N/A: Oh my Law. Casi dos meses... y un año nuevo. Perdón, perdón y perdón por la demora, no tengo excusa que valga u_u. Entre los trámites de la universidad, que me cambié de casa, que mi compu murió forevah y un montón de otras cosas, mi concentración estaba más dispersa que nunca. Yo quería, de verdad quería tenerlo listo para navidad, pero no se pudo u_u De todas formas, dicen que más vale tarde que nunca, así que, ¡feliz navidad! Espero que hayan tenido unas bonitas fiestas, y como es un nuevo año, no me odien, que yo las quiero :c
Un besazo, más abajo les doy la hora con más notas larguísimas de la desaparecida y charlatana autora. Espero lo disfruten :)
Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda, no lucro con ello sino todo lo contrario, ni se imaginan cuánto dinero gasto en todos los cigarros que me fumo mientras escribo (sobre todo en este capítulo).
XXI
–Frenesí–
—Señor Montag.
Un par de hombres junto a la entrada saludaron a Liam con movimientos militarizados luego de abrir las puertas enrejadas de la Central de Investigación de Burmecia.
Con las manos ocultas en los bolsillos de su pantalón, Liam continuó avanzando con cierta soberbia en su caminar. A su lado iba Law, sus ojos grises observando atentamente cada rincón del terreno enlodado, inmune a las miradas duras que lanzaban sobre ellos al verles ingresar tanto a él como al epidemiólogo armados con nodachi y rifle en mano. Un poco más atrás, Nami y Desmond imitaban su observación, aunque mucho más expectantes y ensimismados en los propios nervios una vez Liam se detuvo a los pies de la enorme puerta metálica de la edificación.
El moreno se secó las manos en su pañuelo y luego recargó su palma sobre la pantalla de reconocimiento dactilar hasta que un suave pitido le concedió el ingreso, y entonces las puertas se abrieron de manera automática.
Las cejas de Nami se perdieron bajo su flequillo y sus labios formaron una O perfecta, pero ningún ruido salió de ellos. Law, igualmente sorprendido aunque mucho menos expresivo, se limitó a entornar los ojos ante la descomunal vista frente a ellos.
El lugar poseía una peculiar estructura circular. El techo se perdía en el cielo. Los muros, blancos, lejanos y carentes de aristas o rincones, saltaban a la vista en pulcritud. Bajo sus pies se extendía un largo puente metálico que conectaba con un único elevador, forjado en cristales estériles y reluciente metal, que parecía actuar como eje central de la imponente edificación.
Puentes hacia arriba, puentes hacia abajo; todos ensamblados desde el elevador hasta los pasillos que se abrían en los muros. Una especie de colmena artificial atestada de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, indudables científicos y doctores que charlaban en su lengua ilustrada mientras circulaban de un lado hacia otro a través del corredor principal en torno al elevador hasta perderse en alguno de los otros puentes que llevaban quién sabe hacia dónde.
Las puertas se cerraron tras ellos con un frío rumor automatizado; metal y máquinas. Junto a las puertas, un par de mujeres sentadas tras el mostrador se pusieron de pie al instante, encorvándose ligeramente en educada reverencia.
—Buenos días, señor Montag —dedicándole una sonrisa afanosa, ambas mujeres saludaron a Liam con genuina complacencia.
—Buenos días —manteniendo ese carácter indiferente que antes desplegó hacia los funcionarios que custodiaban el exterior del edificio, Liam correspondió al saludo en un tono monótono. Y aun así, Nami estuvo segura de ver un ridículo sonrojo en las mejillas de ambas mujeres sobre sus sonrisas ilusas, pero cuando posaron la mirada en el cirujano, ya no estuvo tan segura de que el sonrojo fuera del todo por gracia de Liam.
—Esto no ha cambiado nada —murmuró Desmond, observando con amarga nostalgia aquel enorme espacio que por mucho tiempo fue su lugar de trabajo.
—Oh, Dr. Strauss —una de las mujeres volvió su atención sobre el castaño, extrañada. La sonrisa aprendida no tardó en volver a sus labios—. Cuánto tiempo sin verlo. Es un placer tenerlo presente nuevamente.
Desmond abrió la boca en plan de soltar algún comentario mordaz, pero al final se mordió la lengua y terminó estrechando los labios en una mueca que poco podía ser catalogada como sonrisa mientras asentía en un mudo saludo.
—¿Nuestra señora está donde siempre? —Liam guardó sus manos en sus bolsillos y preguntó aquello en tanto se ponía en marcha.
—Donde siempre, señor.
—Perfecto —asintió—. Entonces, con su permiso.
Mientras avanzaban a través del puente metálico, la navegante paseó su mirada ansiosa por cada pasillo y rostro sin saber precisamente dónde detener su observación estimulada: si miraba hacia arriba, podía adivinar gracias a los demás puentes una aproximación de veinte plantas, y hacia abajo ocurría prácticamente lo mismo. El capitán, en cambio, clavó su mirada gris sobre el extraño símbolo impreso en canvas y lienzos que destacaba sobre el elevador central. Sobrio, rojo y negro; nunca lo había visto. Bajo el mismo, la palabra Dharma estaba escrita con letras refinadas acompañada por un par de párrafos en un idioma que no supo identificar.
—¿Qué tan grande es este lugar? —quiso saber Nami luego de asomarse por la barandilla, alejándose de inmediato cuando la altura le provocó vertiginosos vuelcos en el estómago.
—No lo sé —Desmond se encogió de hombros—. Lo suficiente para haber trabajado aquí durante meses sin encontrarme nunca a Mary.
—Cincuenta y dos plantas —respondió Liam—. Hay distintos departamentos por cada piso. La investigación burmeciana se llevaba a cabo en el séptimo nivel, pero fue abolida hace algunos meses.
—Por supuesto —farfulló Desmond—. ¿Cuál es el piso del proyecto Dharma?
Liam rio por lo bajo.
—No lo estás entendiendo correctamente, Strauss. La investigación burmeciana, así como cualquier otra que aquí se realice, tienen estricta relación con el proyecto —explicó sin detener sus pasos, aseverando con ello también las silenciosas suposiciones del cirujano en cuanto a la edificación—. Esos meses de investigación que tanto te gusta señalar como infructíferos, en realidad fueron muy convenientes para nosotros. No te quites el crédito.
—Oh, fantástico, ¿debería sentirme orgulloso por eso? —Liam volvió a reír, y Desmond, fastidiado, decidió dejar pasar aquel tema tedioso para centrarse en lo que realmente importaba—. Entonces, ¿nos concederás una audiencia con Mary y ya está? A pesar de que ahora mismo no podría decir que conozco a mi esposa, creo que no me equivoco al afirmar que no es exactamente una persona fácil de convencer —murmuró, aunque los demás lo oían con atención—. De una u otra manera, siempre se sale con la suya.
—Eso es porque caíste más fácil que nadie en sus encantos, Strauss —dijo Liam, deteniéndose frente al elevador luego de presionar el botón de bajada—. Mary tiene una habilidad muy interesante.
Desmond entornó los ojos con recelo, no sabiendo si debía interpretar aquello como un nuevo insulto a su ingenuidad o si había algo que no estaba tomando en cuenta. Law no tardó en confirmarle lo último.
—Es una usuaria, Desmond.
El epidemiólogo lo supo el mismo día en que el cirujano le enseñó la verdadera identidad de Mary, pero desconocía la extensión de su habilidad y la relación de la misma en el contexto presente. Puede ver a través de ti; fue todo lo que dijo Law, reservándose los detalles en pos de su integridad. Rememorar las retorcidas sensaciones que podía evocar Mary no era precisamente agradable. Le remordía el orgullo recordar cuan poco pudo hacer frente a ella en ese entonces.
Nami, manteniendo una distancia prudente tras el capitán, se mordió los labios al recordar también los abrumadores sucesos en el asilo de Marlett. Law había caído con increíble facilidad en su habilidad, y de no ser por ella misma y la suerte de encontrar a Mary desprevenida, sumida en un bizarro deleite mientras torturaba al cirujano, quién sabe cómo hubiesen resultado las cosas hasta el ahora.
Liam, contrario a ambos piratas, no tenía prejuicios para ilustrar a Desmond un poco más al respecto. Sin embargo en el momento en que abrió la boca, el elevador emitió un ligero pitido y las puertas cristalinas se abrieron de par en par, y de pronto alguien salió del ascensor en un trote tan apresurado que terminó dándose de bruces con el moreno.
Liam dio un respingo y retrocedió un paso ante el golpe, un revoltijo de papeles voló por los aires y un ruido sordo se oyó contra el suelo acompañado de un suave quejido. Los papeles cayeron al piso, y cuando la figura indudablemente femenina alzó su cabeza de cabellos negros, tras su flequillo espeso y sus anteojos de pasta reveló un rostro que ni Law ni Nami esperaron ver.
—¿Julia…? —musitó Nami, pasmada. Law arqueó una ceja, tomándole unos segundos recordar a esa chiquilla de voz suave y de carácter impresionable.
—¿Se conocen? —habiendo trabajado allí, a Desmond no le pareció tan raro encontrarse con la torpe jovencita que siempre andaba con prisas cargando papeles de un lado hacia otro.
—Sí… Es la hija de Samuel, el posadero de Cleyra —el cirujano vagamente pensó que aquella era una forma muy sutil de parte de Nami señalar de esa forma a la supuesta mano derecha de Pávlov, al mismo hombre que hace tan sólo un par de semanas se encargó de torturar a Desmond durante horas.
La joven parpadeó con sus enormes ojos de ciervo asustadizo, y un terrible rubor se disparó sobre sus mejillas lozanas cuando reconoció al cirujano y a la navegante. Su mandíbula cayó un par de veces, y sólo cuando volvió sus ojos sobre Liam, quien la observaba hacia abajo frente a ella, finalmente reaccionó.
—¡S-Señor Montag! —como un resorte se incorporó sobre sus rodillas para recoger los papeles—. Dios, lo siento tanto, señor––
—Déjalo —murmuró Liam, y aunque su tono de voz seguía siendo tan parco como siempre, no sonó tan frío ni altivo como solía ser. De una manera muy impropia en él, tomó el brazo de Julia para ayudarle a levantarse y luego se sentó de cuclillas para recoger los papeles por ella.
Julia se retorció los dedos en su regazo, manteniendo la vista clavada en el piso para rehuir la mirada de los otros. Liam terminó de reunir los papeles y se levantó, entregándoselos en sus manos.
—Muchas gracias, señor––
—No hay de qué —Liam volvió a interrumpirle, retomando sus pasos para adentrarse en el elevador seguido de sus acompañantes.
Antes de que presionara el último botón del teclado numérico, Julia se giró con su ridículamente alto montón de papeles en sus manos pequeñas.
—Señor Montag —había una nota trémula en su voz—. Nuestra señora está muy contenta por su llegada. Lo espera en la sala de reuniones.
Liam arrugó las cejas ante aquello y asintió, presionando finalmente el botón con su pulgar. El pitido del reconocimiento dactilar resonó al tiempo en que las puertas se cerraron, y en aquella pequeña fracción de segundos, los siempre temerosos ojos de Julia se suavizaron con abatimiento.
Nami frunció los labios, intercambiando miradas curiosas con Desmond y Law. El primero se encogió de hombros, y el segundo mantuvo su atención sobre el moreno mientras descendían en silencio. A través del cristal espejado de las puertas, el cirujano veía el reflejo de Liam: su mandíbula estaba tensa y su mirada permanecía clavada en ningún punto en particular. Como si lo hubiese notado, el moreno alzó sus ojos y vio los grises del capitán, esfumando en un parpadeo esa casi imperceptible expresión taciturna. Mientras el elevador descendía y dejaba atrás uno a uno los numerosos puentes metálicos, Liam guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón de franela y retomó el tema que antes sostenían antes de la abrupta interrupción de Julia.
—La influencia de Mary puede romper la voluntad de cualquier hombre. Una vez la escuchas, ya estás perdido en su juego. Sus palabras son siempre escuchadas y tomadas con seriedad —añadió lo último con cierta solemnidad—. Sin que siquiera lo notes, ella ya ha ganado la partida.
Antes de que Desmond dijera nada, más confundido que nunca al recordar a su mujer como alguien dulce y suave, Law se le adelantó.
—Me parece curioso que alguien que ha trabajado durante tantos años a su lado no haya caído aún en sus manos, señor Liam.
El elevador se hundió incluso más allá de la superficie. A través de los cristales, ya sólo se veía el concreto; oscuro y sólido. Las luces numéricas marcaron el nivel subterráneo, y entonces las puertas se abrieron con su característico campaneo revelando ahora un único y largo pasillo de baldosines blancos.
Liam emitió una risa muda ante la sutil acusación del cirujano. Avanzó un par de pasos, y una vez todos estuvieron fuera del elevador, Liam se detuvo. Se cruzó de brazos y recargó su peso contra la pared, observando a Nami y Desmond detenidamente antes de volver su atención sobre el capitán.
Aquella mueca de autosuficiencia nuevamente adornaba sus facciones de hombre joven. Law enarcó una ceja, suspicaz, y entonces Liam, locuaz como era él, finalmente respondió:
—Escucha, Trafalgar. En este mundo existen dos tipos de personas —alzó una mano frente a su rostro, enseñándole enfáticamente dos de sus dedos antes de continuar—: Están aquellos que siempre necesitarán de alguien que, implícita o explícitamente, controle y guíe sus vidas para dotar de seguridad y sentido su toma de decisiones. Aceptan el orden establecido, escuchan fielmente a sus superiores y algunos incluso optan por refugiarse en el hermetismo de una religión que logre responder a sus preguntas más íntimas y existenciales —dijo, sosteniendo sin problema las miradas recelosas de sus tres interlocutores—. Sin embargo también están los que simplemente no soportan recibir órdenes, esos que se han emancipado de todo régimen social —apuntó con los mismos dedos alzados a ambos piratas—. Son independientes, libres, impredecibles por el mero hecho de ser auténticos en su propia esencia. Muchas veces son incomprendidos, considerados totalmente caprichosos y egoístas. Lo único que puedes esperar de ellos… —murmuró, divagando en los propios pensamientos mientras se rascaba la barbilla. Resopló, se incorporó correctamente, y finalizó—: es un acto extravagante.
De pronto, rompiendo con el propio ensimismamiento y la confusión de los demás, en un rápido movimiento que ninguno fue capaz de prever, Liam golpeó una pequeña ventanilla en la pared que protegía el botón de pánico del establecimiento.
El breve silencio fue roto por los vidrios trizados, el quejido que soltó Liam cuando Law enterró violentamente una mano en su cuello, e inmediatamente después, los focos luminosos se apagaron por un breve instante antes de ser sustituidos por una intermitente luz rojiza que presidió a la ensordecedora alarma que estalló en los pasillos.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó Desmond, tomando rápidamente el rifle al oír, a través del ruido, voces alzadas y pasos apresurados.
—¡¿La alarma de emergencias?! —Nami posó instintivamente una mano sobre su arma—. ¿Por qué…?
—¡Ustedes! —un solitario soldado apareció de pronto, aproximándose hacia ellos en un rápido trote—. ¡¿Qué están haciendo allí?! ¡¿Acaso no oyen la alarma?! ¡El elevador no funcionará mientras–– ¡¿Señor Montag?!
El hombre, alarmado, se detuvo abruptamente, apuntando al grupo con un fusil. Nami alzó las manos con un chillido, y si el hombre no disparó de inmediato fue sólo porque Desmond, desde el momento en que lo vio aparecer, ya lo tenía en la mira con su rifle.
—¡¿Qué significa esto?! —gritó el soldado—. ¡Tú, quítale tus manos de encima ahora mismo y ponlas sobre tu cabeza!
Nami parpadeó confundida y apenas se atrevió a mirar sobre su hombro al oír un gruñido ronco tras su espalda.
Estampado contra la pared, Liam intentaba librarse de la mano que aprisionaba su cuello arañando el brazo tatuado del cirujano, sacudiendo sus piernas en el aire y tratando en vano respirar a través de su boca, pero sólo conseguía exhalar en jadeos ahogados.
—Señor Liam —murmuró Law, ignorando del todo al otro hombre mientras sujetaba con tal facilidad el peso de Liam que no se molestó siquiera en desacomodar la nodachi sobre su hombro—. Creí que no querías crear un escándalo. Supongo que no es necesario recordarte dónde está tu corazón ahora, ¿verdad?
—Ngh… —Liam carraspeó, sofocado—. N-No… No me importa. Después de todo… —clavó sus ojos entornados en los del capitán—, no puedo confiar en ti, Trafalgar.
Law frunció el entrecejo y presionó los dedos en torno a su cuello lo suficiente para bloquear todo acceso de aire en su garganta, y sólo cuando notó que la fuerza comenzaba a desaparecer de las manos que retorcían los músculos de su brazo, liberó a Liam justo antes de que perdiera el conocimiento. Sus piernas flaquearon al tocar el piso, y Law lo cogió del cuello de su camisa para mantenerlo de pie contra el muro. Liam tomó una desesperada bocanada de aire, su rostro contorsionado por el dolor y la asfixia.
—¡Señor Montag!
—¡No te muevas! —ordenó Desmond al soldado cuando éste dio un paso al frente.
—Espera… No involucres al personal en esto —Liam alzó su voz rasposa para hacerse oír a través del ruido de la alarma. Abrió los ojos, parpadeó un par de veces con esfuerzo y luego desvió su mirada hacia el hombre armado—. Estoy bien. Olvídate de esto y encárgate de evacuar a todo el personal del edificio.
—¡Pero––
—Es una orden —aun siendo retenido por el capitán de los piratas Heart, agredido y en desventaja, Liam logró endurecer su expresión y retomar aquel aire autoritario e inmutable que lo caracterizaba—. Haz tu trabajo, soldado.
Vacilante, el hombre sólo bajó el arma, manteniéndose en su lugar. Bastó que Liam frunciera las cejas para que finalmente reaccionara.
—¡Entendido! —exclamó, alzando una mano sobre su frente antes de girarse y retirarse con pasos apresurados.
Law, que en ningún momento le quitó los ojos de encima al moreno, presionó el agarre sobre sus ropas para llamar su atención.
—¿Existe alguna buena razón que me impida romperte el cuello ahora mismo? —una amenaza directa de parte del Cirujano de la Muerte a cualquiera provocaría escalofríos, pero Liam poco se amedrentaba o lo ocultaba demasiado bien bajo el velo de su inexpresión.
Esa falta de reacción fastidiaba a Law incluso más que cualquier otro de sus actos. Notando su creciente molestia, Nami se aproximó a él luego de asegurarse que ningún otro soldado volvería por ellos.
—Ninguna —contestó Liam—. Pero así como mi vida, mi muerte carece de importancia en tus planes.
—Law, no lo hagas —le pidió la navegante, posando una mano sobre su hombro—. Activaste la alarma para proteger al personal, ¿no es así?
Aunque era una pregunta medianamente retórica, el moreno no respondió, limitándose a sostener la mirada severa del cirujano con la suya impávida.
Las voces y los pasos se oían cada vez más lejanos, y cuando ya sólo era la alarma abriéndose paso a través de los pasillos, de pronto todo fue inmerso en un plúmbeo silencio. La alarma enmudeció y los focos dejaron su intermitencia, iluminándolo todo en un sombrío rojo estático.
—¿Continuamos? —dijo Liam, tomándole el brazo a Law sin apremio ni demanda, de una manera casi conciliadora.
El capitán sabía que Liam era un hombre inteligente. Sin necesidad de que Desmond se lo advirtiera antes, no tardó en perfilar al joven neurofisiólogo como alguien innegablemente astuto tras observarlo con detención y escuchar su rica verborrea que decía mucho y nada en absoluto.
Un perfecto manipulador de los demás y de sí mismo.
Conocía a los de su clase porque estaba en su propia esencia actuar acorde a sus ambiguas creencias, identificándose en ese grupo que Liam elocuentemente había catalogado como los incomprendidos, los indomables, los impredecibles que pueden mentir con la verdad y viceversa en pos del beneficio propio.
Lo soltó reticente, sin romper el contacto visual.
Mientras se acomodaba el cuello de su arruinada camisa gris y en tanto se ponía en marcha, siendo seguido de cerca por ambos piratas y el epidemiólogo, en sus movimientos no había nerviosismo, miedo ni preocupación.
En Liam no había un blanco legítimo ni un negro delator. Etiquetarlo como un hombre avasallado parecía ser un error garrafal, pero también era cierto que en él había algo tácito que impedía descubrir con facilidad sus verdaderas intenciones tras su actuar metódico y reservado.
Tal vez estaba subestimando toda la situación. Tal vez –aunque era un tal vez difuso que Law no quería considerar, pero sí lo tenía muy en cuenta– estaba subestimado terriblemente a quienes formaban parte del proyecto Dharma. Si bien la extraña habilidad de Mary era peligrosa, no suponía un gran riesgo una vez ya experimentó antes la extensión de su poder. No obstante, al igual que ella, había otros cuyo poder probablemente no recaía en la fuerza física, sino en mentes astutas que durante años gobernaron entre las sombras un continente completo.
Incluso a él lograron manipular a su antojo. Liam Montag, Jacob Miller, Iván Pávlov, Mary Strauss. Todos, un mismo propósito. De alguna forma u otra, Law estaba justo donde ellos lo querían por un motivo aún desconocido.
Sus pasos solitarios repicaban solitarios contra la cerámica blanca. Serpentearon a través de amplios pasillos. Dos a la izquierda, uno a la derecha. A sus costados las numerosas puertas metálicas estaban entreabiertas, pero la pobre luz rojiza era insuficiente para identificar mayores detalles. Una última curva a la izquierda, un último pasillo cruzado por otro, y finalmente una puerta al fondo que indicaba con letras iluminadas en verde: Acceso restringido. Sólo personal autorizado.
Law se detuvo de pronto, justo antes del cruce. Tomó el brazo de Liam para interrumpir su caminar, sin necesidad de decir nada para que Nami y Desmond le imitaran. Afiló la mirada y frunció las cejas.
—Desmond —la tonalidad de su voz fue baja, pero firme.
Nami no alcanzó siquiera a preguntar qué ocurría cuando entonces Desmond tiró de su brazo, obligándole a retroceder consigo para ocultarse ambos tras el muro del corredor que acababan de cruzar. Law hizo lo mismo con Liam, descansando su espalda contra la pared contigua de tal manera que sólo él y Desmond tenían acceso directo al largo pasillo que ahora los separaba.
El cirujano se asomó con sigilo, estrechando sus ojos mientras agudizaba cada uno de sus más fieles sentidos. Si bien ya no podía oler ni distinguir sabores, su vista, audición y tacto seguían en perfecto estado para respaldar su intuición.
—Hay un grupo considerable de hombres a menos de 20 metros.
—¿Tu habilidad te permite saber eso? —preguntó Liam, utilizando sabiamente un tono de voz casi susurrante bajo el cual se adivinaba genuina curiosidad.
—No necesito de mi habilidad para notarlo—murmuró Law, sin ánimos de entrar en detalles. Se ocultó nuevamente y volvió su mirada hacia Desmond y Nami del otro lado del pasillo, indicándoles con un movimiento de su mano que mantuvieran su lugar—. ¿Están armados?
—No lo sé. Quizás.
—Señor Liam —lo miró de soslayo—, no destaco precisamente por ser un hombre paciente.
—¿Cómo podría saberlo? Desde que dejé a Jacob en ese campamento no he––
—Me cuesta trabajo creer que activaste esa alarma simplemente para evitar daños al personal, pero en caso de que así fuera, te aseguro que prefieres cooperar conmigo si no quieres que haga volar este lugar en pedazos. Ahora dime, ¿están armados?
Liam alzó las cejas, y a Law realmente le pareció ver por vez primera un atisbo de estupor en sus facciones frías.
—No necesito activar una alarma para informar de nuestra llegada, ellos ya lo saben desde el momento en que entramos en el perímetro de la Central —desvió la mirada hacia una esquina del pasillo, indicándole con discreción el pequeño Den Den Mushi que clavaba sus ojazos directamente sobre ellos—. Nunca se me dio la orden de hacer contacto contigo ni mucho menos de traerte hasta aquí, por lo cual no conozco ningún tipo de procedimiento para esta situación. Así que no, Trafalgar, no tengo la menor idea sobre esos hombres.
Liam no mentía. O al menos eso pudo leer Law en su expresión y en sus palabras que sonaban ligeramente ofendidas.
—Sólo llévame hacia ellos y déjame explicar la situación. Aunque no está muy lejos de la verdad, probablemente crean que me tienes de rehén o algo por el estilo.
Law frunció los labios, asomándose una vez más para comprobar que el grupo no tenía intenciones de moverse sino hasta que ellos lo hicieran. Fácilmente podría utilizar su habilidad, cortarlo todo y abrirse paso, pero sabía bien que en el más que probable caso de que las cosas no resultaran como quería, debía reservar todo lo que pudiera sus energías.
Si Liam mentía o no, Law nunca lo sabría y el resultado no cambiaría. Esos hombres, ocultos tras el siguiente pasillo lateral, estaban allí para recuperar al moreno y, Law estaba seguro, para capturarlos a ellos por la fuerza.
—¿Y bien? —insistió Liam—. ¿Pretendes quedarte pensando mucho tiempo o harás lo que acabo de…
Un repentino chasquido resonó a lo largo del pasillo. Liam se interrumpió a sí mismo y clavó la mirada en el enrejado del techo.
—¿Qué es––
Law cerró la boca, obedeciendo al llamado de silencio del moreno a su lado sólo por la manera frenética en que movió su mano frente a su rostro.
Un segundo chasquido, un poco más sonoro que el primero, y luego el constante ruido metálico de numerosos engranajes poniéndose en funcionamiento.
Los ojos de Liam se abrieron con desmesura.
—Corre —musitó Liam sin dejar de mirar el techo, como si de un momento a otro se les fuese a caer encima—. ¡Las escaleras de emergencia, AHORA!
De pronto, un humo blanquecino escapó desde las rejillas del techo, extendiéndose como quien abre al máximo un grifo de agua: reptaba por los muros, golpeaba el piso y desafiaba la gravedad alzándose en el aire, y en menos de dos parpadeos el lugar estuvo inundado por una niebla blanca, densa, implacable, nociva.
Gas lacrimógeno. Si bien no podía reconocer su característico olor, no tardó en adivinarlo cuando un violento ardor golpeó sus ojos y dificultó sus vías respiratorias. Escocía en su nariz y rasgaba su garganta.
Entonces aquel grupo oculto se puso en movimiento; sus pasos resonaron rápidamente contra las baldosas.
—¡Desmond, Nami! ¡Sigan a Liam, rápido!
Abandonando su posición oculto tras la pared, salió al descubierto para seguirle los pasos a sus acompañantes. Presionó los párpados con fuerza, apenas un segundo, sabiendo bien que el frotárselos con las manos no haría ningún bien. Y en ese ínfimo descuido, justo en el instante en que cruzó aquel pasillo que no alcanzaron a recorrer por precaución, algo se clavó en la carne de su pierna izquierda.
Trastabilló, pero no se detuvo. No dolía. No era un tiro. Fue un pinchazo, un gélido cosquilleo, un estremecimiento dentro de otro estremecimiento, uno tras otro, cada vez más fuerte, y en el momento en que quiso voltear por uno de los pasillos laterales forzando su peso sobre la misma pierna, una lluvia de alfileres de plata le atravesó la pantorrilla hasta localizarse en la rodilla.
Contrajo el rostro, tropezó y cayó sobre la pierna entumecida, cargando su forma encorvada sobre la nodachi.
—¡Law! —unos pocos metros más adelante, la navegante y el epidemiólogo gritaron su nombre.
Intentó levantarse con ayuda del arma, pero cada vez que apoyaba el pie en el suelo un puñal se clavaba en su pierna. Jadeó de dolor en una maldición entre dientes. Se le nubló la vista. Sintió náuseas. Y estuvo seguro de que aquello no era del todo influencia del gas lacrimógeno.
Los pasos se oían tras ellos, cada vez más cerca, ligeros, rápidos, demasiado rápidos.
—¡Vamos, Law, levántate! —otra vez la voz de Nami, y sólo entonces Law notó sus manos intentando ayudarle a incorporarse.
Escuchó a Desmond. Escuchó a Liam. El gas seguía quemándoles los ojos. Luego, sin siquiera mover la pierna, pareció que nuevamente le hundieran clavos en la rodilla, e instintivamente golpeó a quien fuera le provocaba dolor extra.
Abrió los ojos entornados. Era Desmond, quien observaba atónito la pequeña agujilla que antes estuvo en su pierna izquierda, y luego de arrojarla tras su espalda, rápidamente se sentó de puntillas frente a él. Le tomó el rostro con fuerza y le abrió los párpados para examinar sus pupilas.
—Estoy bien —dijo, aunque fue consciente de lo débil que sonó su voz.
—Y una mierda estás bien —replicó Desmond, carraspeando para contener la tos—. Estás drogado, Law.
—Es procaína y epinefrina —dijo Liam—. Considera muerta esa pierna al menos durante dos horas.
Desmond lo miró incrédulo, conociendo bien el uso quirúrgico que usualmente se le daba a dicha mezcla: los anestésicos locales suelen actuar en conjunto con otras drogas para incrementar la acción y duración del agente narcótico. Volvió su atención sobre el cirujano, pero antes de que pudiera comprobar su pulso cardiaco, los numerosos pasos que antes les seguían dejaron su correría apremiante.
Se oían cerca, a escasos metros. Sus pasos repicaban suavemente, fríos como el latón contra la cerámica. Estaban allí, acechando, ligeros como una pluma, sigilosos como un animal, sin dejarse ver a través de la nube de gas.
Nami se incorporó lentamente, temiendo que un movimiento en falso desatara el caos. Entornó los ojos, intentando ver con claridad aquellas sombras sinuosas que de pronto parecían estar en todas partes, rodeándolos, depredando al grupo con su caminar ausente.
—¿Qué son…? —preguntó Desmond, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda cuando entre la bruma un par de destellos rojizos trajo a su mente un viejo recuerdo de horror y tinieblas.
—Son lo que llamamos nuestro más alto sistema de seguridad —respondió Liam. Su voz sonó amortiguada tras el pañuelo que cubría su nariz y boca—. No harán nada hasta que yo lo ordene.
—¿Qué son? —Nami repitió la pregunta de Desmond, pero no esperó por una respuesta—. Pues si no harán nada hasta que lo ordenes, aléjalos de aquí y —se aclaró la garganta, ahogando la poco elegante arcada que amenazó con escapar de sus labios cuando el gas comenzó a provocarle náuseas—, haz algo con este gas, ¿quieres?
—Lo siento, pero no puedo hacer eso.
La voz de Liam pareció retornar a aquella gélida tonalidad que no hace mucho había reemplazado por una ligeramente más confiable y menos aprendida. Sus ojos, saltones y de un azul tan oscuro que eran casi negros, no prodigaban nada en absoluto.
Entonces, aquellas criaturas que no podían ser humanas, profesaron un gruñido similar al de un animal furioso. El gas, impregnado ya en sus ropas y metidos en los poros de su piel, comenzó a dispersarse poco a poco, lentamente, dando forma a aquellos predadores de ojos rojos y brillantes.
Y cuando los vieron, la reacción fue la misma.
Eran perros. Lo supieron por su forma cuadrúpeda, la cola y las orejas afiladas, pero no pudieron saberlo a ciencia cierta; no del todo. Sus hocicos entreabiertos gruñían, pero su gruñido no era visceral ni real. Era metálico, frío y de engranes al igual que el resuello de sus pasos y la flexión de sus patas.
Liam volvió a hablar.
—Procedimiento 00451.
Y eso fue todo lo que dijo antes de que aquellos perros metálicos se encorvaran sobre sus patas delanteras, alzando sus colas al cielo, o más bien, apuntándoles con la punta de sus rabos alzados desde los cuales una agujilla mortífera, reluciente y puntiaguda amenazó con ser disparada.
El ruido de los engranajes, el ruido de algo, algo poniéndose en funcionamiento, hizo reaccionar al capitán.
—Room.
Y de no haberlo hecho, aquellas agujillas en forma de dardo habrían perforado la carne ya no sólo de él, sino también de Desmond y Nami aún demasiado pasmados para reaccionar. Se detuvieron a un metro de ellos, y con un movimiento de su muñeca, las devolvió en dirección a los perros cuyos cuerpos de puro fierro y latón rechazaron el ataque sin recibir daño alguno.
—¡Desmond!
El epidemiólogo parpadeó, confundido, pero ya no necesitó de otro llamado de Law cuando entonces las criaturas artificiales se precipitaron sobre ellos con su alarido falso y de hojalata. Tomó el rifle, quitó el seguro y disparó sin contemplación contra el primero que se abalanzó sobre la navegante. Pero el ciborg canino no retrocedió, y de no haber sido porque Nami ya tenía el Clima Tact en sus manos, no sería su arma sino su brazo entre las fauces del animal. La fuerza del impacto le hizo trastabillar y retroceder dos metros sobre sus tacones hasta chocar contra la pared tras su espalda, pero logró contenerlo a pesar de que sus rodillas se flexionaron. El perro, rabioso como uno de carne y hueso, sacudió violentamente la cabeza de un lado a otro intentando arrebatarle el arma, y cuando el destello de una segunda aguja de procaina asomó en su enfurecido morro, Nami soltó el Clima Tact y se apartó justo en el momento en que la peligrosa agujilla salió disparada en su dirección, rozándole apenas la mejilla antes de golpear la pared tras su espalda. El animal artificial se encorvó una vez más preparándose para un segundo asalto, pero entonces Desmond volvió a arremeter sin pausa hasta que el exceso de tiros comenzó a causar cortocircuitos en sus patas metálicas y, en su cabeza, los falsos ojos rojizos comenzaron a perder el brillo hasta apagarse.
Nami soltó el aire contenido en sus pulmones, sintiendo la descarga de adrenalina palpitándole en las venas. Cuando los tiros de Desmond volvieron a estallar, se obligó a reaccionar. Corrió a tomar el Clima Tact atrapado en el hocico del animal caído, tirando con todas sus fuerzas mientras aplastaba la cabeza metálica con uno de sus pies hasta que logró tener el arma nuevamente entre sus manos. Miró a su alrededor, alterada y con los nervios a flor de piel. Los perros artificiales atacaban una y otra vez, pero Desmond, con su excelente precisión y sus rápidos reflejos, alcanzaba a detenerlos justo en el momento exacto. Aparecían en solitario o de dos en dos, atacaban y volvían a perderse tras la nube de humo que aún entorpecía la vista. Sin embargo, por cada uno que aparecía, no había ningún rasguño en sus pieles de acero. Por cada ataque, un enemigo nuevo. Eran demasiados, y si rompían ese patrón y decidían atacar todos a la vez, la defensa de Desmond no serviría por mucho tiempo. Giró sobre sus pasos, buscando alguna una vía rápida de escape, pero cuando su vista se detuvo en el cirujano, el estómago se le contrajo.
Law seguía allí, intentando levantarse con ayuda de la nodachi. Pero cada vez que movía su pierna momentáneamente muerta, su rostro se torcía y un dolido siseo se le escapaba entre los dientes. Se tambaleaba de un lado a otro y las manos le temblaban tanto que la nodachi repicaba dentro de su funda.
Los perros seguían atacando, y sabía que la munición de Desmond era limitada. Los tiros cesaron por un momento y cuando entonces vio al castaño golpear desesperadamente a uno de los perros con el mismo rifle, decidió que era ella quien debía detener aquello.
Frunció las cejas con determinación y empuñó el Clima Tact.
—¡Black Ball!
Sacudió el arma en un fluido movimiento, liberando una serpiente de nubes negras que avanzó rápidamente en torno a ellos, mezclándose con el gas blanquecino. El epidemiólogo retrocedió un paso, amedrentado.
—No te muevas de ahí si no quieres que te electrocute, Desmond —le advirtió Nami.
Pero entonces ocurrió exactamente lo que ella temía. Antes de que el espacio que los rodeaba estuviera del todo cubierto por sus nubes cargadas, salvo el área donde estaban de pie, de pronto no fueron sólo uno ni dos perros los que se lanzaron sobre ellos. Fueron tantos saltando con tal perfecta sincronía, que su mente se bloqueó y, en esa breve fracción de segundos, cuando su atribulada mirada en blanco volvió irremediablemente hacia el cirujano en un llamado de auxilio, encontró por última vez su mirada gris clavada en la suya.
Su mano tatuada, trémula y vacilante, alzó dos de sus dedos al cielo, y entonces Nami ya no vio más los ojos de Law, ni a Desmond, ni a Liam ni tampoco a los perros.
Antes de que los ciborgs rasgaran la carne ajena, la navegante y el epidemiólogo se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos. Los animales metálicos cayeron sobre sus patas, sin ningún objetivo frente a sus ojos luminosos.
Law resopló, y sólo entonces se permitió desvanecer el domo azulado de su habilidad que poco y nada le habría servido. El dolor en su pierna izquierda ya no lo sentía, pero tal como había dicho Liam, no parecía haber un músculo vivo en ella. La sustancia cumplió su objetivo en su pierna y, en el resto de su cuerpo, disparó un torpe letargo que si intentaba quitárselo de encima se lo cobraba en terribles estremecimientos.
Náuseas, dolor. El corazón parecía querer salírsele del pecho y sus pulmones cada vez le exigían más oxígeno.
Los perros gruñeron una vez más, pero cuando Liam chasqueó los dedos en un frío tronar de huesos, instantáneamente se sentaron sobre sus patas traseras y bajaron sus cabezas de latón en señal de sumisión.
Lo miró sobre el hombro, estrechando los ojos cuando la vista se le volvió todavía más sinuosa.
—¿Por qué hiciste eso? —inquirió Liam—. Donde sea que los hayas enviado, sabes que no tardarán en encontrarlos. Es inútil.
Law lo sabía. Así como también sabía que a ni Nami ni a Desmond los necesitaban, y que aquel comentario no era más que otra sutil amenaza para doblegarlo a costa de ellos. Le hubiese gustado responder algo, arrancarle a Liam esa mueca impávida del rostro, pero estaba demasiado aturdido para decir cualquier cosa sin que le temblara la voz.
—Lamento haber mentido en cuanto a no saber nada sobre esto —continuó Liam, sacando finalmente las manos de sus bolsillos antes de cortar el paso que los separaba—. Pero es verdad que no puedo confiar ni en ti ni en tus amigos. Es una lástima… porque realmente me hubiese gustado hacerlo.
La mano de Liam fue certera tras su nuca. Un golpe seco, rápido y duro terminó por borrarle la visión, sacudirle el cerebro y dejarlo inconsciente.
¡Ojúuuu! ¡Demoré tanto! Es que no tienen idea, este capítulo me costó un parto sin cesárea ni anestesia. Las musas se me fueron por patas, y si no me voy yo a la playa unos días a buscarlas, probablemente seguían sin querer volver. Y bueno, así como no pude escribirlo antes, de pronto entre ayer y hoy me llovió la inspiración a montones y ¡plaf!, ya está. Me costó mucho, porque como no podía, no podía y no podía, tuve que leer el fic completo y me entró la furia al descubrir un millón de errores incoherentes. Me bloqueé, no sabía cómo seguir. Pero no, no podía dejarlo abandonado, así que me armé de ánimos para terminar de darle forma a todo esto, ¡me niego a abandonarlo! D:
Como siempre, necesito pedirles un favor (y yo sé que no me lo merezco por ser una escritora tan floja y desinspirada, pero igual se los pido porque las quiero y sé que me quieren). Si tienen dudas en cuanto a la trama, si algo no les cuadra, si no entienden tal o cual cosa, o si algo me está quedando en el tintero del olvido, por favor díganmelo. Como dije anteriormente, estoy llegando casi al final, y sé que aún hay muchas cosas sin aclarar. Por supuesto, si tienen alguna sugerencia, también se agradece. Las hice esperar mucho, MUCHO, así que vamos dándoles un poquito en el gusto.
En cuanto al capítulo… lo escribí tantas veces y de tantas maneras distintas, que ya perdí el juicio y no tengo la menor idea de su calidad xd. Las escenas de acción están lejos de ser mi fuerte… definitivamente lo mío es pasearme por los pensamientos de unos y otros; lo disfruto mucho más que describir patadas y saltos. Pero bueno, hay que probarlo todo, ¿verdad?
Reviews del año de la pera, pero igual se los contesto:
Yanahira: Law ya dejó la invitación hecha, así que a Nami sólo le hará falta cobrar su palabra… o sus besos, mejor dicho. Rayos, ¡yo no he visto el último capítulo! Recién ayer retomé el manga y estoy apenas conociendo a Bartolomeo (qué mala fan soy, lo sé)… Así que dentro de unos días estaré allí, en ese capítulo terrible que imagino que a estas alturas ya debe estar muy atrás xd
Panthera Kira: Oh, Law y Nami se habían tomado vacaciones, dijeron que estaban cansados de tanto drama, de lluvia y de sentidos fallidos, así que… ok, no. Sólo fui muy vaga, lo siento. Me cuesta adaptarme a los cambios y tuve que sacar la inspiración casi a presión, jó… Escupí todo lo que tenía en la boca cuando leí lo de "estamos todos esperando a que dejen el orgullo tirado junto con la ropa" xDD. Querida, es que créeme, yo desespero y me tiro de las mechas por llegar pronto a ese momento, hasta me han dado ganas de escribir un one-shot sin sentido ni trasfondo para evocar el tema, pero luego me resisto para que entonces culmine todo más maravillosamente, ¿verdad?
¿Se está enamorando Law? Saaah~… :3 Prefiero describir todas esas cosas que piensan y sienten en lugar de decir simple y llanamente: "está enamorado", porque… no sé, le tengo la misma tirria a esas frases cliché como al impersonal y manoseado "te amo". Si bien Nami es mucho más emocional que Law, la amalgama de sentimientos la confunden y se resiste a caer del todo al momento de racionalizar esos sentimientos. Law, por el contrario, no tiene prejuicios, no reprime nada y siempre hace lo que quiere. Pienso que ese es el porqué de sus diferencias al momento de apreciarse el uno al otro. De todas formas, Nami sabe que siente cosas por él y el único inconveniente para darle rienda suelta a sus sentimientos es, irónicamente, el mismo Law. Siempre se sale con la suya, la avergüenza o la deja a cuadros con sus actitudes o comentarios… pero ya encontrará Nami el momento de tomar al toro por las astas.
Interludio hace referencia a todo lo que acontece antes de la "obra final". Algunos capítulos atrás hubo uno llamado Preludio, donde comienzan el viaje a Burmecia y luego Liam aparece para alzar un poco el telón del escenario definitivo que, en este capítulo, finalmente ya está bajo sus pies.
Mimi: ¿De qué piratas hablas? Supongo que te refieres a los de Dharma, pero ellos no son piratas jajaja. Si Nami se pusiera en plan sexy, no sé qué haría Law al respecto. Celoso, seguro que sí, pero no lo diría, no de inmediato… Luego, tal vez, haría un par de cosas aún más sexys para amonestar a Nami y… (ok, me detengo, hiciste que volara mi sucia imaginación ;o;)
Trafalgar-ki: Perder la vista o la audición ha de ser terrible, pero, ¿y el tacto? No soy una conocedora de la biología (de hecho, soy una idiota en todas las ciencias que requieran de buena memoria), pero creo que sin tacto quedarían en nada en absoluto. Golpes, caricias, frío, calor, dolor, placer; nada, quizá, quién sabe. En cuanto a Law… en este fic y en cualquier otro que escriba, puedes estar segura de que nunca mataré a Law ni aunque muera. Nunca. En serio.
Lawcito y sus celos… yo creo que sí es muy celoso, pero aún no se ha enfrentado a situaciones que saquen a flote esa cualidad. ¿Te cuento algo? Hace algunos capítulos atrás, cuando estaban en la casita de playa, había escrito una escena donde Law se ponía celoso de Desmond porque Nami lo estaba cuidando mucho (estaba herido, ¿recuerdas?) Celos muy, muy sutiles, pero celos igualmente. No me acuerdo ya por qué terminé eliminando esa escena (probablemente encontré otra que me cuadró mejor), pero sigue en mi carpeta de millones de ideas que aún no plasmo en el fic. Tal vez algún día encuentre el momento para esa escena o algo similar.
En cuanto a tu pregunta, la verdad es que no lo sé. Podría hacer un estimado de dos o tres capítulos más para esta saga para desenlazar todos los cabos sueltos (y son muchos, así que si tienes dudas, sería genial que me las dijeras para ver si no me está quedando nada por ahí D:). Pero no aseguro que termine el fic allí, porque una vez finalice el drama de Dharma y blablá, me gustaría divertirme un poquito más con estos dos… if you know what I mean *winkwink*
Y bueno, ¿cómo que dónde están tus nalgadas? Law dijo que ya… Oh, vale. Otra vez mintió. Lo enviaré de nuevo entonces. Ahí va, enojado y con soga en mano para ese árbol tuyo. ¡Atenta! (?)
Guest: Oh, no entres en pánico, debió ser un error D: No tuve internet hasta hace poco (bueno, sí, pero tenía una conexión horrible que no me dejaba hacer nada en absoluto), así que para ese entonces no tenía el capítulo escrito ni internet para subirlo u_u
Maite-ya: Aish, sí, ¡y más de un mes! No lo dejaré, prometo que no. Muchísimas gracias por comentar, es un agrado saber cuánto te gusta n_n Ahora, espero haber liberado tensiones (?), y prometo también hacer mi mayor esfuerzo por no desaparecer otra vez :3
Y... creo que no se me escapa nadie.
¡Gracias por leer y comentar tanta maravilla!
Las ama y besa a cada una de ustedes,
una Merle renacida.
