Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
XVIII
–Disociación–
La falacia de saberse consciente en su inconsciencia brindó cierto pavor al deseo de abrir los ojos. Sabía que si lo intentaba con más ganas, si se esforzaba sólo un poquito más sería capaz de abandonar ese estado letárgico donde no se atrevían a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hacía sino susurrar y andar de puntillas.
En la tibia e insípida soportabilidad de la inconsciencia, sabía –de manera vaga y superflua– que no debía dejarse estar. Que aunque sus oídos no oyeran nada, su propia voz gritaba enmudecida que no era el momento de abandonarse a sí misma. Lo sabía. Así como también sabía con certeza que abrir los ojos y salir de allí, no traería placeres ni alegrías.
Bastó ese pequeño destello de lucidez para que las últimas imágenes que sus ojos registraron fueran evocadas con una velocidad apabullante tras el velo de sus párpados cerrados.
Recordó los disparos. Recordó todo.
Abrió los ojos con un sobresalto, jadeando cuando sus pulmones le exigieron más aire del necesario. Era de noche. Estaba en la selva, sentada contra el tronco de un árbol. Justo en el momento en que el corazón comenzó a martillarle aturdido bajo el pecho, un suave susurro a su lado contuvo el ataque nervioso que amenazó con apoderarse de ella al descubrir que sus manos estaban atadas tras su espalda.
—Nami, tranquila. No te asustes —la tonalidad familiar de la voz masculina logró en ella prácticamente lo opuesto a lo que pedía—. Por favor, no grites.
Giró la cabeza rápidamente, encontrándose frente a frente con aquellos ojos color cielo que creyó nunca volver a ver.
—¡Desmond! —exclamó, cuidando sólo un poco el volumen de su voz. Parpadeó incrédula y quiso frotarse los ojos, pero la sonrisa débil en los labios del epidemiólogo fue suficiente para hacerle saber que no alucinaba—. Creí que...
Creí que habías muerto. Aun cuando su voz sonaba áspera y una ligera capa de sudor frío cubría su piel, Desmond lucía bien. Más que bien para quien acaba de recibir un disparo. La sonrisa se le contagió amplia al saber que la fatalidad de sus recuerdos no era verdadera, y entonces odió aún más tener las manos atadas siendo incapaz expresar cuán grato era tenerlo a su lado.
—Yo también lo creí —dijo Desmond, comprendiendo sus palabras inconclusas—. Pero considerando que parte de mi espalda y mi brazo derecho están anestesiados, supongo que me extirparon la bala hace algo más de cuatro horas antes de que fuera demasiado tarde.
Nami le miró con estupor y Desmond por respuesta le indicó con un movimiento de su cabeza que mirara hacia un costado. Ahí, en medio de un pequeño claro entre el espesor de la selva, se alzaban numerosas tiendas de campaña. No eran demasiadas, pero las suficientes para contener a duras penas al grupo de personas arrebulladas en torno a una discreta fogata.
—¿Por qué harían eso? —murmuró confundida, observando con escrutinio a cada una de las personas. Hablaban y reían mientras se repartían la carne asada bajo el fuego; parecían normales, comunes y corrientes—. ¿Quiénes son estas personas?
—Habitantes de Burmecia —explicó el castaño, manteniendo el sigilo en su voz—. Las precarias condiciones de vida en este país los han llevado a estar en constante conflicto con los habitantes de otros campamentos. No son hostiles.
—Eso es precisamente lo que significa ser hostil, Desmond —contrarió Nami, sin quitar su atención del grupo—. Dijiste que era una emboscada. Luego de que Law se desplomara... —sus ojos se abrieron una fracción antes de volver su mirada hacia Desmond—. ¿Dónde está Law?
Desmond no lo sabía. Bajó la mirada y negó con la cabeza.
—Creí que era una emboscada —explicó, respondiendo a lo que antes decía Nami—. Pero cuando recibes un tiro mientras estás haciendo tus necesidades, es normal que tu cerebro de con el peor escenario posible, ¿no crees? —dijo, buscando en vano menguar la preocupación de la navegante—. Ahora que los miro detenidamente, creo que simplemente estábamos en el lugar y momento equivocado.
Luego de todo lo malo acontecido en su vida, Desmond seguía siendo una persona incapaz de desconfiar del resto. Nami pensó que era una cualidad admirable, pero cuando estaba atada contra el tronco de un árbol le era imposible no encontrar explicaciones más sombrías. No era cuestión de ser negativa, sino realista. Law había dicho algo parecido en algún momento, y sólo entonces Nami pudo darle la razón.
Era natural considerar todas las aristas de una situación compleja. Era natural desconfiar.
Observó a Desmond, atado también junto a ella. Sostuvo su mirada azulada por unos segundos, buscando en ellos alguna pizca de hipocresía, algún brillo, un parpadeo que delatara su prejuicio. Pero cuando Desmond ladeó la cabeza con una expresión inocente que bordeaba casi lo infantil, Nami se dio por vencida.
—¿Por qué nos llevaste por esa ruta? —preguntó ella, más curiosa que recelosa.
—En Burmecia existen alrededor de treinta y dos campamentos como éste, de los cuales sólo conozco los cinco más cercanos a la central de investigación de Burmecia. Como puedes ver, no son grupos numerosos, y prácticamente viven ocultos entre la selva —explicó, frunciendo los labios al finalizar. Desvió la mirada al piso un breve segundo y volvió a mirarla a los ojos con pesadumbre—. No sabía que nos encontraríamos con ellos. Lo lamento.
La culpa en sus ojos era tan palpable que era dolorosa, y Nami se juró a sí misma que nunca volvería a sospechar de él. Se lo habría dicho para que borrara esa mueca de cachorro abandonado, pero Desmond volvió su atención hacia el grupo y su voz se le adelantó.
—Creo que esa mujer es quien lidera este campamento —advirtió Desmond cuando vio a un par de hombres apuntándoles y hablando con la mujer en cuestión—. Intentemos mantener la calma y––
—¡Oye, tú! ¡¿Dónde demonios está Law?!
Desmond dio un notorio sobresalto, mirando a Nami como si hubiese dicho la cosa más burda del mundo. Sus ojos nerviosos se pasearon desde la mujer en cuestión, quien de inmediato se dio por la aludida, hacia la navegante.
—¡Sí, a ti te hablo! —continuó Nami, importándole poco la expresión horrorizada del epidemiólogo ni tampoco los codazos que le propinaba en el brazo—. ¡¿Piensas tenernos aquí toda la noche?!
La gente comenzó a agitarse y algunos incluso les apuntaron con sus armas. Nami y Desmond tragaron saliva al saberse en indudable desventaja, sin embargo la mujer alzó una simple mano demandante y el gesto pareció tranquilizar al grupo a quien lideraba.
—¿Qué crees que estás haciendo? —farfulló Desmond cuando la mujer comenzó a aproximarse hacia ellos—. Que haya dicho que no son hostiles, no significa que––
—Tranquilo, Desmond —le interrumpió Nami—. Si no son hostiles, entonces creo ser capaz de manejar esto.
Desmond resopló, decidiendo confiar en que la navegante, a pesar de su apariencia frágil, era una joven fuerte que sabía lidiar mejor que él con situaciones peliagudas.
La mujer de cabellos negros se sentó de puntillas frente a ellos, observándolos con detenimiento mientras les permitía hacer lo mismo con ella. Su cabello rizado acentuaba su expresión de mujer astuta, pero ambos estuvieron de acuerdo –sin necesidad de comentarlo– en que había cierto abatimiento en sus ojos verdes. Tardó unos momentos antes de hablar.
—Lo siento… —murmuró—. Estábamos de caza con el grupo y cuando te vimos —se dirigió a Desmond, encogiéndose de hombros a modo de disculpa—, pensamos que formabas parte de Los Otros.
—¿Los Otros? —preguntó Nami, curiosa, descubriendo que sus palabras coincidían casi a la perfección con las acertadas suposiciones del epidemiólogo.
—Así es como identificamos a la gente de los otros campamentos. Pero luego de ver sus ropas, supimos de inmediato que eran extranjeros. Realmente lo siento —repitió la mujer, frunciendo los labios—. Si hay algo que pueda hacer por ustedes, por favor pídanmelo.
—Podrías comenzar por quitarnos esto —propuso Nami, sacudiendo los brazos—, y decirnos donde demonios está Law.
—Lo lamento, pero no puedo hacer lo primero. Desconozco sus intenciones, no puedo poner al grupo en peligro. En cuanto a tu amigo... —hizo una breve pausa, dedicando una mirada vaga hacia una de las tiendas—, está en aislamiento.
—¿Qué? —Nami arrugó las cejas, comenzando a molestarle el exceso de disculpas en su discurso. Agradeció que la mujer comprendiera rápidamente el acentuado mohín en su rostro, pues de inmediato se apresuró en continuar:
—¿Escucharon alguna vez sobre la epidemia que aqueja a nuestra gente?
Nami parpadeó, perpleja. Sí, lo había escuchado. Había escuchado bastante al respecto para saber que aquella no era una buena noticia. Desvió su mirada hacia el castaño, quien resopló y cerró los ojos con aflicción.
—S.O.S —asintió Desmond, dejando caer la cabeza contra el árbol—. Síndrome Olfativo Severo.
—Tu amigo presentaba indudables síntomas de ello. Percepción alterada del medio, enajenación, confusión, náuseas, fiebre... —continuó la mujer, enumerando los síntomas con los dedos de sus manos.
Nami clavó la mirada en ningún sitio en particular, recordando el extraño comportamiento del cirujano segundos antes de desmoronarse entre sus brazos. Recordó sus ojos sin brillo y la desesperación que lograron transmitirle sus repentinos malestares físicos.
—¿Law perdió el olfato...? —musitó—. ¿Por qué…?
—No sólo el olfato. Tampoco puede sentir el sabor de nada. Hasta hace unos días, nunca habíamos visto algo como esto. Al igual que el S.O.S, no sabemos si es infeccioso, pero sí que se está esparciendo rápidamente —Nami volvió a mirarle con estupor, y no sólo ella, sino también Desmond—. Nos hemos comunicado con alguien que tal vez pueda darnos alguna explicación. Estará aquí dentro de poco. De momento, no puedo dejarlos ir. Lo siento —se pasó una mano entre los cabellos con aquel gesto contrariado—. Si puedo ayudarlos en algo que no necesite poner en riesgo a mi grupo, por favor háganmelo saber. Por cierto, mi nombre es Mildred.
Guardó silencio unos momentos a espera de recibir también sus nombres, pero tanto Desmond como Nami se encontraban demasiado aturdidos con la última información como para responder a su invitación de cortesía. Se incorporó con un bufido, encaminándose hacia el resto del grupo que se mantuvo escuchando la breve conversación con atención.
—Esto no estaba en los documentos de Pávlov —chistó Desmond, confundido y molesto de encontrarse ignorante.
—¿Por qué…? —murmuró Nami, sacudiendo la cabeza para esclarecer sus palabras—. Está en la niebla, ¿no? Esa sustancia que daña el olfato. ¿Por qué sólo afectó a Law?
—Nunca hubo un patrón. Nunca hubo conexión entre los casos —explicó Desmond, perdido en sus cavilaciones infructuosas—. En un principio creyeron que podía tratarse de un brote epidémico o un virus, es por eso que solicitaron mi ayuda. De hecho, como puedes ver, esta gente aún lo cree así. Pero ya sabemos que no lo es. El DH2, sea la mierda que sea, no sólo está afectando el olfato, sino ahora también el gusto.
Desmond ya había hablado sobre eso. Cuando Law descubrió que la sustancia estaba en la niebla, el epidemiólogo y el cirujano estuvieron días enfrascados intentando revelar cada una de sus consecuencias así como también sus efectos secundarios. Sabían que la pérdida del olfato era –entre muchos otros– uno de sus efectos, tanto porque los mismos documentos lo decían y porque Desmond estuvo años en busca de una explicación y cura para el mal que aquejaba a Burmecia.
Pero tal como decía Desmond, nada mencionaba la pérdida del gusto.
Si Law había perdido ambos sentidos en tan corto periodo de tiempo, nada afirmaba que ella ni Desmond serían libres del mismo infortunio. Sólo sería cuestión de tiempo.
—¿Perderemos también los otros sentidos? —soltó la pregunta con reticencia. Los extendidos segundos que demoró Desmond en hablar casi le hacen perder los nervios.
—El olfato y el gusto están conectados —apeló a la lógica de la biología, encontrando allí una escueta presunción—. Son sentidos químicos.
—¿Entonces los otros estarán bien?
El ilustrado epidemiólogo se declaró incompetente para contestar aquello. Frunció los labios, se encogió de hombros y negó con la cabeza en desconocimiento. Le hubiese gustado decir que sí, que probablemente los otros sentidos no deberían sufrir daños, pero era demasiado consciente de lo poco que sabían en cuanto a la droga. Si la niebla era capaz de confundir a un pueblo completo, de crear alucinaciones tan reales y de sembrar el pánico con un simple estímulo que apelaba al miedo, era imposible dar una respuesta acertada en cuanto a sus límites.
—¿Estará bien Law? —la tribulación en la voz de Nami forzó a Desmond a desprenderse de aquella mueca desvalida que se había acomodado en su rostro. Se obligó a sonreír, negándole a su frustración hacer mella en su expresión.
—No te preocupes por él —dijo entonces, golpeando suavemente el pie de la navegante con el suyo para que le mirara—. Simplemente no podrá oler ni saborear nada; no es tan grave. Siempre he pensado que el olfato y el gusto son sentidos muy sobrevalorados, ¿no crees lo mismo?
Las esquinas de los labios de Nami se alzaron apenas, asintiendo un par de veces con suavidad antes de volver su atención sobre aquel grupo de personas que poco a poco comenzaban a desaparecer tras la precaria comodidad de las tiendas.
La sonrisa no tardó en desvanecerse de su boca. Porque si lo pensaba con cuidado, si tomaba en cuenta cada detalle ínfimo que poseía la capacidad de percibir, reconocer y distinguir olores y sabores, pensar en su pérdida no resultaba tan nimio como Desmond intentó hacerlo parecer.
No eran sentidos sobrevalorados, sino todo lo contrario.
Porque así como el aroma de la hierba cortada podría evocar el miedo de un niño a las vacas, el sabor de la canela podría traer el recuerdo del delantal de una madre. Los sentidos y la memoria están inexorable e íntimamente conectados.
Las más grandes pérdidas son los recuerdos que ya no regresan. Los días como los conocemos. El mundo como lo imaginamos. Sin los sentidos, un océano de imágenes desaparece.
Cerró los ojos e inhaló con lentitud hasta colmar sus pulmones de todo aroma que hubiese en el ambiente. La madera calcinada de la hoguera olía amarga, pero la frescura de la brisa entre las hojas mitigaba toda aflicción y con su suave hálito, menospreciado y desgraciadamente olvidado, limpiaba el alma de quienes recordaban aquella abstracción en los objetos más ordinarios de la naturaleza, en aquellas cosas que, por cotidianas, pasan frente a la vista –el olfato o el gusto– de forma desapercibida; la cotidianeidad olvidada por la saturada realidad.
Nami lo supo entonces con claridad. No era simple ni justo perder tal capacidad de apreciación. Y aunque agradecía la intención de Desmond, no era prudente decir que Law no padecía nada grave.
—Larguémonos de aquí —dijo entonces con determinación.
—Oh, realmente me gustaría, pero–– ¡¿eh?! —Desmond dio un respingo cuando vio a la navegante sacudiendo las muñecas con total libertad—. ¡¿En qué momento––
—No grites, Desmond —amonestó Nami—. Desde antes que esa mujer se acercara a nosotros. Para tratarse de gente salvaje, no son tan buenos haciendo nudos.
Desmond la miró boquiabierto para luego soltar una muda carcajada. Nami se encogió de hombros, manteniendo sus ojos al frente mientras le quitaba las ataduras con sigilo.
—Entonces, ¿cuál es el plan, pequeña bribona? —preguntó Desmond—. Porque a menos que tengas alguna misteriosa habilidad bajo la manga, no sé cómo podremos burlar a esos hombres. Te recuerdo que están armados hasta los dientes.
—Están borrachos —repuso Nami—, han estado bebiendo durante horas. Puedo oler el alcohol desde aquí.
Desmond aspiró como un cachorro lo haría, arrugando luego la nariz asqueado y medio incrédulo por no haberlo notado antes. Nami arqueó una ceja y al epidemiólogo no le costó descubrir el regaño implícito en el gesto, aunque poco lo comprendió.
—Law debe estar dentro de esa tienda —continuó Nami, ahorrándose la charla existencial para otro momento. Apuntó la única tienda que mantenía una tenue luz encendida, custodiada por un mediocre par de hombres que bebían y reían sin discreción—. Los síntomas sólo se presentan antes de perder los sentidos, ¿verdad?
—Así es —afirmó Desmond, desprendiéndose por sí mismo de las cuerdas una vez la navegante aflojó el último nudo. Se llevó una mano al hombro, agradeciendo el estar anestesiado ante la idea de un inminente escape—. Probablemente está bien, pero debe estar aprisionado o algo por el estilo.
—Bien… —sin moverse de su lugar, Nami tomó el Clima Tact y agradeció por su parte la ingenuidad de quien fuera que la amordazó sin reparar en que aquellos cilindros que pendían de su cinturón eran, efectivamente, un arma—. Yo me haré cargo de esos dos y luego iré por Law. Una vez estén inconscientes, toma sus armas, ve hacia el sur y espera por nosotros hasta que––
—¿Y qué hay de Grace y Joel? —preguntó, interrumpiéndole y esbozando nuevamente esa mueca de cachorro abandonado. Nami arqueó una ceja, inflexible.
—Tal vez debí advertírtelo antes, pero creo que Law y yo tenemos una curiosa habilidad para perder caballos. Además, ¿no crees que llevarlos haría que––
—Vale, vale, entiendo —le interrumpió nuevamente, observando entre afligido y fastidiado a ambos equinos atados contra el tronco de un árbol. Nami rodó los ojos, ignorando el berrinche del epidemiólogo mientras terminaba de acomodar el Clima Tact—. ¿Vas a golpearlos con ese palo? No me gusta como luce eso. Si no logras noquearlos de inmediato, harán un escándalo y estarás perdida, Nami —la navegante abrió la boca para rebatir, pero el castaño alzó una mano frente a su rostro mientras rebuscaba con la otra en el bolsillo de su camisa—. Déjame ese par a mí.
—¿Piensas quemarlos con un cigarrillo? —ironizó ella al verle extraer el bonito estuche metálico donde guardaba sus cigarrillos.
Desmond ignoró el comentario, limitándose a abrir la cajita para hincar las uñas de sus dedos en el borde del recubierto aterciopelado del interior. Nami frunció el entrecejo, asomándose curiosa sobre su hombro para observar las delgadas agujas perfectamente ocultas en la inofensiva caja de cigarrillos. Eran más largas que una aguja normal y más pequeñas que un cigarrillo.
—Tienen un fuerte sedante en su interior —explicó Desmond, tomando cuidadosamente cuatro de las agujillas—. Con una debería ser suficiente, pero con dos caerán dormidos en menos de diez segundos. ¿Lista?
Alzó las cejas, sorprendida ante la inesperada preparación del epidemiólogo. Desmond ladeó la cabeza, esperando a que Nami asintiera antes de acomodar dos de las agujillas entre sus dedos enroscados. Empuñó la mano hacia sí mismo para tomar impulso, estrechó los ojos, y en un rápido movimiento arrojó las agujillas con tal precisión que a Nami le fue imposible no parpadear impresionada cuando vio a uno de los hombres caer al piso con un gruñido quedo. De inmediato Desmond repitió el movimiento antes de que el otro hombre alcanzara siquiera a reaccionar ante el repentino desfallecimiento de su compañero.
Se quedaron estáticos en su lugar, observando expectantes a los hombres removiéndose en el piso con movimientos lánguidos y torpes. Y tal como había dicho Desmond, en menos de diez segundos estuvieron profundamente dormidos.
Soltaron el aire contenido en sus pulmones, intercambiaron una mirada y rápidamente se levantaron sobre sus pies.
—En marcha.
El reflejo de sus ojos grises se mostró difuso cuando agitó la botella de vino frente a su rostro. Hacía calor, sentía las mejillas arreboladas. La noche era incapaz de apaciguar la temperatura, o tal vez estaba un poco ebrio; se volvía curiosamente difícil saberlo a ciencia cierta cuando el licor pasaba insípido por su boca tal como lo haría el agua.
Se llevó la botella a los labios y bebió un ávido sorbo del líquido, manteniéndolo en la boca con la petulancia escrupulosa de aquellos que saben catar un buen vino. Podía reconocer su suave espesor en la lengua y en el paladar. Quiso escupirlo para comprobar el recuerdo de su cuerpo líquido, pero el tragarlo brindaba un agradable y muy tenue escozor en su garganta al tratarse de una pésima cepa.
Sin la capacidad de oler, el gusto se veía considerablemente disminuido. Pero ahora no había nada. Así como no podía encontrar ese peculiar aroma a madera y frutos, tampoco hallaba ese gustillo agridulce que debía caracterizar el vino.
Podría comer todas esas cosas que despreciaba sin problema alguno. Podría comerse la cera de la vela que iluminaba la tienda y tal vez incluso encontraría un bizarro deleite en su sedosa textura. Porque perder la capacidad de una cosa acentúa las otras que siguen vigentes; el tacto de su lengua y su paladar trabajaban el doble por cada sorbo de vino que les brindaba. Era interesante y del todo extraño.
Experimentar de ello por un tiempo determinado sería molesto, pero el desconocimiento de su duración era un recordatorio de su ignorancia por parte de aquel con un poder casi omnipotente sobre el continente completo; un nuevo golpe contra su yo controlador.
Y esos eran golpes bajos que muy difícilmente Law dejaría pasar inadvertidos.
Bebió un largo trago de vino para aplacar el deseo mortífero de acallar todos aquellos ronquidos que oía tras las otras tiendas, de complacer a su tacto despierto en el vibrar de su nodachi cuando cortaba la carne fresca y en la húmeda calidez de la sangre ajena salpicando contra su rostro para luego––
Un golpe seco contra la nuca interrumpió sus pensamientos más oscuros. La intensidad del golpe no fue la suficiente para provocarle daño, pero sí para que su cabeza rebotara hacia adelante arrancándole un imperceptible siseo. Cerró los ojos, inhaló con lentitud en busca de la escasa calma, y abrió los ojos mientras giraba la cabeza para encontrar la fuente de semejante atrevimiento.
No le extrañó ver a la navegante a su lado con los brazos en jarra sobre sus caderas, mirándole con evidente reproche. Tenía las mejillas encendidas, y Law estuvo seguro de que no se trataba de vergüenza ni nada por el estilo. Nami estaba furiosa.
Se llevó una mano a la nuca para frotarse la zona afectada, y la lentitud de su movimiento pareció enardecer aún más a la navegante.
—¡¿Qué rayos crees que estás haciendo?! —su estallido silencioso fue casi cómico, pero Law vagamente pensó que, para entonces, no le hubiese molestado haber perdido la capacidad de oír—. ¡¿Sabes por cuánto rato hemos estado allí afuera intentando encontrar alguna forma de escapar de esos cavernícolas para venir a rescatarte, y tú aquí —golpeó la mesa con una mano, apuntando la botella de vino con la otra—, bebiendo vino como si nada?!
Law le sostuvo la mirada, pero no dijo nada.
—Desmond recibió un tiro y yo un golpe en la cabeza mucho menos gentil que el que acabo de propinarte —prosiguió ella, mascullando las palabras entre dientes y clavando sus ojos enardecidos en los impávidos del cirujano—. Así que, a menos que tengas kairouseki en alguna parte, ¿podrías molestarte en explicar qué demonios estás haciendo aquí? ¡Ni siquiera estás encadenado ni––
Law se incorporó. Dejó la botella a un lado con un solemne movimiento, apoyó ambas manos sobre la mesa y se levantó sobre sus pies para quedar frente a ella. Su porte alto, la frialdad en sus ojos y la ausencia de toda mueca en sus facciones bastaron para hacerle cerrar la boca. Porque Nami conocía esa expresión dura de apariencia indiferente. Sus movimientos podían lucir tranquilos, pero eran controlados.
Nami lo había visto antes; sabía que tras el sombrío velo de su inexpresión había una insana furia apenas contenida.
Frunció los labios, decidiendo que discutir con un Law irascible no tenía sentido. No porque pudiera desatar su cólera contra ella, sino porque Law, en ese estado, no era precisamente comunicativo. Los severos ojos del cirujano perforaron implacables los suyos y al cabo de unos segundos le fue imposible mantener el contacto visual. Desvió su atención a la mesa, observando la botella de vino a medio consumir.
En realidad, Law tenía razones de sobra para estar enfadado. Y aunque aquello no justificaba su falta de sustento, Nami prefirió dejar pasar su peculiar rabieta en pos de los planes futuros. Se cruzó de brazos con un bufido condescendiente.
—Larguémonos de aquí, ¿de acuerdo? —propuso entonces, encaminándose hacia la salida de la tienda—. Por si te interesa saberlo, Desmond está bien. Nos espera a pocos metros hacia el sur de la selva. Mientras nos mantengamos en silencio, no habrá problema.
Justo cuando estuvo por alcanzar la cortina que daba al exterior de la tienda, Law jaló su brazo con tal fuerza que Nami prácticamente tropezó sobre sus pasos, golpeándose la cara contra el torso del capitán. Sobresaltada, protestó maldiciones en voz baja, frotándose la nariz mientras le miraba con desconcierto y fastidio. Law frunció apenas las cejas, contrariado por algún pensamiento difuso, aflojando irresoluto el agarre de su mano sobre su brazo.
—¿Cuál es el problema ahora? —farfulló Nami—. Esa mujer, Mildred o como sea que se llame, dijo que pronto estará aquí alguien que tal vez tiene información respecto a la pérdida del olfato y el gusto. Considerando que aquí la gente ordinaria ignora que la droga está en la niebla, estoy segura de que este experto es igual de ignorante que ellos, y en caso de que no lo sea, los únicos que poseen información, además de nosotros, son aquellos que forman parte del proyecto Dharma —razonó ella, mirándole hacia arriba—. Lo que intento decir, es que no me parece buena idea estar perdiendo el tiempo aquí cuando pueden llegar en cualquier momento, ¿no crees? Acordamos que nos mantendríamos alejados de––
—Cambié de parecer —espetó Law, interrumpiendo su discurso. Nami frunció el ceño, confundida.
—¿Qué?
Law se encogió de hombros, sin ánimos de repetir sus palabras escuetas. Parpadeó numerosas veces y sus ojos avellana escrutaron los grises en busca de alguna respuesta, pero a pesar de que en su rostro veía un montón de palabras no dichas, Law no parecía dispuesto a verbalizarlas.
—¿Podemos hablar de esto más tarde? —pidió ella—. Te recuerdo que Desmond sigue esperándonos allá afuera.
El cirujano se quedó mirándole unos segundos antes de asentir, y Nami estuvo más que segura de que había algo que quería decir. Se quedó allí un momento frente a él, pero Law finalmente soltó su brazo con suavidad. En la pequeña fracción de segundos que demoró en quitarle la mano de encima, sus dedos rozaron su piel en una sutil caricia que la estremeció.
No estaba ebrio, ¿verdad? Nadie se emborrachaba con la mitad de una botella de vino barato, y los síntomas previos a perder el olfato y el gusto nada tenían que ver con su actual comportamiento. El cirujano pasó junto a ella, adelantándose, y Nami descubrió que lidiar con un Law indeciso e irritado era mucho más complejo que enfrentarse a cualquier otro de sus caracteres. Sacudió la cabeza para desprenderse de aquella línea de pensamientos peliagudos cuando Law abrió sigiloso la cortina de la tienda.
El cirujano frunció las cejas al ver a los hombres que antes custodiaban la tienda tendidos en el suelo, descubriendo tras una rápida inspección visual el par de agujillas clavadas en sus cuellos. Los sacudió con un pie y ni eso atenuó sus ronquidos. No necesitó preguntar para saber que aquello era obra de Desmond, pero se amonestó mentalmente por no haberlo notado mientras urdía mil formas sombrías de liquidar sus obstáculos en la soledad de la tienda. No escuchó nada; no fue consciente siquiera de la presencia de Nami hasta que le soltó una osada colleja en la nuca.
Chistó la lengua, molesto consigo mismo y el mundo. Sabía bien que así como la furia permitía a su mente crear las más perfectas maquinaciones, a la vez cegaba las nimiedades del presente. La facultad de mantener la cabeza fría y pensar con claridad nunca lo abandonó, pero también era cierto que, a lo largo de su vida, muy pocas veces se encontró en situaciones que lograban hacerle perder el control de sí mismo. Su ácido y negro humor le concedió el merecido crédito de cosa semejante a quienes formaban parte del proyecto Dharma. Pocos lo lograban y muchos menos seguían en pie.
Law nunca olvidaba. Pocas veces perdonaba.
Sus pasos avanzaron una vez Nami le alcanzó, manteniendo su atención en cada ruido en torno a ellos. Los ronquidos de los hombres adormecidos rompían el silencio, pero ya no oía aquellas respiraciones tras las tiendas que con su molesta sonoridad lograron avivar la chispa de su cólera en su fuero interno.
No había nada. Sólo un par de ronquidos. Los pasos sigilosos de Nami tras su espalda. El crujir de una rama. Y el tenue ruido del seguro de un arma.
—Alto —la severa voz de Mildred se hizo espacio en el silencio cuando Law miró sobre su hombro.
Había muy cosas que le hacían perder la calma. Muy pocas. Pero al ver la punta del rifle de Mildred apuntando la cabeza de la navegante, descubrió la existencia de un nuevo factor capaz de gatillar con increíble facilidad el más violento de todos sus arrebatos.
No era el arma en sí. No era Mildred y su estupidez al cometer tamaña petulancia; no del todo. Fueron los ojos de Nami; tan abiertos y aterrados, mirándole con el terror de quien se enfrenta cara a cara con la muerte. Y no era él quien provocaba aquella expresión; nunca lo haría. Nami no le temía y él no tenía intenciones de que lo hiciera; ya había olvidado y enterrado ese objetivo insulso.
Descubrió entonces cuanto odiaba esa expresión en ella. Odiaba ver que sus labios temblaran. Odiaba ver el rubor de sus mejillas desaparecer para tornarse de una palidez suscitada por el miedo.
En el curso de esos ínfimos segundos en que Law tardó en reaccionar, Mildred había cavado su propia tumba. Aun cuando sostenía los ojos impávidos del capitán con los suyos vivaces y temerarios, Mildred se había condenado a sí misma al mantener su rifle cargado contra la navegante.
Porque Law no perdonaba el atrevimiento de una amenaza directa. Y amenazar la vida de Nami, atentaba de manera tácita e inmediata contra el difuso sentido de pertenencia del cirujano.
Se giró con lentitud, clavando sus ojos en la mujer tras la navegante. Su movimiento la alertó, y aunque pegó el arma a la nuca de Nami, estuvo seguro de que Mildred no jalaría el gatillo, sus dedos estaban demasiado tiesos, demasiado nerviosos. La navegante cerró los ojos, deteniendo el temblor de sus manos empuñándolas en la tela de sus pantalones cortos.
—Si das un solo paso, le vuelo la cabeza —advirtió Mildred—. Juro que lo haré.
—Señorita Mildred —la sutileza de su voz, a pesar de mantener una tonalidad baja y controlada, suscitó un escalofrío en la mujer—. Créeme que no quieres hacer eso.
—Si necesito hacerlo, lo haré. Confié en ti, en ella y en el otro hombre, pero ahora––
—No, no lo harás —le cortó Law, alzando una mano frente a él—. Porque si lo haces, te cortaré en tantos pedacitos que nunca nadie será capaz de reconstruirte.
—¿Qué dices? —bufó la mujer, incrédula y altanera—. Estás alardeando. Pon las manos sobre tu cabeza, gírate y––
Law partió los labios para articular aquella palabra que activaría de inmediato su habilidad, pero la locución de su voz grave y de apariencia tranquila fue bruscamente interrumpida.
El estallido de un tiro enmudeció el discurso fatuo de Mildred, nublándole a Law toda capacidad de reflexión. Las rodillas de Nami flaquearon, y su cuerpo entumecido se impulsó hacia el capitán quien en su aturdimiento apenas reaccionó a tomar sus brazos para contener su caída.
Sus ojos grises estaban abiertos con desmesura, pero no veían. No quería ver. Sus oídos obnubilados detectaron ensordecedores estallidos, pero no oían, no del todo. Quiso tocarla, pero no podía, no quería. Las manos le temblaron y sus dientes rechinaron al presionar con demasiada fuerza la mandíbula.
Nami. Nami, Nami…
—Law.
El cuerpo febril de la navegante se removió entre sus brazos, y sus manos pequeñas, aferradas en su camiseta, sacudieron la tela para llamar su atención.
—¡Law! —su voz hizo eco en sus oídos, y no fue hasta el tercer llamado, más desesperado, urgente y enérgico, que Law parpadeó para reaccionar—. ¡Law, movámonos de aquí!
Pero Law no se movió. Aun cuando los tiros rompían a su alrededor, aun cuando Mildred y sus hombres se escabullían entre la maleza y las tiendas para arremeter contra un tercer enemigo, Law permaneció en su lugar.
Lentamente, barajado y reticente, bajó su mirada hacia la navegante, descubriendo que sus ojos castaños estaban tan vivos como siempre mirándole con desconcierto e incluso con cierto fastidio ante su ausencia de respuesta.
—¡No tardarán en encontrar a Desmond! —exclamó Nami en un siseo, intentando escapar de la fortaleza de sus brazos—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡No podemos desperdiciar… —frunció las cejas, confundida—. ¿Law? ¿Estás bien?
No había gota de sangre en su cabeza. No había ningún daño en ella; estaba ilesa. En cambio Mildred, unos pocos metros más allá, se vendaba la mano herida con movimientos temblorosos. Los tiros continuaban. Alguien, en alguna parte, disparaba con tal precisión y cuidado que los hombres de Mildred caían uno a uno siendo heridos en sus manos, brazos o piernas, impedidos de tomar nuevamente sus armas e incapaces de descubrir el escondite del atacante.
Desmond. Desde su lugar oculto entre la selva, desarmó a Mildred y sembró el caos en el campamento, permitiéndoles una vía de escapes.
Agradeció su intromisión en el momento justo, sin embargo Law no era tan gentil como el epidemiólogo. Un tiro en las insensatas manos de Mildred no era suficiente escarmiento.
Aferró a Nami contra su pecho, ignorando sus protestas, y alzó nuevamente una mano frente a él.
—Room —murmuró al tiempo en que una pequeña onda se extendió bajo su palma para traer a sus manos la nodachi, e inmediatamente después la onda creció en su textura azulada para engolfar el radio del campamento—. Tact.
La cólera en los ojos de Law era tan sólida que aunque esa gente realmente no merecía ser el blanco de su arrebato, Nami guardó silencio. Se quedó quieta entre sus brazos y cerró los ojos, escuchando los despavoridos gritos de hombres y mujeres que se mezclaban confundidos en la altura del cielo. Sabía que Law encontraba deleite en desmembrar sin necesariamente provocar dolor; el daño psicológico era más eficaz que cualquier otra dolencia. Pero esta vez su ímpetu se sentía distinto. Más visceral e irracional. Lo veía en sus ojos enardecidos así como lo sentía en la firmeza de su brazo que contenía sus hombros. De pronto, el brazo libre del cirujano se movió con violencia; sacudió la nodachi y los gritos aumentaron en intensidad, más horrorizados que agonizantes.
—¡Detente! —exclamó una voz masculina—. ¡Bájalos, por favor!
Law bajó la mirada, clavando sus ojos inconmovibles en un hombre de cabellos rubios de expresión suplicante junto a otro de cabellos negros cuya mueca en su rostro imitaba a la de su compañero mientras admiraba boquiabierto el espectáculo de cuerpos mutilados y vivientes en lo alto del cielo negro.
—Millie… —gimió el rubio, dando un paso tentativo y alzando los brazos como si con ello pudiera alcanzar el cielo—. No, Millie no… ¡Mildred no tiene nada que ver con esto! ¡Por favor, Trafalgar, bájalos!
—No son de aquí —murmuró Nami, observando a los hombres sobre su hombro—. No forman parte del campamento. Son ellos.
Law no necesitó que Nami especificara mucho más, porque la apariencia de ambos hombres revelaba erudición, no salvajismo. El sol no había tostado sus cuerpos como lo había hecho en la gente del campamento, y sus cabellos estaban tan limpios como aquellos que viven en la civilización.
—Trafalgar, ¡te lo ruego! —continuó el rubio—. Por favor, Millie no…
—Bien —dijo Law, sorprendiendo tanto a los hombres como a Nami. Pero cuando el domo azulado se desvaneció y los cuerpos cayeron con ruidos sordos sobre la maleza, la navegante volvió a cerrar los ojos ante el crujir de huesos rotos y alaridos lastimeros.
—¡Millie! —gritó el rubio, precipitándose hacia la mujer que había caído tras la pareja de piratas, sin embargo no alcanzó a dar más de un par de pasos antes de que el cirujano le apuntara con la nodachi—. Trafalgar Law… —el hombre, en su evidente estado alterado, logró esbozar una sonrisa altiva—. ¿Sabes? Puedes cortar a todos quienes quieras, pero aun así no lograrás––
—Jacob —le cortó el de cabellos negros, posando una mano sobre su hombro—. Si quieres recuperar a Mildred, sabes que no es sabio provocarlo.
El rubio clavó sus ojos furiosos en el capitán, desvió su mirada hacia la mujer despatarrada en la maleza, y luego chistó la lengua zafándose del agarre de su acompañante. Law los observó en silencio, y viendo que no tenían intenciones de atacar ni de hacer movimientos imprudentes, descansó el peso de la nodachi sobre su hombro opuesto al que Nami ocupaba.
—¿El Dr. Strauss está con ustedes? —preguntó el de cabellos negros, quien al contrario del rubio, mantenía una expresión aplacada—. Mildred informó de tres extranjeros de apariencia sospechosa. Presumo que Strauss está oculto en alguna parte —añadió, paseando su mirada entre la selva.
—Supongo entonces que ustedes son los expertos a quienes solicitó ayuda —apuntó Law—. Asumiendo que la señorita Mildred––
—No digas su nombre —siseó el rubio.
—…y el señor aquí presente tienen algún tipo de relación —continuó Law, ignorando la intromisión del mencionado—, me atrevo a asegurar que esa no es la verdadera razón por la cual han acudido a su llamado con tanta eficacia.
El de cabellos negros sonrió, divertido.
—Estás en lo cierto —afirmó—. Veo que estás bien informado en cuanto a la burocracia existente en Burmecia; usualmente los altos mandos tardan días en enviar a alguien cuando hay algún tipo de problema en los campamentos. No, Mildred no es la razón por la cual estamos aquí —frunció los labios, manteniendo el contacto visual con el cirujano durante unos momentos—. La verdad es que quería conocerte personalmente. Cuando Jacob recibió el llamado de Mildred, tuve la suerte de estar presente para venir aquí y––
—Cierra la boca, Liam. Es por eso que no quería traerte conmigo —masculló Jacob—. Basta de juegos. Ya es suficiente. ¿Cuánto más tendremos que esperar hasta que este idiota finalmente decida acercarse a nosotros por sí mismo? —Law entornó los ojos, y Nami aferró sus manos con más fuerza sobre la tela de su camiseta para contener algún nuevo arrebato de su parte—. Es evidente que prefiere perder el tiempo aquí, desquitándose con gente inocente. Es un bastardo que disfraza su cobardía con la arrogancia, incapaz de––
Liam contrajo el rostro ante las palabras del rubio, y antes de que pudiera acallarlo, el capitán se le adelantó:
—Señor Jacob —su voz fue baja, peligrosa—. Te recomiendo que cierres la boca si no quieres perderla. No estoy precisamente de buen humor en este momento.
Liam volvió a posar una mano sobre el hombro del rubio, quien nuevamente la rechazó incluso con mayor ímpetu, pasándose una mano exasperada entre las hebras doradas. Liam resopló.
—Entonces, señor Liam… —continuó Law, dirigiéndose al que parecía más educado—. Tal como menciona el señor Jacob, aunque no sea de mi preferencia citar sus palabras, ya hemos tenido suficiente de juegos.
—Me parece justo —asintió Liam, cruzando sus manos tras su espalda—. Mi nombre es Liam Montag. Al igual que mi compañero, Jacob Miller, formamos parte del proyecto Dharma. Hace algunas semanas atrás, fuiste informado a través de Iván Pávlov de la vital importancia que posee tu presencia en nuestro proyecto.
Liam hizo una pausa, clavando sus ojos celestes en la navegante por un breve instante. Nami frunció las cejas, sintiéndose de pronto parte de la conversación ante el contacto visual, y Liam desvió su mirada tras ambos piratas antes de volverla nuevamente hacia ella, ladeando la cabeza hacia un costado. Parpadeó confundida, y Law aferró el agarre de su brazo sobre sus hombros.
—Estoy escuchando —dijo el capitán, llamando la atención de Liam quien frunció los labios y volvió sus ojos a los de Law casi con reticencia.
—Creo que no es el lugar idóneo para discutir esto —profirió el de cabellos negros. Jacob lo miró incrédulo, y antes de que dijera algo, Liam continuó—: Me pone realmente nervioso intentar explicar algo tan complejo cuando hay tantos malheridos a mi alrededor —retornó su mirada hacia Nami y sus ojos volvieron a divagar tras su espalda—. Me gustaría que el Dr. Strauss se hiciera presente, ya que al igual que tú y la señorita Nami, también forma parte de––
—Oh, Liam, eres un jodido charlatán —chistó Jacob, dando un paso al frente sin importarle la advertencia muda de Law al ejercer más fuerza sobre la empuñadura de la nodachi—. Escucha, Trafalgar. La historia es simple: sólo debes venir con nosotros y hacer lo único en lo que eres bueno. Eres el Cirujano de la Muerte, ¿no? Capitán de los piratas Heart.
—Jacob —siseó Liam, pero el rubio lo ignoró.
—Para alguien como tú, tratar un corazón defectuoso no debe ser––
Un tiro solitario interrumpió a Jacob, sobresaltando a todo aquel quien estuvo de pie. Nami encogió la cabeza contra el pecho de Law como acto reflejo, quien por su parte la aferró con más fuerza contra sí mismo mientras se giraba rápidamente en busca de la procedencia del disparo.
Mildred, desprovista de un único brazo gracias al cirujano, cayó bocabajo con un grotesco agujero en medio de su rostro. De su única mano pendía el rifle que antes amenazó a la navegante, y un poco más allá, justo tras su espalda, el destello de un arma se ocultó entre la hojarasca con muy poca discreción.
Nami se llevó los nudillos a los labios conteniendo el chillido que amenazó con escapar de su garganta. Law frunció las cejas, cerró los ojos y resopló a espera del estallido del rubio.
—¡MILLIE! —gritó Jacob, avanzando con rápidas zancadas hacia la mujer, dejándose caer sobre sus rodillas—. No, Millie, no… Millie, Millie… —sollozó, tomándola entre sus manos temblorosas—. Ese bastardo... ¡STRAUSS!
¡Mis querubines! ¿Cómo están? (siento que con esto arruiné toda la tensión del momento, jojo)
Otro capítulo largo, pero supongo que a ustedes no les molesta D: De hecho el capítulo continuaba, pero luego noté que llevaba casi 7000 palabras escritas (sin contar las siempre muy largas notas de la autora) y entonces me dije que ya era suficiente xD
¿Saben? Finalizar este capítulo me trajo unos dolores de cabeza terribles. Lo escribí muy rápido, de hecho, lo tenía listo desde el jueves, pero como no tengo computador anduve mendígándole a mi hermana y a mi padre, y cuando pasaba el documento de word de un pc a otro, ¡paf! se desconfiguraba todo, se me juntaban las palabras o se me cortaban algunas oraciones; fue un caos. Así que tuve que editarlo un montón (¡miles!) de veces, lo cual fue bueno porque ahora estoy casi, casi segura de que no deben errores de tipeo (sí, sigo sin beta u_u) Pero bueno, aquí está, sin taaanta tardanza como los anteriores.
Creo que tiene algunas partes complejas que se explican luego de que acontecen; espero no haberlas dejado confundidas con una que otra escena. Un par de malos se hicieron presente, y Desmond le metió un tiro a Mildred, jó... ¿Vieron una película (hermosa, genial, mi favorita de los últimos tiempos) que se llama Perfect Sense? Si la vieron, entenderán más o menos de qué va esta saga (digo "más o menos" porque es sólo el asunto de los sentidos; el resto es cuento mío) Si no la vieron, no la vean todavía para que mantengan la expectación (?)
Por cierto, no sé si a todas les habrá pasado, pero fanfiction dejó de notificarme al mail. Descubrí que era un problema de la página, así que si les pasó, revisen su carpeta de spam y marquen los mails como no-spam. A mí me sigue molestando de vez en cuando, estuve muy triste por eso ;w; (en serio, estaba desesperada por fics que sigo y también, claramente, por la aparente falta de reviews xD)
En fin, no tengo mucho más que añadir. Si tienen dudas o si hay algún fallo, háganmelo saber porque sé que acontecieron muchas cosas en este capítulo y no necesariamente actos en sí, sino mucho divague, mucha introspección de Nami y, sobre todo, de Law.
¡Muchísimas gracias por leer!
Con cariño para ustedes,
Merle.
