X
—¡¿Q-Qué crees que estás––
Los labios de Nami fueron acallados por una mano amplia. La sonrisa de Law desapareció, y sus ojos grises fueron a clavarse en la puerta de la habitación. Cuando pretendió decir algo más, Law presionó con más fuerza el agarre en su brazo y en su boca.
¡¿Pero qué––
Entonces comprendió. Sus ojos avellana acompañaron a los de Law cuando escuchó los pasos chirriando en la madera y los murmullos disimulados tras la puerta.
La puerta se abrió con brutalidad; la madera se hizo trizas. Todo ocurrió demasiado rápido.
Nami apenas alcanzó a ver a un grupo de hombres armados hasta las piernas antes de que Law se cruzara por encima de ella, tomara uno de los bordes de la cama, y con la fuerza que dan muchos años de entrenamiento tiró hasta levantarla de un lado para escudarlos de las balas que no se hicieron esperar. Era una cama antigua, bien hecha, con pesadas placas de hierro como somier para aguantar mucho. La navegante, aturdida por el ruido ensordecedor en su borrachera, se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos con fuerza, importándole poco que prácticamente había caído sentada sobre el regazo del capitán.
La ráfaga de balas no cesaba. Law sabía que el colchón no resistiría mucho más; debía actuar rápido. Al menos había alcanzado a tomar la nodachi, era lo único que necesitaba aunque no pudiera verlos. ¿Ese pueblo no sabía quiénes eran? Bien, ahora lo sabrían.
—Cuando te diga, ve y recoge nuestras cosas —murmuró Law, aferrando a la navegante un poco más contra él para que le escuchara—. ¿Entendido?
Nami asintió contra su pecho. Sus ojos avellana, tan abiertos y asustados, se encontraron con los grises de Law por un brevísimo instante que le sirvió para tranquilizarse lo suficiente. Law entonces la soltó y se pegó al costado del colchón, indicándole que bajara la cabeza con un movimiento de su mano.
—Room —sólo cuando Law pronunció esa palabra y el domo azul se extendió Nami entendió de inmediato sus intenciones.
Justo cuando bajó la cabeza y cuando los hombres armados chillaron sorprendidos, deteniendo los disparos, Law realizó un corte horizontal con la nodachi que terminó por cortar además de la cama que había funcionado como escudo, a los hombres del otro lado de ella.
—¡Nami, ahora!
Sin necesidad de repetirse, Nami se levantó y corrió a un rincón de la habitación donde había dejado ambos bolsos. Sin embargo, las cosas no ocurrieron como Law tenía premeditado.
Al no ser capaz de ver al enemigo antes de atacar, lanzando un contrataque prácticamente ciego y dejándolo recaer en pura suposición y algo de suerte, el corte no alcanzó a uno de los hombres que andaba demasiado cerca de Law. Una nueva ráfaga de balas enmudeció los griteríos confundidos de los otros desmembrados cuando Nami ya había puesto las manos sobre ambos bolsos. Cuando se giró desconcertada por el repentino ataque, el bullicio de las balas se detuvo tan abrupto como comenzó con un grito visceral acompañado del ruido suave que producían las ropas y la carne al ser desgarradas.
Law dio un paso atrás envainando la nodachi mientras el hombre caía bocabajo frente a sus pies. El canguro amarillo nuevamente estaba manchado en sangre.
Nami observó el cuadro frente a ella. Había visto lo que Law era capaz de hacer con su habilidad, pero no esperó ver el otro lado del hostal perfectamente partido en dos y hombres desmembrados agitándose en el suelo con gritos despavoridos. Law se giró hacia ella y sin decirle nada la tomó nuevamente por el brazo para levantarla. De pronto una extraña sensación –que ya había experimentado antes– le dio vueltas en el estómago a la navegante. En menos de un segundo, estaban fuera de la posada.
—Deberías avisarme cuando vayas a hacer eso —reclamó Nami, sin lograr acostumbrarse a las repentinas teletransportaciones de Law, quien se encogió de hombros con el rostro contraído—. Oye, ¿estás bien?
—No hay tiempo, larguémonos de aquí —dijo él, quitándole su bolso—. Tomemos a Brego antes de que––
—¡Están escapando! —exclamó una voz ronca—. ¡Rápido, deténganlos!
Nami de inmediato reconoció la voz. Parado en la puerta de la posada, escondido tras los escombros que había dejado Law, el padre de Julia llamaba a una segunda tropa de hombres armados que corría en dirección a ellos. Law chistó la lengua, molesto, y alzó una vez más una mano frente a él dando un paso ante la navegante cuando ambos fueron rodeados y apuntados con armas de fuego.
Ésta vez ella no se quedaría de brazos cruzados dejándole todo el trabajo al capitán –el escándalo en la habitación fue suficiente para quitarle la borrachera. Rápidamente tomó el Clima Tact que llevaba asegurado en su cinturón y con un ágil movimiento de sus manos estuvo armado en menos de un segundo.
—Room.
—¡Black Ball!
De manera perfectamente sincronizada, el área fue cubierta por el domo azulino de Law y las nubes negras de Nami avanzaron serpenteantes entre los hombres desde sus espaldas. Los soldados, vestidos con ropas negras y unas curiosas máscaras que ocultaban sus rostros, alzaron las cabezas hacia el cielo y a sus costados, farfullando entre ellos confundidos.
—No parecen más inteligentes que los marines… —murmuró Nami.
—Tact —decidiendo confiar en la habilidad de la navegante, Law alzó un simple dedo frente a él provocando que los escombros de la posada se alzaran al cielo y con un grácil movimiento de su mano, comenzaron a girar de manera aleatoria entre los hombres.
Nami soltó un silbido de sorpresa ante el curioso espectáculo; Law sonrió con satisfacción. Cuando los soldados comenzaron a ser golpeados por pilares, enormes trozos de madera y objetos insólitos, Nami decidió ponerle fin al asunto.
—¡Thunderbolt Rod! —exclamó, agitando una última vez su arma de manera circular provocando con ello una poderosa descarga eléctrica y griteríos escandalizados tanto en sus víctimas como en los pobladores ocultos que observaban el espectáculo.
—¡¿Creen que eso es todo?! —vociferó el padre de Julia. Nami se preguntó cómo es que Law no lo había levantado a él también junto a los escombros, pero el hombre parecía tener una curiosa habilidad para ocultarse—. ¡Vendrán más tropas por ustedes, bastardos!
—Ah, ¿sí? —contrarió Nami, posando sus puños en sus caderas—. Mejor sal de tu escondite, ¡viejo cobarde!
—Nami.
La navegante miró a Law sorprendida tanto por el nuevo agarre en su brazo como por la ausencia del desagradablemente educado y usual Señorita antes de su nombre. Pero cuando esa incómoda sensación volvió a revolotearle en el estómago y se vio de pronto a las afueras del pueblo, casi que le da con el arma a Law en la cabeza si no es porque notó que su hombro estaba más ensangrentado que antes.
—Se han llevado a Brego —dijo Law, deshaciendo finalmente el domo azul y dándole la espalda para ponerse en marcha—. Tendremos que seguir a pie. Deberíamos llegar al siguiente pueblo antes del amanecer.
Nami frunció el ceño mientras guardaba el Clima Tact en su cinturón.
—¿Estás herido?
—Estoy bien —murmuró Law. Otra vez tenía ese tono molesto en la voz. Pero ahora Nami estaba segura de que no tenía que ver con ella.
—Tu hombro está sangrando —refutó Nami antes de seguirle—. No llegaremos a ningún lado antes del amanecer si no te––
—Dije que estoy bien, señorita Nami.
Ah, ahí estaba de nuevo. Así que la llamaría por su nombre sólo cuando la situación fuera crítica o necesitara de su atención. Decidiendo que llevarle la contra al capitán no llevaría a nada, le siguió en silencio por el camino de asfalto que, tras unos pocos minutos, volvió a ser un camino de tierra.
Por la posición de la luna, Nami supuso que no debían de ser más allá de una o dos horas pasadas la medianoche. Prácticamente no había alcanzado a descansar nada. ¿Sería así siempre? ¿Dormir unos pocos minutos y continuar? Tal vez Julia, la hija del traidor posadero, tenía razón y sí estaba algo pálida y delgada; no le sorprendería que así fuera. Al menos tenían comida, un buen saco de dinero y algo de ropa. La madre de Jim le regaló un anticuado chaleco de lana que en su momento agradeció con mala cara, pero que ahora no dudó en ponerse cuando el viento comenzó a calarle los huesos. Con todo ese dinero que tenía ahora, ganado orgullosamente gracias a su maravillosa habilidad en el póquer y también, como no, a sus talentos naturales de mujer, se compraría montones de ropa y se hospedaría en el mejor hotel del siguiente pueblo. Nada de posadas de mala muerte. Por supuesto que no. Asintió con convicción para sí misma.
—Ese pueblo, Baskerville, ¿sabes algo al respecto? —Law la miró por el rabillo del ojo. Nami no estuvo segura de si las sombras bajo sus ojos se habían acentuado o si su rostro tal vez lucía más pálido.
—Es un pueblo acaudalado —explicó él—. Al igual que éste, es un lugar turístico. ¿La hija del posadero te habló algo sobre los sabuesos?
—¡Oh, sí! —exclamó Nami, posando una mano en su barbilla con gesto pensativo—. Dijo que mucha gente pasa por su pueblo para ver a los sabuesos de Baskerville. Pero me pareció más bien un mito local.
—Lo es —asintió Law—. La gente en éste pueblo y en el siguiente vive del turismo y de la atracción que provoca esa historia. Lo importante es que lleguemos a Burmecia, la capital.
—Burmecia… —murmuró—. Julia dijo que es una ciudad muy grande, protegida por unos muros que impiden el paso a cualquiera. ¿Cómo entraremos ahí?
—Lo importante es el por qué está protegida por muros. Aunque lo más importante… —Law resopló, sujetándose el hombro con un mohín—. …es el por qué nos atacaron.
—¿Recuerdas lo que dijo Jim? El Dr. Arthur en el asilo de Marlett guardaba archivos con carteles de recompensa y periódicos actualizados —apuntó Nami, mordiéndose el labio inferior—. ¿No te da la impresión de que tal vez todo éste continente no es más que––
Law se detuvo de pronto. Más bien, cuando sus piernas parecieron fallarle, cargó su peso contra un árbol con un bufido tembloroso.
—Maldición, Trafalgar, ¡dijiste que estabas bien! —exclamó, quitándole por la fuerza la mano que sujetaba ese hombro ensangrentado que, ahora, estaba prácticamente empapado.
—Sólo es una bala… —obstinado, intento levantarse, pero Nami se lo impidió con facilidad empujándole los hombros al suelo hasta que cayó sentado contra el tronco—. No alcanzó a perforar ningún órgano.
—Pero no puedes continuar así, te vas a desangrar —rebatió—. Eres un doctor, ¿no? Deberías saber algo como eso.
Law la miró con sus ojos cansados durante un momento y luego sonrió. Sólo entonces, cuando Nami vio la suave luz de la luna reflejada en sus ojos descubiertos, notó la ausencia de su característica gorra. Ups, olvidó tomarla antes de escapar.
—¿Te vas a quedar ahí o te la vas a quitar? —preguntó, observando el perfecto agujero que había hecho la bala en la camiseta amarilla.
El moreno resopló, indicándole con un movimiento de la cabeza que le acercara su bolso que, además de comida y algunas prendas de vestir, cargaba más que nada con utensilios de primeros auxilios; cortesía del Dr. Arthur y su arsenal de medicamentos. Nami tomó un manojo de gazas y una botella de alcohol, no sabiendo muy bien lo que necesitaría para quitarse la bala. Cuando desvió su atención hacia él en plan de preguntarle, otra vez las palabras se le quedaron estancadas en la boca cuando le vio quitándose la camiseta.
Y ahí estaba otra vez. El torso desnudo de Law. ¿Por qué se le secaba la boca y sentía que el rostro le ardía cada vez que lo veía? Sus peculiares tatuajes estaban manchados en sangre. Y aun así…
¡Contrólate, Nami! ¡Dios, es Trafalgar Law!
Carraspeó, intentando serenarse. Suerte que le estaba dando la espalda a la inoportuna luna llena, sino de seguro Law ya habría hecho algún comentario engreído de haber notado su bochorno. Law tomó la gaza y el alcohol, primero desinfectándose las manos y luego untando una buena cantidad en las gazas dobladas. Pero sus manos, a pesar de poseer cierto profesionalismo en sus movimientos, eran temblorosas. Sudaba frío y su respiración era forzosa. ¿Cómo lo ocultaba tan bien? Apenas le había notado la voz ronca mientras conversaban…
Nami contrajo el rostro como si le doliera a ella cuando Law comenzó a limpiarse la herida. Cuando dirigió dos dedos hacia el pequeño agujero burbujeante en su hombro, Nami no lo soportó más. Le quitó las gazas y el alcohol y detuvo la trayectoria de esa mano temblorosa con un movimiento brusco.
—Yo lo haré —murmuró, sentándose de rodillas frente a él. Law alzó las cejas, ligeramente sorprendido—. ¿Alguna indicación, doctor?
—¿Has hecho esto antes? —preguntó. Nami casi se hecha a reír cuando vio esa expresión incrédula tan poco común en él.
—No —se encogió de hombros, entre divertida por la cara de Law y nerviosa por lo que estaba a punto de hacer—. Pero si crees que puedes sacarte una bala por ti mismo, no veo por qué no puedo hacerlo yo.
Law frunció los labios, observando las manos pequeñas de la navegante que imitaba el proceso de desinfectarse las manos frente a él. Cuando finalizó, Nami le miró inquisitiva.
—Sólo sigue la trayectoria de la bala —explicó, soltando un bufido mientras apoyaba la cabeza contra el árbol—. Cuando la alcances, intenta sacarla en la misma posición en la que está.
—Bien… —asintió, intentando sonar segura de sí misma. Se acercó un poco más a él, limpió una vez más la herida y suspiró con fuerza—. Aquí voy.
Law cerró los ojos. Nami quiso imitarle, pero sería irresponsable de su parte hacerlo. Cuando puso sus dedos sobre la herida, Law presionó la mandíbula y Nami notó que sus músculos se tensaron ante el contacto. Dios, ella misma había recibido tiros y sabía cómo dolían. Siempre le exigió a Chopper anestesia antes de quitárselas… Pero ahora ahí estaba: a orillas de un camino desierto, en medio de la madrugada quitándole una bala del hombro a otra persona sin anestesia alguna. Contrajo el rostro cuando adentró un poco más sus dedos, escuchándole ahogar gruñidos dolorosos y soltando en su lugar bufidos que le golpeaban el rostro.
Vamos, sólo un poco más…
Cuando ya casi no podía ver sus nudillos, la punta de su dedo índice tocó algo que no debería estar allí. Nami se mordió el labio inferior con fuerza y, con una voluntad que no supo de dónde apareció, rápidamente tomó la bala con dos de sus dedos ignorando el gruñido ronco que escapó de la garganta de Law y la tiró hasta extraerla con una sonrisa entre nerviosa y victoriosa. Law resopló, apenas relajando el rostro. Rápida, Nami tomó las gazas, untó alcohol en ellas y procedió a limpiar la herida que ahora sangraba exageradamente por la intromisión. Definitivamente necesitaría puntos.
—Esto te valdrá millones, Trafalgar —murmuró Nami, buscando el hilo y la aguja quirúrgica—. Lo sabes, ¿verdad?
Law apenas sonrió como única respuesta. Al contrario del trabajo anterior, lo de coser heridas era algo con lo que sí estaba familiarizada. No era una experta, por supuesto que no, pero antes de que Chopper se uniera a la banda, era ella quien tenía que lidiar con los desastres de Zoro, Sanji y Usopp; Luffy rara vez presentaba heridas serias. Pensó que nunca lo volvería hacer pero nuevamente, ahí estaba, cerrándole una herida a Trafalgar Law.
¿Quién lo diría?
—Ya está —finalizó ella, guardando los utensilios para luego limpiarse las manos ensangrentadas.
Le dedicó una última mirada a la herida perfectamente cerrada y luego desvió su atención al capitán. Que no respondió nada. Seguía con los ojos cerrados; la sonrisa borrándose lentamente mientras su respiración se acompasaba.
—¿Trafalgar?
Law emitió un ruido suave, casi como un ronroneo. Oh, fantástico, ¿se estaba quedando dormido? Llevó una mano hasta su frente, comprobando que su temperatura corporal ya no era tan fría. Estaba bien. Pero si se quedaba dormido ahí, con el frío que hacía…
Dios, ¿quién es la niñera ahora?
A regañadientes, tomó el bolso del capitán en busca de algo para cubrirlo, encontrando una gabardina negra que serviría para protegerle. Hecho aquello, se cruzó de brazos frente a él. ¿Y ahora qué? ¿Debería descansar también? No se le antojaba ponerse a dormir a orillas de un camino escondidos apenas tras por un par de árboles, aunque no parecía ser un camino transitado. ¿Qué tal si esos soldados aún les estaban buscando? ¿Qué tal si––
Law murmuró algo. Apenas pudo oírle, pero estuvo segura de que dijo algo. Tenía el ceño fruncido y sus pestañas se agitaban bajo sus párpados. Otra vez. Ya había visto eso.
¿Qué clase de pesadillas podía tener un hombre tan fuerte y seguro de sí mismo como Trafalgar Law? Nami había notado durante los últimos días que apenas dormitaba y se despertaba sobresaltado. Y ni hablar de su última pesadilla, donde en su intento por despertarle terminó recibiendo un manotazo sin cuidado alguno.
Quiso despertarlo, pero se arrepintió al recordar esa mirada de hace unas pocas horas atrás que le provocó escalofríos. En ese instante, estuvo segura de que Law padecía de una furia incontrolable. Pero verlo así, cabizbajo y gruñendo en voz baja, le era casi doloroso. Frunciendo los labios e intentando hacer el menor ruido posible, se sentó a su lado y le tiró con suavidad hasta hacerle caer sobre su regazo. Law se removió, pero no despertó. O estaba demasiado cansado por la falta de sueño, o el dolor lo había aturdido lo suficiente para hacerle dormir así. Tal vez un poco de ambas.
Nami apoyó la espalda contra el tronco del árbol y observó el rostro de Law contraído en su regazo. Sin pensarlo demasiado, enredó sus dedos entre los cabellos negros, sorprendiéndose ante la suavidad de las hebras. Law murmuró algo más y casi al instante los músculos de su rostro comenzaron a relajarse.
¿Lo ves? Si no frunces el ceño, puedes lucir guapo.
Ésta vez Nami se dejó llevar por el pensamiento y sonrió. Era un hecho innegable que Law tenía facciones atractivas. Incluso las sombras bajo sus largas pestañas tenían su gracia. La perilla le había crecido un poco, por lo cual tenía un aspecto algo más descuidado. Y aunque la gorra era algo que lo dotaba de carácter propio, Nami pensó que lucía mucho mejor sin ella. Al menos, así podía ver sus ojos.
No supo cuánto tiempo estuvo admirando al hombre en su regazo ni mucho menos por cuánto le estuvo acariciando el cabello, pero el exceso de silencio y el rumor del viento entre las hojas comenzaron a adormilarla.
Su consciencia se fue perdiendo en oleajes tranquilos, en bikinis pequeños y tragos deliciosos. Cómo extrañaba el mar… Cómo extrañaba ese aroma salino que no olía a otra cosa más que a libertad.
Purú-purú-purú-purú~
Law tenía ese aroma, probablemente ella también. Pero si seguían mucho tiempo más en ese lugar, lo perderían. Y si perdían su libertad…
Purú-purú-purú-purú~
Cuando abrió los ojos, se encontró de frente con los ojos adormilados de Law. Su cabello anaranjado había caído en cascadas por sus costados al encontrarse en una posición encorvada.
Purú-purú-purú-purú~
Parpadeó, confundida. Law bufó, llevándose una mano al bolsillo de donde extrajo un pequeño Den Den Mushi de cabello enmarañado y expresión desaliñada. Nami frunció las cejas, mirándolo sin comprender.
—Desmond.
—¡Law! —exclamó una voz masculina del otro lado—. Acabo de enterarme de que hubo un ataque en la posada donde te estabas hospedando, ¿estás bien?
—Creo que sí —murmuró Law con la voz rasposa, sin molestarse en incorporarse.
—¿Dónde estás?
—Aproximadamente a unos diez kilómetros del pueblo.
—¡¿QUÉ?! —exclamó atropelladamente la voz. Law hizo un mohín de desagrado, alejándose un poco el aparato—. ¡¿Estás en la Zona Cero?! ¡Te dije que no te acercaras ahí, los sabuesos––
—Y yo te dije que no creo en esas estupideces —interrumpió de mala gana, observando a la navegante que le miraba confundida—. ¿Qué quieres, Desmond?
Se oyó un bufido exasperado del otro lado de la línea.
—Iré a buscarte, no te muevas de ahí.
Dicho aquello, la señal se cortó con su característico ruido. Law se encogió de hombros, guardó el Den Den Mushi de vuelta en su bolsillo, y tal como estaba cerró los ojos en plan de volverse a dormir. Nami le dio un suave golpe en la frente para que le mirara.
—¿Qué fue eso? —cuestionó—. ¿Quién era ese?
—Desmond.
—¿Y ese es…? —Law resopló, reacomodándose en su regazo sin intensiones de levantarse.
—Me lo encontré en el pueblo —explicó, cerrando los ojos nuevamente—. Estudió medicina junto conmigo. Llegó aquí hace dos años. No sabe cómo.
La explicación demasiado resumida de Law dejó perpleja a la navegante y con más de una interrogante. ¿Law estudió medicina? ¿Conocía a alguien en ese continente? Pero más importante…
—¿Podemos confiar en él? —preguntó, insegura. Law asintió sobre sus piernas y abrió un ojo antes de esbozar una sonrisa. Una sonrisa torcida.
—¿No vas a continuar con lo que hacías con esa mano?
Nami tardó un par de segundos en comprender la pregunta. Recordó sus pensamientos poco adecuados de hace unos momentos hacia él, la suavidad de las hebras que aún tenía bajo sus manos, y entonces sus mejillas se dispararon al rojo vivo. Por supuesto que Law lo notó, porque soltó esa suave risa aterciopelada. Nami volvió a darle un golpe en la frente, enrojecida.
—Eso es lo único que he hecho con ésta mano —rezongó, desviando su atención hacia el camino—. Mi noble trabajo en tu herida te costará cien millones. La siesta, doscientos.
Law frunció las cejas, mirándola con recelo mientras se incorporaba.
—Y por cada día que pase, será un millón más —añadió Nami, divertida. ¡Cómo le gustaba cobrar deudas!
—Tus servicios son demasiado caros, señorita Nami —murmuró Law, revisándose la sutura antes de ponerse la gabardina como corresponde—. Lo tendré en cuenta.
Una cabalgata apresurada se dejó oír en medio del crepúsculo al amanecer. Desmond era un tipo eficiente, siempre lo fue. Y también siempre guardó un profundo respeto por Law –aunque poco lo demostraba–, por lo que sabía que podía confiar en él lo suficiente para obtener la información que necesitaba. Sino, sencillamente se desharía de él.
Una bonita carrosa tirada por dos caballos se detuvo frente a ellos con escándalo y una puerta lateral se abrió rápidamente con la misma algarabía.
—¡Rápido, suban de una vez! —exclamó Desmond.
Nami se preguntó a qué clase de universidad asistió Law si educaban a alumnos que terminaban convirtiéndose en sanguinarios piratas y en hombres tan desaliñados como ese que acababa de aparecer. De enmarañados cabellos castaños, una barba crecida y desgarbada, y ropas que ni un mendigo envidiaría. ¿En serio podían confiar en un tipo así?
Al menos tiene una bonita carrosa…
Tras pocos minutos de viaje la navegante no aguantó más el cansancio que se llevaba aguantando. Perdida en su más profundo sueño su cabeza cayó, de todos los lugares, sobre el hombro de Law, pero el capitán no tuvo intenciones de apartarla si con ello podría sacar ventaja de la suculenta deuda con la Gata Ladrona. Muy por el contrario, Law ya había dormido unos pocos minutos –sin pesadillas de por medio, para su sorpresa– y se mantuvo escuchando los reproches de Desmond sentado frente a él que no dejaba de gritonearle por su irresponsabilidad.
Law entonces realmente pensó que a Desmond se le habían soltado algunos tornillos durante los últimos años. Lo recordaba como un tipo enérgico, incluso algo fastidioso, pero muy inteligente. Pero ahora no dejaba de hablarle de los mentados sabuesos que aparecían sin explicación en un tramo delimitado entre Cleyra –el pueblo recién abandonado– y Baskerville, sector denominado pomposamente como la Zona Cero. En serio, ¿quién creería en semejante estupidez? ¿Perros fantasmagóricos de proporciones anormales? Sí que había visto cosas curiosas a lo largo de su vida, sin mencionar que su primero al mando era un oso polar parlante, pero lo de fantasmagórico era sencillamente absurdo. Seguro no eran más que unos perros grandotes o algo por el estilo; siempre se creaban mitos en torno a pueblos pequeños para atraer a viajeros curiosos. Era ilógico.
—Law, ¿me estás escuchando? —rezongó Desmond. Law apenas emitió un "Hmm" como respuesta, decidiendo que el paisaje fuera de la pequeña ventanilla de la carrosa era mucho más interesante—. Dios, tal vez deberías verlo por ti mismo para creerlo.
—¿No mencionaste antes que el laboratorio donde trabajas en Baskerville estudiaba la mutación y clonación? —murmuró Law—. Probablemente se les escapó un espécimen raro.
—¡Que no es eso! —contrarió el castaño, pasándose una mano exasperada por los cabellos—. Creí lo mismo cuando me lo contaron. Pero es un hecho que tanto la mutación como la clonación son estudios que no logran dar los frutos que quisiéramos.
—Entonces sólo son perros —sentenció el capitán. Desmond abrió la boca para refutar, pero Law se adelantó—: Fin del asunto, Desmond. Ahora, ¿por qué no me cuentas cómo es que te enteraste del ataque en la posada?
Desmond protestó por lo bajo, cruzándose de brazos con gesto enfurruñado.
—Pues porque las noticias vuelan rápido en un pueblo tan pequeño. Tenía planes de volver a Baskerville ésta noche. Cuando me enteré de lo ocurrido, me dirigí de inmediato a la posada. Descubrí algo bastante curioso, ¿sabes? —Desmond frunció el ceño, pensativo—. Samuel, el dueño de esa posada, es la mano derecha de Pávlov. ¿Qué hace un biólogo como él haciendo de posadero? No tengo la menor idea.
—¿Pávlov?
—Iván Pávlov, un fisiólogo veterano —explicó con un mohín—. Es el cabecilla de nuestra investigación, por lo tanto, mi jefe.
—Ya veo —asintió Law—. Por tu expresión diría que no te agrada demasiado.
—Es un viejo de mierda —se encogió de hombros—. Elitista hasta las patas y forrado en dinero hasta decir basta.
—Así que es un poderoso… —murmuró Law, reflexivo. Fuera del ventanal, el paisaje se tornó sinuoso. Una espesa niebla impedía a la visión aventurarse más allá de pocos metros.
—Lo es —afirmó Desmond—. Mientras bebíamos mencionaste que Arthur Gottlieb, en el país de Marlett, conocía tu identidad y el de tu mujer.
—Te dije que no es mi mujer, Desmond.
—Sí, claro… —Desmond sonrió, burlesco—. Como sea, ¿no te parece sospechoso? Supuestamente el periódico no llega hasta este continente; el Gobierno Mundial no tiene jurisdicción alguna sobre Brigadoon. Sin embargo, hoy recibiste un ataque sin motivo aparente comandando por Samuel, la mano derecha de Pávlov…
Las miradas de Law y Desmond se sostuvieron por un momento, meditabundas. El cirujano no necesitó que Desmond elaborara mucho más lo que quería implicar. Arthur Gottlieb fue un viejo cirujano y psiquiatra, loco y desquiciado como él solo, pero a fin de cuentas un veterano experto en ambas materias. El viejo quería deshumanizar a sus pacientes realizando experimentos que podían ser fácilmente catalogados como mutación humana.
Iván Pávlov, fisiólogo encabezando estudios sobre mutación y clonación…
No sería descabellado pensar que existiese un nexo entre ambos.
—Desmond —al cabo de unos minutos en silencio, Law llamó al castaño—. ¿Por qué me estás contando todo esto? Sabes que tomaré represalias contra tu jefe, ¿verdad?
El aludido frunció los labios. El gesto que mantenía su rostro desaliñado era uno contrariado, confundido y pensativo. Se tomó su tiempo antes de contestar.
—He perdido demasiado tiempo en éste continente —dijo entonces—. Decidí unirme a las investigaciones en Baskerville pensando que allí podría obtener las respuestas que quería. Pero, como pues ver, sigo estancado en éste jodido continente sin vislumbrar pista que me diga cómo escapar de él.
—¿Y piensas que yo podría descubrirlo? —cuestionó Law, arqueando una ceja. Desmond sonrió.
—Durante el único año que estudiamos juntos antes de que abandonaras, siempre tuviste respuestas para todo —expuso con soltura—. Siempre fuiste un genio, Law.
—Veo que sigues siendo un adulador —murmuró molesto—. Me tienes demasiada fe, Des––
Law parpadeó confundido, sin ser capaz de terminar el nombre del castaño. La mayor parte de la charla se la pasó observando el blanquecino paisaje neblinoso fuera de la ventana sin ver más que sinuosas siluetas de árboles, pero durante unos momentos le estuvieron llamando la atención unas pequeñas lucecillas rojizas que se movían a la velocidad que mantenía la carrosa. En un principio pensó que podría tratarse de un reflejo en el ventanal, pero entonces cuando aquellas lucecillas se hicieron más grandes y brillantes, comprendió que algo se estaba acercando desde afuera. Rápido. Demasiado rápido.
Sus ojos se abrieron con desmesura.
—¿Des? ¿Ese es mi nuevo apodo? —preguntó el castaño, mirándolo divertido—. Es mucho mejor que ese estúpido apodo que––
—¡D-DOCTOR! ¡Doctor Strauss! —la voz del hombre tras las riendas del par de caballos sonó aterrada—. ¡Maldición, están aquí! ¡Nos están rodeando!
La sangre abandonó el rostro de Desmond. Law no pudo apartar sus ojos del ventanal.
Algo golpeó el costado de la carrosa con violencia; los caballos rechinaron cuando el chofer golpeó las riendas contra sus lomos obligando a sus cascos galopar con todas sus fuerzas. La carrosa se agitó. Nami apenas ronroneó contra su hombro y Law instintivamente la sujetó para que no cayera. Desmond saltó hasta el extremo opuesto de la carrosa.
Y entonces Law lo vio. Fueron unos escasos dos segundos, pero Law lo vio con sus propios ojos. Una mortífera mandíbula de proporciones escalofriantes golpeó el ventanal. Caninos tan grandes como su nodachi y unos ojos rabiosos que brillaban con el color de la sangre. El pelaje era tan negro que parecía irradiar luz propia; el lomo le vibraba consternado hacia el cielo del ocaso. Era una bestia. Una abominación.
Un gruñido atronador terminó por destruir toda lógica existente en el siempre compuesto Trafalgar Law. Como nunca antes, las manos le temblaron con un horrible escalofrío.
Ya, sé que el capítulo anterior era malísimo y poco relevante, así que me empeñé a subir éste cuanto antes para compensarlo -_-. Espero les haya gustado más que el anterior, ¡me entretuvo mucho escribirlo!
"Los sabuesos de Baskerville" es el título de una de mis novelas favoritas de Conan Doyle, por si les suena conocido el cuento. Pero aquí sólo utilizaré el tema, el resto es puro invento mío, jé.
Tengo una duda gramatical: aquí en mi país, a las ropas amarillas de Law les llamamos "polerones", pero ni Word me lo acepta y sé que debe ser una palabra local. Pasa que "camiseta" no logra contentarme, porque no es del todo una camiseta (¿o sí?). Usé la palabra "canguro", pero canguro me huele a… canguro xD. ¿Tienen alguna sugerencia? Lo agradecería D:
Con abrazos de canguro,
Merle.
