Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
IX
-Impaciencia-
Brego era una criatura hermosa. Su pelaje era tan negro que con la luz solar parecía destellar azules profundos. Su crin era también negra, perfectamente lacia y bien cuidada. Pero era una bestia. Cada vez que Law tiraba de las riendas, Brego rechinaba imponente y alzaba sus patas delanteras antes de acelerar aún más su cabalgata. O tal vez la bestia era quien iba tras las riendas.
Nami nunca se visualizó antes tan cerca del Cirujano de la Muerte, pero no tenía de otra más que aferrase a su cintura tan fuerte como sus brazos le permitieron como si su vida dependiera de ello. Porque así era. El viaje, que supuestamente debía tardar alrededor de cinco días, se redujo sólo a tres gracias a la inflexibilidad del capitán. No se detuvieron más que para dormir cuando la noche caía sobre los caminos desiertos, ni siquiera para comer. La señora Clara, la madre de Jim, les regaló alimento suficiente para una semana, pero Law no permitió a Brego detener su paso; sólo le ordenaba un trote ligero para, así mismo, comer rápidamente antes de volver a tirar sin compasión de las riendas y retomar la carrera.
¿Nami reclamó? Por supuesto que lo hizo. El primer día no hizo más que quejarse y gritar en la oreja del capitán. Cuando aludió a la salud del pobre animal, Law curiosamente le explicó un montón de cosas que ella no sabía sobre los caballos. Además, para sorpresa de Nami, durante las noches Law se quedaba junto a Brego acariciándole el crin con demasiada delicadeza para alguien que usualmente emanaba frialdad. O Law tenía corazón para los animales, o no era tan idiota como para maltratar al único medio de transporte con el que contaban.
Entonces, cuando Brego rechinaba y volvía alzar sus patas delanteras, parecía incluso dichoso. Law le daba un par de golpecitos apremiantes en el cuello y a Nami no le quedaba más que aferrarse con mayor fuerza a la cintura del capitán. Porque al tercer día, cuando alzó la vista sobre el hombro masculino, cuando el sol comenzaba a perderse tras las colinas y los caminos se tiñeron de colores cálidos, pudo ver en la lejanía un poblado algo más grande que el pequeño pueblo de Marlett.
El camino de tierra cambió de pronto a uno de asfalto. Law murmuró contra el viento que al menos lucía más civilizado, y Nami asintió entusiasmada contra su espalda. No parecían haber huertos ni plantaciones. Al adentrarse un poco más, las calles comenzaron a presentar bifurcaciones hacia las viviendas; pero la calle principal estaba llena de hostales, tabernas y, principalmente, comercio. Casi que le brillaron los ojos a la navegante al ver las tiendas de ropa, pero luego hizo un mohín cuando recordó que sus bolsillos estaban miserablemente vacíos. Ya solucionaría ese detalle.
Law volvió a palmear el cuello de Brego para que mantuviera un paso más relajado. La gente en las calles les miraba con gesto curioso, algunos recelosos y otros, los más pequeños, les saludaban con alegría.
—¿Quién diría que encontraríamos tanta gente en medio de la nada? —murmuró Nami en voz baja—. Con tantos hostales y comercio, esto luce más bien como un pueblo turístico o un punto de paso.
—Ciertamente —asintió Law—. Lo cual es beneficioso. Si es un pueblo turístico, quiere decir que muchas de estas personas son extranjeras.
—Puede que aquí encontremos algo de información —secundó Nami—. Aunque no parece un pueblo muy atractivo para ser turístico…
Law no dijo nada, pero estuvo de acuerdo con el comentario. Si bien había mucha gente, las calles estaban sucias. Los carteles de los hostales y moteles apenas se sostenían, y de las tabernas emanaba un olor a alcohol entremezclado con sudor y orín. Si había algún atractivo turístico en ese lugar, ciertamente no lo veían.
Mantuvo la cabalgata de Brego a paso tranquilo hasta detenerse frente a la entrada de un pequeño hostal que además parecía funcionar como taberna en la planta baja; era el único que tenía buen aspecto. Nami alzó la vista para leer en el humilde cartel –que al menos se sostenía por sí sólo– que ponía con bonitas letras talladas en madera:
—¿Posada "Los Sabuesos"…? —murmuró inquisitiva, girando un poco el rostro para encarar el perfil del moreno. Law la miró por el rabillo del ojo.
—¿Te molestaría soltarme y bajarte del caballo?
Sin necesidad de que se repitiera, la navegante rápidamente se soltó de la cintura que aún andaba aferrando con sus brazos y se bajó de Brego con un salto ligeramente torpe.
—¿Tienes algo de dinero? —preguntó ella. No deseando que Law se divirtiese con su sonrojo evidente, se entretuvo observando la entrada de la posada. Law le arrojó su bolso con poco cuidado antes de encogerse de hombros como única respuesta—. ¿Entonces qué pretendes?
Law amarró tranquilamente a Brego junto a un árbol cercano a la posada, tomó el bolso que Jim le obsequió con comida y algunas prendas de vestir, cargó la nodachi al hombro y luego se acercó a Nami con una sonrisa bailándole en los labios que la navegante ya comenzaba a conocer mejor.
Si no tenían dinero, entonces…
—Bien… —bufó, resignada—. Yo me haré cargo del dinero. Espera aquí un momento, estaré de vuelta dentro de––
—No es necesario —le interrumpió Law, tomándola del antebrazo cuando Nami pretendió girarse en busca de alguna billetera acaudalada—. Sólo mantén la boca cerrada, ¿entendido?
—¿Qué? —Nami ladeó la cabeza, curiosa—. ¿Tienes algún plan?
—¿Entendido, señorita Nami?
Law tiró un poco más de su brazo y cuando la navegante asintió sin estar del todo convencida, le pareció que sus ojos grises chispearon casi con maldad sobre sus labios curvados. Sin soltar su brazo, Law abrió las puertas dobles de la entrada y avanzó con pasos tranquilos en la estancia. Era un lugar pequeño, humilde pero bien cuidado. Había sólo cuatro mesas adornadas con bonitos candelabros, de las cuales sólo dos eran ocupadas por una pareja y un hombre de entrada edad bebiendo en solitario. Las paredes, el techo y el suelo eran de madera, lo cual daba al lugar un aspecto cálido y acogedor. Tras el mostrador había una joven de anteojos con gesto aburrido.
—Si necesitan una habitación, estamos llenos hasta la próxima semana —señaló como una autómata, sin molestarse en desviar su atención del libro que mantenía frente a ella.
—Ya veo… —murmuró la navegante, recibiendo de inmediato un apretón en el brazo y un ceño fruncido de parte de Law—. ¿No escuchaste? Acaba de decir que––
Law la interrumpió con un segundo apretón para luego de soltarla y apoyarse sobre el mostrador de brazos cruzados.
—¿Procesos y bases biológicas del comportamiento? —preguntó él, atrayendo la atención de la muchacha de anteojos.
—¿Eh? —parpadeó ella, confundida—. ¿Conoces este libro?
—No estoy seguro de haberlo leído. ¿Estás interesada en medicina?
—Hum… En realidad quisiera ingresar a Enfermería el año que viene —la joven se rascó la mejilla con gesto nervioso—. Aunque no es más que un sueño tonto, ya sabe.
—¿Por qué? —Law ladeó la cabeza—. Si puedes leer algo como eso, estoy seguro de que podrías ingresar en cualquier área médica, señorita.
Y ahí estaba. La sonrisa encantadora de Trafalgar Law murmurando palabras demasiado amables con esa voz aterciopelada. La mandíbula de Nami cayó cuando las mejillas de la joven se tiñeron de rojo al instante.
—¡Oh, q-qué cosas dices! —exclamó nerviosa—. Es prácticamente imposible que una chica de pueblo como yo vaya a la universidad de Burmecia… —murmuró apenada, aunque la sonrisa boba le quitaba el peso a sus palabras—. ¿Necesitan una habitación? Realmente no nos queda nada…
—Es una lástima… —resopló Law—. Éste parecía un bonito lugar.
—Muchas parejas vienen hasta aquí —apuntó ella, dedicándole una breve mirada a la navegante—. ¿Están de luna de––
—Somos hermanos —le interrumpió Law—. Me la encontré de casualidad mientras viajaba. Tenemos madres diferentes, por eso lucimos algo distintos. Su madre nos separó cuando apenas éramos unos niños, ¿sabes? Desde entonces estuvo viviendo prácticamente en servidumbre… —añadió él, su tono era reprochador—. Está traumatizada, y ahora no quiere apartarse de mi lado.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó la joven mortificada, profundamente tocada por la historia—. Estás tan pálida y delgada… Los propietarios deben de haberte tratado muy mal. ¿Has estado comiendo correctamente?
Nami abrió la boca un par de veces sin ser capaz de responder nada. Dios, ¡¿cuántas mentiras podía inventarse Law?! El moreno tuvo que llevarse una mano a la boca para no romper su velo de falso dramatismo con una carcajada.
—Además, no llevamos ni un berrie encima… —continuó Law—. En fin, tendremos que buscar otro lugar. Ha sido un gusto, señori––
—¡Espera! —saltó ella, levantándose de su asiento rápidamente—. Hablaré con mi padre, por favor, esperen un momento.
Tan rápido como dijo aquello, la joven desapareció por una puerta tras el mostrador. Para entonces, Nami ya estaba echando humos. ¡Al diablo con eso de que comenzaba a comprender las sonrisas de Law!
—¿Hermanos separados? ¿Vida en servidumbre? ¡¿Traumatizada?! —siseó Nami, clavando un par de ojos furiosos en los burlescos del capitán—. ¡¿Era necesario todo eso?!
—¿Preferías la historia de la luna de miel? —preguntó, divertido.
—¡No! —bufó ella, demasiado molesta para ceder a sus provocaciones—. ¿Y de dónde demonios salió esa sonrisa?
—¿Qué sonrisa?
No, no iba a responder a esa pregunta. Mucho menos cuando era pronunciada con ese falso tono inocentón tras una sonrisa burlesca apenas disimulada. ¿Hasta cuándo se divertiría a su costa? ¡Qué irritante era! Nami masculló palabras malsonantes cuando la joven de anteojos volvió con esa expresión afligida aún adornándole el rostro junto a un hombre mayor. Al contrario de la joven, su padre tenía una expresión huraña.
—¿Son extranjeros? —preguntó el hombre, mirándoles de pie a cabeza. Nami se sintió ligeramente nerviosa ante el escrutinio—. ¿Han venido a ver los sabuesos?
—¿Los sabuesos? —murmuró Nami. Al diablo también con eso de permanecer callada, no dejaría que Law continuara con sus historias melodramáticas.
—¿No conocen la historia? —el hombre frunció el ceño, incrédulo.
—Me temo que no, señor —contestó Law—. Hemos estado viajando desde el pueblo de Marlett. Mi hermana estuvo––
—Sí, sí… Julia ya me contó la historia —le interrumpió desdeñoso. Nami tuvo que fruncir los labios para reprimir su sonrisa cuando Law estrechó los ojos con molestia—. Tenemos sólo una habitación disponible. Estaba reservada hasta hace unos minutos, pero aún no han llegado las personas. Supongo que puede considerarse una habitación libre.
—Es muy amable de su parte —asintió Nami—. Ahora mismo no tenemos dinero, pero le garantizo que mañana eso estará solucionado. ¿Podríamos pagarle mañana al mediodía?
El hombre les miró en silencio; evaluándolos con ese gesto arisco casi asqueado. Nami se preguntó si el problema era la falta de dinero o si tenía algo contra los extranjeros. Cuando el silencio del hombre le comenzó a incomodar y estuvo dispuesta a dar media vuelta en busca de otro hostal –que por cierto, había hasta para regodearse–, el hombre soltó una carcajada arrogante antes de decir en un murmullo:
—Nadie podría dejar a su suerte a un par de hermanos desamparados, ¿verdad?
—¡Papá! —le reprendió la joven.
—Ya sé, ya sé… —chistó la lengua, molesto—. Julia, ve a preparar la habitación. Pueden subir cuando esté lista.
Antes de retirarse, el hombre volvió a dirigirles una última mirada huraña para luego perderse tras la puerta que cerró con poco cuidado. Julia les dedicó una sonrisa nerviosa e hizo una pequeña reverencia antes de dirigirse a la segunda planta.
—¿Qué fue todo eso? —preguntó Nami, girándose hacia el capitán—. ¿Puede que no se crea tu magnífica historia?
Law se rascó el vello de la barbilla con gesto pensativo. Ya tenían una habitación asegurada y gratuita –que por supuesto que no había planes de pagar por la mañana ni en ningún otro momento–, pero había algo que le estaba inquietando y estaba seguro que poco tenía que ver con su falta de sueño. Realmente le hubiese gustado tener una habitación para lidiar él solo con sus problemas.
—Oye, ¿no deberíamos buscar información? —Nami le palmeó el hombro, notándole algo perdido en sus pensamientos.
—Tú quédate aquí —dijo entonces—. La chica aún está conmocionada con tu triste vida de traumatizada, no te costará sacarle información. Yo iré al pueblo.
—Oh, estoy segura de que ella preferiría contártelo a ti —masculló, recibiendo de mala gana el bolso de Law.
—¿Celosa? —antes de que Nami se convirtiera en puro griterío enardecido, Law continuó:— Sólo aférrate a la historia; puedes inventarle más drama si es necesario—añadió él, divertido—. Pero no menciones nada sobre lo que hay fuera de este continente. ¿Entendido?
—No soy idiota, Trafalgar —rodó los ojos, ofendida—. Lárgate de una vez.
Law rio por lo bajo, encaminándose hacia la salida. Antes de retirarse, le dirigió una última mirada a la navegante y por último dijo:
—No me des órdenes, señorita Nami.
Estuvo seguro de que vio a la navegante rodando los ojos una vez más mientras cerraba las puertas dobles tras su espalda. ¿Cuántas personas habían rodado los ojos hacia él en su vida? Ninguna. Y probablemente a las pocas que seguían con vida alguna extremidad debía faltarles. Pero ahí estaba la navegante, rodándole los ojos y soltándole insultos cada vez que quería. ¡Qué atrevimiento tenía! Siempre le pareció interesante la gente atrevida porque, de una manera un tanto sórdida y retorcida, luego le era excesivamente divertido verles retractándose. Solían no ser más que habladurías, porque con poco esfuerzo de su parte, ese falso coraje se esfumaba al reconocer su lugar tornándose en expresiones acobardadas. Entonces aparecían personas como la navegante con una boca excesivamente atrevida sin ningún cuidado al tratarle. Porque cuando decidiera ponerla en su lugar, sería aún más divertido.
En ese pueblo también ocurría algo interesante: nadie sabía de su existencia. Todos le miraban pasar sin crear escándalo, los niños le saludaban y las mujeres cotorreaban sin discreción en su dirección. ¿Dónde estaba el griterío? ¿Dónde estaba ese temor indiscutible que significaba reconocer su rostro?
¿Dónde estaba la marina? Casi que la extrañaba.
Los empujones descuidados de la gente al pasar en sentido contrario le parecieron incluso insólitos. Algunos se disculpaban, otros sencillamente continuaban. En ese momento, en ese lugar, Trafalgar Law no era más que una persona común y corriente al igual que todos los otros.
No tenía fama. Su nombre no significaba nada.
Se sentía como un extraño puesto –sin previo aviso– en una obra desconocida, donde todos actuaban a hacerse los desentendidos viviendo en una burbuja de mentiras.
Se detuvo en medio de una calle transcurrida. ¿Así era como se sentía la gente normal? Ya lo había olvidado. Probablemente porque nunca fue una persona demasiado normal. Pero si así era como se sentía, era realmente desagradable. Justo ahí, en medio de esa calle donde la gente deambulaba por su lado, era lo mismo que no existir. Nadie le conocía. Nadie sabía su nombre.
Ahí, justo ahí, si dejaba de existir, nadie lo notaría. Sólo la señorita Nami.
¿Esa era la importancia de su existencia? Si se deshacía de ella…
Law frunció el ceño contrariado, encontrándose por primera vez en una encrucijada. La navegante tampoco valía nada en ese lugar. Era una cosa curiosa que el epíteto del Cirujano de la Muerte y de la Gata Ladrona no significara nada para nadie más que para ellos mismos. Sin embargo, cuando escuchó una voz masculina llamándole por su nombre toda su epifanía se desmoronó. Frente a él, un hombre apenas más bajo que él, de cabellos castaños enmarañados y barba desaliñada le miraba con gesto incrédulo.
—¿Law…? —repitió el hombre, rascándose la barbilla—. ¿Trafalgar Law?
—¿Sí?
—¿Realmente eres tú? —estrechó los ojos—. Te le pareces mucho…
—Lamento decir que tú no me recuerdas a nadie —murmuró de mala gana.
Entonces, cuando los ojos del hombre se abrieron una fracción, Law no vio venir el par de brazos brutos que se le tiraron encima en un abrazo demasiado efusivo para su gusto que ni tiempo le dio de desenvainar la nodachi al quedar atrapada entre ambos cuerpos.
—¡Law! —exclamó, tomándole por los hombros y sonriéndole a un brazo de distancia—. ¡Nunca pensé que te vería aquí!
—¿Quién…?
—Oh, ¡sigues siendo tan malo como siempre! —refunfuñó con dramatismo—. ¿En serio olvidaste a tu compañero favorito? ¿Todas esas bromas que le jugamos al profesor Toto? ¿Ese día que…
El de cabellos castaños continuó señalando una anécdota tras otra; casi que le faltaron dedos para enumerarlas.
Ah…
Esa manera atropellada para hablar, el cabello enmarañado y esos ojos verdosos demasiado expresivos lograron hacerle recordar a una de las pocas personas capaces de hablarle con soltura. Claro, eso mucho antes de que Trafalgar Law fuera sinónimo de desastre y crueldad. Law apenas contuvo el gruñido de fastidio que le escapó de los labios al recordarlo.
—Desmond —bufó, interrumpiendo al aludido.
—Desmond Strauss, el mismísimo —exclamó él, alzando la naricilla respingada hacia el cielo nocturno con gesto orgulloso—. ¿Qué te trae por aquí? La última vez que supe de ti, tenías un terrible apodo y unos exuberantes millones de berries sobre tu cabeza.
Law le miró sin expresión alguna, pero por dentro su cabeza era un desastre. ¿Por qué, de todas las personas, venía a encontrarse a alguien como Desmond en ese lugar? Además, él sí sabía quién era y de su fama, al igual que Arthur Gottlieb y Mary en el asilo de Marlett. ¿Dónde estaba el control en toda esa situación? Se llevó una mano al puente de la nariz, masajeándoselo con gesto fastidiado.
—Así que no es una burbuja de mentiras… —murmuró. Desmond ladeó la cabeza, confundido.
—¿Dijiste algo?
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Ey, yo lo pregunté primero! —protestó—. Es una larga historia. ¡Hay tantas cosas que quiero contarte! ¿Bebemos algo mientras nos ponemos al día?
Nami soltó la carcajada que llevaba escondiendo tras sus cartas cuando supo que, una vez más, tenía la victoria. El grupo de hombres frente a ella gimotearon derrotados, deslizando los deliciosos montones de monedas y billetes por sobre la mesa hacia la navegante que no dejaba de sonreír mientras abrazaba a Julia, la hija del dueño, con unos ojos que destellaban avaricia.
—Y así, caballeros, ¡es como se juega al póquer! —exclamó dichosa, empinándose una segunda botella de ron que por supuesto se había dado el lujo de beber por sí sola.
—Nami, ¿estás segura de que deberías beber así? —preocupada, la jovencita a su lado se encargó de guardar el dinero de Nami en una bolsa ya cargada de otro gran montón de berries—. Quiero decir, aún no te recuperas del todo…
—Vamos, Julia, ¡esto es justo lo que necesitaba!
—Tu hermano se enfadará contigo…
—Ese bastardo... —masculló Nami—. ¡Es un mandón! Haz esto, haz esto otro; mantén la boca cerrada, señorita Nami. ¿Hasta cuándo me llamará así? Ni siquiera Luffy tiene ese atrevimiento.
—¿Luffy? —murmuró Julia, apenas siguiéndole el hilo a la navegante que arrastraba las palabras con mala pronunciación.
—Sí, Luffy es… —Nami frunció el ceño, bebiendo otro trago en busca de alguna mentira que coincidiera con la historia—. Era el patrón del fundo donde trabajaba.
—Oh…
—Como sea, ese Trafalgar es un mentiroso —continuó ella—. No le creas nada. Esas sonrisas encantadoras no son más que mentiras.
—A mí me pareció muy guapo —apuntó la joven con un suave sonrojo en sus mejillas.
—¿Guapo? —cuestionó Nami, mirándola como si estuviera loca—. ¡Es un cerdo! Y un embaucador de mujeres, debes andarte con cuidado. Además––
Las puertas de entrada se abrieron interrumpiendo la cháchara de la navegante al ver al tan aludido capitán caminando en su dirección. Sin embargo, Law se detuvo a unos cuantos metros, mirándola con reserva. Nami arqueó una ceja. Y entonces, Law estrechó los ojos. A Nami le pareció que estaba molesto, pero poco le importó.
—Mi querido hermano está de vuelta —dijo ella con una sonrisa traviesa—. ¿Quieres jugar con nosotros?
Los hombres frente a ella volvieron a gimotear inseguros, pero luego sonrieron embobados cuando Nami les dedicó su mejor sonrisa inmaculada. Cuando volvió su atención al capitán, se lo encontró de pie justo frente a ella y con una expresión gélida en el rostro.
—¿Pasa algo malo, hermanito? —la navegante revoloteó sus pestañas, ladeando la cabeza con inocencia.
Sin embargo, su mal plan de doblegar al capitán no funcionó como esperaba. Sin previo aviso, Law le quitó la botella, la tomó del brazo y la levantó de su asiento tan rápido que la navegante volvió a parpadear, ya no en plan de coqueterías fútiles, sino en pos de mantener el equilibrio y una visión centralizada. Law se acercó tanto a su rostro que Nami sintió su aliento cálido golpeándole las mejillas cuando espetó lo obvio:
—Estás ebria.
Y Nami no pudo evitar soltar una risita divertida.
—Oh, sí que lo estoy Trafalgar —balbuceó, burlesca—. ¿Acaso harás algo al respecto?
—Siempre tan irresponsable… —murmuró Law.
Sus ojos grises centelleaban molestos justo frente a los avellanas de la navegante. Pero, curiosamente, Nami se encontró más bien hipnotizada por ellos más que atemorizada. A veces lucían azules, otras veces celestes, pero si los miraba detenidamente… Sí, eran grises.
Si fruncieras menos el ceño…
—…incluso tú podrías lucir guapo, ¿sabes? —las cejas de Law instantáneamente se dispararon hacia arriba, sorprendido. Nami, que podría haberse degustado en esa expresión poco común, se sintió estúpida. En serio, ¡¿acaba de decir eso?! ¿Lo pensé o…—. ¿...lo dije?
¡Oh, lo seguía haciendo!
—Lo dijiste, señorita Nami —Law no tardó en recuperar la compostura y esbozar una sonrisa torcida—. Ahora, en cuanto a tu borrachera, sí que haré algo al respecto.
De pronto, Nami no tuvo más al capitán frente a ella sino la expresión confundida de Julia que parecía haberles estado observando sin comprender. Luego, todo dio vueltas. Law la tomó por las rodillas y la cargó sobre el hombro cual saco de papas encaminándose hacia las escaleras que conducían a la segunda planta no sin antes tomar el prodigioso saco de dinero de la navegante y darle las buenas noches educadamente a la joven Julia y al grupo de hombres que volvió a gimotear desilusionado al ver a su adorada vencedora en manos de otro hombre.
Nami tardó en comprender que lo que veían sus ojos ebrios eran las escaleras.
—¡Bájame, Trafalgar! —reaccionó entonces, golpeándole la espalda con puños torpes—. ¡¿Quién te crees que eres?! ¡Puedo caminar sola!
—No estoy seguro de eso —contrarió él, presionando el agarre en sus rodillas cuando la navegante comenzó a patear como loca—. Te recomiendo que no hagas un escándalo si aún quieres que crean nuestra historia.
—¡Como si quisiera que la creyeran!
—Si hubieses buscado información como te dije que lo hicieras… —Law abrió la puerta, ingresó y la cerró tras su espalda antes de dejar a la navegante sobre sus pies—. Si estuvieras realmente consciente de la situación, no harías algo tan irresponsable como emborracharte.
—¿Me estás regañando? —cuestionó ofendida—. No necesito niñeras, Trafalgar.
La expresión de Law era neutra, pero su bufido pareció agotado. ¿Estaba siendo fastidiosa? Bueno, tal vez un poco. Más bien, estaba siendo una borracha pesada exigiéndole respeto cuando apenas podía sostenerse por sí misma y en cambio debía aferrarse a sus brazos fuertes en busca de equilibrio. Ni siquiera se dio cuenta de que le estaba llevando a la cama hasta que le tiró del brazo haciéndole caer sobre el colchón. A Nami le costó tres largos parpadeos para lograr que el techo dejara de dar vueltas.
La cama era más amplia que la de Jim, pero ésta vez Nami se sintió nerviosa cuando Law se dejó caer a su lado con la gorra cubriéndole el rostro. ¿Law había hecho algo malo además de ser desagradable y mentiroso? Sintió un ligero sentimiento de culpa e irresponsabilidad. Sí, había hablado con Julia, pero la chiquilla apenas sabía dónde tenía puestos los pies. Estaba abrumada. Necesitaba alcohol y un poco de diversión. Pero… Law lucía cansado y aún más complicado que antes. ¿Podía hacer algo al respecto?
—Julia dijo que hay un pueblo hacia el norte llamado... hum...
—Baskerville —finalizó Law cuando Nami demoró en encontrar la palabra.
—Sí, eso —asintió ella—. También dijo que la capital de éste continente es Burmecia, pero pocos pueden ingresar allí. Parece ser una ciudad elitista protegida por altos muros que––
—Deberías descansar, señorita Nami —interrumpió Law, descubriéndose el rostro para mirarla con reproche—. Cuando puedas pronunciar las palabras como corresponde, entonces me cuentas lo que obtuviste.
¿Por qué de pronto se sentía como una niña malcriada? Ni siquiera pudo enfadarse. Tal vez porque a pesar de que Law tenía un montón de cualidades irritantes, era un hombre serio que actuaba con precaución. Nunca se había enfadado con ella. Nami dudó mucho que su enfado tuviera que ver con la ingesta de alcohol, después de todo no era asunto suyo. Law lucía preocupado. Y por muy curioso que fuera, si Law estaba preocupado, sintió que ella también debería estarlo.
Quiso preguntar… de verdad que quiso. Pero el techo no dejaba de girar, y si cerraba los ojos entonces también lo hacía la cama. Era hipnotizante.
Letárgico…
Al principio fue un dolor sordo que le subía desde las entrañas. Un ahogo lento pero constante.
Se encontraba solo, en algún lugar de baldosas polvorientas. Acuclillado sobre sus pies, observaba la rana desmembrada y la tijera de cortar papel entre sus manos pequeñas. Esa tijera nunca le daba los resultados que quería; siempre terminaba cortando donde no debía. Unas sombras se cernieron sobre él. Una mujer de cabellos negros y un hombre de ojos grises le reprendían con gritos mudos. Su madre lucía horrorizada. Su padre, como nunca antes, estaba molesto. Quiso excusarse, pero le fue imposible mover los labios. Sólo había silencio.
Hubo un destello.
Ahora sus manos eran algo más grandes, pero la sangre permanecía bajo sus pies. Aunque no sentía su cuerpo, sabía que estaba sufriendo un dolor insoportable. Los pies del hombre cuyo nombre le provocaba escalofríos eran lo único que sus ojos veían alejarse. Luego de propinarle un último golpe, ni siquiera dijo nada. La nieve caía sobre su cuerpo inerte.
Un nuevo destello.
Y entonces todas las imágenes estuvieron superpuestas, como una mala película puesta una sobre la otra. Y ya no veía sus ojos, sólo veía esas muecas burlescas y, algunas, decepcionadas. Voces, carcajadas, gritos desoladores. Eran como un zumbido en medio de la multitud de caras queridas y odiadas que aparecían y desparecían.
En esos recuerdos sólo estaba la propia mortificación más absoluta.
Un zumbido. Un zumbido ensordecedor y asfixiante.
—¡Trafalgar!
Rostros de gente que había querido y odiado a partes iguales.
—¡Maldición, Law, despierta!
La sacudida sólo sirvió para romper parcialmente la pesadilla. Porque cuando abrió los ojos –consternados, rabiosos– se incorporó de golpe y alejó de un manotazo a quien fuera que le sacudía por los hombros. Y sólo el agudo golpe que le cruzó el rostro logró despertarlo del todo.
Parpadeó, confundido. Se llevó la mano a la mejilla que comenzaba a arderle como el demonio. Junto a él, la navegante estaba de rodillas sobre el colchón, mirándole entre ofendida y curiosa. Aún tenía ese sonrojo de borracho sobre las mejillas.
¿Acababa de darle una bofetada?
Tardó otro par de segundos en digerirlo. Sí, el festín de recuerdos desagradables formaba parte de una pesadilla. Sí, Nami acababa de alzarle la mano. De hecho, aún la tenía alzada.
La navegante no lo vio venir. Tan rápido como había apartado sus manos gentiles con un grosero manotazo, jaló de su muñeca con poco cuidado hasta que pudo sentir sobre su rostro la respiración aun entrecortada del capitán. Ante su campo de visión ahora tenía sólo esos ojos grises demasiado cerca, demasiado fríos y peligrosos. Law estaba furioso y en claro plan de desquitarse con ella a un palmo de su rostro.
O al menos eso fue en lo único que pudo pensar Nami.
Tardó unos larguísimos cinco minutos en tranquilizarse. Su respiración volvió a la normalidad y dejó de sudar frío –lo último lo notó sólo cuando tomó la muñeca de Nami y supo que su temperatura era más baja de lo normal. Y entonces reparó en el rostro femenino tan cerca del suyo. La expresión de la navegante era un poema: pasmada, de desmesurados ojos abiertos. El gato ya no erizó más su lomo y era ahora acorralado por las garras un depredador mayor.
Law siempre disfrutó de esas expresiones.
Y sólo por probar, porque la navegante parecía ser una cosa curiosa que tras poquísimos días no dejaba de divertirle, esbozó su sonrisa más torcida sin alejarse ni un poco. Los ojos de Nami se ampliaron una fracción. Law fue lo suficientemente rápido para agarrar la otra mano que se empeñó en darle una segunda bofetada.
Ni si quiera lograba sentirse avergonzada. No. Los ojos de Law transmitieron un mensaje tan claro que a Nami se le había congelado la sangre: una envergadura de emociones sin pronunciar, demasiado oscuras, demasiado lejanas para alcanzar a ser comprendidas. Sus ojos grises, justo en ese instante, parecían una tormenta terrible que amenazaba con arrasar todo a su paso –lástima que ella estaba en su camino. Al final, la sonrisa sólo fue una provocación para hacerle reaccionar.
—¡¿Q-Qué crees que estás––
Los labios de Nami fueron acallados por una mano amplia. La sonrisa de Law desapareció, y sus ojos grises fueron a clavarse en la puerta de la habitación. Cuando pretendió decir algo más, Law presionó con más fuerza el agarre en su brazo y en su boca.
¡¿Pero qué––
Entonces comprendió. Sus ojos avellana acompañaron a los de Law cuando escuchó los pasos chirriando en la madera y los murmullos disimulados tras la puerta.
La puerta se abrió con brutalidad; la madera se hizo trizas. Todo ocurrió demasiado rápido.
Queridísimxs lectorxs, ¡tengo algo que mostrarles!, la señorita EleinKL hizo un dibujo hermooooso sobre la escena del baño del capítulo 8 que yo sé que no sólo a mí me gustó mucho *o*, aquí está: elizdinov . deviantart art/ TrafalgarxNami-Sleepless-Nights-379234974 (ahí lo juntan ustedes, fanfiction no permite poner los links como corresponde, ¡jum!) Bonito, ¿verdad? ¡Un abrazo para ella!
Y bueno, eso es todo, gracias por leer y comentar n_n
Con cariño,
Merle.
