Capítulo 4. Tres metros bajo tierra.


Nos tomó toda la noche y parte del día llegar. La Ciudad de Palacio estaba situada en el centro del Reino, con el resto de las aldeas desplegadas a su alrededor.

Pasé el camino vislumbrando pequeños trozos del paisaje por las ranuras del tatami en el carruaje. El aura demoniaca era tan densa que nos envolvió kilometros antes de que cruzáramos los muros de la ciudad. La esencia humana era tan remota allí, que por un momento me sentí enferma. El miedo empezó a hacer estragos con el poco valor que había manejado acumular desde que todo esto empezó.

—Pero si te has puesto pálida. No eres tan valiente después de todo, ¿huh? —Miré a Kagura, la mujer demonio, sentada frente a mí. Entre su sonrisa burlona podías vislumbrar el filo de sus colmillos. No aparté mis ojos de los suyos, desafiándola, a pesar de estar temblando bajo la piel—. Más te vale no vomitar.

Le volteé los ojos y volví a fijarlos fuera. Metí mis manos heladas por los nervios bajo las piernas, y me concentré en respirar lento, en bajar la bilis de mi garganta. Escuché una risita de parte de Kagura. Sabía que ella podía escuchar mis latidos errantes, el ritmo irregular de mis exhalaciones, y que se burlaba por ello. Apreté los dientes y prentendí no darme cuenta.

Nos detuvimos a las puertas del palacio. Bajé del carruaje y crucé las enormes puertas siendo empujada por Hōjō y otro de los escoltas. El lugar era tan ostentoso y descomunal como Kaede siempre lo describió, igual que sombrío. Dentro me recibió un revuelo de personas caminando de un lado para el otro, apuradas por algo que no terminaba de entender. Dudaba que tuviera que ver con mi presencia allí.

—¿Por qué tanto jaleo? —escuché hablar a Hōjō con otros guardias a mis espaldas.

—Por la presentación.

La presentación...

Ya había pasado una semana desde que había sido encarcelada.

¿Qué había pasado con Kaede? ¿Con Rin? ¿Y por qué estaba aquí?

—Llévenla a una de las mazmorras —ordenó Kagura. Di un paso en su dirección, y los guardias me detuvieron por los brazos enseguida.

—¿Qué van a hacer conmigo? —exigí saber.

No respondió, y bastó con que hiciera un movimiento de manos para que una tela negra cayera sobre mi cabeza y me arrastraran fuera de allí.


—Son unos hijos de puta. Traidores. Somos de la misma maldita raza, ¡no ellos!

Dejaron de arrastrarme solo para tirarme de frente al suelo. La tierra me lastimó la piel de los brazos y rodillas, pero no me permitieron tiempo para quejarme del daño. Me sentaron de un tirón, y lo siguiente que sentí fue una soga alrededor de las muñecas, tan apretada que bien podría estarme cortando la circulación. Uno de ellos retiró el saco de mi cabeza, y la luz de las antorchas me cegó por un momento.

—Creo que tienes la idea equivocada, bonita —dijo el que estaba hincado a solo centímetros de mi rostro. Su aliento me rozó la piel. Me eché para atrás por instinto, y él disparó una mano a mi cintura para mantenerme en mi lugar.

—Kairo... —lo llamó Hōjō con tono de advertencia—. Déjala ya, nos meterás en problemas.

—Solo le respondo sus inquietudes. —Bajó la mano hasta mi muslo con una sonrisa sádica, de esas que te hielan la sangre. Tensé los puños en mi espalda, la soga pellizcándome la carne—. No es cuestión de raza, ¿sabes? —Me agarró del mentón para forzarme a verlo, y acercándose me susurró al oído—: He conocido demonios más humanos que yo.

Su nariz delineó el borde de mi mandíbula hasta que estuvo cerca de mi boca. Apreté tanto los dientes que rechinaron. Asco y repulsión volvieron a quemarme las entrañas. Lo quería lejos de mí, quería que me quitara las manos de encima, quería escupirle como lo hice con Tatsuo y la hinchazón en mi mejilla era lo único que me detenía de hacerlo. Su boca se detuvo al borde de mis labios, su mano deslizándose sobre uno de mis pechos y quise llorar. Me cosquilleaba la piel, tenía el corazón en la garganta, la rabia en las venas, y cuando cerré los ojos para detener las lágrimas solo deseé poder hacerlo desaparecer.

Y lo sentí: algo caliente, algo eléctrico, algo sutil e intangible liberarse de mi cuerpo.

—¿¡Qué coño!? —Abrí los ojos tras el grito. Él se miraba las manos con gesto adolorido, y el pulso le temblaba. Sus ojos pasaron a verme con cólera, y me agarró de las solapas del Kimono como si quisiera molerme a golpes—. ¿¡Qué cojones hiciste!?

Jadeé asustada. Le vi los puños, la piel chamuscada, como si hubiera metido las manos en fuego. No habían estado así hacía unos segundos. Me soltó tan pronto como el dolor volvió a doblegarlo, y se alejó hacia Hōjō gimiendo por las quemaduras.

¿Yo había...? No tenía sentido. ¿Cómo pudo haber sido yo?

—Mierda... mierda...

—¿Pero qué demonios...? —Hōjō me miró, casi con temor—. ¿Ella lo hizo? Eso es ridículo.

—¡Cierra la puta boca! —le gritó el otro, y me miró con tanto odio que temblé en mi lugar—. Ni creas que he terminado contigo, maldita bruja.

Salió hecho una furia. Hōjō me dio un último vistazo antes de seguirlo, y el odio reverbero en mi estómago al reconocer culpa en sus ojos. Las bisagras de la reja chirriaron cuando la cerraron, y el impacto de la puerta de metal contra el marco hizo eco por todo el espacio. Escuché personas quejarse, los demás prisioneros protestar por el desastre.

La celda hedía a humedad, sudor y desechos. Miré alrededor: a las estrechas paredes de tierra, el único banco de madera al fondo, la antorcha a punto de consumirse, y la única salida por la que los guardias acababan de irse.

Encerrada. Prisionera. De nuevo.

Me eché para atrás, pegando la espalda de una de las paredes, y dejándome caer miserablemente hasta el suelo. Tiritaba, y las lágrimas empezaron a salir sin mi consentimiento.

Maldita bruja.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué era todo esto?

¿Por qué a ?


Al menos esta vez se molestaron en alimentarme.

Habían pasado diez días, aunque en realidad no podía estar segura. No había manera de vislumbrar luz solar en ese lugar, por lo que daba un día por terminado cada vez que dormía. Llegaban sirvientes cada cierto tiempo a repartir lo que parecía ser los sobrantes de la comida. Cortaron las sogas de mis manos una vez que estuvieron seguros que me había calmado, y que no representaba una amenaza.

La verdad lo había pensado todo, cada una de las posibilidades. Había memorizado la posición de la llave que abría mi celda, y que las personas que bajaban a alimentarnos no llevaban más que una daga como protección; eran carnada, no les importaba si morían. Tampoco hablaban, no hacían contacto visual, y algunos parecían estar en peores condiciones que yo. No podía aprovecharme de esas personas, y aunque lo hiciera escapar del palacio era imposible. Lo poco que pude ver en el viaje fueron kilómetros de terreno abierto después de cruzar los enormes muros de piedra sólida, y un centenar de demonios y guardias que no dudarían en tirar una lanza en la cabeza de la chiquilla corriendo por su vida.

Los demás prisioneros hablaban entre ellos, contaban los horrores de la retorcida cabeza del Rey. A ellos los forzaban a salir a trabajar todos los días, a llenarse las manos de cayos y la piel de quemaduras. No entendía por qué a mí me mantenían encerrada, por qué tenían conmigo un trato diferente.

El séptimo día la persona junto a mi celda murió envenenada unos minutos después de comer, desangrándose de afuera hacia dentro; el hedor a podrido te dejaba saber que su cuerpo seguía allí, descomponiéndose. Para el final del noveno día uno de ellos había ejecutado su plan de fuga, y había regresado esa noche con tantos latigazos en la espalda que continuaba inconsciente del dolor. Sus quejidos me torturaban, y solo tiraban más a la borda cualquier esperanza que pude haber albergado.

Escapar de esta fortaleza era un suicidio.

Y llegué a pensar que esa era la solución. Que era la única opción viable.

Porque si de todas formas iban a matarme, era mejor que yo decidiera cómo.

Solo tenía que robarle la daga al próximo sirviente que bajara, noquearlo, y todo acabaría rápido.

Me dejé caer en el banco al fondo de la celda, ese que se había convertido en mi cama aquellos días, y permití que lo que estaba por hacer se asentara en mi cabeza. Todo la situación era surreal, parecía estar atrapada en una pesadilla. Cerré los ojos, y me repetí que todo acabaría pronto, que luego todo estaría bien.

—Cobarde.

Abrí los ojos y me enderecé tan de golpe que puntitos negros me nublaron la vista por unos segundos.

«Fue tu imaginación», me dije. Me llevé la mano al pecho, donde mi corazón marchaba alocado.

Lo había escuchado tan fuerte, tan claro... la voz de Ryo, mi hermano.

Quizá era mi cabeza perdiendo la cordura, o el hecho de que había rechazado ingerir cualquier cosa los últimos días por miedo a ser envenenada.

—Frágil.

Quizá me estaba volviendo loca.

—Cállate.

Débil.

O quizá él tenía razón.

—¡Cállate! —grité a la nada, a las sombras en las paredes de esa oscura celda—. ¡No sabes nada! ¡No estás aquí! —continué vociferando, la voz hecha un nudo, las lágrimas quemándome la garganta—. Me abandonaste... todos ustedes.

Estaba sola, perdiéndome a mí misma en ese lugar. No me reconocía, y estaba aterrada de lo que pasaría si continuaba allí.

Me jalé de las raíces del cabello. La ansiedad me quemaba el pecho.

Tenía que salir... tenía que acabar con esto.

—¿Kagome? —Giré el rostro hacia la puerta. Vislumbre un silueta al otro lado de los barrotes, hasta que el rostro de Hōjō estuvo lo suficientemente cerca como para reconocerlo—. ¿Puedo pasar?

No respondí. Me barrí las lágrimas de las mejillas con rudeza, y volví a mi lugar en el banco, obligándome a recuperar el control sobre mis nervios. Hōjō entró a la celda con una bandeja en las manos. Lo miré a los ojos y el recordar como nos reíamos cuando niños me hizo querer cruzarle el rostro de un puñetazo; supongo que lo leyó en mi expresión, porque se detuvo a una distancia prudente y carraspeó.

—¿Qué quieres?

—Me dijeron que te habías estado negando a comer... —comentó, acercándose un poco más—. Kagura no estaba feliz al respecto.

Observé la comida que traía e inevitablemente se me hizo agua la boca. Tenía tanta hambre. Era avena y un trozo de pan duro, pero para mí lucía como todo un banquete.

—¿Piensas que me importa?

—Estás haciendo las cosas más difíciles —siguió, arrodillándose frente a mí y acercándo la bandeja a mi regazo—. Por favor.

—Aléjate de mí...

—Kag...

—¡Te dije que te alejes! —Levanté el brazo para empujar la bandeja, y esta salió despedida por el aire hasta impactar contra el suelo, regando la comida.

Me congelé en el sitio.

Mi mano no había llegado a tocar la bandeja... yo no la había tirado.

El mismo cosquilleo de hace días me adormeció los dedos, y esta vez sentí las yemas arder como hubiera tocado un sartén caliente. Busqué en el rostro de Hōjō indicios de que también hubiera notado lo que acababa de ocurrir, pero estaba demasiado ocupado enfureciéndose por el desastre que acababa de crear como para notarlo.

—Eso fue innecesario. ¿Sabes cuántas personas morirían por un solo bocado de eso que acabas de tirar?

—¿Y a tí qué te importa? Tú y tus amigos exterminadores son la principal razón de que la gente muera de hambre.

—No sabes de lo que hablas...

—¿Qué haces aquí, entonces? ¿Por obligación? ¿Por altruismo? No seas cínico. Eres un monstruo, igual que ellos.

Hōjō se vio dolido por mis palabras, y me sentí satisfecha de que así fuese.

—Tengo una familia qué mantener.

—Igual que yo —rebatí—. ¿Cómo es que decides que tu vida vale más que la mía?

—No es personal. Solo hacía mi trabajo.

—Éramos amigos. Nuestros padres eran amigos, mis hermanos ayudaban a tu familia. ¿Cómo pudiste hacerme algo así?

No respondió, y tampoco apartó sus ojos de los míos. Había culpa en ellos, angustia, y algo más que no alcanzaba a reconocer. Logré por un segundo vislumbrar al muchacho de cabello desordenado y amables ojos canela que cortaba flores para regalármelas, que escalaba conmigo los árboles cerca del muro para admirar el amanecer. Soñábamos despiertos con salir de allí, correr lejos, y perdernos en lo que sea que había más allá del horizonte.

Y luego desapareció. Sus ojos se opacaron, y fue como si el Hōjō que conocía estuviese ya muerto.

—¿Yo traicioné a nuestra raza, nuestra amistad? No seas hipócrita. —Se levantó—. Tu amigo... él y los suyos... mataron lo que quedaba de mi familia.

Sus padres trabajaban en los campos de cultivo, y a veces los enviaban por recursos fuera de los muros. Recordé el día que fallecieron, cuando volvieron a la aldea en carretes bajo mantas bañadas en sangre. Habían sido atacados por animales salvajes.

—Pero... ¿de qué hablas? Yo...

Me dio la espalda sin escuchar y avanzó hasta la salida. Se detuvo junto a la puerta para decirme—: Vendrán por tí en la mañana. Tienes una audiencia con el Rey.

La puerta chirrió al cerrarse, y una vez más me quedé a solas con las sombras.