XI

Remoloneó perezosa entre las sábanas de buen olor, cubriéndose con ellas hasta el último cabello cuando la luz del día le golpeó el rostro. Sin embargo, hacía calor, y tras cortos minutos la calidez de las cobijas ya no se le hizo tan agradable. Se destapó el rostro con un bostezó mientras se frotaba los ojos.

Era una habitación pequeña, de paredes blancas y muebles del mismo color. Fría. Pero la cama lucía tan cómoda que Nami no dudó en arrojarse en ella en cuanto Desmond abrió la puerta y le indicó que podía descansar allí. Claro, aquello no sin antes ofrecerle –con una sonrisa pícara– una cama doble para que pasara un buen rato con su hombre.

Cuando Nami lo conoció, su opinión sobre Desmond dio un vuelco completo al ver que a pesar de su aspecto era notoriamente educado y poseedor de una voz atractiva. Su reticencia hacia él se esfumó nada más subir a la carrosa, asombrándose en un principio cuando Desmond comenzó a reprender a Law sin cortarse un pelo de la lengua como si el capitán fuese una suerte de niño pequeño e irresponsable. Luego le pareció un tipo divertido, aunque algo escandaloso y repetitivo. Ni ella se creía mucho la historia de los sabuesos y se compadeció un poco de Law, aunque él no parecía tener problemas para ignorar al castaño. Mientras Desmond gritoneaba al capitán, Nami decidió que no necesitaba estar en completa alerta al menos durante el viaje. No se resistió más y dejó a sus párpados caer sin planes de abrirse hasta varias horas más tarde. Sin embargo, ese plan se vio interrumpido por un violento zarandeo. Se había despertado confundida, descubriendo que aún estaban a bordo de la carrosa. Curiosamente, Law la tenía firmemente apretada contra su pecho, y si bien quiso escapar de ahí escandalizada para ocultar su prominente sonrojo, no lo hizo. Porque a Law el corazón le latía con fuerza contra su oído y estuvo segura de que el brazo entorno a ella estaba demasiado rígido. Notó entonces que el ambiente en la carrosa era uno tan tenso que no se atrevió a decir nada. Desmond, frente a ellos, estaba tan pálido que Nami temió que se desmayaría de un momento a otro. Cuando el castaño notó los ojos avellana de la navegante sobre él, carraspeó intentando recomponerse, y murmuró apenas dos palabras antes de sumirse en un completo mutismo: "Los Sabuesos". Luego de unos momentos, Law la dejó ir sin mediar palabra. Pero estaba nervioso. Su ceño estaba profundamente fruncido y presionaba su mandíbula con demasiada fuerza; nada que ver con esa imagen tranquila y desinteresada que mantenía antes de que ella se pusiera a dormir. Nadie abrió la boca hasta llegar a Baskerville.

Baskerville era, sin duda alguna, un pueblo mucho más grande que Cleyra; limpio, pomposo, con bonitas calles de adoquines eficientemente iluminadas por elegantes farolas. Se detuvieron fuera de la casa de Desmond, una humilde pero agraciada casa de piedra donde el doctor les indicó que tenía suficientes habitaciones para ambos. No tardó en recuperar su humor lanzándole bromas pícaras tanto a Law como a Nami; el primero las ignoró por completo y ella decidió imitarle, aunque no sin antes fulminar a Desmond con una mirada que no prometía nada bueno si continuaba con sus comentarios fuera de lugar. El castaño poco que la tomó en cuenta, pues Nami aún pudo escucharle molestando a Law luego de que la dejó en aquella habitación para huéspedes.

Entonces, volviendo al presente, Nami finalmente pudo descansar como correspondía. El reloj como único adorno en la pared inmaculada marcaba justo el mediodía. Se levantó casi a regañadientes, se quitó el anticuado chaleco de lana y buscó ropa limpia en su bolso antes de levantarse e ir en busca del cuarto de baño.

—En serio, Law, me está crispando los nervios verte así —la voz de Desmond provino desde el comedor. Sonaba agotado—. ¿Quién era el que decía: "sólo es un perro, Desmond, es ilógico" hasta hace unas horas? Te dije que cuando lo vieras lo comprend––

—¿Puedes callarte un momento? —la voz de Law, en cambio, sonó mortalmente seria.

Cuando Nami se asomó por el pasillo y vio la ridícula imitación de Desmond casi se hecha a reír, pero cuando su atención se posó en Law, no pudo evitar parpadear confundida. Sentado sobre un bonito sofá de cuero, el capitán tenía la mirada perdida. Sus codos descansaban sobre sus rodillas y sus dedos estaban entrelazados; su dedo índice se movía insistentemente sobre el nudillo de la otra mano. Desmond, en cambio, estaba despatarrado sobre el sofá frente a él rodando los ojos con hastío.

Nami carraspeó, atrayendo sólo la atención de Desmond.

—Oh, mira quién está aquí. Buenos días, Nami —la saludó amablemente, incorporándose de inmediato para dirigirse al mesón de la cocina—. ¿Quieres un café caliente?

—Sólo un vaso de agua, Desmond —sonrió en agradecimiento, tomando un par de pasos tentativos antes de sentarse junto al capitán—. ¿Ocurre algo?

Law no dijo nada. Ni siquiera pareció notar su presencia.

—Ha estado jugándome la Ley del Hielo durante toda la mañana —respondió Desmond, entregándole el vaso de agua mientras se dejaba caer nuevamente en el sofá frente a ellos—. Parece ser que un pequeño cachorro le comió la lengua al temible Cirujano de la Muerte.

Law alzó la vista para clavar un par de peligrosos ojos grises que provocó escalofríos en el castaño. Nami bebió un largo trago de agua antes de hablar.

—¿Viste al sabueso? Creí que no era más que un mito urbano.

—Pues eso fue lo que nos atacó —explicó Desmond—. Y ahora que Law lo vio con sus propios ojos, no es capaz de decir una palabra porque está demasiado asust––

Sabiamente Desmond no terminó la frase. En lugar de ello, alzó sus manos con gesto inocente cuando Law estrechó ese par de ojos mortíferos retándolo a que continuara. El capitán tomó su taza de café, bebió un par de sorbos cortos y luego resopló.

—No tiene sentido —dijo entonces—. Tiene que ser una droga; un alucinógeno o un delirante de algún tipo.

Desmond puso los ojos blancos con fastidio.

—¿Crees que no he investigado nada durante todo éste tiempo? Soy un epidemiólogo, Law —recriminó—. No hay nada en la comida ni en el agua. Todo está limpio.

—Tú y yo… —Law miró a Nami, dirigiéndose a ella—. …hemos comido y bebido lo mismo desde que comenzamos éste viaje.

—¿Entonces? —Nami arqueó una ceja. Por un momento deseó haber visto al mentado sabueso para tener su propia opinión, pero honestamente agradecía haber estado en su más profundo sueño sin despertar sino hasta que el espectáculo había finalizado—. Si no es una droga, no nos queda de otra alternativa que pensar que el sabueso es real. Lo viste, ¿no?

—Vi a ese perro —murmuró Law pensativo—. Lo vi como mi imaginación quería que lo viera: un monstruo tal y como el mito lo describe. Tiene que ser una droga.

—¿Otra vez con eso? —bufó Desmond—. Dios, Law, ¡lo que viste es real! ¿Hasta cuándo seguirás negándolo?

—Es una droga, Desmond. Tiene que serlo —recalcó—. ¿Cómo entró en nuestro sistema? Eso es lo que intento averiguar.

Nami terminó de beberse el agua en un segundo trago y dejó el vaso sobre un pequeño mesón mientras pensaba en la situación. No tenía conocimiento alguno sobre drogas ni nada por el estilo –ese trabajo se lo dejaba a Law y a Desmond–, pero había otra interrogante que le estaba inquietando.

—Suponiendo que esas bestias son reales… —se mordió el labio inferior, no sabiendo muy bien cómo dirigir la pregunta—. ¿Es posible que se trate de un experimento?

—Es posible la mutación, sí —asintió Desmond—. Pero no en tales proporciones. Es cierto que el laboratorio de Baskerville investiga la mutación y clonación, pero también es cierto que a todo el personal, incluido a mí, no nos hace gracia alguna cuando debemos salir del pueblo por un motivo u otro. Sólo pensar en cruzarme con esos perros me pone los nervios de punta.

—¿Y qué tal si eso es lo que quieren? Quiero decir, tal vez no es lo más importante averiguar si el sabueso es real o si forma parte de una alucinación —ante aquello, Law y Desmond alzaron una ceja casi al mismo tiempo—. La capital, Burmecia, está protegida por muros que impiden el paso a cualquiera. Éste pueblo es una maravilla si lo comparamos con Cleyra o Marlett, donde viven prácticamente en la pobreza. Mito o no, ¿qué tal si esos sabuesos no son más que una herramienta para mantener a la gente apartada?

Tanto Law como Desmond la miraron perplejos durante un momento. Nami frunció los labios, paseando sus ojos desde el uno al otro a espera de una reacción.

—Nunca se me ocurrió algo como eso…

—Esa observación tiene mucho sentido, señorita Nami —dijo Law, alzando su taza de café a modo de brindis. Nami no supo si estaba hablando en serio o se estaba burlando de ella—. Considerando aquello, ¿por qué lo harían, Desmond?

—Bueno… —se cruzó de brazos, reflexivo—. Estamos de acuerdo en que probablemente Pávlov, dado el ataque del cual fueron víctimas la noche pasada, conoce sus verdaderas identidades al igual que Arthur Gottlieb, el viejo loco del asilo al cual desmembraste.

—¿El doctor Arthur? —Nami parpadeó, confundida—. ¿De qué me perdí?

—De alguna forma, Pávlov y Gottlieb mantienen conexiones tanto con el exterior de Brigadoon como entre ellos mismos —continuó Desmond—. Lo cual es una verdadera sorpresa, pues el resto de la población vivimos en las sombras sin información alguna sobre el exterior. ¿Es eso lo que están ocultando?

—¿Alguien más sabe sobre nosotros? ¿Quién diablos es Pávlov?

—Así es, Desmond. Y si estamos en lo correcto, serían buenas noticias para nosotros —asintió Law—. Si conseguimos la información que posee Pávlov, entonces podremos salir de éste continente.

Los azules ojos de Desmond chispearon con ansiedad.

—Hablando de buenas noticias… —dijo él, esbozando una sonrisa conspiradora—: Ésta noche Pávlov pretende una exclusiva fiesta de conmemoración. Aunque no lo creas, mantengo buenas relaciones con ese viejo de mierda. Aprovecharé ésta misma noche y––

—¡Un momento! —vociferó Nami, alzando una pierna para golpear con fuerza el pequeño mesón, interrumpiendo con ello a Desmond quien saltó en su asiento con un chillido ligeramente femenino—. ¡¿Alguien me va a responder alguna jodida pregunta?!

—¡Por el amor de Dios! —exclamó el castaño, posándose una mano sobre el corazón con melodrama—. ¡Law, controla a tu mujer!

—¡Ya te dije que no soy su––

—Te lo explicaré más tarde, señorita Nami —interrumpió Law. Su tono era uno divertido—. En cuanto a esa fiesta, Desmond, estoy seguro de que puedes llevar invitados, ¿verdad?

—¿Eh? No. ¡No! ¡Olvídalo! —chilló, golpeando la mesa con ambas manos—. ¡Vas a provocar un caos! ¡Y mi despido, ni más ni menos! Me cuesta ganarme el dinero, ¿sabes? Además, ¡¿cómo demonios quieres que te meta en esa fiesta sin que Pávlov––

—Creí que querías salir de éste continente —Law ladeó la cabeza con una sonrisa bailándole en los labios—. Respecto al cómo nos harás entrar, ya te las ingeniarás.

—¿Que me las ingeniaré…?

—Entonces, señorita Nami, tenemos una fiesta a la cual asistir.

Desmond se hundió en su asiento balbuceando palabras inentendibles.


"Ir de compras". Probablemente aquella era la frase favorita de la navegante, pues luego de explicarle esos detalles que ella desconocía y dijo entonces que debían prepararse adecuadamente para la fiesta de Pávlov –ante lo cual Desmond intentó persuadirles de lo contrario refunfuñando que de ningún modo podrían asistir a una fiesta de etiqueta con esas ropas tan harapientas como las que llevaban, según sus propias palabras–, el humor de Nami dio un rotundo vuelco cuando supo que tendría una muy válida excusa para comprar algunas bonitas prendas.

¡Es que había tantas, tantísimas tiendas en las calles de Baskerville! Apenas vio los ojos de Nami destellando extasiados tras cada vitrina que se les cruzaba, Law decidió pedirle un pequeño préstamo monetario –que según la navegante tendría que devolvérselo con suculentos intereses– y la dejó a su suerte antes de que terminara arrastrándolo por cada una de las tiendas.

Entonces Nami estuvo en la gloria. ¡Todo era baratísimo y elegante! Desde trajes de gala hasta los accesorios más exclusivos; todo era una ganga. Pero, lamentablemente, no tenía un armario donde guardar todas esas maravillas. Tal vez podría comprar un bolso más grande que el que llevaba, pero descartó la idea con un suspiro decepcionado al saber muy bien que no sería capaz de cargar con tanta cosa.

Más rápido de lo que Desmond hubiese querido, tanto la navegante como el capitán estuvieron de vuelta en su hogar antes del atardecer. Desmond supo entonces que no había forma alguna de hacerles cambiar de opinión cuando la navegante alegremente se encerró en su habitación provisoria y Law hizo lo mismo en la propia no sin antes preguntarle, con esa sonrisa burlona, si acaso era prudente de su parte seguir vestido en esas ropas y con esa barba tan desaliñada cuando la fiesta daría inicio en unas pocas horas. Desmond, echando humos, le siguió los pasos y poco le importó irrumpir en la habitación del capitán –que en realidad era suya– ni que Law ya estuviera en plan de quitarse la sudadera para cambiarla por una elegante camisa blanca, y comenzó a gritonearlo tal como había hecho antes en la carrosa; quizás incluso con mayor escándalo, pues Nami podía oírlo desde su habitación.

Sonrió divertida mientras se quitaba sus propias prendas. Si bien no pudo llevarse los kilos de ropa que hubiese deseado, además del vestido de fiesta necesario para la ocasión, sí que compró más de una bonita prenda para continuar el resto de la inesperada travesía. Días, semanas, meses… años. Quién sabe cuánto tiempo más tendría que seguir en ese continente. Tan sólo pensar en que tal vez no podría llegar en el tiempo estipulado al Archipiélago Sabaody para reunirse finalmente con sus nakamas le revolvía el estómago. Llevaba tanto, tanto tiempo esperando ese día, y ahora estaba atrapada en un continente sin salida. Por esa misma razón, no dudó en aferrarse a los meticulosos planes de Law cuando vislumbró en ellos una ligera luz de esperanza.

Se observó de pie a cabeza frente al espejo. El vestido era una maravilla, la tela sedosa se abrazaba perfectamente a cada una de sus vertiginosas curvas. Lucía fantástica, como siempre, pero algo en su imagen no lograba contentarla. Se alzó los cabellos para despejarse los hombros; aún no conseguía acostumbrarse a llevarlo tan largo. Hizo un mohín, bufando con molestia.

¿Tal vez debería cortarlo?

Mientras rebuscaba entre sus pertenencias la pequeña tijera que utilizaba para cortar el preciado papel de sus mapas, unos suaves golpecitos sonaron en la puerta.

—Adelante —indicó, sosteniendo un mechón de cabello frente a su rostro.

La puerta se abrió revelando la imagen de un Desmond que casi no reconoció. Su melena castaña ya no estaba enmarañada, sino cayendo perfectamente lacia tras sus orejas. Ya no había rastro de esa barba desarrapada. Envestido en un elegante traje gris, Desmond lucía joven.

—Vaya, Desmond, ¿quién diría que tras todo ese pelo se escondía una cara de bebé? —elogió Nami, sonriéndole a través del espejo.

—Muchas gracias, tomaré eso como un halago —dijo él, falsamente ofendido—. ¿Se puede saber qué haces con esas tijeras?

—Hum… —musitó, observándose nuevamente frente al espejo—. Quería cortarme un poco el cabello; no logro acostumbrarme a llevarlo tan largo, ¿sabes?

Cuando volvió a tomar un mechón de cabello y acercó las tijeras en plan de hacer lo que se proponía, Desmond contrajo el rostro y se acercó a ella en dos rápidas zancadas para quitarle el pequeño artilugio. Nami arqueó una ceja.

—¿Cuál es tu problema? —protestó, posando sus manos en sus caderas.

—El problema, Nami, no es tu cabello —rebatió Desmond, acercando una silla e indicándole que tomara asiento—. El problema es tu rostro.

—¡¿Qué––

—Toma asiento —pidió, tomándola por los hombros—. Déjame hacerlo a mí.

Recelosa, Nami se sentó frente al espejo mientras Desmond se sentó a orillas de la cama, tomándole la barbilla con suavidad para observarla detenidamente. Nami frunció las cejas, confundida. Entonces Desmond sonrió, haciendo caer un ligero velo de cabellos naranja frente al rostro de la navegante antes de comenzar a cortarlo con cuidado.

—¿Un flequillo? —preguntó, soplando las hebras de cabello que caían sobre sus labios. Desmond asintió.

—Con el cabello tan largo, un flequillo simple le daría más vida a tu rostro.

—Con esas pintas que llevabas, nadie imaginaría que tienes gusto para estas cosas —bromeó ella—. ¿Has hecho esto antes?

Por un breve instante Desmond se detuvo y Nami estuvo segura de que sus manos temblaron antes de continuar.

—Al contrario de Law, a mí no me va la vida de nómada —explicó. Nami sonrió divertida ante la analogía—. Lo mío es lo tradicional: terminar mis estudios, trabajar y formar una familia. Asentarme en un pueblo tranquilo, llevar una vida segura…

Desmond pareció perderse en sus palabras y Nami no quiso apurarle temiendo por la seguridad de su flequillo. Luego de cortar otro mechón, Desmond bufó, esbozando una tenue sonrisa.

—Pero supongo que mi novia no tenía los mismos planes —murmuró, encogiéndose de hombros.

—Ya veo… —musitó Nami, no sabiendo muy bien qué decir—. ¿Solías cuidar de su cabello?

—Tenía el cabello más hermoso que nunca vi —su voz sonó melancólica. Cortando un último mechón, volvió a tomarla de la barbilla para evaluar su trabajo con fingido profesionalismo—. Aunque el tuyo no tiene nada que envidiarle, señorita Nami.

La navegante le golpeó el hombro con picardía, incorporándose para observarse frente al espejo. Era curioso lo que un simple flequillo podía hacer. Sonrió agradada; ahora sí lucía fantástica. Tomándose el resto del cabello en una coleta alta para finalizar su atavío, se giró hacia Desmond.

—¿Y ahora? —preguntó, revoloteando sus pestañas con falsa coquetería—. ¿Qué piensa, señor estilista?

—Pienso que si Law no hace pronto algún movimiento contigo, realmente comenzaré a creer que es homo––

—Veo que ya están listos —la voz de Law interrumpió la osada opinión de Desmond, quien se tapó la boca entre divertido y nervioso.

Nami realmente quiso romper en carcajadas ante el gesto del castaño, pero cuando su atención se posó en Law, su mandíbula cayó con sorpresa. Ataviado en un simple pero elegante esmoquin negro, Law se abotonaba los últimos botones de la camisa blanca bajo la corbata. Con el sombrero de copa baja y los guantes cubriéndole las manos tatuadas, casi no había rastro del infame capitán pirata.

Trafalgar Law vestido de frac. Nami no supo si reír o llorar ante la imagen, pues Law estaba notoriamente incómodo embutido en tales prendas; el ceño demasiado fruncido lo delataba. Y por su vida que lucía atractivo el condenado. Nami no pudo negarlo más.

—¿Y el mostacho? —cuestionó Desmond, poniéndose de pie con gesto reprochador—. ¡Prometiste que usarías el mostacho! ¿Qué tal si te descubren?

—No pienso ponerme eso hasta que salgamos de aquí —murmuró Law, rodando los ojos con fastidio.

—¿Y tú qué harás respecto a eso? —continuó el castaño, dirigiéndose ésta vez a Nami mientras apuntaba el tatuaje de su brazo. Nami abrió la boca para protestar, pero Desmond se adelantó—: Es muy bonito, Nami, pero nada elegante. ¿Cuántas veces tengo que explicarles que se trata de una muy exclusiva fiesta de etiqueta? ¡Dios!

—Ya, ya, entiendo… —sin deseos de estresar aún más al doctor, Nami se acomodó un delicado pañuelo de seda sobre los hombros—. ¿Contento? Puedes ser una verdadera mamá gallina cuando te lo propones, ¿eh?

—Mamá gallina o no, ustedes son mis invitados. Además, es mi trasero el que estoy cuidando —refunfuñó, encaminándose hacia la puerta—. Los espero en la carrosa. Nada de achucharse demasiado, no tengo todo el día.

Nami resopló, resignándose a que ese tipo de comentarios serían usuales mientras permanecieran junto a él. Una vez Desmond desapareció murmurando quién sabe qué cosas, Nami se acomodó finalmente los altísimos tacones antes de dedicarse una última mirada aprobatoria frente al espejo. Al girarse, Law seguía de pie junto al marco de la puerta con las manos ocultas en sus bolsillos. Tenía una sonrisa en los labios. Y la corbata ligeramente torcida. En un acto instintivo, sin siquiera detenerse a pensarlo, se acercó a él y alzó sus manos para acomodársela, tirando con suavidad de la fina tela para aflojar el nudo.

—¿Qué? —espetó, intentando permanecer tranquila ante su escrutinio. La curva de los labios de Law se acentuó y Nami de inmediato se arrepintió de lo que hacía.

—Creo que hice una elección muy acertada al momento de escoger el color de mi corbata —apuntó él, paseando sus ojos grises sin discreción alguna por el vestido de seda azul de la navegante.

Y el autocontrol de Nami se esfumó. No fue el comentario, no del todo, fue esa mirada grisácea demasiado intensa deambulando por su cuerpo lo que provocó a sus mejillas arder en vergüenza. ¿Desde cuándo le avergonzaba su cuerpo? No tenía la menor idea; pero tuvo unas ganas terribles de cubrirse con el anticuado chaleco de la señora Clara o de bajarle el sombrero hasta los ojos al capitán. La risa tersa de Law sólo logró enfurecerla. Era curiosa esa mezcla de timidez y furia que el hombre provocaba en ella.

—¿Cuál es el plan ahora? —masculló, arreglando de mala gana la corbata de Law—. ¿Seremos señor y señora Felicidad Conyugal?

—Así es, señorita Nami —asintió él, divertido. Nami frunció las cejas—. Idea de Desmond.

—Asistirán sólo funcionarios del laboratorio, ¿no? —preguntó insegura—. ¿Qué tal si me preguntan algo que desconozco?

—Sólo debes permanecer callada como una buena esposa —antes de que Nami se desquitara con su corbata, Law aprovechó el momento y se giró para encaminarse hacia la puerta de entrada—. Salgamos antes de que Desmond termine reafirmando esa idea equivocada que tiene sobre nosotros. No queremos eso, ¿verdad?

—¡Por supuesto que no! —gruñó Nami, estampando uno de sus tacos contra el piso antes de seguirle a regañadientes.

Qué idea más insulsa tenía Desmond de ellos. ¡Qué descaro tenía Law! ¿Permanecer callada como una buena esposa? ¡¿Podía ser más irritante aún?!

¡Bastardo machista!

Le habría encantado gritárselo en la cara junto a otras verdades, pero sabía perfectamente que hacerlo sólo divertiría al capitán y ella terminaría enfureciéndose aún más. Así que no tenía caso. En el pequeño trayecto desde la habitación hasta la puerta de entrada, se dedicó a insultarlo en silencio y a perforarle la nuca con sus ojos furiosos. Ojala y las miradas pudieran matar.

Desmond parecía haber perdido su malhumor, pues una vez llegaron afuera el castaño conversaba animosamente con el chofer de la carrosa. Al verlos, sus ojos brillaron con maldad sobre una sonrisa pícara y los comentarios fuera de lugar no se hicieron esperar mucho más mientras subían a la carrosa. Pero Nami lo ignoró. La noche había caído de una forma mucho más interesante que discutir con Desmond o con Law.

—Esta niebla… —murmuró una vez estuvieron a bordo, observando el paisaje nuevamente blanquecino.

—Todas las noches cae esta niebla —explicó Desmond luego de indicarle al chofer que se pusieran en marcha—. Es una verdadera molestia.

—No es eso —frunció los labios, pensativa—. El clima es demasiado cálido; no hay rastros de humedad. Es extraño…

—¿Esperas que algo sea normal en éste continente? Creo que tenemos razones suficientes para dejar de buscarle sentido a muchas cosas —bufó Desmond con gesto derrotado. Nami le dio la razón esbozando apenas una sonrisa tenue.

Law observó a la navegante por el rabillo del ojo. Mentiría si decía que esa niebla no le parecía extraña. Porque le hacía sentir incómodo; una molesta sensación se había acomodado en su estómago al momento de poner un pie fuera de la seguridad de la casa de Desmond. Aquella niebla evocaba de manera irremediable a esos mortíferos ojos rojos y esa dentadura abominable golpeando contra el mismo ventanal que volvía a estar a su costado. Y se negaba rotundamente a aceptar que, por un momento, el cuerpo se le había entumecido. Al recordarlo el sentimiento volvía a subirle desde las entrañas. ¿Tenía miedo? Podía aceptar que los siniestros perros de Baskerville eran reales, pero no podía concebir ese sentimiento tan ajeno que le embargaba. Eso era lo que no tenía sentido alguno.

El miedo era, en pocas palabras, una emoción gatillada como mecanismo de defensa y supervivencia ante la percepción de un peligro –real o imaginario– o una amenaza. Sin embargo, en aquel momento, Law no tenía motivos para sentir miedo de cosa semejante. Había visto y vivido cosas peores a lo largo de su vida. Mucho peores.

Era humano sentir miedo pero, sencillamente, Trafalgar Law no era un hombre miedoso. Nunca lo fue y nunca lo sería. Ese miedo visceral, ilógico y sin fundamentos, no era normal.

—Law, Nami —la voz de Desmond lo desconcentró. Sólo entonces notó que estaban detenidos en la entrada de una enorme mansión—. Recuerdan el plan, ¿verdad?

—Yo sólo debo permanecer callada como una buena esposa —rezongó Nami, clavando un par de ojos avellana en el capitán junto a ella.

—Pávlov es un viejo muy astuto —continuó Desmond—. Un pequeño descuido y sospechará de inmediato. No hagan nada innecesario, ¿entendido?

—Descuida, Desmond. Law tiene una habilidad increíble en el arte de la mentira —dijo Nami con cierto desdén en la voz.

—¿Oh? —Law ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa mordaz—. No fui consciente del momento en que pasé de ser llamado por mi apellido a mi nombre de pila. Me conmueve, señorita Nami.

—Trafalgar, juro que uno de estos días te voy a––

—Aunque me divierte escucharlos discutir, tortolitos, no tenemos tiempo para esto —interrumpió Desmond, posando una mano sobre la manilla de la puerta. Antes de abrirla, se giró hacia Law para mirarlo con reproche—: Law, ¿dónde está tu mostacho?

Cuando Law gruñó por lo bajo con fastidio mientras rebuscaba en su bolsillo, Nami no se molestó en ocultar la muy burlesca sonrisa tan parecida a la de él mismo mientras el capitán se acomodaba a regañadientes el pomposo mostacho sobre los labios. Desmond apenas reprimió una carcajada cubriéndose la boca, y por supuesto que Nami no desaprovecharía una oportunidad como aquella. Se inclinó sobre el hombro de Law, pegó sus labios contra su oído y en un susurro más irónico que coqueto dijo:

—Muy aristócrata, señor Trafalgar.

Ignorando la mirada mortífera que le dedicó el capitán, Nami tomó la mano amable que Desmond le ofrecía y bajó de la carrosa con gráciles movimientos deleitándose en el placentero sentimiento de dejar a Trafalgar Law y su afilada boca atrevida –por primera vez– en silencio.

Tal vez debería hacerlo más seguido.


Ay, qué final más odioso. Pero quería que conocieran un poquito más a Desmond y desenlazar algunos misterios (sólo un poco, jé) antes de arrojarlos a los leones.
Nami finalmente tuvo su dulce venganza; mucho bullying le habían hecho ya XD. ¿Law hará algo al respecto? ¿Quién es Pávlov? ¿Pueden confiar en Desmond? ¿Y qué fue de la novia de Desmond? ¿Los perros de Baskerville son reales? (ni yo sé de dónde saco tanto lío...)

Gracias por leer, señoritas(os) :D
PD: gracias también a Mimi, a SuperLaw y a todas esas personas que no tienen cuenta pero igualmente comentan. Sepan que también las quiero y las tengo presentes, sépanlo! :B