Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
II
-Selección-
Cuando la criatura retrocedió entre los matorrales hasta perderse en la oscura naturaleza, Law envainó la nodachi y quitó con un simple movimiento de su mano el domo azulado que rodeaba una pequeña fracción del bosque.
—¿Por qué… por qué no ha salido del bosque? —murmuró Nami mientras se incorporaba, sin quitar sus ojos del lugar donde la criatura había desaparecido.
—No lo sé —respondió Law al cabo de unos segundos.
Nunca había visto algo como aquello. Su ágil mente ilustrada en conocimientos médicos arrojaba uno y mil diagnósticos; ninguno convincente. Ninguna enfermedad explicaba el exceso de fuerza y agilidad, al menos ninguna que calzara con las características físicas que presentaban. Salivación extrema, irises negras, piel descompuesta, ausencia de raciocinio, lógica y sentido común…
—Deberíamos alejarnos de aquí —señaló Nami, intentando atraer su atención.
Por parte de la navegante, no había ninguna respuesta ante lo que acababa de atacarles. Lo más similar que había visto eran los zombies creados por el desaparecido Shichibukai Gekko Moria, aunque aquellos no eran más que humanos muertos con sombras de humanos vivos que mantenían la consciencia a medias del dueño de dicha sombra. Sin embargo estos no parecían tener consciencia alguna, y eran lo más cercano a los zombies de las novelas más tétricas que Robin guardaba en las bibliotecas del Sunny.
Nami estaba aterrada. La idea de estar en un lugar que desconocía, rodeada de criaturas agresivas y rabiosas, junto a uno de los once supernovas que permanecía de pie frente a ella con la mirada perdida en el bosque comenzaba a perturbarle de sobremanera. No obstante, el capitán de los piratas Heart era lo más parecido a un salvavidas al cual podía aferrarse de momento, que por mucha mala fama y aunque ostentara millones sobre su cabeza que a Nami le encantaría cobrar, acababa de salvarle la vida. Ni siquiera quiso pensar en lo que podría haber ocurrido si Law no hubiese actuado como lo hizo.
—…Gracias —murmuró la navegante, atrayendo finalmente los ojos del capitán pirata sobre ella. Law le miró detenidamente antes de comenzar a caminar—. ¿A dónde vas?
—No creo que sea buena idea permanecer aquí. Más allá parece haber un faro —señaló, escuchando los pasos suaves de Nami tras él.
—¿No sería mejor buscar un pueblo?
—¿Te parece que haya alguno cerca?
—No, pero si cruzamos el bosque o bordeamos la costa… —murmuró, deteniendo su diálogo a medio camino. Cruzar el bosque definitivamente no era una buena idea, y caminar en torno a dicho bosque por una costa que parecía interminable en medio de la noche, tampoco parecía ser el mejor plan—. Olvídalo, vamos al faro. ¿Crees que esas cosas salgan del bosque y-
La pregunta de Nami fue interrumpida y silenciada por una de las amplias manos de Law cubriéndole la boca. La navegante intentó zafarse, pero se quedó completamente quieta cuando escuchó unos rápidos pasos aproximándose desde el bosque. Law presionó su agarre en la vaina de su nodachi, clavando sus ojos grises en la oscura figura que poco a poco comenzaba a esclarecerse a la luz de la luna.
Y al contrario de las otras criaturas, la figura corrió incluso fuera del bosque y se detuvo a pocos metros de ellos con la respiración agitada.
Era una mujer, ataviada en una indumentaria que hasta un niño reconocería. Un hábito cubría sus pies, encerrando su rostro fino y blanquecino en telas blancas y negras, y un crucifijo pendía de su cuello hasta la altura del pecho.
—¿Una monja? —murmuró Nami tras quitarse la mano de Law de encima y ocultarse a su espalda con un pequeño chillido asustadizo cuando vio a la mujer poniendo los pies fuera del bosque.
La mujer al oír la voz de Nami se giró con un sobresalto, mirándoles incrédula.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó la monja, posando una mano sobre su pecho mientras calmaba su respiración.
—Podría preguntar lo mismo, hermana —dijo Law, pronunciando lo último con desdén.
—Vaya… —la mujer sonrió curiosa—. ¿Están perdidos?
—Despertamos aquí hace unos momentos y… ¡Un momento! ¿Qué estaba haciendo en ese bosque? ¡Está lleno de esas… cosas! —exclamó Nami mientras se aproximaba a la mujer.
—Ya veo… son forasteros —murmuró la monja—. Sólo buscaba algunas hierbas, pero no tuve éxito —explicó con gesto tímido, enseñándoles el balde vacío que cargaba entre sus manos.
—¿Qué son esas criaturas? ¿Cómo es que pudo escapar de ellas?
—¿Qué tal si lo conversamos bajo techo? Es peligroso quedarnos aquí cuando el sol ya se ha ido —señaló, esbozando una sonrisa cálida que a Law, al contrario de Nami, le hizo fruncir el ceño.
—¿Hay un pueblo cerca? —preguntó la navegante con ilusión.
—No hay nada parecido a un pueblo a menos que cruces éste bosque y camines durante un día completo, señorita, lo siento mucho… —explicó la monja—. Entonces, ¿me acompañan?
Nami resopló y asintió decepcionada. Dedicó su mirada a Law, descubriendo que el hombre portaba un prominente ceño fruncido sobre sus ojos fríos clavados en la mujer de voz agradable que comenzaba a avanzar hacia el faro.
¿Acaso Trafalgar Law tenía algún problema con las monjas?
Nami nunca fue una asidua religiosa, pero ante sus ojos desamparados la mano gentil de una servidora de Dios era casi un acto milagroso ante la desoladora situación. Sin pensarlo mucho más, se aventuró a seguirle los pasos a la mujer. Al cabo de unos segundos, escuchó tras los propios los reticentes pasos de Law resonando apenas contra la suave arena de playa.
Caminaron alrededor de diez minutos hasta llegar al faro en lo alto de una enorme roca. Al contrario de otros faros, éste apuntaba únicamente en dirección al bosque, y cuando Nami se cuestionó aquello con curiosidad la monja señaló que era para iluminar la entrada del refugio justamente para quienes se perdieran en el bosque. Refugio que permanecía perfectamente oculto tras la gran roca en la que se alzaba el faro. Una enorme mansión cercada por un alto e impenetrable enrejado. Law, Nami y la monja se detuvieron frente a la entrada, donde la mujer se acercó a un costado y presionó el botón del intercomunicador. Sobre el aparato, había un bonito cartel –aunque oxidado por el tiempo– que ponía con letras elegantes:
—¿Marlett Asylum…? —balbuceó Nami—. ¿Un asilo?
La monja sólo sonrió ante la pregunta cuando se oyó una voz masculina tras el aparato.
—Marlett Asylum, ¿en qué pued-
—Soy Mary, Frank —interrumpió la monja—. Abre la puerta antes de que se ponga a llover, traigo invitados.
—D-De inmediato.
Sin más preámbulo, el amplio portón se abrió lo suficiente para dejar al pequeño grupo ingresar. Era un lugar amplio, rodeado de arboledas enormes que de no ser por el portón principal, impedirían por completo la vista hacia aquella enorme mansión que se volvía más y más grande a medida que se aproximaban. Nami alzó la vista, comprobando que el cielo ya estaba cubierto de nubes grises que amenazaban con romper en una tranquila lluvia de un momento a otro.
Una vez cruzaron las puertas de entrada donde les saludó un hombre con aspecto de guardia, tanto Nami como Law pasearon sus ojos curiosos por el elegante vestíbulo. Había una escalera en forma de caracol, y un par de puertas igualmente amplias a cada costado del salón. Sin embargo, a pesar de la elegancia, ambos notaron que tenía un aspecto descuidado. Había un molesto olor cargado en el ambiente que la navegante no supo identificar. Olor con el cual Law estaba del todo familiarizado.
—¿Qué tipo de personas acoge éste asilo, hermana Mary?
Cuando Law formuló la pregunta, una de las puertas del salón se abrió de golpe, y un hombre atado de brazos salió corriendo mientras gritaba encolerizado incoherencias religiosas. Tras él corrieron otros dos hombres fornidos vestidos de blanco que terminaron por tumbarlo sobre el suelo, justo frente a ellos, y le inyectaron una sustancia que logró calmar rápidamente al hombre que poco a poco pasó de balbucear palabras inentendibles hasta quedarse profundamente dormido.
—¿Q-Qué acaba de suceder? —balbuceó Nami estupefacta, observando la escena.
—Es un psiquiátrico —señaló Law, dedicando su mirada a la hermana Mary junto a él.
—En efecto —asintió ella—. Nuestro país carece de la protección del Gobierno Mundial, por lo que refugiamos aquí a quienes han sido considerados una amenaza civil debido a su demencia.
—Así que es una especie cárcel... —para gente loca, pensó Nami, guardándose lo último por respeto al hombre que se llevaban a rastras.
—No del todo —una nueva voz femenina, más señorial y enérgica se oyó desde el segundo piso.
—Hermana Judith —saludó la monja Mary—. Encontré a ésta pareja deambulando por las playas cercanas al bosque.
—No somos pareja —corrigió Nami, agitando una mano frente a su rostro.
—¿Oh? Creí que tenían una velada romántica bajo la luz de la luna… —comentó la hermana Mary, dirigiéndole una sugerente sonrisa a Law.
—No son horas para estar en pie, hermana Mary —reprendió la mujer mientras bajaba las escaleras. Al contrario de la monja Mary, Judith cargaba con una expresión seca. Además de muchos más años encima.
—Lo sé, pero el Dr. Arthur me ha pedido que vaya por algunas hierbas medicinales —se excusó la joven monja, girándose hacia la pareja de piratas—. La hermana Judith se hará cargo de ustedes. Con permiso.
Sin esperar una respuesta, la mujer se retiró con apresurados pasos hasta desaparecer por una de las puertas a los costados cuando Judith, la monja que evidentemente representaba una posición jerárquica más elevada, estuvo finalmente frente a ellos observándoles de pie a cabeza con escrutinio. Nami no pudo evitar sentirse ligeramente intimidada cuando notó que aquella mujer con gesto huraño no aprobaba su indumentaria consistente en unos simples jeans ajustados y un bañador color rojo. El atuendo adecuando para estar frente a una recatada devota religiosa, pensó Nami. La navegante agradeció mentalmente que quien fuera que la llevó hasta aquel bosque, al menos le había dejado con su bolso de mano donde cargaba con algunas mudas de cambio y lo necesario para mantenerse aseada. Cuando la hermana Judith posó sus ojos en Law el mohín en su rostro se acrecentó cuando notó los blasfemos dedos tatuados del capitán pirata y el arma que portaba firmemente entre sus manos.
—Dios santo… —murmuró finalmente, soltando un bufido molesto—. La hermana Judith siempre trae ovejas descarriadas…
—Sólo necesitamos alojamiento por ésta noche —explicó Nami, ligeramente ofendida—. Esas cosas en el bosque eran realmente horribles, ¿sabe?
—¿Qué cosas en el bosque? —preguntó la mujer, mirando a la navegante con recelo.
—Las cosas… ¿los hombres zombies…?
—¿Estás drogada, mocosa?
—¿Qué? ¡Claro que no! —antes de que Nami comenzara una trifulca con la monja y terminara en algún extraño programa de rehabilitación, Law dio un paso adelante.
—Hermana Judith, como ha dicho mi acompañante, sólo necesitamos quedarnos ésta noche. Mañana partiremos a primera hora —explicó Law pausadamente.
La monja volvió a mirarles con desdén durante un momento antes de asentir, balbuceando con recelo que le siguieran mientras volvía a subir la elegante escalera torcida.
Normalmente Law hubiese dado media vuelta y se hubiese retirado ante la negativa, pero el fuerte olor a medicamentos, sedantes y drogas sumado al extraño escenario fuera de ese lugar oculto tras el bosque hicieron mella en su curiosidad. En cuanto a Nami, una sensación contradictoria se rebatía en su estómago. Agradecía haber encontrado un lugar seguro, pero a su vez las monjas como la hermana Judith, hurañas y escrupulosas, siempre le provocaron un temor intrínseco. Aunque cualquier cosa era mejor que quedarse a la intemperie rodeada de esas criaturas.
Criaturas que no volvería a mencionar frente a Judith si no quería ser tomada por loca. Menos ahora que se adentraban por unos angostos pasillos donde las mortecinas luces de los tubos fluorescentes iluminaban de manera intermitente. Había puertas metálicas a los costados con pequeñas ventanillas desde donde se asomaban ojos curiosos y desquiciados que inquietaron a la navegante. Nami miró a Law preguntándose si sólo a ella el lugar le provocaba escalofríos, soltando un bufido nervioso cuando descubrió que el hombre caminaba a su lado tan imperturbable como cuando se lo encontró en el bosque. Tal vez porque es un doctor está familiarizado con estos lugares…
—Ésta estará vacía por un tiempo —Frank, el guardia que les recibió, se detuvo entonces frente a una de las puertas metálicas—. El Dr. Arthur ha dicho que tendrá a Jim bajo observación durante ésta semana.
—El Dr. Arthur… siempre haciendo lo que le viene en gana —masculló la hermana Judith—. Como sea, ábrela de una vez.
Frank tomó entonces el manojo de llaves atado a su cinturón y tras una corta revisión introdujo la llave en la cerradura y luego en los otros dos cerrojos que mantenían completamente cerrada la puerta metálica. Nami frunció el ceño cuando finalmente se abrió la puerta, tragando saliva. Sí, esperó una cálida y bonita habitación cuando desde la entrada vio semejante mansión. No un cuartucho que olía a humedad y a otras cosas que no quiso detenerse a cuestionar. Y no, nunca pensó que dormiría en una habitación para reclusos dementes.
No obstante, se mordió el labio inferior guardándose las quejas. No era el lugar ni el momento para ponerse quisquillosa.
—No es mi política dejar hombres y mujeres en una misma habitación, pero no hay más lugar —explicó Judith—. Supongo que no será necesario advertirles que no cometan ninguna estupidez ahí adentro. Después de todo, éste es un hogar del Señor.
—No soy un creyente, señorita Judith, pero puede permanecer tranquila —señaló Law con ironía, encaminándose entonces hacia la habitación.
—Un momento, jovencito. Esa arma se queda en mi despacho hasta mañana.
Law se detuvo, observando a la monja de entrada edad por el rabillo del ojo quien por su parte fruncía el ceño ante su insolencia mientras extendía una mano demandante. Antes de volver a encararla, soltó una risa seca y preguntó:
—¿Acaso existe alguna razón por la cual querría poner en peligro a una monja o a alguno de sus reclusos?
—Es contra las reglas. No pueden portar armas en éste lugar.
—¿Hermana Judith? —intervino Nami, decidiendo romper con su estado asustadizo. Que no quería quedarse sin techo esa noche, pero estar desarmados en un lugar tan horrible… le causaba mala espina—. Sólo será por ésta noche. Además, no somos reclusos, por lo que no estaremos rompiendo ninguna regla, ¿verdad?
Judith volvió a mirarles de pie a cabeza con gesto asqueado. Y Nami se convenció de que definitivamente no le gustaban las monjas. ¿No sabía lo que era la moda? Claramente no si todas eran como la hermana Judith confinadas en un refugio al final de un bosque con criaturas tenebrosas de las cuales ni siquiera parecía saber de su existencia.
—Entren de una vez —dijo entonces, soltando una risa mordaz muy similar a la de Law—. Después de todo, allí adentro las armas no les servirán de nada.
Antes de que pudieran decir nada más, Frank tomó el delicado brazo de Nami como a un niño empujándole contra la espalda del capitán, obligando a ambos a ingresar a la estrecha y fría habitación. Una vez adentro, la gruesa puerta metálica se cerró de golpe. La navegante abrió los ojos con desmesura cuando escuchó los rápidos click de los cerrojos.
—¡¿Nos están encerrando?! —exclamó, golpeando la puerta y clavando sus ojos aterrados en la hermana Judith a través de la ventanilla.
—Si no quieren entregar sus armas, me veo obligada a tomar precauciones drásticas. Que descansen —dicho aquello, cerró la pequeña ventanilla.
—¡¿Qué?! ¡Espere! ¡No puede dejarnos aquí encerrados! —vociferó Nami, golpeando la puerta desesperadamente—. ¡Vuelvan aquí, por favor! ¡No hay luz, ni ventanas, ni-
—Precauciones drásticas… —murmuró Law, interrumpiendo el ataque nervioso de la navegante. Nami le miró por sobre el hombro, notando que el joven capitán, ésta vez, sí que tenía una expresión ligeramente turbada—. Estamos encerrados.
—Oh, no me digas —rezongó con ironía—. ¡Haz algo al respecto! Puedes sacarnos de aquí con esa habilidad tuya, ¿verdad? ¡Eso que hiciste en el bosque!
Law clavó sus ojos grises en ella, molesto. Siempre odió recibir órdenes. Pero odiaba mucho más caer en trampas tan… simples. Extendió una de sus manos tatuadas y dio un par de golpecitos en la pared.
—Es kairouseki.
Los ojos de Nami volvieron a abrirse con desmesura, y si el piso hubiese estado limpio de aquellas sustancias malolientes, habría permitido a sus rodillas flaquear. Era suficiente por un día. Primero Trafalgar Law, luego el bosque, las criaturas, monjas extrañas, gente desquiciada… Si aquello era una pesadilla, Nami quería despertar cuanto antes. Pero los olores, la humedad y la frialdad de esas inhóspitas cuatro paredes eran un escenario demasiado extravagante incluso para la pesadilla más vívida.
Pasó ambas manos por su rostro hasta sus cabellos intentando serenarse, observando a Law que paseaba su mirada tranquila –demasiado tranquila para su gusto– analizando el espacio. Probablemente era una pequeña cantidad de kairouseki si no fue capaz de sentirlo hasta poner un pie en la habitación, pero la suficiente para impedir a un usuario utilizar sus habilidades. Si lo que había dicho la joven y amable hermana Mary era cierto, era lógico pensar que así fuesen todas las habitaciones considerando que refugiaban a dementes peligrosos para la sociedad…
—¿Qué haremos?
—Descansar —respondió Law, soltando un largo bufido mientras apoyaba su nodachi contra un precario escritorio junto a la litera—. No podremos salir de aquí sino hasta que abran esa puerta mañana.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —se quejó Nami, pateando el suelo humedecido—. No puedo confiar en la hermana Judith. La hermana Mary parecía una buena persona, tal vez ella-
—¿No te parece extraño que haya salido intacta del bosque? —le interrumpió el capitán quitándose la gorra, arrojándola luego al colchón de arriba de la litera.
Nami abrió la boca para decir algo, pero terminó frunciendo los labios, pensativa. Ni siquiera ella que conocía sobre el peligro podría haber salido ilesa de ese lugar por sí sola. ¿Cómo podía entonces una joven monja que no parecía capaz de matar ni una mosca?
Extraño. Todo era extraño. Y, maldición, ¿cómo podía Law subirse a la litera de arriba y recostarse con un perezoso resoplido sin apenas revisarla?
¿Cómo iba a dormir en ese lugar junto a Trafalgar Law? Ni siquiera la compañía le tranquilizaba del todo…
Al contrario del capitán, que acomodó la gorra sobre el rostro en plan de descansar tal y como había dicho, la navegante se acercó al pequeño escritorio y extrajo un manojo de mapas de su bolso. La única luz que tenía era la escasa que se colaba bajo la puerta, pero podía acostumbrarse. Entornó los ojos, observando detalladamente una y otra vez los mapas que ella misma había dibujado. Mapas de las últimas islas que visitó con su tripulación y en solitario, un mapa incompleto del mundo y…
—¿Qué haces? —la voz del joven capitán la sobresaltó. Ah, así que no duerme.
—No puedo simplemente descansar, necesito saber dónde estamos —farfulló, trazando líneas imaginarias desde la isla Freesia donde recordaba haber pasado sus últimos momentos—. ¿En qué isla estuviste antes de... esto?
Law se giró sobre el colchón, la litera crujió bajo su peso. Se quitó la gorra del rostro, y acomodó su cabeza sobre su codo encarando a la navegante.
—En la isla Dotum.
—¿Podrías ubicarla en este mapa? —preguntó la navegante, alzando un muy bien dibujado mapamundi frente a Law.
—Aquí —señaló el capitán. Nami le miró ceñuda—. ¿Qué?
—Realmente no sabes de mapas, ¿verdad?
—Puede que no sea navegante, pero sé exactamente dónde se detiene mi submarino, señorita Nami.
Nami arqueó una ceja. Si Law estaba en lo correcto y la isla Dotum estaba donde indicaba, entonces…
—Esto no tiene sentido —murmuró, observando el mapa—. La isla Freesia está aquí —indicó otro punto—. Son demasiados kilómetros de distancia, tomaría al menos una semana llegar de una isla a otra. Eso, si el clima es bueno.
—¿Qué es ese triángulo que separa ambas islas?
—Es el Florian Triangle… —musitó con desinterés. El capitán frunció los labios, meditabundo, antes de continuar con aire reflexivo.
—Nadie nos drogó para despertar en ese bosque —señaló Law, atrayendo la mirada confundida de la navegante—. Sólo despertamos ahí, como si hubiésemos estado dormidos.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy un doctor —se encogió de hombros. Nami volvió a mirarle ceñuda—. No presentabas ninguna señal de haber sido drogada ni tampoco atada. No fuimos traídos por la fuerza.
—Espera un momento —abrió los ojos alarmada—. ¡¿Me revisaste?!
—Por supuesto.
—¡Oh! —Y lo dice tan suelto… —. Como sea… ¿Cuál es tu punto?
—Ninguno. Estoy odiando esta situación y quiero descansar.
Dicho aquello, volvió a girarse ésta vez hasta darle la espalda. Sí, estaba odiando todo aquello. Odiaba no tener el control de la situación. Odiaba sentirse ignorante. Por lo tanto, necesitaba unos minutos en silencio para ordenar sus ideas. Lo último que recordaba antes de despertar, era haber estado en una tienda junto a su primer oficial comprando abastecimientos medicinales. ¿Estaría bien Bepo? ¿Su tripulación?
¿Había algún somnífero en la tienda? No, no tenía sentido. Tendría que tratarse de un poderoso somnífero expandiéndose incluso hasta la isla de dónde provenía la navegante de los Sombrero de Paja. Era la única explicación lógica. Basándose en esa extraña hipótesis, no sería descabellado pensar que tal vez su tripulación también estaba aquí. Y toda la gente de la isla también, entonces…
…No, necesitaba descansar.
Escuchó a la navegante removiendo los mapas, y luego el sonido de las sábanas del colchón de abajo de la litera. Le escuchó mascullar algo entre dientes mientras sacudía una y otra vez las sábanas con escrúpulo. Soltó un bufido.
—El olor de los antisépticos ahuyenta a las ratas y a los insectos —murmuró, deteniendo el arrebato de Nami que parecía dispuesta a desinfectar con sus manos esas sábanas.
—Quién sabe quién ha dormido aquí antes…
—Descansa, señorita Nami.
La amable frase entremezclada con un tono ligeramente demandante le hizo desistir y confiar en sus palabras respecto a lo de las ratas y los insectos. Se acostó con recelo, notando recién entonces lo cansada que estaba cuando soltó un largo bostezo.
Tras un largo y definitivamente extraordinario día, la navegante cayó más rápido de lo que habría imaginado presa de un sueño profundo.
