N/A: ¡¿Vieron el último capítulo?! Yo no, pero tumblr me llenó de spoilers y ahora sufro hasta lo insufrible u_u Estoy segura de que Oda lee fanfiction y sabe darnos donde más nos duele (?)
Mis queridísimas, aunque lo advertí anteriormente, me disculpo desde el alma por la demora. Tuve semanas horribles de estudio y trabajo donde llegaba a mi casa sólo a dormir, y cuando tenía tiempos libres, escribía a pasos de hormiga para no perder el hilo. Lo bueno es que este domingo terminó el trabajo (era algo temporal por las elecciones presidenciales), así que ahora tengo mucho más tiempo.
En fin, ¡disfruten! :D


Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XX
–Interludio–

Una persona normal tarda siete minutos en dormirse; pero la misma persona puede tardar entre quince y veinte minutos en despertar. El ser humano despierta por etapas, pasando del sueño profundo al sueño ligero y a ese estado llamado duermevela en el que la persona oye sonidos y hasta contesta preguntas que después no recuerda, salvo, si acaso, como un sueño.

El sueño es un lago del que, usualmente, cuesta más salir que entrar. Sin embargo, para otros pocos, el caso es a la inversa.

Fuese por su constante estado de alerta o su latente incapacidad de apagar su mente para aventurarse en la templanza del sueño profundo, contadas eran las ocasiones en que Law no era consciente de su entorno.

Sin ánimos de darle aún la bienvenida al nuevo día, medio despierto y medio dormido, sus oídos despiertos oían sin desearlo el canto de un chincol entonando una y otra vez la misma melodía breve y chillona que era remedada por otra ave unos metros más allá, y luego lo mismo ocurría de manera idéntica con otra aún más lejos, una y otra vez, una y otra vez… Luego de unos minutos del monótono ciclo, y cuando se descubrió consciente de saber a ojos cerrados el momento exacto en que el chincol volvería a cantar y entonces comenzaría nuevamente la peculiar comunicación entre cantores plumíferos, renunció al burdo cometido de perderse en la abstracción de los sueños.

Se le hacía tan, tan ridículamente complejo lograrlo, que cuando caía la noche para despedir el día, en lugar de entrarle sueño y cansancio como al común de la gente, su mente trabajaba el doble –el doble del doble de lo que usualmente funciona–, y cuando receloso se metía a la cama sus músculos parecían cobrar una inoportuna necesidad de moverse inquietos hasta hacerle abandonar la comodidad de sus sábanas porque, luego de girar tanto sobre ellas, al cabo de horas lentas y extendidas, se le hacían irónicamente incómodas y fastidiosas.

Resopló, del todo despierto. Reclinó la cabeza hacia atrás hasta sentir contra la nuca el tronco del árbol donde andaba apoyado, y al abrir los ojos entornó sus párpados al instante en que la blanquecina luz del mediodía golpeó sus irises grises. Torció el cuello de un lado al otro, deleitándose en el tronar de sus huesos que a la vez distendían los músculos de la zona. Después de todo, dormir sentado no era precisamente grato.

Aun cuando su espalda estaba ligeramente resentida por la alta de movimiento, así como sus piernas que únicamente podía flexionarlas o estirarlas, no quiso mover ningún otro músculo. Porque contra su pecho, arrimada y serenada, la navegante dormía suave y silenciosa. Durante la noche apenas se había movido para abrazarse fuertemente a su cintura, y cuando su rostro encontró el hueco entre su hombro y su cuello, Nami no volvió a moverse de allí.

Sentía su respiración acompasada contra su piel, sus manos pequeñas aferradas en su camiseta, el palpitar de su corazón martillando suave contra su pecho.

A pesar de haber dormido poco y casi nada, en una especie de introspección vaga y muy superflua, Law reparó en que, como nunca por las mañanas, no estaba molesto ni malhumorado. Ese extraordinario despertar embelesado, templado, era cosa nueva de los últimos días, y no siendo lento ni tonto, no tardó en saber que el único factor nuevo influyente en sus más recientes despertares no era otra sino ella. Y no sólo de sus despertares, sino también de esos inusuales momentos de distracción que facilitaban con increíble rapidez su camino al no muy visitado mundo de los sueños.

La navegante, Nami. Temeraria, atrevida. Otras, asustadiza y temerosa. Siempre femenina, siempre osada e irreverente.

Podía soltarle mil verdades sin cortarse un pelo. Podía decir cuanto quisiera sin retractar sus palabras, y en caso de que lo hiciera, siempre eran con buena razón: sabía muy bien cuándo detenerse, cuándo presionar. Entendía sus estados, podía ver a través de sus gestos incluso cuando él siquiera se lo proponía.

Criatura más rara no había visto.

Primero fue la intriga, más curioso que otra cosa. Nunca nadie fue capaz de insultarlo sin que le temblara la voz o las piernas. Nunca nadie le habló con tanta naturalidad y frescura. Siempre existió el trato asimétrico incluso con los miembros de su tripulación, y con los otros, desconocidos o enemigos, la simetría nacía del respeto o la aspereza de la rivalidad.

Pero Nami era diferente. Si bien estaba en ella el respeto, también estaba el orgullo propio. Law no necesitaba poner a prueba ese equilibrio para saber que Nami no toleraría fácilmente una falta directa o indirecta a su persona.

Sólo entonces, tras un par de semanas, surgió el interés. La navegante cada vez se intimidaba menos con sus miradas severas y ya poco y nada le impresionaban sus decisiones categóricas, sus actos que bordeaban el sadismo o su lamentable sentido del humor que por escueto pasmaba a muchos.

Transcurrido algo más de un mes, Nami ya lo conocía lo suficiente para decir que sabía de él incluso más que cualquier otro. Sin perjuicios y muy pocos prejuicios, la navegante tuvo el extraordinario coraje de ver su propio yo embozado en la prepotencia y la arrogancia.

Law también veía en ella. Siempre fue un gran observador, y ver a través de alguien tan abierto como la navegante era una tarea sencilla, pero no menos interesante. Al contrario suyo, Nami no ocultaba nada. Aunque lo intentara sus expresiones la acusaban de inmediato; podía descubrirlo en una nota trémula o demasiado aguda en su voz, en una pequeña arruga entre sus cejas, en una severa agitación de sus pestañas, en la estrechez de sus labios –curvándose o perdiéndose dentro de su boca–, en un movimiento de su mano jugando con sus cabellos, o en los últimos días, en un prodigioso sonrojo sobre sus mejillas lozanas suscitado por un mero comentario, una mirada o una sonrisa suya.

Mentiría si no admitía el gusto sobre todo por esos últimos gestos. Si fuera por él, y si fuese aún más cruel de lo que ya era, bombardearía a la navegante con sugerencias verbales y no verbales para llevarla al límite y así ver qué tan rojas podían llegar a estar sus mejillas.

Y aunque sonrojar a una mujer no era un trabajo que se le diera difícil, provocar semejante reacción en Nami era sencillamente fascinante. Desmoronar esa fortaleza orgullosa y sacar a relucir un pudor que, Law estaba seguro, no era común en ella, le hinchaba el pecho de orgullo y también de un calor que, si era honesto consigo mismo, no era sensación común en él.

Nami constituía una novedad en todos los sentidos.

Sonrió para sí al sentir su peso pluma removiéndose contra su pecho. Perezosa, remoloneó el rostro contra su cuello e inhaló su piel con fuerza. Notó que, probablemente, ya llevaba unos minutos despierta, porque cuando exhaló el aire contenido en sus pulmones, resopló casi con decepción.

El aire ingresaba limpio y sin forma, sin aroma ni gustillo. Law lo sabía; él mismo lo había comprobado una y otra vez, y por más que ese hipnótico aroma a azahar que solía caracterizar a la navegante seguía intacto en su memoria, su ausencia hacía difuso el recuerdo.

Nami insistió. Una de sus manos soltó la tela de su camiseta y la llevó a su nariz, inhalando un par de veces para obtener el mismo resultado.

—¿Nada? —preguntó, decidiendo sacarla de su ensimismamiento solitario y de noticias angustiantes.

—Nada —murmuró, abriendo los ojos a regañadientes para enfrentarse de una vez a la sombría realidad.

Descubrió que los altísimos árboles de la selva seguían allí. Law estaba apoyado contra el tronco de un árbol con ella sentada entre sus piernas, recostada contra su torso. Pasando por alto el porqué de semejante posición, alzó la vista para encontrar el rostro de Law a medio palmo del suyo. Sus labios estaban curvados en una leve sonrisa.

—¿Estás de buen humor? —preguntó, sin encontrar la gracia en el hecho de que ambos carecían ahora de olfato y gusto.

—Supongo que lo estoy —asintió, didáctico incluso—. ¿Cómo te sientes?

—Extrañamente bien —con esa agradable sensación que sólo se obtiene tras dormir largas horas luego de sumo cansancio, hubiese agregado, pero se encontró demasiado aletargada para expresarlo.

—¿Qué tanto recuerdas antes de desmayarte?

—Mi cerebro parecía querer estallar, y… —musitó, intentando poner en orden las imágenes y sensaciones confusas—, mis sentidos estaban tan agudizados que incluso dolía.

Law asintió, pensando que si tuviera que poner en palabras simples el tortuoso proceso previo a perder ambos sentidos, probablemente hubiese dicho algo similar. Omitiendo, claro, aquellas peculiares sensaciones fuera de lugar. Tamborileó vaga y deliberadamente los dedos sobre la espalda desnuda de la navegante, notando que el movimiento sólo entonces la hizo consciente de sus brazos estrechando su cuerpo laxo que de pronto se tensó nervioso bajo su tacto.

—¿Sólo eso? —apenas se molestó en ocultar la expectación en su voz.

—Creo que–– —reparando rápidamente en su tono, se interrumpió a sí misma y se apartó lo suficiente de sus brazos para observarlo con atención—. Deja de hacer eso con los ojos.

—¿Qué tienen mis ojos? —parpadeó, ligeramente desconcertado y divertido a la vez.

—Ese gesto de: "ambos sabemos lo que está ocurriendo aquí" —remedó recelosa, suscitando una risa muda en el capitán.

—Porque lo sabemos, ¿no?

—No, exactamente por eso es irritante —rezongó, cruzándose de brazos frente a él—. ¿Qué ocurrió luego de desmayarme?

Law tenía tres posibles reacciones luego de su despertar: que gritara espantada, que fingiera total ignorancia para intentar desmentir sus acciones, o que intentara simular indiferencia al respecto. Sin embargo, luego de promulgar su pregunta, lo que hizo Nami fue ladear la cabeza y alzar las cejas, demandando de esa forma una respuesta.

No lo recordaba. Era lógico que no lo hiciera, pero su ego se negó a crear esa cuarta posibilidad.

Pues bien, todo tiene solución.

Su sonrisa creció amplia ante la atenta mirada de Nami. Apoyó el codo sobre una rodilla alzada y descansó su rostro contra el puño tatuado, paseando parsimoniosamente el meñique a través de sus labios curvados. Sus ojos grises evaluaron los avellana durante un prolongado momento antes de resoplar con falso despecho.

—Ya veo, no lo recuerdas —su más que fingido desgano no hizo sino picar la curiosidad de la navegante—. Es una lástima.

—¿El qué?

—Debo admitir que me sorprendiste. Nunca pensé que serías tú quien––

—Law —siseó, mosqueada.

—Dicen que la curiosidad puede matar al gato —continuó—. Aun así, ¿realmente quieres saberlo?

Su voz fue baja, desafiante, y en sus ojos había una diversión perversa y malintencionada. Nami se estremeció en su lugar, sintiendo de pronto que estaba olvidando un detalle muy importante. Había algo en su semblante que de un segundo a otro pareció tornarlo inusitadamente intimidante y atrayente, pero entre el miedo y la curiosidad, la última fue mucho más fuerte.

Asintió vacilante, arrepintiéndose casi en el acto cuando la sonrisa de Law se desvaneció y sus labios adoptaron una mueca inexpresiva.

Impenetrable, indescifrable, peligroso.

—¿Debería decírtelo o demostrártelo? —se lo preguntó a sí mismo, confundiendo aún más a la navegante.

—¿Demostrar…? —murmuró—. Law, ¿de qué estás––

—Demostración, entonces.

Antes de que la frase escueta fuera procesada en su cabeza, Law enterró su mano libre entre sus cabellos, tiró de su nuca y luego, sin mayores preámbulos, recreó incluso con mayor brío cada movimiento suyo para asegurarse de refrescarle la memoria.

Una suave fricción de labios, tenue como la caricia de una pluma. Nami parpadeó; dos, tres veces.

Después, una firme presión sobre su labio inferior. Sus ojos se ampliaron en sus cuencas, y cuando sintió los cálidos labios de Law curvarse en una sonrisa sobre los suyos, Nami reaccionó.

—¡¿Q-Qué demonios?! —sus brazos atrapados contra el pecho del capitán saltaron a sus hombros, alejándose rápidamente de él—. ¡De ningún modo pude hacer algo como eso!

—Oh, lo hiciste, señorita Nami —frunció los labios para contener la risa, pero cuando las mejillas de la navegante ardieron al rojo vivo, boquiabierta y completamente horrorizada, se vio obligado a esconder la prominente sonrisa bajo su palma para así continuar con la dulce tortura—: Luego de mi inapropiado comportamiento previo a perder ambos sentidos, creí que debía ofrecerte una disculpa —mencionar el innombrable acontecimiento logró que el maravilloso sonrojo le subiera a Nami hasta las orejas—, pero ahora pienso que estamos a mano, ¿no crees lo mismo?

La navegante abrió la boca un par de veces, pero ninguna palabra cuerda salió de ella. Aún no lograba digerir el peso de sus acciones, y peor todavía cuando inmediatamente después de romper el beso, el sutil cosquilleo que permaneció en sus labios trajo a su memoria un vago recuerdo sensorial muy similar.

Había besado a Law. Entre toda la gente en el mundo, había besado a Trafalgar Law.

Bien que era espantosamente apuesto y que por mucho que odiara admitirlo, su personalidad también era muy atractiva, pero besarlo nunca figuró ni en sus pensamientos más descabellados… o tal vez sí, en un pasado lejano y en un contexto más impersonal y puramente carnal que con el paso del tiempo dicho deseo oscuro terminó desechado y enterrado en lo más hondo de su mente. Ahora, sin embargo, no podía desvirtuar las cosas de esa manera; no cuando ya existía una ambigua pero indudable relación de confianza de por medio.

Maldijo a la niebla y al proyecto Dharma desde el fondo de su alma, con todas sus fuerzas. Y también a Law por sonreír como jamás le había visto: burlesco, expectante, arrogante y más atractivo que nunca; todo en una misma mueca.

—No era necesario que lo demostraras —masculló—. Además, sabes muy bien que es un efecto de la droga. Nunca pensé en reprochártelo.

Aunque si hubiera sido Desmond o cualquier otro quien estuvo en ese entonces en el lugar de Law, probablemente las cosas no hubiesen resultado de la misma forma. El pensamiento le contrajo el estómago, y el palpable escepticismo con el cual Law alzó una ceja astuta no fue de ayuda para disipar la abrumadora revelación.

—Entiendo —asintió Law mientras se incorporaba, aún con la diversión impresa en su voz—. Entonces tendremos que encontrar alguna forma de arreglar esta situación.

—¿Qué situación? —espetó, abochornada y profundamente ofuscada por ello.

—Asegúrate de encontrar un momento adecuado para recuperar tu beso —dijo, desenvuelto—. No suelo bajar la guardia, pero sé que te las arreglarás para sorprenderme nuevamente.

Nami sintió que el calor otra vez se le subía las mejillas, pero la desfachatez del cirujano era tan pasmosa que terminó causándole más gracia que vergüenza. Se levantó y sacudió los pantalones cortos mientras negaba incrédula con la cabeza.

—Sabes que eres un bastardo increíblemente engreído, ¿verdad?

—Lo sé —se encogió de hombros, austero. Nami bufó, paseando la vista por la selva. De pronto notó que faltaba gente, y también que los árboles a su alrededor no eran precisamente los mismos que recordaba hasta antes de perder la conciencia.

—¿Dónde están Desmond y Liam? —preguntó—. ¿Dónde estamos? Además de haber hecho… eso—agitó una mano desdeñosa para aludir lo que no pretendía verbalizar—, ¿qué ocurrió después?

—Desmond y Liam están buscando alimentos —explicó Law—. Luego de desmayarte, continuamos avanzando hacia la Central hasta el amanecer.

Nami alzó las cejas, mirándolo confundida mientras el capitán cogía la nodachi y un bolso que no necesitó preguntar para saber que era el suyo.

—Creí que irías solo —señaló, curiosa.

—Alguien me ordenó que no iría a ningún lado por mi cuenta y luego me besó —volvió a encogerse de hombros mientras le tendía el bolso—. Fue bastante persuasivo de su parte.

—Ya veo —acomodó el morral sobre su hombro, ignorando todo lo implícito en el mensaje—. Es bueno saber que existe un modo de hacer que escuches al resto.

Law ladeó la cabeza, relevando todo rastro de humor en su rostro con un mohín especulativo.

—No abuses de tu suerte —fue severo—. Como doctor, no podía dejarte ahí. No tuve otra opción.

Sacar la carta del doctor responsable era más fácil para su orgullo que admitir flexibilidad. Fue el turno de Nami de mostrarse escéptica, y apenas contuvo un bufido burlesco cuando Law se cruzó de brazos y desvió la mirada con fastidio.

—Te pareces mucho a Luffy, ¿sabes? —los ojos de Law volvieron al instante a los suyos, mirándola perplejo, contrariado y casi ofendido ante semejante idea salida de la nada.

—¿A Sombrero de Paja? —frunció las cejas—. Es tremendamente difícil apreciar eso como un cumplido.

—Pero lo es —rio Nami, divirtiéndose por vez primera a costa del cirujano y de lo insólito que era ver en él expresiones desconcertadas—. Quiero decir que en el fondo, muy en el fondo —enfatizó, golpeándole el pecho—, eres una buena persona, Law.

Law entornó los ojos y pareció querer desmentir tamaña aberración, pero en lugar de ello permaneció en silencio, observándola cuidadosamente. Decidiendo sacarlo de su debate mental, la navegante retomó el tema central que sostenían antes.

—Entonces se detuvieron aquí para descansar —dedujo mientras observaba el entorno. Law resopló, tomándose unos momentos antes de contestar.

—No realmente —dijo—. Antes del amanecer, Desmond comenzó a presentar los síntomas. Hizo un verdadero escándalo… —lo último lo añadió con disgusto ante algún recuerdo desagradable.

—¿Desmond también? —murmuró, pensando que le hubiese gustado estar consciente en ese entonces para observar y comparar el comportamiento del epidemiólogo—. ¿Y por qué despertó antes que yo?

—Porque te suministré un sedante —señaló un punto rojizo casi invisible en la piel de su brazo—. Si bien Desmond no hizo más que gritar y lloriquear, fue innecesario sedarlo ya que no tardó en desmayarse por el miedo y el estrés. Tú, por el contrario, estabas hiperventilando y sufriendo convulsiones leves aún después de perder la conciencia.

—Vaya… —musitó, frotándose el brazo con un movimiento vago—. Enserio está ocurriendo más rápido. Liam no mentía.

—¿Por qué iba a mentir? —como si Liam tuviese la habilidad de aparecer de la nada, su voz entre la selva una vez más sobresaltó a la navegante—. De haber mentido, quién sabe qué otro órgano me faltaría ahora mismo —masculló, surgiendo de pronto tras los helechos seguido del epidemiólogo.

—¿Podrías arrancarle la boca? —sugirió Desmond a Law, ofreciéndole un par de mangos tropicales a cada uno—. No ha hecho más que quejarse como una nena.

—Oh, ¿en serio, Strauss? —siseó Liam, mordaz—. Te recuerdo que no fui yo quien gritaba en medio de la selva que venían los ovnis, que quería a su mamá y que––

—No sé de qué estás hablando —le cortó Desmond, ligeramente ruborizado—. Es un gusto verte sana y salva, Nami.

—Lo mismo digo —sonrió la navegante, descubriendo para su desdicha que el proceso previo a perder los sentidos era, efectivamente, distinto para cada individuo.

—En marcha —ordenó Law—. Hemos perdido demasiado tiempo.

—Entendido, capitán —asintió Desmond.

Burlesco como era y alentado por una malsana necesidad de humillación ajena y venganza, Desmond le indicó a Liam con un movimiento solemne de su mano que enseñara el camino hacia la Central, tanto porque Law lo había ordenado así para mantenerlo en la mira, como también porque disfrutar de la desgracia del moreno descorazonado –figurativa y literalmente– era una forma muy sutil de hacerle pagar por todos esos años de engaños y mentiras. Liam le lanzó una mirada huraña, pero sabiendo bien que estaba en clara desventaja, se tragó el orgullo y emprendió la marcha entre los pastizales seguido de cerca del epidemiólogo.

Nami sacudió solazada la cabeza, y cuando pretendió seguirles, notó que Law permanecía de pie en su lugar con la mirada clavada sobre la tierra de hoja.

—¿Ocurre algo? —sacudió una mano frente a su rostro para llamar su atención, pero en lugar de mirarle, Law alzó la vista hacia el cielo neblinoso.

—Lloverá, ¿verdad? —habló en voz baja, dedicando una mirada furtiva a la espalda de Desmond y su reticente acompañante.

—Sí —asintió Nami, confundida por su actitud absorta—. Lloverá dentro de unos minutos.

—¿Mucho?

—Torrencial —especificó—. ¿Por qué?

Law guardó una mano en su bolsillo; sus ojos nuevamente perdidos en algún punto sobre la tierra.

—¿Law?

—Escucha —dijo entonces, atrapando la mirada de la navegante en la suya intensa por unos segundos antes de continuar—: Si ocurre algo inesperado, cualquier cosa —recalcó—, asegúrate de volver junto a Desmond a este lugar —señaló, golpeando suavemente la tierra con la nodachi—. Justo aquí.

—¿Algo inesperado? —aunque sabía que Law era de tomar siempre pertinentes precauciones, pensar en algo inesperado sonaba demasiado amplio y a la vez fatídico para su gusto.

—Dejaré un rastro desde aquí hasta la Central, pero es probable que la lluvia termine eliminándolo por completo. Tendrás que valerte de tu memoria —hizo una breve pausa, observándola atentamente—. ¿Puedes hacer eso, Nami?

Su pregunta no dio pie a interrogantes. Y no precisamente por la severidad de sus palabras, sino porque su expresión y la tonalidad de su voz templada guardaban cierto matiz cuidadoso, suave e indulgente. Aunque luciera como tal, no era una orden ni una advertencia. Era una petición mucho más compleja: una demanda de sustento en reconocimiento a su confianza en ella.

¿Por qué? Nami sabía que si se lo preguntaba, él no se lo diría. Si bien Law podía ser directo hasta el punto de ser desvergonzado, también era demasiado hermético, y cuando se trataba de increpar su inusual benevolencia, se tornaba increíblemente terco. Sin embargo la expectación en sus ojos, la franqueza con la cual sostenían su mirada irresoluta en busca de obtener su consentimiento, era del todo innecesaria; Law desde hace mucho que había ganado su confianza.

Paseó la mirada por la selva, observando cada árbol, hiedra y roca presente en el lugar. Asintió un par de veces para sí misma, volviendo luego su atención sobre el cirujano.

—Puedo hacer eso —afirmó con seguridad, respondiendo tanto a su pregunta como a todo lo implícito bajo la misma en un ciego voto de confianza.

Law resopló, esbozando una sonrisa que no era ladeada ni torcida, sino pequeña y verdadera.

—Bien —asintió complacido, sujetando entonces la nodachi frente a él mientras desataba el hilo rojo que adornaba la vaina. Le tendió el arma a Nami y ató firmemente el bonito filamento en la rama de un árbol—. Recuerda: es justo aquí —repitió, señalando la zona bajo sus pies mientras golpeaba la tierra con el talón—. No lo olvides.

Nami rodó los ojos.

—No lo olvidaré, Law. Además, no será necesario —rezongó, entregándole la nodachi antes de encaminarse—. Estaremos bien.

—Sólo me aseguro de garantizar nuestra seguridad —dijo, siguiéndole los pasos—. Una vez termine todo esto, estaremos fuera del continente más pronto de lo que imaginas.

Curiosa ante la sentencia, Nami lo miró hacia arriba mientras alcanzaban a Liam y Desmond, descubriendo que el cirujano portaba ahora una amplia sonrisa en sus labios.

Seguro de sí mismo, autosuficiente, atractivo.

Desvió rápidamente la mirada al piso, llevándose la fruta a la boca para disimular el rubor en sus mejillas.

—Luego de toda esta travesía, estaré terriblemente agotada y con un estupendo estado físico —refunfuñó entre dientes, buscando distraerse de los pensamientos inadecuados evocados por esa expresión satisfecha en el cirujano.

—Hmm —murmuró Law, pensativo, tomándose su tiempo antes de añadir—: Eso hablará muy bien de mí.

El golpe no tardó en llegarle al capitán, y aunque dolió casi tanto como la colleja que le soltó el día anterior, en lugar de enfadarse, soltó una risa burlesca que terminó por provocar aún más los intensos colores en el abochornado rostro de la navegante.

Unos metros más hacia el sur, Desmond y Liam los esperaban impacientes al borde de un rio de aguas dulces mientras llenaban un par de cántaros. Por supuesto que al verlos llegar, y peor aun cuando Desmond notó el persistente sonrojo en la navegante, los comentarios fuera de lugar no se hicieron en falta, reprochándoles con cierta picardía que no era el momento de perder el tiempo. Al cabo de unos minutos de burlas y bromas salidas –donde Law no hizo más que sonreír sin intención alguna de desmentir las acusaciones de Desmond–, el puño inquieto de Nami atacó nuevamente; esta vez al epidemiólogo y, por segunda vez en un día, al cirujano. El eficiente golpe logró enmudecer los comentarios del primero y eliminar la sonrisa del segundo, aunque luego de otros largos minutos de viaje forzoso, abriéndose camino entre lianas, ciénagas y arbustos de hojas anchas, Desmond –inquieto y parlanchín como era–, mientras terminaba de comer –en tanto se quejaba de mil maneras de cuán desagradable era no encontrarle sabor al mango–, reparó en lo útil que era para Law haber perdido el gusto, señalando que entonces podría comer pan, tomate, espinaca y todas esas cosas que odiaba sin vomitar en el proceso. El capitán se limitó a comer el último mango en tres ávidos mordiscos, y luego de arrojar los restos tras su espalda, por respuesta le enseñó educadamente su dedo corazón sin ánimos de desgastarse en discusiones burdas con el epidemiólogo; mucho había tenido con él por una noche. Liam simplemente guiaba el camino, farfullando en voz baja principalmente contra el hiperactivo castaño y su compulsiva necesidad de hablar por hablar, tomando luego la sabia decisión de ignorarlo por completo mientras avanzaba en silencio respondiendo sólo cuando Law o Nami se dirigían a él.

Tal como había predicho la navegante, la lluvia que cayó sobre ellos rompió tormentosa, obligándoles a apresurar el paso y mantener un ritmo sin pausa. Nami pensó que, tal vez, la lluvia podría aplacar la niebla y neutralizar la toxina, pero luego Liam echó por la borda esa hipótesis explicando que la lluvia era cosa común en Burmecia, y tomando un minucioso provecho de dicha característica climática, los del proyecto Dharma se las arreglaron de tal forma que los aguaceros como aquel, al entrar en contacto con la toxina, creaban una reacción química que fortalecía aún más sus efectos.

Al menos ya no tenían nada que perder; no hasta dentro de unas cuantas horas. Una vez el proyecto de inicio a la temida tercera fase, entonces arriesgarían un tercer sentido. Tacto, vista, oído; cualquiera de ellos sería una pérdida más que crítica.

Fuese o no suscitado por pura sugestión a partir de las palabras de Liam, la lluvia y la niebla comenzaron a picarles en la piel y en los ojos, tanto que aunque hiciera calor aún, no tardaron en tomar precauciones para cubrir sus pieles expuestas. Nami se puso la única camiseta que llevaba consigo mientras le tendía la sudadera amarilla a Law, Desmond desarremangó las mangas de su camisa, y Liam –menos preparado pero igual de afectado que ellos– no tuvo más que un pañuelo para cubrirse la nariz y la boca asegurando que el inoportuno efecto de la lluvia no traería consecuencias graves, sino sólo aquellas molestias temporales.

Entre el martirio de la lluvia ácida, el lodo que entorpecía sus pasos y la naturaleza que cada vez se hacía más tediosa cuando el terreno se tornó tan empinado que si volvían la vista sobre sus hombros podrían ver incluso los altos muros que separaban al país del resto del mundo, al llegar finalmente al claro de una planicie, de pronto Liam se detuvo exhausto pidiendo con la voz rasposa una breve pausa.

Nami estrujó la tela de su camiseta y se tomó el cabello empapado en una coleta alta para evitar aunque fuese un poco el rose de sus hebras contra su piel demasiado sensible, mientras Law parecía optar por quedarse lo más quieto posible para ignorar la comezón y cerrar los ojos para menguar el ardor en ellos.

Carente de una condición física tan óptima como ambos piratas, Liam recargó sus manos sobre sus rodillas, y Desmond, que no era tan malo y la empatía siempre le podía al no encontrarse en mejor estado, le tendió el cántaro de agua para que recuperara el aliento.

—Joder, es realmente molesto —se quejó el epidemiólogo, frotándose los ojos enrojecidos por la lluvia—. Como sigamos así, creo que terminaré perdiendo la piel —añadió, rascándose los brazos con apremio.

—Hemos avanzado unos 10 kilómetros —apuntó Nami, volviendo su atención tras ella para identificar el camino recorrido—. ¿Aún falta mucho?

—Estamos aquí —indicó Liam, agotado.

Law abrió los ojos y avanzó seguido de la navegante hasta donde terminaba el terreno plano y comenzaba el descenso del camino en subida, descubriendo entonces que estaban de pie en lo más alto de una colina, y que allí abajo, en el núcleo de una pronunciada depresión intermedia, se alzaba una enorme edificación cuya estructura pulcra y cristalina era la más grande antítesis en medio del paisaje natural.

—Eso es… ¿la niebla? —murmuró Nami tras él, observando horrorizada la cima del edificio que emanaba oleadas de humaredas blanquecinas—. ¿Cómo es posible que sólo salga de aquí y afecte a todo el continente?

—Eso es porque el proyecto Dharma estuvo funcionando pasivamente durante años —explicó Liam—. Tomó casi una década lograr que la niebla cubriera al continente completo.

—Dijiste que inició el día en que la población comenzó a perder los sentidos, Liam —apuntó Desmond, contrariado—. Lo cual no ocurrió hace más de dos años.

—Dije que la primera fase inició en ese entonces —corrigió—. Eres un epidemiólogo, ¿no? Imagina el DH2 como una especie de virus. ¿Cuál sería su comportamiento básico una vez ingrese al organismo?

Desmond, reticente, frunció las cejas antes de responder.

—Se incubaría para regenerarse a nivel celular, evadiendo los mecanismos de defensa del huésped hasta producir una infección completa.

—Exacto —asintió Liam—. En este caso, el DH2 permaneció inactivo en el organismo hasta que finalmente estuvo presente en el 100% de la población. Una vez logrado ese objetivo, sólo entonces se dio por iniciada la primera etapa agresiva del proyecto: eliminar el olfato.

—Pero… —musitó Desmond, confundido—. Es imposible que un virus se mantenga inactivo durante tanto tiempo, y aún más que la infección se propague en cuestión de días sin patrón ni––

—No es un virus, Strauss. No dudes de tus conocimientos —el reproche de Liam sonó casi sincero, desconcertando al epidemiólogo—. Me gustaría decirte qué es, pero honestamente no tengo la menor idea sobre su composición química ni su funcionamiento —añadió, encogiéndose de hombros.

—¿No eres acaso un importante miembro del proyecto? —la última declaración consiguió llamar la atención de Law.

—Lo soy, Trafalgar, al igual que Jacob, Pávlov, y hasta hace algo más de un mes, también lo era Arthur Gottlieb. Pero nuestra participación se limita exclusivamente a lo colateral: información, encubrimiento, protección, financiamiento, control social —explicó—. Quien mueve los hilos detrás de todo esto, es sólo una persona —añadió, clavando entonces su mirada en el epidemiólogo—. Tu mujer, Strauss.

Desmond frunció los labios, volviendo su mirada sobre aquella edificación liderada por no otro que su esposa.

—¿Cómo burlaremos a todos esos hombres? —preguntó Nami cuando el silencio tenso comenzó a incomodarla—. Además de estar todo completamente cercado, no veo ningún sitio por el cual podamos ingresar sin ser descubiertos.

Liam bufó, devolviéndole la botella de agua a Desmond para emprender entonces la marcha hacia la Central protegida por cercos eléctricos y hombres armados.

—No necesitamos burlar a nadie. Iremos por la entrada principal —contestó.

—Espera un momento —intercedió Desmond, siguiéndole apresuradamente los pasos cuidando de no resbalar—. Han intentado matarnos una y otra vez, ¿y pretendes que entremos allí como Pedro por su casa?

—Nunca hemos intentado matarlos —replicó—. Bueno, tal vez a ti sí y también a Nami, pero ahora las cosas son diferentes —murmuró en voz baja, pensativo.

—¿A qué te refieres?

Si el camino en subida ya era complejo, bajar esa colina enlodada era una tarea aún más peligrosa. Liam no contestó de inmediato, concentrando su atención en sujetarse firmemente de las enormes raíces de un árbol mientras afianzaba sus pasos sobre el barro. Una vez sus pies lograron sostenerse con seguridad, esperó hasta que Desmond llegara a su lado para responder.

—Me refiero a que siempre es más sabio sacar provecho de las relaciones íntimas que deshacerse de ellas —dijo entonces, indicándole con un movimiento de su cabeza al par de piratas tras ellos que discutían nimiedades respecto al modo más fácil de descender; Nami exigiéndole que usara su habilidad para evitar ensuciar sus ropas y Law tirándole de un brazo para que bajara de una vez.

Sacar provecho de las relaciones íntimas; un modo sutil de llamar al chantaje.

Desmond frunció las cejas, inquieto.

No es que dudara de las habilidades del cirujano, pero sabía que era un hombre tremendamente orgulloso. Si las cosas no resultaban como esperaban –de lo cual estaba del todo seguro–, y si pretendían utilizar a Nami para presionar a Law, entonces la navegante estaría en graves problemas.

Mientras se aproximaban a la Central, observó sobre su hombro a la pareja. De una forma un tanto bruta pero protectora, Law llevaba a Nami de un brazo obligándola a mantener su ritmo constante, evitándole caídas y aplastando ramas y arbustos para facilitarle el camino.

Se preguntó qué tanto estaría dispuesto Law a ceder por ella. Y aunque creía conocerlo bastante, no fue capaz de dar con una respuesta fehaciente.


Me hubiese gustado publicar antes este capítulo, porque en sí no tiene mucha acción sino más bien es un paseo por las cabezas de los protagonistas mientras avanzan hacia la última parada... así que sepan que es el último capítulo donde las cosas andan viento en popa. Igualmente, sé que les gusta saber qué pasa por la linda cabecita de nuestro querido Law, así que espero lo hayan disfrutado tanto como yo disfruté escribirlo :3

Mis querubines sin cuenta:

Joa: ¡A mí también me mató el final!, Nami es una ladrona de tomo y lomo, ¿verdad? Mira que robarle besos al cirujano…

Guest: ¿Cuenta este capítulo como más acción para esos dos? Ya vendrá más, ya vendrá más :D

Yanahira: Ay, lamento tanto que no tengas cuenta para responderte rápidamente. Lamento mucho tu pérdida, y bueno, aunque ya ha pasado bastante, te envío un abrazo a la distancia, espero que ya estés mucho mejor n_n
El beso no lo vi venir, yo tenía planes de que se liaran un poco más adelante, pero bueno, los personajes siempre terminan haciendo lo que ellos quieren, y en este caso, Nami se me escapó de las manos D: ¿Te gusta que Law se preocupe por ella? No lo hace de manera directa, pero en los últimos capítulos, ya lo hace abiertamente :3.

Trafalgar-ki: Por supuesto que te extrañé, ¡pensé que me habías abandonado! Law te envía unas nalgadas por eso (?)
Supongo que tu pregunta respecto a qué fue lo que hizo a Nami besar a Law, como el por qué Law le metió mano en su momento, quedó respondido en este capítulo, pero sí, estás en lo cierto, tiene que ver con la alteración sensorial y mental que provoca la pérdida de los sentidos. En palabras simples y más explícitas, pone en evidencia los miedos o deseos latentes del afectado, o algo por estilo.
Qué hermoso que puedas evocar los escenarios de esa manera, porque procuro mucho expresarlos no tan detalladamente para no aburrir, pero sí lo suficiente para lograr introducirte un poco más en la ambientación tanto emocional como física.
Exploté en risa con tu descripción de Grey. Es muy cierto, y aunque a todas nos gustaría encontrar ese prospecto, yo me quedo con un Lawcito sádico y sanguinario, porque yo sé que en la intimidad debe tener unos gustos muy similares al Sr. Grey sino mejores (vamos, ¡es un doctor!, debe saber mucho (?)). Y bueno, ahora pienso que no es necesario escribir otro fic para adaptar dichas conductas, siempre podemos añadirlas acá :x

Panthera Kira: Ay, mujer, ¡no eres una pelota! Yo disfruto un mogollón saber cuánto te gusta, me encanta leer tus análisis, conocer tu sentir y también tu ansiedad XD
En un contexto de sentidos alterados y de alienación pura, claro que Nami sería quien diera el primer paso. Su naturaleza, como dices tú, es mucho más emocional e impulsiva, y en lugar de pararse a analizar cada sensación, simplemente se dejó llevar por ello. Law perdido y desconcertado es la cosa más linda, ¿verdad? Creo que sacaré provecho de esa expresión una que otra vez… aunque se terminará aburriendo rápido de eso y entonces tomará cartas en el asunto para retomar el control :x jajaja
El proyecto Dharma es una cosa cruel. En un principio no tenía muy claro cuál sería el propósito final más allá de lo que sabía Law y compañía, pero luego pensé que no debería ser tan simple como un arma de control social sino algo más complejo que incluso a ellos debía afectar para darle más jugo a la historia, y claro, también más drama, porque me gusta el drama 8)
Liam es complejo, muy complejo, un demagogo muy inteligente. Sus intenciones aún son difusas, y en cuanto a Jacob... jó~, tendrás que esperar un poquito para ver qué le tenemos preparado al muchacho molesto ese.

patriciaXD: Querida mía, pero por supuesto que no quedará en roces castos e inocentes. Ni Law y Nami son señoritos pudorosos, así que tranquila, ya compensaré estos millones de capítulos de dramas y correrías con más acción de la buena para sonrojarlas hasta decir basta. El momento para "aclarar cuentas" está bastante cerca 8)

Mimi: En realidad, Law es tan poco pudoroso que en lugar de avergonzarse, más bien le sacó provecho al asunto a su favor, ¿no crees? jajaja Son tan tiernos, lindos y sexys que así como a ustedes, no te imaginas cuánto debo contenerme para no hacer que se revuelquen de una vez (?)

Con besitos de Law para todas,
Merle.