Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XV
–Agridulce–

Con un ahogado jadeo y un sobresalto, Nami despertó con el corazón galopante. Por un par de segundos estuvo desorientada, pero luego descubrió sin alivio ni amargura que se encontraba justo donde se había dormido.

El carruaje estaba detenido. Afuera aún no amanecía.

El canto solitario de una gaviota fue amortiguado por el rugido de las olas en una melodía sublime. Cerró los ojos, deleitándose en la armonía natural, reconociendo la sonoridad familiar.

De pronto notó cuánto lo extrañaba. El mar y su envergadura indómita; ¡cómo añoraba perderse en su oleaje libre, en su olor salino y en sus seductores límites franqueables! El desafío constante de la vida en alta mar, el medirse a sí misma –encontrándose en las más primitivas condiciones humanas, aferrándose a la vida con las manos desnudas y la propia cabeza– y el recibir los nobles regalos del mar: sus golpes duros, díscolos, que a quienes lo conocen mejor sin pecar nunca de soberbios les hacía no necesariamente más fuerte sino, más bien, les hacía sentir fuertes.

Sin embargo inmersa en aquel continente Nami se sentía débil, y sabía que eso nada tenía que ver con cansancio, drogas ni nieblas artificiales. Su resoplido fue uno anhelante, y abrió los ojos a regañadientes decidiendo enfrentarse a la realidad.

Desmond permanecía dormido frente a ella. Law no estaba en la carroza.

Miró por los ventanales sin distinguir más que un paisaje estéril. La tímida luz de una luna creciente bañaba en blanco la arenilla. Tardó en reparar en lo inusual del nuevo escenario; luego de semanas errantes entre caminos de tierra y pueblos confusos, nunca antes habían dado con la costa.

Un golpe de adrenalina ilusionada le subió desde las entrañas, y sin perder más tiempo abrió la puerta del carruaje recibiendo con una sonrisa trémula la gélida brisa de la noche que olía idéntica a la brisa marina.

En la intemperie las olas rugían con fuerza y entonces vislumbró aquel manto negro, abismal y majestuoso que bajo la luna se teñía de suaves fulgores blancos. Sus piernas corrieron en su dirección.

—No te acerques demasiado —la suave voz de Law la sobresaltó—. Si caes desde ese acantilado me temo que no podré sacarte de allí.

Nami le miró apenas por sobre el hombro y, cuando vio que la oscura silueta del capitán se aproximaba a ella, volvió su atención al mar. El viento silbaba, le desordenaba los cabellos e insistente le golpeaba el cuerpo. A lo lejos, allí donde usualmente no logra distinguirse la división del cielo nocturno y el mar oscuro, una tormenta lejana se debatía en su límite ilusorio.

—El mar… —murmuró lo que su mente celebraba jubilosa.

—El Grand Line —especificó Law.

—¿Crees que logremos conseguir un barco?

Su pregunta no obtuvo respuesta, pero ella realmente no esperó por una. Alzó sus ojos y observó a Law, descubriendo un par de detalles inusuales en él.

Lo primero le recordó a Sanji; que por cierto, ¡cuánto daría por estar en la acogedora cocina del Sunny probando cuanto bocado exótico le preparara el cocinero!

—No sabía que fueras un fumador —apuntó Nami. La punta del cilindrillo refulgía débil en la oscuridad de la noche.

—No lo soy —aclaró él, dándole una larga calada al cigarrillo entre sus labios—. Desmond, por el contrario, es un fumador empedernido.

—¿Cómo es que nunca lo he visto fumar?

—Porque odio el cigarro —puntualizó Law, arrojando la colilla a sus pies y pisoteándola con gesto asqueado.

La navegante arqueó una ceja. Así que eso de ser mandón no era sólo con ella. Sonrió divertida, aunque su sonrisa tambaleó cuando se preguntó por qué, si odiaba el cigarro, estaba fumando. Supuso que la respuesta tácita en su acción era una amarga. Y lo entendía, porque de alguna forma u otra, sus vidas eran similares y sus deseos y sueños muy afines. El largo silencio que les siguió lo confirmaba.

Law volvió a hacer lo segundo que llamó la atención en ella. Observó algo en su palma, y cuando el viento sopló con más fuerza, cerró sus dedos para proteger aquello que sostenía.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó curiosa, acercándose un poco a él.

—Una VivreCard.

—¿Eh?

—Una Vivre Card —repitió Law, soltando un bufido antes de explicarse—. Es un trozo de papel hecho con––

—¡Sé lo que es! —exclamó, interrumpiéndole—. Dios, ¡¿cómo no lo pensé antes?! —continuó ella, escudriñando entre sus ropas sin encontrar lo que buscaba—. ¡Ah, dejé la de Rayleigh en––

—Es inútil —le cortó él de vuelta cuando Nami pretendió volver al carruaje en busca de sus pertenencias y la propia Vivre Card—. No funciona.

—¿Cómo que no funciona?

Law tomó la mano de Nami y, con cuidado, dejó la tarjeta en su palma escudándola del viento con las propias. La navegante tenía ojos agudos, no necesitó de mayor iluminación.

—No se mueve —dijo ella, confundida.

—Mientras salíamos de Baskerville se movió hacia esta dirección durante unos minutos. Luego dejó de moverse.

Nami frunció las cejas, escrutando el pequeño trozo de papel a espera de un mísero movimiento. Pero no ocurrió nada, la Vivre Card se quedó en su palma cual trozo de papel ordinario. La tomó y la investigó detenidamente por ambos lados como si pusiera en duda la procedencia de la tarjeta. Pero era igual a la suya, la textura era la misma. Y Law no era idiota, no ponía en duda la inteligencia del cirujano.

¿Por qué no funcionaban las Vivre Card? Ni ella ni Law tenían la menor idea. Era una nueva pregunta para la enorme lista de interrogantes sin respuestas.

—¿Bepo? —pronunció el nombre que leyó en la tarjeta antes de entregársela al capitán, decidiendo aventurar la conversación con una pregunta más simple.

—Es el nombre de mi primer oficial —murmuró él, observando el papel por última vez antes de guardarlo en su bolsillo. Ante los ojos de Nami, lucía casi taciturno. El siguiente comentario no se lo esperó—. …O al menos antes lo era.

—¿Qué dices? ¿A qué te refieres con antes? —Parpadeó un par de veces, incrédula—. Espera, ¿crees que él…?

Nami dejó la pregunta inconclusa. Law asintió, se encogió de hombros como si quisiera restarle importancia al asunto y evitó la mirada de Nami desviando su atención hacia el mar. En sus ojos grises brillaban la luna y la tormenta, y la navegante estuvo segura de ver otro tipo de tormenta –una personal y angustiosa– debatiéndose en los ojos del capitán.

¿Era por la Vivre Card? ¿Creía que su primer oficial, Bepo, había…?

Ver la errónea creencia escrita en la cara del capitán la estremeció. La situación, para ambos, era precaria, negativa y del todo ambigua; era completamente innecesario sumarle a todo aquello suposiciones equívocas.

En un impulso arrebatado, sin pensarlo siquiera, tomó la mano fría de Law en la suya y la presionó con suavidad para llamar su atención. El capitán dio un pequeño respingo ante el contacto, volviendo su mirada grisácea hacia ella. Sus cejas se alzaron con curiosidad, más no apartó su mano cuando notó la determinación de la navegante.

—Está vivo, Law —aseveró ella con firmeza—. Cuando el propietario de una Vivre Card muere, la tarjeta arde hasta desvanecerse. Desconozco por qué ahora no funciona, pero… —frunció las cejas, llevando su mirada hacia el mar—. Pienso que tal vez esa tormenta tenga algo que ver. El Florian Triangle se caracteriza por sus condiciones climáticas fluctuantes que, naturalmente, afectan el continente al estar en su interior. La hermana Mary dijo que las corrientes del triángulo protegen el continente —hizo una pequeña pausa, mordiéndose el pulgar de su mano libre con gesto pensativo—. En vista de la experiencia, me atrevería a decir que este clima, más bien, aísla al continente del mundo exterior, manteniéndolo incomunicado. Supongo que con las Vivre Card no es muy diferente; debe tratarse de una interferencia de algún tipo o algo por el estilo. Lo cual es una buena noticia, ¿no crees? Dijiste que la Vivre Card de Bepo se movió por unos minutos. Eso significa que es muy probable que exista un modo de atravesar esas corrientes.

La navegante finalizó su argumento asintiendo con la cabeza, contenta consigo misma. Law la observó en silencio y no fue hasta que Nami volvió a mirarle que su expresión cambió; sus labios se curvaron en una sonrisa genuina y sus ojos se suavizaron. Y esa sonrisa, tal como en aquel cuartucho en la mansión de Baskerville, le provocó a Nami un revoloteo vertiginoso en el estómago, un ligero rubor en las mejillas y un deseo inevitable por imitarle.

En aquel escenario estéril donde las olas golpeaban con furia, se encontró incluso soltando una grácil carcajada.

—Eso tiene mucho sentido, señorita Nami —concedió Law, complacido—. Entonces deberíamos continuar nuestro viaje, encontrar un pueblo costero y conseguir un barco para corroborar esa teoría.

Cuando se vislumbra un haz de luz al final del túnel los caminos cobran apariencias simples. Pero no son más que eso, apariencias; los caminos siguen siendo complejos. Tanto encontrar un pueblo seguro –alejado de las manos de Pávlov– como conseguir un barco para zarpar al mar no serían trabajos simples, ni mucho menos, fáciles.

—¿Podemos esperar un momento? —pidió ella—. Me gustaría disfrutar esto un poco más…

Law comprendió y no le fue difícil ceder, porque cuando se empeñó en seguir la dirección que por unos breves minutos le indicó la Vivre Card de Bepo, cuando reconoció el aroma zahareño, la brisa húmeda y confirmó el rugido de las olas, cuando supo que su pesquisa no formaba parte de una cruda alucinación, le corrió por las venas ese deseo indomable de quitar sus pies sobre la tierra y sumergirse en el brío del mar anhelado.

Era un pirata. Un capitán pirata. Un hombre libre ahora coartado de mil maneras a permanecer en tierra, en un continente perdido, en una burbuja prácticamente inexistente en la realidad cotidiana. Para quien no tiene de qué –o quién– aferrarse, sería fácil perder la cordura.

La delicada mano de la navegante era ínfima en la suya. Pequeña, tersa, cálida. Ella era real, originaria de esa realidad añorada. Nami era lo más real que tenía.

—Vamos, vas a enfermarte —al cabo de unos minutos en silencio, dijo aquello con suavidad—. Además, debo tratar a Desmond cuanto antes.

Nami asintió y le soltó la mano, reparando sólo entonces en el frío de la noche cuando un escalofrío le recorrió la espalda y le erizó la piel. Se abrazó los brazos y emprendió un ligero trote hacia la carroza. Cuando estuvo por abrir la puerta y vio a Law subirse tras los caballos para tomar las riendas, no pudo evitar que una nueva pregunta le aflorara. Law arqueó una ceja indicándole con un movimiento de su cabeza que subiera al carro, pero Nami frunció los labios y bajó la mirada al piso, insegura.

Era una pregunta irrelevante. Pero quería saberlo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Law se mantuvo en silencio y por respuesta se encogió de hombros al ver que Nami no hablaría hasta que se lo concediera. Alzó la vista, titubeó un poco, y continuó—: ¿Por qué te enfadaste tanto cuando recibí la herida de bala?

El cirujano la observó sin responder, y la navegante se temió que Law no entendió la pregunta o tal vez que no le escuchó. Los impasibles ojos de Law la inquietaron en su silencio.

—Quiero decir… —se rascó la mejilla, dubitativa—. Eres un usuario, no sabía si podías tratar con balas de kairouseki. No es que quiera excusarme, es sólo que––

—¿Acaso no es obvio?

Nami abrió un poco los ojos ante la escueta pregunta por respuesta. Parpadeó perpleja, asintió un par de veces y sin mediar más palabras se subió al carruaje y cerró la puerta sintiéndose ligeramente desorientada. Al cabo de unos segundos, los caballos tiraron de la carroza en un amortiguado trote contra la arenilla.

Es sólo que me pareció grosero de tu parte, es lo que pretendía decir con ánimos de hacer valer su osadía. Aunque, siendo honesta, el arrebato de Law le pareció más curioso que cualquier otra cosa.

¿Acaso no es obvio? La obviedad era la misma que en su propia acción. ¿Por qué no dudó en protegerlo? Si Law se lo preguntaba, probablemente ella hubiese contestado algo similar. La diferencia radicaba en que el cirujano era un hombre frío, infame y un tanto retorcido, pero también era cierto que con el paso del tiempo a Nami se le hacía cada vez más difícil cuadrar esas características en él; Samuel, la supuesta mano derecha de Pávlov en Baskerville, era prueba fehaciente de que el capitán no era tan cruel como lo pintaban. No tenía motivos para salvarlo de la explosión, así como tampoco los tenía para enfadarse por la imprudencia de la navegante.

No supo si alegrarse o preocuparse al sentirse, de alguna manera, afortunada; lo uno y lo otro le pareció extremo. Pero si se trataba de Trafalgar Law, ignorar la importancia implícita en sus acciones y palabras no sería justo ni mucho menos sabio. Porque, siendo aún más honesta, cuando evocaba la inusual sonrisa bailándole en los labios al capitán y cuando sus gélidos ojos grises se tornaban diáfanos gracias a ella, Nami no podía evitar que sus propios labios se curvaran con regocijo.

Era bueno saber que no estaba sola.

Viajaron por horas en el crepúsculo del amanecer. Los acantilados se abrazaron con la costa, y Nami a su derecha veía ahora una vasta playa solitaria. Cuando los párpados volvieron a pesarle presa de un inevitable cansancio, los caballos de pronto rechinaron y cesaron su silencioso galopeo. Law le ordenó que permaneciera a bordo, y sólo porque no quería ver otro de sus ataques de furia por su culpa, se quedó en su lugar intentando descubrir tras el ventanal el motivo de la parada.

Law tardó unos largos minutos en volver, y cuando lo hizo, llevaba la nodachi al hombro. Se encaminó a la carroza y abrió la puerta para que Nami bajara. Ella frunció las cejas, asomándose curiosa antes de poner los tacones en la arena. Justo frente a ellos, una solitaria casa de tablas blancas adornaba el páramo costero.

—¿Acabas de cortar a alguien? —preguntó recelosa, observando la vivienda de luces apagadas y de puertas abiertas.

—No hubo necesidad —se encogió de hombros—. Está deshabitada.

—¿Nos quedaremos aquí?

—Desmond necesita guardar reposo. Desconozco qué tipo de droga le suministraron, pero mientras esté inconsciente no podremos continuar.

—Es cierto —asintió ella, volviendo al carro para tomar los expedientes y sus pocas pertenencias, comprendiendo de sobra el mal estado del epidemiólogo y que no estaría mal tener un lugar seguro donde descansar de momento.

Una pequeña casa en medio de la nada parecía puesta ahí casi por gracia divina. Se dirigió al lugar un tanto desconfiada, subió los tres escalones de la terraza y se asomó por la puerta mosquitera antes de ingresar. La tenue luz del amanecer ingresaba apenas tras las cortinas apolilladas. Las tablas crujían bajo sus pies, y había un sutil olor a madera húmeda y a flores viejas en el ambiente. En el salón principal había un par de sillones viejos junto a una mesita baja, y sobre la misma, platos de comida y tazones de té a medio servir. La humilde cocina estaba en la misma estancia. Dejó lo que cargaba sobre la mesonera y cuando revisó la nevera arrugó la nariz ante el putrefacto hedor de los alimentos en descomposición.

—La carne y los platos preparados se descomponen en cuestión de días —fue la acotación de Law cuando ingresó y vio a la navegante cerrando la puerta de la despensa con un mohín asqueado.

—Aun así… —reflexionó Nami, observando las fotografías que descansaban sobre la chimenea junto a los sillones. Fotografías de niños, en gran mayoría, y una más grande de una pareja anciana. Lucían felices—. Es como si hubiesen abandonado este lugar sin haberlo planeado, ¿no te parece?

—Mientras no vuelvan aquí, eso no nos concierne —murmuró Law con desinterés, acomodando el brazo lánguido de Desmond sobre sus hombros antes de retomar sus pasos.

Abrió de un puntapié la primera puerta en el único pasillo y dejó a Desmond, con cuidado, sobre el colchón mullido de sábanas blancas. Law se sentó a su lado y rebuscó entre sus pertenencias el mediocre kit de primeros auxilios que, tras un par de incidentes, se volvía más escaso e inútil. No había mucho que pudiera hacer por Desmond con unas cuantas gasas, alcohol, analgésicos, bisturís o pinzas quirúrgicas.

Resopló resignado, revisándole el tranquilo pulso cardiaco bajo la muñeca y en la yugular. Tomó una linternilla y examinó sus ojos, constatando una dilatación y contracción de pupilas normales. No tenía heridas, golpes ni lesiones de ningún tipo. Lo único que salía del patrón de normalidad era la palidez de su rostro y las sombras violáceas bajo sus párpados. Una reacción biológica tras un trastorno cerebral, o una intoxicación por sobredosis.

Realmente esperó que fuera lo primero porque no tenía los medios para tratar con lo segundo. Sin embargo, si había falla cerebral, el estado de Desmond no dejaba de ser preocupante.

Estaba inconsciente. Llevaba largas horas en ese estado letárgico, sin responder a ningún tipo de estímulo.

Tomó lo único que consideró útil: una bolsa de suero. Sólo tenía una, y si Desmond no despertaba luego la situación para el epidemiólogo sería más que crítica. Ajustó la bolsa bocabajo en el respaldo de fierro de la cama y desinfectó meticulosamente la jeringuilla de la intravenosa antes de conectarla a las venas del castaño.

—¿Cuál es el diagnóstico? —la voz de Nami se oyó desde la puerta, llevaba ahí desde hace un rato. Guardó silencio hasta que vio a Law finalizar su corto tratamiento.

El cirujano frunció los labios, observando meditabundo las gotas del suero que caían lentas y silenciosas como los segundos. Resopló, masajeándose el puente de la nariz con gesto cansado.

—Está en estado de coma —lo murmuró tan bajo que la navegante apenas le escuchó. Pero a juzgar por el jadeo perplejo que dejó escapar, Law supo que le había oído.

—¿Coma…? —musitó ella, acercándose al pequeño lecho. Se sentó de puntillas, observando al castaño y al capitán reiteradas veces como si le costara trabajo creerse el lacónico diagnóstico—. ¿Estás seguro?

—No —negó Law, desconcertándola—. No puedo estar seguro sin los exámenes correspondientes.

—Samuel dijo que le suministraron un sedante que mantenía sus músculos inmovilizados —apuntó Nami en busca de un dictamen más alentador—. ¿Puede ser que sólo esté dormido y, por efecto de la droga, no puede despertar?

—Eso no es muy diferente de un coma inducido.

—Vamos… —resopló Nami con reproche—. No seas tan negativo, ¿quieres? Lo último que necesitamos es que––

—No es cuestión de ser negativo o pesimista —debatió él, interrumpiéndola—. Se trata de ser realista.

Desde su lugar sentada de puntillas, la navegante lo miró hacia arriba con las cejas tan fruncidas que al cabo de unos momentos Law se sintió ridículo e infantil al intentar disminuirla con su mirada más severa; ella no parecía tener intenciones de dejarle ganar la pequeña contienda como en ocasiones anteriores. Hace mucho que Nami le había perdido el respeto o, tal vez –y era un tal vez que no quería considerar ni menos admitir–, su expresión no llegaba a ser tan dura como hace unas semanas.

Estrechó un poco los ojos ante el repentino pensamiento.

¿Se estaba volviendo blando con ella? Aunque el orgullo se le agitara soberbio, era innegable que sí. ¿Cómo no serlo cuando la única persona a su lado se comportaba de manera errática, despreocupada e imprudente? En ese caso, tendría que ser más duro. Pero no era tan fácil cuando la navegante no era su subordinada; Nami era una igual: una pirata de libre albedrío. No tenía derechos sobre ella, sólo deberes autoimpuestos en mutuo y mudo acuerdo de los cuales podría abdicar cuando quisiera.

¿Debería apartarse de ella antes de que fuese demasiado tarde? No, y era un no categórico. Sabía que las prodigiosas habilidades de la navegante le serían útiles para escapar del continente, y también sabía bien que las probabilidades de que ella sobreviva en ese ambiente hostil por sí sola no eran nulas, pero sí muy bajas.

No tenía motivos para apartarla. Y no le molestaba mantenerla a su lado, porque aunque ella probablemente no lo supiera, su presencia para él era bienvenida. Se encontró admitiendo aquello sin dificultad, pues por muy calculador y de mente fría como era, no tenía caso alguno negar sentimientos tan evidentes.

Nami resopló con cansancio, rompiendo finalmente el debate visual que sin ella saberlo se había vuelto unidireccional al encontrarse Law sumido en las propias divagaciones.

—Iré a darme un baño —dijo entonces mientras se incorporaba.

—Espera.

Cuando Nami giró sobre sus pies en plan de abandonar la estancia y también, por qué no, de dejarle con la palabra en la boca, sintió de pronto una mano jalando de su muñeca de manera suave pero eficiente, obligándole de un tirón a retroceder sobre sus pies hasta que sus rodillas golpearon el borde del colchón donde yacía Desmond. Cayó sentada junto a Law, parpadeando un par de veces antes de mirarlo sin comprender.

Law sonrió divertido ante su expresión.

—Déjame revisar la lesión en tu cabeza antes de que te bañes —se explicó él.

Nami soltó un bufido, recordando entonces que Law a veces era bastante voluble. Podía enfadarse en cuestión de segundos y, en el mismo lapso de tiempo, sonreír con soberbia o en diversión sardónica. Pero era cierto que en cuanto a sus cambios de humor, si bien no los comprendía, estaba segura de que se debían a debates internos resolutivos, tanto negativos como positivos. Y esas respuestas, aunque no pudiera leerlas, siempre estaban impresas en sus ojos.

El cirujano llevó las manos a su cabeza y le apartó el flequillo para quitarle el precario vendaje de tela fina, dejando al descubierto el pequeño corte en su frente. Los dedos rozaron apenas la herida y los párpados de Nami se estrecharon quejumbrosos.

—¿Aún piensas que necesitaré puntos? —quiso saber la navegante cuando Law se movió para untar un poco del desinfectante en gasas nuevas y limpias.

—No, no lo creo. Sólo debes cuidar que no se infecte —explicó él, acomodando una mano tras su nuca para mantenerla quieta—. Esto va a arder un poco —le advirtió, mirándola brevemente a los ojos. Esperó hasta que Nami asintiera para comenzar las curaciones.

Sus manos eran cálidas y cuidadosas sobre su piel, no como la primera vez en aquel lóbrego sótano de la mansión de Baskerville. Su mirada se mantenía fija sobre su herida. Tras haber perdido la gorra, ahora podía admirar libremente sus orbes grises.

Tras pasar tanto tiempo junto a él era inevitable no valorar sus atenciones como doctor –poco ortodoxas en ocasiones– pero, sobre todo, apreciaba profundamente aquella alianza formada de manera implícita desde el día en que se encontraron en el bosque del país de Marlett. Alianza, relación, lo que fuera. No obstante la cercanía del capitán estaba trayendo a su atención otro tipo de apreciaciones. La mandíbula firme, la barba incipiente, la piel bronceada y el cabello oscuro, ligeramente revuelto, acentuaban aquellos intensos ojos grises que comunicaban incluso más que su voz aterciopelada. Su atractivo era irrefutable; eso Nami lo había notado tras pocos días de convivencia.

Y no podía ignorar esos inapropiados pensamientos, no cuando sus manos expertas limpiaban su herida con delicados toques. No cuando podía sentir su cálido aliento golpeándole el rostro mientras se movía para examinar la lesión; sus ojos ilustrados observándole con detenimiento. Estaba tan cerca, tentándole a extender su mano, tocarlo y––

¡Detente ahí, Nami!

Cerró los ojos con fuerza, obligándose a permanecer tranquila cuando notó la boca seca y el corazón latiéndole inusitadamente galopante.

—¿Duele? —preguntó Law cuando vio el acentuado mohín en la navegante. Su tono de voz guardaba cierto profesionalismo.

—N-No, está bien —negó ella rápidamente con la cabeza, aún incapaz de abrir los ojos a pesar de que el movimiento hizo que el cirujano apartara las manos de su rostro.

Law arrugó las cejas y ladeó la cabeza, observándola con escrutinio.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —bufó entre molesto y curioso.

Nami frunció los labios, incapaz de responder esa pregunta. ¿Qué le decía? No es nada, sólo te echaba un vistazo y noté que eres bastante guapo, Law. ¡De ningún modo! Negó sus pensamientos incluso con la cabeza, por segunda vez.

El cirujano, viendo aquel gesto de indudable obstinación, perdió la paciencia. Dejó las gasas y el desinfectante sobre la mesita de noche junto a la cama y luego, sin mediar palabra, apoyó ambas manos a los costados de la navegante inclinándose lo suficiente sobre el colchón para no dejarle vía de escape.

—Nami, abre los ojos —demandó en voz baja y no necesitó repetirse, porque los ojos de Nami se abrieron de golpe cuando sintió el aliento de Law aún más cerca que antes.

Nami chilló pasmada y se quedó estática. Y para su mala suerte, Law no era tonto ni ciego; al cirujano no le costó nada ver a través de sus traslúcidos ojos nerviosos. A Nami le bastó que Law esbozara una lenta sonrisa para que el calor se le disparara al rostro. Abrió la boca un par de veces, pero su mandíbula caía trémula y las palabras se le atascaban en la garganta.

Algo en lo más recóndito de su vientre se retorció expectante cuando Law alzó una mano y le tomó la barbilla. Sus ojos grises quemaban en los suyos.

—Te estás mordiendo el labio —murmuró Law, tirando suavemente con el pulgar la piel de su barbilla—. No vuelvas a hacerlo.

Nami volvió a parpadear confundida, inconsciente de lo que hacían sus dientes sobre su labio inferior. Sin embargo la advertencia fue suficiente para hacerle despertar de su ensimismamiento. Sacudió la cabeza –por tercera vez para disgusto de Law– y se incorporó como un resorte. Las piernas le temblaron, pero logró mantenerse en pie.

—E-Esto… —titubeó nerviosa, sin saber qué decir. Tomó aire con fuerza en pos de recomponerse, y preguntó—: ¿Puedo tomar un baño ahora?

Law apoyó los codos sobre las rodillas y la miró hacia arriba. La sonrisa ladeada había vuelto a sus labios.

—Claro que sí. Pero me temo que no hay agua caliente —dijo él, divertido. Nami se encogió de hombros, y cuando estuvo por retirarse, Law añadió con burla—: Aunque en tu caso supongo que eso no será un inconveniente. ¿O me equivoco, señorita Nami?

Nami se giró rápidamente, mirándolo boquiabierta. ¿Que no necesitaba agua caliente…?

¡¿Qué demonios estás insinuando?!

—¡Te equivocas! —contrarió con furia. Ruborizada hasta las orejas, escapó en dos rápidas zancadas de la pequeña habitación farfullando entre dientes aquellos viejos insultos que Law ya comenzaba a echar en falta.

Rio por lo bajo cuando escuchó la puerta del baño cerrarse con tal violencia que los cuadros amenazaron con caer de las paredes.

¿Cómo iba a querer apartarla de su lado? Tras cada día que pasaba la navegante le enseñaba nuevas facetas demasiado interesantes como para dejarlas pasar. Como esa expresión arrebolada de ojos obnubilados, por ejemplo; que no olvidaría fácilmente. De hecho, la tendría muy en cuenta.

Miró a Desmond a su lado a quien –por un momento muy particular– había olvidado. Realmente le hubiese gustado creer como Nami que su estado no era tan deprimente. Pero como todo hombre de ciencias, Law era fiel partidario del realismo por muy negativo que fuera el pronóstico.

Resopló, incorporándose. Sobre la mesita de noche, junto al desinfectante y las gasas sucias, Nami había dejado los documentos confidenciales de Iván Pávlov. El reloj marcaba las seis de la mañana; el día recién comenzaba sin siquiera dar fin al anterior.

Tomó los expedientes sin desear dilatar más el asunto. Se frotó los ojos y se armó de ánimos.

Sería un largo día.


Oh, los niveles de azúcar subieron a niveles estratosféricos (?)
Como dije, habrá una pequeña pausa para las tragedias melodramáticas. Desmond tendrá que sufrir un poquito más, el pobre, ¡pero sólo un poco!
Y respecto a Law y Nami… Acepto tomatazos (y flores también ;w;)

Primero que todo, agradecimientos especiales a T-Annita quien se encargó de betearme éste capítulo. ¡Quiéranla mucho! :D

Segundo, tengo una pregunta (siempre les ando preguntando tonteras). Desde hace tiempo que el título del fic me hace ruido, más que nada porque está en inglés y el spanglish, por mucho que me gusten ambos idiomas, no es lo mío. ¿Qué piensan del nombre en español?, quedaría como: "Noches Insomnes" o "Noches de Insomnio". El fic es de mí para ustedes; mi afán es entretener, por lo que vuestra opinión me importa mucho, señoritas y señoritos.

En fin, es todo por hoy. Espero les haya gustado n_n
Con mucho cariño,

Merle.