. Huérfana. Una hermana, un hermano... muertos, también.
Bajé la mirada hacia las hojas que llevaba en las manos. Contaba con registro de todos en la aldea, seguramente.
—¿No vas a arrodillarte? —inquirió uno de los exterminadores con sorna—. Estás frente al jefe de la aldea.
—Y la mano derecha del Rey —añadió Tatsuo, señalándo a la mujer a su lado—. Sería de mala educación no arrodillarse.
Apreté la mandíbula y enfrenté su mirada sin pestañear. La mano de Hōjō tocó mi espalda, como pidiéndome que obedeciera. Los ojos de Tatsuo se movieron hacia él y, tras hacerle un movimiento con la cabeza, sentí un golpe en la corva que me hizo caer de rodillas al suelo. Me tragué el dolor, sin apartar mis ojos de Tatsuo. Si me iban a matar, no iban a verme rogar por piedad.
—El día de la postulación has sido encontrada fuera de los límites de nuestra aldea. ¿No es así, Akitoki? —Hōjō respondió con una afirmación en voz alta. Recordé cuando de niños solíamos burlarnos de como los exterminadores hablaban, como si no tuvieran personalidad—. Podría ser bondadoso y perdonarte el estar fuera del muro... pero, ¿escapar en el día de la postulación? —Tatsuo negó con la cabeza, al mismo tiempo que hacia un sonido reprobatorio con la lengua—. Eso estuvo muy mal de tu parte, Kagome.
—La pena es la muerte, ¿no es así? —hablé con firmeza, a pesar de lo débil que me encontraba. Sentía que caería desmayada en cualquier segundo—. Entonces hazlo.
—¿No tienes argumentos para defenderte? —preguntó la mujer. Su voz era filosa, como ella. Me analizaba cada movimiento con sus ojos color sangre, como escudriñando cada detalle.
—No.
No había tratado de huir, ni de escapar de la postulación, pero a esas alturas no importaba que dijera, iban a hacer su voluntad de todas maneras.
—Sabes, no tienes idea de cuanto tiempo he esperado para tenerte así, a mi merced. —Tatsuo se puso de pie y se acercó a mí, una sonrisa maliciosa en sus labios. Me agarró del mentón con brusquedad, sus ojos brillando con una excitación sadista que me puso la carne de gallina. Estaba enfermo—. Desde la primera vez que te vi entrar por esa puerta fantaseé con mil manera de borrarte esa expresión altanera del rostro.
Pensé en como golpeaba a todas las chicas que trabajaban para él, en como abusaba de ellas, en cuantas había matado. Era un monstruo, un ser despreciable. Su cercanía me asqueaba, su aliento contra mi rostro me asqueaba, sus dedos tocando mi cara me asqueaban; así que hice lo primero que se me ocurrió: le escupí.
Una victoriosa sensación de satisfacción me llenó al ver su expresión desfigurarse por la sorpresa de mis acciones. Levantó la mano y me abofeteó con tanta fuerza que caí al suelo, pero no me importó. El pitido en mi oído y el sabor metálico en la boca me hizo saber que seguro el golpe me iba a desfigurar la cara por la hinchazón, y aún así había valido la pena.
Tatsuo me agarró del cabello y me levantó nuevamente, acercando mi rostro al suyo. No pude evitar el jadeo de dolor por como me tiraba de las raíces, a pesar de que hice todo lo posible por reprimirlo.
—Te mataría aquí mismo, ¿sabes? —me siseó en la cara. Quise escupirle una vez más—. Pero por alguna razón el Rey se ha fijado en ti. Tienes mucha suerte, pequeña puta.
¿El Rey?
—¿El Rey? —Hōjō preguntó en mi lugar, como si me hubiese leído el pensamiento. La mirada que le dirigió Tatsuo fue mortal—. Lo siento, jefe Tatsuo, pero ella ni siquiera se ha inscrito para asistir a la presentación... es imposible que el Rey sepa de su existencia.
—Pero yo sí —la mujer intervino por primera vez la escena, poniéndose de pie—. La quiero en un carruaje a Palacio para el atardecer.
¿Qué? ¿Pero de qué demonios hablaba?
—No voy a ir a ningún lado —objeté.
—Quieres que tu familia siga con bien, ¿no es así? —dijo ella. Una punzada de miedo me atravesó el pecho—. La anciana y la niña... son lo único que tienes.
Adrenalina me corrió por las venas. Hice el intento de ponerme de pie, pero el agarre de Tatsuo en mi cabello me impidió hacerlo.
—Ellas no tienen nada que...
—Entonces está dicho. —La mujer se hincó frente a mí, y sus garras me pellizcaron la piel cuando me agarró del mentón—. Eres perfecta... idéntica a ella.
