N/A: ¡PERDÓOOON! Les besaría los pies, les haría queques, les soplaría la sopa y les cargaría la bip; en serio, lo siento mucho por tardar TANTO.
Abandoné mi carrera, abandoné el trabajo; la vida me andaba jodiendo duro (en realidad no, pero suelo ahogarme en vasos de agua). Así que, ya ven, los planetas no estaban alineados para mi (?)
Suelo dejar notas al final del capítulo, pero quería, además de lloriquearles disculpas, agradecerles por sus montones de reviews, por los favs y follows, por preocuparse y, sobre todo, por estar allí. Sepan que las tengo presentes a cada una de ustedes, son el principal motivo que me anima a continuar con esta historia cargada de locuras :)
Por razones de fuerza mayor, este capítulo no fue beteado. Me preocupé de leerlo y releerlo un montón de veces, pero es probable que algo se me haya escapado. Si notan algún error muy grave, refriéguenmelo en la cara.
Eso es todo, me dejo de darles la lata.
¡Disfruten! :D
Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
XVI
–Dharma–
Incluso el taconeo de su calzado contra la pulcra baldosa desplegaba elegancia. En sus labios coloreados de rojo portaba una sonrisa inmaculada, la cual se abría delicadamente para saludar con voz de exquisita sonoridad a quienes se cruzaban en su camino; hombres cultos de sonrisas bobas que le miraban siempre con pródigo respeto.
Sus dedos finos pulsaron el último botón del elevador, y el pitido del reconocimiento dactilar resonó al tiempo que las puertas se cerraron. Mientras descendía en solitario paseó sus ojos celestes por las cuatro paredes espejadas a su alrededor. Proyecciones de lo real y lo falso. Lo cierto de los espejos, era que la imagen –al igual que la realidad ordinaria– se vuelve más hermosa en medida que está más distorsionada. Y la recreación de su imagen multiplicada infinitas veces era, en su caso, una abominación hedonista; una apología de lo concupiscente y también de lo etéreo.
Acomodó un mechón de cabello rubio tras su oreja, se acomodó la falda negra de su traje y repasó en rojo sus labios justo antes de que las puertas se abrieran en el piso más alto del edificio.
—Señora —le saludó su asistente con educada reverencia, entregándole en sus manos un archivador—. La esperan en la sala de conferencias. Los preparativos están listos; la reunión dará inicio cuando usted lo desee.
—No seas tan seria, Julia, te he dicho que me llames por mi nombre —le dio unas palmaditas suaves en el hombro, y sonrió divertida cuando la joven se sonrojó.
—L-Lo siento mucho, no merezco tratarla por su nombre —se disculpó la asistente cabizbaja. La mujer soltó una carcajada condescendiente.
—¿Podrías prepararme un café, entonces?
—Por supuesto, señora —asintió Julia, retirándose rápidamente con pasitos torpes pero siempre eficientes.
Examinó vagamente los documentos mientras se encaminaba hacia las puertas dobles al final del pasillo, donde dos corpulentos hombres vestidos de traje negro le saludaron con la misma ceremonia que su asistente antes de abrir las puertas para ella.
Sonrió agradada al ver el reducido y muy selecto grupo de hombres sentados en torno a la amplia mesa redonda, quienes se levantaron de inmediato al hacer ella acto de presencia.
—Muy buenos días, caballeros —dijo meneando una mano al aire, indicándoles que tomaran asiento mientras se acomodaba en la silla reservada exclusivamente para ella en la punta de la mesa—. Es un placer tenerlos aquí reunidos.
—El placer es nuestro —asintió un apuesto hombre a su lado—. Nos complace aún más el tener buenas noticias para usted.
—Julia me ha informado los últimos acontecimientos con lujo de detalle —explicó, clavando sus ojos en el hombre mayor frente a ella—. Veo que has seguido al pie de la letra tu maquiavélica filosofía, Pávlov.
—El fin justifica los medios —citó el viejo fisiólogo, esbozando una pulcra sonrisa—. Lo lamento por la joven Julia; pero bien sabe ella que la muerte de su padre, así como cualquier mártir, no quedará impune.
—Samuel era un hombre honrado —habló el cuarto integrante; un hombre en sus últimos treinta y de expresión arrogante—. Sin embargo, tras el último altercado, sabía más de lo necesario. Deberías cuidar más de tus subordinados, Pávlov.
—Es por eso que me hice cargo de mi error, Jacob —contrarió el mayor—. A pesar de ello, los incidentes en Baskerville resultaron tal y como esperábamos; finalmente podemos vislumbrar los primeros rasgos de nuestro ansiado proyecto.
—En Burmecia, la primera fase comprende el total de la población —explicó el más joven torciendo luego los labios en una mueca satisfecha—. Sin embargo en Baskerville, sin necesidad de muros ni de una alta congestión de la toxina, el procedimiento fue llevado a cabo con éxito; no hemos registrado anomalías de ningún tipo. En las últimas cuarenta y ocho horas, hemos confirmado la primera fase en el ochenta por ciento de la población de Baskerville, y esperamos que aumente en las próximas horas.
—Sin anomalías, ¿eh? —murmuró la mujer, meditabunda—. Eso es bueno, Montag. Al parecer ya no nos será tan duro sobrellevar la pérdida de Gottlieb. Después de todo, sus intervenciones quirúrgicas no estaban dando los resultados deseados.
—Aprehender la Ley Natural de la humanidad; de todo aquello que rige al hombre en un orden social a través de conductas determinadas… —dijo Jacob—. Ese es el poder que nos confiere nuestro noble proyecto. Poder que el viejo Arthur nunca logró comprender.
—Tantos años en la soledad de un sanatorio mental, al otro extremo del continente, terminó desquiciándolo —apuntó Pávlov.
—Sin embargo, por el bien del proyecto, necesitamos de un destacado cirujano —terció Montag, el integrante más joven, desviando su mirada hacia la única mujer presente.
—¡De un muy destacado cirujano! —rio ella con humor, posando una mano sobre su pecho. El gesto, no obstante, no causó gracia en sus compañeros—. Sí, eso es cierto. Y es ese el principal motivo de nuestra reunión —asintió, abriendo el archivador antes de mirar al rubio—. Jacob, ¿tendrías la amabilidad de explicarnos qué tal––
Unos golpecitos suaves tras las puertas dobles interrumpieron las palabras de la mujer. Pávlov tamborileó los dedos contra la silla de ruedas y bufó un malhumorado "adelante", para quien fuera que estuviera tras las puertas.
—Su café, señora —murmuró tímida la joven Julia, sin atreverse a entrar a pesar de que el par de guardias habían abierto las puertas para ella.
—Oh, adelante, por favor —le animó la mujer, apartando los papeles para hacerle espacio a la delicada bandeja de plata que cargaba la joven. Tomó la taza y probó un sorbo bajo la atenta mirada de los presentes, degustando la amargura del líquido con un ronroneo agradado—. Está delicioso. Muchas gracias.
—El placer es mío —asintió la joven con una ligera reverencia, y no tardó en comprender que su presencia no era ya adecuada cuando el silencio se le hizo incómodo—. Con su permiso, señores, señora.
—Ahora que estás aquí, pequeña Julia… —cuando estuvo por girarse, la mujer le tomó la muñeca deteniéndola en el acto—. Me gustaría tener una palabra contigo. Tuviste un encuentro muy peculiar con Trafalgar Law y su acompañante, Nami. Al igual de tu difunto padre, cuyo informe valoro profundamente, tu visión de ambos piratas nos es de vital relevancia. ¿Podrías hablarnos un poco de ellos?
—Hum… —Julia se removió nerviosa bajo el escrutinio de aquel reducido pero poderoso grupo de hombres. Frunció los labios, buscando las palabras idóneas para describir a los sujetos—. B-Bueno… Trafalgar Law parece ser un hombre muy educado.
Su tímido murmullo arrancó carcajadas en sus interlocutores y en ella un prominente sonrojo.
—Y también es muy guapo, ¿verdad? —rio la mujer, divertida—. Eso lo sé muy bien. Pero necesitamos algo más preciso.
—La verdad es que tanto él como Nami ocultaron cuidadosamente sus identidades, por lo que mi opinión respecto a ellos puede estar errada —añadió la joven, apresurándose rápidamente en continuar al recibir una mirada muy poco agradable de parte del viejo fisiólogo—. Sin embargo, puedo decir que al contrario de Nami, Trafalgar Law es extremadamente precavido. Nami no se esforzó demasiado por mantener su coartada, mientras que Law, q-quiero decir, Trafalgar Law cuidaba perfectamente cada palabra que––
—Mi señora —la interrumpió Jacob—. Con todo respeto, permítame decir que considerar la opinión de una joven campesina me parece completamente improductivo.
—Jacob —siseó Montag, clavando sus ojos molestos en el rubio.
—Toda opinión importa, Jacob —reprendió la mujer, aunque en sus labios había una sonrisa condescendiente—. Hablaremos al respecto en privado, Julia. Puedes retirarte.
—Sí, señora. Con su permiso.
Dicho aquello, la joven Julia se retiró con pasos torpes y rápidos hasta desaparecer tras las puertas. La rubia, cabecilla inamovible del proyecto Dharma, entrelazó sus dedos frente a su rostro y miró a Jacob a espera de su informe.
—Bien… —carraspeó el rubio—. Tal como señaló Montag, el trabajo en conjunto con Pávlov fue un completo éxito. No sólo logramos llevar a cabo el incidente en la mansión, sino también conseguimos contactar con Trafalgar Law a través de Desmond Strauss, epidemiólogo consagrado de los laboratorios de Baskerville, quien mantiene una estrecha relación con el capitán pirata.
—Desmond… —murmuró con desdén la rubia.
—El Dr. Strauss se empeñó durante años en descubrir el problema que aqueja a la población burmeciana. Es un científico admirable; estuvo cerca de descubrirlo incontables veces y me vi en la obligación de persuadir constantemente sus acertadas hipótesis hacia otras erróneas —bufó Pávlov con cierto menosprecio—. Admirable y muy capaz, pero completamente iluso. Nunca dudó de mis intenciones.
—Trafalgar Law y Desmond Strauss —dijo Montag—. Dos pájaros de un tiro.
—Así es —asintió Jacob, incorporándose de su asiento para encaminarse hacia la pantalla táctil al fondo del salón. Presionó por aquí y por allá, y entonces un mapa digital del continente fue proyectado en la imagen—. Gracias a la droga formulada por Pávlov, en conjunto con la tecnología de rastreo celular que he logrado perfeccionar, poseemos la ubicación exacta del Dr. Srauss y, por lo tanto, también la de Trafalgar Law.
—¿Están en los alrededores de Burmecia? —preguntó Montag, acomodándose los anteojos de pasta para observar la imagen con mayor detalle—. Esas son las costas de Rinauld, a pocos kilómetros de aquí.
—Perfecto —asintió la mujer, mesándose la barbilla con gesto pensativo—. ¿Cuánto tardará Desmond en recomponerse de la droga?
—Eso es subjetivo… —expresó Pávlov—. Samuel le suministró el sedante durante más de una hora. Probablemente despertará dentro de dos días, o tal vez menos, cada organismo reacciona de manera distinta. Sin embargo, puedo asegurar que será incapaz de moverse con total libertad al menos durante una semana.
—En ese caso, estaremos preparados para capturarlos en cuanto pongan un pie en Burmecia —sentenció Jacob con jactancia.
—¿Crees que serán tan idiotas como para venir hasta aquí? Tanto Trafalgar como Strauss son hombres extremadamente metódicos —apuntó Montag, recibiendo una mirada hosca—. Sobre todo Strauss; sabe perfectamente que dirigirse a Burmecia sería un craso error. Además, un ataque frontal no solucionará nuestro problema. Necesitamos persuadir a Trafalgar Law para que opere bajo su consentimiento.
Jacob abrió la poca para debatir, pero finalmente no dijo nada, sabiendo bien que el más joven llevaba la razón.
—Lo harán —dijo la mujer, atrayendo la atención de los hombres—. Vendrán a Burmecia. Trafalgar Law y la señorita Nami son piratas sedientos de mar; nunca querrán asentarse para llevar la vida tranquila de un pueblerino, ni mucho menos acatar las órdenes que les ofrecemos. Además... —hizo, una pausa, y sus ojos celestes chispearon con astucia—. Nadie está excluido de nuestro proyecto; la gracia de nuestra semilla también fue implantada en ellos. Sólo será cuestión de tiempo hasta que germine, y entonces, cuando finalmente experimenten la primera fase, no se quedarán de brazos cruzados. Vendrán aquí; vendrán a buscar respuestas.
—Si pretenden salir de Brigadoon, la única opción que tienen es venir hasta aquí —agregó Pávlov—. Eventualmente, Desmond se verá obligado a traerlos hasta Burmecia.
—Así es —asintió ella, degustándose en las sonrisas complacidas que le dedicaban sus acompañantes—. El tiempo aún está de nuestro lado. Por ahora dejaremos que Trafalgar y los suyos hagan cuanto deseen, y nosotros nos concentraremos en dar inicio a los preparativos para la segunda fase del proyecto Dharma. ¿Les parece bien, señores?
De pie tras la encimera de la cocina, Nami observó la bonita bandeja de mimbre bajo el escueto par de sándwiches junto a los tazones de café caliente. La larga ducha de agua fría funcionó muy bien para aplacar la insurrección de sus hormonas, pero también brindó libre albedrío a los más vertiginosos pensamientos. Ni el arduo trabajo que le costó el seleccionar alimentos de la nevera ni todo el tiempo que se tomó en preparar algo para comer le sirvió para distraerse; por el contrario, su cabeza era una amalgama de pensamientos alienados.
Alzó la vista y miró a través del enrejado óxido de la puerta mosquitera.
Law estaba allí, sentado en las escalerillas de la terraza. La sudadera amarilla y los jeans moteados en algún momento habían sustituido el elegante traje de frac. Y así mismo como iba –si no fuese por la ausencia de su característica gorra– su imagen era exacta a como Nami lo conoció. De apariencia rayana en lo común y ordinario, sin necesidad de parafernalias ni extravagancias, aún intimidante en mera presencia, infamia y renombre. En el momento en que despertó en el bosque y el capitán de los Piratas Heart fue el único integrante además de ella en el desolador escenario, la navegante realmente le había temido sin recibir nunca una amenaza directa de su parte. Pero era un temor infundado, pues le era del todo imposible sentir real aversión por quien había salvado la vida de su capitán. En su confianza en él había un tácito agradecimiento. Y ahora, si lo miraba desde allí, ya no sentía temor ni hostilidad hacia él. Era curioso lo que hacían unas cuantas semanas de situaciones extremas.
Claro que aún la intimidaba, pero de una manera muy diferente. De un modo mucho más circunstancial y completamente personal. Aprovechándose de su atractivo, por ejemplo, y soltándole comentarios desconcertantes a ínfimos centímetros de su rostro.
No te muerdas el labio, había dicho; No vuelvas a hacerlo.
Por el amor de Roger, ¿qué demonios significaba eso? ¿Era acaso algún tipo de observación médica, o…? Nami se rodó los ojos a sí misma; no era tan inocente como le hacía creer al resto. Entendía muy bien qué significaba esa advertencia. Le bastaba evocar la dichosa frase articulada en labios cincelados para que el calor se le fuera no sólo a las mejillas.
Volvió a bajar la vista cuando el corazón le martilló enloquecido bajo el pecho.
Law la había pillado in fraganti. ¿Cómo lo iba a mirar ahora? Por mucho que quisiera no podría negar que acababa de descubrir una faceta muy atractiva en el capitán. Era guapo, sí, eso lo había notado antes, pero ahora su atractivo provocaba sensaciones muy inapropiadas que bajo ningún punto podía consentir porque, lamentablemente, eran piratas de tripulaciones enemigas.
¿Lamentablemente?
Frunció el entrecejo ante el resoluto pensamiento. No podía permitir que la temporal relación que sostenían le alborotara mucho más las hormonas. No podía confundir sus atenciones como doctor ni su inusual amabilidad con algo más.
¿Cómo se atrevía a intimidarla de un modo tan rastrero? ¿O tal vez se equivocó al juzgarlo y finalmente Law no era muy diferente al resto de los hombres? Después de todo, estaba segura que los de su especie no diferían demasiado unos de otros. Law podría ser muy serio y frío en ocasiones, pero esa sonrisa ladina y –que Dios la ampare por reconocerlo– el tono seductor en su voz prometían muchas cosas que Nami no estaba del todo segura si quería conocer. Por un brevísimo instante bajó la guardia frente a él y el cuerpo acabó por jugarle una mala pasada, reaccionando de la manera más burda e infantil posible.
¿Qué era eso de ponerse tan nerviosa ante un hombre?
Apoyó una mano contra la encimera y con la otra se picó los párpados, intentando buscar la calma entre la mescolanza de sensaciones que se debatían en su interior. Si no quería que Law volviera a soltarle comentarios fuera de lugar, debía dejar de actuar como campesina virgen. Lo cual no era, por supuesto. Gruñó por lo bajo, deslizando la mano por su mejilla con gesto apesadumbrado mientras observaba la espalda del cirujano. Maldijo su aparente tranquilidad ante la situación y a la vez la agradeció; no parecía tener planes de seguir atormentándola. Y ella, como la mujer orgullosa que era, no volvería a cometer ni un pequeño desliz que diera pie a sus malsanos comentarios.
Resopló y se armó de valor para tomar la bandeja.
—Ni siquiera mereces que te prepare un sándwich, bastardo arrogante —masculló en voz baja, aunque sabía bien que el insultarlo a su espalda era un mediocre intento por rehuir de los pensamientos blandos. Porque, siendo honesta, nunca le pasó por la cabeza la cruel idea de dejarlo sin comer. Probablemente estaba tan o más cansado que ella; se había pasado toda la noche despierto mientras que ella durmió al menos durante cortos lapsus de tiempo en la carroza.
Cruzó la pequeña sala en un par de pasos y empujó la puerta mosquitera con la cadera, cuidando no volcar las tazas de café. El paisaje exterior distrajo la línea de pensamientos erráticos –lo suficiente para no molestarse ante la falta de atención del capitán sentado a su lado– cuando vislumbró el estático panorama a su alrededor.
El mar abrazaba suavemente la costa; la brisa se vitoreaba débil sobre el oleaje. Y aunque el estar en una solitaria casa de playa podría ser un escenario agradable, no lo era. El rumor del viento y las olas se oían solitarios, mustios, melancólicos. Pero lo que le hizo esbozar una mueca descontenta, fue el color blanquecino que teñía el mar en tonos grisáceos. El sol de la mañana era una sombra pálida, oculto tras el manto blanco.
—Creí que la niebla sólo era cuestión de Baskerville —murmuró Nami, notando en el aire espeso el mismo olor inusual que inundaba el pueblo de los sabuesos.
Law, por respuesta, hizo un sonido grave en la garganta secundando con su observación. Nami descubrió entonces que el capitán tenía entre sus manos los documentos de Iván Pávlov. Tenía el ceño fruncido, y mordía la punta de un lápiz con gesto pensativo.
—¿Encuentras algo interesante? —quiso saber ella, sentándose a su lado y acomodando la bandeja de mimbre entre ellos antes de tomar el propio sándwich. Estaba famélica; no lo había notado hasta que comenzó a cocinar.
Law resopló, cerrando los ojos con cansancio mientras se frotaba el puente de la nariz. El característico olor dulzón del café logró llamar su atención. Dejó el lápiz a un lado y tomó la taza, alzándola ligeramente en un sutil agradecimiento. Miró a la navegante en silencio mientras bebía un sorbo, y luego rebuscó entre el montón de papeles por uno en específico.
—¿Qué hacías en la isla Freesia? —preguntó.
—Nada en especial, la verdad —Nami se encogió de hombros, ayudándose a deglutir el añejo pan del sándwich con un trago de café—. Bajé de Weatheria para tomarme unas cortas vacaciones, aunque pretendía volver aquella misma noche para continuar con mis estudios.
—¿Weatheria?
—Es una isla flotante —explicó ella, alzando un dedo al cielo para enfatizar—. Sus habitantes son eruditos en cuanto a condiciones climáticas —añadió por último—. ¿Por qué lo preguntas?
—¿No estabas junto a tu tripulación? —indagó él, notando de inmediato que había incomodado a la navegante con su pregunta.
—No… —alzó la taza frente a sus labios y sopló por un largo rato, intentando con ello ocultar el mohín pesaroso que se acomodó en su rostro—. Tras los sucesos en el Archipiélago Sabaody y luego de lo acontecido en Marine Ford, Luffy decidió esperar dos años antes de reunirnos. Desde entonces, no he vuelto a tener noticias de mis nakamas.
El cirujano la observó y guardó silencio. Lo preguntó por propia curiosidad, como también para esclarecer algunas interrogantes y descartar así la probabilidad de que alguno de los Sombrero de Paja estuviera envuelto en el mismo embrollo. Decidió proseguir con la información recaudada cuando el silencio se le hizo incómodo, más por ella que por él.
—Dotum, la última isla que visité con mi tripulación, está a una distancia considerable respecto a la isla Freesia; sin embargo ambas colindan con el Florian Triangle, ¿correcto? —hizo una pausa, esperando a que Nami le diera la razón antes de continuar—. Según la información personal de cada individuo en estos documentos, Pávlov y quienes conforman el proyecto Dharma se han encargado de traer gente a éste continente desde las islas más cercanas. De hecho, gran parte de la población en Brigadoon es conformada por extranjeros, concentrándose principalmente en Burmecia, la capital.
Nami asintió, recordando los pequeños fragmentos de información que leyó ella en los mismos papeles antes de escapar de la mansión.
—Según lo que leí, y de acuerdo a lo que mencionó Pávlov en la mansión de Baskerville, quienes forman parte del proyecto Dharma tienen especial interés en ti. ¿Tienes alguna idea del por qué?
—No lo sé. Puedo imaginar por qué podrían necesitar a un epidemiólogo como Desmond, pero en mi caso, mis conocimientos científicos están orientados a la cirugía, y a menos que pretendan crear superhombres no veo sentido a mi supuesta relevancia en el proyecto —reflexionó Law, pensando en el fallecido Dr. Arthur en el asilo de Marlett.
—Si consideramos la información que poseen de ti y de mí —observó Nami, meditabunda—, lo más probable es que los altos mandos en este continente estén actuando en conjunto con el Gobierno Mundial, ¿no crees?
—Un continente inexistente en los mapas, sea porque nadie ha logrado salir o porque el Gobierno se ha encargado de proteger su anonimato, es el escenario idóneo para practicar todo tipo de experimentación —especuló Law, de acuerdo con la idea de la navegante—. En ese caso, puedo hacerme una idea sobre lo que planean con este proyecto.
Antes de que Nami preguntara, el capitán le tendió un par de hojas archivadas. Nami dejó la taza a un lado, tomó los documentos, y cuando vio un montón de fórmulas confusas que muy difícilmente ella comprendería miró a Law con gesto ceñudo. El cirujano sonrió, divertido, y le indicó que leyera la parte inferior de la página dando un par de golpecitos suaves sobre los últimos párrafos.
Nami leyó en silencio, rápidamente.
DH2: Sustancia altamente radioactiva (…)Droga delirante. (…)Extrema sugestión. (…)Terror condicionado. (…)Paranoia. (…)Daño severo en el lóbulo frontal y occipital. (…)Derrame cerebral. (…)Deterioro del olfato…
Frunció el entrecejo y parpadeó repetidas veces. Era una larga lista de síntomas desconcertantes.
—El proyecto Dharma… —murmuró confundida, observando a su alrededor—. ¿Es esta niebla? ¿Esto a lo que llaman DH2 está en la niebla?
—Así es —asintió Law—. Han logrado expandirla de tal modo que cubre el continente por completo, aunque hay sectores, como en el país de Marlett, donde sus niveles de concentración son tan bajos que no logra causar mayores consecuencias.
—¿Y qué hay de todos estos síntomas? —preguntó alarmada—. Ya experimentamos alucinaciones y paranoia, pero, ¿qué hay del daño cerebral y del deterioro olfativo?
—Probablemente esos sean síntomas tras una alta ingesta de la droga.
—¿Desmond?
—El caso de Desmond es diferente; sufre de una parálisis completa de su actividad cerebral por motivos distintos —explicó, y al ver que el gesto preocupado no desaparecía del rostro de la navegante, agregó—: Es una droga con efectos momentáneos, y presumo que esa temporalidad es el desperfecto al cual aludió Pávlov durante nuestra pequeña charla. Sin embargo una alta ingesta, ya sea por exposición directa o por estar largo tiempo bajo sus efectos, sin duda puede provocar daños severos. Pero ya has visto a Desmond; lleva un par de años viviendo aquí y no aún no ha perdido la cordura. Al menos no mucho más de cómo lo recuerdo.
Las esquinas de los labios de Nami se torcieron apenas en una sonrisa trémula ante el último comentario respecto al epidemiólogo. Se bebió los últimos tragos de café, intentando poner en orden algunas interrogantes.
—Entonces… —se rascó la mejilla, embrollada—. Básicamente podemos suponer que el proyecto Dharma, tal como lo era el caso de los sabuesos de Baskerville, consiste en atemorizar y controlar a su población… o algo por el estilo.
Law asintió, dejando los documentos a un lado para tomar finalmente el sándwich que le había preparado la navegante.
—Me temo que el caso de los sabuesos fue la primera experimentación a gran escala. Al ser una droga delirante que vuelve a sus usuarios tan increíblemente susceptibles, su utilidad no sólo recae en el control —Law expresó aquello que le andaba preocupando—. En el peor escenario, puede ser utilizada como un arma antipersonal para desorientar al enemigo. Mediante algo tan simple como el miedo y el estímulo, es muy fácil crear el caos.
Nami frunció los labios, asimilando la información otorgada por el capitán. Si los altos mandos del continente trabajaban mano a mano con el Gobierno Mundial, no era muy difícil imaginar cual sería el propósito final del proyecto Dharma.
Control y poderío absoluto. Era un terrible cliché.
Se encontró pensando en aquellas cosas que hizo y no hizo que finalmente le hicieron estar en el momento y lugar equivocado. De no haberse tomado esas vacaciones innecesarias de spas y hoteles de lujo en la isla Freesia, no estaría en medio de un peligroso experimento. Hace algunos meses atrás pensaba que Luffy era un verdadero imán de problemas, pero ahora era consciente de que el simple hecho llevar la vida que llevaba acarreaba numerosas consecuencias. Ser secuestrada era una de ellas; después de todo, no era primera vez que se veía en condición semejante. Sin embargo, en cuanto a la situación presente, se preguntó cuál sería entonces su significancia en los planes de Pávlov y sus supuestos secuaces. Tal como Law mencionaba, entendía que científicos como Desmond y aquellos que trabajaban en el laboratorio de Baskerville jugaban –sin saberlo– un papel preponderante en el proyecto, así como también podía hacerse una idea vaga del por qué podrían necesitar los conocimientos médicos de Law. Pero, ¿por qué ella? ¿Acaso fue una cuestión de azar y al igual que el resto de los ignorantes habitantes del continente su participación en el proyecto era puramente el ser ratas de experimentación?
Resopló angustiada. Si durante los últimos días Law no hubiese estado a su lado, probablemente habría perdido la cordura sin necesidad de drogas delirantes de por medio. Dejó el pequeño trozo de sándwich a un lado; había perdido el apetito. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró y frunció el entrecejo cuando notó el mohín receloso en el rostro del cirujano. Tenía el sándwich abierto entre sus manos y observaba detenidamente los ingredientes.
—¿Algún problema con mi cocina? —preguntó ofendida—. Aunque probablemente lo merezcas, no está envenenado.
—Puedo soportar el pan, aunque no me guste —murmuró, tomando entre su pulgar e índice una rodaja de tomate y la alzó frente a su rostro con gesto asqueado antes de dejarla sobre el platillo—. Pero el tomate lo odio.
Nami alzó una ceja y le surgió la risa al verle cerrar el pan, resoplar con disgusto y darle luego una mascada a regañadientes al sándwich, pero la reprimió para continuar con su reproche.
—Creí que los doctores anteponían la salud y luego los escrúpulos.
—Esos son los nutricionistas —Law se encogió de hombros, bebiendo un largo trago de café para quitarse el gusto del pan. Luego miró a Nami, y sonrió.
La navegante, susceptible como andaba, entornó los ojos. Era esa sonrisa. Ahí estaba de nuevo; la sonrisa desvergonzada. Estrechó un poco más los ojos cuando reparó en que era la misma sonrisa que el cirujano empleaba para cautivar señoras o hijas de posaderos. Algunas semanas atrás pensó que era una mueca desagradable, pero ya no podía decir que le era indiferente. En realidad, si lo pensaba mejor, era todavía más desagradable, porque ahora el simple gesto lograba provocarle cosquilleos en el estómago y pensamientos disparatados.
—¿Qué? —espetó, intentando aparentar tranquilidad.
Y lo intentó, realmente lo intentó; pero cuando Law no respondía de inmediato y se limitaba en cambio a observarla detenidamente, Nami sabía que el cirujano podía ver a través de su falsa entereza. Odió que el corazón de pronto le galopara con tanta fuerza, y odió aún más que Law, como si lo hubiese notado, riera por lo bajo. Su risa grave, varonil, casi aterciopelada gatilló en la navegante un inminente sonrojo tan tímido como iracundo.
—¿Por qué merecería ser envenenado? —preguntó el capitán. En su voz había un mal oculto tono divertido. Y lo ocultaba por no reír a carcajadas, porque experimentar de ese peculiar lado tímido de la navegante era incluso más divertido que provocarle la furia.
—Ah, eso… —Nami, repentinamente nerviosa, se mordió el labio y de inmediato se arrepintió cuando Law bajó sus ojos, por un ínfimo segundo, a su boca. Carraspeó, y dijo molesta—: Por ser arrogante, engreído y––
—Ser franco y ser arrogante no son sinónimos, Nami. Además, tú necesitabas tomar esa ducha —y dejar de morderte el labio, habría añadido, pero prefirió guardarse el comentario y agregó en cambio—: De lo contrario, probablemente ahora no estaríamos aquí.
A Nami se le cayó la mandíbula. No supo si sus oídos oían correctamente y ese comentario era realmente desvergonzado, o si su estado de alerta le estaba haciendo comprender las cosas de manera retorcida.
—¿Qué demonios significa eso? —inquirió recelosa.
—¿Realmente quieres tener esta conversación? —Law ladeó la cabeza, y su sonrisa se ensanchó aún más cuando a Nami terminaron por disparársele los colores al rostro.
—¡Tú comenzaste! —siseó ella—. C-Como sea… Tu tripulación estaba contigo, ¿verdad? —preguntó lo que antes quiso saber. Law asintió, divertido, reanudando su faena vacilante de comerse el sándwich—. Entonces no es descabellado pensar que deben estar buscándote, considerando que eres el capi––
—¿Oíste eso? —le interrumpió él, dejando de masticar el pan para oír mejor. Nami frunció el entrecejo y miró sobre su hombro.
—Suena como… —murmuró, intentando identificar la fuente del murmullo lastimero—. ¿…un cordero?
—…Siendo degollado —agregó Law con cierto morbo, aunque Nami no pudo estar más de acuerdo.
Law dejó el sándwich a un lado, y cuando pretendió incorporarse para averiguar, el ruido de un vaso roto alarmó a ambos. Los ruidos provenían del interior de la casa. Nami le imitó, y el cirujano le hizo señas con las manos indicándole que guardara sigilo. Se adentraron en silencio, cuidando del crujido de las tablas bajo sus pies. Law tomó la nodachi recostada prolijamente sobre la mesa baja entre los sillones, y Nami se lamentó de haber dejado la propia arma en su habitación provisoria cuando escuchó el murmullo de vidrios rotos siendo removidos.
Un gimoteo, débil y casi moribundo, se oyó tras la puerta de la habitación donde descansaba Desmond.
—¡Es Desmond! —exclamó la navegante, apareciendo tras la espalda de Law y adelantándosele en un rápido trote.
—¡No, espera! —Law intentó detenerla, pero Nami ya había puesto la mano sobre la perilla, la giró, abrió rápidamente la puerta y…
—¡Desmond!, ¡¿estás––
—¡AW!
Más bien, intentó abrir la puerta, porque al hacerlo la puerta no avanzó más de unos poco centímetros antes de trancarse con lo que fuera que había del otro lado. Nami parpadeó, confundida y preocupada por el alarido que era, indudablemente, del epidemiólogo.
—¿Desmond…?
—Por eso te dije que esperaras —murmuró Law, haciéndola a un lado para empujar la superficie con más fuerza, aunque con cuidado, junto con el peso muerto que obstruía el paso a la habitación.
Nami se asomó, y cuando vio a Desmond despatarrado en el piso, no supo si echarse a reír –de burla o de alivio al verle despierto–, o si debía preocuparse por los vidrios rotos bajo su cuerpo bocabajo. Sin embargo la risa le pudo más cuando el castaño alzó la cabeza, miró a Law con los ojos vidriosos y se le aferró a las piernas desplazándose cual reptil por el piso.
—¡Law! —chilló, mirándole hacia arriba—. ¡Intenté levantarme y las piernas no me respondieron! ¡¿Sabes cuánto rato llevo aquí tirado?! —protestó agraviado.
—Al menos tienes energías para gritar —dijo Law, intentando desprenderse de su agarre.
—¡Y más encima vienes y me das con la puerta en la cara! ¡Aquí no hay respeto!
—Lo siento, fui yo quien te dio con la puerta —apuntó Nami, divertida. Desmond la miró, y la mueca llorona volvió a su rostro.
—Nami… —sollozó, estirando un brazo tembloroso hacia ella para incluirla en su extraño abrazo de piernas.
—Suficiente —bufó Law, tomándole de los brazos para levantarlo—. Si querías beber agua, debiste gritar más fuerte —agregó mientras lo recostaba en la cama de sábanas mullidas.
—¡¿No dije acaso que llevo horas aquí despierto?!
—Es un agrado que estés despierto, Desmond —dijo Nami, dedicándole una sonrisa indulgente que logró menguar el enfado infantil del doctor—. Law te había dado un diagnóstico muy negativo.
—¿Negativo? —preguntó Desmond, confundido—. ¿Qué ocurrió?
—¿No recuerdas nada?
—Recuerdo la aburrida fiesta en la mansión de Pávlov —murmuró el castaño, frunciendo el entrecejo cuando la memoria se le tornó sinuosa—. Y creo haber hablado algo con el viejo de mierda en una habitación oscura…
—¿Algo más? —indagó Law, sentándose a un lado del colchón.
—No lo sé… Me duele la cabeza —bufó el epidemiólogo, cubriéndose los ojos con el brazo.
—Fuiste drogado por los hombres de Pávlov —le explicó Law—. Te suministraron un sedante para mantenerte inmovilizado. No podrás moverte correctamente por unos días, probablemente también sientas náuseas y dolor de cabeza debido a la sobredosis.
—El dolor de cabeza es por el portazo.
—Ya dije que lo sentía —murmuró Nami mientras recogía los vidrios rotos.
Law se mantuvo en silencio. Observó a Nami, y luego a quien fue lo más cercano a un amigo algunos años atrás. Reparó en la gargantilla oculta bajo la camisa de Desmond, y estiró su mano para tomarla con cuidado. Desmond levantó su brazo y le miró con estupor mientras Law observaba la bonita sortija de oro que pendía de la cadena.
—¿Quieres que te prepare algo para comer? —ofreció Nami—. No hay mucho en la despensa, pero puedo inventar algo.
—Sería muy amable de tu parte —dijo Law, adelantándose al castaño—. Que sea algo fácil de digerir.
—Entendido, señor mandón —rezongó la navegante, decidiendo no discutir con el capitán sólo porque el favor era por el bienestar de Desmond.
Law esperó hasta que Nami se retirara, y por la mirada que le sostenía Desmond, supo que él también lo prefería de ese modo. Soltó la joya y de inmediato las manos temblorosas del otro hombre la tomaron para ocultarla bajo la camisa.
—¿Hay algo que debas contarme respecto a eso?
—¿Respecto a qué? —Desmond arqueó una ceja, incómodo—. ¿Respecto al fracaso de mi matrimonio? Creo que te hablé lo suficiente de ello para hacerte saber que no es un tema de mi total agrado.
—Tu esposa te abandonó pocos meses después de contraer matrimonio —dijo Law, viendo la expresión contraída que se hizo presente en el rostro del castaño al pronunciar de manera tan dura su mayor fracaso—. Dijiste también que la conociste aquí, en este continente.
—¿Qué hay con eso? —espetó, con genuina molestia.
El cirujano volvió a guardar silencio por un momento, estudiándolo cuidadosamente con la mirada antes de llevarse una mano al bolsillo para extraer una hoja de papel doblada en cuatro partes. La estiró, y la leyó por segunda vez en aquel día.
—¿Pasa algo? —Desmond lo preguntó por preguntar, porque el silencio se le hacía incómodo, y porque conocía demasiado bien a Law para saber que algo malo ocurría—. ¿Qué tiene ese papel?
Law alzó la mirada y le entregó la mentada hoja para que se respondiera a sí mismo. Desmond la tomó, leyó en silencio, sin entender muy bien en un principio, y sorprendiéndose luego por la información detallada del cirujano. Pero no era eso lo que Law quería enseñarle. El cirujano fue consciente del momento en que Desmond comprendió lo que realmente quería decirle, porque sus ojos se abrieron con desmesura y las manos le temblaron inusitadamente.
—Creo que he vivido lo suficiente para no creer en las coincidencias —dijo Law, atrayendo los azules ojos de Desmond sobre los suyos—. Y dada nuestra situación actual, creo mucho menos en los alcances de nombre.
Desmond abrió la boca un par de veces, pero no dijo nada. Frunció el entrecejo, consternado, y volvió a mirar el papel.
Sus dedos acariciaron con trémula solemnidad el apellido, que también era el suyo, impreso en tinta de máquina.
—Mary…
¡Chanchancháaaan! :sonidodesuspensotelenovelesco:
¿Se les viene alguien a la memoria? ¿Quieren matarme por eso? :x
Capítulo largo y con mucha, mucha información. Ya se pueden hacer una idea de qué va el cuento, de los malos malotes, y de que a Nami cada día le pone más Law (?)
Creo que ya dije lo que quería decir al comienzo, pero nuevamente les agradezco la paciencia, sus reviews… ¡es que sus reviews! En serio, los leía y bailaba como Chopper, siempre lo hacen.
Les cuento que por votación popular, este fic pasará a llamarse Noches de Insomnio a partir del próximo capítulo. Así que, sobre todo aquellos que no tienen cuenta, no se me pierdan, ¿bueno? :c
¡Gracias por leer!
Con mucho cariño,
Merle.
