Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XXII
–Improvisación–

Sus ojos estaban abiertos, desmesuradamente abiertos, y aunque parpadeó una y otra vez no veía nada en absoluto.

Oscuridad, silencio, soledad.

Ya no había tiros, gritos, alaridos ni lúgubres luces rojizas.

Su mano derecha empuñó el Clima Tact y nerviosa estiró la izquierda en busca de orientación. Dio un paso tentativo seguido por otro más, y al chocar sus pies contra algo sólido, se detuvo con un sobresalto. No era un muro. Bajó su mano y las puntas de sus dedos golpearon algo cristalino que estrepitó al hacer chocar el objeto con otro similar, provocando una reacción en cadena que no se detuvo ni aunque arrugó el rostro, contuvo la respiración y se quedó estática. Entonces, cuando creyó que el escándalo llegaría a su fin, de pronto una puerta se abrió de golpe y sólo necesitó ver un destello de ojos rojos para saber que ya no estaba sola en ese lugar.

Retrocedió, se dio contra un muro tras su espalda, y cuando comenzó a armarse de valor para enfrentar una vez más aquellos fastidiosos enemigos de mandíbulas de acero, algo se aferró en su mano izquierda y tiró de ella hasta hacerle caer, cubriéndole rápidamente la boca antes de que algún grito saliera de ella. Se revolvió con los nervios a flor de piel, mordió la mano que la acallaba y pataleó hasta que un familiar gruñido masculino se quejó en su oído tras un duro codazo.

—Joder, Nami, soy yo —siseó Desmond—. No hagas ruido o esa cosa nos escuchará.

Nami asintió rápidamente, girándose hacia el castaño cuando le quitó la mano de encima. En el momento en que el animal metálico abrió la puerta, las luces externas iluminaron un poco la estancia, permitiéndole identificar una que otra cosa a su alrededor. Apenas podía ver la silueta de Desmond y, frente a ella, descubrió que lo que había chocado contra sus pies era un enorme anaquel y que aquello que sus dedos golpearon eran pequeños recipientes de vidrio etiquetados con nombres extraños.

No se trataba de ninguno de los pasillos que antes recorrieron. Era un pequeño laboratorio o algo por el estilo.

Desmond, observando con precaución entre los objetos ordenados del anaquel, le indicó que lo siguiera y mientras avanzaban a gatas a lo largo del corredor, de pronto el castaño se detuvo, tiró otra vez de ella y le enseñó el pequeño Den Den Mushi estampado en una de las esquinas del lugar. Sus pequeños ojos redondos se paseaban de un lado a otro, pero agazapados como estaban tras aquella repisa aún no lograba verlos. El perro, atento y sigiloso como era, se detuvo bajo el marco de la puerta escaneando con su mirada brillante cada rincón del lugar.

La navegante frunció los labios. Tras ellos, los ojos fisgones del Den Den Mushi. Quitarlo o cubrirlo no sería muy diferente a salir al descubierto; tarde o temprano se enterarían de que algo extraño ocurría en esa habitación. Por el mismo motivo, atacar al perro que bloqueaba la única salida estaba fuera de discusión. Si Law quiso sacarlos de en medio, no podían desaprovechar esa oportunidad.

Observó la pequeña caracola. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, y repetía lo mismo cada ciertos segundos.

Miró a Desmond, pensando rápidamente en alguna forma de comunicarle sus planes sin tener que hablar; el perro estaba demasiado cerca. Abrió la boca, pero prefirió indicarle mediante señas que esperara donde estaba. Se sentó de cuclillas, se asomó una última vez y sin hacer ruido ensambló el Clima Tact hasta formar un triángulo con las tres piezas.

En su vida pensó que volvería a utilizar algo como eso, pero ninguna otra idea le pareció más útil. Así que, dedicándole una última mirada al Den Den Mushi, esperó hasta que sus ojos se desviaran en dirección contraria al perro, en un punto ciego que no vería la puerta ni sus movimientos, y entonces dijo en un inaudible susurro:

Fine Tempo.

Desmond desde ya se había sorprendido cuando Nami liberó antes esa oleada de nubes negras que no alcanzó a estallar. Sin embargo, se quedó a cuadros cuando la navegante lanzó otro ataque desconocido para él: lo último que esperó fue ver un par de palomas salidas de la nada, aleteando y arrullando como locas dentro del pequeño laboratorio, atrayendo de inmediato la atención del perro metálico y de la caracola de registro visual.

La navegante volvió a ocultarse y ante la expresión boquiabierta del epidemiólogo a su lado se encogió de hombros y alzó una mano para que no dijera nada. Observó escondida tras el anaquel al perro gruñendo embravecido, pero como cualquier perro, un par de palomas eran una enorme distracción. Las aves volaron en torno a él, y cuando el animal se lanzó contra una, rápidamente echaron a volar por la puerta seguidas de cerca del depredador artificial.

Ahora, el Den Den Mushi. Sus ojos atentos permanecieron clavados en la puerta, emitiendo un constante zumbido mientras los furiosos ladridos del perro se perdían a lo lejos. Al cabo de lo que les pareció una hora, luego de dos minutos, el caracol volvió a su patrón de pasear su mirada de un lado a otro automáticamente. Esperaron hasta que su vigilancia alcanzara aquel punto ciego, para después precipitarse en menos de diez milésimas de segundo hacia la puerta. Antes de que Nami corriera en cualquier dirección, Desmond, que ya conocía aquel establecimiento, tiró de su mano para guiarla rápida y sigilosamente a través de más pasillos confusos, oscuros y solitarios donde la opaca luz rojiza seguía funcionando como única fuente de iluminación.

Entre pasillo y pasillo, Nami descubrió que no estaban en la planta subterránea donde antes los llevó Liam. En algún momento pudo ver a través de unos enormes ventanales el mismo elevador por donde antes descendieron, y al reconocer aquel extraño símbolo que lo adornaba algunos pisos más abajo, reparó en que ahora estaban en un nivel superior. Al momento de cruzar las escaleras de emergencia, un luminoso número siete que saltaba a la vista en un escueto rótulo corroboró sus sospechas.

Desmond dio una última vuelta, pateó una puerta, metió a Nami adentro, entró y la cerró tras su espalda, pasó el cerrojo, se aseguró de que no pudiera abrirse desde afuera, y sólo entonces se relajó con un largo bufido. Rebuscó entre sus bolsillos, tomó un cigarrillo y se lo metió entre los labios, pero no lo encendió. La navegante se llevó la mano al pecho, notándose el corazón galopante además de su respiración agitada. Paseó la mirada, y de pronto el corazón pareció llegarle a la boca cuando vio a dos personas de pie a su lado. Pero justo cuando se sobresaltó y reparó en que una de las siluetas hacía exactamente lo mismo que ella, supo por pura asociación que estaban en un baño, que aquello a su lado eran lavabos y, por consiguiente, que las siluetas no eran más que ellos mismos reflejados en un amplio espejo.

—¿Dónde está Law? —quiso saber Nami, recordando entonces lo mal que había visto al cirujano segundos antes de desaparecer con aquella extraña aunque ya familiar sensación que sus repentinas teletransportaciones suscitaban en su estómago.

Desmond no respondió de inmediato. Cuando Nami llegó a su lado y lo miró inquisitiva, sus ojos claros bajaron al piso en tanto guardaba el cigarrillo apagado con movimientos atolondrados.

—¿Estás bien? —preguntó el castaño, tomándole los hombros para revisarla—. No estás herida, ¿verdad? Realmente me sorprendiste; primero nubes y ahora sacas palomas de la nada. ¿Qué eres, un mago de esos que––

—Desmond —le cortó, descubriendo de inmediato el nerviosismo en su voz usualmente jovial—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué Law nos envió a este nivel? ¿Dónde está?

Lo empapeló en preguntas y aunque entre y una y otra le permitió apenas unos escasos segundos, Desmond no pareció muy dispuesto a responder ninguna. Abrió la boca un par de veces, y al final, cuando la insistente mirada de Nami hizo mella en su reserva, se mordió los labios afianzando el agarre sobre sus hombros para que le escuchara.

—Está bien, no te preocupes por él —notó que su respuesta la confundió aún más, por lo que continuó—: Law piensa que en este nivel podremos encontrar algo que nos ayude a descifrar los componentes de––

—¿Qué dices? ¿Law sabía que...? —le interrumpió, aturdida—. ¿Entonces lo que acaba de ocurrir con Liam y esos perros...?

—Escucha, pequeña. Sé que Law en ocasiones actúa de manera egoísta, pero debes entender que––

—¡Ni pequeña ni nada, Desmond! —se zafó de su agarre con un rotundo manotazo—. ¡¿Qué demonios estás diciendo?! ¿Sabías que Law tramaba... —ni siquiera supo cómo llamarlo—, lo que sea que es esto?

Desmond volvió a morderse los labios y no respondió hasta que Nami alzó las cejas, demandante. Se pasó las manos entre sus lacios cabellos castaños, más desordenados que nunca por el exceso de correrías, y asintió.

—Sí, lo sabía. Lo siento, lo planeamos antes de venir aquí —murmuró, apresurándose en añadir—: No grites, por favor.

Incrédula y sintiéndose de pronto subestimada como una niña, a Nami le hubiese gustado llevarle la contraria y gritar, gritar y gritar un par de improperios contra ambos hombres, pero al ver otra vez esa expresión de cachorro lastimero en la cara del epidemiólogo, cabizbajo y avergonzado, se apoyó en uno de los lavabos, respiró profundo en busca de la calma y, sin ánimos de encararlo, cuestionó:

—¿Y hasta cuándo no pensaban decírmelo?

—Debes confiar en Law, Nami. Necesita que encontremos la fórmula del DH2 y huyamos de aquí cuanto antes.

—¿Va a entregarse? —no podía concebir idea semejante—. ¿Es por eso que antes no hizo nada?

—No había forma de que él supiera que algo así ocurriría —apuntó Desmond—, pero supongo que servirá para lo que tiene en mente.

—¿Qué pretende hacer? —ante su pregunta, el castaño volvió a pasearse las manos entre sus cabellos, y cuando le vio rebuscando en sus ropas por el mismo cigarrillo que antes no encendió, soltó un puñetazo en el lavabo y masculló—: ¡Desmond!

—N-No lo sé.

—¿¡Cómo que no––

—Sabes que Law comparte apenas un tercio de lo que planea —sabiendo de antemano que la navegante no se conformaría con respuestas vagas, decidió sincerarse un poco más y añadió—: Sin embargo, para mí, esa pequeña porción de información es suficiente. Law confía en nosotros, Nami. Y estoy seguro de que lo sabes, pero Law no suele confiar en nadie con facilidad. No quería traernos aquí, pero finalmente accedió porque ni tú ni yo estábamos dispuestos a dejarlo venir por su cuenta. Y ahora nos ha dado una tarea compleja, ¿sabes por qué? Porque él no puede hacerlo, o de lo contrario lo haría todo él solo. Pero no lo ha hecho y en cambio confía en que nosotros podremos llevar a cabo esto. No tengo la menor idea sobre sus planes. No sé por qué ni para qué necesita esa puta fórmula. Pero no me importa. Law está seguro de que sus planes funcionarán, y yo confío en que así será. Ahora, Nami, la pregunta es —hizo una breve pausa, clavando sus ojos en los de la navegante—, ¿puedes confiar tú en él?

Nami sabía que, para salir de ese lugar y de todo apuro, su mejor carta era apostar a la prodigiosa astucia del cirujano. De una forma tácita e inarticulada, sabía que Law no pondría nunca a Desmond ni a ella en peligro a menos que la situación fuese realmente apremiante; tal como lo era ahora. Sabía que Law, orgulloso y testarudo como era, nunca se entregaría sin un motivo de por medio, así como también había aprendido que era un hombre muy celoso de todo lo que pasaba por su compleja cabeza.

Era difícil comprenderlo, pero podía intentar entenderlo.

Claro que podía confiar en él. Desde hace mucho tiempo atrás que Law contaba con su confianza. Pero aunque sabía que Desmond tenía razón, esa ambigua demostración de confianza no dejaba de fastidiarle. Gruñó por lo bajo, abrió el grifo del lavabo y se empapó el rostro para serenarse. Cuando volvió a alzar la vista, observó el reflejo del epidemiólogo, paciente y silencioso a espera de su respuesta. Decidiendo que el castaño no era merecedor de su cólera, y guardándose las molestias para cuando entonces tuviera frente a ella a aquel de imperturbables ojos grises, se giró, asintió un par de veces y preguntó en un tono algo más conciliador:

—¿Por qué cree Law que podremos encontrar algo en esta planta? Recuerdo que Liam dijo que la investigación burmeciana se llevaba a cabo aquí, pero que fue abolida hace algún tiempo.

Los hombros de Desmond finalmente perdieron la tensión, y aunque volvió a sacar el mismo cigarrillo para mordisquearlo entre sus dientes, lucía mucho más relajado; las esquinas de sus labios se alzaron en una suave sonrisa. Sin embargo, al pronunciar Nami el nombre de Liam, hizo una mueca y farfulló:

—Como me encuentre a ese bastardo de nuevo, le parto a puñetazos esa cara de mocoso bonito. No podemos fiarnos de nada de lo que haya dicho, por lo que tendremos que averiguar por nosotros qué hay en este nivel.

—¿Qué haremos con esos perros? No quiero recibir agujas gigantes con drogas extrañas. Law puede ser un excelente farsante cuando quiere serlo, pero sé que no estaba pasándolo precisamente bien con esa pierna.

Si la memoria de Desmond no fallaba, y si Liam no era un mitómano compulsivo, la procaina en la aguja que Law recibió tardaría, gracias a la epinefrina, al menos un par de horas en desaparecer de su organismo. Frunció los labios al pensar en cómo debía de estar pasándolo ahora, pero no queriendo preocupar más de lo necesario a la navegante, se guardó el comentario y en su lugar le indicó que se acercara en tanto rebuscaba algo entre sus bolsillos. Extrajo un papel arrugado que tras desdoblarlo y enseñárselo a la navegante, ésta de inmediato preguntó curiosa:

—¿Eso es un mapa de este lugar? ¿Cómo lo conseguiste?

—Yo lo hice —dijo ante su mirada incrédula—. ¿Qué? ¿Te crees la única con la habilidad de dibujar mapas?

—Vaya, ¿en serio?

—No —rio—, soy incapaz de dibujar un perro sin que parezca una––

—Desmond —gruñó Nami—, ¿de dónde sacaste eso?

—Cuando trabajas en un laboratorio como este, es muy importante conocer las vías de evacuación en caso de emergencias, y la obligación de los jefazos es asegurarse de que sus trabajadores conozcan muy bien esta información. Trabajé aquí durante mucho tiempo y bueno… digamos que soy un poco paranoico; siempre me gustó tener mi propio plano de emergencias. La idea de quedarme encerrado en este lugar me provocaba un terror que––

—¿Corresponde sólo a este nivel?

—…Creí que Law era el único que podía interrumpirme tantas veces en menos de cinco minutos —bufó el epidemiólogo, estirando el papel del plano para que Nami pudiera verlo mejor—. Estamos en los baños del ala norte —señaló un punto superior, apuntando luego el extremo izquierdo del dibujo y dijo—: Los laboratorios principales están aquí. Gracias al corte del suministro eléctrico, el sistema de seguridad por reconocimiento dactilar estará temporalmente desactivado.

—Así que Liam nos hizo un pequeño favor —se mofó Nami, aunque vagamente se preguntó si, tal vez, su comentario no estaba tan lejos de la verdad.

Si bien Liam nunca aseguró que el activar esa alarma fue exclusivamente para proteger al personal, en un acto humanitario y concienzudo de su parte, al recibir el ataque de los perros el motivo tras sus actos sufrió un inevitable vuelco en su contra; su postura finalmente quedó en evidencia. Pero lo cierto era que Liam era un tipo sumamente inteligente, con una perturbadora habilidad para mentir. Creer que nunca pensó en que Law haría lo que hizo, no parecía lo más acertado.

Desmond pareció pensar lo mismo, porque se quedó observando el mapa con gesto meditabundo. Pero como el moreno ahora le agradaba menos que nunca, meneó una mano en el aire y continuó:

—Intentaremos burlar a los perros mecánicos y a los Den Den Mushi avanzando a través de estos salones. Son bodegas farmacéuticas, laboratorios más pequeños y refrigeradores químicos en su mayoría.

—Suena bien —Nami asintió.

—Tenemos dos días para lograrlo.

—¿Dos días? —frunció las cejas—. Creí que nuestro tiempo límite se reducía a cuestión de minutos o algo por el estilo. ¿Qué hay de la segunda fase del proyecto Dharma?

—Lo mismo dije cuando Law enfatizó en eso. Dos días, ni más ni menos.

—Y supongo que no te dijo por qué, ¿verdad?

—No —Desmond sonrió—. Pero dijo que, para ese entonces, tú sabrías qué hacer.

—¿Yo? —parpadeó, confundida.

—Al parecer tú eres el segundo tercio de sus planes.

Nami lo miró. Pensó… pensó… y pensó con más fuerza, pero no dio con ninguna respuesta.

—No tengo idea a qué se refiere —se masajeó la frente, odiando de nueva cuenta esa extraña y hermética forma que tenía el cirujano para llevar a cabo sus planes—. ¿No dijo algo más explícito al respecto?

—Vamos, no te agobies con eso. Ya lo descubrirás y nos sacarás de aquí —dijo Desmond, restándole importancia al asunto—. Ahora debemos enfocarnos en esto. ¿Estás lista para huir de perros mecánicos y agujas con drogas extrañas, pequeña?

—En marcha —asintió—. Y no me llames pequeña, maldito zalamero, aún estoy enfadada contigo por no decirme nada de esto antes. Por cierto, ¿vas a fumarte ese cigarrillo alguna vez?

—Oh, me encantaría, pequeña gruñona, me muero por un poco de nicotina —cogió el cigarrillo, lo observó con añoranza y terminó guardándolo, otra vez, en el bolsillo de su camisa—, pero me temo que el humo dispararía la alarma de incendios y ya sabes... perros, Liam, escándalo. Puedo aguantarlo un poco más.

Nami sonrió y le dio un par de golpecitos indulgentes en el hombro. Cogió su arma, que en algún momento había dejado apoyado contra el lavabo antes de perder la paciencia, y con un escueto movimiento de su cabeza le indicó que estaba preparada. Desmond se acomodó el rifle, tomó una vigorosa bocanada de aire y quitó el seguro de la puerta.

Avanzaron con el mismo sigilo de antes. Los Den Den Mushi estaban ubicados en cada punta de los pasillos, de modo que no fue del todo complejo burlarlos si estimaban con precisión los breves intervalos de tiempo en que los caracoles desviaban su atención desde una esquina a la otra.

El perro metálico seguía rondando; silencioso, astuto, siempre alerta ante el más mínimo ruido o movimiento. Conscientes de que no contarían con la misma suerte de antes, abandonaron rápidamente el ala norte tomando atajos a través de amplias bodegas y laboratorios cuya vigilancia era mayor que en los pasillos, pero con un poco más de cautela, avanzando de puntillas y a gatas tras encimeras y anaqueles, lograron llegar hasta el extremo sur del séptimo nivel.

Se detuvieron justo antes de la arcada que se abría hacia el laboratorio principal. Había dos Den Den Mushi; ambos con sus ojos clavados en la entrada de puertas cristalinas. Tal y como había dicho Desmond, gracias al corte del suministro eléctrico las puertas estaban entreabiertas; el panel de reconocimiento dactilar y numérico estaban desactivados.

Pero los caracoles de registro visual no fueron los que detuvieron su marcha. Tras los pulcros pero resistentes cristales no había ningún otro perro metálico ni tampoco gas lacrimógeno. Había alguien. Y aunque era difícil juzgarlo con precisión desde los cuatro metros que los separaban y ante la escasa iluminación, Nami no tardó en notar algo inusual en su semblante más allá de su mera presencia.

Estaba de pie, con los brazos colgando y la barbilla adelantada. Se tambaleaba sobre su peso, y cuando giró en redondo, dándoles la espalda, fue como ver a un borracho intentando dar media vuelta, sacando una pierna y girando el otro pie. Estuvo a punto de caer; cada vez que daba un paso, estaba a punto de perder el balance. Hasta que cayó bocabajo y se quedó inmóvil, agitando apenas las piernas y los brazos.

Nami parpadeó numerosas veces, intentando comprender su comportamiento. Desmond, sin saber qué ocurría, le dio un empujoncito en el hombro para que continuara avanzando, pero la navegante volvió a ocultarse tras el muro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Desmond—. ¿Acaso viste un fantasma?

Nami se asomó una vez más para comprobar que aquel hombre seguía allí tendido en el piso y luego volvió su atención hacia el epidemiólogo.

—No lo sé —musitó—. He visto tantas cosas durante este último tiempo, que ya no me extrañaría ver un fantasma.

Desmond alzó las cejas, perplejo, soltando después una muda carcajada.

—Hay un tipo ahí tirado —explicó Nami—. Está vestido de blanco… No creo haberlo visto antes.

—¿De blanco?

—Sí, como un doctor —observó al mentado con más atención, reparando en que su indumentaria consistía en una única y larga túnica blanca—. No, en realidad luce más bien como un paciente… o algo por el estilo.

—En este lugar no hay pacientes, Nami. Esto no es un hospital.

—Bueno, pero ahí hay un tipo que no puede ni levantarse. ¿Deberíamos ayudarlo?

—Aquí no hay pacientes —insistió Desmond—. Hay doctores, científicos y sujetos de experimentación.

Nami frunció las cejas y lo miró en silencio durante unos momentos.

—Sujetos de experimentación —repitió—. ¿Me estás diciendo que ese tipo es un sujeto de experimentación? Entonces con mayor razón deberíamos ayudarlo, ¿no crees?

—Sí, tal vez, pero… —Desmond hizo una mueca, contrariado—, no creo que sea buena idea distraernos de lo que buscamos, Nami.

—¿Qué dices? Tenemos dos días para lograr eso. Ni idea por qué, pero es lo que dijo Law —apuntó Nami, resolutiva—. Además, tenemos que entrar a ese laboratorio y esa es la única entrada, ¿no?

El epidemiólogo intentó persuadirla insistiendo en que esperaran un momento, pero Nami poco lo escuchó. Law le había advertido que la navegante haría algo como eso, y aunque a él al igual que ella no le hacía gracia ignorar a un pobre sujeto desvalido, sabía que no era buena idea involucrarse más de lo necesario. Pero nuevamente; Nami no lo escucharía ni tampoco había otra forma de entrar al laboratorio sin tropezar con el hombre.

Nami ladeó la cabeza a espera de su respuesta cuando Desmond asintió, soltando un resoplido condescendiente.

—¡Perfecto! —sonrió Nami—. Mira esto, Desmond.

La navegante tomó el Clima Tact con ambas manos y después lo sacudió en un lento movimiento circular en torno a ellos.

Mirage Tempo—al pronunciar aquello, Desmond frunció el entrecejo y parpadeó confundido cuando le pareció ver que la imagen de Nami por un momento perdía consistencia, agitándose como un reflejo acuático.

Notando que el epidemiólogo aún no pillaba el truco, Nami le indicó que se mirara en el vidrio de un mural a su costado. Desmond observó, observó y observó con escrutinio, tomándole dos minutos de reloj descubrir que no tenía reflejo.

—¡¿Q-Qué?! —retrocedió sobresaltado, mirando con los ojos muy abiertos a Nami para luego mirar sus propias manos y su cuerpo completo, comprobando que podía verla a ella y a sí mismo con toda claridad—. ¿Qué clase de brujería es esta? ¿Cómo hiciste eso?

—Magia —fue lo que respondió Nami, agitando las cejas con picardía.

—¿Somos invisibles?

—Totalmente.

—¿Nadie podrá vernos?

—Sólo tú y yo —asintió Nami, divertida.

—¿Y puedo preguntar por qué demonios no hiciste esto antes en lugar de arrastrarnos como ratones hasta aquí?

—Bueno, porque… —se rascó la mejilla ligeramente avergonzada, pero no demoró en hacer a un lado el asunto—. Eso no tiene importancia, Desmond. Ahora escucha: puede que no nos vean, pero si hacemos ruido nos escucharán, ¿entendido?

Avanzaron con mayor confianza pero silenciosos, intercambiando miradas y señas para comunicarse entre ellos. Al cruzar las puertas del laboratorio, Nami se acercó de inmediato al sujeto despatarrado en el piso, pero Desmond rápidamente la detuvo. Si bien a ellos no podían verlos, al sujeto sí, y si los Den Den Mushi captaban movimientos extraños en él –levantarse sin mover un músculo del propio cuerpo en semejante posición, claro que llamaría la atención–, entonces el perfecto camuflaje de Nami y su infiltración perderían todo sentido.

Así que, entre más gestos y morisquetas exageradas, convinieron en moverlo con sumo cuidado –primero un brazo, una pierna y luego la otra– hasta sacarlo de la vista escrutadora de los caracoles, recostándolo bajo un largo vitral.

El epidemiólogo se agachó a su altura para examinarlo, sobresaltándose y quedándose tieso como una estatua cuando vio los ojos abiertos del hombre. Estaban abiertos, sólo eso. Y no lo veía, por supuesto que no, la habilidad de la navegante era implacable. Pero a Desmond le pareció que esos ojos no veían nada en absoluto. Tenía la mirada perdida, como dos pasas viejas ya sin vida ni brillo alguno, o como esos cristales sucios y viejos, demasiado… contaminados para reflejar cualquier cosa. Sus párpados no reaccionaron cuando los fríos dedos de Desmond le aplastaron la yugular para revisarle el pulso. De hecho, nada en él reaccionó ante nada, ni siquiera al temerario "hey" que Nami susurró en su oreja luego de sacudirle el hombro.

Nada. Pulso normal, reflejos muertos. Sus ojos no veían, sus oídos estaban sordos y su piel, seca, agrietada y maltratada, no sintió tampoco la suave cachetada que le soltó Desmond a espera de alguna respuesta.

Nami comenzó a impacientarse ante la falta de diálogo. Se levantó y por el rabillo de su ojo izquierdo detectó movimiento. Estrechó los párpados y agudizó la mirada; sólo el pasillo estaba iluminado apenas. Tras el ventanal que adornaba la pared, justo donde habían apoyado al hombre, descubrió que había un pequeño salón donde algo se movía con movimientos lentos. Se acercó un poco más al vidrio y de pronto vio a una mujer igual de calva que el otro tipo, con la misma indumentaria escasa. Nami jadeó pasmada, llevándose una mano a la boca de la impresión, sin necesitar llamar la atención de Desmond cuando entonces la mujer golpeó el cristal con su propio rostro. Su mejilla quedó aplastada en el cristal y de sus labios caía un hilillo de baba blanca. Tenía una expresión en el rostro tan idiota, tan perdida y enajenada, que Nami y Desmond sintieron ambos una punzada de terror y lástima en el pecho al descubrir que tras esos numerosos ventanales que decoraban el pasillo principal del laboratorio habían grupos de personas anidadas en estrechos salones lóbregos, privadas de libertad y de todo aquello que los hacía sentir humanos.

Descubrieron que aquel tipo, el que había caído en la entrada del laboratorio, probablemente escapó de una de aquellas habitaciones rompiendo –quién sabe cómo– el duro cristal que lo encerraba. La puerta de dicha estancia ostentaba una pequeña pizarra con una larga lista de indicaciones para proceder antes de ingresar –No perturbar al sujeto. Usar mascarilla antes de ingresar. No ingresar con objetos corto punzantes…–, junto a un historial de experimentación que Desmond se tomó el tiempo de revisar mientras Nami continuaba buscando algo que aún no tenía muy claro qué era, pero esperaba ver algo, cualquier cosa, que le hiciera saber que iba en el camino correcto.

La pista no tardó en aparecer.

Antes de que girara en el primer pasillo a la derecha, Desmond le hizo señas para que regresara, aunque él mismo se acercó a ella a medio camino. Le asió el brazo, se aseguró de que no hubiera nada que pudiera registrar su voz, y susurró en el oído de Nami:

—Es aquí —dijo—. Es aquí donde experimentan con el DH2. En cada uno de estos salones, prueban diferentes dosis y mezclas ligeramente distintas sobre estas personas. Pero ese… —Desmond tiró de su brazo hasta llevarla frente a la recámara donde antes estuvo el sujeto cuasi prófugo—, este tipo se ha llevado la peor parte. Los demás funcionaron como ratas de experimentación, y sólo cuando comprobaron la eficacia de la droga, utilizaron a este sujeto como única muestra definitiva. Tiene la fórmula completa, Nami.

Era poco lo que Nami sabía sobre ciencias y mucho menos en cuanto a experimentación, pero lo que decía Desmond le sonaba tan simple que resultaba aberrante, una verdadera locura.

—¿Quieres decir que ya ha pasado por todas las etapas del proyecto? ¿Es por eso que no puede vernos, ni oírnos, ni… —Nami sacudió la cabeza, perturbada—. Eso es horrible, Desmond.

Desmond asintió, sintiéndose del todo de acuerdo con ella. Y culpable, también. De alguna u otra forma, su insistencia por encontrar una cura a lo que partió llamándose como S.O.S –Síndrome Olfativo Severo–, sus innumerables fracasos boicoteados paradójicamente terminaron ayudando a perfeccionar aquella terrible droga. De no haberlo hecho, tal vez habrían demorado un poco más en lograrlo, y entonces, quizá, ese pobre sujeto aún tendría alguno de sus sentidos, algo que lo aferrara a su esencia como ser viviente.

—Si experimentan aquí con la droga, entonces estamos en el lugar correcto, ¿no? —apuntó Nami—. Probablemente la fórmula debe estar en algún––

La luz volvió de pronto y, en ese pasillo, los únicos que reaccionaron ante ello fueron Nami y Desmond. Los paneles de registro dactilar y los teclados numéricos junto a las puertas comenzaron a titilar rápidamente anunciando el inminente cierre de puertas.

Acostumbrada a las correrías contrarreloj, la navegante jaló la camisa del epidemiólogo para hacerle correr hacia una de las puertas que ponía –apenas alcanzó Desmond a leerlo sin darle tiempo para advertírselo a Nami– un símbolo de precaución por bajas temperaturas. Nami ingresó, tiró con más fuerza de Desmond, y la puerta metálica del congelador químico se cerró justo a tiempo, rozándole las ropas al epidemiólogo.

Una espesa nube de vapor escapó de sus labios. Sus pieles se quejaron bajo las ropas aún humedecidas por la intensa lluvia que caía afuera. Y aunque sus dientes no tardaron en castañear por gracia del frío, cuando la navegante alzó la vista y vio los numerosos contenedores y anaqueles, sus labios se curvaron en una amplia sonrisa.

—¡Bingo! —exclamó dichosa—. Seguro que aquí––

—Nami —le interrumpió Desmond.

Al contrario de ella, el epidemiólogo tenía los labios apretados y los ojos tan abiertos que por vez primera, pensó Nami, podía verle perfectamente las írises azules siempre medio ocultas tras el marco de sus párpados flojos. La miró de soslayo un momento, apuntando algo justo frente a ellos.

Nami frunció las cejas –la sonrisa aún bailándole en los labios– y siguió la dirección indicada con la mirada. No eran los anaqueles ni el arsenal de frascos pequeños atiborrados en pulcras alacenas, ni tampoco las cajas ni los contenedores que llenaban la amplia bodega. Era un Den Den Mushi. Sus pequeños ojos redondos estaban clavados en ellos.

La sonrisa de Nami tembló en sus labios.

—Mierda.


¡Hola gente bonita!
A mí ya debería darme vergüenza actualizar tan tarde, pero es que... andaba de vacaciones y me costó muchísimo retomar el hilo, lo admito. Pero con papel, lápiz, sudor y sangre (?) y con la ayuda de mi queridísima beta, MinaDeville, logré sacar esto a flote. Así que agradecimientos especiales para ella, quien de ahora en más se encargará de tirarme las orejas y de darme collejas cuando suelte dedazos e incoherencias.

Muchísimas gracias a todas(os) por leer, espero les haya gustado. Oh, y no hay Lawsie por hoy, porque... no cabía en el capítulo (de lo contrario esto habría sido eterno, lo hago por el bien de sus ojitos (?))

Reviews (si me faltó alguien, ya saben: collejas y tirones de oreja para mí):

Yanahira: Pero por supuesto que ya he pensado en el reencuentro, y te prometo por Law y sus tatuajes que será buenísimo :x

Guest 1: Tranquila querida Guest, escribo lento, publico lento, pero no dejaré las cosas así ni con simples besos. Comencé a escribir esto porque quería ver a Law y a Nami revolcándose en su mugre (vamos, lo que ustedes buscan, no se me hagan las damas primorosas), el problema es que se me complicó la historia xDD, pero ya vendrá, lo juro :D

Panthera Kira: Querida mía, ¡dos meses! ¡Perdóname! D:
Bueno, estás en lo cierto, Liam mencionó que el atrapar a Nami sería probablemente lo que haría Mary para obtener la sumisión de Law, pero... es difícil saber cuándo Liam miente y cuándo no, si es que no lo hace alguna vez. Bien que activó la alarma para aislar el lugar, y luego, al momento en que se disparó el gas, pareció querer sacarlos de allí, pero finalmente cuando se ven rodeados por los perros termina adoptando una postura más "evidente" (y lo pongo entre comillas porque a mi juicio Liam siempre parece estar ocultando algo xd). Pero vamos, que también estamos hablando de Law, no se quedaría de brazos cruzados sin antes arruinar aunque fuese un poquito los planes de Mary y compañía, ni tampoco se rendiría con tanta facilidad si no tuviese algo en mente (spoiler alert? jajaja)
El tópico romanticón… ¡NO! xD Me alegra que no lo estés esperando, porque no estará jajajaja. Pero sí, en el capítulo anterior casi no hubo interacción entre Nami y Law, y en este nada de nada, y probablemente no haya nada hasta un poco más adelante, hasta que vuelvan a reencontrarse. Pero te diré, estimada, que aunque no debería el reencuentro ya lo tengo escrito y me gusta mucho, y sé que también te gustará un mucho :D

Laura: ¡Me sonrojas, mujer! Muchas gracias por tus bonitas palabras n_n ¿Examen de filosofía? ¡Qué lindo! Espero te haya ido super :D. En cuanto a tu duda, la tendré muy en cuenta. Al momento de escribir este capítulo intenté describir físicamente un poco más a Desmond (aunque muy poco porque no encontré el contexto adecuado para hacerlo), pero seguiré haciéndolo para que logres tener una imagen algo más completa. Y respecto a tu pedido… pues ¡claro!, momentos picantes habrán, sólo necesito despejar el escenario y darles a estos dos algo de intimidad xD

joana: Nami se los cargará a todos, ya verás (?)

Guest 2: ¿Eres Guest 1? ;_;

Mimi: Liam nos jode a todas, ¡a mí también! Hace lo que le viene en gana D:

Con besitos babosos para todas,
Merle-chwaaaan!~

¡Nos leemos!