Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

III
-Inducción-

Se removió perezosa entre las sábanas, negándose a despertar del todo cuando los bullicios murmullos se colaban intransigentes en sus oídos. Hacía frío, estaba oscuro; aún no eran horas para despertar, no estaba lo suficientemente descansada. ¿Qué estaría haciendo el viejo Haredas desde tan temprano? ¿Qué era ese fuerte olor a medicamentos…?

Mierda.

Se incorporó tan deprisa que por poco y se da en la cabeza con el colchón sobre ella. Paseó sus ojos con el terror de un animal indefenso, comprobando para su pesar que seguía confinada en esas lúgubres cuatro paredes. Tras la gruesa puerta metálica podía escuchar ruido, sombras intermitentes bajo el marco le hicieron saber que había gente circulando por el estrecho pasillo.

Bajó los pies rápidamente, tomó su bolso de mano y buscó la única camiseta con la que cargaba. No quería pasearse otra vez en su bonito bikini frente a monjas recatadas. Cuando pasó la prenda por su cabeza y se dispuso a acomodarse el cabello, un par de toques en la puerta y el característico ruido de los cerrojos la alertó. Antes de que la puerta se abriera, decidió esconder su Clima Tact cuidadosamente bajo sus ropas.

Era la hermana Mary con su cálida sonrisa. ¡Gracias a Dios!

—Buenos días, Nami —le saludó, juntando sus manos en su regazo—. ¿Tuviste una buena noche?

—Mejor de lo que habría esperado —murmuró de mala gana, levantándose finalmente.

Tomó su bolso de mano y guardó sus mapas asegurándose de que no faltara ninguno. Nada en el escritorio, nada en su colchón y… tampoco había nada en el colchón de arriba. Trafalgar. Bufó. Esperar un adiós de parte del Cirujano de la Muerte era impensable, ¿no? Demasiada cortesía para un capitán pirata con mala fama.

—Lamento que hayan sido encerrados durante la noche —se disculpó Mary—. La hermana Judith es bastante estricta con las reglas, pero es una buena persona.

—¿Lo es? Creí que nos dejaría aquí de por vida —rezongó Nami, sintiéndose culpable de inmediato al ver la expresión afligida de la joven monja—. ¡No quise decir eso! Gracias, de todas formas.

—Descuida, Nami —rio ella. Su risa era cantarina y contagiosa—. Permíteme invitarte un té para olvidar la mala experiencia.

—¿Cómo es que sabes mi nombre? —preguntó curiosa, esbozando una sonrisa cuando Mary le indicó que le siguiera por el pasillo.

—Tu novio me lo dijo. Es un hombre muy encantador.

—Oh, no es mi novio —rodó los ojos. ¿Trafalgar Law, el Cirujano de la Muerte, encantador? ¿En serio?—. ¿Aún está aquí?

—Despertó poco antes que tú. Tuvimos una pequeña charla —explicó, saliendo por unas puertas dobles que dirigían a un amplio salón.

Si el olor a medicamentos y a drogas tenía un tanto mareada a la navegante, el olor en ese salón le hizo reprimir las ganas de correr al otro extremo del salón con una mano cubriéndose la nariz. Pero no lo hizo, había muchas miradas puestas en ella. Miradas desquiciadas, fisgonas, curiosas. Nada más cruzar la puerta los bullicios murmullos se detuvieron; lo que fuera que hubiesen estado haciendo quedó detenido. Ahí estaban todos: hombres, mujeres, jóvenes y viejos. Algunos con la mirada más perdida que otros. Sólo había un factor común entre ellos: un olor a desaseo y a orín nauseabundo.

Nami no notó que se había quedado congelada sobre sus pies hasta que una mujer cercana a sus cuarenta años –tal vez menos– le apuntó y comenzó a reír a carcajadas sin razón aparente. Un hombre con una mano oculta entre sus pantalones le secundó, y entonces la navegante se dijo que ya había visto suficiente. Dirigió su mirada pasmada a la hermana Mary y la joven monja volvió a indicarle que le siguiera hasta otra puerta doble custodiada por dos hombres fornidos vestidos de blanco.

Era otro salón, más amplio que el primero pero ligeramente más pulcro. Un comedor. Había largas mesas enfiladas y al fondo una cocina separada por una larga mesonera, desde la cual una mujer regordeta les miró con recelo al ingresar. Mary le hizo una seña con sus elegantes manos e invitó a Nami a sentarse frente a ella en una de las mesas.

—Entonces, ¿es tu amigo? —preguntó Mary. Nami le miró aún algo pasmada—. El doctor encantador. Trafalgar Law.

—Ah…

¿Qué podía responder? Desde que llegaron a ese lugar le había estado rondando la idea de que posiblemente ni la hermana Mary, ni la hermana Judith, ni nadie en ese lugar sabía quiénes eran. La monja huraña y ceñuda apenas y sabía lo que ocurría fuera del refugio. Y la hermana Mary era excesivamente amable con un par de piratas. Nadie en su sano juicio alojaría sin más a un Supernova... Bueno, tal vez un asilo carcelario para locos, pensó. Así que, ¿qué debía decir? Amigos sonaba demasiado íntimo, y decir que era el capitán pirata de una tripulación rival a la suya era revelar demasiada información.

—Conocidos, supongo —se encogió de hombros, intentando sonar honesta.

—Ya veo —asintió—. Sin embargo, él ha dicho lo contrario.

—¿Dijo que éramos amigos? —arqueó una ceja, incrédula.

—No. Dijo que no te conocía de nada.

Ah. Muy modesto, Trafalgar.

—Bueno, tampoco es que nos conozcamos mucho —murmuró, ligeramente ofendida. La risa cantarina de Mary la distrajo. La regordeta cocinera llegó con una taza de té, acomodándola frente a la navegante y retirándose luego con sus pasos pesados.

—¿Cómo es que llegaron a éste lado del bosque?

—Realmente no lo sé… —negó, saboreando el dulce y cálido té con pesadumbre—. De pronto despertamos en medio de ese bosque. Ni siquiera sabemos dónde estamos parados.

—Vaya... Diría entonces que se conocen de muchas formas —Nami le miró perpleja. Leer el doble sentido de la frase en su voz melodiosa le sonrojó—. Estoy bromeando, Nami —rio de nuevo—. Así que están perdidos. Bueno, es un continente grande. Actualmente estamos en el país de Marlett, aunque el pueblo principal está muy alejado de aquí.

—¿Continente…?

—Brigadoon. Estás más perdida de lo que pensé, Nami. Dicen que Brigadoon es uno de los continentes más grandes del mundo, pero es difícil saberlo —se encogió de hombros—. Si ya es extraño que lleguen viajeros hasta aquí, es impensable que vuelva alguien a contarnos sobre el mundo exterior, ¿no crees?

Continente Brigadoon. Nunca antes escuchó hablar de él.

—¿Dónde estamos exactamente?

—¿A qué te refieres? —Nami frunció los labios. Tal vez sería arriesgado, pero debía intentarlo.

—¿Podría ubicar el continente en éste mapa? —preguntó entonces, tomando el mapamundi incompleto de su bolso y extendiéndolo sobre el mesón.

—Oh, no sé nada de mapas, Nami —negó Mary, alzando ambas manos. Cuando la navegante le miró casi con súplica, la joven monja se inclinó un poco sobre el mapa observándolo en detalle—. ¿Dibujaste tú esto? Es maravilloso… —musitó, paseando sus dedos finos sobre los trazos—. Has viajado mucho, ¿no? —sonrió, para luego volver su mirada a Nami con el ceño fruncido—. ¿No serás una pirata?

—N-No, sólo somos viajeros. Nos gusta conocer el mundo —explicó rápidamente con una risa nerviosa.

"Somos". Te intento salvar el trasero, Trafalgar. Se dijo que si el hombre la había ayudado en el bosque, al menos ella podía devolverle la mano protegiendo su identidad. Aunque aún le parecía un hecho extraño que alguien a estas alturas no conociese el infame nombre de Trafalgar Law… Notó que Mary se había quedado repentinamente en silencio; sus ojos estaban fijos en un punto específico del mapa.

—¿Hermana Mary?

—Es aquí… Justo aquí —señaló, dando unos suaves golpecitos sobre el mapa y preguntó—: ¿Hay islas fuera del Florian Triangle?

Nami frunció el ceño. Un revoltijo en el estómago le impidió continuar bebiendo del té. Eso era imposible…

—¿Nami?

—Tiene que ser un error… —murmuró, paseando una mano nerviosa entre sus cabellos. Seguro que Mary no sabía nada de mapas, pero…

—No, estoy segura —asintió convincente—. No sé mucho sobre lo que hay en el Grand Line, pero todos en Brigadoon sabemos que las extrañas corrientes del Florian Triangle protegen el continente —explicó. Nami negó con la cabeza con gesto turbado—. ¿Sucede algo?

—Es imposible… Antes de despertar en el bosque estuve aquí —apuntó la isla Freesia—. Y Trafalgar aquí —y luego la isla Dotum—. No tiene sentido.

—Dicen que el Grand Line es todo un misterio—murmuró Mary, aunque la navegante apenas escuchó el comentario.

Conocía los horribles rumores en torno al Florian Triangle de primera fuente. Barcos desaparecidos que reaparecen años más tarde con sus tripulantes muertos; una extraña niebla y unas terribles corrientes impedían su navegación. Algunos creían que las desapariciones tenían que ver con Gecko Moria, pero una vez el Shichibukai fue derrotado por su tripulación, la niebla ni las corrientes desaparecieron, y entonces el Florian Triangle por sí solo era un gran misterio.

Tanto la isla Freesia como la isla Dotum estaban cercanas al peculiar triángulo. ¿Qué debía pensar al respecto? No tenía la menor idea… Comenzaba a dolerle la cabeza.

—Bebe tu té, Nami —la voz de Mary la trajo de vuelta de sus cavilaciones.

Antes de beber los últimos sorbos, observó su reflejo en el contenido líquido. Su cabello estaba enmarañado y tenía pequeñas bolsas bajo los ojos; era una imagen pálida y sucia. No había mucha diferencia con las criaturas del bosque, pensó con amargura. Y entonces lo recordó, alzando sus ojos curiosos hacia la joven monja de mirada cálida.

—¿Qué eran esas cosas en el bosque? —preguntó, bajando un poco la voz—. Las vio, ¿verdad? Usted estuvo allí también.

La sonrisa de Mary se curvó un poco más hacia arriba, observando fijamente a Nami durante un momento antes de soltar un bufido y contestar:

—No lo sé. Han estado ahí durante mucho tiempo —se encogió de hombros—. El Dr. Arthur ha intentado averiguarlo, pero nuestra tecnología parece ser escasa.

¿Otro misterio del Florian Triangle? De ser así, terminaría volviéndose loca si seguía demasiado tiempo en ese continente. Luffy definitivamente estaría con una enorme sonrisa y saltando de arriba a abajo con todo el misterio.

—¿Cómo podemos salir de aquí? —ante la pregunta, recibió nuevamente esa sonrisa silenciosa y condescendiente durante un largo momento. Sin embargo, ésta vez Mary se incorporó y tomó la taza vacía frente a Nami.

—Necesito atender unos asuntos. ¿Te importa si te dejo sola un momento? Puedes quedarte en el salón principal —Nami abrió los ojos, horrorizada ante la idea—. Sólo están locos, no te harán daño. Los enfermeros cuidarán de ti.

—Espere, necesito irme de aquí cuanto antes —se incorporó rápidamente, siguiendo a la joven monja—. No puedo perder más tiempo, sólo necesito un bote y-

—Espera en el salón, Nami —le interrumpió.

La navegante frunció los labios. La sonrisa y la voz de Mary eran demasiado amables para negarse a sus peticiones, por lo que asintió aún sin estar muy convencida de la idea. La joven monja la acompañó hasta el salón principal y le indicó que esperara en un cómodo sillón justo al lado de la puerta donde había dos enfermeros con cara de pocos amigos, y luego se retiró con sus pasos tranquilos respondiendo amablemente a una que otra pregunta incoherente que le hicieron las personas que se recreaban en el dichoso salón.

Los fornidos enfermeros apenas le dedicaron una mirada, pero definitivamente ayudaron a menguar el nerviosismo de Nami. Se sentó allí, retorciendo sus manos en su regazo, paseando sus ojos avellana con discreción por cada uno de esos extravagantes personajes. Había pequeños grupos armando rompecabezas simples o jugando juegos didácticos para infantes. Otros estaban en solitario haciendo lo mismo o simplemente con la mirada perdida en un punto inexistente. La mujer que antes le había apuntado y reído en una sonora carcajada seguía con lo mismo, apuntando ésta vez a otra joven que se golpeaba la cabeza insistentemente contra la pared. El hombre con la mano oculta en su pantalón ahora estaba en un rincón jadeando incoherencias.

No parecía haber nadie remotamente cuerdo además de los enfermeros y ella… además de un joven sentado tras un escritorio que debía rondar apenas los diecisiete años. Sus rizos dorados y sucios le hacían lucir aún más joven, pero las marcadas ojeras y los labios secos le daban un aspecto cansado. Armaba con desinterés un rompecabezas de numerosas piezas pequeñas, dedicando miradas furtivas a la navegante. Tras unos largos y extendidos minutos de lo mismo, Nami decidió envalentonarse. Dirigió una mirada a los enfermeros y se incorporó, encaminándose con pasos precavidos hacia la mesa donde el joven ahora la miraba atentamente.

Se sentó frente a él, esperando que dijera algo. Pero el joven sólo la observó con sus enormes ojos negros durante un prolongado momento hasta bajar la vista a su rompecabezas. Nami alzó las cejas sorprendida cuando notó que lo armaba con demasiada rapidez para un demente.

—Vaya, eres muy bueno en esto —murmuró didáctica, apoyando ambos codos sobre la mesa para observar su trabajo.

—Lo hago todos los días —se encogió de hombros el rubio—. No hay mucho que hacer aquí adentro.

—Así veo…

Para armar un rompecabezas tan complejo con esa rapidez, como si supiera exactamente dónde va cada pieza sin apenas detenerse a pensarlo, era un joven muy hábil e inteligente para estar en ese lugar o simplemente llevaba demasiado tiempo confinado; el tiempo suficiente para llegar a memorizar un rompecabezas de piezas diminutas. El último pensamiento le hizo fruncir las cejas, conmovida.

—¿Cómo te llamas? —la pregunta pareció descolocar al joven. Se detuvo, parpadeó un par de veces, observó la pieza blanca entre sus dedos, y continuó antes de responder casi en un susurro:

—…Jim —contestó, masajeándose las cienes con gesto pensativo.

—Jim, ¿eh? Mi nombre es-

—Nami —le interrumpió el rubio—. La Gata Ladrona.

La navegante abrió los ojos, pasmada. Jim soltó una corta risita fresca.

—Descuida, creo que nadie más lo sabe —explicó—. El periódico rara vez llega a éste continente.

—¿Entonces cómo lo sabes? —preguntó, paseando sus ojos nerviosos por el lugar.

—No lo sé —frunció el ceño—. Es lo que intentaba averiguar cuando te vi sentada ahí. Recuerdo tu nombre y tu rostro, pero no puedo recordar dónde los vi antes.

—Oh…

—¿Por qué estás aquí? —preguntó entonces, dejando su trabajo con el rompecabezas y dedicando ésta vez miradas furtivas hacia los enfermeros.

—Desperté en el bosque y no tenía dónde ir...

—¿Y viniste aquí? ¿Acaso eres idiota? —masculló, bajando la voz. Nami arqueó una ceja—. Escucha… ¿has comido algo?

—Sólo bebí un té con la hermana Mary —murmuró, confusa.

—Un té… —presionó los labios—. ¿Y te sientes bien?

—Hum, sí, creo —tal vez un poco cansada, posiblemente por la falta de sueño—. ¿De qué estás hablando, Jim? ¿Por qué estás tú aquí?

La última pregunta la soltó sin pensar. Se mordió la lengua cuando la expresión en el joven se contrajo y bajó la mirada a su rompecabezas. Tomó una pieza, meditabundo, y volvió a mirar a Nami.

—Dicen que maté a mis padres y a mi hermana pequeña con un hacha.

Mierda. ¿Dónde demonios estaba Trafalgar? ¿En qué corazón cabía la idea de dejar a una mujer abandonada en un lugar tan siniestro lleno de dementes criminales? Miles de escenarios pasaron por su cabeza; escenarios sangrientos y con un rubio adolescente con un hacha manchada en rojo entre sus manos.

—¿Crees que podría haberlo hecho? —la pregunta la trajo de vuelta, y se obligó a permanecer tranquila cuando vio los dolidos ojos negros del joven.

—N-No… No lo sé —su expresión era demasiado inocente. Demasiado infantil…

—No lo hice. No recuerdo haberlo hecho —murmuró—. No podría hacer algo así.

—¿No lo recuerdas…?

—No —negó, su mirada aún estaba dolida y perdida en su rompecabezas—. Eso es lo que hacen, Nami. Te ponen esos aparatos que te dejan estúpido hasta que pierdes tus recuerdos y…

—Espera, ¿qué aparatos? —interrumpió Nami. Jim volvió a alzar la vista; sus ojos nerviosos volvían a pasearse desde Nami hasta los estoicos enfermeros. Se llevó una mano hasta sus cabellos, y con gesto dolorido quitó los mechones rubios que caían sobre una de sus cienes. Nami abrió los ojos, horrorizada—. ¿Q-Qué son esas cicatrices?

—Electroshock. Dicen que son para mejorarnos, pero sólo nos ponen más estúpidos. Es fácil volver loca a la gente, ¿sabes? —murmuró, dedicando su mirada a la joven a pocos metros de ellos que seguía golpeando su cabeza contra la pared.

—Es terrible… ¿Por qué harían algo como eso?

—Escucha, Nami —Jim se inclinó súbitamente sobre la mesa, y Nami retrocedió alarmada. El rostro del rubio volvió a contraerse, pero continuó en voz baja—: Entiendo que no confíes en mí, pero mantente alejada del Dr. Arthur.

—¿E-El Dr. Arthur?

Cuando pronunció la pregunta las puertas dobles del salón se abrieron, y Nami nunca antes estuvo tan feliz de ver a Trafalgar Law. Jim se acomodó sobre su silla, bajó la mirada y continuó con su rompecabezas. Nerviosa y con un revoltijo incómodo en su estómago tras la horrible información, se incorporó cuando vio a Law encaminarse en su dirección. Sin embargo, sus piernas temblaron y parpadeó repetidas veces cuando su visión se nubló. Apoyó una mano sobre la mesa, intentando estabilizarse.

—¿Dónde estabas? —balbuceó, notando su lengua repentinamente torpe.

Law se detuvo frente a ella; sus ojos grises observándola con severidad. A Nami le pareció que estaba más serio que de costumbre, su entrecejo estaba más arrugado de lo usual. Y sus labios carecían de aquella sonrisa arrogante.

—Como sea… larguémonos de aquí —musitó, dando un paso al frente—. Nos vemos, Jim.

—Espero que no.

La respuesta de Jim la confundió. No supo si sentirse ofendida o preocupada, pero no pudo responder nada cuando Law volvía a tirarle del brazo demasiado brusco para su gusto cuando sus piernas apenas le respondían.

Al menos no se marchó por su cuenta…

Cruzaron las puertas dobles, caminaron rápidamente en silencio, y Nami notó de pronto que no reconocía el lugar. Todo estaba difuso y comenzaba a tomar colores curiosos. Cuando sus pies tropezaron, los pasos de Law se detuvieron y la dejó recostarse contra una pared.

Nami volvió a parpadear con fuerza, intentando enfocar el rostro de Law.

—¿Qué te hicieron? —la pregunta de Law reverberó en sus oídos y sus rodillas comenzaron a flaquear.

Law chistó la lengua, sosteniendo ambos brazos de la navegante contra la pared. Tomó su barbilla, examinando su rostro con detenimiento.

—Señorita Nami —le llamó, dando suaves golpecitos en la mejilla de la navegante. Volvió a llamarle una, dos veces más, pero la pelirroja seguía parpadeando con lentitud—. ¡Nami!

—¿Trafalgar…?

—¿Te inyectaron algo? —preguntó rápido, paseando sus ojos médicos por el cuerpo femenino en busca de alguna señal—. Respóndeme.

—No… —balbuceó—. Sólo bebí un té…

El capitán masculló algo entre dientes que Nami no fue capaz de comprender cuando sus párpados cayeron pesados y ya no escuchó nada más. Sus rodillas terminaron por doblarse, y sintió un par de fuertes brazos rodearle impidiéndole una caída dura. Antes de perder la consciencia, el peculiar olor de Law le recordó el océano y la limpia enfermería de Chopper. Y entonces, todo se fue a negro.

Trafalgar Law observó a la mujer entre sus brazos; inconsciente, frágil, ignorante de la situación. Qué imprudente, qué mujer más irresponsable…

Las puertas se abrieron, revelando la alta figura de un hombre mayor ataviado en una bata blanca.

—Oh, me has facilitado el trabajo al traerla hasta acá, Dr. Trafalgar —sonrió el hombre—. Prosigamos.


Con cariño,
Merle.