Capítulo 18
Lexie recorría el pasillo de la iglesia como si hubiera nacido para ser la pequeña dama de honor. Los rizos le rebotaban en los hombros y los pétalos rosas volaban de su pequeña mano enguantada hacia la alfombra de la pequeña iglesia. Hermione aguardaba a la izquierda del pastor resistiéndose al deseo de tirar del dobladillo del vestido de crepé de seda rosa que le quedaba unos centímetros por encima de las rodillas. Tenía la mirada puesta en su hija mientras Lexie recorría el pasillo vestida con encaje blanco, resplandeciendo como si ella fuera la verdadera razón de que toda aquella gente se hubiera reunido en la iglesia. Hermione no podía imaginarla más radiante. Se sentía muy orgullosa de su pequeña cuentista.
Cuando Lexie llegó al lado de su madre, se giró y sonrió al hombre que permanecía de pie al otro lado del pasillo con un traje azul marino de Hugo Boss. Levantó tres dedos de su cesta y los meneó. Harry curvó los labios y agitó dos dedos como respuesta.
Comenzó a sonar la marcha nupcial y todos los ojos se volvieron hacia la puerta. Luna estaba preciosa con una corona de flores rosas rodeando el corto cabello rubio y un velo de organza blanco que Hermione le había ayudado a elegir. El vestido era sencillo y resaltaba la figura de Luna en lugar de ocultarla bajo capas de raso y tul. El corte al bies disimulaba su baja estatura y la hacía parecer más alta.
Sin acompañante, Luna anduvo por el pasillo con la cabeza erguida. No había invitado a su familia, aunque los bancos del lado de la novia estaban a rebosar con sus amigos. Hermione la había intentado persuadir de que invitara a sus padres, pero Luna era demasiado testaruda. Sus padres no habían asistido al entierro de Ray y ella no quería que fueran a su boda. No quería que le estropearan el día más feliz de su vida.
Mientras todos los ojos estaban puestos en la novia, Hermione aprovechó para estudiar al novio. Con un esmoquin negro, Ron, estaba muy apuesto, sin embargo ella no estaba interesada ni en su aspecto ni en el corte de su ropa. Quería observar su reacción al ver a Luna, y lo que vio alivió muchas de sus preocupaciones sobre la inesperada boda. Se lo veía tan feliz que Hermione casi esperaba que abriera los brazos para que Luna pudiera perderse en ellos. Toda su cara sonreía y sus ojos brillaban como si le hubiera tocado la lotería. Parecía un hombre locamente enamorado. No era de extrañar que Luna hubiera tardado tan poco tiempo en caer.
Cuando Luna pasó por su lado sonrió a Hermione, luego se colocó al lado de Ron.
—Queridos hermanos...
Hermione se miró los dedos de los pies que asomaban en las sandalias de piel. «Locamente enamorado», pensó. La noche anterior, le había dicho a Víktor que no podría casarse con él. No podía casarse con un hombre al que no amara con locura. Atravesó el pasillo con la mirada hasta los mocasines negros de Harry. A lo largo de su vida, lo había visto mirarla varias veces con la lujuria asomando a esos ojos verdes. De hecho, los últimos días que había venido a recoger a Lexie ya había visto esa mirada de «quiero-saltar-sobre-ti». Pero sentir lujuria no era estar enamorado. La lujuria se desvanecía a la mañana siguiente, especialmente con Harry. Subió la mirada por sus largas piernas, por la chaqueta cruzada y por la corbata granate y azul marino. Luego escrutó su cara y los ojos verdes que le devolvían la mirada.
Él sonrió. Sólo fue una sonrisita agradable que, sin embargo, hizo resonar campanas de alarma en su cabeza. Luego Hermione centró la atención en la ceremonia. Harry quería algo.
Las mujeres sentadas en los bancos delanteros de la iglesia comenzaron a llorar y Hermione las observó. Incluso aunque no se las hubieran presentado un momento antes de la boda habría sabido que eran familiares de Ron. Toda su familia se parecía, desde su madre y sus tres hermanas, a sus ocho sobrinas y sobrinos.
Lloraron durante todo lo que duró la corta ceremonia y cuando terminó, siguieron llorando mientras sonaba la marcha nupcial. Hermione y Lexie recorrieron el largo pasillo al lado de Harry hasta salir por la puerta. En varias ocasiones, la manga de su chaqueta azul marino le rozó el brazo.
En el pasillo, la madre de Ron apartaba a codazos a su hijo para acercarse a la novia.
—Eres como una muñeca —declaró la madre mientras abrazaba a Luna y le presentaba a las hermanas.
Hermione, Harry y Lexie se mantuvieron apartados mientras los amigos y la familia de Ron se dirigían hacia la pareja para felicitarlos.
—Ten. —Lexie le tendió a Hermione la canasta de pétalos rosas y suspiró—. Estoy cansada.
—Creo que ya podemos marcharnos para la recepción —dijo Harry, moviéndose para colocarse detrás de Hermione—. ¿Por qué no venís en mi coche?
Hermione se giró y levantó la vista hacia él. Estaba muy apuesto vestido de padrino, el único defecto era la rosa roja de la solapa; la llevaba inclinada hacia un lado. Había puesto el alfiler en el tallo en vez de en el cuerpo de la flor.
—No podemos irnos hasta que Wendell saque las fotos.
—¿Quién?
—Wendell. Es el fotógrafo que ha contratado Luna, y no podemos marcharnos hasta que haga las fotos de la boda.
La sonrisa de Harry se transformó en una mueca de disgusto.
—¿Estás segura?
Hermione asintió con la cabeza y le señaló el tórax.
—Esa rosa está a punto de caerse.
Él bajó la vista y se encogió de hombros.
—No sé cómo ponerla. ¿Puedes hacerlo tú?
Sin hacer caso de su buen juicio, Hermione metió los dedos bajo la solapa de su traje azul marino. Mientras Harry inclinaba la cabeza hacia ella, sacó el alfiler. Estaban tan cerca que podía sentir su aliento en la sien derecha. El olor de su colonia invadió sus sentidos, si ella giraba la cara, sus bocas se tocarían. Presionó el alfiler para que atravesara la lana y la rosa roja.
—No te vayas a pinchar.
—No. Lo hago cada dos por tres. —Le pasó la mano por la solapa, alisando las arrugas invisibles y sintiendo la textura de la cara lana bajo las yemas de los dedos.
—¿Sueles poner alfileres en los ojales de los tíos?
Ella meneó la cabeza y le rozó con la sien la suave mandíbula.
—No, se los pongo a Luna, y también a mí misma. En el trabajo.
Posó la mano en su brazo desnudo.
—¿Estás segura de que no quieres que os lleve a la recepción? Se va a estar allí, supuse que no querrías llegar sola.
Con el caos que rodeaba la boda, Hermione había logrado no pensar en su antiguo novio. Ahora, al pensar en él, se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Le has dicho algo sobre Lexie?
—Ya lo sabe.
—¿Cómo se lo tomó? —Ella deslizó los dedos sobre una invisible arruga más, luego dejó caer la mano.
Harry encogió sus grandes hombros.
—No pareció darle importancia. Ya han pasado siete años, habrá pasado página.
Hermione se relajó.
—Entonces iré a la recepción en mi coche, pero gracias por el ofrecimiento.
—De nada. —Harry le deslizó su cálida mano hasta el hombro, luego se la bajó hasta la muñeca. A Hermione se le puso la piel de gallina—. ¿Estás segura de que van a sacar fotos?
—¿Por qué?
—Odio que me saquen fotos.
Él lo estaba haciendo otra vez. Estaba robándole todo el espacio y anulando su capacidad para pensar. Tocarle era a la vez una tortura y un placer.
—Creí que ya estarías acostumbrado a estas alturas.
—No es por las fotos, es por la espera. No soy un hombre paciente. Cuando quiero algo, no espero, voy a por ello.
Hermione tuvo el presentimiento de que ya no hablaba de las fotos. Unos minutos más tarde cuando el fotógrafo los situó en las escaleras de la entrada, se vio forzada a volver a sufrir la experiencia del placer y la tortura otra vez. Wendell situó a las mujeres delante de los hombres, y Lexie se ubicó cerca de Luna.
—Quiero ver sonrisitas felices —pidió el fotógrafo. Su voz amanerada sugería que mantenía una estrecha relación con su lado femenino. Cuando miró a través de la cámara que estaba sobre el trípode, les indicó con las manos que se juntaran más—. Vamos, quiero ver sonrisitas felices en esas caritas felices.
—¿Está relacionado con ese artista de PSB? —le preguntó Harry a Ron entre dientes.
—¿El pintor dandy de influencia africana?
—Sí. Solía pintar nubecitas felices y mierda de ésa.
—¡Papá! —susurró Lexie con fuerza—. No digas palabrotas.
—Lo siento.
—¿Podéis decir todos «noche de bodas»? —preguntó Wendell.
—¡Noche de bodas! — gritó Lexie.
—La pequeña dama lo hace bien. ¿Qué pasa con los demás? —Hermione miró a Luna y comenzaron a reírse—. Quiero ver fe-fe-felicidad.
—Joder, ¿de dónde sacaste a ese tío? —quiso saber Ron.
—Lo conozco desde hace años. Era un buen amigo de Ray.
—Ahh, eso lo explica todo.
Harry puso la mano en la cintura de Hermione, y la risa de ésta se interrumpió bruscamente. Le deslizó la palma de la mano por el estómago y la apretó contra la sólida pared de su pecho. Su voz resonó como un trueno en el oído de Hermione cuando dijo:
—Di «patata».
Hermione se quedó sin aliento.
—Patata —dijo débilmente y el fotógrafo sacó la foto.
—Ahora la familia del novio —anunció Wendell mientras ponía otro carrete.
Los músculos del brazo de Harry se tensaron. Cerró los dedos posesivamente y el dobladillo del vestido se subió un poco por los muslos de Hermione. Luego él relajó la mano y dio un paso atrás, dejando unos centímetros entre sus cuerpos. Hermione le miró, y de nuevo él le dirigió esa sonrisita agradable.
—Oye, Ron —dijo Harry, centrándose en su amigo como si no acabara de sujetar a Hermione con fuerza contra su pecho.
—¿Qué supiste de Chebos cuando estuvimos en Chicago?
Hermione se dijo a sí misma que no debería interpretar nada de ese abrazo. Debería ser lo suficientemente lista como para no buscar motivos o atribuirle sentimientos que no existían. No debería caer bajo el influjo de sus posesivos abrazos o sus agradables sonrisas. Era mejor olvidarse de todo eso. No significaba nada, no conducían a ninguna parte. No estaba tan loca como para esperar algo de él.
Una hora más tarde, mientras estaba en el salón del banquete al lado de la mesa del buffet repleto de comida y flores, seguía intentando olvidarse. Trataba de no buscarle con la mirada a cada rato e intentaba no verlo en medio de un grupo de hombres que obviamente eran jugadores de hockey o riéndose con alguna rubia tonta de piernas largas. Trató de olvidarse, pero no pudo. Igual que no podía olvidarse de que Severus andaba por allí en algún sitio.
Hermione depositó una fresa con chocolate en el plato que estaba preparando para Lexie. Añadió para ella un muslito de pollo y dos trozos de brócoli.
—Quiero tarta y también algo de eso. —Lexie apuntó hacia un tazón de cristal lleno de caramelos.
—Ya tomaste tarta justo después de que Luna y Ron la cortaran. —Hermione puso algunos caramelos en el plato junto con una zanahoria y le dio el plato a Lexie. Luego escudriñó rápidamente la multitud.
Le dio un vuelco el estómago. Por primera vez en siete años, vio a Severus Snape en persona.
—Quédate con la tía Luna —dijo, cogiendo a su hija por los hombros para girarla—. Vendré a buscarte dentro de un momento. —Empujó a Lexie ligeramente y la observó caminar hacia los novios. Hermione no podía pasarse la tarde preguntándose si Severus la saludaría e imaginando lo que él podía decirle. Tenía que salir a su encuentro antes de perder el valor. Tomó aliento y decidida fue a enfrentarse con el pasado. Se abrió paso entre los invitados hasta detenerse delante de él.
—Hola, Severus —le dijo y observó cómo se le endurecían las facciones.
—Vaya Hermione, al parecer tienes el descaro de venir a saludarme. Me preguntaba si lo harías. —El tono de su voz no era el de alguien que había pasado página como Harry había insinuado en la iglesia.
—Han pasado siete años y he seguido adelante con mi vida.
—Fue fácil para ti. Para mí no lo fue tanto.
Físicamente no había cambiado demasiado. Quizá tenía menos pelo y los ojos apagados por la edad.
—Creo que ambos deberíamos olvidar el pasado.
—¿Por qué debería hacerlo?
Ella miró un momento, más allá de los rasgos de su cara, al hombre amargado que había debajo.
—Siento lo que sucedió y el dolor que te causé. Traté de decirte la noche antes de la boda que tenía dudas, pero no me quisiste escuchar. No te estoy culpando, sólo te explico cómo me sentía. Era joven e inmadura y lo siento mucho. Espero que puedas aceptar mis disculpas.
—Cuando se congele el infierno.
A ella le sorprendió descubrir que su cólera no le importaba. Le daba igual que él aceptara o no sus disculpas. Se había enfrentado al pasado y se sentía libre de la culpa que la había acompañado durante años. Ya no era ni joven ni inmadura. Y ya no estaba asustada.
—Siento mucho oírte decir eso, pero de todos modos el que aceptes o no mis disculpas no me importa. Mi vida está llena de personas que me aman y soy feliz. Tu cólera y tu hostilidad no pueden lastimarme.
—Todavía eres tan ingenua como hace siete años —le dijo mientras una mujer se acercaba a Severus y le colocaba la mano en el hombro. Hermione reconoció inmediatamente a Caroline Foster Snape por reportajes publicados en periódicos locales—. Harry nunca se casará contigo. Nunca te elegirá a ti por encima del equipo —añadió; luego se giró para marcharse con su esposa.
Hermione lo siguió con la mirada desconcertada por sus palabras de despedida. Se preguntó si habría amenazado a Harry de algún modo y, si lo había hecho, por qué Harry no le había contado nada. Sacudió la cabeza sin saber qué pensar. Nunca, ni en sus sueños más descabellados, había pensado que Harry se casaría con ella o que la elegiría sobre cualquier cosa.
«Bueno», se volvió para dirigirse hacia Lexie que estaba junto a los novios rodeada por algunos invitados a la boda. Tal vez en sus sueños más descabellados imaginaba a Harry proponiéndole algo más que una noche de sexo salvaje, pero sabía que ésa no era la realidad. Si bien ella le amaba y él algunas veces la miraba con un hambriento deseo asomándole a los ojos, sabía que eso no quería decir que él la amara. No significaba que la quisiera para algo más que un revolcón en la cama. No quería decir que no la abandonaría por la mañana, dejándola vacía y sola otra vez.
Hermione pasó por delante del escenario donde tocaría la banda, pensando en Severus. Se había enfrentado a él y se había librado de la carga del pasado; se sentía bien.
—¿Cómo va todo? —preguntó, acercándose a Luna.
—Genial. —Luna la miró a los ojos y sonrió, estaba muy guapa y parecía feliz—. Al principio estaba un poco nerviosa por lo de estar en la misma habitación con treinta jugadores de hockey. Pero ahora que he conocido a la mayor parte de ellos, he visto que son gente agradable, casi humanos. Menos mal que Ray no está aquí. Estaría en la gloria rodeado de todos estos músculos y estos culos prietos.
Hermione se rió entre dientes y cogió una fresa del plato de Lexie. Recorrió la habitación con la mirada buscando a Harry y lo pilló mirándola por encima de las cabezas de la gente. Mordió la fruta y apartó la mirada.
—Oye —Lexie la miró enfadada—. La próxima vez te comes las cosas verdes que has puesto en el plato.
—¿Has conocido a los amigos de Ron? —Luna se agarró al codo de su flamante marido.
—Todavía no —contestó ella, y se metió el resto de la fresa en la boca.
Ron las presentó a dos hombres con trajes de lana y corbatas de seda. El primero, llamado Mark Butcher, lucía un espectacular ojo morado.
—Y supongo que te acordarás de Dean —dijo Hugh después de haberla presentado—. Estaba en la casa flotante de Harry cuando fuiste hace algunos meses.
Hermione miró al hombre de pelo castaño claro y ojos azules. No lo recordaba.
—Ya decía yo que me sonabas —mintió.
—Te recuerdo —dijo Dean, tenía un acento cerrado—. Llevabas puesto algo rojo.
—¿En serio? —Hermione se sintió halagada de que él recordara el color de su vestido—. Me sorprende que te acuerdes.
Dean sonrió y le aparecieron arruguitas alrededor de los ojos.
—Claro que te recuerdo. Ahora ya no llevo cadenas de oro.
Hermione miró a Luna que se encogió de hombros y volvió a mirar a Ron que sonreía abiertamente.
—Es cierto. Tuve que explicarle a Dean que a las mujeres americanas no les gustan los hombres con cadenas.
—Ah, no sé qué decirte —disintió Luna—. Conozco a varios hombres que llevan collares de perlas con pendientes a juego.
Ron atrajo a Luna a su lado y le besó la coronilla.
—Yo no hablo de drag-queens, cariño.
—¿Es tu hija? —le preguntó Mark a Hermione.
—Sí, lo es.
—¿Qué te pasó en el ojo? —Lexie le dio a Hermione el plato, y señaló a Mark con la última fresa.
—Uno de los jugadores de los Avalanche lo acorraló en una esquina y le dio un buen golpe —contestó Harry desde detrás de Hermione. Tomó a Lexie en brazos y la levantó contra su pecho—. No te preocupes, se lo merecía.
Hermione miró a Harry. Quería preguntarle sobre las palabras de Severus, pero tendría que esperar a que estuvieran a solas.
—Tal vez no debería haber hecho caer a Ricci con el stick —añadió Ron.
Mark se encogió de hombros.
—Ricci me rompió la muñeca el año pasado —dijo, y la conversación giró en torno a quién había sufrido peores lesiones. Al principio Hermione se sintió apabullada por la lista de huesos rotos, músculos desgarrados y número de puntos. Pero cuanto más escuchaba más morbosa y fascinante encontraba la conversación. Comenzó a preguntarse cuántos de los hombres del salón tendrían la dentadura completa. Por lo que estaba oyendo, no muchos.
Lexie agarró la cabeza de Harry entre sus manos para girarle la cara hacia ella.
—¿Te lastimaron anoche, papá?
—¿A mí? De eso nada.
—¿Papá? —Dean miró a Lexie—. ¿Es tu hija?
—Sí. —Harry miró a sus compañeros de equipo.
—Esta mocosa es mi hija, Lexie Potter.
Hermione esperaba que dijera que no había sabido de Lexie hasta hacía poco, pero no lo hizo. No ofreció ninguna explicación sobre la repentina aparición de una hija en su vida. Simplemente la sostenía entre sus brazos como si siempre hubiera estado allí.
Dean repasó a Hermione con la mirada y luego miró a Harry para levantar una ceja inquisitivamente.
—Sí —dijo Harry, haciendo que Hermione se preguntase qué se habían comunicado los dos hombres sin palabras.
—¿Cuántos años tienes, Lexie? —preguntó Mark.
—Seis. Ya fue mi cumple y ahora estoy en primer grado. Ahora teno un perro que me compró mi papá. Se llama Pongo, pero no es muy grande. Ni tene mucho pelo. Se le enfrían mucho las orejas, por eso le hice un gorro.
—De color púrpura —le dijo Luna a Harry.
—Parece el gorro de los tontos.
—¿Cómo se lo pones al perro?
—Lo sujeta con las rodillas —contestó Hermione.
Harry miró a su hija.
—¿Te sientas encima de Pongo?
—Sí, papá, a él le gusta.
Harry dudaba que a Pongo le gustara llevar puesto un estúpido gorro. Abrió la boca para sugerir que tal vez no debería sentarse sobre un perro tan pequeño, pero la banda comenzó a tocar y prestó atención al escenario.
—Buenas tardes —dijo el cantante por el micrófono—. Para la primera canción, Ron y Luna quieren ver a todo el mundo bailando en la pista.
—Papá —dijo Lexie por encima de la música—. ¿Puedo tomar un trozo de tarta?
—¿Y tu madre qué dice?
—Que sí.
Él se volvió hacia Hermione y le dijo al oído:
—Vamos al buffet. ¿Vienes?
Ella negó con la cabeza, y Harry se miró en esos ojos miel.
—No te muevas de aquí. —Antes de que ella pudiese contestarle, Lexie y él se fueron.
—Quiero un trozo muy grande —informó Lexie—. Con un montón de azúcar.
—Te va a doler la barriga.
—No, no me dolerá.
Él la dejó de pie al lado de la mesa y esperó con frustración a que escogiera el único pedazo de pastel con azucaradas rosas púrpuras. Le dio un tenedor y le buscó un lugar en una mesa redonda para que se sentara al lado de una de las sobrinas de Ron. Cuando buscó a Hermione, la divisó en la pista de baile con Dean. Por lo general apreciaba al joven ruso, pero no esa noche. No cuando Hermione llevaba puesto un vestido tan corto ni cuando Dean la miraba como si ella fuera una porción de caviar beluga.
Harry se abrió paso por la abarrotada pista de baile y colocó una mano en el hombro de su compañero de equipo. No tuvo que decir nada. Dean lo miró, se encogió de hombros y se marchó.
—No creo que esto sea una buena idea —dijo Hermione mientras la cogía entre sus brazos.
—¿Por qué no? —La acercó más, acomodando las suaves curvas contra su pecho y moviendo sus cuerpos al compás de la música lenta. «Puedes tener tu carrera con los Chinooks, o puedes tener a Hermione. Pero no puedes tener las dos cosas». Pensó en la advertencia de Severus y luego en la cálida mujer que tenía entre los brazos. Ya había tomado una decisión. Lo había hecho días atrás, en Detroit.
—En primer lugar, porque Dean me había pedido este baile.
—Es un bastardo comunista. Mantente alejada de él.
Hermione se echó hacia atrás para poder verle la cara.
—Pensaba que era tu amigo.
—Lo era.
Frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado?
—Los dos queremos lo mismo, pero él no lo va a conseguir.
—¿Qué es lo que quieres?
Quería demasiadas cosas.
—Te vi hablando con Severus. ¿Qué te ha dicho?
—Nada. Le dije que lamentaba lo que sucedió hace siete años, pero no aceptó mis disculpas. —Ella pareció perpleja por un momento, luego sacudió la cabeza y apartó la mirada—. Me dijiste que había pasado página, pero parecía muy amargado.
Harry le deslizó la palma de la mano por la garganta y le levantó la barbilla con el pulgar.
—No te preocupes por él. —La miró y luego levantó la vista para observar al anciano. Su mirada se encontró con la de Dean y la de media docena de hombres que estaban mirándole el busto a Hermione. Luego bajó la cara y sus labios se amoldaron a los de ella. La poseyó con la boca y la lengua, mientras le deslizaba la mano por la espalda. El beso fue deliberado, largo y duro. Ella se derritió contra él y, cuando finalmente abandonó su boca, estaba jadeante.
—Me voy a arrepentir —susurró ella.
—Ahora, dime una cosa sobre Víktor. —Tenía la mirada algo empañada y aturdida. La pasión que vio en sus ojos lo hizo pensar en sábanas enmarañadas y piel desnuda.
—¿Qué quieres saber de Víktor?
—Lexie me ha dicho que piensas casarte con él.
—Le dije que no.
Harry sintió un gran alivio. La envolvió con fuerza entre sus brazos y sonrió contra su pelo.
—Esta noche estás preciosa —le dijo al oído. Luego se echó un poco hacia atrás para mirarle la cara y esa deliciosa boca, entonces le dijo—: ¿Por qué no buscamos algún sitio donde pueda aprovecharme de ti? ¿Es lo suficientemente grande el tocador del baño de señoras?
Él llegó a ver la chispa de interés en los ojos de ella antes de que volviese la cabeza e intentase ocultar una sonrisa.
—¿Estás drogado, Harry Potter?
—Esta noche no —se rió él—. He escuchado el «Sólo di: No» de Nancy Reagan. ¿Y tú?
—Por supuesto que no —se mofó ella.
Terminó la música y comenzó una canción más rápida.
—¿Dónde está Lexie? —preguntó ella por encima del ruido.
Harry miró a la mesa donde la había dejado y la señaló. Tenía la mejilla apoyada contra la palma de la mano y los párpados a medio cerrar.
—Parece que está a punto de dormirse.
—Será mejor que la lleve a casa.
Harry le deslizó las manos por la espalda hasta los hombros.
—La llevaré en brazos hasta el coche.
Hermione meditó su ofrecimiento unos instantes, luego decidió aceptarlo.
—Muchas gracias. Iré a buscar el bolso y ya nos vemos fuera. —Él la apretó durante unos segundos y luego la soltó. Ella lo observó caminar hacia Lexie, luego buscó a Luna.
Definitivamente había algo diferente en sus caricias esa noche. Algo en la manera en que la abrazaba y la besaba. Algo caliente y posesivo como si se resistiera a dejarla marchar. Se advirtió que no debía darle demasiada importancia, pero una cálida llamita encendió su corazón.
Recuperó su bolso con rapidez, buscó a Luna y se despidió de Ron. Cuando salió fuera ya era de noche y el aparcamiento estaba iluminado por unas farolas. Divisó a Harry apoyado sobre el maletero del coche. Había envuelto a Lexie en su chaqueta y la apretaba contra su pecho. Su camisa blanca resplandecía en la oscuridad del aparcamiento.
—No es así —oyó que le decía a Lexie—. No puedes ponerte tú misma un apodo. Otra persona tiene que empezar a llamarte así y el nombre simplemente se te queda. ¿O acaso crees que Ed Jovanovski se llamó a sí mismo «Ed especial»?
—Pero yo quiero ser «El Gato».
—No puedes ser «El Gato». —Vio que Hermione se acercaba y se separó del coche.
—Félix Potvin es «El Gato».
—¿Puedo ser un perro? —preguntó Lexie, apoyando la frente en su hombro.
—No creo que quieras de verdad que la gente te llame Lexie «El Perro» Potter, ¿no?
Lexie rió tontamente contra su cuello.
—No, pero quiero tener un apodo como tú.
—Si quieres ser un gato, ¿Qué te parece «Leopardito»? Lexie «Leopardito» Potter.
—De acuerdo —dijo con un bostezo—. Papá, ¿sabes por qué los animales no juegan a las cartas en la selva?
Hermione puso los ojos en blanco e introdujo la llave en la cerradura del coche.
—Porque allí hay demasiados leoparditos —contestó él—. Ya me has contado ese chiste por lo menos cincuenta veces.
—Ah, lo olvidé.
—No creo que te hayas olvidado nunca de nada. —Harry se rió entre dientes y dejó a Lexie en el asiento del acompañante sobre el elevador de seguridad. La luz del techo del vehículo arrancó brillos a su pelo oscuro e iluminó los tirantes azulgrana de cachemira.
—Te veré en el partido de hockey mañana por la noche.
Lexie cogió el cinturón de seguridad y lo abrochó.
—Dame un beso, papi. —Frunció los labios y esperó.
Hermione sonrió y se dirigió hacia el asiento del conductor. La tierna manera en que Harry trataba a Lexie le ablandaba el corazón. Era un padre genial y, pasase lo que pasase entre Hermione y Harry, siempre le querría por amar a Lexie.
—Oye, ¿Mione? —la llamó en voz alta, sintiendo que su voz era una cálida caricia en el frío aire de la noche.
Ella lo miró por encima del techo del coche; la cara de Harry quedaba oculta por las sombras de la noche.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
—A casa, por supuesto.
Una risa ronca retumbó dentro de su pecho.
—¿No quieres darle un beso a papi?
La tentación atacó su débil voluntad y su autocontrol. Caramba, ¿a quién pretendía engañar? Cuando Harry andaba de por medio, no tenía ningún tipo de autocontrol. Especialmente después de ese beso que le había dado en la pista de baile. Abrió con rapidez la puerta antes de considerar tan atrayente proposición.
—Esta noche no, playboy.
—¿Me has llamado playboy?
Ella colocó un pie en el chasis de la puerta.
—Es una gran mejoría respecto a lo que te llamaba el mes pasado —dijo, y se metió dentro del coche. Puso el motor en marcha y con la risa de Harry llenando la noche sacó el coche del aparcamiento.
Camino de casa pensó en lo diferente que estaba Harry. Su corazón quería creer que eso implicaba algo maravilloso; a lo mejor le había golpeado la cabeza un disco de caucho y se había dado cuenta de repente de que estaba enamorado y no podía vivir sin ella. Pero la experiencia con Harry le había demostrado algo diferente. Era mejor no proyectar sus sentimientos sobre él y dejar de buscar motivos ocultos. Intentar interpretar cada palabra o caricia de Harry era tarea de locos. Cada vez que cedía y esperaba algo de él, acababa saliendo herida.
Tras acostar a Lexie, Hermione colgó la chaqueta de Harry en el respaldo de una silla de la cocina y se descalzó. Una fina lluvia golpeaba las ventanas mientras se hacía un té de hierbas. Se acercó a la silla y alisó con los dedos la costura del hombro de la chaqueta de Harry, recordando con exactitud la imagen de él al otro lado del pasillo de la iglesia, mientras la miraba profundamente con esos ojos verdes. Recordó el olor de su colonia y el sonido de su voz. «¿Por qué no buscamos algún lugar dónde pueda aprovecharme de ti?», le había dicho y ella se había sentido demasiado tentada.
Pongo soltó la cuerda que estaba mordiendo y comenzó a emitir pequeños ladridos, segundos antes de que sonara el timbre de la puerta. Hermione dejó caer la mano y tomó al perro en brazos para acudir a la entrada. No la sorprendió demasiado encontrar a Harry en la puerta, las gotas de lluvia refulgían en el pelo oscuro.
—Olvidé darte las entradas para el partido de mañana —dijo, dándole un sobre.
Hermione tomó las entradas e ignorando cualquier asomo de buen juicio lo invitó a entrar.
—Estoy haciendo té. ¿Quieres un poco?
—¿Caliente?
—Sí.
—¿No tienes té helado?
—Por supuesto, soy de Texas. —Volvió con Pongo a la cocina y lo depositó en el suelo. El perro se acercó a Harry y lamió su zapato.
—Pongo se está convirtiendo en un perro guardián bastante bueno —le dijo, abriendo la nevera para coger una jarra de té.
—Sí. Ya lo veo. ¿Qué haría si entrara alguien a robar? ¿Lamerle los pies?
Hermione se rió y cerró la puerta de la nevera.
—Es lo más probable, pero antes ladraría como un loco. Tener a Pongo es mejor que instalar una alarma. Tiene buen corazón con los extraños, pero me siento más segura cuando está en casa. —Dejó el sobre de las entradas en la encimera y llenó un vaso para Harry.
—La próxima vez te compraré un perro de verdad. —Harry se acercó a ella y cogió el té—. Sin hielo. Gracias.
—Mejor que no haya una próxima vez.
—Siempre hay una próxima vez, Mione —dijo él, y se llevó el vaso a los labios mirándola a los ojos mientras tomaba un largo sorbo.
—¿Estás seguro de que no quieres hielo?
Él negó con la cabeza y bajó el vaso. Se lamió la humedad de los labios mientras deslizaba la mirada de sus senos a sus muslos, luego la subió hasta su cara.
—Ese vestido me ha vuelto loco todo el día. Me recuerda aquel vestidito de boda rosa que llevabas puesto la primera vez que te vi.
Ella se miró.
—No se parece en nada a ese vestido.
—Es corto y rosa.
—Aquel vestido era bastante más corto, sin tirantes, y me apretaba tanto que no podía respirar.
—Lo recuerdo. —Él sonrió y apoyó una cadera contra el mostrador—. Hasta Copalis, estuviste todo el rato tirando de la parte de arriba y estirando la de abajo. Fue algo endiabladamente seductor, como una competición de erotismo. Me preguntaba cuál de las dos mitades ganaría.
Hermione apoyó un hombro contra la nevera y cruzó los brazos.
—Me sorprende que te acuerdes de todo eso. Tal y como yo lo recuerdo parecía que yo no te gustaba demasiado.
—Y tal y como yo lo recuerdo, prefiero pensar que intentaba ser listo.
—Sólo cuando estuve desnuda. El resto del tiempo fuiste muy grosero conmigo.
Miró con el ceño fruncido el vaso de té que tenía en la mano, luego la miró a ella.
—Yo no lo recuerdo de ese modo, pero si fui grosero contigo, no fue nada personal. Mi vida era una auténtica mierda en ese momento. Estaba bebiendo mucho y haciendo todo lo que podía por arruinar mi carrera y a mí mismo. —Hizo una pausa y aspiró profundamente—. ¿Recuerdas que te dije que estuve casado?
—Por supuesto. —«¿Cómo iba a olvidarse de LavLav y de Cho?».
—Bueno, lo que no te conté fue que Cho se suicidó. La encontré muerta en la bañera. Se había cortado las venas con una cuchilla de afeitar y durante mucho tiempo me eché la culpa.
Hermione clavó los ojos en él, estupefacta. No sabía qué decir ni qué hacer. Su primer impulso fue rodearle la cintura con los brazos para decirle lo mucho que lo sentía, pero se contuvo.
Él tomó otro sorbo, luego se limpió la boca con la mano.
—Lo cierto es que no la amaba. Fui un mal marido, y sólo me casé con ella porque estaba embarazada. Cuando el bebé murió, no quedó nada que nos mantuviera unidos. Pasé del matrimonio. Ella no.
Notó un dolor en el pecho. Conocía a Harry, y sabía que debió sentirse desolado. Se preguntó por qué él le contaría todo eso ahora. ¿Por qué le confiaría algo tan doloroso?
—¿Tuviste un hijo?
—Sí. Nació prematuro y murió un mes después. Toby tendría ahora ocho años.
—Lo siento. —Fue lo único que se le ocurrió decir. No podía ni imaginarse perder a Lexie.
Harry dejó el vaso en el mostrador al lado de Hermione, luego la cogió de la mano.
—Algunas veces me pregunto cómo sería si hubiera vivido.
Ella le observó la cara y sintió de nuevo esa cálida llamita en el corazón. Harry se preocupaba por ella. Tal vez de la confianza y la preocupación pudiera surgir algo más.
—Quería contarte lo de Cho y Toby por dos razones. Quería que supieras de ellos y también quería que supieras que, si bien he estado casado dos veces, no pienso volver a cometer los mismos errores. No volveré a casarme ni porque haya un niño de por medio ni por lujuria. Será porque esté locamente enamorado.
Sus palabras apagaron la cálida llamita del corazón de Hermione como un jarro de agua fría y retiró la mano de la de él. Tenían una hija y no era un secreto que Harry se sentía atraído físicamente por ella. Nunca le había prometido nada excepto pasar un buen rato, pero ella lo había hecho de nuevo. Se había permitido desear cosas que no podía tener, y saberlo le hacía tanto daño que se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Gracias por compartirlo conmigo, Harry, pero perdóname si en este momento no aprecio tu sinceridad —le dijo, acercándose a la puerta principal—. Creo que es mejor que te vayas.
—¿Qué? —sonó incrédulo como si no la entendiese—. Pensaba que estábamos llegando a algún lado.
—Lo sé. Pero no puedes venir aquí cada vez que te apetezca sexo y esperar que yo me arranque la ropa para complacerte. —Ella sintió que le temblaba la barbilla cuando tiró de la puerta principal para abrirla. Quería que estuviera fuera antes de perder el control.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que sólo eres un buen polvo?
Hermione intentó no amedrentarse.
—Sí.
—¿Qué diablos te pasa? —Le arrebató bruscamente la puerta de la mano para cerrarla de golpe—. ¡Te abro mi corazón, y tú coges y lo pisoteas! Estoy siendo honesto contigo y crees que estoy tratando de arrancarte las bragas.
—¿Honesto? Sólo eres honesto cuando quieres algo. No haces más que mentirme.
—¿Cuándo te he mentido?
—Primero con lo del abogado —le recordó.
—Eso no fue una mentira de verdad, fue una omisión.
—Fue una mentira, y hoy me has mentido de nuevo.
—¿Cuándo?
—En la iglesia. Me dijiste que Severus había pasado página, que había superado lo ocurrido hace siete años. Pero sabes que no es así.
Él se balanceó sobre los talones y la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué te ha dicho?
—Que no me elegirías por encima del equipo. ¿Qué quiso decir? —le preguntó, esperando que se lo aclarara.
—¿La verdad?
—Por supuesto.
—De acuerdo, amenazó con traspasarme a otro equipo si me lío contigo, pero no importa. Olvídate de Severus. Sólo está disgustado porque obtuve lo que él quería.
Hermione se apoyó contra la pared.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Es eso lo que soy para ti? —Ella lo miró.
Él soltó un suspiro y se pasó los dedos por el pelo.
—Si crees que estuve contigo para aliviarme, te equivocas de medio a medio.
Ella bajó la mirada hasta el bulto de sus pantalones, luego la volvió a subir a su cara.
—¿Me equivoco?
La cólera tiñó las mejillas de Harry y sujetó a Hermione con fuerza por la barbilla.
—No tomes lo que siento por ti para convertirlo en algo sucio. Te deseo, Hermione. Todo lo que tienes que hacer es entrar en una habitación y te deseo. Quiero besarte, tocarte y hacer el amor contigo. Mi respuesta física es natural y no me disculparé por ella.
—Y por la mañana te irás y me quedaré sola otra vez.
—Eso son tonterías.
—Eso es lo que ha ocurrido las dos veces.
—La última vez fuiste tú la que te marchaste.
Ella negó con la cabeza.
—No importa quién se fuera. Acabará igual. Aunque no tengas intención de lastimarme, lo harás.
—No quiero lastimarte. Quiero hacerte sentir bien y si fueras honesta conmigo admitirías que también me deseas, que deseas tanto estar conmigo como yo contigo.
—No.
Harry entrecerró los ojos.
—Odio esa palabra.
—Lo siento, pero han pasado demasiadas cosas entre nosotros para decirte otra cosa.
—¿Todavía quieres castigarme por lo que pasó hace siete años, o sólo es una excusa? —Él plantó las manos en la pared a ambos lados de la cabeza de Hermione—. ¿Qué es lo que te asusta tanto?
—Desde luego tú no.
Él le ahuecó la barbilla con la palma de su mano.
—Mentirosa. Temes que papá no te quiera.
Ella se quedó sin respiración.
—Eso ha sido demasiado cruel.
—Tal vez, pero es la verdad. —Le acarició la boca cerrada con el pulgar y le cogió la muñeca con la mano libre—. Te da miedo extender la mano y tomar lo que quieres, pero a mí no. Sé lo que quiero. —Él deslizó la palma de la mano de Hermione por su duro tórax y abrió los botones de su camisa—. ¿Todavía intentas ser una buena chica para que papá te haga caso? Bueno, adivina qué, nena —susurró, moviendo la mano de Hermione a la bragueta y apretándola contra la gruesa erección—. Te hago caso.
—Detente —dijo ella, y perdió el control de las lágrimas. Lo odiaba. Lo amaba. Quería tanto que se quedara como que se fuera. Había sido rudo y cruel, pero tenía razón. Estaba aterrorizada de que la tocara y asustada de que no lo hiciera. Le daba miedo tomar lo que quería y que la hiciera sentirse desgraciada e infeliz. Pero ya era desgraciada e infeliz. No tenía nada que perder. Él era como una droga, una adicción, y ella estaba enganchada—. No me hagas esto.
Harry le secó con el dedo la lágrima que se le deslizaba por la mejilla y le soltó la mano.
—Te deseo y no me importa jugar sucio.
Tenía que alejarse de Harry, desengancharse. Rehabilitarse. No más cálidos besos, ni caricias, ni miradas hambrientas. Tenía que endurecerse.
—Tú sólo quieres un pedazo de... de...
Harry negó con la cabeza y sonrió.
—No quiero sólo un pedazo. Lo quiero todo.
