XII
Cuando Law llegó a su lado y deliberadamente posó una mano sobre su cintura, la espalda de Nami se tensó de inmediato ante el contacto. Pero no se dejaría embaucar por esa sonrisa superior ni por el efecto que curiosamente el capitán comenzaba a tener sobre ella; por supuesto que no. Devolviéndole una sonrisa orgullosa, Nami lo imitó, pasando un brazo tras su cintura para afianzarse a él y avanzar de esa forma por la elegante alfombra roja tal como lo haría una pareja de recién casados. Manteniendo siempre una distancia prudente frente a ambos, Desmond no dejaba de saludar con cortesía a cada una de las personas que se dirigían a él. Era curioso como una persona tan desgarbada podía desplegar tanta elegancia de un minuto a otro como lo hacía ahora Desmond. Tal vez en la universidad de Law también les enseñaron algo de teatro, pensó Nami con ironía mientras conservaba una falsa pero muy educada sonrisa en sus labios.
Nami estuvo agradecida de que Law no fuese un hombre imprudente, pues en cada una de las entradas y rodeando la enorme mansión había centenares de hombres armados en uniformes negros idénticos a aquellos enmascarados que les atacaron en la posada del pueblo de Cleyra. Por lo mismo, agradeció también que Desmond fuera un tipo ridículamente precavido al momento de insistir en que cuidaran sus identidades tras sutiles disfraces. Quizá el de Law podría ser una exageración en comparación a ella; pero era cierto que la fama del Cirujano de la Muerte era mucho más notoria que la suya. De no haber obedecido las exigencias de Desmond o de haber irrumpido a lo loco en semejante mansión, habrían creado un verdadero escándalo y quién sabe si algún infortunio.
Al ingresar al gran salón donde se llevaba a cabo la fiesta, su sonrisa perfecta tembló con fastidio. Más de alguna vez acudió a alguna fiesta de etiqueta y sabía perfectamente cómo comportarse con elegancia, pero aquello era demasiado. Estaba segura de que cada uno de los cristales de los numerosos candelabros valían incluso más que la cabeza de Trafalgar Law. Reunidos en torno a un solitario pianista que tocaba una melodía fría e insulsa, hombres y mujeres de mediana edad –ataviados todos en carísimos trajes y lujosos accesorios– conversaban entre ellos con sus narices empinadas al cielo y agitaban el vino con petulancia en sus delicadas copas de cristal.
Estirados. Sin ninguna preocupación en el mundo más que su dinero y el mantener las buenas apariencias.
A Nami siempre le gustaron los lujos, pero conocía tan bien el otro lado de la moneda que no podía soportar esas caras rechonchas de mejillas sonrojadas por la buena vida. Supuso que al compañero a su lado tampoco, pues Law no se molestó en ocultar el notorio ceño fruncido bajo el sombrero de copa.
—¿Desmond se molestará si busco la caja fuerte del señor Pávlov? —preguntó la navegante en voz baja.
—Estoy seguro de que el señor Pávlov no echará en falta un par de millones menos —apuntó Law con cierto menosprecio.
—¿Qué están murmurando ustedes dos? —siseó Desmond. Tanto Law como Nami esbozaron una sonrisa conspiradora tan parecida que el castaño terminó estrechando los ojos con suspicacia.
—Me pregunto si la cabeza del señor Pávlov tendrá valor dentro del mercado negro… —murmuró Law. Los azules ojos de Desmond se abrieron escandalizados, y antes de que pudiera decir nada, la navegante se le adelantó.
—Tal vez deberías cortarlo en pedacitos; apostaría a que cada uno de sus dedos debe valer millones considerando todo esta… —Nami se llevó un dedo al mentón con gesto pensativo, sacudiendo luego la mano para aludir al espacio—, parafernalia.
—¡Están locos! —farfulló Desmond, disparando sus ojos horrorizados por el lugar en busca de algún desafortunado oyente de la conversación—. Dios, ¿a quién más que a mí se le ocurre pedirle prudencia a un par de piratas…?
—Tú lo has dicho, Desmond —bromeó Nami, otorgándole un par de palmaditas condescendientes en el hombro.
—Desmond, mantén la compostura —dijo Law mientras clavaba sus ojos en un hombre mayor que se aproximaba hacia ellos—. Tu señor Pávlov viene a saludarte.
—No es mi señor Pávlov… —masculló Desmond, dedicándoles una mirada de advertencia antes de girarse justo en el momento en que el hombre llegó junto a ellos—. ¡Dichosos los ojos! ¡Señor Pávlov, cuánto tiempo sin verlo!
Iván Pávlov era tal y como Desmond lo describió durante la corta trayectoria desde su hogar a la enorme mansión de Baskerville. Iba en silla de ruedas, y aun así sus sesenta años no tenían nada que hacer contra su porte alto y orgulloso. Su cabello plateado estaba perfectamente peinado hacia atrás; la espesa barba le hacía lucir como un hombre ilustrado. Tenía ojos astutos.
—Ciertamente —afirmó el hombre, estrechando la mano amable que le tendía Desmond—. Ha pasado mucho desde la última vez que nos vimos, Dr. Strauss. ¿Cómo ha ido el caso en Burmecia?
—No muy bien… He estado investigando en otros pueblos, pero al parecer los únicos casos se concentran en la población burmeciana —explicó Desmond con preocupación—. Más allá de eso, seguimos sin progresos.
—Ya veo —asintió Pávlov, torciendo sus labios en una pulcra sonrisa—. Estoy seguro de que podrás resolverlo; eres el mejor epidemiólogo de nuestro laboratorio. Ahora, ¿no piensas presentarme a tus invitados?
—¡Oh! Señor Pávlov, estos son el señor y la señora… err… —los ojos de Desmond titubearon por un momento antes de continuar—. El señor y la señora Torao; un reconocido cirujano y su asistente quienes me han estado acompañando durante mis últimos viajes de investigación.
¿Torao? ¿De dónde demonios sacó eso? Bien que no habían escatimado en ese pequeño detalle, pero, ¿no se podía inventar algo mejor? Nami esbozó una sonrisa incómoda y Law dejó notar su disgusto apenas en la presión que ejercieron sus dedos sobre la cintura de la navegante.
—Veo que te has armado de un buen equipo de investigación —apuntó Pávlov, estudiando a la pareja cuidadosamente—. Muy sabio de tu parte, Dr. Strauss. Es un verdadero gusto conocerlos, señor y señora Torao.
—Ha montado una velada espléndida, señor Pávlov —comentó Nami con amabilidad—. ¿Puedo preguntar cuál es el motivo de celebración?
—¿No lo sabe? —Pávlov la miró con incredulidad. Nami volvió a sentir un apretón reprochador en la cintura, pero lo ignoró—. Deberías informar de antemano a tus invitados, Dr. Strauss. Verá, señora Torao, ¿Conoce la historia del Conde de Baskerville?
—El Dr. Strauss nos habló un poco al respecto, pero me gustaría escuchar la historia completa —mintió la navegante.
—El Conde de Baskerville vivió en ésta mansión durante un largo periodo —comenzó el hombre con su voz señorial—. Soltero y sin descendencia alguna, el Conde dedicó su vida a lo único que amaba realmente... ¡Ésta mansión estaba rodeada de animales! ¿Puede imaginárselo? Aún luego de tanto tiempo, podrá encontrar rastros de ellos en viejos troncos mullidos en los jardines.
—Pero ya se sabe: a veces el mejor amigo del hombre puede resultar un arma de doble filo —acotó Desmond.
—Así es, Dr. Strauss —asintió Pávlov—. El Conde tenía un enorme sabueso al cual adoraba más que a cualquier otro.
—Un sabueso… —murmuró Nami, intuyendo hacia dónde iba el final de la historia. Pávlov sonrió, y continuó:
—Un día como éste, el Conde celebraría sus orgullosos ochenta y dos años. Pero nunca imaginó lo que ocurriría. El sabueso, su más preciada mascota, aniquiló sin piedad alguna a su amo y a sus invitados… —explicó, soltando un bufido apesadumbrado—. Dicen que sólo se encontró un dedo del Conde de Baskerville, y hasta el día de hoy, el sabueso está desaparecido. Por su expresión, señora Torao, estoy seguro de que está familiarizada con el resto de la historia, ¿verdad?
—Recibimos una muy peculiar bienvenida mientras nos aproximábamos a éste pueblo —explicó Law, rompiendo su silencio—. Pero, señor Pávlov, en su historia sólo menciona a un sabueso. ¿Qué hay de los otros?
—Muy observador, señor Torao —concedió Pávlov, ofreciéndoles amablemente una copa de vino a cada uno cuando un garzón se acercó a ellos—. Pero lamento decirle que ese es un misterio sin resolver tal como lo es el caso del Dr. Strauss en Burmecia. Aunque tengo a mis mejores hombres en ello, parece ser que éste continente no quiere sus secretos develados, ¿no cree usted lo mismo, señor Torao?
Nami desvió su atención hacia la bonita copa de vino entre sus manos mientras se la llevaba a los labios con elegancia.
¿No cree usted lo mismo, señor Torao?
¿Andaba demasiado paranoica con todo lo acontecido o esa pregunta sonó excesivamente directa? Misterios sin resolver, secretos perfectamente ocultos. Todas esas últimas palabras le recordaron de inmediato las propias sospechas en torno al continente. El hecho de que Law ni siquiera se molestara en contestar a la curiosa pregunta de Pávlov y que en cambio esbozara una torcida sonrisa le hizo saber que no era la única a quien cuyas luces de alerta se habían puesto en funcionamiento.
—Señor Pávlov —habló Desmond, rompiendo el incómodo silencio de miradas afiladas y de sonrisas astutas—. Me gustaría informarle con mayor detalle sobre lo que he investigado en torno al caso de Burmecia. ¿Podría concederme unos minutos?
—Por supuesto, Dr. Strauss —asintió Pávlov, dedicándole una última mirada al capitán y a la navegante antes de girarse hacia Desmond—. Espero que disfruten de mi humilde velada, señor y señora Torao. Con permiso.
Educado y amable como aparentaba ser, Iván Pávlov hizo una pequeña reverencia sobre su silla antes de apartarse junto a Desmond quien de manera discreta comenzó a llevárselo más lejos mientras le explicaba aquello que nada tenía que ver con ellos. Law entonces dejó su copa de vino sin molestarse en darle un solo trago e hizo lo mismo con la copa de la navegante. Nami resopló.
—Creí que serías tú quien haría toda la conversación —regañó ella—. Digo, considerando que debía mantener silencio como una buena esposa.
—Una buena esposa sabe cuándo abrir la boca —Law se encogió de hombros, prestándole mayor atención a Desmond y a Pávlov que comenzaban a perderse entre las personas.
Nami no supo si hablaba en serio o si era otro de sus comentarios mordaces, pero prefirió ignorarlo para mantener el escaso buen humor que aún conservaba e imitar su estado de alerta. Cuando vieron que Desmond tenía perfectamente distraído a Pávlov, no necesitaron intercambiar palabras para ponerse en acción.
Sin deshacer las buenas apariencias de pareja felizmente casada, Law y Nami avanzaron entre la turbamulta de adinerados hasta desaparecer del enorme salón para encaminarse por elegantes pasillos. La seguridad era alta, pero tanto Law como Desmond enfatizaron en mantener un bajo perfil al menos hasta donde fuera posible. Por ello, llegaron hasta una segunda planta burlando cuidadosamente al personal sin alzar sospecha alguna, suponiendo que si Pálvov tenía algo que ocultar –considerando la extravagante leyenda de los sabuesos de Baskerville originada en esa misma mansión–, debían de encontrar algo tras alguna de todas esas puertas.
Durante largos minutos no encontraron más que salones lujosos tan grandes como aquel donde se llevaba la fiesta, algunos adornados como espacios de exposición de pinturas o esculturas preciosas, algunas bodegas y, en gran mayoría, dormitorios deshabitados. No fue hasta que dieron con el tercer y último nivel, donde Nami se vio obligada a utilizar una que otra coquetería simple para burlar al único guardia que custodiaba un par de puertas, logrando que el hombre se marchara con inocentes ojitos encandilados creyendo que ya le tocaba el cambio de turno.
Una vez el salón estuvo despejado, rápidamente se dirigieron hacia una de las puertas. Sin embargo, al intentar girar la bonita perilla…
—Está cerrada —bufó Law, frunciendo el ceño con fastidio. No podía arriesgarse a utilizar su habilidad cuando desconocía lo que había del otro lado.
—Lo cual es una buena noticia, ¿no crees? —dijo Nami, haciendo al capitán a un lado para revisar la cerradura—. Ya me parecía extraño el no encontrar ninguna puerta bajo llave.
Law arqueó una ceja mientras observaba a la navegante, quien se sentó de puntillas frente a la puerta y extrajo de quién sabe dónde una pequeña ganzúa. Entonces cuando Nami acercó un oído a la puerta, cerró los ojos para concentrarse y comenzó a juguetear cuidadosamente con la cerradura, Law recordó el singular apodo de la navegante de los Sombrero de Paja.
—Veo que la Gata Ladrona siempre tiene un as bajo la manga —comentó él, divertido. Nami apenas asintió, pero Law pudo ver perfectamente la sonrisa orgullosa de la navegante.
—No hay cartera que se me resista —musitó, frunciendo los labios en concentración hasta que la cerradura finalmente cedió con un suave click—, ni tampoco puerta que no pueda abrir.
Law asintió con una tenue sonrisa, apartando a la navegante para girar pomposa la perilla con precaución. Abrió apenas unos pocos centímetros, tal como había hecho antes con todas las otras puertas, descubriendo entonces que a juzgar por la ausencia de ruido, aquella estancia estaba deshabitada. Nami se paró de puntillas para mirar sobre su hombro, pero aún con los tacones Law seguía siendo más alto que ella.
—Bingo —murmuró Law, abriendo entonces la puerta por completo para darle paso a la navegante.
Era una espaciosa habitación tan pulcra como las otras. Mantenía el característico olor de los libros y a algún caro aerosol. Cada uno de sus muros estaba adornado por anaqueles atiborrados de libros y archivos escritos a mano. En el centro había un escritorio absurdamente amplio para un único hombre.
—¿La oficina del señor Pávlov? —se preguntó Nami, observando los libros con curiosidad—. Todos estos títulos guardan relación con mutación y clonación…
—Esos libros no son importantes —dijo Law—. Investiga los manuscritos; busca algo que haga referencia a los perros de Baskerville o al exterior del continente.
—¿Eh? —Nami se giró, mirándolo confundida.
—Iré a investigar la otra habitación —explicó—. Estoy seguro de que puedes hacerte cargo de esto.
—Pero no sé nada de––
—Sólo busca algo que te llame la atención. Si necesito de tus servicios con la cerradura, te lo haré saber.
Sin añadir nada más, Law cerró la puerta tras su espalda dejando a la navegante a cargo del pequeño trabajo. La otra puerta estaba justo junto a la otra, y para su agrado, estaba ligeramente entreabierta. Tomando las mismas precauciones anteriores, descubrió que allí tampoco había nadie. Al ingresar sus cejas se alzaron con sorpresa.
En ese lugar, considerablemente más pequeño que la oficina de Iván Pávlov, no había luz. Pero los numerosos monitores encendidos brindaban la iluminación necesaria para identificar los extraños paneles bajo éstos. Cada monitor correspondía principalmente a las afueras de la mansión de Baskerville, el salón principal donde estaban reunidos los invitados, algunas de las salas de exposición de piezas preciosas, y la oficina de Pávlov.
Un centro de control. Desde esa pequeña habitación Pávlov poseía un control omnipotente de toda la mansión.
No era extraño encontrar uno entre familias acaudaladas, pero fueron los paneles los que llamaron la atención de Law. No es que estuviera familiarizado con centros de vigilancia, pero al vivir prácticamente la mayor parte del tiempo confinado en un submarino que funciona gracias a paneles de control muy similares a ese, Law sabía más o menos para qué funcionaban todos esos botones bajo los monitores.
Cerró la puerta tras su espalda, se quitó el pomposo sombrero y observó las diversas imágenes de video con atención. Había cuatro monitores que correspondían al salón principal; las cámaras de vigilancia debían estar tan cuidadosamente distribuidas que Law no pudo descubrir ningún punto ciego en las imágenes. Sin embargo, no había rastro de Desmond ni de Pávlov. Si Desmond tenía problemas, podía cuidarse por sí sólo; era más capaz de lo que aparentaba. Y si consideraba la molesta pero existente posibilidad de que el castaño estuviera en realidad aliado con Pávlov, entonces estaban en graves problemas. Frunció las cejas, decidiendo apartar esa inquietud de momento.
Desvió su mirada hacia un par de monitores que correspondían a la oficina de Pávlov, donde la navegante lucía muy cómoda sentada tras el escritorio ojeando unos archivos que las cámaras no lograban identificar. Tomó asiento frente a los paneles bajo aquellos monitores, observándolos cuidadosamente. Posó un dedo tatuado sobre uno de los botones.
Si sus suposiciones eran correctas, entonces un pequeño experimento no causaría demasiado daño.
—Si necesito de tus servicios con la cerradura, te lo haré saber —remedó Nami al capitán poco después de que la dejara a solas en la oficina, paseando su dedo índice por los impecables títulos de los libros sin saber muy bien en cual enfocarse.
Mutación, clonación, condicionamiento, conductismo; todos eran títulos que a la navegante no le decían mucho. Sin ánimos de inmiscuirse en materias como aquellas, se aventuró por otra estantería donde había archivos sin título escrito en su costado, decepcionándose al encontrar más información de lo mismo. Experimentación en animales, principalmente, y en gran mayoría con un timbre rojo en el costado de las páginas que decía: fallido. Nada sobre los sabuesos. No fue hasta que revisó un cuarto y un quinto archivador donde encontró algo mucho más interesante. Nada más abrir la tapa del fichero sus ojos se abrieron con sorpresa.
Eran fotografías. Fotografías de renombrados piratas tanto del Grand Line como del Nuevo Mundo con información detallada sobre ellos. Algunas tenían una cruz encima, aquellos declarados como fallecidos. No tardó en dar con la fotografía de Trafalgar Law con su respectiva recompensa actualizada impresa bajo ésta. La información escrita sobre él la desconcertó. Destacaba principalmente sus conocimientos en el área médica así como también sus movimientos en los últimos meses. Nami frunció las cejas con desdén cuando leyó el cómo el capitán había llegado al título de Shichibukai. Avanzó un par de páginas hasta que dio con el día exacto donde llegaron al continente.
[…]Capitán de los piratas Heart, Shichibukai. Encontrado en la isla Dotum cercana a Brigadoon. Procedimiento llevado a cabo con éxito. Abandonado en el país de Marlett junto a…
Nami boqueo, pasmada. Su nombre. ¡Su nombre estaba allí!
Nami, la Gata Ladrona, tripulante de los Sombrero de Paja. Encontrada en la isla Freesia cercana a Brigadoon. Procedimiento llevado a cabo con éxito. Arthur Gottlieb, miembro destacado del proyecto Dharma, encargado de los preparativos. […]Procedimiento llevado a cabo sin éxito. Arthur Gottlieb es declarado muerto según informes de la Dra. Strauss. […]Se desconoce el paradero de ambos sujetos. […]Encontrar a Trafalgar Law es de vital importancia para el proyecto…
Nami se masajeó el puente de la nariz con demasiadas preguntas en mente y una única respuesta. De alguna forma, esas personas tenían que ver con su extraña llegada al continente. ¿Cómo? Esa era otra interrogante.
¿Proyecto Dharma?
Estaba segura de haber leído algo sobre eso entre los otros papeles que descartó porque, sencillamente, no comprendió nada. No eran más que fórmulas químicas y palabras que desconocía. Se sentó tras el escritorio, rebuscando ansiosa entre el cerro de papeles que había amontonado. Sin embargo, cuando lo tomó entre sus manos y se puso en un riguroso plan de intentar entenderlo, las luces se fueron de golpe y sus ojos se abrieron con desmesura como acto reflejo.
Las cortinas del enorme ventanal tras ella estaban cerradas. La única luz que ingresaba era la que se colaba bajo el marco de la puerta. Un escalofrío le recorrió la espalda al creerse descubierta con las manos en la masa. Se incorporó, nerviosa, parpadeando repetidas veces para ajustar la vista a la oscuridad. A tientas, rápidamente metió los papeles en el archivador que contenía la información sobre ellos y avanzó hacia la puerta con atropelladas zancadas sin saber muy bien si lo correcto era salir o permanecer allí. Si la habían descubierto, entonces del otro lado de seguro que había alguien.
Posó un oído en la puerta. No se oía nada. No había sombra bajo el marco que delatara la presencia de nadie. Tomó aire con fuerza, y cuando se decidió a girar el pómulo de la puerta…
No se abrió. ¡Estaba cerrada!
¡¿Dónde demonios está Law?!
Un segundo escalofrío le recorrió la espalda. De pronto se quedó fría, presa de un siniestro presagio de horror y tinieblas. Dedicó una mirada sobre su hombro, paseando sus ojos nerviosos por la oscuridad. Nada. No había nada. No había nadie. Y aun así el corazón le galopaba aturdido, asustado. Sentía el cuero cabelludo frío y encogido y percibía la descarga de adrenalina en sus manos temblorosas. Volvió a tomar aire con fuerza para serenarse y rebuscó entre sus ropas la misma ganzúa que utilizó para ingresar. Pero entonces, en el momento en que se sentó de puntillas y la metió en la hendidura del cerrojo, un estridente ruido tras su espalda la espantó.
El ventanal se hizo trizas. La fría brisa de la noche desordenó sus cabellos y un gruñido visceral congeló cada uno de sus músculos. Su respiración se aceleró, y no se atrevió a mirar tras su espalda hasta que escuchó unos pasos demasiados suaves y sigilosos para pertenecer a un hombre. No necesitó verlo para confirmarlo. No quiso verlo para confirmarlo.
Estaba ahí. El sabueso estaba ahí, olfateando y gruñendo como una bestia embravecida a escasos metros de ella. Debía hacer algo, pero sus piernas no se movían. Estaba aterrada; estaba hiperventilando. En el momento en que vio un par de luces rojizas acercándose a ella, se obligó a reaccionar. Dio un paso tentativo, sigiloso, tembloroso, comprobando que el sabueso aún no era consciente de su presencia; se mantenía olisqueando cerca de las estanterías.
Pero se movió demasiado rápido. Demasiado nerviosa, demasiado alterada. Cuando corrió en plan de refugiarse bajo el escritorio –encontrando allí una única e ilógica escapatoria por puro instinto de supervivencia–, el par de luces rojizas se precipitó hacia ella.
Entonces Nami lo vio, aunque no quisiera. Acorralada bajo el escritorio, vio sus fauces ensangrentadas, sus ojos rabiosos brillando en la oscuridad, sus aterradoras patas avanzando como un depredador despiadado. Lo vio a escasos centímetros de su rostro, sintió su fuerte aliento golpeándole el rostro.
Su respiración se estancó en su garganta. Sus pupilas se dilataron y se apretó los labios con los nudillos para acallar sus sollozos. Un último gruñido y aquellas enormes fauces se abrieron con un único propósito. Cerró los ojos con fuerza; las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Law…
—¿Señorita Nami?
Como si hubiese despertado de una extraña ensoñación, aquella suave voz pronunciando su nombre pareció destruir todas sus quimeras. Abrió los ojos, aterrada, encontrándose entonces con el capitán acuclillado frente a ella como si sus pensamientos lo hubiesen invocado. Nami parpadeó tres veces antes de reaccionar.
—¡Law! —exclamó, arrojándose con tal fuerza a sus brazos que si no fuera por la velocidad de reacción de Law, hubiese caído de espaldas con la navegante encima—. ¡E-El sabueso!
—Na––
—¡El sabueso estaba aquí! —le interrumpió, consternada—. ¿Lo viste? ¡Debiste verlo!
—Nami —la llamó de nuevo, observándola con cuidado—. Está bien. No hay nada aquí.
—¡No está bien! —sollozó Nami, enterrando el rostro humedecido en el cuello de Law—. ¡Vi sus ojos, vi sus horribles dientes y––
—No es real, Nami —sentenció Law—. Nada de lo que viste es real.
Nami quiso insistir. Todo en su cabeza la obligaba a insistir y aseverar lo que acababa de ver, pero por más que paseaba sus ojos aterrados por sobre el hombro de Law, ya no había absolutamente nada. No había vidrios rotos ni brisa ingresando por el ventanal. No había un horrible sabueso gruñendo a escasos metros de su rostro. Incluso la puerta parecía haber sido abierta sin problema alguno.
Sólo estaba Law.
Se aferró con más fuerza a sus brazos y aspiró el peculiar aroma de su cuello en un desesperado deseo por comprobar que era real; que Law no formaba parte de una alucinación tan vívida como lo fue el sabueso. Nami entonces supo que aquella mano que se posó en su espalda seguida de la otra inusualmente tímida e insegura acariciando los cabellos de su nuca, eran tan auténticas como ese aroma a antisépticos que caracterizaba al capitán.
Law era real. Y tal vez no se acercaba ni en lo más mínimo a su idea de caballero andante, pero ahí estaba, siendo tan cálido y agradable que la navegante no quiso apartarse de sus brazos ni de esas manos reconfortantes que la acariciaban con demasiado cuidado.
—¿Por qué se fue la luz? —quiso saber Nami. Su voz sonó amortiguada contra el cuello de Law.
Si un pequeño experimento logró hacer tanto daño…
—No lo sé —mintió Law.
Fue una mentira blanca. De momento, darle el beneficio de la duda sería más digerible que la verdad; no era necesario que supiera lo que hacía en la sala de control. Al menos, ahora estaba seguro de sus sospechas iniciales.
Observó a la navegante con atención. El repentino corte de luz debió provocar inseguridad en ella, y su inconsciente –ese lado tan oscuro y desconocido de la mente humana– se encargó de hacer el resto. La idea del sabueso ya estaba implantada y con forma en su cabeza; no necesitó de un estímulo mucho más elaborado que un corte de luz en una habitación cerrada para gatillar el miedo. Era una droga lo suficientemente fuerte para crear alucinaciones tan vívidas y emociones tan fuertes. Sí, eso era. Estaba seguro. Su teoría desde un principio fue siempre correcta: un alucinógeno en base al miedo y el estímulo.
Law frunció los labios. Un muy inusual sentimiento le revoloteó en el estómago. Un pequeño experimento no debía causar demasiado daño… O eso fue lo que pensó. Pero entonces cuando la encontró acurrucada bajo el escritorio, aterrada y luciendo tan frágil y perturbada, el sentimiento de la culpa y el remordimiento le impidió mirarla a los ojos, obligándolo a permanecer a su lado y dejarla hacer cuanto quisiera. Los segundos pasaron extendidos. Nami se apartó un poco de él para secarse el rostro y, al mirarlo, ladeó la cabeza, confundida ante la expresión del capitán. Law resopló.
—¿Puedes caminar? —preguntó él en un tono demasiado amable para el gusto de Nami.
Raro.
Trafalgar Law siendo suave y amable era incluso más desconcertante que el cruel y arrogante capitán con el que ya comenzaba a acostumbrarse a lidiar. Pero la navegante no dijo nada al respecto, decidiendo que esa extraña faceta era mucho más agradable dada su condición sobrecogida. Asintió, ayudándose de esa mano enguantada en blanco que le tendía el capitán.
—Es un alucinógeno en base al miedo y al estímulo —dijo Law de pronto—. Es gatillado por la sugestión.
—¿Miedo y estímulo? —murmuró Nami, carraspeando al sentir la garganta ligeramente apretada.
—¿Ojos rojos? —preguntó—. El sabueso, ¿tenía ojos rojos y brillantes?
Nami asintió, comenzando a comprender apenas de qué iba el asunto.
—No —negó Law—. Viste lo que querías ver: un perro enorme tal como lo describe la leyenda. Más bien, viste lo que ellos querían que vieras. Aprovecharon la historia del Conde de Baskerville y su sabueso para crear una leyenda local que mantuviera a su población atemorizada. Tal como mencionaste antes, todo éste misterio no es más que un montaje.
—El proyecto Dharma… —murmuró Nami, pensativa—. Law, encontré unos documentos que tal vez tienen que ver con–– ¿eh? ¡¿Escuchas eso, verdad?!
Una alarma. Una escandalosa alarma la obligó a cubrirse los oídos.
Law primero la miró incrédulo, pero luego asintió ante la expresión ansiosa de la navegante dándole a entender que no, no estaba alucinando otra vez. Rápidamente avanzó hacia la puerta y, asomándose con precaución, descubrió que a la molesta alarma se le sumaba un griterío proveniente del primer nivel.
Estaba ocurriendo algo caótico que definitivamente nada tenía que ver con ellos. Gritos despavoridos, disparos y vidrios haciéndose trizas se oyeron desde el salón principal.
¡YAY! Al fin :D
Los exámenes están estrujándome el cerebro y la trama del fic no me está ayudando; tengo un serio problema con eso de continuar complicando las cosas XD. Entre que no tenía tiempo para escribir y que la trama es de por sí un poco enrevesada, la verdad es que no sé si me quedó bien éste capítulo. Tiene algunas partes que me gustan mucho y otras que me saben desabridas. Pero bueno, ¡aquí está! :)
Intentaré subir el próximo lo antes posible (de hecho me pondré a escribirlo ahora mismo aprovechando que tengo tiempo), para que no me odien tanto, jojo.
Con mucho cariño,
Merle.
PD: cuando pensé en la alarma, se me vino a la mente esa canción bien vieja media electrónica que decía ALAAAARMAAA, ¿la conocen? ¿no? ¿se me cayó el carnet? oh :c
