Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
V
-Confusión-
Al contrario de la vez última vez que despertó, ahora tuvo la sensación de que había dormido durante largas horas. Estaba fatigada, cansada. Sin siquiera abrir sus ojos ni mover un músculo, estaba mareada. Sus párpados estaban pesados, y la fuerte y blanquecina luz exterior no era precisamente un buen incentivo.
Poco a poco fue recuperando los sentidos. Escuchó un constante beep, acompasado con sus latidos. Sus dedos se curvaron, notando bajo sus yemas una superficie fría y lisa.
—Despierta, bella durmiente —una voz masculina que no reconoció le ayudó a recuperar el sentido. Una mano melosa acariciaba sus cabellos—. Nuevamente Mary se excedió con la dosis…
—No es muy sabio de tu parte tener a una monja como ayudante —reprendió una segunda voz. Más suave, aterciopelada, aunque severa. La reconocía.
—Es por eso que ahora te tengo a ti, Trafalgar.
Trafalgar.
De pronto, recordó a medias la situación. El velo de sus pestañas se sacudió con esfuerzo, recibiendo la desagradable bienvenida de un foco fluorescente directamente en el rostro. Parpadeó numerosas veces, intentando recapitular dónde demonios estaba ahora. Recordaba la charla con la hermana Mary, el salón con los locos dementes, un joven rubio, ¿un hacha…? Y… nada más. El resto estaba difuso, carente de orden lógico.
Cuando la fuerte luz ya no se le hizo tan desagradable, notó entonces a un hombre junto a ella. Escuchaba pasos y ruidos metálicos en el fondo, como quien revuelve utensilios por aquí y por allá.
—Buenos días, señorita Nami —le saludó el hombre. Nami estrechó los ojos, observando sus facciones de hombre mayor—. Soy el doctor Arthur Gottlieb. Lamento no haberme presentado antes.
¿Dr. Arthur? No le conocía de nada, pero algo entre sus recuerdos difusos le provocó un revoltijo en el estómago. Instintivamente intentó incorporarse de donde fuese que anduviese recostada, pero descubrió que sus manos estaban firmemente atadas a sus costados. Con una rápida revisión comprobó entonces que estaba en una especie de enfermería, completamente blanca, y que lo que estaba bajo su espalda era una fría camilla de cirugías. Clavó su mirada en el hombre, aterrada y a la vez rabiosa, y espetó:
—¿…Dónde demonios estoy? —su voz sonó ronca.
—Tranquila, sólo ingeriste una dosis de un suave somnífero —conciliador, Arthur explicó aquello sin dejar de acariciar sus cabellos—. Es normal que te sientas mareada y algo desorienta, además de—
—¡Aléjate de mí! —vociferó, interrumpiéndole, sacudiendo tanto sus piernas como su cabeza para liberarse de su atención melosa—. ¡Viejo pervertido!
—¿P-Pervertido?
—¡Viejo asqueroso! —chilló, furiosa—. ¡Sé que soy muy linda y que tengo un buen cuerpo, pero eso no te da motivos para intentar—
—Señorita Nami —oh, ahí estaba esa voz de nuevo.
Pero ésta vez en lugar de reconfortarle al saber muy bien a quien pertenecía, le provocó un escalofrío. A los pies de la camilla, con su porte alto, orgulloso y solemne, Trafalgar Law clavaba sus ojos grises en los aterrados de la navegante. Un destello de recuerdos le dijo que antes de perder la consciencia, lo último que había visto eran esos mismos ojos que por un momento lucieron ligeramente preocupados. Sin embargo, ahora lucían fríos y peligrosos.
Partió los labios para decir algo, pero no encontró su voz. Sus músculos se entumecieron. La idea de estar atada a una camilla frente al Cirujano de la Muerte le dejó la mente en blanco. La risa burlesca del doctor Arthur le sobresaltó, pero no fue capaz de romper el contacto visual con el capitán.
—Qué ocurrencias tiene ésta joven —murmuró Arthur, volviendo a acariciar sus cabellos antes de retirarse—. Pero me agrada; es enérgica e inteligente. Dará buenos resultados.
¿Buenos resultados? ¿Qué demonios debía significar eso?
Un nuevo destello de memoria evocó a un joven rubio de ojos tristes con unas horribles cicatrices en sus cienes. Electroshocks. Jim. Pérdida de memoria… Oh, maldición. ¿Éste era el doctor Arthur de quien le había advertido? Una advertencia tardía…
—No hagas un escándalo, señorita Nami —habló Law, tranquilamente. Sus manos estaban en sus bolsillos, como si no hubiese un gran problema entre manos. Y entonces, una alarmante idea le hizo perder los estribos.
—Tú… —musitó, abriendo sus ojos con desmesura—. ¡Tú me trajiste aquí! Me engañaste y te hiciste el desentendido… —continuó, atando cabos con su voz febril—. Desde que desperté en el bosque… ¡todo ha sido una jodida mentira!
—Sí que tiene unas ocurrencias curiosas —escuchó comentar a Arthur, pero Nami continuó:
—¡Eres un bastardo, Trafalgar! —sentenció, furibunda—. ¡Cuando Luffy se entere de esto, estarás realmente jodido!
Law se quedó allí, impávido. Ninguna emoción surcaba por sus suaves facciones. No había ceño fruncido, no había sonrisa torcida. Nada. Su rostro era una máscara fría, sin ninguna grieta por la que Nami pudiese indagar. Y la furia de la navegante era más fuerte que cualquier miedo. Se sentía idiota, engañada, frustrada. Sabía que el capitán de los piratas Hearts era un hombre cruel y retorcido, y aun así había bajado la guardia ante él. Qué inocente al pensar que una situación extrema pondría su rivalidad en una condición neutra. Qué tonta al pensar que podrían ser aliados…
—No quiero proceder sin antes asegurarme de que el somnífero no influenciará con los otros químicos —comenzó Arthur—. No es una droga fuerte, pero preferiría no correr el riesgo. ¿Puedes revisarla?
—No me de órdenes, señor Gottlieb —advirtió Law—. Creí que eso había quedado claro.
Cuando Law quitó las manos de sus bolsillos, Nami apenas escuchó la disculpa del doctor Arthur donde fuera que estuviera. Sus ojos avellanas estaban clavados en el hombre que con pasos lentos se encaminaba hasta estar a un lado de la camilla, observándole con escrutinio durante un largo momento. Cuando el capitán pirata alzó sus manos y tocó sus tobillos, el cuerpo de Nami se puso rígido. Sus manos continuaron ascendiendo como plumas por sus piernas, sus muslos, sus caderas, y entonces se detuvo. Los largos dedos de Law ejercieron una suave presión en el arma de Nami oculta bajo sus ropas. La navegante abrió los ojos alarmada, descubriendo que los ojos de Law estaban clavados en los suyos.
Y su mirada tenía algo. Apenas un brillo en sus ojos. Una arruga casi imperceptible en el entrecejo. Las manos continuaron ascendiendo por sus costados, ignorando el arma, y cuando llegó a la altura de su cuello, le afirmó la barbilla obligándole a que le mirara de frente.
—El hecho de estar restringido por grilletes de kairouseki y que no lleve mi arma al hombro, no significa que no pueda abandonar este lugar por la puerta trasera —espetó Law—. No creas que esto se trata de la desagradable habilidad de la señorita Mary.
¿Qué? Había soltado aquello mirándole directamente a los ojos. Las palabras iban dirigidas hacia Arthur, pero las acciones del capitán frente a ella, que continuaba perforándole los ojos y sosteniendo firmemente su barbilla, le decían todo lo contrario. Esa frase disfrazada de amenaza, era un mensaje para Nami.
De ser así, Trafalgar Law estaba totalmente desarmado, y definitivamente no tenía nada que ver con todo lo que estaba ocurriendo. ¿Eso era lo que le estaba diciendo? Sólo por probar, apenas movió la cabeza en un asentimiento. Law le observó por un par de segundos más, y entonces desvió su mirada hasta sus cabellos naranjos.
—No suelo compartir mis conocimientos con nadie —comentó distraídamente Arthur—. Nunca conocí a nadie que valiera la pena.
—Muy adulador, señor Gottlieb —murmuró Law con desinterés, tomando una pequeña pinza oculta entre los cabellos anaranjados para guardarla discretamente en el bolsillo de los jeans de Nami—. Sólo tengo curiosidad en lo que convierte a estas personas en unas bestias. Es todo.
—Eres un hombre curioso, Trafalgar. Pero, ésta vez, lo que obtendremos no será una bestia: ¡será la mayor creación que haya vislumbrado nunca el hombre!
—Podemos proceder en quince minutos —le cortó entonces. Realmente estaba aburrido de esos discursos megalómanos de Arthur—. El somnífero aún está causando efecto, pero estará neutralizado dentro de ese tiempo.
Nami parpadeó. No sentía como si sus músculos no estuvieran listos para echarse a correr. Sus sentidos estaban perfectamente alertas, incluso agudizados por la adrenalina.
—Excelente—asintió Arthur, sobresaltando a la navegante cuando apareció junto a Law—. Acompáñame a la bodega, no tengo todo lo que necesito aquí.
Law asintió, y volvió a clavar sus ojos en Nami de esa forma antes de decir:
—No perdamos más tiempo.
No había nada más que añadir. Su mensaje era claro: tenía quince minutos para salir de ahí, no más ni menos. No podía desperdiciar ese tiempo que el cruel y desalmado capitán acababa de brindarle. El sentimiento de culpabilidad le golpeó de pronto, pero no era el momento para remordimientos.
Cuando ambos hombres desaparecieron tras una puerta metálica, Nami supo que el tiempo comenzaba a correr. Rápidamente intentó incorporarse todo lo que pudo, estiró y torció su muñeca dolorosamente para alcanzar el bolsillo de sus jeans, y soltó un quejido frustrado y su respiración contenida al no lograr su cometido. Frunció sus labios, golpeó la camilla, y volvió a intentarlo con más fuerza. Si seguía así, los grilletes le romperían la piel y dejarían cicatrices, pero no le importó. Sus dedos rozaron la pinza, y con una sonrisa victoriosa logró tomarla entre sus dedos índice y pulgar. Ahora, debía tranquilizarse. Sus manos temblorosas no ayudarían; debía serenarse. Lo había hecho montones de veces, pero nunca en una situación como la actual. Aspiró y exhaló lentamente, y volvió a torcer su muñeca para alcanzar el cerrojo.
—Vamos, vamos… —cerró sus ojos, concentrándose, y apenas pudo reprimir una risita nerviosa al oír el suave click de los grilletes cuando su muñeca estuvo liberada.
Se sentó en la camilla, dirigió una mirada ansiosa a la puerta, y el trabajo en su otra muñeca fue mucho más rápido y fácil que el primero.
¡Libre! Y ahora, a correr. Sólo había dos puertas, una por donde definitivamente no entraría, y otra que estaba entreabierta. Cuando abandonó la sala de operaciones, detuvo su carrera para admirar la desconocida estancia que rompía con el patrón mortecino y mal cuidado del resto de asilo. Era una oficina, muy pulcra y algo elegante. Los presumidos certificados en la pared tras el escritorio estaban firmados a nombre de Arthur Gottlieb. Leer el nombre del extravagante doctor le provocó un escalofrío, y cuando pretendió salir de allí, algo por el rabillo de su ojo izquierdo llamó su atención.
La nodachi de Trafalgar Law. Una astuta sonrisa adornó sus labios.
Cuando había dicho que estaba interesado en los experimentos del doctor Arthur, no estaba mintiendo. En realidad, la única mentira que dijo fue sobre el tiempo que tardaría en neutralizarse el somnífero en el sistema de la navegante –aunque no era del todo mentira, pero los efectos secundarios no eran impedimento para realizar lo que pretendía Arthur. Supo entonces que el viejo cirujano no era tan experto como parecía. Todos esos títulos, todas sus ambiciones y conocimientos retorcidos le habían hecho un hombre descuidado en materias básicas. Y lo básico siempre era lo más importante.
Paseó sus ojos curiosos por el arsenal de drogas, químicos y medicamentos de todo tipo. Había algunos descontinuados, eliminados del mercado por sus características adictivas o por ser sencillamente dañinos para el sistema. Era un arsenal interesante. Había muchas cosas que le encantaría llevarse a su submarino para realizar sus propios experimentos.
Ya tendría tiempo para eso.
—¿Qué piensas? —preguntó el hombre, divertido ante la mirada curiosa de Law—. Tardé años en abastecer éste lugar como lo ves ahora.
—Ciertamente, tiene un arsenal excepcional —comentó—. Muchas de estas cosas sólo podrían conseguirse en el mercado negro.
—Aquí en Brigadoon no es difícil obtenerlas. Como te expliqué antes, el continente carece de la protección del Gobierno Mundial. Sus reglas no son las nuestras. Cada país es independiente, posee sus propias normas —explicó, recolectando pequeños frascos con contenidos de colores singulares—. El país de Marlett es muy pequeño, su población es limitada y se dedican principalmente a la agricultura.
—Supongo entonces que el resto del país ignora lo que ocurre en este lugar —apuntó Law. Arthur sonrió.
—Aunque lo supieran, no harían nada —negó, despectivo—. Sólo saben labrar la tierra.
Un escenario perfecto para un psicópata. Nadie lo descubriría, nadie lo juzgaría. El viejo Arthur seguiría experimentando en sus pacientes, y nadie sospecharía nada.
—Bien, es todo —dijo Arthur—. No aplicaremos electroshocks. Quiero que la señorita Nami mantenga la cordura durante el procedimiento.
—Entonces comencemos, señor Gottlieb.
La sonrisa torcida de Law finalmente danzó en sus labios. Arthur le imitó, ignorante y con un brillo casi infantil en sus ojos de hombre mayor, como un niño a quien finalmente se le permite jugar a su juego favorito. Su ambición y obsesión por crear un humano perfecto le habían cegado a un nivel tal que siquiera puso en duda las intenciones de Law cuando el capitán soltó un par de comentarios que lograron convencerlo de que estaba interesado en sus experimentos.
La bizarra investigación de Arthur le había hecho perder la cabeza, convenciéndose de que sus actos eran para un bien humanitario cuando sus métodos consistían en, básicamente, deshumanizar a sus pacientes.
Y Law no sería el juez de sus actos extravagantes. No. Eso no le importaba en absoluto. Law sólo juzgaría su atrevimiento de haber creído, por un breve instante, que el Cirujano de la Muerte aceptaría trabajar bajo su mando en un descabellado y sinsentido experimento.
Cuando Arthur abrió la puerta, aún con esa sonrisa ilusionada en los labios, los frascos que cargaba entre sus manos arrugadas cayeron en las blancas baldosas con escándalo.
—¿Q-Qué…? —la voz del viejo cirujano sonó quebrajada—. La señorita Nami… ¿D-Dónde…?
Law no pudo evitar que las comisuras de sus labios subieran aún más cuando vio su querida nodachi recostada solemnemente en la fría camilla metálica. Y cuando Arthur se giró a mirarle, su rostro se desfiguró.
—T-Tú… —masculló Arthur. Sus ojos estaban tan abiertos que el capitán temió con gracia que se le salieran de las cuencas—. ¡¿Qué acabas de hacer?!
El viejo doctor corrió con pasos atarantados hacia la camilla, paseando sus ojos desorbitados por el salón como si en algún rincón pudiese encontrar a la navegante de los Sombrero de Paja. Pero no estaba. Los agudos oídos de Law oyeron perfectamente el momento en que Nami se quitó el primer grillete.
Con pasos tranquilos y sus manos siempre ocultas en sus bolsillos, se acercó al doctor Arthur y a la camilla donde reposaba el arma que tan amablemente le había dejado la navegante.
—¡Me mentiste! —vociferó Arthur—. ¡Dijiste que me ayudarías! ¡Dijiste que esa mujer no significaba nada!
—Lo único que significa la señorita Nami… —murmuró, tomando la nodachi con solemnidad—. …es que usted no es más que un hombrecillo iluso, trastornado y perdido en sus delirios de grandeza. La única relevancia que ella posee, es la que usted le ha dado. Y siempre se debe atacar donde más duele, ¿no?
—¡¿Q-Qué?! —chilló, tomando un bisturí y empuñándolo con manos torpes—. Pirata asqueroso… ¡Ve y trae de vuelta a esa mujer!
Oh-oh. ¿Acaba de oír una orden directa en un tono excesivamente altanero?
La mandíbula de Arthur que andaba presionando con demasiada fuerza por la rabia contenida tembló cuando la sonrisa del capitán se desvaneció y sus ojos brillaron mortíferos.
—No me gusta recibir órdenes, señor Gottlieb. Nunca se me ha dado bien.
No reconocía ese piso. Tampoco es que hubiese recorrido mucho la enorme mansión, pero sabía que en la segunda plata estaban las claustrofóbicas habitaciones, el enorme comedor y el salón de recreación para locos. No recordaba tantos pasillos oscuros, confusos, húmedos y con vagas luces intermitentes. A los costados había puertas firmemente cerradas que no se molestó en abrir cuando vislumbró al fondo una empinada escalerilla. Sin dudarlo, subió y descubrió entonces que ese nivel inferior se trataba de un enorme sótano al llegar a un salón deshabitado con una única puerta cerrada. Una vez más agradeció mentalmente a Law por su simple cortesía de haberle facilitado la pinza de sus cabellos. Tras un par de intentos, el cerrojo de la puerta cedió.
Fantástico, más pasillos largos y confusos. Corrió rápidamente, olvidando ya el ser silenciosa al saberse cada vez más cerca de la salida. De pronto, una puerta del pasillo se abrió, revelando la imagen desdeñosa y huraña de la hermana Judith. Su desesperada carrera se detuvo abruptamente cuando a poco estuvo de darse de bruces con la monja de mayor edad.
—H-Hermana Judith…
—¿Aún estás aquí? —despectiva y con el eterno mohín en su rostro, Judith se cruzó de brazos de pie en medio del pasillo—. Tu descaro no conoce límites, mocosa
—Hermana Judith, por favor, déjeme ir —rogó Nami—. ¡El doctor Arthur está loco!
—¿De qué estás hablando?
Nami frunció el ceño cuando vio la expresión desconcertada de Judith.
—¡Está loco! —repitió—. ¡Está experimentando con todas estas personas convirtiéndolas en esas escalofriantes criaturas del bosque!
—¿Qué? —arqueó una ceja, escéptica—. Creí que el doctor Arthur se había deshecho de ustedes esta mañana.
—Oh, ¡es justamente de lo que estoy escapando! —exclamó—. La hermana Mary me drogó y luego me entregó a él… ¡Quién sabe qué cosas horribles me habría hecho si no—
—¡Cuida tu boca, mocosa! —interrumpió Judith, repentinamente molesta—. ¡La hermana Mary nunca haría algo como eso!
—¡Puso un somnífero en mi té!
—¡Silencio! —Judith alzó la voz, señorial e intimidante.
Cuando Nami descubrió que discutir con esa monja huraña e imponente era inútil, y pretendió simplemente pasar de ella por su costado, Judith tomó su brazo en un agarre doloroso, deteniéndole.
—Será mejor que veas al doctor Arthur ahora mismo —sentenció, jalándole de vuelta de donde venía—. Nuevamente estás hablando incoherencias.
—¡¿Q-Qué?!
—No sé qué tipo de alucinaciones estás teniendo, pero créeme, estoy acostumbrada a lidiar con gente como tú —murmuró—. Ahora, necesitas un calmante.
—¡No! —bramó, intentando zafarse del agarre—. ¡No volveré allí!
Realmente Judith debía estar acostumbrada a tratar con dementes, pues la fuerza que ejercía en su brazo sí que dolía y conseguía arrastrar sus reticentes pasos de vuelta. Debatiéndose internamente en el hecho de si debía golpear a una monja o no, sacudió su brazo con más fuerza. Y entonces un agudo dolor le cruzó el rostro. Su mejilla ardía, y le costó un par de parpadeos comprender que Judith acababa de darle una bofetada.
—Mocosa insolente —masculló Judith.
Al diablo con las monjas, al diablo con todo lo moralmente correcto; no volvería a ese lugar. Cuando vio la puerta que dirigía al sótano cada vez más cerca, rebuscó nerviosa su arma entre sus ropas, agradeciendo otra vez a Law por no habérsela quitado. Sin embargo, cuando estuvo por sacarla, un repentino ruido sordo le hizo alzar la vista. El agarre en su antebrazo se soltó.
Y Judith cayó inconsciente sobre sus rodillas.
—¿Estás bien?
—¡Jim! —chilló Nami, clavando sus ojos aterrados en el rubio adolescente.
Oculto en uno de los pasillos perpendiculares, el joven Jim le había dado de lleno un duro golpe a Judith con la vaina de un hacha. Un hacha. De todas las cosas, un hacha. Nami no pudo evitar sentirse incómoda al verle con semejante artilugio.
—Escuché tus gritos y supe que algo no andaba bien —explicó el joven—. ¿Quería llevarte con el doctor Arthur?
—S-Sí… —murmuró. Jim, notando sus ojos clavados en el arma, comprendió de inmediato la inquietud de la navegante.
—Ah… —frunció los labios. En un gesto apaciguador, arrojó el hacha al piso y alzó sus manos con inocencia—. Es un hacha de emergencia. No encontré otra cosa…
Una coincidencia. Sólo es una coincidencia. Nami agitó la cabeza intentado convencerse; sea como sea, Jim le había salvado de ser llevada a la camilla del terror.
—Jim, tenemos que largarnos de aquí —dijo entonces—. Tenías razón en cuanto al doctor Arthur, ¡incluso la hermana Mary está envuelta en esto!
El rubio ladeó la cabeza. Sus ojos negros brillaron indulgentes sobre una sonrisa derrotada.
—Si supiese como escapar de aquí, créeme que lo hubiese hecho hace mucho tiempo, Nami —explicó condescendiente—. Es imposible. La única salida es por la puerta principal. Frank y los demás enfermeros no te dejarán salir de aquí sin el consentimiento de Judith.
—Oh, estoy segura de que ella no me quiere aquí —bufó, fulminando con la mirada a la monja inconsciente—. No pueden impedírmelo. Puede que sea una pirata, pero no estoy loca.
—Yo tampoco lo estaba —murmuró Jim. Nami nuevamente se mordió la lengua por hablar sin pensar—. Si vas allá, terminarás en la oficina de Arthur. No hay escapatoria, Nami.
Nami frunció los labios. ¿Tanto correr para nada? ¿Tanto mensaje oculto en las palabras de Law para nada? Le había dado quince minutos para escapar y ahora…
Espera…
—Dijo que había una puerta trasera —recordó entonces la falsa amenaza del capitán—. ¡Law dijo que había una puerta trasera!
—¿Law? —Jim arqueó una ceja, confundido.
—¡Sí, dijo que podía abandonar éste lugar por la puerta trasera! —rio nerviosa, tomando los hombros del joven—. Piensa, Jim, ¿dónde puede haber una puerta trasera?
—Posiblemente se refería a la salida que está en el sótano, señorita Nami. Me temo que tendrás que volver al nivel inferior.
La buena noticia pronunciada por aquella cálida y cantarina voz femenina no provocó regocijo ni en la navegante ni en el joven de cabellos rubios.
—Veo que las ratas de experimento se escaparon de sus jaulas… ¡Qué ratas más rebeldes!
La voz acompasada y llena de humor de la hermana Mary aproximándose tras la espalda de Nami fue lo último que la navegante necesitó oír para ponerse nuevamente en marcha.
—¡A correr! —sacudiendo los hombros del rubio, la navegante no lo pensó más y corrió a la única puerta que tenían por delante.
Trafalgar Law le había dado todas las señales para escapar. Tirando de la mano de Jim mientras bajaban las empinadas escaleras en una desesperada carrera, internamente cruzó sus dedos rogando porque el capitán se hubiese desecho ya del macabro doctor Arthur.
Sin embargo, el olor a químicos y a drogas en esa planta baja estaba fuertemente entremezclado con un desagradable aroma amargo, metálico, mortal. Olía a sangre. Mucha sangre.
Un grito visceral escapó de la sala de cirugías.
Con cariño,
¡Merle! n_n
