Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XVII
–Preludio–

Las gaviotas ya no se oían; el mar estaba demasiado lejos. La pesquisa sobre su hombro le enseñó que la arenilla blanca hace mucho había quedado abandonada, siendo reemplazada por caminos de tierra suave y una vegetación tan frondosa como una selva. La navegante, quien dormía envuelta en una cobija en la parte trasera de la carroza, había hecho mella en que un paisaje natural como aquel era sólo consecuencia de un ambiente húmedo y cálido; típico de islas o cabos peninsulares, terrenos idóneos para embarcaciones. Burmecia, según lo que había explicado luego Desmond, era el único país portuario del continente, donde la población se dedicaba a la agricultura, ganadería y, principalmente, a la extracción de especies marinas.

Cuando el crepúsculo del amanecer comenzó a insinuarse en el cielo, Desmond jaló con mayor apremio las riendas de los caballos; lo suficiente para acelerar el paso procurando, además, mantener un trote ligero en lo posible silencioso. Encendió el quinto cigarrillo del día que aún no daba inicio, y Law a su lado no volvió a recriminárselo ni tampoco, para su agrado y sorpresa, a rechazar el que le ofrecía.

Dio una larga calada, saboreó la suave textura del humo en su boca antes de guiarlo a sus pulmones para mantenerlo allí unos segundos, y expulsarlo luego parsimoniosamente por sus labios partidos apenas, deleitándose en ese mal vicio que detestaba y que sin embargo su organismo agradecía con anhelante regocijo.

Contrario a lo que Law pudo haber pensado, sólo siete días le tomó a Desmond tener una recuperación, entre comillas, completa. Entre comillas, porque durante los primeros días el simple ejercicio de llevarse una cuchara a la boca constituía para él un esfuerzo casi sobrehumano, y en el presente, aunque ya era capaz de moverse con libertad, aún había ciertos movimientos que le arrancaban quejidos que se acallaba en vanos intentos por aparentar normalidad. Pero la lentitud de su recuperación no fue lo que había preocupado a Law; no, lo que él temió, era que Desmond perdiese toda voluntad tras descubrir que los últimos años de su vida se los pasó viviendo en una mentira. Porque cuando supo que su investigación fue siempre saboteada y que la única persona a quien amó formaba parte de aquel sórdido juego, Desmond cayó en un estado catatónico del cual ni él ni Nami fueron capaces de sacarle.

Porque la muerte de la voluntad debilita el cuerpo. Y si Desmond hubiese tenido planes de aprehender la abulia y de pasarse los últimos días con la vista clavada al techo, muy difícilmente tendría ánimos de rehabilitarse. Pero no fue así. Al epidemiólogo sólo le tomó un par de días, porque al tercero fue la cólera lo que embargó su alma, no contra quienes coaccionaban su dolor, sino contra sí mismo. De una manera muy impropia en él, en su boca no hubo más que palabras sombrías, alentadas por un cuadro de negativismo autodestructivo, que, sin embargo, eran ciertas. Su catarsis fue dura, pues la realidad es cruda y, cuando se vive en la inexistencia real de las ilusiones, muy dolorosa.

Cerró los ojos, exhalando el humo en sus pulmones y con ello, también, una pequeña fracción de la fatiga que aquejaba a su cuerpo. Estaba agotado; cansado de lidiar con factores externos que dificultaban sus objetivos. Claro que no era historia nueva, el Gobierno siempre fue su enemigo natural. La diferencia era que hasta unas semanas atrás, le tenía sin cuidado alguno lo que hiciera o no el Gobierno, porque preocuparse por ello le sabía tan absurdo como ser esclavo de cualquier otro miedo. En la oscuridad de la noche observó sus manos; paseó sus ojos grises sobre aquella palabra tatuada que, para el común de la gente, era representación del mayor de sus temores. Para él, sin embargo, no era así. A la muerte y a cualquier otro miedo los aprehendía como a la vida misma, y aquel acto de rebelión era lo que le hacía sentir más fuerte, más vivo y más libre.

Pero ahora estaba cansado, y molesto por ello. Se sentía intranquilo; sentimiento del cual no estaba acostumbrado experimentar. Porque no tenía el control de nada, y a pesar de que usualmente no se inquietaba por ello –porque de una manera u otra lograba siempre darle la vuelta a la situación a su favor–, ésta vez por cada paso que daba sentía que retrocedía dos.

El Gobierno se estaba metiendo personalmente con él. Gottlieb y Mary lo insinuaron, Pávlov lo dijo explícitamente, y los documentos hablaban por sí mismos: al contrario de Nami y Desmond, su nombre estaba impreso más de una vez en ellos, sin develar más detalle que la imperiosa necesidad de su presencia en el proyecto. Cierto era que convertirse en Shichibukai conllevaba a verse envuelto en situaciones dignas de su desprecio, pero aun así, era libre de aceptarlas.

No era un perro del Gobierno, seguía siendo un hombre libre. Es por ello que estaba cansado de estar cansado; ya era suficiente. Estar demasiado tiempo en la pasividad de la inopia no era precisamente de su agrado, sino todo lo contrario.

—Law —le llamó el epidemiólogo, rompiendo el extenso silencio que durante horas no fue interrumpido—. Aún falta un poco para llegar a Burmecia. Deberías tomarte un descanso.

Las inquietudes quitan el apetito y sobre todo el sueño. Y aunque el insomnio fue siempre su más fiel compañero nocturno, el trastorno se acrecentaba aún más cuando las preocupaciones le rondaban a gritos en la cabeza. Los párpados le pesaban, y la fatiga se había acomodado en su estómago desde hace días. Mientras no salieran de Brigadoon, no había mucho que hacer al respecto. Necesitaban llegar a Burmecia cuanto antes, conseguir un barco y volver al mar; todo aquello suponiendo, claro, que un poco de buena suerte –aunque poco y nada creía en ella– les cayera encima.

—Law, ¿me estás escuchando? —insistió Desmond, golpeándole el brazo con el codo—. Es muy aburrido viajar en silencio. Si no tienes planes de contarme algo interesante o de cantarme alguna de esas hilarantes tonadas que cantan ustedes los piratas para amenizar el viaje, preferiría que te vayas a dormir.

—No estoy de ánimo para tus––

—Y yo no tengo ánimo de verte la cara larga —continuó, interrumpiéndole—. Anda, vete a dormir.

El cirujano se picó los ojos y resopló, decidiendo pasar por alto el tono altanero de Desmond y el hecho de que le estuviera dando órdenes con desenvoltura; Desmond siempre lo hacía. Observó el cigarrillo entre sus manos y le dio una última calada antes de arrojarlo fuera de la carroza. Desmond contrajo el rostro ante ese mal hábito de botar los cigarrillos a medio consumir; Law siempre lo hacía.

—Descansaré unos minutos —dijo entonces, pasando con cuidado hacia la parte trasera del carro.

El epidemiólogo murmuró algo entre risas quedas que sonó muy parecido a buen chico, pero Law no se molestó en desgastarse con el epidemiólogo a pesar de lo mucho que odiaba que se preocuparan por su bienestar; porque, nuevamente, Desmond siempre lo hacía. Mientras se acomodaba en el lado que no ocupaba la navegante, recordó aquellas reiteradas veces en que sus tripulantes le recriminaban por las largas horas –o días incluso– que se perdía en la sala de cirugías estudiando algún nuevo sujeto de investigación. Los surcos bajo sus ojos eran alarmantes para muchos, pero para él sólo constituían una consecuencia insignificante si era comparada con los gratificantes conocimientos que obtenía tras el sobresfuerzo.

Sin embargo ahora no podía decir lo mismo. En el contexto presente no había nada gratificante.

Guardó sus manos frías en los bolsillos de su pantalón y dejó caer la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos con un largo bufido, buscando relajar la tensión acumulada de sus músculos. Nami se removió a su lado; lo notó por el sonido suave de las cobijas y por el ronroneo que escapó de sus labios. Abrió un ojo, y en la penumbra de la noche, encontró los brillantes ojos de la navegante mirándole somnolientos.

—Hola —murmuró Nami, quitándose las cobijas con movimientos lánguidos cuando la temperatura ya no le pareció tan fría como en las noches anteriores.

Law, por respuesta, volvió a cerrar el único ojo abierto. Buscar una tregua con el tan ajeno sueño que se empeñaba por pesarle en los hombros sin dejarse caer del todo sobre él, era una tarea que a Law siempre se le hizo ridículamente compleja. Probablemente dormir era una de las pocas cosas que se le daban mal. La mera predisposición de dormir y de perder la conciencia por unos momentos lograba en él todo lo opuesto; los pensamientos se revolucionaban, y una lucidez vertiginosa y retorcida era capaz de convertir un paraíso en un lugar de tortura.

Insomnio. Qué bastardo más desagradable.

Nami lo observó en silencio. Observó la insondable arruga entre sus cejas sobre pestañas y párpados ligeramente agitados. Su mandíbula y sus labios esculpidos estaban tensos. Bajó su mirada hacia sus manos ocultas en sus bolsillos, notando que sus dedos se movían inquietos bajo la tela. No necesitó preguntarle para saber que Law no estaba tan tranquilo como solía aparentar. Y Law no necesitó tener los ojos abiertos para saber que tenía su mirada clavada sobre él, lo cual no estaba siendo de ayuda en su plan de evadirse aunque fuese por unos ínfimos minutos de la realidad.

—¿Ocurre algo? —lo preguntó porque escucharle hablar era menos fastidioso que tener su mirada insistente y silenciosa sobre él.

Nami se mordió los labios; Law estuvo seguro de escucharlo. Su continuo silencio le hizo saber que algo desconocido rondaba por la cabeza de la navegante. Sin embargo la pregunta que murmuró ella, en voz baja, le hizo alzar las cejas con estupor.

—¿Estás bien?

No fue la pregunta en sí, sino el tono. Suave. Íntimo.

—¿Por qué lo preguntas? —quiso saber, imitando el mismo tono que ella empleó.

Nami resopló, dejando caer la cabeza hacia atrás al igual que él. Desvió su mirada hacia Desmond, ajeno a la conversación silenciosa tras él acallada por el constante galopeo de los caballos, y volvió a posar sus ojos avellana sobre el capitán.

—No respondiste a mi pregunta —dijo entonces con más firmeza—. Desmond aún está muy débil, física y emocionalmente; le tomará mucho tiempo recuperarse por completo. Luego de todo por lo que ha pasado, no vamos a abandonarlo. Yo no lo haré.

Law enarcó una ceja, sin comprender hacia dónde apuntaban ahora las palabras de la navegante. Ya habían discutido la situación; era un hecho que no dejarían atrás a Desmond. Si hubiese tenido planes de dejarlo, no tendría lógica haber dejado pasar todos esos días a espera de su recuperación. Siete días de espera, tres días de viaje sin pausa hacia Burmecia. Abandonar a Desmond estaba fuera de discusión. Porque la travesía en Burmecia se tornaría aún más compleja sin él, y también porque sus ambiguos principios como doctor le impedían dejarlo desvalido.

Nami guardó silencio unos momentos, meditando cuidadosamente aquello que quería expresar.

—Si nuestros planes para escapar de aquí son meternos directamente en territorio enemigo, entonces… —la determinación en sus palabras fue trémula. Resopló una vez más, cerró los ojos, y agregó finalmente—: Necesito saber que puedo contar contigo.

Law volvió a alzar las cejas. Abrió los ojos y giró la cabeza para atender la mirada de la navegante, descubriendo en su expresión genuina preocupación. La preocupación del resto era molesta porque, simplemente, le hacían sentir débil. Era un golpe contra su firmeza, porque convertían su fatiga en un hecho real que su ego le impedía reconocer. No obstante viniendo de ella no le pareció molesto ni desagradable, porque la aflicción de la navegante era la misma que a él le aquejaba. El corazón blandito de Nami nuevamente salía a flote; ya no debería sorprenderle. De hecho, por el mismo motivo, era muy probable que sus líos mentales fueran incluso peores que los suyos.

—Vaya… ¿Estás preocupada por mí? —musitó Law. La sonrisa arrogante le picó en los labios—. Me siento halagado.

—No has dormido en días —continuó ella, ignorando el último comentario del cirujano—. Te he visto; noche y día no dejas de leer esos documentos, y ni hablar de estos últimos tres días de viaje. Pienso que deberíamos detenernos antes de llegar a Burmecia, acampar un par de días más para descansar apropiadamente, y luego… —entornó los ojos, molesta al notar la sonrisa prominente en los labios del capitán—. ¿Te parece gracioso lo que estoy diciendo?

Nami, la Gata Ladrona, realmente estaba preocupada por él. Eso sí era un halago; una noticia que se encontró saboreando con verdadero deleite.

—No, me parece interesante —respondió, observando divertido cómo las cejas de ella se ceñían con recelo.

—¿No puedes tomarte en serio lo que digo por un––

—Estoy bien —le interrumpió él.

Y no fue lo que dijo lo que la acalló, sino la mano amplia y fuerte que apretó la suya que descansaba sobre el terciopelo de los asientos. Parpadeó un par de veces antes de bajar la mirada hacia su mano pequeña cubierta por la de Law. El estómago se le contrajo cuando sus dedos tatuados se enroscaron entre los suyos, y no pudo evitar imitarle al descubrir cuan terriblemente agradable era la sensación.

Los dedos de Law eran de apariencia tosca, pero suaves entre los suyos. Y a pesar de estar fríos, conseguían transmitirle la calidez y la seguridad que necesitaba de su parte.

—Estoy perfectamente —continuó Law, atrayendo los ojos de Nami nuevamente sobre los suyos—. Pero si nos detenemos un día más, me temo que entonces tendrás motivos suficientes para preocuparte por mi sanidad mental —agregó aquello con cierta jocosidad, logrando que los hombros de Nami se relajaran y que sus labios se curvaran en una sonrisa—. Llegaremos a Burmecia, tomaremos un barco y zarparemos al mar. Tú te irás a donde sea que quieras, y yo volveré al Nuevo Mundo. ¿Entendido?

Su pulgar acarició con un movimiento vago la mano de Nami, siendo muy consciente del escalofrío que provocó en ella. La piel de su brazo desnudo se erizó, y Law se encontró frunciendo las cejas ante el impulsivo deseo de subir un poco más su mano para tentar con sus yemas los delicados poros de su piel lozana. Porque si sus manos eran así de sensibles ante su tacto, estaba seguro de que la piel expuesta de sus brazos y su vientre debía ser aún más receptiva. Y ni hablar de su cuello, por ejemplo. O de sus labios. Se obligó a permanecer tan quieto como estaba cuando vio que Nami aún le estaba sonriendo. Sin embargo, tal como ella había imitado antes el abrazar sus dedos entre los suyos y cuando imitó también su caricia, delicada y tímidamente, Law agradeció la oscuridad de la noche cuando sintió que el calor se le subía al rostro.

Necesitaba dormir. Si la falta de sueño no le hacía perder la cabeza, definitivamente Nami lo haría. Aun así, se negó a soltar su mano. Porque su simple caricia era tranquilizadora, casi hipnotizante.

—¿Y qué hay sobre Desmond? —preguntó Nami de pronto, sacando a Law de sus desvaríos mentales—. Hasta hace unos días apenas podía mantenerse en pie sin tropezar sobre sus pasos. ¿Qué tal si tenemos problemas y nos vemos envueltos en una situación compleja?

—Creo haberte dicho que Desmond es más fuerte de lo que aparenta —murmuró Law, cerrando los ojos al sentir que sus músculos finalmente se rendían al cansancio.

—En ese entonces creí que lo dijiste para que me quedara tranquila —comentó ella. El cirujano arqueó una ceja, sin molestarse en abrir nuevamente los ojos.

—¿Por qué haría algo tan estúpido?

—¿Para hacerme sentir bien?

—Créeme que te puedo hacer sentir bien sin necesidad de mentiras, Nami —dijo entonces, riendo por lo bajo cuando Nami le dio un codazo en el brazo al reparar de inmediato en el doble sentido de sus palabras.

Nami tuvo que morderse el labio para borrar la sonrisa boba y para que el calor se le fuera de las mejillas. Había algo en Law, en su verborrea limpia, directa y muy arrogante, que siempre lograba confundirla. Y no era sólo lo que decía, sino cómo lo decía. Dejando fuera las burlas y los comentarios sugerentes, siempre había franqueza en sus palabras. Cuando en su rostro no estaba la mueca fatua, Nami temía perderse en la claridad de sus ojos grises.

Bajó la mirada y observó sus manos entrelazadas. Su propia mano entre la de Trafalgar Law, el Cirujano de la Muerte. ¿Quién le habría dicho que estaría en situación semejante? Y más aún, que disfrutaría de dicha situación. Racionalizarlo lo convertía en un hecho atemorizante. Pero si se dejaba llevar, si simplemente sentía en lugar de pensarlo, descubría en ello algo de dulce sosiego. Se sentía bien. Se sentía correcto.

Realmente estaba perdida.

Observó su rostro ahora más tranquilo; no había tensión en sus facciones suaves. Recordó vagamente aquella noche en que conoció a Desmond. Law había recibido un tiro, y su obstinación le llevó a perder la conciencia por unos cortos minutos luego de extraer la bala. Recordó su expresión contraída mientras dormía. Sus balbuceos entre sueños. Y también recordó cómo su rostro volvió a relajarse casi de inmediato cuando le acarició el cabello; justo como en el presente.

¿Podía ella espantar sus quimeras con algo tan pequeño como una caricia?

En su silencio, tanto Nami como Law se preguntaron lo mismo.

Tal vez en el contexto presente sí había algo gratificante. Porque al cabo de unos minutos, el cirujano cayó profundamente dormido.


Era mediodía cuando despertó. Sin sobresaltos, sin pesadillas. Sus párpados se abrieron con suavidad e incluso un bostezo le escapó de los labios.

Raro. Ni en la comodidad de su cama despertaba tan descansado. Se estiró como un gato, descubriendo que Nami ya no estaba a su lado, que la carroza estaba detenida, y que hacía un calor grotescamente sofocante. Se quitó la cobija que antes ocupó la navegante y abrió la puerta con apremio, buscando en el exterior un poco de aire fresco. Pero no fue frescura lo que golpeó su rostro, sino una oleada de aire caliente.

Law entonces declaró su odio contra el país de Burmecia. Para alguien del North Blue como él, los climas tropicales no eran precisamente sus favoritos. Húmedos, cálidos, desagradables. Al menos había dormido más de una hora, de lo contrario el sol en lo alto del cielo no hubiese tardado en provocarle dolores de cabeza. Por primera vez en semanas, echó en falta su gorra.

—Buenos días, bella durmiente —le saludó Desmond, sentado bajo la sombra de un frondoso árbol junto a la navegante.

Law lo ignoró, bajó del carro, y paseó su mirada por el paisaje verdusco. Los troncos de los enormes árboles estaban pintados en musgo. El suelo húmedo estaba atiborrado de helechos y del cielo caían lianas y revoloteaban aves que nunca antes había visto. Reparó también en que era imposible ver las copas de los árboles. No porque fueran demasiado altos, sino porque la niebla, en ese lugar, era especialmente espesa.

—Es bonito, ¿verdad? —comentó Nami—. Y el clima es una delicia.

Law no se molestó en responderle, porque al igual que Desmond, parecía de buen humor. Expresar su tirria contra el clima era innecesario; seguro que ya lo habían notado en su rostro, porque ambos rieron divertidos cuando chistó la lengua y volvió al carruaje en busca del bolso que cargaba con las pertenencias de la navegante y las propias.

Se quitó la sudadera amarilla y buscó alguna prenda adecuada para el lugar. Mientras se ponía una simple camiseta negra, escuchó a Desmond decir algo en voz baja que no alcanzó a oír, pero escuchó perfectamente el golpe que le soltó Nami.

—¡Aw! —se quejó el epidemiólogo—. ¡Pero si es verdad!

—¡No es verdad! —siseó ella—. No es nada que no haya visto antes.

—Oh, ¿ya llegaron a ese nivel?

—Desmond, si no cierras la boca, volveré a dejarte en coma por unos días.

—¡Qué agresiva! —exclamó Desmond divertido, alzando las manos con gesto inocente.

El capitán se giró, tomando nota del ligero sonrojo en las mejillas de la navegante y también del hecho que ya no iba en jeans, sino en pantalones cortos. Cuando volvió sus ojos a los de ella, el sonrojo se había vuelto aún más prominente tras su inspección. Sonrió divertido, pero no dijo nada al respecto.

—Entonces, ¿esto es Burmecia? —preguntó Law, volviendo a pasear la mirada por el follaje—. ¿Dónde está el elitismo en todo esto?

—¿Elitismo? —Desmond arqueó una ceja—. Burmecia no tiene nada de elitista. Y por cierto, aún no estamos allí.

Law lo miró sin comprender.

—¿Ves eso de allá? —dijo Nami, apuntando hacia el este. Law siguió la dirección indicada con la mirada y notó entonces, entre la espesura del paisaje y la niebla, una sombra negra que se alzaba aún más alta que los mismos árboles—. Son los muros de Burmecia. La entrada principal está un poco más hacia el norte, pero tal como acordamos, nos infiltraremos por este lado.

—El carruaje sólo puede llegar hasta aquí —explicó Desmond mientras se incorporaba para encaminarse hacia el par de caballos—. Lo cual es una lástima, porque comprarlo me costó un ojo de la cara. Pero este par será más que suficiente para llevarnos a donde sea, ¿verdad que sí? —lo último pareció preguntárselo más bien a los equinos, y Nami rio divertida cuando el epidemiólogo continuó murmurándoles melosidades mientras les quitaba el aparataje que los ligaba al carro.

Viendo que Law ni Desmond necesitaban de su ayuda, Nami recostó la espalda contra el tronco del árbol disfrutando de la pequeña pausa antes de continuar el viaje. Notó que los movimientos de Law eran ligeramente más enérgicos y que su entrecejo estaba un poco menos fruncido que hasta hace algunas horas atrás.

—¿Cuál de los dos prefieres? —preguntó Desmond cuando vio a Law aproximarse a él—. ¿La pequeña Grace o el viejo Joel?

Law se encogió de hombros y se acercó a Grace, la yegua de pelaje blanco, simplemente porque la tenía más cerca. Sin embargo cuando pretendió acomodar el equipaje en su montura, el epidemiólogo hizo un mohín y no se apartó del lado de la yegua; de hecho, tiró sutilmente de sus riendas para alejarla del cirujano. Law arqueó una ceja y luego rodó los ojos.

—No me importa cuál, Desmond —bufó, pasando entonces de Grace para cargar al caballo pardo, el viejo Joel.

Nami sonrió distraída mientras se llevaba la botella de agua a la boca, pero no bebió cuando reparó en que uno de los caballos estaba siendo más cargado que el otro. La yegua llevaría las pertenencias, junto a un jinete, y el macho iría más ligero para cargar con los otros dos. Uno para Desmond, otro para ella y Law. Recordó a Brego, aquel bonito caballo que con tanto ahínco les había obsequiado Jim algunas semanas atrás. Recordó lo bestia que era Law tras las riendas.

Arrugó las cejas en una mueca contraída. Si no quería experimentar nuevamente de tener el estómago en la boca gracias a Law y su inclemencia al momento de cabalgar, debía hacer algo al respecto. Se incorporó rápidamente, sacudió el polvo de sus pantalones cortos y se aproximó a Law con pasos tentativos. Observó al caballo y le dio unas palmaditas suaves en el cuello, aseverando con una corta inspección visual que podría lidiar con sus riendas al verle tan tranquilo comiendo hierbas silvestres.

—¿Puedo llevarlo yo? —preguntó con disimulo en tanto acariciaba los suaves cabellos negros de su crin.

—¿Sabes montar a caballo? —Law la miró de soslayo, sin prestarle demasiada atención.

—Bueno… —se rascó la mejilla en busca de algún buen argumento—. He montado en camello, no creo que sea muy diferente.

Law detuvo lo que hacían sus manos sobre la montura de Joel para mirarla con una ceja alzada, ligeramente desconcertado. Nami se encogió de hombros.

—Un camello —murmuró curioso. ¿En qué tipo de aventuras se había involucrado la navegante para llegar a cabalgar, entre todas las cosas, un camello?—. Independiente del cómo y el por qué alguna vez montaste un camello —sonrió divertido—, la personalidad de un dromedario y la de un equino es muy diferente. Los caballos son mucho más temperamentales. Si no sabes guiarlo correctamente, terminaremos––

—No hay problema —le interrumpió Desmond mientras se subía a la cargada pequeña Grace—. El viejo Joel es muy manso, disfrutará el que una dama lleve sus riendas.

El capitán clavó molesto sus ojos en el epidemiólogo, quien esbozó un mudo "¿qué?" con la boca mientras cabalgaba en torno a ellos revisando que el equipaje estuviera correctamente equilibrado.

—¿Lo ves? Además, creo tener cierto carisma para algunos animales —continuó Nami—, ese camello estaba ridículamente enamorado de mí.

—Seguro que tu carisma no afecta sólo a los camellos —murmuró Desmond al pasar junto a Law, sacudiendo las cejas con picardía cuando el cirujano volvió a clavarle los ojos encima.

Nami ignoró el comentario del epidemiólogo, y cuando Law regresó su atención sobre ella, ladeó la cabeza y revoloteó sus pestañas con insistencia. Law resopló, ajustó un par de correas en la montura, y luego, con falsa cortesía y burla de por medio, le tendió su mano para ayudarle a subir al caballo.

La navegante sonrió sobre la montura de Joel mientras tomaba las riendas entre sus manos. No obstante la dicha de la victoria personal poco le duró, porque cuando Law montó también el caballo y no encontró otro sitio mejor donde descansar las manos más que sobre sus caderas, la espalda de Nami se irguió automáticamente con un sobresalto. Por supuesto que Law lo notó, y Nami estuvo segura de que la risa que emitió junto a su oído y que reverberó contra su espalda era evidencia de la propia victoria del capitán; Law no cedería tan fácilmente a sus pequeños caprichos si no obtenía algo a cambio de ello. Tras la amena conversación de hace pocas horas atrás en la carroza, la navegante había olvidado esa soberbia cualidad del cirujano. Ese afán por hacerle sentir incómoda, de divertirse a costa de su vulnerabilidad ante sus provocaciones verbales o no verbales.

Admitía que sus provocaciones lograban con mucha eficiencia su cometido: sonrojarla hasta las orejas, incitarle volteretas en el estómago e interrumpir toda línea de pensamiento con orden lógico en su cabeza. Mentiría si decía que eran sensaciones desagradables, pero sabía bien que todo indicio de coquetería era producto de su arrogancia. Nami lo sabía; no necesitaba conocerlo mucho más de lo que ya lo conocía para saberlo. Al ser una mujer orgullosa, el poder que su engreimiento ejercía sobre ella conseguía desconcertarle y, sobre todas las cosas, hacerle sentir idiota.

Ya era suficiente.

Resopló con un pronunciado mohín en el rostro y relajó su postura mientras tomaba con más fuerza las riendas del caballo. Se concentró en el camino, descubriendo que definitivamente montar un camello y montar un caballo no se parecía en nada. Ese camello –¿Pestañas?– era tan ridículamente dócil que obedecía órdenes habladas; no era necesario tener cuidado con sus riendas. A la navegante le tomó unos pocos minutos pillar la técnica de cabalgar, rehusándose a aceptar la ayuda de Law cuando en más de una ocasión el cirujano quitó sus manos de sus caderas para jalar las riendas. Nami golpeó sus manos con las suyas para impedírselo incluso obligándole a devolver sus manos a sus caderas, y sólo a la cuarta vez que lo hizo Law dejó de darle órdenes o de regañarle por tirar demasiado fuerte de las riendas. Al final, Nami logró guiar perfectamente a Joel entre los pastizales, evadiendo frondas, árboles y ciénagas, limitándose a imitar el trote ligero que llevaba Desmond unos pocos metros más adelante.

Los muros que separaban a Burmecia del resto del mundo eran tan altos, que era absurdo pensar en escalarlos y mucho menos en romperlos. Claro que Law no hubiese tenido problemas con lo último, pero tras largas conversaciones durante días, llegaron al acuerdo de evitar escándalos para mantener un bajo perfil. Así que, una vez llegaron a los enormes muros, no intercambiaron más que miradas decididas y asentimientos de cabeza para que Law hiciera lo que debía. Utilizó su curiosa y muy útil habilidad, y sin necesidad de destruir ni cortar nada, estuvieron en un abrir y cerrar de ojos en terreno burmeciano.

Y del otro lado, lo único que era ínfimamente diferente, era la niebla. Allí, en Burmecia, la niebla alcanzaba niveles alarmantes; los altos muros funcionaban como un enorme biombo de contención artificial. Sin embargo la selva seguía allí, y tras un par de horas de cabalgata, Nami no pudo evitar preguntar lo mismo que Law había observado antes. ¿Dónde estaba la ciudad? ¿Dónde estaba la clase alta del continente? ¿Dónde estaba la universidad que había mencionado Julia, la amable hija de Sam, que sólo admitía miembros de la alta sociedad civil? Desmond respondió con una carcajada.

—Eso es un mito, Nami —dijo con cierta ironía—. Además de crear muros, crearon también una falsa aristocracia. Aquí no hay más que campamentos ocultos entre todo este follaje aislado. Algunos años atrás Burmecia vio mejores días, pero en el presente, es aún más pobre que cualquier otro país del continente.

Cabalgaron a través del atardecer. Nami y Desmond intercambiaban de vez en vez conversaciones vagas; Law se mantuvo en silencio. Al cederle las riendas a Nami, tenía la ventaja de tener sus sentidos en constante alerta. Sus ojos exploraban ávidos los árboles, el cielo oculto y el camino indómito, sus agudos oídos atentos en cada ruido natural de la selva. En su olfato y gusto estaba la niebla. Era una verdadera peste. Su ácido olor era tan tangible, tan denso y nauseabundo que no tardó en ponerle de mal humor. Resopló con fastidio, y de pronto en su olfato y en su tacto la navegante se volvió más presente que nunca.

Se inclinó un poco, descubriendo que la fuente del aroma era su cabello. Dulce, apenas cítrico como las mandarinas. Observó en detalle la contracción de sus brazos cada vez que jalaba las riendas, así como también la ligera capa de sudor que parecía brillar con sutileza incluso cuando no había rayo de sol capaz de cruzar el velo implacable de la niebla.

Entonces todos sus sentidos se fueron a clavar en ella. Frunció el entrecejo, confundido. Sintió su aroma dulzón colándose por cada poro de su nariz. Su piel suave quemando bajo sus manos. En cuanto al gusto, la niebla parecía haberse desvanecido; estaba seguro de que sentía el característico sabor de las mandarinas en su paladar. Y de pronto sintió sed. Un hambre voraz. Y en la navegante veía una inagotable fuente de satisfacción para sus necesidades más básicas. Para sus más bajos instintos.

Parpadeó una, dos veces. Sus sentidos estaban obnubilados, centrados en ella y sólo ella. La voz de Desmond lo sobresaltó.

—¡Ah! —chilló el epidemiólogo, jalando las riendas de la pequeña Grace para que se detuviera—. Ya no aguanto más.

Nami le imitó, deteniendo el trote del caballo.

—¿Qué no aguantas más? —La voz de Nami pareció zumbar en los oídos de Law, lo suficiente para sacarle de cuajo de sus desvaríos. Se picó los ojos y se mordió el interior de los labios. Con fuerza.

—Pis —dijo Desmond mientras bajaba apresuradamente de la yegua—. Vuelvo enseguida.

Dijo aquello, y en menos de un segundo se perdió rápidamente entre la hojarasca de la selva. Nami rio divertida, agradeciendo la pequeña urgencia del epidemiólogo en pos de una breve pausa. Aspiró aire en sus pulmones, cerró los ojos, y sin mediarlo demasiado, soltó el oxígeno en un largo bufido mientras reclinaba su espalda hacia atrás en plan de relajar su cuerpo.

Sin embargo Law, muy por el contrario de ella, se tensó cuando sintió la cabeza de la navegante cayendo sobre su hombro. Porque ya no fue sólo la ínfima porción de piel la que quemó bajo sus manos, sino también la espalda desnuda de la navegante contra su torso palpitante. Su aroma era desbordante, y su calor tan abrumador que era desquiciante.

Sólo estaba Nami. Allí, en sus manos. Tranquila, despreocupada y con la guardia baja. Siempre era así a su lado.

La navegante dijo algo. Law no escuchó más que su voz reverberando sin sentido alguno en sus oídos vulnerables. Era casi doloroso. Su piel balsámica parecía picar bajo sus dedos, invitándole a frotarlos en alguna otra parte para quitarse la ansiedad en un círculo vicioso. Y lo hizo.

Nami abrió los ojos de golpe cuando sintió las manos de Law subiendo desde sus caderas, acariciando como plumas la vertiginosa curva de su cintura. No fue capaz de moverse. No fue capaz de articular palabra. Porque al abrir la boca para decir algo –cualquier cosa cuerda para evitarlo–, la voz se le atascó en la garganta cuando el capitán hundió la nariz contra su cuello. Allí, justo bajo su oído, inhaló su aroma y lo expulsó entre sus dientes con un angustioso gruñido.

Giró la cabeza, pasmada, y entonces sus ojos se encontraron a escasos centímetros. El gris ahumado en sus ojos la estremeció, y de alguna forma, le hizo saber casi a ciencia cierta que Law no estaba del todo en sus cabales. Algo en la ausencia del peculiar brillo de sus ojos, en el inusual temblor de sus manos, en sus movimientos tentativos, casi temerosos, apenas reticentes.

No se sentía bien. No se sentía correcto.

Sus manos soltaron las riendas y fueron a posarse sobre las de Law cuando las sintió subiendo peligrosamente por su estómago.

—Law —le llamó con precaución. Su voz sonó trémula, demasiado ronca para su gusto—. ¿Qué––

El frío estrépito de un tiro cortó a través el plúmbeo silencio de la selva. Interrumpió sus palabras e hizo trizas su estupor. Reaccionó de inmediato.

—¡Desmond! —exclamó alarmada, bajando rápidamente de la montura de Joel cuando estuvo segura de que el tiro provenía de la misma dirección en que había ido el epidemiólogo.

Estuvo segura también de que Law le seguiría. De que mientras corría entre la breña, Law iría tras ella; estuvo segura de verle tomando la nodachi. Pero no fue así. Su impulsiva carrera no avanzó más de un par de metros, porque de pronto escuchó tras su espalda un sordo ruido cayendo sobre la maleza.

A poco estuvo de tropezar sobre sus pasos cuando giró sobre ellos, y sus ojos se abrieron aún con mayor confusión cuando vio a Law sobre sus manos y rodillas.

—¡Law!, ¡¿qué demonios?! —corrió hacia él, tomándole los hombros con apremio—. ¡¿Estás bien?!

No lo estaba. Jadeaba, como si el oxígeno le ardiera en los pulmones. Vio los músculos de sus brazos y hombros tensarse bajo su piel. Estaba pálido. Sus párpados estaban fuertemente cerrados. Sudaba frío, pero su piel ardía. Gruñó dolorosamente, y todo lo poco que había en su estómago fue expulsado en una violenta convulsión. Un segundo y un tercer tiro resonaron a escasos metros de ellos, y Nami sintió que el corazón le estallaría de un momento a otro.

—¡Law, por favor! —gritó alterada—. ¡Tienes que levantarte!

—¡NAMI!

Desmond.

Alzó la cabeza cuando oyó su nombre gritado con demasiada urgencia. Cuatro, cinco tiros más. Los acelerados pasos de Desmond se oían sobre la hierba. Law convulsionó una segunda vez, y se desplomó sobre su regazo. Miró al cirujano. Miró la hojarasca. Una y otra vez.

—¡Desmond! —su voz se rompió en un llanto nervioso cuando finalmente le vio aparecer—. ¡Law está––

—¡CORRE! —gritó Desmond—. ¡ES UNA EMBOSCA––

Un último tiro dejó en blanco la cabeza de la navegante. Un último tiro derribó a Desmond justo frente a sus ojos.

Desmond es más fuerte de lo que aparenta; es lo que Law había dicho. Pero una bala definitivamente podía desplomarlo.

Aun cuando las lágrimas de la angustia se habían colmado en sus ojos abiertos, no fue capaz de parpadear. La quietud de la imagen la estremeció. Cruda, despiadada. Demond estaba allí, pero no se movía. Law estaba entre sus brazos, pero no se movía. El silencio parecía ensordecedor.

Una emboscada. Las inconclusas palabras de Desmond hacían eco entre las sombras pálidas de sus pensamientos.

Pensó que debería moverse. Correr, huir. Pero no podía. No cuando el cuerpo no le respondía. No cuando Law estaba inconsciente en su regazo. No cuando Desmond yacía inmóvil sobre la hierba.

Los pasos tras su espalda fueron fantasma en su percepción anestesiada. Sólo sintió un duro golpe en la nuca, y luego, todo se fue a negro.


Me tardé un montón otra vez, pero menos que antes, ¿verdad que sí? *Merle buscando excusa que valga*

Este es el capítulo más grotescamente largo que he escrito nunca. Es un poco raro; tiene sus altos y bajos, kilos de azúcar melosa, introspecciones personales, narración más indirecta que directa, y un final puñetero, lo sé 8D

En cuanto a la melosidad, pueden odiarla o disfrutarla, porque el grado de ñoñería no subirá más que esto. Admito que me lío un poco al describir directamente sus sentimientos; prefiero que los actos hablen por sí mismos y entregarles una lectura entre líneas, más implícita. Pero quise darles un poquito en el gusto, y también experimentar en eso de escribir romance a "rajatabla". Me adentré más pronto de lo que esperaba en el último arco (sí, es el último u_u), así que debido a las circunstancias presentes en el fic, Law y Nami ya no tendrán mucho tiempo para pensar lo que sienten por el otro. Digamos entonces que este capítulo es uno de transición, de esclarecimientos vagos y, claramente, el comienzo de la acción, ¡YAY! (porque no sé a ustedes, pero al igual que Law, me estaba aburriendo tanta quietud… definitivamente lo mío no es el romance dulzón xD)

Así que eso, de aquí en más, menos blablá y más acción para estos dos. ¿Qué le pasó a Law? ¿Por qué los atacaron? ¿Disfruto haciendo sufrir a Desmond? Todo esto y mucho más en... ok, no. Pero cuéntenme a qué conclusiones llegan, porque sé que soy una autora pesada que les deja siempre en ascuas. Perdón, no puedo evitarlo (?)

Este capítulo tampoco fue beteado, pero cuidé de revisarlo cual fascista de la gramática. Seguramente se me escapó algo… de ser así, no teman en acribillarme si pillan algo muy espantoso.

Como siempre, con muchísimo cariño para ustedes,
Merle.