Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
VII
-Disomnia-
Los tacones contra la superficie irregular le estaban destrozando los pies. El rumor del viento acariciando las hojas le erizaba la piel en escalofríos pavorosos. Los esporádicos aleteos de las aves hacían a sus dedos presionar inútiles la nodachi ajena entre sus manos frágiles. Tras unos minutos ya le fue imposible divisar sobre sus hombros el asilo de Marlett entre la hojarasca.
Nami estaba aterrada. Tenía los nervios a flor de piel. Casi no respiraba.
Se había jurado a sí misma que nunca –de ninguna manera– volvería a poner un pie en ese bosque, pero ahí estaba. Frente a ella Trafalgar Law caminaba a paso tranquilo cargando al aún inconsciente Jim; un gesto aburrido cincelaba sus facciones. Pero estaba molesto, Nami sabía que lo estaba sin necesidad de analizar demasiado ese constante ceño fruncido. Al menos ella no había hecho nada para enfadarlo, así que estaba libre de culpas. Bueno, tal vez gritó demasiado fuerte e hizo un pequeño escándalo cuando supo que debían cruzar el bosque, pero Law había amainado su ataque de histeria explicándole –en un tono monótono– que no había de otra opción si querían llegar al pueblo más cercano antes del anochecer. Rápidamente intentó buscar otra alternativa, pero era inútil, sólo había acantilados rodeando el bosque que terminarían retrasando aún más la travesía.
Y menuda travesía, se dijo. Un bosque con humanos mutados, un asilo con monjas y doctores dementes experimentando en gente loca, luego escapando por los pelos gracias al Cirujano de la Muerte y ahora devuelta en el dichoso bosque junto al mismo. Luffy de seguro se moriría por una travesía como esa.
Paseó sus ojos por el paisaje. Árboles, ramas, largos pastizales. El silencio era perturbado sólo por sus pasos, el canto de las aves y el ronroneo de algún insecto oculto.
—Esto está demasiado tranquilo… —murmuró en un susurro.
Estaba todo tan tranquilo y en silencio que casi comenzaba a pensar que la hermana Judith tal vez estaba en lo correcto y las criaturas del bosque no eran más que alucinaciones suyas, pero Law cortó esa línea de pensamientos con su respuesta:
—Eso es porque es de día —Nami le miró inquisitiva—. Mientras nos mantengamos en zonas iluminadas, no habrá problema.
Nami arqueó una ceja, sin comprender.
—Son fotosensibles —continuó él—. Son sensibles a la luz, señorita Nami.
—Sé lo que significa fotosensible, Trafalgar —rezongó sabionda cuando notó la burla en el último comentario.
La buena noticia logró aplacar su estado de alerta. Law podría haber sido más amable y haberle explicado ese dato desde un principio, pero eso ya era exigir demasiado de su parte. Sin embargo, Nami hizo un mohín cuando reparó en otro detalle: la poca luz que se colaba entre las ramas comenzaba a desvanecerse, tornándose anaranjada con más rapidez de lo que hubiese querido. Si Law estaba en lo correcto, entonces la última vez lo único que les salvó fue la luz de una imponente luna llena. Pero en ese lugar donde los rayos solares se asomaban tímidos entre las hojas…
—¿La luz de la luna será suficiente?
Law no respondió a su pregunta. Nami soltó un bufido angustiado, comprendiendo su silencio a la perfección. Una vez que el sol se fuera, esas criaturas antes humanas volverían a acecharlos. De hecho, ahora mismo debían estar observándolos desde las penumbras del bosque esperando el momento idóneo para atacar... Desechó el pensamiento tan rápido como llegó cuando la piel se le erizó ante la idea de saberse observaba, decidiendo distraerse con otro tipo de pensamientos mientras la luz cada vez se volvía más y más escasa.
—¿Estará bien la hermana Judith? —divagó—. Quiero decir, no parecía al tanto de lo que el Dr. Arthur hacía. Se volvió realmente loca cuando mencioné a Mary, ¿sabes? Lamento que Jim haya tenido que golpearla… —Law alzó una ceja, mirándole curioso. No le estaba prestando mucha atención hasta ese punto—. Cuando escapé, Jim la golpeó con un hacha y la dejó inconsciente antes de que… No me mires así, Trafalgar —frunció el ceño cuando Law la miró sin necesidad de decirle: "está loco, te lo advertí"—. Tú desmembraste a un hombre y ahora estás cubierto en su sangre; eres peor que Jim.
Law sonrió, pero Nami rodó los ojos y le ignoró.
—Como sea, cuando le dije a la hermana Judith que Mary estaba implicada en los horribles experimentos del Dr. Arthur, creyó que––
—Señorita Nami —le interrumpió Law—. ¿Estás buscándome conversación?
Nami abrió la boca, pero no dijo nada. Law no era precisamente un buen conversador. Pensó que tal vez podía ser bueno escuchando… pero ahora veía que no.
Qué desagradable eres, Trafalgar.
Ofuscada, continuó caminando tras él, distrayéndose a sí misma en silencio. Cuando finalmente cayó la noche, oscura y aún más silenciosa, no notó que Law se había detenido hasta que se golpeó la nariz contra su espalda.
—¿Q-Qué pasa? —musitó; su voz trémula, sus ojos paseando alarmados entre la oscuridad abismal del bosque.
Una rama crujió y Nami instintivamente aferró una mano a la camiseta amarilla de Law con un chillido asustadizo. Se quedó en silencio, paralizada, agudizando sus sentidos. Y entonces lo único que oyó, fue la risa burlesca del capitán que reverberó en su mano al estar demasiado pegada a él.
—¿Qué?
—Sólo es un conejo, señorita Nami —las mejillas de la navegante se dispararon al rojo vivo, y tuvo que contener las ganas de darle un buen golpe de los suyos al recordar lo voluble que podía ser Law—. Deberíamos descansar.
—¡¿Aquí?! —rechistó—. ¿Estás loco?
—No creo que sea buena idea continuar —explicó, paseando sus ojos grises por el lugar—. Estamos siendo observados. Están esperando el momento exacto para atacarnos, y realmente no tengo ánimos de lidiar con ellos.
Nami lo sabía. Había visto más de una sombra moviéndose entre las penumbras, pero había hecho caso omiso de ellas. No muy convencida de la idea, asintió. Law se giró hacia ella, dejó a Jim recostado contra un árbol, y se encaminó. Nami volvió a entrar en pánico por un breve momento hasta que Law se agachó y comenzó a recolectar ramas secas.
La luz de una buena fogata mantendría a esas bestias alejadas, y definitivamente haría de esa horrible noche algo más agradable. Sólo un poco. Pasar la noche en un bosque donde había ex-prisioneros-dementes ahora inhumanos, sin una cobija ni una tienda que montar, no era un escenario alentador. Bufó, sentándose a un lado del montón de ramas que Law apiló y comenzó a encender cuidadosamente con un par de cerillas. A los pocos minutos, la fogata cobró fuerza.
Sentado del otro lado del fuego, Law arrojaba ramas con desinterés. Tenía la mirada perdida, el ceño fruncido. Sus manos tatuadas jugaban distraídamente con una rama. Y cuando la rompió con más fuerza de la necesaria, Nami estuvo segura de que estaba enfadado. Bajo ese velo inmutable, Law probablemente estaba tan desesperado como ella por salir de ese lugar. ¿Estaría preocupado por sus nakamas como ella lo hacía? Era el capitán, tenía que estarlo. Alguien que tiene a un oso polar parlante como primer oficial, no podía ser tan desalmado como parecía. El pensamiento la hizo reír, pero Law no pareció notarlo.
Se sintió fatigada, recordando entonces que llevaba prácticamente un día completo sin ingerir alimento alguno más que un té con somníferos, cortesía de la hermana Mary. Una brisa fría le erizó la piel, y se guardó las manos en los pequeños e inútiles bolsillos de sus jeans en un vano intento de buscar calor. Sus dedos rozaron la pinza de cabello, y la extrajo observándola con una suave sonrisa.
—Gracias —murmuró, enseñándole la pinza de cabello.
Law se sobresaltó como si hubiese olvidado su presencia y alzó los ojos, mirándola en silencio. La luz de la fogata refulgía en sus ojos grises, dotándolos de un brillo especial bajo la sombra de su gorra. Al cabo de un momento, Law resopló, desviando su atención hacia las llamas.
—No te confundas —su voz sonó monótona—. Para estropear los planes de Gottlieb y su monja loca, necesitaba sacarte de en medio. No fue más que por eso.
Nami hizo un mohín. No lo había pensado de ese modo, pero tampoco fue tan ilusa para creer que la había salvado sin ningún motivo de por medio. Sin embargo, no se refería del todo a eso. Cuando pensó en reformular su agradecimiento, Law pareció notarlo y continuó:
—Simplemente no me gusta deberle favores a nadie, si es eso lo que te inquieta —murmuró, volviendo a mirarle. Nami alzó las cejas, pero las frunció de inmediato cuando los labios de Law se curvaron con esa sonrisa arrogante—. Ahora, si tienes algún problema con eso, nada te retiene a mi lado, señorita Nami.
Descubrimiento del día: Trafalgar Law es, definitivamente, un hombre voluble; debía mantener eso en mente mientras estuviera a su lado. Hace sólo un momento lucía aquejado por problemas mudos y ahora le sonreía con soberbia. La desconcertó. La navegante lo miró con recelo por un momento, y luego se tumbó a un lado de Jim dándole la espalda en plan de descansar e ignorarle. Casi vuelve a levantarse para darle un buen puñetazo en esa desagradable sonrisa cuando lo escuchó reír. Pero no le daría en el gusto. Las palabras bastardo y arrogante se repitieron cual mantra para dormir.
Law la observó divertido tras las llamas antes de tomar la nodachi que tan descuidadamente había arrojado la navegante y luego se recostó contra el tronco de un árbol. Su sonrisa se desvaneció, y sus ojos volvieron a perderse en las formas serpenteantes de la fogata bajo un ceño fruncido.
Envidió a la mujer del otro lado del fuego; su respiración al cabo de unos minutos ya era acompasada y tranquila. Nami dormía. Jim dormía, inconsciente, pero dormía. En cuanto a él, los ojos le picaban y los párpados le pesaban. Pero no podía cerrarlos. No podía, no quería.
Presionó la nodachi entre sus puños, aferrándose a ella con fuerza.
Maldijo a Mary una y otra vez hasta que las llamas de la fogata se desvanecieron y los primeros rayos del nuevo día se adentraron fisgones entre las hojas.
Su bikini era rojo, el sol era cálido y el trago preparado por Sanji era, como siempre, una delicia. Los juegos de Luffy, Usopp y Chopper no perturbarían ese magnífico día. El clima era perfecto. Su cuerpo estaba relajado. El sol no alcanzaba a quemarle la piel. El trago de Sanji era delicioso, pero no sabía a nada. Las olas rugieron con fuerza, la cubierta del Sunny se agitó. Sus nakamas gritaron órdenes. Alguien gritaba en su oído.
—¡Nami!
Alguien agitaba sus hombros.
—¡Nami, ¿estás bien?!
El trago de Sanji cayó sobre la cubierta con un ruido sordo.
—¡¿Q-Qué?! —desorientada, se incorporó de golpe paseando sus ojos somnolientos por el lugar.
No había Sunny. No había tragos de Sanji. No había nakamas jugando ni gritando. Sólo había un bosque, unas brazas carbonizadas y un rubio de ojos negros mirándole confundido. Y a pesar de que estaba teniendo un bonito sueño del cual no hubiese querido despertar, su sonrisa se disparó en sus labios y le arrojó los brazos al cuello.
—¡Jim, estás bien!
—S-Sí, creo que lo estoy… —murmuró Jim. Sus mejillas se tiñeron de rosa ante el gesto de la navegante—. ¿Qué ocurrió?
Nami lo tomó por los hombros, observándolo a un brazo de distancia. Rápidamente le explicó lo acontecido, resumiendo a grandes rasgos el cómo Law se había deshecho de Arthur y sin dejarse un detalle al contarle orgullosa el cómo ella había derribado a Mary. Jim parpadeó, demorando en procesar el exceso de información. Y entonces, cuando comprendió que finalmente estaba libre de todos esos experimentos y de toda coacción, esbozó una enorme sonrisa, abrazándose nuevamente a Nami con una risa juvenil, libre, radiante. Por primera vez Nami vio al joven y adolescente Jim, quien le agradecía una y otra vez sin poder creérselo.
Law rodó los ojos con fastidio ante la escena excesivamente empalagosa para su gusto. No llevaban ni un día viéndose las caras y ya se abrazaban emocionados. Se preguntó cómo alguien como Nami podía formar parte de una tripulación pirata con ese sentido de la ética y moral tan ejemplar. Si toda su tripulación –incluido el capitán– tenía esa filosofía, entonces se sentía ligeramente decepcionado. Un rival pirata con el corazón blando como el de una abuela. ¿Dónde se ha visto algo como eso? No era muy motivante.
Bufó y se levantó, sacudiéndose los pantalones moteados. El par seguía conversando animadamente, como si ya hubiesen olvidado donde se encontraban.
Tan irresponsable como siempre, señorita navegante. Carraspeó, interrumpiendo el parloteo.
—Señor Jim, me alegro de tu rápida recuperación —señaló, ganándose una mirada fulminante de parte de Nami ante su tono irónico, pero la ignoró—. Ahora, ¿recuerdas el camino hasta el próximo pueblo? No debería estar muy lejos de aquí.
Jim frunció los labios, pensativo.
—Solía venir a éste bosque a cortar leña con mi padre… —murmuró—. Aunque más bien lo acompañaba, nunca pude levantar el hacha. Sólo era un crío.
—¿Qué edad tenías cuando llegaste al asilo de Marlett? —preguntó Nami, reprimiendo el escalofrío que le recorrió la espalda al escuchar la palabra hacha saliendo de los labios del más joven. Jim volvió a fruncir los labios, pareciendo que le costaba trabajo reunir sus recuerdos estropeados.
—Cuando cumplí seis años me regalaron a Brego. Es el último cumpleaños que recuerdo.
—¿Brego?
—Ya lo conocerás —sonrió Jim. Sus ojos negros chispearon con emoción—. Como sea, el bosque no es demasiado grande. Si caminaron durante una tarde completa, entonces deberíamos llegar al pueblo dentro de poco.
Law resopló, acomodándose la nodachi en el hombro. Esperar mayor información de un joven que vivió los últimos diez años a base de electroshocks y drogas era ser algo soñador. Pero no estaba del todo errado; tanto Arthur como Mary mencionaron que del otro lado del bosque, a un día de caminata, estaba el pequeño pueblo de Marlett. Probablemente ahí obtendría la información que necesitaba.
Dicha caminata no continuó en silencio como antes, no como hubiese querido. Jim y Nami parecían haber perdido el miedo a las criaturas amenazadoras del bosque, y caminaban tras el capitán sin dejar de hablar y reír. A pedido del rubio, la navegante le contó orgullosa una que otra aventura que tuvo junto a su tripulación –única parte de la conversación que Law escuchó con oculto interés. Cuando Jim comenzó a hablar sobre su familia y el miedo que ahora tenía de que no le reconocieran, Law enfocó su atención en el camino por delante cuidando de mantener el rumbo por senderos bien iluminados por mucho que le hubiese gustado permanecer bajo la sombra. La luz solar le estaba provocando dolor de cabeza. Estaba fatigado, y no tanto por la falta de alimento, sino más bien por la falta de sueño. No había pegado ojo en toda la noche. Recordar lo que evocaban el velo de sus párpados le provocaba náuseas. Incluso si parpadeaba demasiado lento, o si cerraba los ojos por más de unos segundos, el sentimiento estaba de vuelta. Pero le quitó importancia. El problema del insomnio ya le era algo familiar, no supondría nada nuevo abstenerse de dormir hasta que el repulsivo sentimiento desapareciera.
Siempre pensó que la mitología de las ménades era interesante. Ahora definitivamente las odiaba. Sobre todo si eran personificadas por monjas rubias concupiscentes.
Se frotó los ojos, descubriendo que el parloteo de sus dos acompañantes seguía tan animado como antes.
—Yo creía que los Sombrero de Paja y los piratas Heart eran tripulaciones enemigas —comentó Jim—. ¿O tal vez te cambiaste de bando?
—¡Claro que no! —refutó Nami—. Seguimos siendo rivales. Luffy será el único que se convertirá en el Rey de los Piratas, ya lo verás. La noticia llegará incluso hasta este perdido continente.
Jim rio divertido.
—Entonces, ¿qué haces en compañía de un Shichibukai enemigo?
La pregunta del rubio hizo que Nami detuviera sus pasos. Cuando se giró a mirarle, sus ojos estaban más abiertos de lo normal y su mandíbula había caído con sorpresa.
Trafalgar Law, capitán de los piratas Heart, ¡¿Shichibukai?!
—¿Qué pasa, Nami? —Jim ladeó la cabeza confundido, y luego sonrió con picardía—. Oh, ya entiendo. ¿Es un romance secreto, tal vez?
Law sonrió divertido, sin molestarse en corregirle a espera de la reacción de la navegante.
—¿Desde cuándo…?
—Pues no lo sé, eso dímelo tú —comentó el rubio—. ¿Qué clase de novia no sabe el tiempo que lleva junto a su––
—¡Trafalgar!
Ah, ahí estaba. Law apenas pudo reprimir la risa que escapó de sus labios curvados, girándose para contemplar la expresión aturdida de Nami.
—¿Sí?
—¡¿Desde cuándo?! ¡¿Cuándo te convertiste en…?! —exclamó, atropellándose a sí misma con preguntas—. ¡¿Y por qué yo no lo sabía?! ¿Hace cuánto…?
—Te aseguro que no hace mucho, puedes estar tranquila —explicó, divertido—. En cuanto a por qué no lo sabías, no lo sé, quizás no te molestaste en leer la portada del periódico.
—¡Lo leo todas las semanas! ¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Habría hecho alguna diferencia?
—¡Por supuesto! —al menos se habría andado con más cuidado—. Pero… ¿Por qué?
Sí, Nami estaba al tanto de que Law estaba en movimiento en el Nuevo Mundo y que por lo mismo la recompensa sobre su cabeza no hacía más que subir y subir, pero no fue informada del momento en que dicha recompensa se congeló y ahora el hombre ostentaba menudo título. Pero, ¿por qué alguien como él, a quien apenas conocía pero estaba segura de que no se tomaba las órdenes de otros con gusto, aceptaría trabajar para el Gobierno Mundial?
Nami alzó las cejas, a espera de una respuesta. Y Law, con esa sonrisa entre divertida y soberbia bailándole en los labios, se encogió de hombros y dijo:
—Porque puedo, señorita Nami —su voz fue más arrogante que nunca.
—¿Sabes que eres un hombre realmente desagradable? —siseó Nami, odiando el sonido aterciopelado de la risa del capitán.
—Es un cumplido nuevo —comentó divertido. ¿Cuántos insultos le había soltado la navegante en el curso de dos días? Ese era un record que pocos –sino nadie– podían regodearse.
—Bastardo arrog––
—¡Ey, tortolitos! —la voz juvenil de Jim interrumpió su tercer insulto, atrayendo la atención de ambos—. ¡Creo que estamos cerca!
Decidiendo dejar al par discutir sus asuntos, sabiamente Jim se había adelantado unos metros y ahora, contento consigo mismo, recordaba el escenario de manera tan clara que le sorprendió. Nami corrió hacia él no sin antes gruñirle a Law con la lengua extendida, sorprendiéndose también al descubrir un bonito arroyo de aguas cristalinas que cortaba el camino. Había un puente mediocre, cortado y del todo inútil, pero ni eso destruyó la ilusión del pequeño grupo al divisar a muy pocos metros lo que podía ser llamado como civilización. Entre altos cerros verdosos, había humildes construcciones de madera, huertos y animales de campo.
Jim y Nami exclamaron dichosos, abrazándose nuevamente con saltitos emocionados. Law estrechó los ojos ante el exceso de luz, calándose la gorra un poco más hacia abajo, pero una sonrisa agradada se acomodó en sus labios.
—Estas aguas provienen de las montañas —señaló Jim con gesto evocador—. Venía aquí con mi madre y mi hermana pequeña… Para ese entonces, el puente no estaba cortado.
Nami le dio un apretón consolador en el hombro y le sonrió, comprendiendo la inseguridad de Jim y sus abrumadores recuerdos que poco a poco comenzaban a retornar. Cuando el rubio le sonrió de vuelta, Nami se aventuró a la orilla, se quitó los tacones, se arremangó lo suficiente sus pantalones y sumergió sus pies cansados en las frías aguas del riachuelo.
—¡Oh, esto es una deliciosa! —exclamó con regocijo, agachándose para tomar un poco entre sus manos y refrescarse el rostro—. ¡Ah…!
Avanzó un poco más, pero se detuvo cuando notó que las corrientes a pesar de su apariencia inofensiva, no eran aptas para cruzarlas nadando. Había rocas que provocaban remolinos, y por mucho que sus pies estuvieran contentos bajo el agua, la temperatura comenzaba a calarle los huesos. El clima de ese país era curioso. Ahora mismo, presentaba un cielo descubierto, pero Nami olía en la atmósfera la lluvia e incluso la nieve. Posiblemente no tardaría en cubrirse de nubes negras de un momento a otro.
Cuando sus pies no soportaron más la baja temperatura, se giró y vio a Jim refrescándose en la orilla. Sus cabellos rubios refulgían como el oro bajo la luz solar. Y los ojos grises de Law tenían un brillo hipnotizador sin la sombra de su gorra. El cabello negro resaltaba sus facciones suaves, y entonces a Nami ya no le pareció un hombre tan sombrío. De hecho, constituía un cuadro agradable para la vista; un bonito arrollo, el paisaje verdoso, un joven adolescente de cabellos dorados y sonrisa encantadora junto a un moreno de penetrantes ojos grises que…
¡¿Qué?!
Sacudió la cabeza, eliminando de inmediato esa línea de pensamientos. Law arqueó una ceja en su dirección, notando el extraño arrebato de la navegante, y Nami volvió a agacharse rápidamente para refrescarse el rostro cuando sintió que el calor se le subía a las mejillas.
Es Trafalgar Law. Es Trafalgar Law. Es Trafalgar Law. Se repitió aquello por cada chapuzón que le daba a su rostro. Es Trafalgar Law. Es Trafalgar Law…
—¿Cómo cruzaremos al otro lado? —preguntó Jim—. ¿Podemos cruzar nadando?
—No —negó Nami, recuperando la compostura pero negándose a mirar a Law—. Las rocas bajo el agua crean remolinos y corrientes divergentes; es peligroso. Sin mencionar que tenemos un martillo entre nosotros.
—¿Un martillo…? —Jim ladeó la cabeza, mirándole curioso.
—Un martillo, un usuario, ya sabes —murmuró, dirigiéndose a la orilla para ponerse nuevamente los tacones.
—¿Un usuario…? —Jim ladeó la cabeza hacia el otro lado.
—Realmente no sabes nada, ¿verdad? —el rubio se encogió de hombros—. Verás, éste tipo se comió una Fruta del Diablo y ahora no puede nadar. Tendremos que buscar otro modo.
—¿Una Fruta del Diablo…?
—¿Podemos continuar?
Antes de que Nami comenzara a explicar qué demonios era una Fruta del Diablo, Law se incorporó, volvió a acomodarse la gorra sobre sus cabellos humedecidos, y Nami internamente hizo un mohín cuando sus ojos fueron ensombrecidos. Jim y Nami le miraron curiosos cuando el capitán se paró en medio de ambos, alzó una mano frente a él y murmuró:
—Room.
El domo azul se extendió lo suficiente para alcanzar el otro lado del arroyo. Jim jadeó sorprendido y Nami rodó los ojos.
—Engreído —murmuró.
En lugar de una respuesta arrogante de parte del capitán, Nami sólo recibió nuevamente la nodachi en sus brazos y una mano tatuada enrollándose en su muñeca. Law tomó de las ropas a Jim, y antes de que pudieran decir nada, en un abrir y cerrar de ojos ya estaban del otro lado del arroyo. Jim volvió a jadear aún más sorprendido.
—¡Wow, eso fue increíble! ¡Hazlo de nuevo! —exclamó—. ¡Es como magia! ¡¿Cómo lo has hecho?!
Law se encogió de hombros, tomando la nodachi de entre las manos de Nami y encaminándose hacia el pueblo.
—¡Nami, tu novio es increíble! ¡¿Viste eso?! Dijo Room y luego apareció esa cosa azul y luego––
—¡No es mi novio, Jim! —chilló Nami, saliendo de su estupefacción—. Ya te dije que somos enemigos.
—Pero antes estabas pegada mirándolo toda sonrojada y–– ¡Aw!
Nami le soltó un golpe en la cabeza más fuerte que cualquiera que le dio antes Mary, Arthur o la hermana Judith. De inmediato le nació un chichón y una lágrima se le escapó del ojo.
—He dicho que somos enemigos —masculló Nami entre dientes, irradiando un aura oscura que provocó en Jim un escalofrío—. ¿Entendido?
—S-Sí… Lo lamento —lloriqueó Jim con una sonrisa forzosa.
—Disculpa aceptada —sonrió Nami, desvaneciendo rápidamente el aura amenazadora con su tono de voz agudo.
A Law le hubiese gustado burlarse un poco de la navegante, pero el dolor de cabeza estaba ganándose toda su atención. Mantener los ojos abiertos le molestaba, y el calor no estaba ayudando. Necesitaba una habitación, sin luz, en silencio y en solitario. Necesitaba pensar. Necesitaba encontrarle un sentido a toda esa extraña situación.
Necesitaba olvidarse de todos esos malditos recuerdos y volver a guardarlos en lo más oscuro de su mente.
Necesitaba estar solo. Por eso le gustaban los confines de su submarino; oscuros, solitarios y fríos. Nada lo perturbaba a menos que él lo quisiera. Allí, todo estaba bajo control. Pero ahora, justo ahora, nada estaba en el lugar que quería. Todo era un caos; su mente, el escenario e incluso la compañía.
Las vacas mugían. Los caballos rechinaban. Los agricultores les miraron curiosos, deteniendo sus trabajos en la tierra. La risa cantarina y aguda de una niña de cabellos rubios estrepitó en sus oídos sensibles, y Law se mordió los interiores de su boca para amainar sus oscuros deseos de sumergir todo el ruido en silencio. Al menos, Jim había dejado de hablar. Aunque no por mucho.
Su voz sonó quebradiza.
—¡Misha!
Con apapachos para ustedes,
Merle.
