Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
IV
-Hedonismo-
Pocos minutos después de que la navegante dejó de removerse inquieta entre las sábanas de la litera, Law escuchó pasos detenerse frente a la puerta metálica. Cuando oyó el ruido de las llaves y los cerrojos siendo abiertos, rápidamente se incorporó y se bajó de la litera con un silencioso salto, dedicando una corta mirada a la pelirroja que ya parecía profundamente dormida. Tomó la nodachi y cuando el último cerrojo fue abierto, habló una voz masculina:
—Si no haces ruido, no tocaré a la mujer —dijo la voz ronca, señorial, educada—. Estoy seguro de que sabes comportarte, Trafalgar Law.
El capitán clavó sus ojos en la manilla de la puerta cuando comenzó a girar con precaución. La puerta se abrió silenciosa, revelando la alta figura de un hombre mayor. Tenía unas curiosas y ya antiguas cicatrices en ambas cienes. Su rostro estaba surcado por numerosas arrugas y el cabello canoso, pero sus azules ojos astutos y su porte orgulloso se imponían sobre sus años.
—¿Qué te hace pensar que me importa? —Law sonrió, guardando su mano libre en el bolsillo de su pantalón en un gesto tranquilo.
—Pues, si no te importa, mucho mejor —señaló el hombre, sonriendo—. Aun así, no le advertiste de las cámaras cuando sabías de su existencia.
—No lo creí necesario —se encogió de hombros, dedicando una rápida mirada al diminuto lentecillo justo sobre la puerta—. Si esperaste hasta entonces para venir aquí, supongo que quieres algo de mí.
—Estás en lo correcto. Tal como esperaba de una mente ilustrada como la tuya, Trafalgar —sonrió. Había un brillo peculiar en sus ojos—. ¿Me acompañas?
Law acomodó el peso de la nodachi sobre su hombro, y el hombre le indicó el pasillo con un gesto de su cabeza. Comprendiendo que al contrario de Judith éste hombre no parecía preocupado por dejarle libre y con su arma, se decidió a seguirle no sin antes dedicar una mirada furtiva a la navegante, comprobando que su respiración seguía siendo lenta y acompasada. Profundamente dormida. Ignorante y del todo insensata. Aunque no tenía la intención de deshacerse de ella, fácilmente podría haberlo hecho. Bajó la guardia incontables veces frente a él.
Bufó. Mujer irresponsable.
Se encaminaron por largos pasillos y bajaron escaleras hasta llegar a un piso subterráneo, más oscuro y con menos iluminación que los otros. En aquel piso, olía a humedad y el fuerte olor a drogas era mucho más fuerte. El hombre le dirigió hasta una puerta al fondo, abrió la puerta y le indicó que ingresara antes que él. Una vez adentro, Law alzó las cejas ligeramente sorprendido de encontrar una oficina acogedora, meticulosamente limpia y ordenada. Había un amplio escritorio, una puerta al fondo, estanterías repletas de libros y un muro atiborrado de cuadros; licencias, certificados y maestrías en el área médica.
—Mi nombre es Arthur Gottlieb —se presentó finalmente el hombre, acomodándose en la silla tras el escritorio e indicándole a Law que hiciera lo mismo del otro lado del mueble—. Como puedes ver, soy cirujano.
—Cuanta coincidencia, señor Gottlieb. Pero veo que también es psiquiatra —apuntó, señalando uno de los certificados en la pared.
—Algunos cometemos errores antes de darnos cuenta de lo que realmente queremos —se encogió de hombros—. Aunque debo decir que la psiquiatría definitivamente me enseñó todo lo que necesitaba para desempeñarme como cirujano. Una puerta conduce a otra, dicen.
—Una combinación curiosa —señaló—. Es un hombre muy ambicioso.
—¿Tú no? —ladeó la cabeza—. Cuando buceamos en las profundidades del conocimiento de la mente y el cuerpo humano, es difícil no ambicionar más.
Law sonrió, acomodándose mejor en la silla.
—La ambición es peligrosa cuando se pierde el foco, señor Gottlieb.
—Oh, evidentemente —secundó Arthur—. Pero eso sólo ocurre en mentes débiles. Si tienes una clara determinación, tu ambición sólo se hará más fuerte y una vez alcances tus objetivos, obtendrás una hermosa gratificación.
La puerta junto al escritorio se abrió sin aviso y Arthur soltó un imperceptible gruñido molesto cuando la hermana Mary salió junto a un joven rubio y de aspecto demacrado. Sus manos estaban atadas a su espalda, sus pasos eran forzados y coartados por la joven monja que parecía arrastrarlo por la oficina hasta la puerta de entrada. Mary nuevamente le dedicó esa sonrisa a Law que al capitán le parecía muy poco propia de una monja cuando le vio morderse el labio inferior de manera sugerente antes de retirarse junto al joven con movimientos casi felinos. Ignorando la curiosa interrupción, Law volvió su atención al hombre frente a él, y entonces continuó con la pequeña charla.
—Eso suena como si no hubiese logrado aún sus objetivos.
Arthur rio ante el comentario. En sus labios danzaba una mueca tan arrogante como la de Law.
—Dime, Trafalgar —acomodó los codos sobre el escritorio, escondiendo su boca tras sus manos enlazadas—. ¿Cuáles son tus objetivos?
—Si me ha traído hasta aquí conociendo mi nombre y fama, entonces estoy seguro de que también conoce mis objetivos perfectamente.
—Por supuesto. La mente maestra tras el incidente del puerto Rocky; el Cirujano de la Muerte. Un epíteto bastante cliché, permíteme decirlo —comentó con ironía—. Pero, ¿la piratería logra satisfacer a una mente brillante como la tuya?
—Me temo que mis metas y satisfacciones no son un asunto a discutir, señor Gottlieb —señaló, mordaz, su sonrisa torcida respondiendo de manera indirecta a la pregunta del hombre—. Me gustaría en cambio discutir los verdaderos motivos de su invitación.
—Directo al grano, Trafalgar, me gusta eso —asintió con aprobación—. Pero ciertamente estábamos llegando al punto principal. Dime, ¿tienes afán filantrópico?
Law arqueó una ceja. Su sonrisa se desvaneció un poco con decepción, recordando entonces que estaba en un asilo para dementes custodiado principalmente por devotas religiosas. Trafalgar Law, ¿un hombre filantrópico…?
—No —negó, rotundo—. No me interesa.
Arthur entonces perdió un poco la compostura. Parpadeó un par de veces, desenlazó las manos frente a su rostro y se acomodó en el respaldo.
—Ya veo… —murmuró, meditabundo—. Entonces tendré que persuadirte por otros medios.
—No soy fácil de persuadir, señor Gottlieb —comentó, divertido—. Creí que la información que poseía sobre mí evidenciaba ese detalle.
El hombre rio por lo bajo y se incorporó.
—Sígueme.
Se dirigió hacia la puerta por donde la hermana Mary junto al joven emergieron hace apenas un momento, giró el pómulo y nuevamente indicó a Law que le siguiera con un elegante movimiento de su mano.
Cuando ingresó, supo que el olor a drogas y antisépticos provenía esencialmente de esa amplia habitación. Blanca, estéril, totalmente alumbrada por tubos fluorescentes. Había un par de camillas metálicas, desde las cuales pudo identificar un cuerpo inerte cubierto por una sábana blanca manchada en sangre. Frunció el ceño.
—Ven, acércate —le invitó Arthur, encaminándose a dicha camilla—. Ésta es Susan.
Junto al cuerpo, había máquinas monitoreando un ritmo cardiaco preocupantemente elevado, una presión arterial altísima y una respiración errática.
—¿Listo? —alzó las cejas con anticipación, como quien está apunto de quitar el velo a su obra maestra. Law asintió una vez estuvo del otro lado de la camilla, y entonces Arthur quitó la sábana del cuerpo de Susan.
Los ojos del capitán se abrieron con desmesura. La boca se le secó, pero permaneció inmutable ante la visión. La mujer tenía numerosas intravenosas conectadas a ambos brazos, pero no pudo identificar qué eran ya que las bolsas no contenían ningún nombre impreso. Sólo tenían colores curiosos, por lo que supo que no se trataban de drogas tradicionales. Su pecho subía y bajaba rápidamente. De sus labios escapaba saliva casi espumosa. Su piel enfermiza estaba pálida, casi verdusca. Tenía numerosas incisiones superficiales; pruebas de observación de cicatrización. Sus muñecas y tobillos estaban firmemente atados.
—¿Qué piensas? —preguntó Arthur, acariciando meloso el cabello rubio de la mujer dormida.
—…Pienso que tiene un proceder muy poco ortodoxo, señor Gottlieb —murmuró, sin quitar sus ojos ilustrados en conocimiento médico del evidente sujeto de experimentación.
—No hay nada como procedimientos poco ortodoxos cuando se trata de criminales —apuntó en su defensa—. Susan ahogó a sus tres hijos en un lago y luego los mantuvo como muñecos sin vida en su hogar durante dos semanas antes de que alguien lo descubriera. No existe ética aplicable para una mujer así.
Law entornó la mirada. Descubrió entonces que el mal de las criaturas del bosque tenía nombre y apellido: Arthur Gottlieb.
—Creí que era un filántropo.
—Lo soy, Trafalgar. Intento mejorar a éstas criaturas desquiciadas y, mejor aún, darles una capacidad por encima del hombre común —explicó orgulloso—. Una maravilla, ¿no?
—¿Una maravilla? —resopló—. Sólo los está deshumanizando. La gente comete errores, enferma y sana, otros mueren; es lo que nos hace humanos. ¿Dónde estaría la gracia en crear un humano perfecto? No habría nada interesante que estudiar en un cuerpo y mente sin desperfectos.
Arthur le miró ceñudo, como si lo que acababa de decir Law no tuviera sentido alguno. Abrió la boca para refutar, pero el capitán continuó:
—No hay nada filantrópico en sus actos, señor Gottlieb. Estoy seguro de que esas cicatrices en sus sienes… —murmuró, apuntando directamente a las cienes magulladas de Arthur—. …le han hecho más bien un misántropo.
Law supo que había dado en el clavo cuando el hombre frunció las cejas evidentemente molesto. Arthur soltó una risa seca y volvió a cubrir el cuerpo.
—Muy observador. No esperaba menos de ti —farfulló, guardando sus manos en los bolsillos e irguiéndose orgulloso—. Quizás soy un misántropo; ciertamente odio la estupidez humana. Pero mis actos son del todo altruistas. Soy un benefactor, Trafalgar.
—¿Qué es lo que está fallando? —preguntó, interrumpiendo el desvarío ególatra del hombre—. En sus experimentos. ¿Cuál es el problema?
—Oh —frunció los labios—. Bueno, no lo sé. Tal vez es el hecho de que estén locos, pero no logran mantener un buen raciocinio. Pierden la memoria rápidamente. Y también están los efectos secundarios… —murmuró, deteniéndose inseguro.
Law ladeó la cabeza, invitándole a continuar. Por muy estúpido que le pareciese el experimento del hombre, debía admitir que estaba interesado en lo que fuera que los hacía ser unas bestias inhumanas. Y se lo hizo ver, es por ello que Arthur procedió:
—La luz. De alguna manera el exceso de drogas los ha hecho fotosensibles —musitó, pensativo. Luego volvió sus ojos astutos a Law, esbozando una aprendida sonrisa—. Esperaba que tú me ayudaras con eso.
Ah, ahí estaba.
Posiblemente Arthur ni nadie en ese centro de experimentación disfrazado de asilo tenían que ver con su aparición repentina en el bosque, de lo contrario no tendría sentido haber traído también a la navegante de los Sombrero de Paja. Si Arthur quería su ayuda, entonces sólo era por una coincidencia. Para el viejo cirujano y psiquiatra, la llegada de Trafalgar Law le venía como caído del cielo. Sin embargo, el Cirujano de la Muerte nunca estuvo interesado en experimentos irracionales. Sí, le gustaba experimentar. Más de alguna vez torturó durante horas a otros piratas o marines en su sala de cirugías, pero el único motivo tras ello era el de obtener conocimientos médicos. Nunca el de ir más allá de lo existente. El límite de la ciencia era exacto; abarcaba una infinidad de conocimientos que no muchos hombres comprendían o simplemente aún se desconocían, pero claramente el conocimiento científico estaba delimitado. Arthur Gottlieb quería traspasar esa línea.
—Lo siento, señor Gottlieb. No estoy interesado en experimentos con tendencia al fracaso.
—Sabía que dirías algo como eso… —murmuró decepcionado, negando con la cabeza—. Bueno, como bien has dicho, suelo proceder de una manera muy poco ortodoxa.
Ante de que Law terminara de entender el significado de sus palabras, una mano femenina le cubrió la boca y la nariz. El fuerte olor a cloroformo le aturdió, y cuando intentó zafarse del agarre algo fue puesto en entorno a una de sus muñecas adormeciéndole los músculos.
No tardó en perder la consciencia.
—Trafalgar…
Law frunció el ceño. La voz cantarina repitió su apellido una y otra vez, reverberando en sus oídos, pero sus párpados se negaban a abrirse. Se sentía débil.
—Despierta, Trafalgar…
—Pusiste demasiado cloroformo. Acércale esto a la nariz.
Un fuerte aroma a alcohol puro puso sus sentidos en su lugar en menos de un instante. Abrió los ojos, mareado, y los estrechó cuando la luz le pareció molesta. Los efectos secundarios tras inhalar cloroformo comenzaban a sentirse.
—Oh, está despierto —dijo la voz femenina—. Buenos días, Trafalgar.
Law alzó la vista, encontrando a la hermana Mary sentada de puntillas frente a él. Estaba de vuelta en la oficina del doctor Arthur. Intentó incorporarse de su posición sentada, pero descubrió que una de sus manos estaba firmemente restringida con grilletes de kairouseki en una de las patas del escritorio. Rápidamente intentó recapitular lo acontecido, preguntándose entonces cómo una mujer como Mary pudo escabullirse tras su espalda y drogarle tan fácilmente. Se maldijo internamente por no estar lo suficientemente alerta.
—Bien —dijo Arthur, encaminándose hacia la puerta que daba al pasillo—. Haz lo tuyo, Mary. Necesito atender unos asuntos con Judith; la vieja arpía quiere sacarlos del asilo y eso es lo último que queremos, ¿no?
—Efectivamente, doctor Arthur —secundó Mary, con una sonrisa traviesa.
Dicho aquello, el hombre se retiró con rápidos pasos desapareciendo tras la puerta. Law escuchó el característico y sordo click del picaporte.
—El doctor Arthur está muy interesado en ti —comentó entonces la joven monja—. Sólo tienes que decir que sí y todo esto no será necesario.
Law clavó sus ojos en ella un momento, y luego soltó una risa seca.
—Sin duda no eres tan persuasiva como él, señorita Mary.
—Oh, realmente puedo serlo —rio ella, acomodando una mano en su rostro—. No es fácil lograr que un hombre tan inteligente como él se enamore de una mujer como yo, ¿sabes?
—Así que todo esto es por amor… —rodó los ojos. Ya era suficiente con la charla filantrópica del viejo cirujano.
—Unidireccional —apuntó ella, didáctica—. No me gustan los viejos.
—Creí que la arpía era la hermana Judith.
—Ah, ¡lo es! —rio, tomando el hábito que encerraba su cabeza y arrancándolo con un elegante movimiento. Sus cabellos dorados cayeron lacios sobre sus hombros—. No sabes lo loca que se pondría si descubriese todo esto. Tiene unos métodos de castigo bastante sucios —añadió, mordiéndose el labio inferior con aquella sonrisa sugerente.
Con movimientos felinos, la mujer gateó hasta el regazo de Law hasta acomodar ambas rodillas a sus costados. El capitán la miró impávido, aunque en sus ojos serios y en su mueca carente de sonrisa podía adivinarse una furia contenida.
—Ya veo —resopló, hastiado. Cuando Mary paseó su lengua entre los aretes dobles del lóbulo de su oreja, tuvo que reprimir las violentas ganas de arrancársela de encima con un duro puñetazo de su mano libre. En lugar de eso, preguntó tranquilo—: ¿Pretendes que tenga sexo contigo y que luego diga simplemente que sí?
—Muy vulgar, capitán —murmuró, bajando por su cuello—. Me tienta, pero no. Me gusta el camino de la castidad.
Oh, ¿seguía siendo monja? En el momento en que Mary se quitó el hábito, ante sus ojos no tenía más que a una mujer de intenciones evidentes. Sin embargo, intentar comprender una mente desequilibrada como la de Mary o la del doctor Arthur era lo mismo que buscar peras en un manzano.
—El doctor Arthur cree que sus experimentos fallan porque los sujetos están trastornados —habló contra su oído—. Así que decidió dar un vuelco. ¿Recuerdas al chico rubio con la mirada perdida? —preguntó, tirando con sus dientes de los aretes de Law—. Él está perfectamente sano. Es más, es muy inteligente. Pero estamos implantando una idea en su cabeza que ya comienza a creer. Maravilloso, ¿verdad?
—Lo terminarán volviendo loco y sus experimentos seguirán fracasando. No es ninguna maravilla, es algo lógico —explicó, inmutable ante las atenciones de la mujer—. Aunque lo intenten en alguien sano, no funcionará.
—Eso no lo sabemos, capitán —dijo entonces, arrastrando sus labios por la mejilla de Law hasta quedar frente a él—. Y para eso está Nami, la navegante.
Ahí estaba el chantaje. Qué poco le conocían. Qué imprudente de parte de la navegante dormir tan plácidamente cuando le tenían las garras encima…
—No conozco a la señorita Nami —rezongó, molesto—. ¿Qué les hace creer que me importa?
—Sí, lo sé, no pertenece a tu tripulación. Eres un hombre muy cruel, doctor Law —ronroneó casi contra sus labios. Sin embargo, no continuó el avance cuando vio la amenaza mortífera en los ojos del capitán, y en cambio se aventuró por su cuello—. Pero no eres un desalmado.
Law frunció las cejas, molesto. Que no encontrara interés en masacrar civiles por cada isla en la que se detenía no significaba que tuviera buen corazón. Sólo no le interesaba. No había un acto humanitario en ello. Masacraba, torturaba y finalmente asesinaba cruelmente a todo aquel que se interponía en su camino. Tal vez a una que otra criatura inocente que alzó su curiosidad. ¿Eso no era ser cruel y desalmado? Cruel, desalmado, sanguinario; esas eran sus características.
Cuando sintió una de las manos femeninas escabullirse desde su torso en un avance descendente con un único destino, su mano libre se movió rápidamente para detenerla. Mary soltó un gimoteo quejumbroso cuando Law torció con poco cuidado el brazo de la mujer tras su espalda, de modo que ahora estaban aún más cerca.
—Muy pícaro, capitán. ¿Te gustan los juegos rudos? Puedo ser muy-
—Aléjate —masculló, interrumpiéndole. Su voz baja, peligrosa, grave—. No necesito de mi habilidad ni mi nodachi para romperte el cuello.
Mary parpadeó un par de veces. Su sonrisa traviesa se desvaneció poco a poco, intimidada por ese par de tormentosos ojos grises.
—Entendido, capitán —murmuró Mary, seria—. Entonces, procedamos.
Con su mano libre, Mary tocó la mejilla de Law, y entonces fue el turno del capitán de parpadear confundido. La imagen de la mujer frente a él se desvaneció y el escenario cambió repentinamente con colores serpenteantes, psicodélicos, una infinidad de voces comenzaron a retumbar en su cabeza, imágenes, colores, olores y sabores; todo en un mismo segundo. Sus momentos vivenciales más dolorosos fueron arrancados de lo más profundo de su mente; aquellos recuerdos olvidados, confinados y sellados en cajas imaginarias que ponían con letras grandes No Abrir. Pero fueron abiertos y traídos al ahora, más vívidos y más intensos que antes. Su infancia, su adolescencia, su juventud…
Su familia. Sus padres...
Corazón. Su cuerpo destrozado y ensangrentado, sus ojos débiles observando los pasos del hombre alejándose de él…
Ese particular recuerdo le enfureció.
Y así como toda esa tortura de recuerdos olvidados comenzó, todo se detuvo. Frente a él, nuevamente estaba esa mujer rubia con una sonrisa desagradable, hedonista, dionisiaca.
—Vaya, acabo de ver cosas muy curiosas —dijo entonces, incorporándose. El agarre de Law tras el repentino golpe a sus recuerdos se había vuelto flojo y débil.
—¿Qué demonios eres tú…? —murmuró, notando su voz temblorosa. El cuerpo le temblaba. Sentía náuseas.
—No eres el único usuario, capitán. No deberías subestimar a una mujer —explicó, acomodándose el hábito sobre la cabeza y volviendo a ser una monja común y corriente—. Es muy machista de tu parte.
—¿Una fruta del diablo…?
—Hito Hito no Mi, modelo: Ménade. Ya te dije que no era fácil enamorar a un hombre como Arthur —rio desenvuelta, traviesa, casi infantil. Se sentó de puntillas a su lado y quitó el grillete de la pata del escritorio, de modo que era libre de moverse pero seguía restringido por el kairouseki—. Te sentirás mejor dentro de una hora.
—Espera… —masculló, intentando levantarse. Pero la cabeza le dio vueltas. Su actividad cerebral estaba confundida; sentía que el cerebro le estallaría de un momento a otro.
—Quédate aquí —ordenó Mary, dándole un par de golpecitos suaves en el hombro—. Yo traeré a la señorita Nami, no te molestes en levantarte.
Se incorporó, tomó un manojo de llaves, y desapareció tras la puerta sin molestarse siquiera en volver a cerrarla ni mucho menos ponerle llave.
Law se sintió furioso. Violado y subestimado. Con sus recuerdos más oscuros revueltos y sacados a flote, perturbándole en el aquí y ahora cuando menos los necesitaba. Su muñeca seguía envuelta en kairouseki. Su nodachi no estaba por ningún lado.
Si quería hacer pedazos todo el bizarro estudio del doctor Arthur, al viejo cirujano en sí y a su jodida monja, entonces tendría que sacar de sus planes a la navegante de los Sombrero de Paja.
Retomando su quebrantada fuerza de voluntad, se incorporó con ayuda del escritorio. Si esperaban que un molesto dolor de cabeza y unas náuseas lo detendrían, estaban muy equivocados.
Había una navegante en peligro que buscar.
Con cariño,
Merle.
