XIII
–Catarsis–

Desmond era un sujeto de mentalidad simple, a pesar de lo quejumbroso que podía ser en ocasiones. Realmente eran pocas las cosas que le harían salir de sus casillas, y por lo mismo, era capaz de ver las diversas aristas de una situación compleja, actuando siempre cuando las cartas estaban a su favor.

Sólo lo conoció durante un año. Pero el castaño se le había pegado cual lapa empedernida y, honestamente, a Law nunca le molestó –excepto, claro, cuando se tomaba confianzas no atribuidas, pero ese ya era otro aspecto de su personalidad simplona, lo cual dio pie a una confianza mutua a pesar de lucir como una unidireccional. Era un tipo relajado pero inteligente; aunque Law nunca se lo concediera, juntos formaban un equipo equilibrado. La mente calculadora de Law podía hacerle trastabillar y entonces Desmond, tan escueto como era, le hacía ver aquellas cosas en las que él no reparaba. Por eso, y por un montón de otras razones más, a Law se le hacía difícil creer que Desmond podría ser el causante de semejante escándalo en el salón principal, así como la idea de que estuviera cooperando con los planes de Pávlov le sabía incluso tan improbable como si uno de sus nakama lo hiciera.

Improbable, pero no imposible. Muchas cosas podrían haber cambiado con el paso del tiempo, sobre todo viviendo en ese oscuro continente. No cometería el error de poner las manos al fuego por alguien a quien no veía hace tantos años.

—Law —la voz de la navegante se oyó por sobre el ruido—. Deberíamos escapar de aquí cuanto antes. ¿Aún no logras comunicarte con Desmond?

El Den Den Mushi de Desmond, ahora con el cabello perfectamente peinado como su dueño, permanecía profundamente dormido. Sacudió la cabeza, resoplando contrariado.

—Si Desmond tiene problemas, puede cuidarse por sí solo —decidió entonces, guardando el pequeño aparato en su bolsillo—. En marcha; aprovecharemos el caos y saldremos de aquí.

Una vez Nami tomó los documentos de vital importancia entre sus manos, siguió los apresurados pero sigilosos pasos de Law fuera del estudio de Iván Pávlov. A medida que descendían por las escaleras alfombradas en rojo vino, la gente corría despavorida en todas direcciones. Las escaleras que conducían a la primera planta estaban obstruidas por la turbamulta de nobles, quienes se gritaban unos a otros olvidando ya las buenas formas mientras se empujaban entre insultos en voces horrorizadas.

El insistente sonido de la alarma, los gritos, los estruendos; todo se intensificaba de manera ensordecedora. Alaridos, llantos, plegarias absurdas y órdenes militarizadas cuyas palabras se perdían entre tiros y estallidos de vidrios.

La confusión y el caos reinaban en la mansión de Baskerville.

Sin alcanzar a comprender nada en absoluto, Nami y Law se vieron envueltos en aquel tumulto de gente encolerizada, apretujándose con violencia unos a otros en aquel sentido individualista de supervivencia que sólo el caos puede acrecentar en el hombre. Antes de verse aplastada por brutos empujones Nami alcanzó a aferrarse al brazo de Law quien hizo lo mismo con ella para apegarla a su pecho; el archivador con los documentos quedó firmemente aplastado entre sus cuerpos.

—¿Q-Qué está ocurriendo? —murmuró Nami lo suficientemente alto para que Law la escuchara. Desde su lugar sólo podía ver el cuello y parte de la barbilla del capitán. A Law su altura le permitió ver un poco más por sobre la marabunta: al final del amplio pero atiborrado pasillo, un grupo de soldados vestidos de negro impedían el paso a punta de armas.

—¡Por favor, señores! —vociferó uno de los soldados. Su voz sonó amortiguada tras la máscara que cubría su rostro—. ¡Mantengan la calma para proceder la evacuación!

—¡¿Que mantengamos la calma?! ¡¿Quieren que nos coman vivos?!

—¡¿Acaso no sabes quién soy?! ¡Este abuso te costará caro, imbécil!

—¡Muévanse de ahí, bastardos!

—¡Por favor, señores, sólo sigan el procedimiento y––

—¡Al diablo con los procedimientos, yo me largo de aquí! —exclamó un hombre—. ¡Si no nos dejan salir por las buenas, entonces será por––

La voz del hombre fue acallada por un repentino tiro al aire. La gente, pasmada, retrocedió de inmediato con un grito generalizado. Nami se vio aún más apretada contra Law, observando confundida el pronunciado ceño fruncido del capitán.

—¡SILENCIO! —ordenó el soldado con el arma empinada hacia el cielo—. ¡Si pierden la calma nos veremos obligados a tomar medidas drásticas! ¡¿Entendido, señores?!

—Cooperen con nosotros, por favor —continuó otro con tono apaciguador—. Debemos esperar a que el señor Pávlov emita la orden de evacuación. Hasta entonces, todos debemos mantener la calma.

El ensimismamiento de la masa pronto pasó a murmullos atemorizados. La mención de Iván Pávlov funcionó como el bálsamo para la cólera, y entonces el único escándalo que aún se oía provenía desde el salón principal; los tiros no cesaban y los gritos y los destrozos continuaban a sus espaldas.

—No puedo creer que ocurra esto justo en un día como hoy… —murmuró un hombre.

—Por favor, Dios mío, sácanos de aquí… —lloriqueó una mujer mayor junto a ambos piratas encubiertos.

Nami la observó aún con la confusión perpetua en su rostro, sintiendo empatía por la pobre mujer que temblaba y recitaba plegarias en el hombro de su esposo.

—¿Qué está pasando? —volvió a preguntar ella, buscando los ojos de Law que permanecían clavados más adelante—. ¿Puedes ver a Desmond?

Law frunció los labios y negó con la cabeza. Estaba seguro de que entre aquellas cabelleras relamidas no había ninguna castaña buscándolo de vuelta. Si no estaba allí cabía asumir que Desmond se vio envuelto en el caos del salón principal o, en el peor escenario, que estuviera aliado con Pávlov. En cualquier caso, ninguna de las posibles alternativas lucía muy esperanzadora para Desmond. Revisó por última vez antes de tomar una decisión; no podían perder más tiempo varados en ese mar de gente confundida.

Cuando abrió la boca para decir algo, uno de los bonitos vitrales que adornaba el pasillo se hizo trizas con un ruido estridente. La gente exclamó apabullada; Law presionó el agarre sobre la navegante cuando la masa rápidamente se agitó para apartarse de la zona formando un semicírculo.

Se hizo un breve silencio.

—¡E-ESTÁN AQUÍ! —exclamó alguien—. ¡LOS SABUESOS ESTÁN AQUÍ!

Y el caos volvió a estallar aún con mayor escándalo.

La turba intentó huir desesperada en todas direcciones empujándose nuevamente unos a otros, ignorando del todo al grupo de soldados que de manera inútil repetían su absurdo discurso de mantener la calma cuando el sabueso estaba allí, con su enorme figura irradiando un brillo extraordinario y con unos ojos rabiosos que refulgían con el color de la sangre. Gruñía y ladraba embravecido.

Nami lo oía. Law lo veía. Todos lo veían.

Se suponía que no eran reales; Law acababa de comprobarlo con un experimento ligeramente poco ortodoxo. Estaba seguro de que en ésta ocasión la sustancia estaba en el vino, sin embargo ahora era consciente de que el alucinógeno aún permanecía en su organismo a pesar de no haber probado un solo sorbo de la bebida, al contrario de la navegante. Los gruñidos se oían con una claridad que parecía superponerse por sobre todo lo demás, y lo único que le embargaba, al igual que al resto, era un abrumador sentimiento de desear escapar sin mirar atrás.

Era una droga, sabía que lo era. Una droga que estimulaba el sentido del miedo y luego gatillaba las alucinaciones. ¿Era posible una alucinación colectiva?

Negándose a aceptar esas sensaciones que no eran suyas, agudizó sus sentidos y permaneció firme a pesar de los violentos empujones. Parpadeó con fuerza y se mordió el labio inferior, refugiándose en la autenticidad del dolor y en el sabor de la propia sangre en su boca.

El dolor era real. No los sabuesos, no el miedo inexplicable.

Nami se revolvió entre sus brazos. Volvió su atención hacia ella, observando sus ojos color chocolate abiertos con desmesura por la descarga de adrenalina. El ojo humano se sale realmente de su órbita con el miedo; eso lo sabía él. No es que se abran más de lo normal, sino que se proyectan hacia afuera al aumentar la presión sanguínea de los fluidos craneales. Así lucía la navegante; así lucían todos en ese lugar estrecho de gente aterrorizada por un perro fantasmagórico.

El perro ladraba, pero no atacaba. Gruñía rabioso y su lomo se alzaba, pero sus patas no se movían sobre los trozos de vidrio rotos.

El grupo de soldados tenía sus armas apuntándolo, pero no disparaban. Y a pesar de llevar sus rostros encubiertos, Law era un perfecto conocedor del lenguaje corporal, descubriendo que los soldados no tenían intención alguna de arremeter contra el animal sino que permanecían en sus lugares impidiéndole a la gente salir de ese pasillo.

Había un sutil olor camuflado con el de la pólvora. La niebla ingresaba como un manto blanco, picándole los ojos… Y cuando volvió a parpadear con fuerza para quitarse la molestia, de pronto los abrió con desmesura al igual que Nami, mirándola como si en ella hubiese encontrado las respuestas difusas a sus preguntas sin rumbo.

Cuando las oscuras sombras de la duda se desvanecieron, Law pudo verlo todo con claridad.

Sin previo aviso tomó los hombros de la navegante y la giró para que viese también al sabueso ignorando su expresión pasmada y sus protestas inconexas. La pegó nuevamente a su pecho, extrajo un bisturí de su bolsillo y pasó uno de sus brazos frente a los hombros de Nami.

—Nami —habló contra su oído para que le escuchara con claridad—. Puedes verlo, ¿verdad?

—¿Qué…? —balbuceó, intentando retroceder sin lograrlo—. ¡C-Claro que puedo verlo! ¡Dijiste que no era––

—Observa con atención —interrumpió Law—. La niebla, Nami, tú lo dijiste. El alucinógeno ha estado frente a nuestras narices durante todo éste tiempo.

Nami giró la cabeza para mirarlo sobre su hombro, aunque no fue capaz de quitarle los ojos de encima al sabueso que continuaba ladrando y gruñendo en aquel rincón. A pesar de ese ya experimentado miedo visceral que aturdía a sus sentidos, Nami realmente intentó concentrarse en lo que Law le pedía, pero no tenía una mente tan fría como el cirujano. Cada vez que el sabueso ladraba, su atención volvía hacia él y sólo quería huir, pero Law la tenía firmemente sujeta contra su pecho obligándola a permanecer allí.

—No es real —sentenció Law entonces.

Antes de que Nami protestara algo más, Law empuñó con su mano libre el bisturí frente al rostro de Nami que, con un rápido y grácil movimiento de su muñeca, terminó enterrado en el cuello del sabueso.

El perro soltó un alarido estridente mientras caía rendido sobre sus cuatro patas enormes. Law tomó los hombros de Nami con ambas manos y la forzó a acercarse al sabueso agonizante que poco a poco abandonaba sus gruñidos transformándolos en el llanto de animal herido.

—L-Law… ¿qué estás haciendo?

—Abre los ojos, míralo bien —demandó contra su oído—. Es real.

—Acabas de decir que no es––

—Sólo es un perro —continuó Law—. Un perro común y corriente.

Nami frunció las cejas, observando al animal que se retorcía sobre el vidrio ensangrentado con alaridos estremecedores. La niebla poco a poco comenzaba a nublarle la vista, pero pudo ver cómo el brillo natural del sabueso comenzaba a perderse con cada aliento que daba.

La niebla, el enorme sabueso…

—Sólo es un perro —repitió Law.

Entonces Nami comprendió. Fuese por las palabras de Law susurradas contra su oído como una suerte de hipnotizador o por su siempre perfecto pero latente conocimiento como navegante, Nami de pronto lo vio con claridad. Estrechó los ojos cuando el brillo del animal desapareció y entonces frente a ella no había más que un canino de características ordinarias que se debatía entre la vida y la muerte. Sus ojos perrunos ya no eran rojos ni portadores de la cólera, sólo eran los ojos inocentes de un animal confundido y asustado.

—Es un perro… —murmuró Nami cuando fue librada de la alucinación.

Law soltó sus hombros y se acercó al perro, sentándose de puntillas para extraerle el bisturí con un rápido pero cuidadoso movimiento. El tumulto de gente detuvo sus gritos, observando la escena entre curiosos y horrorizados. En el silencio que reinó, Nami apenas alcanzó a escuchar a Law murmurar algo que sonó muy parecido a una disculpa mientras presionaba la herida del animal sin dejar de acariciarle el lomo hasta que finalmente dejó de respirar. Vagamente recordó el trato que mantuvo el capitán con Brego, aquel bonito caballo negro al cual habían perdido.

Al ver al perro muerto, Nami comprendió el efecto de la droga: un miedo irracional que convertía al animal más ordinario en una bestia abominable ante ojos perturbados. Paseó sus ojos ahora libres por el grupo tras ella, notando que aún portaban expresiones cegadas de espanto y terror.

Iván Pávlov no sólo utilizó animales indefensos para crear una pesadilla, sino también a su propio personal para experimentarla.

Los pomposos guantes blancos de Law quedaron manchados en sangre. Limpió el bisturí sin cuidado en sus ropas mientras se incorporaba. De pronto, el seguro de las armas de los soldados rompió el silencio.

—¡Oigan, ustedes! —exclamó aquel soldado de poca paciencia—. ¡¿Qué creen que están––

El bisturí de Law, ésta vez arrojado con una fuerza desmedida, voló con tal rapidez que el hombre si quiera pudo verlo cuando ya estuvo estampado justo entre sus cejas. La máscara se hizo pedazos mientras caía sobre sus rodillas con un ruido sordo. La gente que no parecía hacer otra cosa más que exclamar y arrebullarse al otro extremo del pasillo ahora parecían haber transferido su miedo hacia el capitán, evitando la cercanía como podían con rostros horrorizados.

Room.

Sin perder un segundo más, Law tomó a Nami de un brazo, alzó una de sus manos frente a él y el domo azulino apenas alcanzó a extenderse antes de que los soldados reaccionaran. En un abrir y cerrar de ojos, ambos desaparecieron de aquel estrecho pasillo.


Sus ojos estaban abiertos, pero no veía. Ya no. Las imágenes continuaban, una y otra vez, y ya no las comprendía.

Quiso pensar en algo coherente, pero sus pensamientos se perdían entre quimeras alienadas que lo adormecían, lo aturdían. Sus párpados no se cerraban. No se cerrarían.

Cada ciertos minutos, un hombre al cual no veía se aparecía a su lado, le hacía una pregunta y luego le echaba un par de gotas en los ojos, provocando un efecto aliviador similar al de un parpadeo. Pero no era igual. Los ojos le ardían. Las lágrimas caían rendidas quemándole las mejillas.

Las imágenes y el ruido continuaban. Una y otra vez. Los perros, la niebla, Pávlov, Dharma, Burmecia, el hombre de las gotas, los perros, la niebla, Pávlov… Y el círculo continuaba cada vez más rápido; llegaba a su fin y volvía a repetirse.

La desesperación ya lo había abandonado. La voz hace mucho que se le había perdido en la garganta destrozada por sus gritos. Sus músculos estaban demasiado fatigados para retorcerse. Y su cerebro había recibido un daño considerable como para emitir cualquier orden.

—Doctor Strauss —habló el hombre de las gotas—. ¿Conoce a Trafalgar Law?

La pregunta formulada en un tono monótono e impersonal se la había hecho tantas veces que ya le sabía rara. Como cuando se repite una y otra vez una misma palabra y al rato parece perder su sentido. Pero de alguna forma vaga e instintiva, sabía que no debía responder a esa pregunta, por mucho que su cuerpo y su cerebro se lo pidieran a gritos. Las imágenes eran de apariencia inofensiva, casi una sátira infantil, pero contenían un fuerte sentido subliminal que le estaba provocando náuseas. O tal vez eran las intravenosas, que quién sabe qué le estaban suministrando. O probablemente eran los aparatos que mantenían sus párpados abiertos; el cansancio visual no debía ser subestimado.

—Doctor Strauss. ¿Conoce a Trafalgar Law?

Sabía que su silencio otorgaba una respuesta afirmativa. A pesar de que en un principio se negó rotundamente haciéndose el desentendido, intentando mantener oculta la identidad y su relación con el mentado capitán con todas sus fuerzas, Iván Pávlov era un viejo suspicaz y Desmond un tipo demasiado fiel.

—Doctor Strauss. ¿Conoce a Trafalgar Law?

Él mismo se hizo la pregunta en más de una ocasión. Sabía de su familia, de sus gustos reducidos y sus disgustos numerosos. Sabía cómo Law reaccionaría ante una u otra cosa, aunque usualmente sus respuestas eran más sorprendentes y divertidas que sus supuestos. Desmond admitía que se le había pegado como una lapa durante un año completo de estudio antes de que Law abandonara y se dedicara a la piratería, pero también admitía –y Law probablemente lo sabía– que eran pocas las personas con las que él se encaprichaba. Law tenía una mente increíble y una voluntad de hacer lo que se le antojara. No como él, que muchas veces sus miedos le hacían desistir.

—Doctor Strauss. ¿Conoce a Trafalgar Law?

Sí, lo conocía. Desmond podía depositar su confianza completa en el cirujano, pero también sabía perfectamente que Law era, por naturaleza, un hombre desconfiado y receloso. Es por eso que cuando su Den Den mushi sonó en su bolsillo mientras era maniatado en aquella silla frente al enorme monitor, una inevitable sonrisa se le formó en sus labios nerviosos. Sin embargo, ese simple descuido constituyó su peor error. Porque Pávlov era un viejo muy astuto, y Desmond demasiado leal a quienes consideraba.

No vengas aquí, Law…


Nami parpadeó, intentando acostumbrarse a la repentina oscuridad. Lo único que podía ver con claridad eran los ojos de Law. La luna brillaba como la plata en esos ojos grises que se paseaban de un lado a otro evaluando el espacio con precaución. Cuando Law estuvo seguro de que no había nadie más que ellos en lo que parecía ser una bodega deshabitada, sólo entonces soltó el brazo de la navegante.

Law resopló, quitándose los guantes y arrojándolos a un rincón junto al elegante sombrero de copa. Ya no tenía caso seguir ocultando sus identidades; los soldados debían de estar buscándolos por todas partes.

—¿Dónde estamos? —quiso saber Nami, cuidando el volumen de su voz.

—En un nivel subterráneo —murmuró Law. Si bien no le gustaba realizar movimientos imprudentes como teletransportarse a lugares que desconocía, no le apetecía involucrarse aún con un pequeño grupo de soldados. No de momento.

—¿Desmond está aquí?

—Probablemente —asintió Law, asomándose por el ventanal con cautela.

Afuera, la mansión era rodeada por unidades de soldados y caninos amaestrados. Frunció las cejas, molesto. Era un montaje tan descarado que le hacía sentir profundamente ofendido por hacerle caer en una trampa tan simple.

—Así que la droga está en la niebla —musitó Nami—. ¿Cómo lo descubriste?

—Los soldados no están aquí para resguardar a la gente de los sabuesos. Asumo que pretenden todo lo contrario considerando su reacción luego de deshacernos del animal —explicó Law—. Además, llevan máscaras de gas. La niebla no les afecta.

—Lo último no lo supiste hasta que atacaste a ese hombre, ¿verdad? —apuntó ella, ante lo cual Law se encogió de hombros con cierta indiferencia—. Si llevan máscaras de gas, significa que ellos pueden ver la verdadera apariencia de los perros. No son sólo monigotes de Pávlov, están involucrados en su montaje.

—Exacto —asintió Law—. Lo cual descarta al personal del laboratorio y se reduce a un grupo más selecto.

—¿Desmond…?

—No lo sé —admitió él su incertidumbre—. Tendremos que averiguarlo.

Nami frunció los labios, pero sonrió. Al igual que Law, la posición de Desmond también le producía dudas, pero quería confiar en el castaño. Apenas lo conocía, pero –tal vez por influencia de Luffy y su naturaleza confiada– Nami no podía concebir que alguien de apariencia honesta y de gestos excesivamente desenvueltos formara parte de un cruel montaje experimental. Las apariencias podían ser engañosas, pero nadie podía cambiar su esencia con tanta facilidad. Cuando Law confió en Desmond, Nami hizo lo mismo de inmediato. Incluso le había gustado; sus descabelladas ocurrencias y sus comentarios fuera de lugar honestamente le causaban más gracia que molestia.

En la oscuridad de la pequeña estancia, su sonrisa fue una aliviada. Si el capitán no quería desechar aún la confianza de Desmond, ni mucho menos abandonarlo a su suerte –aunque lo último se trataba de una lectura implícita en sus palabras–, ella tampoco lo haría.

Una pequeña onda se extendió bajo la palma de Law y en menos de un segundo, la nodachi –antes oculta en el vehículo de Desmond– volvió a sus manos

—¿Lista? —preguntó el capitán, acercándose hacia la única puerta.

Nami le tendió el archivador con los documentos y luego se levantó con cuidado el borde del vestido desde su pierna izquierda para tomar el Clima Tact. Un suave golpe en su cabeza la detuvo. Arqueó una ceja, mirando al cirujano que acababa de darle con la empuñadura de la nodachi. Law soltó una risa aterciopelada.

—No es necesario que hagas nada —dijo divertido—. Sólo hazte cargo de estos documentos; no los pierdas por ningún––

—Law, no soy una damisela en apuros a la que tengas que proteger constantemente —le reprochó la navegante, enseñándole la lengua con picardía mientras armaba el arma en un rápido movimiento de sus manos—. Soy una pirata. No lo olvides.

Law volvió a reír, tendiéndole los documentos cuando Nami lo solicitó con una mano demandante.

—Punto bien hecho, señorita Nami —concedió él—. Como de costumbre.

—Muchas gracias, señor Trafalgar —puntualizó ella. Una sonrisilla vanidosa le danzaba en los labios.

—¿Ahora sí, lista?

—Espera —se acercó un poco a él, extendió una mano, y de un tirón le arrancó el falso mostacho que el capitán parecía a ver olvidado—. Ahora sí, vamos a por Desmond.

Law dio un respingo ante el repentino movimiento y frunció las cejas, pero la sonrisa no se le borró. Sus ojos grises brillaron por primera vez ante los suyos con tal genuina diversión que a Nami le provocó una contracción vertiginosa pero muy agradable en el estómago. Decidió hacer el ambiguo pensamiento a un lado cuando Law se giró y posó una mano tatuada en torno al pómulo de la puerta.

—Vamos, entonces —murmuró el cirujano, abriendo la puerta sin emitir ruido alguno.

Afuera de la bodega había un pasillo estrecho alumbrado precariamente con tubos fluorescentes que funcionaban de manera intermitente. El piso, los muros y el techo eran de concreto, y en el aire rondaba el húmedo olor característico del abandono. A Nami le recordó los confusos pasillos del asilo de Marlett, aunque allí en lugar de temer a locos dementes, la preocupación era mayor cuando se trataba de una escalofriante mente brillante como la de Iván Pávlov que, al parecer, estaba interesado en ellos, principalmente en el capitán.

Law acomodó la nodachi contra su hombro y con su mano libre le hizo una seña a la navegante para que le siguiera cuando no vio ni escuchó a nadie rondando cerca de ellos.

El silencio plúmbeo del pasillo era perturbado por el zumbido de los tubos luminosos y por el taconeo de Nami, que por mucho que se forzó por caminar con suavidad, la peligrosa agujilla de sus zapatos de igual manera hacía eco en cada extremo del lugar. En el momento en que estuvieron por dar la vuelta en un pasillo, escucharon un par de voces masculinas conversando entre ellas. Law se detuvo pegándose a la pared. Nami lo imitó a su lado.

—Dentro de cinco minutos se procederá a la última parte de nuestra misión —habló un hombre de voz prepotente—. La orden de evacuación es absoluta.

—¿Cinco minutos…?

—¿Está todo en orden, soldado?

—¡S-Sí, señor! —exclamó el segundo, vacilante—. …Pero mi compañero aún está interrogando a uno de los rehenes. El señor Pávlov ordenó que no abandonáramos nuestros puestos hasta obtener lo que desea, señor.

Law y Nami intercambiaron miradas rápidas, sin necesidad de formular palabras.

—La orden de retirada es absoluta, pero una orden directa del señor Pávlov es inamovible —dictó el de voz prepotente que denotaba una posición jerárquica más elevada que el otro.

—¡Sí, señor!

—Si no quieren fracasar no en una, sino en dos misiones fundamentales, su compañero tiene cinco minutos… no, cuatro minuto y treinta segundos para hacer hablar al rehén antes de que todo esto estalle. ¿Entendido, soldado?

—¡E-Entendido, señor!

—Muy bien, entonces —finalizó el hombre—. Manténgase firme, soldado.

Nami miró a Law con la ansiedad en sus ojos tras escuchar semejante fragmento de información. Law frunció las cejas, decidiendo que, definitivamente, ya no había tiempo que perder con interrogantes. Los minutos estaban contados.

Antes de que el soldado raso asintiera con otro de sus grititos de hombre militarizado, Law –sin salir de su lugar oculto tras el pasillo– apenas pronunció una palabra hasta ahora desconocida para oídos de Nami.

Scan —murmuró él, desenvainando unos centímetros la nodachi infundida de un tono azulado como el Room mientras hacía un lento movimiento con el arma.

Nami lo miró curiosa; aún había muchas técnicas del capitán que ella desconocía. Sin embargo, de todas las cosas, no esperó que de un momento a otro aparecieran como por arte de magia un montón de armas de fuego a su lado. Law desenvainó por completo la nodachi, y mientras los hombres exclamaban tras el pasillo con grititos confundidos, le dedicó a la navegante una última mirada. A Nami le pareció que quería decirle algo, pero no lo hizo.

Quédate aquí, yo me haré cargo; eso pretendía decir. Pero ya que ella decía no ser una damisela en apuros a la cual debía proteger… se echó a correr finalmente dando la vuelta al pasillo para encarar a la pareja de soldados ahora desarmados. Nami empuñó con fuerza el Clima Tact, pero cuando se empeñó en seguirle, las armas amontonadas llamaron su atención.

No es que fuera precisamente una experta en armas, pero cuando se vive en la piratería y las armas de fuego constituyen una amenaza constante, debía tener algunos conocimientos básicos. Dejándole el pequeño trabajo a Law a la vuelta del pasillo desde donde oía gritos escandalizados y estuvo segura de oír también una ligera carcajada divertida del cirujano, se sentó de puntillas y tomó una de las armas. Volvió el seguro a su lugar por precaución y, tras varios intentos antes de descubrir el truco, quitó el cargador.

Los casquillos de las balas redondeadas eran singulares. El cargador mismo tenía en su interior un diseño peculiar, y Nami sabía el por qué. Los gritos de la pareja de soldados por alguna razón sádica y grotesca se detuvieron gracias a Law, pero pronto fueron reemplazados por una unidad de numerosos soldados que se aproximaban a paso rápido desde el pasillo donde Nami aún estaba sentada de puntillas.

—¡Éste lugar es un espacio restringido, señori––

Room —arremetió Law, posicionándose frente a la navegante con la nodachi firmemente empuñada. El domo azulino se extendió rápidamente, engolfando cada uno de los rincones de los pasillos y al grupo de soldados que no pareció amedrentarse demasiado ante aquello.

—¡Trafalgar Law! —vociferó uno de los soldados de mayor rango. Los hombres tras él apuntaron a la pareja a espera de la orden de fuego—. ¡Ríndete y baja el arma de manera pacífica! ¡En caso contrario, tenemos órdenes de hacer lo necesario para doblegarte!

Law arqueó una ceja. ¿Doblegarlo?

—Esas son palabras demasiado grandes para un hombre de tu talla, señor soldado —murmuró Law. Sus ojos se ensombrecieron peligrosos aún con la carencia de su perdida gorra o del sombrero de copa.

—Law —lo llamó Nami, incorporándose con precaución—. Ten cuidado, las balas están hechas de––

—¡Silencio! —interrumpió el soldado—. ¡Arriba las manos! ¡No te atrevas a oponer resistencia!

Law frunció las cejas con molestia. Ignorando las atrevidas órdenes del soldado, empuñó la nodachi preparándose para un corte letal que se haría cargo de todos por delante. Sin embargo, el movimiento alertó a los hombres.

—¡Fuego!

Los soldados jalaron los gatillos, y la ráfaga de balas estalló. Law rápidamente alzó una mano, consciente de las pequeñas piedrecillas que servirían de reemplazo para las balas, pero sus planes fueron detenidos. De la nada, Nami tiró del brazo extendido de Law y se cargó contra él con la fuerza que sólo se obtiene tras la desesperación, hasta hacerle caer junto a ella para protegerlo de las balas. Law se dio contra el piso e instintivamente se giró sobre la navegante y se cubrió la cabeza cuando las balas pasaron desperdigadas sobre ellos.

Todo ocurría demasiado rápido, en cuestión de milésimas de segundos.

Aprovechando una pequeña apertura, Law apenas se incorporó y realizó un corte en el aire que logró cortar a cada uno de los hombres a la mitad. La confusión generó una pausa; las balas cesaron entre gritos despavoridos.

El capitán se incorporó rápidamente, tirando del brazo de la imprudente navegante para llevársela consigo y soltarle una buena reprimenda. Pero su brazo estaba lánguido. Sus piernas no reaccionaron; no se movieron.

Entre el barullo de los gritos, Law parpadeó confundido; su furia contra Nami transformándose en una vertiginosa preocupación. Se inclinó para tomarle los hombros, y entonces sus ojos se abrieron con desmesura. Las manos le temblaron.

La cascada de cabellos naranjos estaba ensangrentada.


¡PERDÓOOON! No hay excusa que valga para tanta demora. Estudios, trabajo… ya saben, la vida del estudiante proletariado (¡brr!)

Éste capítulo fue un caos, no sé si es muy complejo o yo me rompo mucho la cabeza. En un principio lo escribí desde la perspectiva de Nami, pero no había forma de avanzar. Luego escribí todo de nuevo (sí, TODO) desde el punto de vista de Law, y ahí si me anduvo mejor la cosa.

Ah, hoy decidí ponerle título a los capítulos, ¿lo notaron? "Catarsis", en términos simples, hace referencia a una purificación, a una liberación, o al "darse cuenta de". En éste caso aplica a la "expulsión" de la droga. Quizás me tome el tiempo de ponerle nombre también a los anteriores…

¿Era muy obvio que la droga estaba en la niebla? ¿Los dejé en ascuas de nuevo? Al menos pueden estar seguros de que no maté a Nami (?)

Una vez más, me disculpo por la tardanza. Me postro a sus pies ;o;
¡Abrazos!

Ah, respuestas a reviews de anons:

Tina: cuando Nami pregunta cuál es el motivo de celebración, Pávlov les cuenta que un día como ese el Conde estaría de cumpleaños; la fiesta es en conmemoración a él y la tragedia misma que envuelve al pueblo. Cuando escribí esa parte pensé que tal vez debería especificar un poco más, pero luego creí (muy mal) que era innecesario ya que podía inferirse del diálogo mismo. Lo siento, me atonté u_u. En cuanto a lo segundo estás en lo correcto, lo último que menciona Pávlov es difuso porque finalmente no revela nada sobre los sabuesos y a la vez no queda claro si sabe o no quiénes son Law y Nami. Espero haber resuelto tus dudas :)

Panthera Kira: "Los perros de Baskerville" es una novela maravillosa, la he leído tantas veces que casi ya rallo en la obsesión… es que Conan Doyle me vuela la cabeza ¡jaja! La adaptación aquí es mucho más simple, la idea de los sabuesos llevada a un contexto contemporáneo y un poco más tergiversada, como ya puedes ver en éste capítulo. ¡Muchas gracias por tus palabras y tu entusiasmo! Ay, contigo me disculpo el triple por demorar, créeme que tu último review me impulsó a terminar éste capítulo de una vez por todas xD ¿Qué tal si te haces una cuenta? Así te mantengo un poquito más informada para que no tengas que pasearte todos los días por aquí D:

SuperLaw: ¡Gracias a ti también! n_n Law y Nami van teniendo sus momentos de a poco, no serían tan bonitos esos pequeños encuentros si todo se diera de pronto y sin motivo, ¿verdad? Law debía sentir un poquito de culpa y Nami darse cuenta de que en ese lugar su único y más fuerte pilar es el cirujano, jojo. Oh, ¡y no te preocupes por no comentar siempre, que no es obligación!