Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
VIII
-Quid pro quo-
De puntillas, dando saltitos entusiastas y extendiendo sus manitas pequeñas y paliduchas hacia el cielo, la chiquita de rizos dorados soltó su risa melodiosa cuando logró que uno de los frutos cediera de sus ramas y cayera en sus manos. Llevaba un casto vestido blanco; sus rizos dorados atados en dos coletas.
Desde que la singular escena quedó atrapada en los ojos negros de Jim, el rubio había dejado de escuchar a Nami. Descubrió que sus manos temblaban y que el corazón comenzaba a latirle eufórico. No conocía a esa niña, nunca la había visto. Pero entonces, al oír su risa de campanillas suave y armoniosa, la imagen de su madre cargando a un bebé llorón con un único rizo sobre su coronilla fue tan vívida que evocó en él sentimientos abrumadores. Recordó su llanto. Recordó aquel estúpido e infantil juego de poner morisquetas frente al bebé y la sonrisa cansada pero agradecida de su madre cuando él lograba hacerle callar y transformar su llanto, casi por arte de magia, en unas suaves risitas de bebé. Recordó su olor; ese aroma dulzón tan característico. Se torció las manos temblorosas cuando recordó la sensación de esas manitas pequeñas aferrándose con increíble fuerza a sus dedos de hombrecito mayor.
Aferrándose a sus manos de hermano mayor.
Si bien sus recuerdos estaban hechos pedazos, distorsionados y carentes de sentido y orden lógico, había un nombre que nunca había olvidado. Un nombre que se negó a olvidar; un nombre que se repetía una y otra vez cuando los aparatos del Dr. Arthur violentaban su cerebro. Un nombre que ni siquiera Mary fue capaz de atrapar con sus garras cuando se aventuró a destruir aún más su consciencia.
Su voz escapó de sus labios como acto instintivo.
—¡Misha! —gritó. La mandíbula le tembló.
La chiquita que continuaba saltando y riendo con regocijo tras su pequeño logro, se giró en su dirección con curiosidad. Sus enormes ojos negros expresaron confusión, pero luego sus labios finos se curvaron en una infantil sonrisa mientras le saludaba con una de sus manitas antes de echarse a correr con el fruto en mano y desaparecer dentro de una de los humildes hogares de madera.
Jim parpadeó, confundido. Una envergadura de recuerdos comenzó a fluir sin alcanzar a comprenderlos por mucho que lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no podía. Era demasiado.
—Misha… —murmuró, frotándose las sienes magulladas con gesto angustiado.
—¿Jim?
Tanto Nami como Law habían mantenido silencio, curiosos. En primera instancia, a Nami la escena de la pequeña niña intentando coger un fruto le había parecido de lo más tierna. A Law la risita cantarina le había agudizado el dolor de cabeza a niveles insufribles y la había fulminado con sus ojos estrechados sin que la pequeña le prestara atención alguna. Pero entonces cuando Jim pronunció ese nombre con la voz quebradiza y la niña de inmediato reaccionó ante el llamado, comprendieron que el rubio y ella tenían algún tipo de conexión. Nami se sintió nerviosa, expectante. Law, en cambio, frunció el ceño ante la imprudencia de Jim.
—Es mi hermana pequeña —musitó—. Realmente es ella…
—¿Estás seguro de que es ella?—preguntó Nami, frotándole el brazo a Jim cuando le notó tembloroso—. No debe tener más de diez años.
—Misha era sólo una bebé cuando mi padre me llevó al asilo de Marlett —soltó el rubio.
Cuando lo dijo, su rostro se contrajo confundido por sus propias palabras como si el recuerdo hubiese nacido al momento de ser verbalizado.
—¿Qué?
—N-No lo sé… —murmuró abrumado—. No sé por qué lo hizo.
—Tal vez intentaste tomar el hacha —el comentario ácido de Law, quien no andaba precisamente de buen humor, escapó de sus labios sin detenerse a pensarlo. Se encogió de hombros, indiferente a la mirada asesina que le dedicó la navegante.
—¡Trafalgar! —amonestó Nami entre dientes, abrazando a Jim de manera protectora—. ¿Qué clase de padre dejaría a su hijo en un lugar como ese?
—El asilo de Marlett acogía dementes que eran considerados peligrosos —apuntó Law, ignorando el mohín molesto que se acentuaba en Nami—. Considerando ese detalle, entonces su padre habrá tenido sus motivos para––
—Mi padre era un artesano —murmuró Jim entre los brazos de Nami—. Le gustaba tallar la madera. Eran perros… no, caballos. No me gustan los perros.
Nami parpadeó confundida y Law volvió a encogerse de hombros cuando le miró en busca de alguna respuesta.
—Los perros… yo realmente quería a Brego. Pero él… —sacudió la cabeza—. Brego era grande y fuerte, pero un día… Un día Brego…
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero estaban tan abiertos que ninguna resbaló por sus mejillas más pálidas de lo usual. Cuando Nami pretendió abrazarlo con más fuerza, Jim se soltó de su agarre y comenzó a avanzar con rápidas zancadas hacia la casita de madera donde se había escabullido la niña.
—¡No, Jim, espera!
—¡Tengo que verla! —exclamó Jim, las lágrimas finalmente cayeron—. ¡Tengo que ver a Misha! ¡Necesito saber que está bien! ¡Yo no hice nada, fue Brego!
—¡No sé de qué estás hablando, pero no puedes ir ahí simplemente y––
Cuando la puerta de aquella casa se abrió de pronto y salió una mujer mayor junto a la pequeña de rizos dorados, Nami dejó de forcejear con Jim. La mujer de aspecto cansado pero amable, tenía un largo cabello castaño al contrario de la pequeña que se escondía tras sus piernas.
—Misha, te digo que es imposible —comentó la mujer, observando a la niña con una sonrisa condescendiente—. No puede haber viajeros en éste lugar…
—¡Pero ahí está! —exclamó la niña. Su voz era tan dulce como sus risas—. ¡Ese es! ¡Tiene el cabello como el sol igual que yo, mamá!
La mujer la miró incrédula. Nami notó que los brazos de Jim se tensaban bajo la tela, y ella misma se notó nerviosa tragando saliva con dificultad. Y entonces, cuando la mujer buscó a dicho extranjero de cabellos como el sol, sus ojos negros dieron con los de Jim. Sus ojos negros eran muy parecidos a los de Jim cuando Nami le vio por primera vez armando ese rompecabezas de piezas numerosas. Eran ojos cansados, melancólicos, opacados por un dolor oculto.
El fruto que la mujer llevaba entre sus manos cayó a sus pies. La pequeña la regañó, enfada y dolida de que su obsequió se partiera en trozos, pero dejó de hacerlo cuando vio que su madre tenía lágrimas con los ojos.
—¿Mami?
—Dios… —se llevó las manos a la boca—. ¿J-Jim…?
Se caló la gorra sobre sus ojos hasta que sólo podía ver sus manos y la botella de ron que descansaba sobre la mesa. Cuando Jim y Nami comenzaron su griterío emocional, no pudo aguantar más el ruido y el exceso de complicaciones que nada tenían que ver con él. Ya tenía suficientes problemas, no necesitaba cargar con los de un mocoso con un pasado psicópata y una navegante en plan de psicóloga.
En realidad, era el ruido. La luz. El sol. Si Jim era o no un psicópata le traía sin cuidado; de seguro que a él lo habrían internado también sus padres si alguna vez se hubiesen enterado de sus experimentos de infancia.
Su infancia.
Gruñó por lo bajo, tomando un fuerte sorbo de alcohol en plan de ahogar sus recuerdos. No es que quisiera mantenerlos ocultos, pero el recordarlos de manera tan vívida hacía aún menos soportable su estado de ignorancia en cuanto a la situación actual. Estando donde estaba, poco y nada podía hacer para llevar a cabo sus planes cuidadosamente mentados durante años.
El tabernero de esa mediocre cantina apenas y sabía lo que ocurría fuera del pueblo. Se entretuvo hablándole de patatas, lechugas y caballos. Law le había cortado de inmediato pidiéndole una botella de ron y perdiéndose luego en el rincón más oscuro de la estancia. Al menos había poca gente, y los que había charlaban sin escándalo. Era un pueblo pequeño y trabajador; beber durante el mediodía no era algo provechoso.
Un taconeo suave perturbó la monotonía. No necesitó alzar la vista cuando vio una mano femenina tomando su botella de ron antes de sentarse frente a él.
—Luces deprimido —señaló la navegante. Law levantó un poco su gorra para mirarle con gesto aburrido—. ¿La historia de Jim tocó el corazón del cruel Cirujano de la Muerte?
—Las historias de pequeños psicópatas están lejos de deprimirme —comentó él—. Pero el drama y el sentimentalismo realmente no forman parte de mis preferencias.
Nami rio ante su ironía.
—Brego era su perro —explicó Nami—. No quería quedarme a escuchar toda la historia, no me parecía adecuado, pero su madre insistió. Es una mujer muy amable.
Law arqueó una ceja. ¿No había quedado claro que el drama y el sentimentalismo no eran de su agrado? Aun así, Nami continuó.
—Brego atacó a Misha cuando era apenas una bebé. Jim lo molió a palos —resumió, frunciendo el ceño ante la imagen de un pequeño niño de seis años golpeando a su perro por proteger a su hermana menor.
Era algo crudo, un acto arrebatado y del todo inquietante para un niño tan pequeño, pero Jim no necesitaba ser internado en un lugar como el asilo de Marlett. Ni siquiera el hombre más desquiciado, cruel y trastornado merecería ser deshumanizado en manos de Arthur.
—¿Entonces? —preguntó Law, atrayendo la atención de Nami nuevamente hacia él.
—Oh, ahora estás interesado —comentó recelosa cuando Law sonrió—. Su padre era un hombre muy estricto y sin molestarse en escuchar a nadie, llevó a Jim al asilo de Marlett. Creyó que ahí podrían ayudarle, pero cuando descubrió que se le negaban las visitas supo que algo andaba mal.
Nami le dio un trago a la botella de Law y luego la deslizó sobre la mesa con el ceño fruncido. Se estaba guardando algo, no era difícil adivinarlo. Law tomó la botella y le dio otro trago, deslizándola sobre la mesa para animarle a continuar. Nami volvió a mirarle incómoda, pero continuó.
—La madre de Jim entró en crisis cuando supo lo que había hecho su padre. Y él… —frunció los labios, abatida—. Al cabo de dos años, no resistió más la culpa.
—Se suicidó —puntualizó Law. Nami asintió, bebiendo un largo trago de la botella—. En ocasiones las enfermedades psicológicas son hereditarias. Sin duda el padre de Jim era un extremista.
Nami lo miró con recelo, no sabiendo si el comentario de Law era malintencionado o simplemente algo que diría un doctor con aquel tono monótono e impersonal. ¿Estaba implicando que el padre de Jim debía tener algún ligero trastorno que terminó heredando a Jim? Pensar en Jim quitándose la vida igual que su padre le provocó un revoltijo en el estómago. Pero ahora el rubio, a pesar de estar abatido debido al exceso de información, estaba finalmente feliz. Cuando su madre le abrazó y besó su rostro con una emoción desbordante, Jim sonreía conmocionado. Sus mejillas se habían teñido de un tímido rosa. Misha fue tan dulce que se arrojó a sus brazos contándole futilidades de niños cuando su madre le dijo, sin reparos, que él era su querido hermano mayor que tanto había esperado.
Sonrió. Al menos las cosas no habían salido tan mal luego de tantos pormenores.
—En fin, tengo buenas noticias para animar ese malhumor tuyo —dijo ella, ganándose una nueva mirada de Law bajo una ceja arqueada.
—¿Qué te dice que estoy de malhumor? —cuestionó, haciendo una mueca de desagrado que sólo logró reafirmar su aspereza.
—Por favor, estás aún menos hablador que de costumbre.
—No me conoces lo suficiente, señorita Nami —contrarió él. Nami rodó los ojos.
—Clara, la madre de Jim, nos invitó a pasar la noche en su hogar. Dijo que podríamos cenar allí y… —Law resopló, interrumpiendo sus palabras—. ¿Qué?
El capitán la miró en silencio durante un momento.
—Nuestra pequeña alianza llegó a su fin en el momento en que salimos del bosque —señaló Law—. Estamos a mano.
Nami frunció el ceño. Antes de que pudiera decir nada, Law continuó:
—¿No tienes acaso una tripulación a la que volver? Perder un día más en éste pueblo mediocre no tiene sentido.
—De momento no tengo donde volver —murmuró Nami.
Law ladeó la cabeza, confundido. ¿Qué significaba eso? Ya había pasado algo más de un año desde que dejó a su capitán en Amazon Lily; tiempo suficiente para reunirse con su tripulación. La navegante pareció perderse en sus pensamientos durante unos segundos y Law notó en sus ojos avellana un fugaz sentimiento que no alcanzó a comprender antes de que Nami volviera a alzar la vista hacia él.
—Hay un pueblo más grande que éste donde podríamos obtener mayor información —prosiguió Nami—. Pero es un viaje de cinco días si vamos caminando.
—¿Esas son buenas noticias?
Nami inhaló con fuerza, y luego exhaló lentamente. Law era enervante. Y un Law de malhumor sacaba de sus casillas a cualquiera; su expresión aburrida y su tono de voz monótono seducían a sus puños por recibir un buen golpe. Pero debía ser paciente. Aún no podía alejarse de él.
—Jim nos regalará a Brego —masculló, intentando suprimir su enojo—. Lo único que dejó el padre de Jim fue un caballo que nombró de la misma forma que el perro que envió a Jim al asilo.
—Irónico —murmuró el moreno—. Entonces, ¿sólo tenemos un caballo?
Tenemos, dijo; estaba hablando en plural. Al menos era rápido captando explicaciones.
—En ese caso, me niego a perder una noche aquí —sentenció Law—. Partimos ésta tarde o te quedas sin caballo. Tú eliges, señorita Nami.
¿Había espacio para discusión en sus palabras? Por supuesto que no. Law tenía ese aire autoritario que imponía sin necesidad de alzar la voz. A ella tampoco le hacía gracia perder el tiempo en un pueblo pequeño y sin tener idea alguna de dónde andaba parada, pero… tenía necesidades básicas que satisfacer. Como una cama cálida y con sábanas suaves, por ejemplo. Había pensado en descansar como corresponde al menos esa noche como preparación para el largo viaje, pero Law no quería. Y si decía que no quería…
—¿Podemos comer algo antes de partir? Estoy hambrienta —negoció ella, extendiendo el labio inferior con gesto infantil. Y para su satisfacción, logró que Law rompiera esa expresión fría con una sonrisa. Una sonrisa torcida, claro, pero era una sonrisa.
—No podemos rechazar la oferta de alimento de la señorita Clara, ¿verdad? —dijo Law fingiendo cortesía.
—Señora Clara —corrigió Nami, incorporándose—. Es viuda, pero sigue siendo señora, Trafalgar.
—Muy bien, señorita Nami.
—…Y yo soy sólo Nami —murmuró entre dientes.
Law se levantó con una risa ligera, dejando la botella de ron a medio terminar en una mesa ocupada por un pequeño grupo de agricultores antes de seguirle los pasos a la navegante. De alguna forma, el alcohol había menguado su dolor de cabeza. Y de alguna otra manera más curiosa, observar la gama de expresiones apenas reprimidas de la navegante le habían distraído lo suficiente de sus pensamientos deprimentes. La provocó y esperó por uno de sus insultos. Dejó sus cartas más tajantes sobre la mesa y esperó que la navegante se marchara de su lado con su palabrería. Pero no hubo insultos; Nami se quedó, insistió y logró lo que quería.
Frunció las cejas, observando la coleta de cabellos naranjas que se agitaba de un lado a otro por cada paso que Nami daba. ¿Era eso manipulación? Se las había arreglado para controlarse a sí misma guardando silencio cuando debía y pensándose bien las palabras antes de decirlas –Law había tomado nota de aquellos pequeños silencios que hacía mientras se mordía el labio inferior con gesto pensativo. Entonces, la navegante sabía de autocontrol y tenía la astucia suficiente para… ¿para qué? ¿Acaso quería algo de él? Podría haber tomado las riendas del caballo sin molestarse en informarle, pero no lo hizo.
Nami caminaba tranquila frente a él. Le estaba dando la espalda, no había tensión en sus movimientos. ¿Había algo que Law no estaba viendo? Cuando la navegante comentó distraídamente lo bonitos que eran los huertos de tomates una idea mucho más simple se iluminó en la cabeza enmarañada del capitán.
¿Era otra vez ese corazón demasiado noble para un pirata impidiéndole actuar de manera independiente y, por tanto, abandonarlo?
Aunque era una filosofía que no compartía, la idea le hizo gracia.
Demasiado leal, señorita Nami.
Nami no logró saborear la magnífica comida cacera como hubiese querido. Había verduras frescas, pescado deliciosamente sazonado, jugos de frutas naturales y pan recién salido del horno. Pero no podía. Sus ojos estaban clavados en el hombre frente a ella y apenas podía digerir la comida. Si antes había pensado que Law era un hombre voluble, la palabra le quedaba corta. Cuando el capitán pirata le soltó un nuevo halago a la madre de Jim, casi se atraganta con una patata y los ojos casi se le salen de las cuencas cuando la señora Clara soltó una carcajada cantarina y sus mejillas se tiñeron de rojo mientras meneaba una mano frente a su rostro. Le recordó a Chopper. Y si Sanji estuviera ahí, habría dado millones por aprender esa escalofriante habilidad de Law.
En el momento en que llegaron al hogar de Jim, Clara se había quedado pasmada al ver las ropas ensangrentadas de Law. Nami pensó que la oferta se había ido al diablo, pero entonces Law se quitó la gorra y comenzó a soltar una historia aún más dramática que la real. Clara, que parecía una mujer de llanto fácil y de corazón blandito, de inmediato le ofreció una taza de té caliente invitándole a sentarse en un sillón. Y Law continuó. Durante una hora, se inventó las mentiras más gordas que Nami había escuchado en su vida. La guinda de la torta la puso en el momento en que se sentaron en torno a la mesa y Law comenzó a soltar halago tras halago terminando así de embaucar a la pobre y crédula señora Clara.
Nuevo descubrimiento del día: Trafalgar Law es un bastardo mentiroso. ¿No había dicho que el drama y el sentimentalismo no eran de su gusto? Pues no le costó nada inventarse una historia cargada de tragedias. Al menos se las arregló para dejar mal parado el asilo de Marlett. Y dejarla a ella como una loca desquiciada.
—¿Estás bien, querida? —preguntó la mujer, posando una mano cuidadosa en el hombro de Nami—. Debes estar exhausta…
Nami quiso estallar. Clavó el tenedor con más fuerza de la necesaria en el pescado, fulminando con la mirada al hombre frente a ella.
—Gracias a mi querido hermano ahora estoy perfectamente —masculló entre dientes. Law sonrió burlesco.
—Aún está conmocionada, le tomará tiempo recuperarse —comentó él—. Pero gracias a Dios pudimos escapar de ahí. Suerte que Jim estaba con nosotros.
Jim, que parecía haber generado una especie de admiración por el capitán pirata, asintió divertido. Para desgracia de Nami, el rubio no tenía intenciones de corregirle.
—Me imagino que lo está… —murmuró apenada Clara—. Tiempo al tiempo, querida, ya te sentirás mejor. No hay nada que el amor familiar no pueda solucionar, ¿no es así, mi pequeño Jimmy?
—Ya no soy tan pequeño, mamá —comentó Jim, asintiendo con un suave rubor sobre sus mejillas.
Sólo porque Jim parecía tan contento junto a su madre, Nami se aguantó las ganas de patear a Law por debajo de la mesa cada vez que el hombre abría la boca y se limitó a asentir a los consejos sin sentido de la señora Clara que tan de buen corazón ella le brindaba. Al cabo de unos minutos, su plato seguía intacto con un pescado completamente desmenuzado y patatas cortadas en pequeños trocitos. Jim, todo amable y dichoso, invitó a Law a conocer el resto de la casa y luego le dijo que podía utilizar la ducha. Clara se ofreció a lavar sus ropas, momento que Nami aprovechó para terminar de comer su comida en bienvenida soledad. Ya se las vería con Trafalgar más tarde, por supuesto que sí.
—Vaya, haz comido rápido —preguntó Clara, sentándose nuevamente frente a la navegante—. ¿Te incomoda la compañía de tu hermano?
¿Cómo respondía a eso? No era tan buena mintiendo como Law. Sin mencionar que la idea de mentirle a una mujer tan amable y de llanto fácil le remordía un poco la consciencia. Nami se tomó su tiempo masticando la comida antes de responder.
—Es un poco intimidante —respondió. Bueno, eso no es una mentira.
—¿Lo es? —la mujer ladeó la cabeza—. A mí me parece un joven muy respetuoso.
—Oh, no lo conoce —murmuró Nami, arrepintiéndose de inmediato cuando Clara la miró confundida.
¿Cómo era la jodida historia? Ah, sí, hacía más de quince años que no veía a su hermano. Se aclaró la garganta, bebiendo el último trago de jugo natural.
—Hum, quiero decir, cuando éramos hum… pequeños, él no dejaba de molestarme, ¿sabe?
—Ah, ya veo —rio Clara, creyéndole de inmediato—. Han de ser buenos recuerdos, ¿verdad? Pero estoy segura de que es un jovencito muy educado. Sus ojos son los de un buen hombre. Cuidará bien de ti, querida.
¿Aún estaban hablando del Cirujano de la Muerte? Nami se sintió ligeramente perdida. Qué habilidad tenía el bastardo para mentir. Ella misma había visto cómo en cuestión de segundos su expresión apática había mutado a una cargada de sonrisas no burlescas sino —aunque odiara admitirlo— encantadoras. Tanto así que hasta sus ojos grises parecían sonreír. Bastardo mentiroso. Cada vez que la señora Clara dejaba de mirarle, se volteaba o desaparecía en la humilde cocina en busca de más comida, la sonrisa encantadora desaparecía y entonces le dedicaba su sonrisa más descarada, como si le estuviese haciendo pagar por algo y él disfrutaba de su dulce venganza. ¿Era por el incidente en la taberna? ¿O su malhumor simplemente le hacía inventar historias retorcidas para divertirse a costa de los otros? Probablemente la segunda opción. Egoísta, cruel, voluble, mentiroso. Quizás tendría que hacer una lista más larga para describir al capitán.
Nami siguió echando humos en silencio hasta que Jim volvió y le indicó que Law ya había terminado. Esbozando una fingida sonrisa que sólo logró provocar escalofríos en el rubio, Nami se levantó de la mesa agradeciéndole a Clara y encaminándose con pasos rápidos hacia la puerta que Jim le indicó. Oh, estaba hecha una furia. Poco le importaba si ahora Law quería o no acompañarla hasta el siguiente pueblo y terminaba llevándose a Brego. Abrió la puerta con poco cuidando, descubriendo una agradable habitación de niño pequeño. La habitación de Jim. Nami paseó sus ojos por la habitación, distrayéndose con unas fotografías familiares. Jim era justo como se lo imaginaría de pequeño: puro rizos rubios y una sonrisa angelical. Había juguetes y peluches por todas partes, pero todo parecía pulcro y bien cuidado. No parecía la habitación de alguien desaparecido por diez años. Clara nunca abandonó esa habitación ni la esperanza de tener nuevamente a su hijo a su lado. La fuerte y curiosa voluntad de una madre, pensó Nami conmovida.
Cuando un ruido suave escapó tras una puerta entreabierta al fondo de la habitación de Jim, todo sentimiento enternecido se esfumó al saber muy bien quién estaba allí. Cerró la puerta tras su espalda con cuidado y avanzó en cinco rápidas y enérgicas zancadas hasta la puerta del fondo, abriéndola con un puntapié un tanto masculino. Le traía sin cuidado alguno si tenía la suerte o no de darle con la puerta a Trafalgar Law y su esculpido torso desnudo, le soltaría unas cuantas verdades y––
¿Eh?
Quizás Nami también andaba algo voluble. Sus planes de darle rienda suelta a su reprimida pero latente furia contra el capitán quedaron detenidos y en cambio se quedó de pie junto al marco de la puerta; su boca entreabierta en palabras no enunciadas. Frente al espejo del pequeño cuarto de baño, Law se estaba cepillando los dientes. Tenía los pies descalzos. Un pantalón gris —que más bien parecía pijama— le colgaba de las caderas justo bajo la generosa hendidura de los oblicuos. Un curioso tatuaje adornaba la extensión de su torso y espalda. Descansaba su peso en un brazo fibroso también tatuado apoyado contra el lavatorio mientras el otro hacía el trabajo en sus dientes. Más arriba, las marcadas clavículas adornaban un cuello tan trabajado como el resto de su cuerpo. Era delgado, sí, pero todo era pura fibra endurecida.
¿Dónde se escondía todo eso? Sin zapatos, sin camisa, sin gorra, no era más que un hombre y un pantalón. Cuando Law se encorvó para escupir la pasta dental, Nami notó que tenía la boca seca. Y el puro notarlo le puso nerviosa. No era el primer hombre que veía semi-desnudo, vivía confinada en un barco prácticamente sólo con hombres que, usualmente, iban semi-desnudos. Pero ver el torso desnudo de un hombre y ver el torso desnudo de Trafalgar Law mientras se lavaba los dientes, no era lo mismo. ¿Por qué? Nami no quiso pensar demasiado por qué. Porque es Trafalgar Law, sentenció ella, poniéndole punto final al asunto. Carraspeó, e ignorando el calor que se apoderó de su rostro, recordó el motivo de su abrupta visita y la furia retornó. ¡Al menos podría haber dejado de lavarse los dientes y prestarle atención!
—¡¿Por qué hiciste eso?! —exclamó entonces al cabo de unos larguísimos minutos. Su voz, sin embargo, sonó temblorosa y algo chillona.
—¿Por qué? Porque es recomendable cepillarse los dientes luego de cada comida —Law apenas se giró a mirarle, secándose la boca con la toalla que pendía de su cuello. Nami parpadeó, confundida—. Por cierto, no te vendría mal hacerlo. ¿Quieres ocuparlo? Está nuevo, Jim fue a comprarlo hace unos minutos.
Nami demoró un par de segundos más en advertir el sarcasmo. ¡Qué descaro! ¡¿Le estaba diciendo que tenía mal aliento?! El sonrojo en sus mejillas se extendió casi hasta sus orejas e instintivamente se cubrió la boca con las manos.
—Sabes de lo que estoy hablando, Trafalgar —sus ojos se estrecharon cuando Law sonrió burlesco—. Y tengo mi cepillo, gracias.
—¿Escrupulosa?
—Contigo no compartiría ni el agua —rezongó Nami—. Quiero tomar un baño, ¿puedes retirarte?
Con movimientos bruscos y una vergüenza que se negaba a admitir, la navegante buscó y tomó su propio cepillo entre las pertenencias de su bolso, le arrebató al capitán la pasta dental con poco cuidado y se puso en un furioso y exhaustivo plan de lavarse la boca. Law se mantuvo de pie tras ella y antes de retirarse le dirigió a través del espejo esa sonrisa que decía algo como: "estoy disfrutando de tu desgracia, por favor, continúa". Nami no escatimó en enseñarle su dedo corazón a través del mismo espejo como única respuesta. Vete a la mierda, Trafalgar. El hombre soltó una risa aterciopelada y cerró la puerta tras su espalda.
¿Cuán exasperante podía ser? Comenzaba a arrepentirse de la idea de viajar a su lado. Cinco días. Cinco días más junto a Trafalgar Law y quién sabe cuántos más. Escupió la espuma, se enjuagó la boca y soltó un bufido, observando su reflejo en el espejo. El cabello ya le pasaba de los hombros. Tal vez un flequillo lograría armonizar un poco su expresión cansada; las sombras bajo sus ojos avellana ya casi estaban compitiendo con las de Law. Masculló algo inentendible contra el capitán y decidió dejar que una agradable y larga —muy larga— ducha caliente se llevara por el desagüe todas sus amarguras.
Law era un detalle. Un detalle grande y desagradable, pero un detalle que podría ser útil para descubrir el misterio tras todo lo que rodeaba el continente.
Continente Brigadoon, situado en el Grand Line, justo en medio del Florian Triangle. Apenas le sonaba el nombre. Tal vez lo leyó en alguna portada de los gordísimos libros de Robin, pero nunca se molestó en tomar otro tipo de lectura que no tuviese que ver con cartografía o navegación. Cómo le gustaría que Robin estuviese allí. Un par de precisas palabras de la arqueóloga le subirían el ánimo; de seguro ella ya tendría una idea sobre lo que ocurría. Resopló angustiada.
Vistiéndose con las únicas prendas limpias que le quedaban, salió del baño con su ataque de cólera completamente amainado. Ahora sólo quería dormir. Y la imagen de un Trafalgar Law despatarrado sobre el colchón tal como había salido del baño era demasiado tentadora. La idea de dormir, clarificó Nami. Tenía los párpados cerrados y las manos sobre su estómago. Parecía relajado.
—¿No que querías partir lo más pronto posible? —cuestionó Nami, dejando su bolso sobre una silla infantil.
El Cirujano de la Muerte en una pieza llena de juguetes. Era un cuadro bizarro.
—Mis ropas aún no están secas —murmuró Law en un susurro tan bajo que Nami casi no logró escucharle.
Nami frunció el entrecejo. Y si bien abrió la boca en plan de amonestarle y regañarle que deberían de partir cuanto antes, no lo hizo. Porque verlo ahí, en un colchón no tan pequeño, le tentaba demasiado. Si estaba de ánimos para descansar, entonces maravilloso. Decidiendo tomar el toro por las astas, se encaramó en el colchón y le dio un par de golpecitos suaves en la pierna al único ocupante del mismo. Law abrió un ojo con gesto molesto, pero luego alzó una ceja al adivinar las intenciones de la navegante.
Cuando el capitán se hizo a un lado, Nami trepó con manos y piernas y se tumbó dándole la espalda con un sonoro bufido, apegándose tanto al otro extremo de la cama que Law pensó que terminaría rodando boca abajo hacia el piso. Y otra vez le daba la espalda, ahora en un contexto bastante más delicado para sus estándares de confianza. ¿Qué tan irresponsable podía ser la navegante? Bien que también era pirata, pero seguía siendo mujer. ¿Era apropiado acostarse junto a un pirata enemigo en una pequeña mini falda y una camiseta que poco dejaba a la imaginación? Claro que él no tenía intenciones de nada con ella; involucrarse con una pirata de una tripulación tan escandalosa como la de los Sombrero de Paja no era algo conveniente ni adecuado.
Aunque lo adecuado y lo inadecuado siempre le trajo sin cuidado. Y estaba seguro de que el mundo sabía eso de él, incluyendo a la navegante.
—Creí que no compartirías ni el agua conmigo —comentó entre burlesco y divertido, pero mirándole con cierta curiosidad.
—Cierra la boca si no quieres que te saque del colchón —espetó Nami, sin molestarse en girarse para encararle.
Law rio por lo bajo. No, no tenía intenciones de apartarla de momento. Se había divertido demasiado con sus caras horrorizadas mientras le contaba a la señora Clara el cómo había llegado al asilo de Marlett en busca de su hermana loca a quien no veía desde la trágica muerte de sus padres hace quince años atrás. Era divertida y también interesante, la señorita Nami.
Cerró los ojos y frunció el ceño cuando las desagradables imágenes reaparecieron, pero el cansancio era superior. Tras unos pocos segundos, se encontró sorprendido ante la ajena facilidad con la cual fue perdiendo la consciencia.
Bienvenido sea el sueño, finalmente.
¡Gracias por mantenerse comentando! n_n
Con muchísimo cariño,
Merle.
