Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XIX
–Verdades como puños–

Con un silencioso sollozo, Jacob besó el cabello de Mildred para dejar finalmente su cuerpo inerte sobre la tierra. Sus hombros temblaron una última vez ante los ojos espectadores, y sus manos empuñaron la tela de sus pantalones antes de alzar la vista dolida y a la vez rabiosa. Se incorporó furibundo, llamando a gritos al innegable culpable de su pérdida, enajenado en la propia cólera e ignorando que un movimiento en falso alertaría a ambos piratas tras su espalda.

Sin embargo cuando una rama crujió entre la hojarasca y se precipitó irreflexivo en busca del epidemiólogo, una mano que conocía muy bien detuvo su arrebato. Intentó zafarse, pero esta vez el agarre fue más firme sobre su hombro obligándole a girarse. Clavó sus ojos en los saltones de Liam, más parcos que de costumbre. Antes de que pudiera redirigir su furia hacia él, el moreno se le adelantó hablando con solemnidad:

—Es lo mejor que Strauss pudo hacer —dijo entonces—. Si no hubiese disparado, ahora sería otro quien tendría una bala entre las cejas —indicó a Law con un movimiento vago de su cabeza—. Prioriza, Jacob.

Lo último lo añadió con severidad, tomándole a Jacob unos largos momentos asimilar lo que decía. Frunció las cejas en una mueca aprensiva antes de estallar nuevamente, soltándose de su agarre casi con violencia.

—¡¿Qué?! —exclamó, incrédulo—. ¡¿Qué demonios?! ¿Estás diciendo que Millie…?

—Mildred no poseía el derecho de proceder sin tu autorización —interrumpió Liam, austero—. Actuó por su cuenta y este es el resultado de su imprudencia. Es una lástima —agregó, encogiéndose de hombros—. Pero de no ser por Strauss, el proyecto ahora––

—¡Me importa una mierda el proyecto! ¡STRAUSS! —gritó nuevamente, retomando sus pasos—. ¡Maldición, Strauss, sal de donde––

Su necedad no fue detenida nuevamente por una mano sobre su hombro, sino por un repentino y duro golpe en la nuca que de inmediato lo dejó inconsciente, desplomándose sobre sus rodillas ante la perpleja mirada de Nami y Law. Liam, tan impávido y sereno como era, se frotó la mano agresora para hacer tronar los huesos de sus dedos con un bufido fastidiado. Miró a Jacob, despatarrado bocabajo, y luego desvió su atención hacia uno de los pocos hombres de Mildred que logró salir ileso tras el ataque del cirujano.

—Tú eres el nuevo líder del campamento —ordenó—. Atiende a los heridos y… ¿Reajustar los cuerpos cercenados requiere algún tipo de tratamiento quirúrgico? —la pregunta fue dirigida a Law, quien se tomó su tiempo antes de negar reticente con la cabeza—. Perfecto. Enviaré a un equipo médico antes del mediodía para tratar a los demás. Ahora este campamento está bajo mi protección, ¿entendido?

Irradiando de pronto un aire de autoridad, Liam alzó las cejas para hacer reaccionar al hombre cuyas piernas no tardaron en moverse temblorosas para incorporarse y obedecer. Asintió para sí mismo y entonces volvió su mirada hacia el cirujano y la navegante.

Law se limitó a guardar silencio, manteniendo a Nami bajo la seguridad de su agarre. Frunció el entrecejo, repentinamente molesto al ser incapaz de encontrar grieta alguna en el aplomo del hombre frente a él; su rostro no desvelaba nada en absoluto. La navegante, en cambio, se giró de pronto con un jadeo, apuntando a Liam con un dedo acusador.

—Lo sabías —espetó, estrechando los ojos con suspicacia al recordar la extraña comunicación visual que sostuvieron momentos antes del fatal altercado—. Sabías que Mildred planeaba atacarnos e intentaste advertírmelo. ¿Por qué?

—En ese caso, de haberlo notado antes le hubieses hecho un favor a Jacob —amonestó Liam, esbozando una mueca inflexible para luego añadir con cierto humor oculto en su voz—: O tal vez estás interpretando mal mis gestos, señorita Nami.

Desconcertada por su actitud, su mohín receloso suscitó en Liam una sonrisa reservada que si bien no llegaba a sus ojos, acentuaba sus atractivas facciones de hombre joven. Nami pensó que debía rondar su edad; probablemente era mayor que ella pero menor que Law.

—Nami —le llamó el cirujano, presionando ligeramente su hombro antes de liberarlo—. ¿Te molestaría echarle un vistazo a Desmond? Estoy bastante seguro de que debe estar sufriendo un ataque de pánico en este momento.

A pesar de tener una precisión codiciada por todo aquel que presumiera de ser un buen francotirador, Desmond seguía siendo un civil común y corriente. ¿Era necesario poner más peso sobre sus hombros agotados? Caer en cuenta de ello le revolvió el estómago en compasión y empatía. Asintió sin necesitar que Law elaborara su petición, y corrió rápidamente hacia el sur de la selva.

Entre altos pastizales, helechos y lianas, no tardó en encontrarlo sentado sobre la maleza. El rifle yacía a su lado. Con los codos recargados sobre sus rodillas alzadas, tenía el rostro oculto y las manos enterradas entre sus cabellos enmarañados tras desordenárselos una y otra vez. Se aproximó con pasos tentativos al notar que aún no reparaba en su presencia, sentándose de puntillas a su lado.

—Desmond —lo llamó con suavidad, y aun así su voz provocó que los hombros del epidemiólogo se agitaran amedrentados—. ¿Estás bien?

Desmond volvió a pasarse las manos entre los cabellos, permitiéndole a la navegante ver su expresión mortificada por la culpa. Negó con la cabeza, mesándose la barbilla con una mano temblorosa. Nami posó una mano sobre su brazo, y el gesto pareció apaciguar su aturdimiento. Partió los labios un par de veces, y sólo al tercer intento encontró la voz en su garganta apretada.

—No pretendía… yo… —musitó—. M-Mildred se levantó justo cuando…

Pronunciar el nombre de Mildred contorsionó su rostro. Resopló, sacudiendo nuevamente la cabeza en algún debate interno que buscaba encontrar la justificación de sus actos.

—Está bien, Des––

—¡No está bien! —vociferó con la voz trémula, clavando sus ojos consternados en la navegante—. S-Sólo quería desarmarla, pero ella…

Nami frunció los labios, frotándole el brazo con mayor apremio.

—Hiciste lo correcto —insistió Nami, acomodándole los cabellos largos tras las orejas—. Gracias a ti, Law y yo ahora estamos ilesos.

La disputa moral en los ojos de Desmond la obligó a esbozar una sonrisa para otorgarle el ambiguo beneplácito que necesitaba. Desmond asintió apenas y Nami abrió la boca para agregar algo más que lo reanimara, pero de pronto la voz de Liam tras su espalda la sobresaltó tanto a ella como al epidemiólogo.

—Tiene razón, Strauss —dijo, de pie junto al cirujano—. Es un placer verte sano y salvo.

Confundido, Desmond frunció las cejas y miró a Law, quien asintió un par de veces concediéndole –a su modo silencioso y reservado– el mismo mensaje que Nami intentó transferirle. Desmond forzó una sonrisa, y cuando su atención se fue a posar finalmente en Liam, sus ojos se estrecharon en reconocimiento.

—Liam —siseó su nombre con disgusto—. ¿Desde cuándo formas parte de esto?

—Desde siempre. Lo siento —se disculpó con muy poco interés—. Pero ahora no es el momento de lamentarnos. Jacob es un tipo duro, no tardará en despertar y en crear un escándalo —dijo, mirando sobre su hombro al campamento entre la selva donde descansaba el rubio—. Vamos, en marcha. Deben escapar de aquí cuanto antes.

Nami y Desmond parpadearon perplejos al verle en plan de internarse en la selva.

—¿Qué? —intervino Nami, incorporándose—. ¿Nos estás dejando ir?

—Creo haber sido bastante claro —Liam detuvo sus pasos para girarse con una ceja alzada en su rostro—. Mildred informó que uno de ustedes perdió el olfato y el gusto —indagó, y la respuesta la obtuvo rápidamente cuando los ojos de Nami y Desmond se desviaron hacia el cirujano—. Oh —sonrió, dirigiéndose al mentado—, entonces estarás de acuerdo en escapar de aquí antes de que el proyecto Dharma de inicio a la tercera fase, ¿no? Es realmente molesto ser incapaz de catar un buen vino.

—¿Tú también perdiste ambos sentidos? —preguntó Nami, aún más confundida que antes.

—Por supuesto que sí —bufó Liam—. Nadie está excluido de––

—Desmond —le cortó Law, comenzando a fastidiarle la petulancia del moreno—. ¿Conoces a este tipo?

Sin ofenderse por su rudeza, Liam sonrió y observó al epidemiólogo incorporarse junto a la navegante a espera de su respuesta.

—¿Recuerdas mi infructífera investigación en este país? Liam fue mi compañero durante meses bajo la supervisión, como ya sabes, de Iván Pávlov —explicó con cierto sarcasmo—. Liam Montag, neurofisiólogo. A pesar de ser un mocoso, ascendió con rapidez, por lo cual solían llamarlo genio. Ahora sabemos que no es ningún genio, sino un mentiroso y un manipulador.

Nami pensó que nunca antes escuchó a Desmond hablar con tanta aversión, y no supo si se debía a su decadente estado anímico o porque la evidente rivalidad entre ambos científicos se vio acrecentada al descubrir ahora un nuevo integrante tras su saboteada investigación. Fuese como fuese, decidió que posar una mano amigable sobre su brazo no haría mal en aplacar un poco su tensión.

—Oh, ¡qué duro! —exclamó Liam con una grácil carcajada, disfrutando tanto de la mueca del epidemiólogo que se atrevió a añadir con sorna—: ¿No recuerdas también mi signo zodiacal?

—No confíes en él —bufó Desmond, ignorando sabiamente las provocaciones del más joven.

—Necesito respuestas, señor Liam —continuó Law—. Ahora.

Liam le sostuvo la mirada, suprimiendo todo rastro de humor en su rostro a espera de alguna pregunta. Sin embargo el silencio del capitán y su semblante serio e intimidante le hizo saber que no haría ninguna en particular, sino que esperaba obtener toda información que tuviera en su poder. Resopló y guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón, desviando su atención hacia la selva.

—El campamento que reside cerca del puerto está bajo mi jurisdicción —indicó—. Si seguimos avanzando hacia el sur, llegaremos allí antes del amanecer. Pueden tomar un barco y escapar sin problema alguno. Me haré cargo de Jacob y––

—¿Qué hay de las corrientes marinas del Florian Triangle? —interrumpió Nami—. Si fuera así de fácil como traen gente a este continente, entonces estaría plagado de extranjeros confundidos. Asumo que viajan al exterior por breves periodos de tiempo y sólo en extraordinarias ocasiones.

Liam arqueó las cejas, mirándola entre sorprendido y divertido a la vez.

—¿Por qué dirías eso?

—Porque durante todo este tiempo, no hemos encontrado a nadie en las mismas condiciones que Law y yo, lo que me lleva a pensar que procuran seleccionar cuidadosamente a quienes traen aquí antes de… —la sonrisa de Liam hizo que sus palabras titubearan hasta desvanecerse—. ¿Qué?

Liam volvió a soltar una ligera carcajada que terminó en un pronunciado resoplido, frotándose luego el labio inferior mientras meditaba en silencio lo que entonces diría a continuación:

—Estás en lo correcto en cuanto a las condiciones climáticas que rodean al continente. Pero creo que alguien como tú no tendría problemas para lidiar con ello considerando tus prodigiosas habilidades como navegante —concedió, elogiador incluso—. Nosotros, sin embargo, nos reservamos ese peligro y traemos nuevos pobladores sólo cuando nuestros meteorólogos legitiman nuestra seguridad. Pero en cuanto a lo segundo, estás ligeramente equivocada —chistó la lengua, negando desaprobatoriamente antes de proseguir—. No hay nada especial en ustedes, señorita Nami. Mildred, Samuel, Desmond, incluso los padres de ese mocoso al cual ayudaron a escapar del psiquiátrico de Marlett —enumeró Liam con sus dedos, conocedor de cada uno de sus movimientos—, toda esa gente con quienes te has cruzado, al igual que tú, fueron seleccionados puramente por sus antecedentes penales. Asesinato, robo, difamación, piratería. Aquellos actos delictivos fueron lo único que los hizo ser potenciales candidatos para participar en nuestro proyecto, y gracias al apoyo del Gobierno Mundial, identificarlos fue una tarea más que sencilla.

La revelación la golpeó duro. Y no sólo a ella, sino también a Desmond e incluso a Law. La molesta sonrisa que esbozó Liam al finalizar fue casi indulgente, pero no hizo más que inquietarlos.

Sabían que los altos mandos de Brigadoon experimentaban en su población así como también sospecharon que el desconocimiento mundial de dichos actos sería cosa del Gobierno; aquello no era gran sorpresa. Pero el saber que por llevar la vida que llevaban los convertía de inmediato en sujetos de experimentación –sin aviso alguno ni consentimiento previo–, era un cuento muy diferente.

Tras las palabras de Liam, descubrieron y reafirmaron que estaban entonces frente a la cara más oscura del Gobierno; aquella que el mundo desconocía o prefería ignorar en pos de la paz individual y colectiva.

Law permaneció en silencio. Desmond, abrumado, se paseaba de un lado a otro mientras encendía con manos inquietas un cigarrillo. Nami fue la primera en reaccionar.

—¿Por qué…? —murmuró, sintiéndose de pronto profundamente agraviada e injustamente menospreciada.

—Porque el mundo no necesita criminales, señorita Nami —expresó Liam—. Nadie moverá un dedo por ustedes. Trafalgar Law es la única excepción a la regla.

—¿Y eso por qué? —cuestionó Desmond, comenzando a perder los estribos—. ¿Qué demonios es el proyecto Dharma?

—Es la redención para gente como tú, Strauss —replicó Liam, aplacando de inmediato con ello el inminente arrebato del epidemiólogo cuyo rostro se contrajo en una mueca angustiada—. Deberías estar agradecido, ¿no crees? Después de todo, aquí en Brigadoon tu nombre permanece limpio e incluso lograste contraer matrimonio —agregó, mordaz—. Es una lástima que desperdicies semejante oportunidad de redimirte.

Los ojos de Desmond chispearon entornados y furiosos, y Nami volvió a tomarle el brazo para tranquilizarlo aun cuando su curiosidad se vio alzada tras la acusación. Independiente de lo que pudo haber hecho o no Desmond en el pasado, el comportamiento de Liam y su discurso no hacían sino lucir contradictorios y del todo ambiguos. Sintió la necesidad de articular un millón de preguntas y de zarandearlo de ser necesario para obtener respuestas claras, no más explicaciones vagas ni imprecisas, pero ni siquiera supo por dónde debía comenzar.

Liam era una indudable fuente de información, pero aun cuando permanecía en silencio, mirándoles expectante e incluso impaciente, tampoco parecía dispuesto a desvelar nada sin confusos rodeos de por medio.

Impasible, frío, inquietantemente manipulador e inteligente.

Sus saltones e inexpresivos ojos negros estaban clavados en los suyos, y rehuir de su mirada en busca de la de Law fue casi tranquilizador. Porque cuando el cirujano guardaba silencio por demasiado tiempo, Nami sabía que algo urdía en su cabeza astuta. Sin embargo lo que dijo luego de sostenerle la mirada durante unos extendidos segundos, ni ella ni los otros dos se lo esperaron.

—Suficiente —resopló, rompiendo el contacto visual con la navegante—. Desmond, ¿conoces el camino desde aquí hacia la Central de Investigación de Burmecia?

—¡¿Qué?! —la perfecta sincronía con que Nami y Liam exclamaron aquello fue casi cómica. Desmond lo miró perplejo, paseando luego la mirada desorientada por el paisaje. Se quitó el cigarrillo de los labios, pero antes de que dijera nada, Liam se le adelantó:

—¿No acabo de mencionar que la tercera fase del proyecto––

—No me interesa —su interrupción tajante, esta vez, no pareció agradar al moreno—. No estoy seguro de tus intenciones, señor Liam, y aunque aprecio tu oferta y preocupación, no me iré de este lugar sin antes recuperar mis sentidos.

Nami abrió la boca para debatir, pero cuando los ojos de Law volvieron a los suyos en una advertencia muda que no supo identificar, optó por guardar silencio; al menos de momento. Liam, por el contrario, lucía genuinamente contrariado.

—¿Y aun así dices que no te importa estar presente para la tercera parte de la iniciación? ¿Acaso también perdiste la cabeza? —cuestionó, dando un temerario paso al frente para encarar al capitán—. Si vas allí por tu cuenta, te aseguro que no dudarán en utilizar todo lo que fuese necesario para doblegarte —agregó, aludiendo de manera implícita a la más que reciente tortura del epidemiólogo.

—Oh, pero no iré por mi cuenta. Tú vendrás conmigo —continuó Law, ignorando el mohín del más joven—. Por lo demás, no soy una persona fácil de persuadir.

—Estoy seguro de que estás familiarizado con los métodos de quienes conforman el proyecto Dharma —insistió Liam—. Sabes muy bien de lo que son capaces para obtener lo que desean.

—Eso suena como si no formaras parte de ellos, señor Liam —apuntó, descubriendo ahora con facilidad un difuso destello de estupor en el rostro del moreno—. No te preocupes por ello. Sólo tienes que––

—¿Aún no te das cuenta? —increpó asiduo, provocando una mueca descontenta en el cirujano—. Si bien la primera etapa de la iniciación fue lenta, gracias a la segunda fase logramos aumentar el número de iniciados en el lapso de una semana a una velocidad apabullante, lo cual permitió estipular con precisión un plazo de tan sólo 48 horas antes de iniciar la tercera etapa —explicó, alzando una ceja—. ¿Entiendes lo que digo?

—Segunda fase, tercera fase… —murmuró Desmond, confundido—. ¿Cuándo inició la primera?

—Desde el día en que fuiste llamado a investigar la inexplicable epidemia burmeciana, Strauss —rodó los ojos, como si fuese más que obvio lo que decía—. Y ahora, gracias a la segunda fase, no sólo este país aislado carecerá de olfato. Dentro de las próximas 48 horas, el continente completo, sin excepción, perderá tanto el olfato como el gusto —continuó, centrando su atención en el capitán—. El tiempo apremia, Trafalgar. Una vez comience la tercera fase, créeme que no querrás estar presente.

—Espera un momento —musitó Nami—. ¿Estás diciendo que perder ambos sentidos no se trata de un efecto secundario de la toxina?

—Creí que el propósito final del proyecto era manipular a la población como lo hicieron en el país de Baskerville —secundó Law—. Miedo y estímulo.

—Bueno, ese era el motivo principal por el cual se creó el proyecto. Pero el poder siempre genera ambición… —murmuró Liam, frunciendo los labios ante algún pensamiento vago—. Cuando el Gobierno Mundial descubrió las verdaderas intenciones de nuestro líder, revocaron de inmediato el apoyo y financiamiento que brindaban al proyecto. Aun así, no hicieron nada para impedirlo. Típico del Gobierno, ¿no? —sonrió apenas, y la mueca por vez primera no pareció falsa ni aprendida.

—¿Qué hay de los otros sentidos? —insistió en saber la navegante, cubriéndose inconscientemente la boca y la nariz con una mano como si con ello pudiese negar el ingreso de la peligrosa sustancia a su organismo.

—Olfato, gusto, oído, vista, tacto —detalló Liam—. El proyecto Dharma busca eliminarlos uno a uno.

Si antes Nami pensó que perder la facultad de distinguir olores y sabores sería una experiencia terrible, pensar ahora en la pérdida de todos y cada uno de sus sentidos era sencillamente espantoso.

Sin sentidos, ¿qué? Un bulto orgánico sin interacción alguna con el entorno a merced de los elementos. Un amasijo de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne y hueso. Anestesiados, despojados de toda herramienta para sobrevivir, y peor aún, de disfrutar del mundo.

Y a pesar de la aprensión que generaba en ella la idea de continuar en ese continente, de pronto estuvo más que de acuerdo con el cirujano en que no se iría de allí sino hasta ponerle fin a semejante proyecto deshumanizador. No tenía sentido. No era justo.

—Estamos jodidos —bufó Desmond, pisoteando el cigarrillo antes de mirar a Nami—. Siento que deberíamos darnos un banquete ahora mismo antes de volvernos unos constipados, ¿no crees? —ironizó, suscitando en la navegante una sonrisa irresoluta.

Liam resopló, pasándose una mano entre sus lacios cabellos negros.

—Si sacando a Trafalgar Law de este continente puedo evitar que la iniciativa Dharma finalice las cinco fases, estoy más que dispuesto a hacerlo —expresó, manteniendo el contacto visual con el cirujano—. ¿Y bien? ¿Aún dices que no te interesa mi oferta?

Law tuvo el descaro de sonreír. Las esquinas de sus labios se torcieron hacia arriba, y un ávido brillo destelló en sus ojos grises.

—No realmente. Ahora tengo curiosidad por saber qué tipo de droga puede anular los sentidos con tanta eficiencia —dijo entonces, encogiéndose de hombros ante la expresión incrédula de Liam—. No preguntaré por qué estás dándole la espalda a tu equipo, porque honestamente no me interesan tus motivos. Sin embargo, pienso que podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos.

—¿Un acuerdo?

—Por tu reacción previa, creo que no me equivoco al afirmar que es la Central de Investigación donde concentran la droga. Simplemente tienes que llevarme allí.

—¿Pretendes destruir las instalaciones? —frunció las cejas—. Eso causaría un daño ambiental descomunal. No tiene sentido que––

—Sólo quiero tener una pequeña charla con la señorita Mary Strauss —miró a Desmond de soslayo, descubriendo complacido que el epidemiólogo siquiera se dio por aludido ante la mención de su mujer—. Detendré el proyecto, recuperaré mis sentidos y tú obtendrás lo que deseas sin necesidad de ensuciarte las manos.

Nami pensó que nunca antes había visto dos pares de ojos más penetrantes. Los saltones ojos de Liam evaluaron los grises del capitán durante un prolongado silencio donde ni ella ni Desmond quisieron inmiscuirse, manteniéndose expectantes. Independiente de la elección de Liam, Nami sabía que Law haría lo que decía con o sin su adhesión, y a pesar de lo mucho que ya lo conocía, no logró comprender del todo los motivos tras sus intenciones.

—¿Cómo puedo saber que lo harás? —murmuró Liam, suspicaz.

—Señor Liam, puedo parecer una persona extravagante, pero realmente no me apetece perder la capacidad de disfrutar de los placeres del mundo —apuntó Law—. Por lo demás, no se me da muy bien recibir órdenes. Doblegarme está fuera de discusión.

Liam volvió a mesarse el labio con gesto pensativo, y al cabo de unos prolongados segundos, apenas asintió con reticencia.

—Bien… —dijo entonces el moreno, cerrando los ojos en un largo bufido—. Nos tomará alrededor de un día llegar a la Central si partimos ahora mismo. Me gustaría detener todo esto antes de perder un tercer sentido.

—Perfecto —asintió Law—. Pero antes de partir, necesito tu palabra, señor Liam.

—Creí que estaba todo claro —detuvo la marcha una vez pretendió retomar el camino, dedicando una mirada interrogante a Nami y Desmond quienes se encogieron de hombros, comprendiendo incluso menos que él las palabras del voluble capitán.

—Oh, todavía no —continuó el cirujano, cortando la distancia con un par de pasos—. Necesito asegurarme.

Liam frunció las cejas, observando la mano parsimoniosa que alzó Law hacia su pecho. Guardó silencio a espera de que dijera algo bajo la atenta mirada de la navegante y el epidemiólogo, pero al cabo de unos segundos los labios del capitán no hicieron más que curvarse aún más en una sonrisa torcida. Entornó los ojos, receloso, y cuando abrió la boca para decir algo, apenas alcanzó a oír la voz del cirujano cuando de pronto un dolor extraño, agudo y lacerante atravesó su pecho.

Mess —el corazón de Liam cayó tras su espalda, sus rodillas flaquearon y Law dio un paso al costado para permitir su caída libre sobre la maleza.

Acomodó el peso de la nodachi sobre su hombro, se agachó para coger el corazón palpitante, y entonces el tardío chillido que soltaron Nami y Desmond casi le hace trastabillar mientras se incorporaba.

Cerró los ojos con fastidio; estaba seguro que el grito del epidemiólogo alcanzaba decibeles incluso más altos que el de la navegante.

—¡¿Qué demonios, Law?!

—¡¿Estás loco?!

—¡Lo mataste! ¡Salvaje!

—Maldición, Law, ¡¿y ahora qué––

—Está vivo —prácticamente gruñó aquello, deseando tener una mano libre para destaparse los oídos—. Sólo está inconsciente.

Desmond lo miró incrédulo, agachándose luego junto al cuerpo de Liam para comprobar el pulso. Su boca se abrió en un segundo chillido, pero la sorpresa fue tal que –para el agrado de Law– ningún ruido salió de ella.

—¿Por qué hiciste eso? —cuestionó Nami, pasmada ante la curiosa habilidad de Law. En realidad, no supo si lo curioso era la habilidad o el bizarro uso que le daba el capitán a la misma—. Comenzaba a creer que se estaban llevando bien.

—No confío en él —expresó Law, encogiéndose de hombros.

—Yo tampoco —secundó Desmond—, pero arrancarle el corazón es…

—Coerción —finalizó el cirujano, tendiéndole la nodachi a Desmond para luego tomar a Liam—. ¿Sabes cuál es el camino hacia la Central?

—Eres un demente, ¿lo sabías? —comentó el epidemiólogo—. Nunca pensé que una habilidad sería capaz de arrancar un corazón sin––

—Desmond —siseó Law, tenaz.

—Bueno, según lo que dijo el desafortunado Liam, y si la memoria no me falla… —hizo una breve pausa, pensativo—. Creo que deberíamos seguir hacia el sur.

—Bien —asintió, acomodando el peso de Liam sobre uno de sus hombros antes de dar media vuelta y encaminarse. Desmond arqueó una ceja.

—¿A dónde vas? Acabo de decir que es hacia el sur —repitió al verle caminar en la dirección opuesta.

—Al campamento —dijo—. Liam no despertará hasta dentro de unos minutos. Deberían atarlo junto a Jacob y explicarle la situación a la gente del campamento antes de que informen a––

—Espera un momento —le cortó Nami—. ¿Pretendes ir tú solo a la Central? —Law asintió, sin detenerse—. ¿Estás loco?

—No te ofendas, Nami, pero siempre he trabajado mejor solo —replicó, pasando de ella por su costado—. Tú y Desmond permanecerán ocultos en el campamento. Yo me haré cargo del resto. ¿Entendido?

—¡Olvídalo! —exclamó Desmond, sin importarle tener que caminar de espaldas para enfrentarlo al no tener Law intención alguna de detenerse—. Tengo un par de cosas que me gustaría decirle a Mary, ¿sabes? Además, luego de todo por lo que hemos pasado juntos, no––

—Tus asuntos conyugales no tienen nada que ver con esto —escupió Law, suscitando que su acidez ardiera en el endeble buen humor del epidemiólogo.

Nami intentó insistir, pero antes de que dijera nada, Desmond estalló. Importándole menos que nunca quién era Trafalgar Law y su infamia, detuvo sus pasos en seco frente a él y aferró enfurecido la tela de su camiseta. La navegante contrajo el rostro al escuchar el osado ataque verbal del epidemiólogo, y peor aún ante las respuestas escuetas del cirujano que por tajantes no hacían más que avivar el arrebato del otro. Desmond soltó un enflorecido insulto que pareció tocar una delicada fibra de Law, y entonces aparecieron las sombrías amenazas que probablemente nunca se concretarían.

Cerró los ojos con hastío, pasándose una mano entre los cabellos. Aún no lograba digerir del todo las suculentas revelaciones de Liam, y ahora entre la obstinación de Law y la algarabía que estaba montando Desmond, el dolor de cabeza que desde hace unos minutos comenzaba a molestarle no hizo más que acrecentarse. Probablemente debería detener el escándalo con un buen golpe de los suyos en sus respectivas cabezas tercas, pero de pronto se sintió tan cansada que no tuvo el ánimo ni las fuerzas de sumarse al griterío ni mucho menos de ser blanco de sus miradas asesinas.

—¡¿Ah, sí?! Pues, verás, ¡me importa una mierda! —exclamó Desmond—. ¡Ni aunque me cortes en millones, billones o trillones de trocitos me moveré de aquí hasta que––

—No dije que usaría mi habilidad para hacerlo —gruñó Law—. Ahora, apártate.

Nami frunció las cejas y resopló, y cuando dio un paso al frente, el corazón le dio un salto y un inusitado espasmo le subió desde las piernas hasta la última hebra de sus cabellos; una violenta sacudida en su cerebro que reverberó en cada una de sus extremidades. Alzó una mano trémula frente a sus ojos y no supo si su mano en realidad temblaba demasiado o si la vista le estaba jugando en contra. Cerró sus párpados con fuerza y al abrirlos descubrió entonces no sólo que sus manos temblaban, sino que todo a su alrededor parecía vibrar en colores, olores, sonidos y sabores que nunca antes apreció con tal ímpetu.

—¡No!

—Desmond… —entornó los ojos, perdiendo la poca paciencia.

—Oh, a mí no me das la mirada homicida, Trafalgar —amonestó Desmond—. Además de verte horrible, sabes que conmigo no––

—Apártate —repitió, dando un forzoso paso al frente que hizo retroceder al epidemiólogo. Si no fuera porque llevaba a Liam al hombro, fácilmente podría haberle apartado de un empujón.

—¡No! —chilló, forcejeando contra el capitán.

Nami no tardó en saber lo que ocurría. Pero si así sería como perdería dos de sus sentidos, pensó que disfrutar de esa transitoria alteración de su percepción y de esa luminosidad en las cosas más simples de la naturaleza e incluso en ella misma, era más sabio que entrar en pánico y rehusarse a la imperiosa necesidad de abandonar el pensamiento lógico.

Entonces la brisa se enredó juguetona entre sus cabellos, acarició sus mejillas y como una nínfula cantó en sus oídos la más etérea de las melodías, embriagando a la navegante en su aroma exótico hasta colmar sus pulmones con su presencia abstracta y a la vez tan real.

—¡Maldición, Desmond, deja de––

Una profunda apreciación de lo que significa estar vivo: fascinante para la mente, cautivador para el corazón, pero fantástico, efímero e inalcanzable… El mundo entero en tan sólo unos segundos.

—¡Dije que no! ¡Iremos contigo te guste o no! —continuó Desmond—. ¡Oye, Nami, ¿tendrías la amabilidad de ayudarme con este idiota?!

—¿Idiota…? —siseó Law, terriblemente fastidiado.

—¡Nami! —lo ignoró—. ¡No es tu capitán, ¿verdad?! ¡No deberías dejar que este idiota —hizo énfasis, mordaz—, te de órdenes sólo porque se gustan! —miró sobre el hombro del cirujano, buscando con la vista a la navegante—. ¡Oye! ¡¿Me estás escuchando?!

Y luego vino el dolor. Como si tal capacidad de observación fuese cosa prohibida, toda sensación grata se esfumó de golpe, y luego dolía tanto como la catarsis más dura, como el sermón más severo por no valorar antes esas cosas que por sencillas pasan inadvertidas.

Sus ojos ardían. Los olores quemaban. El cerebro parecía vibrar bajo su cráneo.

—Nami es lo suficientemente inteligente para darse cuenta de la situación. Ahora, si no quieres ser el único idiota presente, apártate y… —una mano tirando de la parte trasera de su camiseta interrumpió sus palabras.

Law rodó los ojos al borde de la irritación cuando ya no fueron sólo las manos de Desmond tirándole la ropa para retenerle, sino ahora también las de Nami. Sin embargo antes de que dijera nada al respecto, la inusual fragilidad en la voz de la navegante al pronunciar su nombre lo desconcertó.

—L-Law... —musitó—. N-No…

La mano que empuñaba su camiseta se aflojó, deslizándose lánguida por su espalda cuando las piernas de Nami desistieron.

—¡Nami! —exclamó Law, y Desmond tuvo que ser lo suficientemente rápido para tirar la nodachi a un lado cuando el cirujano le arrojó sin miramientos el cuerpo inconsciente de Liam y su corazón antes de detener la caída de la navegante.

—Está hiperventilando… —murmuró el epidemiólogo, observando horrorizado aquellas características que en mucha gente vio durante su investigación—. Law, son los síntomas. Deberíamos llevarla al campamento y––

—Nami, respira —dejándose caer sobre sus rodillas, acunó a la navegante en su regazo mientras sostenía sus hombros y con su mano libre sacudía su barbilla—. Si sigues así te vas a desmayar.

Law sabía que lo escuchaba. Aun cuando sus pupilas estaban dilatas y una capa nebulosa opacaba el brillo usual de sus ojos, su mirada estaba clavada en la suya.

—Respira —repitió, cubriendo sus labios partidos para obligarla a respirar por su nariz—. Respira profundo —continuó, pero sabía que difícilmente los primeros auxilios servirían contra el efecto de la droga—. Desmond, ve al campamento y trae el bolso de Nami. Hay un sedante.

—Yo tengo uno, pero temo que sea demasiado fuerte como para––

—¡Desmond! —masculló, alzando lo suficiente la voz para hacer reaccionar al otro.

—Volveré en un segundo —dijo entonces, dejando el cuerpo de Liam y el corazón a un lado antes de emprender una rápida carrera entre la selva.

Volvió su atención sobre la navegante, y de una manera muy impropia en él, maldijo entre dientes. Su respiración se tornaba más superficial. Si piel ardía, y los cabellos de su flequillo comenzaban a pegarse a su frente por un sudor frío. Sus músculos se contraían y distendían una y otra vez, y al cabo de unos segundos sus párpados se cerraron fuertemente con un doloroso gemido que fue amortiguado bajo su palma.

—Aguanta un poco más —murmuró, limpiando con su pulgar la lágrima que resbaló por su mejilla.

Las manos de Nami, que en algún momento volvieron a empuñar su camiseta, soltaron la tela y con movimientos temblorosos se aferraron desesperadas a su mano para quitársela de la boca. Law se lo concedió, porque al hacerlo, la navegante tomó una buena bocanada de aire que serviría para llenar sus pulmones fatigados.

—Eso es —asintió cuando Nami abrió los ojos vidriosos—. Inhala por tu nariz y exhala por––

—L-Law —balbuceó, cogiendo nuevamente su camiseta—. Tú no…

—No hables, Nami. Desmond volverá pronto.

—Law… —jaló la tela para arrimarlo a ella—. N-No…

El cirujano frunció las cejas, molesto por su porfía y a la vez curioso ante la voluntad con la cual lograba sobreponerse a la pérdida de consciencia.

—¿No, qué? —se inclinó y ladeó la cabeza para escucharle mejor; apenas podía oír su voz.

—N-No… —inspiró con fuerza, y en un aliento sofocado, dijo rápidamente—: No irás a ningún lado tú solo.

Las manos de Nami subieron por su cuello a sus mejillas, obligándole a girar su cabeza para encararla. Notó que sus ojos apenas se mantenían abiertos, pero el reproche y la determinación estaban impresos en ellos. La sonrisa le picó en la boca, pero en el mismo instante en que sus labios se curvaron, la navegante tiró con mayor apremio de su rostro, tomó aire, contuvo la respiración y… lo besó.

Apenas fue un roce. Una sutil caricia de labios febriles contra los suyos desprevenidos. Parpadeó más veces de las que hubiese deseado, y al salir de su estupor, Nami estaba laxa entre sus brazos, profundamente dormida.

Los apresurados pasos de Desmond se oyeron de vuelta entre la hierba. Demasiado tarde. O tal vez no.


Oh mai gáh. No diré nada del final; se me escapó, no pude evitarlo :x

El capítulo es denso, y por lo mismo me costó un siglo parirlo. Es puro diálogo y prácticamente transcurre en un mismo escenario. Probablemente, en tiempo real, no se desarrollaría en más de unos minutos o una hora, pero era necesario... Liam es el personaje más jodidamente complejo que se me ocurrió inventar, porque si bien yo conozco todos los misterios (jojo), fue difícil hacerlo hablar sin que soltara información así sin más, pero Law siempre llega a mi rescate cuando necesito presionar (?). Finalmente el cuento ya está más claro, ¿verdad? Espero que sí, sino siempre están los tomatazos.

Chicas, tengo una mala noticia. Comienza noviembre y a principios de diciembre tengo que rendir la PSU (prueba de selección universitaria). Como soy una persona asquerosamente irresponsable, ahora es el momento de ponerse las pilas y estudiar lo que no estudié como debía en todo el año. Así que probablemente el próximo capítulo demore un poco más... aunque como dije, soy irresponsable, y como ya tengo medio escrito el sgte, quizá tarde en publicarlo lo mismo que suelo tardar xD. Pero bueno, si demoro mucho, ya saben u_u

Reviews:

Panthera Kira: ¿Así que te cuesta despertar por las mañanas? ¡entonces somos dos! xD Mientras escribía esa parte, me recordó mucho a un extracto de El Lobo Estepario de Herman Hesse y no pude evitar hojear el libro hasta dar con la parte que buscaba. El contexto es diferente, habla sobre esa ligereza insípida de los llamados días "buenos", de los rutinarios, de esos que pasan sin dios ni gloria. Así que tomé un poquito de ello y quedó muy bien, jajaja. Mildred fue lejos el personaje más fugaz; casi siempre los personajes que invento vuelven a aparecer por uno u otro motivo. Pero como bien dices, su personaje era incidental, su participación sólo era esa y su muerte no será porque sí, Jacob está cabreadísimo con Desmond por ello, y al ser un personaje importante, no se quedará de brazos cruzados. La colleja que Nami le soltó a Law también me dio mucha risa, pero es que Law se estaba comportando mal... así que un golpe para hacerlo espabilar fue lo más adecuado que se me ocurrió viniendo de Nami, jajajaja. Law y su comportamiento rarito tiene mucho que ver con el final del capítulo; ya lo verás en el próximo, jiji. Oh, si me dices que te gustó esa reflexión en torno a los sentidos y la memoria, entonces amarías la película que recomendé en el capítulo anterior: Perfect Sense. Es hermosa, la adoro con todo el corazón y siempre la recomiendo. LA acción aún está por venir, este beso casto y medio inconsciente no estaba entre mis planes, pero Nami se me adelantó. Te haré saber cuando sea ese momento :x Muchas, muchas gracias por tus buenas vibras :)

SuperLaw: Oh, guapa, ¡no te preocupes! Estaremos en las mismas, así que probablemente no te perderás de mucho xD

Yanahira: Claro, explorar la cabeza de Law en esos momentos también será interesante, porque a todas nos vuelve unas fangirls locas cuando piensa bonito de Nami, jajajaja. Hace rato que Law se anda comportando raro, y ya no hay drogas de por medio... en realidad sí, quería decirle algo, pero eso quedará para el próximo capítulo (no es nada muy relevante, pero ya sabemos como es el cirujano para decir las cosas :x)

PatriciaXD: Rayos, hasta a mí se me confunden los personajes a veces u_u. Pero con que recuerdes a los importantes además de los protagonistas (que serían quienes forman el proyecto: Pávlov el viejo de la mansión, Mary la esposa de Desmond, Jacob el rubio pareja de Mildred, Liam el descorazonado), no estarás tan perdida. Si gustas, envíame un PM y te aclaro un poco el cuento :3

Como siempre, agradezco con el alma su lectura y sus reviews, ni se imaginan lo feliz que me hacen :)
Con mucho cariño,
Merle.