MSLN es de alguien que no soy yo.


"El guardaespaldas"

Por algún motivo Fate parecía otra persona cuando estaba en un parque, parecía inmensamente feliz y siempre que podía se sentaba en un columpio. Siempre. No estaba segura de por qué se sentía tan bien ahí subida, columpiándose y acercándose poco a poco al cielo, pero a ella le gustaba desde que tenía memoria -ayer-. Especialmente le gustaba este parque porque era grande y estaba repleto de columpios que sólo los niños podían disfrutar tranquilamente, y salvajemente, sin que les miraran como si estuvieran locos, aunque Fate sabía que algunos lo estaban.

Si a Fate la miraban raro por estar subida en uno y disfrutar como una niña, no lo sabía. Ni le importaba.

Había descubierto ese parque porque un gato la había guiado hasta allí. Ella sólo iba caminando por la calle, no recordaba hacia donde, cuando un gato callejero se paró delante de ella. Intentó esquivarlo, a la izquierda, a la derecha, por arriba, por otra calle, pero ese gato no la dejaba en paz. Fate llegó a pensar que podía ser uno de sus fans disfrazado. O Hayate disfrazada. O cualquier persona disfrazada, pero no un gato.

Fate lo miró en silencio, como siempre hacía, mientras pensaba en una solución. ¿Sería posible que ese gato perteneciera a una banda y que esa fuera su zona? ¿Debía pagar algún tipo de peaje? ¿La iba a atracar? ¿Era posible siquiera que un gato estuviera en un banda? No lo sabía, pero conocía a un mapache humano que se hacía invisible, así que todo podía ser.

Así que Fate se quedó allí, mirando al gato pero como si no lo viera. Hasta que tuvo una gran idea.

Fate se agachó poco a poco frente al animal, si algo sabía de los felinos era que... ¿odiaban el agua? ¡Sí! Buena idea Fate, eres un genio. Milagrosamente tenía una botella de agua en la mochila, no parecía suya. "No". Se dijo. Definitivamente no era suya. Tenía una carta pegada con su nombre y estaba llena de corazoncitos dibujados por todos lados. No, espera. Eran.. ¿nalgas? ¿Alguien había dibujado nalgas en un sobre con su nombre? Miró al gato, él no parecía el culpable, tenía cara de haber asesinado a decenas de ratoncitos y era probable que fuera a la cárcel gatuna día sí día también por robar pescado, pero no tenía pinta de haber dibujado nada en ninguna de sus siete vidas. Mucho menos nalgas.

Ignoró aquél "culioso" sobre, y cogió la botella. Miró al gato para ver si sabía de sus intenciones o no. Porque los gatos, como el resto de los animales, huelen el miedo, pero estaba segura de que este olía también la maldad. Viendo que el animal no reaccionaba de ninguna forma hizo su magistral movimiento. Si quería pasar por esa maldita calle ésta era su única opción. Pasar o morir.

Abrió la botella de agua y al grito de "¡Esto es Uminari!" la vació encima del animal esperando ver cómo éste corría aterrorizado por su poder. Una risa malvada salía de sus labios ante su logro. La gente que pasaba por allí evitaba a toda costa mirarla, o hablarla, o estar a su lado, e incluso evitaban respirar el mismo aire que ella por miedo de que una fuga de gas o de cualquier droga vaporosa la hubiera vuelto loca.

Dejó de reírse cuando se dio cuenta de que el gato seguía ahí sentado, de hecho parecía que le había sentado bien la repentina ducha porque se estaba lamiendo y limpiando. Fate se fijó en que el gato estaba muy sucio, y el agua negra que escurría del él era, según ella, una variante del petróleo o el alma del demonio que hubiera poseído al dichoso animal. Sintió lástima por él. Le parecía horrible no haber contemplado la opción de una posesión demoníaca, y ella sin pensarlo le había juzgado y tomado por un gato delincuente. Fate era mala.

Volvió a ponerse a su altura para secarle con un pañuelo. El gato pareció perdonarle la vida, aunque Fate no se salvó de un arañazo de advertencia. "No vuelvas a mojarme". O eso pareció entender ella, que asintió solemnemente al animal.

Fate iba a marcharse, sabedora de que el gato dejaría que pasara por su calle. Había desbloqueado un logro. Pero el mismo animal la siguió durante un par de manzanas hasta que Fate decidió que lo mejor era sentarse y hablar con él como si de un niño se tratara.

Ella comenzó su monólogo sobre lo inapropiado que es seguir a la gente y que cualquier tribunal gatuno le daría la razón por lo que le aconsejó fervientemente que la dejara en paz. Cuando finalizó la charla, complacida con el resultado -a sus ojos el gato tenía cara de haberlo entendido todo-, se giró para seguir de nuevo su camino.

Un maullido sonó tras ella. Aquel gato no la dejaría en paz tan fácilmente, pero no se detuvo. Otro maullido volvió a llamarla y esta vez se paró, consciente de lo que había oído. Claramente ese gato la estaba llamando a ella, la gente no tenía por qué voltearse como si el animal hubiera dicho sus nombres, la única Fate en el mundo era ella y ese gato había dicho su nombre alto y claro. Se giró por fin y vio cómo el gato volvía a maullar para después atravesar la carretera y meterse en unos arbustos. Sentía algo de vergüenza, primero ese gato gritaba su nombre en medio de la calle y después decía que le siguiera como si fueran amigos o algo así.

Fate no se lo podía creer, no quería que la relacionaran con un gato demoníaco, aparentemente delincuente y que hacía la calle, pero muy a su pesar le siguió.

Y así es como Fate descubrió ese parque. Inmediatamente probó todos los columpios, se cayó varias veces del tobogán, estuvo a punto de dejarse los dientes en un caballito de esos que se balancean y finalmente se sentó a descansar ante la mirada de reproche del gato, que había seguido todos y cada uno de sus pasos como hace un padre con sus hijos.

Fate le acarició detrás de la oreja, ganándose un ronroneo en el proceso. Ese gato empezaba a caerle bien. "¿Cómo te llamas?". Le preguntó. El animal la miró en silencio, todavía con el eco del ronroneo en su pequeña garganta, se rozó contra su pierna y comenzó a andar.

Fate inclinó la cabeza sin entenderle. El gato se sentó, pareció suspirar de cansancio y maulló de nuevo para echar a andar otra vez. Fate se encogió de hombros y le siguió. Por algún motivo el gato estaba triste y no quiso discutir con él por no contestar, además, parecía que quería enseñarle algo.

El animal la llevó hasta unos densos arbustos por los que se metió y que estaban llenos de ramitas afiladas que arañaban la piel de Fate. Dentro de los arbustos encontró algo.

Aquel gato estaba sentado al lado de una caja de cartón que estaba rota y húmeda por las esquinas. A Fate se le partió el corazón. ¿Ese era su hogar? El gato volvió a maullar indicándole que se acercara y por fin vio lo que ocultaba. Gatitos pequeños y recién nacidos estaban allí dentro, arropados con un trozo de tela de a saber dónde. Fate miró al gato adulto, preguntándose por qué le enseñaba esto, por qué se arriesgaba a que descubrieran a las crías y les hicieran daño. Y el gato maulló leyéndole el pensamiento. "Tú puedes salvarles".

Fate miró a los gatitos, y después miró al gato adulto con renovado respeto por los felinos. Lo haría. Pero antes cogió al animal, lo miró a los ojos buscando algo, y cuando lo encontró, habló.

"Te llamaré Bardiche."


Desde que conocía a Fate, y eso era mucho antes de hablar con ella, se había hecho eco de algunos de sus extraños gustos y comportamientos. Por Dios, iban a la misma clase y la rubia aun no sabía quién era ella. Eso era sumamente raro, por lo que decidió ser la activa de la pareja y empezó a hablar con ella. Aunque, todo hay que decirlo, la estuvo observando durante días sin que la rubia se diera cuenta, lo cual, descubrió más tarde, era increíblemente más sencillo que robar los exámenes y venderlos sin que la pillaran. Fate no parecía prestar atención a su entorno.

Algo en aquella rubia le llamaba poderosamente la atención. No es que se fijara en ella por ser guapa, estar como un queso y además ser famosa en el instituto. Bueno, sí, eran factores a tener en cuenta, pero lo que definitivamente había llamado la atención de Hayate eran las circunstancias en las que la rubia se veía envuelta sin enterarse absolutamente de nada. Era increíble cómo una persona podía verse metida en situaciones de los más bizarras y con potencial XXX sin que ella hiciera nada más que observar.

Hayate era experta en esas situaciones, no por nada las solía crear cuando estaba lo suficientemente aburrida, que era casi siempre. Con Fate había encontrado un filón, y Hayate lo iba a aprovechar.

Una vez, mientras estaba en periodo de observación, vio cómo Fate impedía sin proponérselo que una chica cayera por las escaleras y se rompiera literalmente la cara.

La cosa fue así según recordaba.

Fate estaba sentada en el rellano de las escaleras para no estorbar el paso de nadie, con su sandwichera a un lado y el zumo al otro. Hayate la observaba con prismáticos desde una posición estratégica, no es que la estuviera acosando ni que tuviera la intención de subastar el pedazo de suelo en el que estaba Fate sentada, no, sólo recogía información. Y porque estaba recogiendo información, vio -y grabó- cómo una chica tropezaba por las escaleras y rodaba en dirección a Fate, que estaba demasiado centrada en la lucha por abrir su zumo como para mirar y criticar la torpeza ajena.

La chica cayó aparatosamente encima de Fate, que no sabía qué pasaba, derramándole el zumo por el uniforme.

Hayate escupió una carcajada ante la visión que sus prismáticos le daban. Aquella chica había caído encima de Fate en una postura de lo más censurable, con uno de los brazos de la rubia rodeándola. La camisa de Fate estaba empapada así como la cara de la chica, que no sabía dónde meterse al descubrir sobre quién estaba.

Fate la miró callada, consciente por primera vez de que tenía alguien sobre ella desde a saber hacía cuánto tiempo. Ella sólo quería beber su zumo tranquilamente, no derramarlo ni ducharse. La chica se iba a separar corriendo e iba pronunciar miles de disculpas y agradecimientos, después de todo si Fate no la llega a agarrar hubiera seguido cayendo hasta comprobar la dureza y el sabor de la pared, pero no pudo articular ninguna palabra. Fate se había empezado a quitar la parte superior de su uniforme, dejando boquiabierta y más que avergonzada a la chica.

Fate volvió a mirarla, con el ceño fruncido, preguntándose cuanto tiempo se quedaría aquella desconocida sentada en su regazo. Estaba roja y boqueaba como un pez, se fijó. Quizá tenía fiebre. A lo mejor la estaba pidiendo ayuda para llevarla a la enfermería. Sí, se dijo. Seguro que era eso, la chica se había desmayado encima suya mientras pedía auxilio. Pobre. Pero tampoco hacía falta tirarle el zumo para que la llevara, con pedirlo por favor era suficiente. Volvió a fruncir el ceño. Tenía sed.

Y así fue cómo la llevó a la enfermería y Hayate consiguió material pornográfico que editaría y vendería en el baño de los chicos por un módico y exorbitante precio. Esa fue una de las tantas situaciones malinterpretables en la vida de Fate, que impulsarían su decisión de ser amiga de la rubia.

Por eso, y porque había empezado a apreciar la absurda falta de atención de Fate sobre sí misma, es que no se negó cuando la rubia la llevó a un parque, la metió dentro de unos arbustos mientras eran seguidas por un gato cualquiera y le decía, con toda la seriedad característica de una situación de vida o muerte, que por favor le encontrara un hogar a unos gatitos abandonados.

Así que Hayate lo hizo. Encontró un hogar digno de esas pequeñas criaturas y de paso se enteró de la historia que Fate tenía con aquel gato guardaespaldas que seguía a la rubia a todas partes y que, increíblemente, velaba por su seguridad e impedía que la castaña obtuviera material de interés mundial sobre Fate.

Ese gato sabía lo que se hacía.


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