Disclaimer: One Piece y sus personajes pertenecen a Eiichiro Oda.
XXIV
-Corazonadas-
Cuando fue confinado en una celda maltrecha, y luego de quitarle la capucha que cubría su cabeza, Law experimentó una especie de déjà vu.
Era una habitación que, probablemente, nunca tuvo otro uso más que el de resguardar prisioneros. La ausencia de luz natural, la huella de viejos arañazos en las paredes mohosas y el putrefacto urinario como único ornamento eran prueba de ello. Pero no fueron esos detalles los cuales trajeron a su memoria aquella estrecha habitación del asilo de Marlett donde, algún tiempo atrás, terminó siendo encarcelado junto a Nami, sino la fuerte sensación de encontrarse empapado por agua marina.
El techo, el suelo, los barrotes y los muros estaban recubiertos por kairouseki. Y aunque no era una cantidad suficiente para inmovilizarlo, limitaba considerablemente sus energías.
Absorto en sus pensamientos, las palabras de Iván Pávlov resonaban una y otra vez en su cabeza. De acuerdo a lo que Liam Montag había mencionado antes, los altos mandos de Brigadoon y quienes formaban parte del proyecto Dharma mantuvieron una estrecha relación con el Gobierno Mundial en el pasado. Pero tras convertirse en Shichibukai, Law sabía que la información confidencial que el Gobierno y la Marina poseían era limitada; al menos la información confidencial de conocimiento estrechamente pública entre un pequeño grupo selecto que Law no tardó demasiado en conocer tras aliarse con ellos.
Pero su pasado no existía en ningún tipo de informe confidencial ni público. No debería existir sino en aquellos que formaron parte de él y en sus propios recuerdos.
Sus recuerdos… Esas memorias desterradas que, hasta hace unos días, Law no hubiese evocado por voluntad propia.
Mary Strauss había escarbado en su cabeza hace ya algo más de un mes gracias a la desagradable habilidad que le concedía su Fruta del Diablo; era más que probable que ella sacaría provecho de ello.
Pero también existía otra probabilidad, una que perturbaba a Law de tantas formas que, aunque odiara admitirlo, le impedía mantener del todo la calma.
Frunció las cejas y recargó los brazos sobre sus rodillas alzadas.
Mary Strauss y los suyos habían perdido el apoyo del Gobierno Mundial, pero seguían trabajando desde las sombras sin ningún tipo de restricción y Brigadoon aún era un continente curiosamente desconocido para el mundo. Cosas como esas sólo eran posibles cuando se contaba con la protección secreta de algún poderoso poseedor de una faceta pública de alta reputación: un almirante, un noble, un Tenryuubito.
…O alguien del bajo mundo, respetado e inamovible.
Resopló y recargó la cabeza contra la pared. Sólo entonces fue consciente de la presencia de Julia tras los barrotes.
La joven de cabellos castaños y gafas de pasta gruesa era su único visitante. Desde que fue encerrado en esa sucia habitación, ya era la cuarta vez que Julia lo hacía. Y a juzgar por el nuevo platillo y el vaso de agua que ahora llevaba entre sus manos, Law supuso que habían transcurrido bastantes horas desde su última visita.
En cuanto el cirujano clavó sus ojos en ella, Julia bajó la mirada y posó su atención sobre los utensilios abandonados que ella misma había dejado ahí, justo donde estaban ahora.
Frunció los labios, preocupada por el bienestar del capitán. Al igual que el plato anterior que ahora descansaba intacto en el piso, el anterior y el anterior a ese habían sido desperdiciados del mismo modo.
—Hum… ¿Señor Trafalgar?
Julia, hasta entonces, no había dicho nunca una palabra, ni tampoco Law había buscado sacárselas.
—¿Se encuentra bien?
Su pregunta fue tan idiota que Law siquiera se molestó en mover un músculo de su rostro. Sin embargo, aunque a la joven le hubiese gustado obtener una respuesta, no pareció realmente esperar por una.
—Usted es un doctor… ¿no es así? —continuó con su vocecilla de campanillas—. La droga que paralizó su pierna tiene un efecto secundario muy grave: deshidratación. Debe tener la cabeza adolorida y la garganta irritada… si no come ni bebe algo pronto, comenzará a alucinar. Lo sabe, ¿verdad? No es necesario fatigarse más de lo necesario; ya tiene suficiente con el kairouseki. Así que, por favor, ¿por qué no come algo y––
—No te desgastes —le interrumpió Law—. No necesito tu preocupación.
Julia hizo un mohín y luego alzó la mirada, sorprendiendo ligeramente al capitán al notar en su expresión un rastro de molestia.
—Sólo obedezco órdenes, señor —cogió un manojo de llaves y abrió la puerta de la celda. Tomó el platillo descartado y lo reemplazó por el nuevo—. Si usted no come, es a mí a quien regañan más tarde.
—Realmente puedes hablar cuando estás del otro lado de los barrotes —murmuró el capitán, prestándole poca atención.
La joven volvió a cerrar la puerta bajo llave y resopló, observándolo tras sus gafas. Su semblante seguía siendo tímido, pero tal como había dicho Law, era muy fácil abandonar el temor cuando el peligro está entre rejas.
—Permítame quitarle los grilletes —dijo entonces Julia, rebuscando nuevamente por una llave distinta entre el manojo—. No tiene sentido que aún los lleve allí adentro.
Law vagamente recordó haber escuchado aquello. Tal vez Julia sí había hablado antes en alguna de sus otras visitas, pero Law estaba tan liado en sus pensamientos y tan poco interesado en lo que una jovencita de ojos asustadizos quisiera decir, que la había ignorado del todo.
—¿Estás segura de eso? —replicó, sin ánimos de levantarse—. No me parece una buena idea considerando que––
—Sólo obedezco órdenes, señor —repitió y esta vez fue ella quien lo interrumpió—. Pero si desea permanecer con los grilletes, es asunto suyo.
Julia dijo aquello, pero la manera en que ladeó la cabeza y frunció los labios hacía parecer sus palabras más honestas que autómatas como intentaba aparentar. Sus ojos claros, aunque ocultos tras las gafas, eran tan castos que Law nuevamente no lograba entender el lugar que ocupaba ella en todo aquello.
Probablemente lo de obedecer órdenes era cierto, después de todo la habitación estaba fuertemente vigilada por cuatro Den Den Mushis uno en cada arista de la celda. Pero aún cuando Julia lucía como una chiquilla incapaz de matar una mosca, seguía formando parte de aquel sórdido juego.
Al cabo de unos segundos donde sorprendentemente Julia no rompió el contacto visual como lo haría otras veces, Law resopló y se levantó haciendo caso omiso del crujir de sus huesos anestesiados por la ausencia de movimiento.
Se acercó a los barrotes y al cabo de unos segundos, alzó ligeramente sus brazos para facilitarle el trabajo. Observó con atención los movimientos de la joven, descubriendo que sus dedos nerviosos sabían perfectamente cuál de todo aquel manojo de llaves era la indicada.
Cuando la llave giró efectivamente sobre el cerrojo del primer grillete, Julia detuvo sus movimientos con inseguridad, alzando su mirada ansiosa un instante, a espera de que el capitán hiciera algo.
Pero no lo hizo. Law permaneció allí, observándola casi con desinterés.
Julia volvió a morderse los labios, tomó el segundo grillete y en cuanto la llave giró y el metal cedió sobre las muñecas del cirujano, rápidamente una mano tatuada se aferró a uno de sus brazos delgados y jaló con fuerza; Julia no alcanzó a reaccionar hasta que su cuerpo golpeó los barrotes y otra mano le cubrió la boca.
Sus enormes ojos azules lo miraron con terror tras los anteojos.
—¿De quién son las radiografías? —la repentina pregunta por parte del capitán provocó que sus ojos se ampliaran todavía más sobre sus cuencas y que el brazo que aferraba –tal vez con demasiada fuerza– temblara bajo su agarre.
Julia parpadeó y negó con la cabeza, pero todo en su lenguaje corporal indicaba lo contrario y Law podía leer a través de ella con demasiada facilidad.
—Eran radiografías de un corazón que pertenece a una mujer de aproximadamente treinta años o menos. Y quienquiera que sea, tiene una insuficiencia cardiaca derecha muy importante —continuó, deleitándose en las expresiones de la joven que no hacían más que confirmar sus especulaciones—. Curiosamente, resulta que soy un cirujano especializado en corazones. Así que dime, señorita Julia, ¿a quién vine a operar?
Law sabía que había dado en el clavo; lo supo desde el momento en que Iváv Pávlov entró en pánico en cuanto la energía retornó y los paneles fueron iluminados, así como también en la imperiosa necesidad por ocultarlo.
Sin embargo, y aunque sabía también que los Den Den Mushi no tardarían en delatarlo, bufó decepcionado y liberó a la joven en cuanto las puertas tras ella se abrieron de golpe y un par de hombres armados lo apuntaron con sus armas.
—¡Señorita Montag, ¿se encuentra bien?!
Los labios de Julia aún temblaban, al igual que la mano que alzó para frotarse el brazo.
—S-sí… —asintió tras un momento, sin romper el contacto visual con el capitán—. Estoy bien. No es lo que––
El repicar de los tacones contra el concreto interrumpió las palabras de Julia y si antes parecía aterrada, su semblante cambió al instante y entró en un palpable estado de alerta. Le dedicó una última mirada a Law, parpadeó rápidamente en busca de la calma y se giró justo en el momento en que los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Los hombres armados tomaron su lugar junto al marco y cuando la cuarta persona ingresó, el cirujano vagamente pensó que nunca antes una mujer le resultó tan desagradable.
Mary Strauss, con su perfecta sonrisa, alzó una mano que pareció indicarle su retirada tanto a los soldados como a Julia, quien bajó la vista al suelo y rápidamente abandonó el lugar.
—Buenas noches, doctor —Mary cruzó un brazo bajo su pecho y recargó el otro sobre el mismo para levantar una mano y jugar vagamente con sus cabellos rubios, observándolo con satisfacción—. Esperaba que me acompañaras a dar un paseo, ¿te parece?
La mueca en los labios de Law fue casi idéntica a la suya. Acercándose un poco más, recargó un brazo contra los barrotes importándole poco la molesta sensación del kairouseki al entrar en contacto, observando a Mary con detenimiento.
Sin el hábito ni los accesorios propios de una monja, las facciones finas, la piel lozana y la mirada dulzona, Mary era verdaderamente atractiva.
—Debe ser realmente doloroso.
Mary alzó las cejas, confundida.
—¿Perdón?
—El pecho, ¿te duele? —indicó el capitán, apuntando con su dedo—. ¿Tienes dificultad para respirar? ¿Has tenido algún ataque cardiaco?
—¿Por qué me haces todas esas preguntas, doctor? —la sonrisa le tembló ligeramente en los labios y antes de que añadiera algo más, Law se adelantó.
—Porque uno de tus ventrículos no está funcionando como debería. Presenta un crecimiento anormal que, si no es tratado, va a matarte —al cirujano, sin embargo, las comisuras se le alzaron ante su sentencia—. Desconozco cuándo fueron tomadas esas placas de rayos X, pero a menos que fueran muy recientes, no vas a dar paseos por mucho tiempo más, señorita Strauss.
Julia avanzó a paso rápido a través del largo pasillo y cuando alcanzó la última puerta correspondiente al centro de control, la abrió y cerró rápidamente tras su espalda, descansando su peso sobre la misma. Posó una mano sobre su pecho, intentando calmar su respiración.
—Julia.
Sobresaltándose más de lo que debería al reconocer la voz masculina, la joven alzó la cabeza y realizó una rápida pesquisa para asegurarse de que no había nadie más junto a él.
—Liam —bufó, retomando sus pasos para aproximarse.
—¿Qué sucede? —Liam arrugó las cejas, tomándole los hombros cuando estuvo a su alcance—. ¿Te ha hecho algo?
Julia negó con la cabeza.
—Lo sabe, Liam. Debe haberlo descubierto cuando volvió el suministro eléctrico, el señor Pávlov nunca debió llevarlo ahí…
—¿De qué estás hablando? —preguntó confundido, sin comprender el nerviosismo de Julia, que si bien tenía una personalidad ansiosa, no era propio de ella.
La más joven volvió a observar a su alrededor.
—Trafalgar Law —murmuró en voz baja—. Lo sabe, Liam, sabe por qué está aquí.
Liam no tardó en unir los puntos con prontitud. Sabía que Mary había dado la orden a Julia de cuidar del cirujano durante su confinamiento, así como también, como todos, sabía que no debía enterarse del motivo tras el mismo hasta doblegarlo y no dejarle otra alternativa.
No obstante, Liam también sabía, y comprendía entonces la preocupación de Julia, que ante aquella posibilidad existía un plan de respaldo que, definitivamente, obligaría de una u otra forma al capitán a actuar bajo sus demandas.
Liam maldijo entre dientes, soltando los hombros de Julia cuando los apresurados pasos de Jacob ingresaron al centro de control. Su camisa blanca, siempre pulcra y de tela cara, estaba manchada en sangre.
—¿Puedo preguntar de quién es toda esa sangre? —quiso saber Liam, retomando su semblante siempre parco.
—Mira esto —Jacob sonrió con malicia, aproximándose a uno de los teclados bajo las numerosas pantallas cuyas imágenes eran proyectadas por Den Den Mushi—. Strauss es un verdadero idiota. ¡El hijo de puta creía que podría escabullirse, ¿puedes creerlo?!
Soltó una carcajada que rayó en lo maniaco y entonces en uno de los monitores apareció la imagen de un Desmond Strauss confinado y maltratado. Julia se cubrió la boca, no tardando en comprender que Jacob era, indudablemente, el autor de su condición.
—¿Sólo Strauss? —cuestionó Liam—. ¿Y Nami?
Jacob dejó de reír y lo miró con desprecio.
—No fui yo quién los dejó escapar —escupió el rubio—. Trafalgar Law los envió al séptimo nivel, probablemente Strauss lo puso al día antes de venir aquí. Oh, lo olvidé —burlesco, apoyó su peso contra el panel, cruzándose de brazos—: No fui yo tampoco quien los trajo aquí.
Liam se encogió de hombros.
—Está justo donde lo queremos, ¿no?
—Tsh. Sólo falta la Gata Ladrona —masculló el apodo con sorna, ingresando nuevos comandos en los paneles para proyectar nuevas imágenes en las pantallas y observando detenidamente cada una—. No tardaré en encontrarla y meterla en una celda junto a Strauss hasta que paguen por lo de Mildred…
Julia, atenta al intercambio entre ambos, al escuchar aquello miró a Liam de soslayo y no necesitó decir nada para que reaccionara rápidamente.
—Yo lo haré —dijo Liam, encaminándose hacia la salida.
Jacob volvió a girarse, y antes de que sus labios toscos y burlescos volviesen a decir nada, Liam se adelantó.
—Estaré aquí dentro de unas horas.
Cuando los pasos de los soldados, Jacob y Desmond desaparecieron tras la puerta metálica, Nami permaneció congelada en su lugar.
Las lágrimas que rodaron por sus mejillas hace mucho ya que se habían secado, dejando una huella oscura sobre su piel. Aún tenía una mano sobre su boca para acallar sus sollozos, que poco a poco fueron transformándose en suspiros cada vez más aislados. Tenía los párpados hinchados. La mirada perdida en la rejilla.
Desmond había caído inconsciente tras el golpe. Se lo habían llevado a rastras y Nami pudo ver su rostro manchado en sangre cuando su cabeza cayó hacia atrás, inerte.
No sabía cuánto tiempo se había quedado allí, oculta en aquel ducto de aire. Pero hacía frío y los músculos se le habían entumecido por la baja temperatura, pasando de los temblores. Vagamente recordó lo que el epidemiólogo le había comentado unos momentos antes de intentar escapar por el ducto, en relación a la hipotermia.
Tenía que moverse, rápido.
Cierto era que Desmond había indicado, según palabras de Law, que aún contaban con un par de días para encontrar lo que buscaban. Pero a pesar de que ahora era ella la única capaz de cumplir el cometido, no tenía la menor idea de qué era lo que tenía que encontrar.
La fórmula del DH2. Sí, eso...
Se incorporó con esfuerzo sobre sus codos y rodillas, y movió varias veces sus dedos para recuperar el movimiento de sus articulaciones. El frío comenzaba a provocar dolor en su musculatura.
Entonces, deslizándose con cuidado a través del estrecho ducto, Nami comenzó a trazar un mapa mental del séptimo nivel de la Central. Hubiese sido tremendamente beneficioso si Desmond le hubiese entregado ese mapa suyo, pero lamentablemente no contaron con que ocurriría lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, tenía buena memoria visual. Si cerraba sus ojos unos momentos, podía recrear el recuerdo del mapa casi con completa claridad.
Suspiró con pesadumbre, dejando caer la cabeza un momento. Piensa, Nami, Piensa. Tal como había mencionado Desmond y probablemente Law pensó igual, si era ese el nivel más protegido de la Central, donde experimentaban con la droga y muy pocos tenían acceso y conocimiento de la misma, entonces tenía que estar ahí, en algún lado. La energía ya había sido restaurada del todo –podía ver luz y movimiento entre las uniones metálicas del ducto–, por lo que si la fórmula estaba oculta y protegida bajo algún sistema de alta seguridad, a pesar de su habilidad para infiltrarse y romper cerraduras, sería un trabajo demasiado complejo… por no decir imposible.
Las voces al exterior la obligaron a detenerse. Probablemente, estaban justo debajo suyo. Un mal movimiento y sería descubierta. Aguantó la respiración y no se atrevió a mover un sólo músculo.
—¿Crees que haya escapado por sí mismo?
—¿Simón? —rió la segunda voz, burlesca—. Es imposible, ¡ni siquiera sabe dónde tiene los pies puestos!
—Pero los vidrios cayeron en el pasillo, el ventanal fue roto desde adentro... —insistió el otro.
—Vamos, fueron esos piratas —determinó el de voz jocosa—. Ya tienen a dos de ellos. Sólo falta uno, no hay de qué preocuparnos. Ahora, ayúdame a meter a este retrasado en otra habitación.
—Sí… tienes razón —asintió, convencido—. ¡Vamos, Simón!
Ambos hombres rieron. Nami no podía verlos con claridad, pero los oía reír burlescos y hacer mofa de ese tal... Simón. Avanzó un poco más, con movimientos tan silenciosos como un gato, hasta alcanzar una segunda rejilla que le permitiría ver con mayor claridad.
Y entonces vio al mentado. Aquel hombre de ropas blancas, que no veía, no oía, no sentía. El pobre seguía ahí, donde mismo ella y Desmond lo habían dejado antes, con la mirada perdida en el techo. Sintió que la miraba, que sus ojos pálidos y ciegos la veían, que los músculos flojos de su rostro le pedían auxilio, pero no era así.
Los otros hombres, los que había estado escuchando hablar, eran soldados de negro, divirtiéndose ambos a costa de su expresión y su falta de reacción ante los golpes y pellizcos que le daban en sus mejillas.
—Malditos… —masculló entre dientes, molesta.
Odiaba ese tipo de humillaciones. En realidad, cualquier tipo de humillación, sobre todo contra quienes no podían defenderse. Recordó que al igual que aquel individuo, había muchos otros en una sala contigua en condiciones igualmente denigrantes.
Sujetos de experimentación, había dicho Desmond.
La droga definitivamente debía estar en ese nivel.
Sintiendo mayor convicción al respecto y depositando su plena confianza en las suposiciones del cirujano y del epidemiólogo, Nami volvió a cerrar los ojos trazando un nuevo mapa mental en base a lo que ya sabía.
El ducto de aire, por lo que podía ver desde su lugar, continuaba mucho más adelante y se subdividía en diferentes direcciones. No podía darse el lujo de revisar rincón por rincón, pero sí podía suponer hacia dónde la llevarían.
Actualmente, se encontraba en el lado oeste del séptimo nivel: los laboratorios de experimentación estaban todos allí. Volver hacia el ala norte no tenía sentido, el lugar donde la droga debía de estar siendo sintetizada probablemente estaba en el mismo nivel… O tal vez no.
Abrió los ojos y frunció las cejas, con una nueva idea rondándole.
No, no necesariamente. Era probable que la droga fuese elaborada en otro nivel, ¿por qué no? El lugar era gigante. Sin embargo, si era ahí donde experimentaban con ella, definitivamente la droga ya sintetizada estaba en el mismo lugar… Resguardada y altamente vigilada.
Era simple. Sólo debía buscar el lugar con mayor vigilancia.
Sí, muy simple, Nami. Sobre todo ahora con el sistema eléctrico funcionando, alarmas y cerraduras activadas.
Resopló y esperó pacientemente hasta que los hombres se movieran de aquel pasillo antes de retomar su cruzada.
Decidiendo pasar por alto las salas donde mantenían en reclusión pequeños grupos de personas, laboratorios de experimentación y salones de carácter nimio, continuó avanzando a través del ducto, deteniéndose en ocasiones incluso durante largos minutos en un mismo punto cuando grupos de hombres pasaban demasiado cerca, reanudando sus movimientos con extremo sigilo hasta que, de pronto, un pequeño salón llamó su atención y encendió sus propias alarmas.
Un salón pequeño, o al menos eso podía divisar a través de la rejilla del ducto, sin nada en su interior.
Era una corazonada. O simplemente allí no había nada o, por el contrario, estaba a punto de dar en el blanco.
Diciendo no perder más tiempo, cerró sus ojos y llenó sus pulmones de aire para luego expulsarlo lentamente, buscando con ello reducir sus niveles de ansiedad; ahora mismo, necesitaba un pulso firme. Metió con extremo cuidado una mano a través del enrejado y con la misma cautela buscó con la yema de sus dedos los tornillos que aseguraban la rejilla, comprobando su tamaño y firmeza, y tomándose todo el tiempo que fuera necesario, comenzó a girarlos lentamente ejerciendo la presión necesaria en cada uno de ellos, teniendo especial cuidado con no dejarlos caer.
Cuando el último tornillo cedió, rápidamente con su mano libre sostuvo la rejilla en su lugar para no tirarla; no cometería otra vez el mismo error. Dejó el tornillo a un lado y ahora con ambas manos, ladeó la rejilla perpendicularmente hasta quitarla por completo, dejándola del otro lado del ducto de aire.
Sólo entonces las manos le temblaron ligeramente. Cogió aire nuevamente y tomó el Clima Tact, armándolo con toda la delicadeza posible.
—Mirage Tempo —susurró apenas para sí misma, y en cuanto la habilidad hizo efectivamente su cuerpo invisible, tragó saliva y se deslizó a través de la entrada que acababa de crear.
Cayó sobre las baldosas como un gato, sin emitir ruido alguno, y rápidamente identificó cuatro Den Den Mushi ubicados en cada esquina de la habitación. La pronta victoria le bailó en los labios cuando alzó la mirada y empotrada en la pared encontró una única caja fuerte de alta seguridad. Se acercó con cuidado, observando la cerradura con detenimiento.
Cerradura manual con dial giratorio. Nami permitió que su sonrisa se ampliara en sus labios.
Dedicando una última mirada sobre los caracoles para comprobar que su cobertura permanecía intacta, posó una mano sobre la perilla y recargó su mejilla y oído sobre la caja metálica, cerrando sus ojos. Comenzó a girar la perilla con extrema lentitud, escuchando atentamente los suaves click del mecanismo para restablecer la combinación que, realmente, poco le importaba adivinar.
Giró con cuidado hacia la derecha, luego hacia la izquierda y nuevamente a la derecha. Cuando escuchó los últimos dos clicks, se relamió los labios ansiosa, sabiéndose a punto de lograrlo.
Una última vuelta, un último click y cuando la puertecilla finalmente cedió ante sus manos, de pronto detuvo todo lo que hacía cuando los cuatro Den Den Mushi de vigilancia emitieron un característico ruidillo al ser desactivados. En un instante, los caracoles cerraron sus ojos y entonces, antes de que Nami comprendiera que acababa de ocurrir y verificar que su Mirage Tempo seguía en pie, la única puerta de la pequeña sala se abrió emitiendo un chasquido metálico.
Liam ingresó, cerró la puerta y guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón, alzando la mirada hacia el ducto de aire libre del enrejado.
—Puedes salir de tu escondite. Estoy aquí para negociar, Nami.
¡Hola hola! :se asoma con timidez:
Sí... esto es real. Gracias por bancarme, por sus palabras, por sus mensajes hermosos que espero haber respondido todos. Han pasado 5 años que se sintieron como 84, lo sé. Siempre dije que antes muerta abandono el fic y bueno, ¡estoy viva, yay! XD
PD1: Estoy más que oxidada con la escritura y siento que esto quedó escrito como cavernícola. Simio no mata a simio (?)
PD2: Anons queridos, siempre están en mi corazón.
¡Muchas gracias por leer!
Con cariño para ustedes,
Merle.
