Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

VI
-Escape-

Cuando aquel grito desgarrador se coló en sus oídos, ambos jóvenes detuvieron sus pasos quedándose estáticos. Luego sólo hubo silencio.

Los latidos de Nami se aceleraron, debatiéndose ante el deseo de descubrir la identidad de la evidente víctima y su victimario. Le había dejado su arma, ¿no? Seguro la había encontrado. Seguro que sí. Arthur era sólo un viejo retorcido… que por cierto había creado a esas horribles criaturas del bosque y que, además, le había puesto kairouseki al mismísimo Trafalgar Law dejándole completamente desarmado. Pocos podían jactarse de cosa semejante. Frunció los labios. Si sus pensamientos más negativos estaban en lo correcto…

Jim le dio un apretón en la mano, sobresaltándole.

—Nami, la hermana Mary nos está pisando los talones —indicó en un susurro—. Si seguimos hacia el fondo llegaremos a la oficina del Dr. Arthur, la salida debe estar por aquí.

—Sí… —no muy convencida, asintió—. Dividámonos y––

Un nuevo grito, más débil y lastimero, escapó de la última puerta del fondo. Con la respiración contenida y sus sentidos agudizados al máximo, pudo escuchar una segunda voz entremezclada con los jadeos.

—Quien sea que esté ahora en su camilla, definitivamente no está pasándolo bien —murmuró Jim.

No…

—Salgan de ahí, pequeñas ratas, ¡donde sea que estén! —canturreó Mary a lo lejos. Sus pasos ya retumbaban contra el asfalto de las escaleras.

Al fondo había alguien claramente siendo torturado. A su espalda la siempre alegre monja que acababa de drogarla y entregarla en manos de un viejo y loco cirujano. Y pervertido, tal vez.

Un tercer grito. Un llanto doloroso. Los pasos más cerca. Y Nami no pudo soportar más el peso sobre sus hombros. Si iba a escapar, Trafalgar Law se iría con ella. ¿Por qué? Porque no le permitiría haberle salvado la vida a medias. Porque si Trafalgar moría, ella no podría salir de allí por sí sola. Y eso, no se lo perdonaría.

—¡Nami, no! —chilló Jim—. ¡Si vas ahí, no podrás––

—¡Lo siento, Jim, pero no estoy sola aquí! —dicho aquello, corrió en una única dirección.

Por paso que daba los jadeos se intensificaban tanto como el olor desagradable de la sangre. El corazón se le desbocaba. Y cuando abrió la puerta con tanta fuerza que provocó que algunos de los cuadros del fondo cayeran ruidosos, sus ojos se abrieron con desmesura. Las piernas le temblaron. La boca se le secó, y mientras demoró en registrar lo que veía, olvidó cómo respirar. Dos pares de ojos se clavaron en ella; unos horrorizados y obnubilados, los otros impávidos y con un brillo macabro en sus pupilas. Y entonces, la bilis se le subió a la garganta y casi no pudo reprimir una arcada cuando la sonrisa bajo esos ojos extasiados se curvó con malicia.

—¿Preocupada por mí, señorita Nami?

—Eres un demente, Trafalgar… —murmuró con voz ronca, negándole a sus rodillas ceder sobre la alfombra antes pulcra.

—Me siento halagado.

Vagamente Nami se preguntó sobre qué podía sentirse halagado, decidiendo optar –por su propia salud mental– que se refería al hecho de haber vuelto por él. No obstante, la visión frente a sus ojos decía todo lo contrario. Había sangre por todos lados. El color rojo contrastaba fuertemente con la pulcritud del salón. La alfombra, el techo, incluso las ropas del victimario capitán. Pero el desastre estaba sobre el amplio escritorio.

Arthur Gottlieb ya no era cómo lo recordaba. Jadeando, balbuceando palabras inentendibles por el exceso de sangre en su boca, estaba despatarrado sobre el escritorio. Pero no estaban sus piernas. Ni sus manos, ni sus brazos. Sólo era un torso y una cabeza. Por el rastro de sangre, Nami supuso que el trabajo fue irónicamente llevado a cabo en su propia sala de cirugías. Era… grotesco.

Si querían encerrar a Trafalgar Law en ese lugar, Nami no se opondría; incluso donaría algo de su preciado dinero para reforzar la seguridad. Después de escapar, claro.

—M-Mah… —Arthur comenzaba a ahogarse en su propia sangre—. T-Traff…

—No logro comprenderlo bien, señor Gottlieb —didáctico, Law agitó la nodachi sobre su hombro—. ¿Tal vez debería hacer otra incisión?

Nami parpadeó, desviando su mirada repetidas veces desde el hombre sin extremidades que comenzaba a perder el brillo en sus ojos al capitán que sonreía divertido. ¿Dónde demonios estaba la diversión en eso?

—¿Por qué no lo matas y ya?

—Morirá dentro de poco —se encogió de hombros—. Cuidé de no cortar sus órganos vitales, pero no tardará en morir por desangramiento.

Durante el poco tiempo que había interactuado con el capitán de los piratas Hearts, en algún momento se preguntó si el hombre alguna vez podía lucir realmente contento o sonreír con sinceridad –las sonrisas torcidas no contaban. Y ahora, justo ahora, lucía tan… jovial. Incluso de buen humor. De seguro que nadie en ese asilo estaba más trastornado que Trafalgar Law.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Law, interrumpiendo las divagaciones de la navegante—. Creí haber sido claro en cuanto a la salida.

Nami rodó los ojos.

—Si hubieses dicho que estaba en éste mismo nivel, ahora mismo no estaría… ¡Ah! —recordó de pronto—. ¡La hermana Mary! Estaba tras nosotros y––

—¿Nosotros?

—Sí, Jim y yo, un chico que… —sacudió la cabeza, decidiendo omitir explicaciones innecesarias—. Como sea, tenemos que escapar de aquí… a-antes de que…

Cuando los ojos de Law se desviaron de los suyos y se clavaron a su espalda, sus palabras fueron perdiendo intensidad hasta desvanecerse. No fue necesario girarse para descubrir qué había robado su atención al sentir un par de brazos delgados rodeándole los hombros. El toque suave de la hermana Mary la desconcertó. No fue un movimiento brusco, mucho menos rudo; no había amenaza en su gesto. Sólo la había rodeado en un simple abrazo por la espalda. Sin embargo, los ojos de Law abandonaron toda diversión, tornándose fríos y peligrosos. Cuando vio sus manos tatuadas presionando con más fuerza la empuñadura de su nodachi, la navegante temió que el capitán cortaría a la hermana Mary sin importarle que ella estuviese en medio.

—Vaya… —murmuró Mary contra su oído—. Has hecho un verdadero desastre, doctor.

—No pareces muy emocionada al respecto —apuntó Law.

—Oh, lo estoy… —aunque Nami no podía verla, notó que su voz sonaba más bien abstraída—. Es un trabajo extraordinario... Muy elegante.

¿Qué? ¿Qué tenía esa masacre frente a ella de elegante?

Los brazos entorno a sus hombros se soltaron, y entonces Nami pudo ver el rostro de Mary. La mujer avanzó con pasos solemnes, observando el cuerpo desmembrado de Arthur con una expresión de completa fascinación. Sus ojos brillaban embelesados, sus labios estaban partidos con asombro. Como si frente a sus ojos tuviese una obra maestra, o un tesoro sin descubrir. Y entonces la poca confianza que aún guardaba por la hermana Mary se desvaneció por completo. Nadie podía admirar semejante desastre con esos ojos. Bueno, Trafalgar Law podía, pero se dijo que ese era un caso especial.

—¿Dónde está Jim? —cuestionó la navegante—. Estaba justo detrás de mí, hermana Mary.

—El pequeño Jim… Como siempre, se mostró un poco reticente —la joven monja se encogió de hombros, sin quitar la mirada del cuerpo de Arthur—. Sólo un poco. Después de todo, es un hombre. Muy joven, muy débil; ya sabes.

—¿Qué le has hecho…?

Comprendiendo que las palabras de Mary no auguraban buenas noticias, Nami desvió su atención hacia Law. El joven capitán tenía sus ojos clavados en la monja que sonreía con una fascinación que, incluso para él, era desconcertante. Percibiendo el pedido inarticulado de la navegante en su persistente mirada, le miró por el rabillo del ojo y asintió, para centrarse nuevamente en Mary. Nami de inmediato se giró y desapareció tras la puerta.

Si tenía que lidiar ahora con la joven monja y su extraña habilidad, tenía que mantenerse alerta. No podía permitirle que volviera a acercársele, ni que le pusiera un dedo encima. Desconocía si, además de su habilidad, Mary tendría algo más que ocultar. Pero tras el breve y vergonzoso encuentro con ella, se atrevería a decir que no contaba precisamente con fuerza física.

Sólo necesito distancia.

—Entonces, doctor Law —Mary cruzó las manos tras su espalda—. Dijiste que Nami no significaba nada para ti. Pero, ahora mismo, luces muy sobreprotector con ella. Estoy celosa.

¿Sobreprotector? Simplemente no la quería en medio.

—Lo siento, señorita Mary —Law sonrió, encogiéndose de hombros—. Pero las monjas realmente no son lo mío.

—Es una lástima —bufó, mirándole finalmente con falso recelo—. ¡Estoy realmente celosa! Si mi habilidad funcionara también con ella, la hubiese hecho a un lado tal como lo hice con el joven Jim.

Law frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? —Mary rodó los ojos.

—Quiero decir que ahora te tendría para mi sola, y no tendría que compartirte con––

—¿Tu habilidad sólo funciona con hombres? —le cortó, soltando una risa seca—. Qué habilidad más inútil.

—¿Inútil? —Mary arqueó una ceja, divertida—. Soy una ménade, doctor. ¿Sabes lo que puede hacer una ménade?

—Lo suficiente para ver la ironía en una ménade que se apunta para monja.

Tras la sentencia de Law, Mary le miró en silencio durante un momento para luego romper en una cantarina carcajada, cubriéndose la boca con elegancia y asintiendo divertida ante sus palabras. Law entornó los ojos, presionando el puño entorno a la empuñadura de su arma cuando la mujer dio un paso hacia él.

—Siempre tan elocuente, doctor —se mordió el labio, traviesa, aún con la risa en la voz—. Me gusta divertirme. ¡Hay tantas reglas que romper en un camino de castidad y devoción! Un pirata como tú sabe perfectamente de lo que hablo, ¿verdad? Romper reglas, ya sabes.

—No me interesa el camino de la castidad —murmuró—. Pero entiendo tu punto.

—Oh, ¿nuevamente vamos por los comentarios sucios?

Law no respondió. No porque no tuviera suficientes respuestas ácidas a sus comentarios listillos, sino porque sabía que la intención de Mary era, básicamente, distraerlo mientras hablaba y avanzaba hacia él. Y ella lo sabía. Porque cuando Law empuñó con más fuerza su nodachi, se detuvo justo donde debía y en cambio ahora comenzaba a caminar en torno a él; como un depredador rodeando a su presa con ojos hambrientos.

—¿No más juegos, capitán?

Law le siguió por el rabillo del ojo izquierdo, impávido. Los ligeros pasos de Mary resonaban contra la empapada alfombra, y no necesitó girarse para saber que seguía circundándole al verla aparecer por su lado derecho, manteniendo esa distancia prudente.

—Entonces, déjame decirte algo —cuando se detuvo nuevamente frente a él, los labios de Mary se estrecharon en una sonrisa torcida—. Puedes ver la ironía en mis actos. Pero no puedes ver correctamente, doctor.

Cuando entornó sus ojos grises fulminando con ellos los azules frente a él, de inmediato se arrepintió. La vista se le nubló. Los oídos le zumbaron y por más que intentó empuñar con fuerza la nodachi, sus dedos se aflojaron para llevarse las manos temblorosas a los oídos. Se negó a cerrar los ojos, y Mary seguía allí, de pie, aún lejos de él. No se había acercado, no le había tocado. Sus manos seguían tras su espalda, y entonces entendió que su sonrisa torcida no era más que una burla hacia su ignorancia. Porque el espacio en torno a él nuevamente se desfiguró, y Mary parecía cobrar una apariencia concupiscente; sus ojos volvían a brillar extasiados y a Law le pareció que su respiración se aceleraba.

Y ahí estaban. De nuevo sus recuerdos salían a la luz, vívidos, dolorosos, incluso retorcidos, repitiéndose una y otra vez, donde ahora Mary ejercía un papel en ellos desfigurándolos y haciéndolos aún más desagradables. Cuando las imágenes comenzaron a repetirse a gran velocidad sin siquiera lograr comprenderlos, los oídos le zumbaron con más fuerza y un fuerte pitido le hizo caer sobre sus rodillas. El gruñido visceral que escapó de su garganta le hizo saber que aún permanecía en un único espacio temporal. Porque perdió la noción del tiempo. La noción de espacio-tiempo estaba perturbada. Los recuerdos continuaban. Distorsionados, enfáticos, poderosos.

Un vago pensamiento en lo profundo de su cerebro, un lado que aún se mantenía firme y racional, le hizo notar que sus latidos eran erráticos. Que el cerebro le dolía como si Mary estuviese clavando sus uñas en él, y que sus manos estaban presionando con tanta fuerza sus oídos que incluso quería arrancárselos en un vano intento por detenerlo todo. Quería golpearse la cabeza. Si su presión sanguínea continuaba de esa forma, si su cerebro continuaba trabajando así…

Una luz blanquecina. Un fuerte destello se hizo espacio entre sus párpados fuertemente cerrados. Un grito que no escapó de sus labios interrumpió los zumbidos colándose por sobre el sordo pitido. No hubo más imágenes. Y entonces tras sus párpados sólo estaba ese destello que tan rápido como apareció se desvaneció, y ahora sólo estaba el color negro.

Su respiración era errática. Sentía el olor de la sangre justo frente a su nariz.

Trafalgar

Las manos que cubrían sus oídos estaban húmedas. Otro par de manos sacudía sus hombros.

¡Trafalgar!

La voz femenina se sentía demasiado aguda en sus oídos. Abrió la boca para quejarse, pero no encontró su voz.

—¡LAW!

—…Ya te oí —murmuró apenas.

Pero fue lo suficientemente fuerte para que Nami dejara de zarandearlo y de gritar su nombre en sus oídos sensibles. Intentó moverse, pero sus músculos estaban entumecidos. Contra su voluntad, le dejó hacer, soltando un bufido agotado. Ayudándole por los hombros, la navegante logró incorporarlo de tal modo que quedó sentado y apoyado contra la pared. Sus ojos permanecían cerrados, intentando acompasar su respiración.

—¿Estás bien? —la voz de Nami sonó suave, y Law lo agradeció—. No creí que la hermana- que Mary era una usuaria.

Law se las arregló para soltar una risa ronca ante la autocorrección de la navegante y el tono molesto que había empleado al decir el nombre de la mujer.

—Te lo advertí, ¿no?

Cuando Nami no respondió y Law pensó que tal vez no le había escuchado, abrió sólo un ojo para encontrar a la navegante sentada de puntillas a su lado con un ligero sonrojo sobre las mejillas. Bastó que el capitán esbozara una débil pero muy burlesca y divertida sonrisa para que Nami le soltara un puñetazo en el hombro. Golpe que sólo logró aumentar la sonrisa en el hombre.

—Bastardo arrogante —masculló Nami, incorporándose.

Sí, se lo había dicho. El mensaje de Law era, justamente, un mensaje para ella en su totalidad. No había palabras demás. Nami se reprendió por haber comprendido sólo la primera parte. Si hubiese puesto mayor atención y tomado todo en consideración, hubiese sabido entonces que la salida estaba en ese mismo nivel y que la hermana Mary, de hecho, poseía una habilidad que a Law podía perjudicarle.

Law abrió ambos ojos cuando escuchó a Nami pasearse por el salón. Frente a él, despatarrada y con una expresión desfigurada en el rostro, Mary estaba inconsciente y echando humo por sus ropas. De pronto notó que olía a quemado. Que el techo justo sobre la mujer estaba ennegrecido, al igual que el espacio bajo ella. Arqueó las cejas, curioso.

—¿Qué fue lo que hiciste? —Nami, que rebuscaba entre las estanterías quien sabe qué, le miró con una sonrisa tan arrogante como las suyas.

—No sólo sé abrir cerrojos, Trafalgar —explicó, alzando su peculiar arma con gesto presumido—. Mary estaba de pie justo sobre la sangre de Arthur. Fue un buen conductor de electricidad.

Ah, electricidad. ¿Eso fue el destello blanco que interrumpió el festín de imágenes desagradables?

—Algún día te lo mostraré —añadió Nami, divertida ante la casi imperceptible perplejidad de Law—. ¿Puedes ayudarme aquí? No sé lo que estoy buscando.

—¿Por qué debería saberlo yo?

—Porque tú eres el doctor —rodó los ojos—. No sé qué sucede con Jim, está inconsciente. Estaba con él en el pasillo hasta que escuché tus gritos y––

—¿Por qué quieres ayudarlo? —le interrumpió, incorporándose con ayuda de la pared—. Ese mocoso era un conejillo de indias de Arthur y Mary. No hay nada que puedas hacer por él, está––

—¡No está loco! —le interrumpió Nami de vuelta. Law frunció las cejas, molesto—. Sí, Arthur y Mary experimentaron con él. Pero no está loco; está más cuerdo que todos en éste lugar. Incluso más cuerdo que tú, ¿sabes?

—No lo conoces —contrarió Law con desinterés, posando dos dedos sobre la yugular de Arthur comprobando que, en algún momento, finalmente había fallecido—. Lleva más de diez años en este lugar. ¿Crees que alguien podría mantener la cordura durante todo ese tiempo? Estoy seguro de que tu sanidad mental ya está algo perturbada tras sólo un día de visita, señorita Nami.

Nami frunció los labios. Tal vez Law tenía razón, pero los ojos de Jim… sus ojos oscuros e inocentes no eran los de un asesino a punta de hacha. Quizás su cordura podía ponerse en duda, pero no era un homicida. No tenía motivos para estar ahí. Nami alzó la vista, mirando a Law con determinación.

—Eso es irrelevante. Jim no es un asesino, es una víctima —sentenció, decidida—. La hermana Judith quería dejarme aquí sólo por decir que había cosas en el bosque… ¿Quién sabe si todas esas personas en el salón de locos no están realmente locas? No puedo dejarlo aquí. No si puedo evitarlo.

Law la escuchó con gesto aburrido. Se preguntó por qué todo el mundo se preocupaba por gente que no conocía, recodando vagamente una que otra discusión que sostuvo con Bepo, Shachi o Penguin sobre alguna situación similar. Claramente, esas discusiones terminaban con una orden clara o una de sus miradas más severas haciéndoles desistir de inmediato. Pero aquí el caso era diferente: Nami no pertenecía a su tripulación. Lo que quisiera hacer o no, no era de su incumbencia ni mucho menos le importaba.

—Haz lo que quieras —bufó—. Si Mary usó su habilidad en él, entonces sólo perdió la consciencia. No hay nada que puedas hacer al respecto.

—…Entendido, doctor —refunfuñó, desistiendo en su búsqueda de algo útil y encaminándose hacia el pasillo donde Jim permanecía inconsciente.

Al igual que Law, el joven rubio tenía los oídos ensangrentados y los ojos, al contrario del capitán, humedecidos por lágrimas. Cuando lo encontró ahí, no supo qué pensar. No había escuchado gritos, golpes ni nada por el estilo, y por más que lo revisó no descubrió ninguna señal de haber sido agredido. Pero por las palabras de Mary, sabía que ella tenía que ver con su estado lamentable. En el momento en que escuchó los desgarradores gritos de Law, la sangre se le había congelado, y sin pensarlo corrió en su dirección.

¿Por qué? Pues, porque si Law estaba siendo atacado, ella no tenía ninguna posibilidad de escapar. Y cuando le vio allí, con la cabeza contra el piso y las manos ensangrentadas en sus oídos, jadeando y balbuceando palabras inconexas, la mente se le había quedado en blanco. Por un breve momento, perdió toda esperanza. Y muy en lo profundo, al ver a alguien siempre tan compuesto, fuerte e imponente como Trafalgar Law en semejante estado le provocó un sentimiento desesperante. Es por eso que no demoró demasiado en buscar una forma de detener a Mary, que continuaba de pie frente a él con esa sonrisa perturbadora y esos ojos en pleno éxtasis. Tan extasiada estaba la mujer, que ni siquiera fue consciente de su presencia, y sólo desvió su atención hacia Nami cuando la navegante ya había hecho todos los preparativos. El rayo la fulminó al instante, y Law poco a poco dejó de gritar. Al verlo enroscado en esa posición, disminuido como un niño pequeño atemorizado tras despertar de sus peores pesadillas, ese sentimiento angustiante se mantuvo anudado en su pecho hasta que el capitán, tras el tercer llamado, finalmente articuló su voz. Sólo entonces el nudo se deshizo. Y Nami nunca pensó que, alguna vez, podría sentirse tan aliviada de ver a Trafalgar Law en buen estado. Incluso había soltado una sonrisa tonta.

Se preguntó por qué. Ese sentimiento de alivio, justo en ese instante, fue muy similar a todas esas veces en que Luffy, Zoro o Sanji habían puesto su vida en peligro y luego salían ilesos. Sin embargo, Law estaba lejos de tener semejante lazo de amistad con ella. De hecho, eran enemigos; uno de los rivales más fuertes de su capitán. Pero entonces, cuando escuchó los pasos del susodicho en su dirección cargando entre sus manos algunas gazas y medicamentos, supo el por qué. Mientras el joven capitán examinaba el estado de Jim, Nami se dio cuenta de la situación.

No era que se tratase de Trafalgar Law. No se trataba de quién era. El asunto, simplemente, era que no estaba sola en ese escenario desolador. Cuando creyó que Law formaba parte de los planes de Arthur Gottlieb, su mundo se vino abajo y prácticamente se había dado por vencida. Pero ese no era el caso. Tuviera los motivos que tuviera, en ningún momento la había dejado sola. Y Nami no podía estar más agradecida de eso.

Aunque fuera un hombre cruel y algo perturbado, aún no daba media vuelta abandonándola a su suerte. Y en cambio, ahora, le miraba con una ceja arqueada a su lado. Nami sonrió, y Law frunció el ceño confundido.

—Gracias —dijo aún con la sonrisa en los labios.

Law entornó los ojos, notando que la sonrisa de la navegante y ese largo lapsus silencioso donde la mujer se había quedado absorta mirando la nada tenían algo que ver con ese agradecimiento. Se encogió de hombros, quitándole importancia.

—Como dije, sólo está inconsciente —señaló, incorporándose—. ¿Y ahora qué?

Nami parpadeó, confundida.

—¿Pretendes arrastrarlo hasta el próximo pueblo?

—Hum… —frunció los labios—. Bueno, Mary dijo que el próximo pueblo está a un día de acá, tal vez despierte antes que eso.

—Entonces te quedarás acá —sentenció Law, usando un tono ligeramente reprochador que no pasó desapercibido por Nami.

—¡Ni loca! —exclamó—. No, lo llevaré conmigo. Si despierta en el camino, perfecto.

El capitán rodó los ojos, pero asintió. Antes de que Nami volviese a acuclillarse a un lado del joven y delgado Jim en plan de cargarlo, Law notó el bolso de la navegante.

—¿Puedes llevar esto en tu bolso? —preguntó, enseñándole el pequeño kit de primeros auxilios que, un doctor y cirujano como él, ya comenzaba a echar en falta.

Nami abrió la boca para quejarse, ofendida, que normalmente era ella quien cargaba a los hombres con sus pertenencias, pero no lo hizo. Si quería que le llevase sus cosas, entonces las intenciones de Law no eran abandonarla aún. No de momento, al menos. Así que, con el pensamiento en mente, esbozó una fingida sonrisa que hizo que Law volviera a entornar los ojos con sospecha.

—Muy bien, Trafalgar —su voz era demasiado aguda—. Pero tú llevarás a Jim.

Casi pudo oír un gruñido en la garganta de Law. Casi se echa a reír, pero el capitán le clavó un par de ojos grises demasiado fríos y peligrosos como para atreverse a decir nada, y en cambio se arrepintió de inmediato de su atrevimiento y presionó su mandíbula para callarse todo. Sin embargo, al cabo de lo que a Nami le pareció un larguísimo silencio de quemarse los ojos, Law volvió a soltar algo parecido a un gruñido disfrazado de bufido y masculló algo entre dientes que Nami no alcanzó a entender.

—...A menos que prefieras llevar el bolso y yo––

—No —le interrumpió—. Sólo me retrasarás.

Nami volvió a mirarle perpleja. Law estaba molesto. Y ahora definitivamente no comprendía por qué no daba media vuelta y la abandonaba. Podía valerse por sí mismo mucho mejor que ella, y aunque sabía que no era precisamente inútil, sabía que para alguien como él, ella sería un estorbo y le retrasaría tal y como acababa de decir. Cuando Law tomó el brazo de Jim y lo pasó por sus hombros, no pudo evitar preguntárselo.

—¿Por qué? —Law le miró por el rabillo del ojo, acomodándose el peso del joven hasta incorporarse correctamente.

—Ya te dije por qué —dijo, encaminándose hacia una de las puertas dobles—. Si lo llevas tú, demoraremos más de un día en llegar al próximo pueblo.

—Me refería a por qué––

Law desenvainó la nodachi con un fluido movimiento y, en el mismo acto, cortó el cerrojo que mantenía firmemente selladas las puertas interrumpiendo así la palabrería de la navegante. Hecho aquello, se las arregló para envainar el arma y luego la arrojó con poco cuidado en manos de Nami.

Y, entonces, Nami estaba furiosa.

—¡¿Por qué demonios no hiciste eso cuando estábamos encerrados en esa habitación?! —vociferó, olvidando todo el temor que repentinamente había infundido en ella el complejo capitán.

Para su deleite, Law soltó una risa seca, dedicándole una sonrisa divertida.

—Tenía curiosidad —dijo con simpleza—. Y quería descansar.

—¡Gracias a tu curiosidad casi termino convirtiéndome en una horrible criatura, ¿sabes?! —los labios se Law se curvaron aún más hacia arriba, burlescos—. Bastardo egoísta…

—Deberíamos partir, señorita Nami. Posiblemente haya enfermeros y gente loca buscándonos por todas partes.

Dicho aquello, Law se puso en marcha por un largo pasillo de ladrillos seguido por una furiosa navegante; pasillo que, esta vez, marcaba un fin. La luz del atardecer se colaba por delante, obligando a Nami a detener sus gruñidos e insultos entre dientes y esbozar una sonrisa esperanzada.

Cuando el largo pasillo terminó y pusieron sus pies libres donde acababa el asfalto y comenzaba la tierra, la sonrisa de la navegante se desvaneció. Afuera, había enormes árboles. Un frondoso bosque.

El bosque de las criaturas creadas por el extravagante Arthur Gottlieb.


Abrazos de oso polar, como Bepo, para ustedes n_n
Con más cariño que antes,
Merle.