Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.

XXIII

Al abrir los ojos, tardó largos minutos en reconocer que aquello que observaba era su propio regazo; los pantalones moteados, la sudadera amarilla y su Jolly Roger. Los párpados le pesaban, y cada pestañeo parecía querer arrastrarlo nuevamente al sueño profundo, oscuro y silencioso.

Aunque sus sentidos aún eran presos del letargo, el dolor frío y agudo que le subía desde la pierna izquierda gatilló su memoria y activó rápidamente su cerebro que pocas veces perdía la consciencia. Pero no reaccionó; cerró los ojos y en cambio se concentró en sí mismo y su entorno. Movió los dedos de su pie derecho y luego los del izquierdo, comprobando que aunque aquella extremidad seguía entumecida por el dolor, los músculos ya respondían a su demanda. Sin embargo, había algo en su cuerpo, un peso abstracto y desagradable que succionaba sus energías de manera considerable. Conocía esa sensación. Sus brazos estaban atados tras su espalda, y le bastó mover un poco las muñecas y torcer los dedos para palpar el frío metal del kairouseki.

Su olfato no registraba nada, pero el escozor en su nariz y en su garganta había desaparecido, y a juzgar por el silencio a su alrededor supuso que no estaba en el lugar donde antes perdió el conocimiento. Pero aunque no se moviera, aunque no abriera los ojos ni oyera nada, sabía y estaba seguro de que no estaba solo. Sentía su persistente mirada clavada en él; cuya presencia no tardó en reconocer.

—Sé que estás despierto, Trafalgar —la voz grave y señorial era inconfundible—. Yo mismo acabo de facilitártelo.

Alzó la cabeza ignorando la queja de sus músculos, y abrió los ojos. Estaba en una habitación pequeña, sin ventanas y una única puerta metálica. Al igual que en los pasillos donde antes estuvo, la iluminación allí era precaria; una única luz rojiza iluminaba la estancia. Estaba todo tan pulcro que si hubiese tenido la capacidad de oler, el fuerte aroma de los antisépticos hubiera sido suficiente para hacerle saber el uso que se le daba dicho lugar. A su lado, la mesa de operaciones junto a una amplia encimera equipada con utensilios quirúrgicos de todo tipo no pasaron desapercibidos ante su vista.

—Tranquilo, este quirófano está reservado para operaciones más importantes que la tortura o la simple experimentación. No tengo intenciones de utilizar nada de lo que ves aquí en ti.

Volvió la atención hacia su acompañante, cruzando finalmente miradas con el hombre de pie frente a él.

—Señor Pávlov —sus labios se curvaron con soberbia—, cuánto tiempo sin verlo. Casi no lo reconozco sin su silla de ruedas.

Iván Pávlov, el viejo fisiólogo de la mansión de Baskerville, también sonrió. Miró el bastón que sostenía su peso y se encogió de hombros.

—Es bueno variar de vez en cuando —comentó—. ¿Qué te ha parecido nuestro sistema de seguridad? Apuesto que no lo viste venir.

Law no se molestó en responder. A pesar de lo poco que lo conocía, tras la breve pero crucial conversación que sostuvo con el viejo en los sótanos de su mansión momentos antes de que el lugar volara en pedazos, sabía que Pávlov tenía una extraña manía por hacer preguntas de apariencia inverosímiles.

—¿Qué tal te sientes? —indagó Pávlov mientras cogía un gordo manojo de papeles que descansaba sobre una de las encimeras—. ¿Sientes dolor? ¿Náuseas? ¿Dolor de cabeza? Es normal experimentar malestares neurológicos tras ingerir una dosis tan alta de la droga anestésica.

Pávlov era un hombre mayor, debía estar entre los setenta u ochenta años. Law sabía que el viejo no representaba un gran riesgo; el esfuerzo que hacía al moverse sobre la muleta delataba su desgaste físico. Probablemente un simple empujón o un suave puntapié al bastón sería suficiente para derribarlo, y luego sería cuestión de imaginación el cómo acabaría con su vida; considerando su frágil estructura ósea y su ausencia de musculatura, no sería tarea compleja conseguirlo.

Pero Law no tenía intenciones de asesinarlo o herirlo, ni levemente ni de gravedad. No todavía.

—¿Y bien? —el fisiólogo alzó la mirada, acomodándose los anteojos—. Necesito que me respondas, es por tu bien. Según lo que aquí veo —sacudió los papeles en su mano—, la procaína no debió causar problemas en tu organismo, pero necesito asegurarme de que––

—¿Qué son esos documentos?

Pávlov tenía ojos fríos y astutos. Tal vez no era ni por asomo más fuerte que el cirujano, pero su expresión austera y la torcida mueca por sonrisa que se dibujó en sus labios suscitaba en cualquiera un inevitable sentimiento de recelo y aprensión.

—¿Esto? —el tono de su voz tomó un matiz de autosuficiencia—. ¿Cómo te lo explico? Pues…

—¿Es mi historial médico? —sospechó Law, comenzando a fastidiarle la cantidad de información que esa gente poseía sobre él.

—Oh, es mucho más que eso —Pávlov dejó el bastón a un lado para sentarse en la única silla frente al capitán—. Esto, Trafalgar —con deliberada calma hojeó los papeles archivados—, es tu vida.

—No sabes nada sobre mí —su respuesta fue automática.

—¿Eso crees? —Pávlov soltó una risa seca, presuntuosa. Volvió a examinar los documentos hasta detenerse en una página en especial—. Veamos: Trafalgar Law, originario del North Blue, 25 años. Shichibukai y capitán de los Piratas Heart desde hace––

—Esa información no es difícil de conseguir.

—Muy bien —asintió el viejo, entrelazando sus dedos huesudos frente a su rostro mientras leía—. Entonces, qué te parece esto: sé que eres un cirujano, aunque nunca te graduaste como tal. Llevas más de diez años familiarizado con la piratería, pero… Vaya, esto es curioso —musitó con falso desconcierto—. El año en el cual te hiciste al mar no concuerda con el año en que creaste la tripulación de los piratas Heart, ¿por qué...? Oh, aquí está. Fuiste uno de los hombres más fieles bajo el mando de––

—Suficiente —le interrumpió Law, alterado, aunque poco dejaba entrever de ello tras su expresión dura—. ¿Cómo obtuviste esa información?

—La obtuve —se encogió de hombros—. Sólo estoy leyendo lo que me parece más interesante. Tu vida como infante no posee demasiada relevancia, aunque debo admitir que hay algunas fotografías muy conmovedoras. Tienes los ojos de tu madre, ¿te lo han dicho antes?

Law presionó con tal fuerza sus puños que el tronar de sus huesos reverberó en el quirófano e hizo dar un respingo cauteloso a Pávlov. Rompió el contacto visual con el viejo y respiró profundo para serenarse.

No esperaba que supieran tanto. Poseían información que, probablemente, ni la Marina poseía. O tal vez sí. Los peces gordos, los inamovibles del Gobierno Mundial, aquellos que durante años llevaban haciendo el trabajo sucio desde el lado de la Justicia, con un pie aquí y otro allá sin elevar sospechas.

Necesitaba mantener la calma. Debía esperar, observar, evaluar, y luego, sólo entonces…

Alguien golpeó suavemente la puerta del quirófano y, antes de que Pávlov concediera el ingreso, Julia asomó la cabeza antes de entrar.

—Señor Pávlov —habló la joven—. El señor Miller dice que––

—Buenos días, señorita Montag —la interrumpió el viejo, sin molestarse en ocultar la mueca burlesca cuando Julia agachó la cabeza con gesto avergonzado—. ¿La mala educación es acaso un rasgo común en su familia?

—N-No, señor… Lo siento mucho —se retorció los dedos en su regazo, dirigiéndole a Law apenas una mirada furtiva—. El señor Miller informa que el suministro de energía será restablecido dentro de los próximos minutos, por lo que nuestra señora––

—¿Jacob ha vuelto?

—Esta mañana, señor —afirmó Julia—. Nuestra señora ha autorizado el traslado del señor Trafalgar a las celdas subterráneas.

Pávlov asintió y sin cuestionar las órdenes de quien indudablemente ocupaba un puesto jerárquico más alto que el suyo, cerró el archivador en tanto se levantaba con ayuda del bastón antes de indicarle a Julia con un escueto gesto que procediera a hacer lo que debía. La joven volvió a abrir la puerta y, sin mediar palabra alguna, ordenó a un par de hombres uniformados liberar al cirujano de la silla donde permanecía inmovilizado.

La jovencita de cabellos castaños –a quien Law no podría darle apenas más de veinte años de edad–, volvió a dirigirle una mirada irresoluta, incapaz de sostener ni por un segundo la pétrea del capitán. A juzgar por su carácter totalmente sumiso, y por el obvio respeto que guardaba hacia Ivan Pávlov, Julia no debía de tener un cargo demasiado alto en el proyecto Dharma. Tal vez ni siquiera poseía uno. Sin embargo, Law no pasó por alto el hecho de que la joven mantenía contacto directo con los cabecillas. A través de ella, parecía ser que las órdenes de Mary Strauss eran acatadas por los demás sin cuestionamientos.

Uno de los hombres se encargó de liberar sus muñecas –aunque el kairouseki permaneció en torno a ellas– mientras el otro mantenía el arma firmemente apuntándole la frente. Una vez estuvo de pie, sus manos volvieron a estar atadas tras su espalda, y luego el rifle pasó a ser recargado contra su nuca.

Law resopló. Si bien no pretendía escapar ni atacar a nadie, el muy poco gentil empujón que uno de los uniformados le dio en el hombro no le simpatizó en lo absoluto. Aun cuando su pierna izquierda seguía hormigueándole oleadas de dolor al pisar, se mantuvo firme en su lugar.

—Señor Pávlov —se dirigió al mayor, quien alzó una ceja en señal de atención—. ¿Dónde están Nami y Desmond?

—Eso deberías saberlo tú, ¿no crees? —bufó Pávlov—. Una vez el suministro eléctrico esté de vuelta, no tardaremos en encontrarlos. Pero descuida, si cooperas con nosotros, te prometo y aseguro que estarán bien. Es todo lo que puedo decirte por ahora.

Con la misma facilidad con la que Law podía descubrir la verdad oculta tras las palabras de Pávlov, no le fue difícil reconocer que aquello último no era una mentira. Contrario a Liam, y por mucha astucia que tuviera, el viejo fisiólogo no era precisamente un buen mentiroso: el sarcasmo evidenciaba sus disimulos, y la seriedad en él no era prueba sino de honestidad.

Aunque nada en su rostro pudo delatarlo, Law experimentó alivio y un ligero sentimiento de prematura victoria. Al menos, de momento, sus planes seguían el curso correcto.

—Nuestra señora pronto deseará tener una muy importante conversación contigo —continuó Pávlov—, así que, por favor, no nos hagas perder más el tiempo en nimiedades.

Ambos uniformados a su lado tomaron sus brazos y sin necesidad de mayor coacción, Law avanzó a través del quirófano hacia la única puerta donde Julia los esperaba para guiarlos. No obstante apenas alcanzó a dar dos pasos cuando la luz que escaseaba en los rincones y pasillos de pronto se hizo presente junto a un suave resuello eléctrico.

Cegado por un breve instante ante la fosforescencia de los tubos luminosos, Law parpadeó un par de veces al igual que ambos uniformados a su lado, Julia y Pávlov. Y tan rápido como su visión consiguió adaptarse, pudo ver con claridad la expresión alarmada de Pávlov.

Por un momento no entendió el cambio en su semblante, pero le bastó echar un vistazo a su alrededor para hacerse una vaga idea sobre sus motivos. En una de las paredes del quirófano, donde antes el cirujano no pudo distinguir nada en absoluto debido a la oscuridad, ahora, gracias al retorno del suministro eléctrico, relucían numerosas imágenes en placas luminosas.

Radiografías de tórax. Costillas, clavículas, pulmones y corazones; huesos y órganos que Law conocía como la palma de su mano. Y ante los ojos ilustrados del cirujano, la peculiar anomalía en aquel órgano cardiaco que tan bien conocía no hizo más que pinchar su curiosidad.

El estupor en Pávlov y los demás no duró más de unos segundos. Para cuando reaccionó, los otros también lo hicieron, y antes de que Law pudiera observar un poco más, rápidamente uno de los hombres le cubrió la cabeza con una bolsa de lona, sumiéndolo de nueva cuenta en la oscuridad artificial.

Mientras era arrastrado fuera del quirófano, escuchó a Pávlov increpar a Julia en voz baja, entre dientes, su voz severa, furiosa y prepotente, pero entonces Law tenía cosas más importantes a las cuales prestar atención.


Desmond se hubiese golpeado la frente contra la pared y soltado un grito exasperado mientras se arrancaba los cabellos de no haber sido porque su cuerpo estaba tan paralizado. El fabuloso truco de ilusionismo que la navegante había creado seguía en pie, pero el portazo y el insensato grito de júbilo que había soltado acababan de arrojar por la borda la perfección del mismo.

A su lado, Nami se había quedado tan inmovilizada como él. Abrió la boca trémulamente y el vaho que escapó de sus labios fríos, así como su voz, no fue incorpóreo como su cuerpo. Le cubrió la boca con movimientos lentos para no espantarla, temiendo alguna reacción exagerada de su parte, y con pasos aún más sigilosos que antes, condujo a la navegante tras una de las alacenas donde el Den Den Mushi –cuyos ojos suspicaces siguieron clavados en la puerta– no podría descubrirlos.

Nami se dejó caer contra la pared hasta quedar sentada en el piso, apoyó los codos sobre sus rodillas alzadas y hundió su rostro con pesar entre sus manos.

—Lo siento, soy una idiota —murmuró en un tono tan bajo que si Desmond no se hubiera acuclillado a su lado, nunca le hubiese escuchado.

—Probablemente el Den Den Mushi sólo detecto una anomalía —susurró, buscando confortarla—, de lo contrario ya habrían activado alguna alarma o algo por el estilo.

—¿Crees que no me ha escuchado? —Nami descubrió su rostro tras sus manos e hizo un mohín, sabiendo que aquella era una pregunta un tanto ridícula.

Desmond bufó, burlesco.

—Tendría que estar sordo para no haberte escuchado, si no pregúntaselo a mis pobres tímpanos —bromeó, frotándose los oídos—. Seguro que te escuchó, pero como visualmente no pudo registrar nada, aún no ha dado la alerta o… ¿qué sé yo?, no tengo idea sobre el funcionamiento de esas cosas.

El epidemiólogo observó a través de los anaqueles, comprobando que el Den Den Mushi seguía con su atención centrada en la única puerta metálica. A pesar de encontrarse aquella estancia siete plantas más arriba de la superficie, no contaba con ninguna ventana ni apertura salvo los conductos de evaporación al tratarse de una cámara de refrigeración química y farmacéutica. Tras una detallada pesquisa visual, tomó nota de las numerosas alacenas afiladas lado a lado y las probetas y recipientes que resguardaban, las cajas selladas con cinta adhesiva, apiladas al fondo de la bodega, que advertían contener material extremadamente frágil o inflamable, y también, por supuesto, del termostato junto a la puerta que marcaba los doce grados bajo cero.

El suave castañear de los dientes de Nami le hizo volver su atención sobre ella y ser consciente también de la tensión en sus propios músculos producto de la violenta baja de temperatura. Sus ropas estaban húmedas de lluvia y sudor, lo cual era un pésimo augurio en aquel contexto.

Volvió a sentarse junto a la navegante y frotó uno de sus brazos desnudos.

—Tengo una mala y una buena noticia —dijo—. Bueno, dos… no, tres malas noticias y una buena.

—Vaya, qué alentador —musitó Nami, intentando controlar los temblores inconscientes de su cuerpo—. ¿Cuáles son las malas?

—Primero: si nos quedamos aquí, dentro de dos horas comenzaremos a sufrir de hipotermia, dentro de cuatro estaremos dormidos y dentro de seis ya ni te cuento. Segundo: la fórmula del DH2 no está aquí.

—¿Qué? —la navegante frunció las cejas, alzando finalmente la cabeza para mirarlo—. ¿Por qué dices eso? Ni siquiera hemos buscado aún.

—Porque esta bodega sólo conserva químicos de tipo farmacéutico. Drogas como estas —cogió uno de los frascos para enfatizar, sacudiéndolo frente a su rostro— no son más que estimulantes o analgésicos para aumentar o disminuir el efecto de la sustancia principal. Es lo que quise decirte antes, pero eso ya no tiene importancia.

Nami lo miró desbaratada antes de pasear la mirada a través de la amplia estancia, sobre cada uno de aquellos recipientes ahora inútiles.

¿Bingo? Sí, claro.

Gruñó por lo bajo, hundiendo otra vez la cabeza entre sus brazos.

—¿Cuál es la tercera mala noticia? —farfulló, comenzando a odiar por primera vez sus bonitos tacones de dedos descubiertos, sus pantalones cortos y la camiseta de finos pabilos que poca y nada porción de piel cubrían del frío.

—La tercera tiene que ver con la fantástica buena noticia —Desmond volvió a frotarle el brazo con mayor apremio para tener su atención—. ¿Ves eso de allí?

La navegante nuevamente alzó la cabeza, aunque apenas descubrió sus ojos manteniendo nariz y boca oculta tras sus brazos, para mirar lo que el castaño indicaba.

—Un conducto de aire —sus ojos pardos chispearon ante la idea—. Podemos escapar por ahí.

Antes de que se ilusionara demasiado, Desmond continuó con la parte negativa del asunto:

—Así es. Para eso tendremos que quitar el Den Den Mushi o simplemente exponernos.

Nami trazó un plan rápida y mentalmente para evitar aquello, pero aunque mantuviera activo el Mirage Tempo, el molesto Den Den Mushi registraría cualquier movimiento y ruido que realizaran sobre todo objeto presente en la recámara.

—Y entonces definitivamente nos descubrirán —bufó, repentinamente malhumorada—. Tu buena noticia no tiene nada de fantástica, Desmond.

—¿Acaso ves otra salida? No tenemos otra opción más que arriesgarnos —razonó el epidemiólogo, levantándose y llevándose consigo a Nami, ignorando su prominente ceño fruncido—. Además, creo haberte mencionado que no soporto los lugares encerrados. Te aseguro que no quieres ver lo loco que me vuelvo cuando sufro de claustrofobia; en cualquier momento comienzo a reptar por las paredes mientras escupo espuma por la boca.

Nami había presionado los puños para soltarse de su agarre con un buen golpe de los suyos, pero luego de verle hacer una mueca exagerada gesticulando lo que decía, las esquinas de sus labios traicionaron su enfado y con ello su breve pesimismo se esfumó en un segundo.

—No, estoy segura de que no quiero ver eso —sonrió y desvaneció la ilusión del Mirage Tempo; activo o no, igualmente serían descubiertos.

—Ese es el espíritu —Desmond le desordenó el flequillo, risueño—. Entonces, ¿quitamos ese caracol de mierda o lo dejamos y nos fugamos frente a sus narices?

Nami se mordió el pulgar con gesto pensativo, sopesando brevemente las ventajas y desventajas de aquellas únicas dos opciones antes de arriesgarse por la más acertada.

—Lo quitamos. El tiempo que tarden en descubrir que algo va mal con el Den Den Mushi será más que suficiente para nosotros. ¿Puedes ponerlo a dormir con una de esas raras agujas tuyas?

Desmond asintió y buscó en el bolsillo de su camisa la inofensiva cajita metálica donde guardaba sus cigarrillos. Abrió la tapa del recubierto aterciopelado en su interior y cogió sólo una de las agujas impregnadas en sedante. Sin necesidad de que Nami dijera más, el epidemiólogo arrojó la pequeña agujilla con la fuerza suficiente para clavársela al caracol cuidando de no matarlo en el proceso; el pobre bicho no tenía la culpa de estar donde estaba. Así que, una vez hecho el trabajo, rápidamente salieron de su escondite.

Al tratarse de una bodega de refrigeración química, el techo donde se encontraba el único conducto de aire estaba al menos a cuatro metros desde el nivel del suelo, y aunque Desmond alcanzaba los seis pies de altura, Nami por el contrario apenas superaba los cinco.

—¿Qué tal si movemos esas cajas, te montas arriba y luego me cargas para quitar la rejilla?

—No creo que sea una buena idea —opinó Desmond—. ¿No ves el sello en esas cajas? Lo que sea que contengan es frágil e inflamable, lo cual significa que si entran en contacto unos con otros, es muy probable que terminemos provocando una reacción química peligrosa.

La navegante rodó los ojos, poniéndose en marcha hacia las mentadas cajas.

—Dijiste que no teníamos más opción que arriesgarnos, ¿no? Esta es la única alternativa que tenemos.

—Eso no significa que debamos arrojar nuestras vidas a la suerte, Nami —refunfuñó el castaño.

—Vamos, no me seas gallina y ayúdame con esto —arrastró una de las cajas, aunque lo hizo con cuidado al escuchar pequeños frascos golpearse en su interior—. Por lo demás, no me importaría demasiado hacer estallar todo esto accidentalmente… Este lugar me pone los nervios de punta.

Tal vez el epidemiólogo encontró algo de razón en ese último comentario murmurado en voz baja, porque aunque resopló con reticencia al verle ir por la segunda caja tras ubicar la primera justo bajo el conducto de aire, no tardó en ayudarle a cargar con la siguiente.

No hicieron falta más de tres cajas para que Nami alcanzara la rejilla que sellaba el conducto de aire tras montarse sobre los hombros del epidemiólogo.

—¿Ya lo tienes?

—Recién voy por el primer tornillo, Desmond —la pequeña horquilla de cabello volvía a ser su más fiel salvadora—. Sólo quédate quieto y déjame esto a mí.

—…Es muy fácil decirlo cuando no eres tú quien está de pie sobre un montón de químicos peligrosos mientras cargas a otra persona.

—¿Qué estás insinuando? —el tornillo cayó, y aunque el siguiente fue tan fácil de quitar como el primero, el tercero no cedió hasta aplicar sobre el casquillo un poco más de fuerza.

—¡Woah, no hagas eso! —Desmond tambaleó y Nami le jaló el cabello para estabilizarse—. ¡¿Y eso por qué?! No quise decir que estuvieras gorda, sino que––

—Maldición, éste está apretado… ¿Por qué siempre el último está apretado?

—¿Ya está?

—Un poco más.

—Se me están durmiendo los hombros.

—¿Es posible eso?

—Necesito a Law. Me está doliendo la espalda.

—¿Quieres que Law te de un masaje? —preguntó con cierta burla, aunque estaba más concentrada en quitar el tornillo que en atender a las quejas de Desmond—. Seguro que se le da muy bien.

—Pues eso tú debes saberlo mejor que yo.

La respuesta de Nami llegó más tarde de lo que el castaño esperó, haciéndose notar con un deliberado tirón de pelo y, además, sobresaltándolo con el ruido estrepitoso que provocó la compuerta metálica al golpear el suelo.

—¡¿Era necesario arrojarla?!

—¡Shhh! —siseó Nami, clavando sus ojos en la puerta metálica—. ¿Escuchaste eso?

—¿Estás bromeando? ¡Obvio que lo escuché! Si aún no han descubierto que el Den Den Mushi no funciona, cuando colapse una de estas cajas te aseguro que el ruido––

—¡Desmond!

—Y ni hablar de cómo nos dolerá el culo cuando caigamos y––

La navegante le cubrió la boca, importándole poco el estar prácticamente asfixiándolo. Pero entonces, tras protestar un poco más contra su palma, Desmond también lo escuchó.

Voces. Conversaciones amortiguadas, más no silenciosas justo afuera de la bodega. Si bien el suministro eléctrico había vuelto a la normalidad hace unos minutos, ni de lejos era el tiempo suficiente para que el personal del laboratorio volviera a sus puestos de trabajo.

Lo que ambos temieron se concretó al oír el reconocible rumor electrónico que emitía el teclado numérico ubicado del otro lado de la puerta; la clave de ingreso, cuya serie de números Nami y Desmond desconocían, estaba siendo ingresada.

—¿Cómo es que…?

—Sube, ¡rápido!

Nami creyó que sería imposible ser descubiertos tan pronto, pero estaba equivocada. Antes de que terminara de expresar su desconcierto, Desmond la impulsó hacia arriba y Nami necesitó sólo un poco de fuerza propia para subir al conducto de aire, donde el espacio era tan estrecho que apenas podría deslizarse a gatas sin golpearse la cabeza.

Giró sobre sí misma con manos y rodillas, agradeciendo vagamente sus pequeñas proporciones, y al volver hacia la apertura del conducto en plan de ayudar aunque fuese un poco a subir a Desmond, la rejilla que hace menos de un minuto había quitado estaba de vuelta en su lugar.

Parpadeó numerosas veces, confundida. A través del enrejado metálico de la compuerta, Desmond le dedicó una única mirada. Y Nami no reaccionó hasta que el epidemiólogo comenzó a sellar nuevamente la única vía de escape.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —siseó y golpeó la rejilla, pero el castaño la mantuvo firme en su lugar desde el otro lado.

—Tienes que salir de aquí, Nami —su voz pareció tranquila, pero el temblor en sus manos delataba su turbación—. Intentaré distraerlos y luego––

—¡No! —Nami se negó a escucharlo—. ¡Sube aquí ahora mismo!

—Si nos encuentran a ambos aquí, nada de esto habrá tenido sentido. Tienen que encontrar a alguien, o de otro modo sabrán que hemos escapado —explicó, deteniéndose un breve instante para mirarla a los ojos—. Lo entiendes, ¿verdad?

Nami volvió a parpadear, pero esta vez porque un angustiante nudo se cerró en su garganta al descubrir que Desmond hablaba en serio. Lo entendía; lo entendía y era indiscutiblemente lógico, pero todo lo terrible que significaba el abandonarlo allí, en ese lugar, estaba fuera de toda lógica.

Quiso decir algo, argumentar cualquier cosa para hacerle cambiar de opinión por muy arriesgado que fuera, pero la puerta emitió un chasquido al ser finalmente desbloqueada.

—Si el DH2 está en este lugar, tiene que estar en este nivel —susurró Desmond—. Probablemente estará protegido por un sistema de alta seguridad, por lo que tendrás que tener mucho cuidado.

—No puedo… —su voz se quebró—. No puedo hacerlo sola…

—Sí puedes, pequeña. Yo sé que puedes.

Y entonces la puerta se abrió estrepitosamente.

Desde su posición Nami no podía ver más que la coronilla de Desmond, pero a juzgar por la cantidad de pasos que escuchó, pudo adivinar que se trataba de un grupo numeroso. Escuchó el ruido del seguro de las armas, y cuando vio sobre el epidemiólogo una sarta de luces rojas apuntándole el rostro, tuvo que cubrirse la boca para acallar sus sollozos. Ni siquiera notó en qué momento se había puesto a llorar.

—Vaya, vaya… —Nami fue incapaz de reconocer esa voz—. Miren a quién tenemos aquí, ¿no es acaso nuestro queridísimo doctor Strauss?

—Tú… —la voz de Desmond tembló.

—Yo —dijo el otro, burlesco—. ¿Pretendías escapar por el conducto de aire? Lamento haberte descubierto con las manos en la masa.

La ausencia de respuesta por parte de Desmond no hizo más que preocupar a la navegante. Estaba tenso. Demasiado tenso.

—¿Qué sucede? ¿El gato te comió la lengua? Oh, hablando de gatos. ¿Dónde está la pequeña gata ladrona que iba contigo?

—N-No lo sé —Desmond carraspeó, buscando recomponerse—. Nos separamos luego de perder a Law. He intentado encontrarla, pero me temo que––

—Strauss, Strauss… —le interrumpió—. ¿En serio crees que escucharé alguna de tus palabras luego de lo ocurrido entre nosotros?

Desmond tardó en responder.

—Escucha… —su voz sonó aún más compungida—. Lo que ocurrió en el campamento… Y-Yo no quería… Fue un accidente, Jacob.

Jacob, Jacob Miller. El campamento. Los cuerpos cercenados por Law, los tiros de Desmond… Mildred, la mujer de Jacob.

Los ojos de Nami se abrieron desmesuradamente. Lo recordaba. Y el recuerdo le hizo entrar en pánico por el bienestar de Desmond.

La respuesta de Jacob fue instantánea. En menos de un segundo estuvo frente al epidemiólogo, lo cogió de la camisa para bajarlo de un tirón de las cajas, y sin darle tiempo para estabilizarse le estampó un seco puñetazo en el rostro que hizo trizas el tabique de su nariz.

Desmond cayó sobre las cajas; los químicos de los cuales tanto temía se destrozaron bajo su peso.


Yo no sé cómo lo hago, pero hasta a mí me empelota dejar los capítulos como los dejo xd
Mis estimadas contertulias y contertulios escasos, ya no prometeré más que tardaré menos con los siguientes capítulos, porque entre la universidad y el trabajo, no tengo vida más que para comer y dormir; me estoy volviendo mono. Pero escribo... lento, muy lento, pero ni aunque me corten un dedo dejo de hacerlo. Así que no os preocupéis.

Este capítulo, así como el anterior, fue beteado por MinaDeville. Mucho amor para ella *la apachurra like a bear*

Reviews:

Panthera Kira: ¡Oh!, pues un mitómano es una persona que padece de mitomanía, en otras palabras, que miente de manera patológica y compulsiva. Claro, es una exageración por parte de Desmond (aunque, quién sabe, tal vez Liam realmente está enfermo de mentiroso *hmm*). En cuanto a anaquel, no es más que una estantería o una alacena, es exactamente lo mismo, pero ya había usado tanto las otras dos palabras que necesitaba una tercera, jajaja.

Yanahira: Hasta en las situaciones más desfavorables nuestro adorado cirujano siempre tiene todo bajo control, así que no pierdas la fe en él, ¿eh? Oh, bueno, el reencuentro ahora está más cerca de lo que creí, así que no tendrás que esperar tanto :D

Laura: Mi ya-no-tan-nueva-lectora, las palomas de Nami tienen mucha utilidad si las utilizas con ingenio (?). Lamento tardar tanto, entiendo eso de que se pierde la emoción porque también sigo fics y a veces se me olvidan algunos detalles cuando pasa mucho tiempo... pero el deber me llama. Aunque si me tienes un poquito más de paciencia, te lo recompensaré con un buen momentazos de esos que esperas :x

SuperLaw: Linda, ¿qué te ocurrió? ¿Por qué estás hospitalizada? Espero que estés mejor, ¡te envío un abrazo bien apretado! ¿Sabes? Te haré un regalito. Quería comentarlo en el capítulo anterior pero... lo olvidé, así que te lo comentaré a ti porque es a ti a quien concierne. Como fuiste el review número 300, te regalaré un one-shot con los personajes que quieras, en el contexto que quieras, y todo como quieras. Sólo dame la pauta y ya está :3

Con besos somnolientos,
Merle n_n