De nuevo, gracias por comentar. Sois unos soles :)))))
MSLN es... No sé, algún día buscaré al propietario.
"El día de las tortas"
Al final no había podido comer nada. El primer día que fueron a Midoriya estaba tan lleno de gente que daba miedo entrar y, sinceramente, Fate no quería verse atrapada en una multitud después del largo día que había tenido, así que sintiéndolo mucho por su estómago se fueron de allí.
El segundo día que intentaron ir fue a petición de la propia Hayate, quien conocía a una chica que trabajaba allí y quería presentársela. Y, por segunda vez, Fate no pudo entrar en aquella tienda, esta vez tenía que ayudar a Lindy con unos recados y su madre había insistido y casi amenazado con que los llevara a cabo sin la más mínima distracción. Fate no sabía por qué la amenazaba, si ella era muy diligente a la hora de hacer recados. Su madre era muy exagerada a veces, quizás era porque casi la atropellan y estaba reaccionando sobreprotectoramente. Claro, sería eso. No es como si Fate se entretuviera con cosas de la calle o con gatos que la retaban o que pasara un largo tiempo jugando en el parque, no, ella se consideraba muy responsable.
Tampoco es que tuviera nada mejor que hacer como para no hacer esos recados en un tiempo normal. ¿Cuánto se puede tardar en llegar al súper y comprar unas patatas? ¿5 horas?
La tercera vez que intentó entrar al Midoriya iba únicamente con Bardiche, y una mujer mayor de pelo cobrizo le dijo que no podía meter animales en la zona. Fate se ofendió profundamente, Bardiche no era un animal, era su compañero y hasta donde sabía pasaba más por humano que muchas otras personas -Hayate-. Y por tanto no entró, si su gato no lo hacía ella tampoco.
No sabía qué le veía la gente de especial a aquella pastelería si resultaba que no permitían entrar a sus amigos. Por Dios, si Hayate había sido capaz de entrar y evidentemente era un mapache. Estaba segura de que la enana pelirroja también había comprado algo allí, ¿qué pasa que permitían entrar a gente con la rabia pero no a Bardiche? ¡Si estaba limpio y sano! Ella misma se encargaba de lavarle con botellas de agua.
Curiosamente, en clase empezó a ver cómo algunas personas tenían bolsas de aquel lugar y comían tranquilamente los pastelillos. Fate se preguntaba si era una repentina moda o era que ella nunca se había fijado en la existencia de dichos alimentos. Lógicamente dio por sentado que era una moda de esas que aparecen repentinamente como los hongos y luego se acaban, aunque ciertamente era muy raro que casi toda la gente a la que miraba llevara algo del local. O los precios era sumamente maravillosos y baratos o había una oferta especial por la que la gente se volvía loca, es decir, no podía ser para nada saludable comer todos los días pasteles y bollos.
No fue hasta el cuarto intento, y por petición de Lindy, que consiguió entrar al lugar. Esta vez iba sola y su madre le había pedido unos pasteles para hacer sentir mejor a su hermano que estaba con fiebre en la cama. Pobre. O no. Su hermano era un idiota por haber ido a un viaje con compañeros y haberse tirado de cabeza y sin ropa en un río helado. Claro que eso Lindy no lo sabía, o ahora mismo estaría colgado boca abajo de la terraza mientras su madre se tomaba un té con leche y miraba al horizonte disfrutando del espectáculo.
Cuando entró en esta ocasión también le atendió aquella mujer cobriza, Fate todavía la recordaba porque había echado casi a patadas a Bardiche del local. La mujer atendió a la persona que Fate tenía delante y la despachó con profesionalidad. Cuando llegó su turno la señora la miró como preguntándose si conocía a Fate de algo pero no le hizo ninguna pregunta y la atendió amablemente. "Bienvenida a Midoriya, ¿qué desea?". Preguntó con una sonrisa. Sonrisa a la que Fate correspondió naturalmente por reflejo, maldición, pretendía odiarla un poquito más. Esa sonrisa era muy contagiosa, tanto como la enfermedad que asolaba el instituto y afectaba a las personas haciéndolas sonrojar y boquear como peces mientras temblaban. Fate miró las vitrinas y señaló un pastel cualquiera mientras pedía uno pequeño para sí misma, ya que estaba allí los probaría.
La selección de pasteles y bollitos era muy variada, ahora entendía por qué la gente no se cansaba de ir a a ese lugar, seguramente si pedías un pastel con forma de bonsai también lo tendrían, por eso quizá le había preguntado qué deseaba, parecía existir la posibilidad de que te cumplieran todos tus sueños con esa sencilla frase. Y los precios no estaban tan mal, aunque a ella eso le daba lo mismo porque tenía cupones que durarían más que el propio local, en serio, ¿quién sería la loca que le dio tantos tickets descuento? ¿Y dónde los tenía? ¿Acaso existían chequeros para esas ocasiones? ¿Por qué narices iba a necesitar una persona tanta cantidad de cupones? Dejó de pensar en eso, seguro que Hayate ya habría pensado en una manera de usar los cupones y sacar dinero a cambio. Era como una mafiosa a pequeña escala. A lo mejor sí que lo era y usaba el local para lavar dinero, quizás por eso conocía a una de las trabajadoras. Oh Dios, ¿entonces para qué quería presentársela? Ella no formaría parte de ningún crimen, salvo el de ocultar el cuerpo de Hayate, esa ilegalidad la tenía más que asumida.
"Aquí tiene su pedido." Gracias señora que nunca deja de sonreír. Fate pagó con los cupones, tenía tal cantidad que parecía que sacaba del bolsillo un fajo de billetes atados con una gomita elástica. La mujer ni siquiera cambió su amable gesto. Parecía que la sonrisa estaba allí grapada y, extrañamente, Fate tuvo la sensación de que aquella mujer era peligrosa. En su interior supo que esa mujer era el diablo personificado y que su sonrisa estando enfadada era aterradora. Hataye hacía negocios con gente terrible. Ella no quería verse envuelta en nada ni ser torturada por la pastelera sádica.
La miró dubitativamente. Fate disimula, por Dios. "Gra-Gracias." No Fate, diablos, así no estás disimulando, va a saber que has descubierto su tapadera y te va a usar como glaseado para el resto de la hornada. Quién te mandará ser tan suspicaz Fate, deberías fijarte menos en tu alrededor y ser más egoísta. La mujer amplió la sonrisa. Le pareció encantador el tartamudeo de aquella joven, probablemente sería una buena compañía para su hija, pensó.
Ay Jesús, ha sonreído más. Fate estás perdida, ya sabe lo que estás pensando y es probable que no te deje marchar. Quizás te diga que tiene una hija de tu misma edad y que a lo mejor sería genial que os conociérais y fuerais amigas con tal de mantenerte cerca de ella y asesinarte a la más mínima oportunidad. Por la corona de Cristo, Fate. Asiente con la cabeza y márchate de ahí. No, no ¡No! ¡Pero no te sonrojes mujer! Que así haces que te vea como una víctima deseable y débil, aprende de la enana pelirroja. ¡Ella nunca se sonroja y nadie se mete con ella a pesar de medir lo que un niño de preescolar antes de dar el estirón!
Aquella mujer inclinó la cabeza mientas sonreía abiertamente a Fate. Pero qué muchacha más encantadora, pensó. Si su familia viera a aquella joven querrían inmediatamente quedarse con ella. La timidez de aquella chica, junto con su sonrojo y el tartamudeo propio de la adolescencia la enternecieron. ¿Tenía familia? ¿Y si la adoptaba ella? ¿Pasaba algo por retenerla y hablar más con ella?
La mujer sonrió ampliamente ante sus propios pensamientos haciendo que Fate abriera con sorpresa los ojos y temblara levemente mientras el sonrojo aumentaba. Awwwwww. Era adorable.
Fate sabía lo que la mujer pensaba, lo notaba por cómo la miraba. Se sentía como un corderillo ante un depredador. Quería secuestrarla, seguro. La sonrisa de aquella mujer se había ampliado y Fate sabía que nada bueno saldría de ello. Interiormente agradecía que Bardiche no tuviera permitido entrar al local porque definitivamente ambos acabarían adornando las vitrinas en forma de croasant. La rubia empezó a sudar y a temblar levemente cuando vio que la mujer iba a decir algo más. No, no, no. Tiempo detente. Alguien, algún fan, Hayate, ¡Quién sea! ¡Haced algo! Afixiaos, tropezad, caeros, morid pero interrumpir de alguna forma esa mujer de apariencia amable y cándida que estaba apunto de conjurar alguna maldición contra ella.
"¿Fate?". ¡Sí! ¡Por todos los Dioses! ¡Sí! Así se llamaba ella. Alguien había oído sus plegarias y había impedido una catástrofe de proporciones abismales. Vio cómo la mujer sonreía menos y cerraba de nuevo los labios al haberse visto interrumpida por su salvador espontáneo. Fate le lanzó una sonrisa altiva que esperaba que dijera "¡Já! ¡Nunca me pillarás!". La mujer la miró y volvió a sonreír cálidamente. Esta niña es un encanto y su sonrisa es preciosa, pensó. Esperaba volver a verla.
Fate se giró para encontrarse con su salvador porque prácticamente le debía la vida. "Fate-san, ¿estás bien?". Claro, ¿por qué no habría de estar bien? ¡Si casi me secuestran! "¿Carim?". Fate pestañeó y miró a la rubia que tenía delante, no estaba vestida con el uniforme y llevaba el pelo recogido. Casualidades de la vida, ahora era Carim quien la ayudaba a ella, si es que era buena samaritana la muchacha. Cuando la conoció vio en ella el aura de una santa, no por nada decidió que sería la representante de la TSAB, aunque tendría que tenerla vigilada porque la chica seguía con esa extraña enfermedad que la hacía sonrojarse de la nada. ¿Se transmitía por el aire o por contacto? Le preguntaría a Bardiche o a Hayate.
Ambas salieron con sus respectivas compras, Carim quería seguir hablando con la rubia allí dentro pero Fate no estaba dispuesta a jugar con su suerte estando aquella mujer atendiendo. Así que salieron a pasear hacia algún sitio nada concreto. Sentía que se le olvidaba algo cuando salió de la tienda junto a la ojiazul, ¿para qué había entrado a un sitio tan peligroso en primer lugar? Apreciaba su vida y rezaba por no tener que volver a ir a ese sitio. No. Desde luego prefería prestarse a ser el centro de las bromas de Hayate que volver sola allí.
"¿Tienes algo que hacer ahora Fate-san?". Se lo pensó, de verdad que sí. Juraba que tenía algo que hacer pero no lo recordaba, después del miedo que había pasado antes como para recordar algo, bastante que seguía respirando. "Estoy libre."
Carim la llevó por las calles hasta llegar a una zona algo antigua. Se plantó delante de un edificio grande y alargado de unos tres pisos, parecía una de esas mansiones hispanas de la época de las plantaciones de tabaco y algodón. "¿Qué sitio es este?". Preguntó.
Carim la miró sonriente y abrió los brazos como si fuera una especie de mesías recitando una majestuosa oración. "Es un orfanato". Si la información le tomó por sorpresa a Fate -que no fue así- no lo dejó entrever. Simplemente asintió como si le hubieran dicho que la cosa de ahí del suelo era un pedrusco cualquiera. Entraron al recinto y por un momento Fate sintió que le era familiar, pero también sintió que le picaba un pie y no pasaba nada.
Lo que no esperaba es que una horda de niños se abalanzaran sobre ellas al grito de "¡One-chan!" como si lo fueran de verdad o como si regalaran helados, y de nuevo Fate temió por su vida, aquellos niños tenían una mirada ansiosa. Carim les tranquilizó y los llevó dentro del lugar. Fate se quedó ligeramente retrasada, aquel sitio no le gustaba demasiado y tampoco es que pintara mucho yendo allí con ellos. Estaba a punto de darse la vuelta cuando una niña rubia de ojos bicolor la agarró de la manga y la detuvo. "¿Tú también vienes a celebrar el cumpleaños de Vivio?"
Fate miró a la niña con curiosidad. Aquella chica tenía los ojos de distinto color, uno rojo y uno verde, lo cual era una combinación rara y maravillosamente bonita. Fate se agachó a la altura de la niña y la miró directamente. "Yo no estoy invitada a ningún cumpleaños, ni conozco a Vivio". Habló Fate dulcemente. "No pasa nada, Vivio te invita...". Dijo la niña mientras cogía su mano y la llevaba dentro. "...y de paso te conviertes en su mamá." Sonrió con descaro agarrando con más fuerza la mano de Fate.
¿Que qué?
Fate fue retenida contra su voluntad e invitada a un cumpleaños al que no quería quedarse porque allí lo único que había eran monjas de pelo blanco y mirada severa, que querían que adoptara a un par de niños y les diera la vida que se merecían y además les donara una cuantiosa cantidad de dinero que no tenía, y niños salvajes e inmunes a esas mismas miradas que se agarraban a sus piernas como poseídos. Al final jugó con los críos, celebró el cumpleaños de la tal Vivio, que no era otra que la niña bicolor que se proclamó su hija con la excusa de tener un ojo rojo, comieron los pasteles que no recordaba que llevaba, prometió que los visitaría y descubrió que Bardiche vivía allí y se llamaba Alexander III de los Nogales.
Bardiche le gustaba más.
Cuando Fate se fue de allí y de casualidad miró la hora en el móvil, tenía 10 llamadas perdidas de Lindy y 29 mensajes maldiciendo su tardanza con los pasteles. Pasteles que les había regalado a los niños del orfanato al darse cuenta de que podría morir a sus manos si no lo hacía. Tenía que comprarlos, otra vez.
Así que ahí estaba de nuevo. En Midoriya. A punto de morir.
A través de la ventana veía que apenas había gente y que la mujer de antes no estaba -menos mal-, en su lugar había una chica castaña. Se sintió levemente aliviada y entró. El ruido de la campanita en la puerta alertó a la dependienta de la entrada de un nuevo cliente y enseguida sonrió en su dirección mientras saludaba.
Fate no sabía quién era, y tampoco le importaba siempre y cuando fuera menos aterradora que la mujer de antes y le vendiera los dichosos pasteles. Pero aquella chica sí la reconoció y no sólo eso, si no que despachó a los clientes, cerró la tienda y gritó como loca desquiciada mientras se lanzaba a abrazar a Fate, que por un momento sintió que en vez de comprar pasteles le iban a vender drogas. "¡Mamá, Papá, Kyoya!"
Tres personas salieron de entre las sombras -porque para Fate ya no había luz en aquél lugar- y se la quedaron mirando mientras era abrazada por la dependienta. Parecía no importarle a nadie que su alma fuera visible y le saliera por la boca. "¡Esta es la chica que salvó a Nanoha de ser atropellada!".
Fate, que estaba punto de perder la consciencia, volvió a su ser ante la mención del atropello. ¿Había salvado a la hija de un Cártel de drogas? Aquellas personas se la quedaron mirando y posteriormente saltaron hacia ella abrazándola y agradeciéndola por existir y haber arriesgado la vida por su hija. Debería haber hecho el testamento hace mucho.
Una cuarta persona entró y observó la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Padre, madre y hermanos estaban apretados como una piñata contra una persona a la que apenas se le veían los ojos. "¡Nanoha!". Gritaron.
La familia se despegó de la pobre Fate y la chica la miró. Fate también la observó. Era cobriza de más o menos de su estatura, tenía unos ojos azules que oscilaban entre el violeta y el azul marino y manchas de harina en la cara. Fate no la reconocía en absoluto, aunque era evidente el parecido con su madre, la pastelera psicópata. Fate sentía que hasta el día de hoy nunca la había visto.
Aquella chica se acercó a Fate y cuando estuvo a unos centímetros de ella, la miró a los ojos con determinación, un sonrojo leve apareció y se lanzó a su cuello en un abrazo menos invasivo que el de sus familiares. "Gracias, Fate-chan. Gracias, gracias,...". La chica cerró todavía más el abrazo mientras susurraba y pegaba la cara en el cuello de Fate. ¿Acaso nos conocemos de algo como para que me abraces tan íntimamente? Pensó la rubia. Cualquiera dice algo mínimamente ofensivo delante de semejante familia.
Fate se quedó parada en el sitio intentando no tambalearse ante la fuerza de los abrazos, pero aun así correspondió al agarre con un ligero "U-Uh" escapándose de su boca. En serio, ¿estaba jugando a rugby y la estaban placando? Miró a aquellas personas mientras la chica seguía enganchada como un koala. Los más jóvenes, al parecer hermanos, se abrazaban sonrientes mirando la escena, el padre le dedicó una sonrisa y un gesto de aprobación mientras le decía que no se preocupara por nada, que ya era parte de la familia y la madre juntaba las manos encantada con lo que sus ojos veían, dándole la razón al hombre. Al final aquella encantadora rubia a la que le vendió los pasteles formaría parte de su familia, pensó divertida mientras cruzaba miradas con Fate.
No por Dios no, la rubia captó en seguida la línea de pensamiento de la mujer adulta y se sintió desfallecer. ¿Qué significaba ese gesto de aprobación? ¿Que le quedaba poco tiempo de vida y debía aprovecharlo? ¿Que tratarían con respeto su cadáver? ¿Y qué era eso de ser parte de su familia? ¿Así, de la nada? ¿Sin comprobar antecedentes? Se notaba que eran un Cártel, ni de la seguridad se preocupaban. La secuestrarían, pedirían un rescate falso, se quedarían con el dinero y venderían su cuerpo en trocitos como una nueva receta.
Finalmente la liberaron y la invitaron -a empujones- a pasar a su casa donde la interrogaron y cuestionaron sobre el día del casi atropello, aunque Fate no recordaba con excesivo detalle lo que pasó teniendo en cuenta que era por la mañana. Quizá se lo pregunte a Bardiche. También curiosearon sobre su vida, aficiones, intereses, parejas, familia y aspiraciones de futuro hasta que la familiar velada de acoso fue interrumpida por la violenta entrada de Lindy al hogar en busca de su lenta hija. ¿De dónde había salido y cómo sabía dónde estaba Fate? Lindy la miró enfadada. "Sólo te pedí unos pasteles para tu moribundo hermano y tú vas y desapareces durante todo el día sin dar señales de vida, ¿sabes lo que siento acaso?"
Sí, Fate estaba segura de que se hacía una idea de lo que sentía si prestaba atención a cómo los ojos de su querida madre pretendían hundirla bajo tierra sin ataúd, ni flores, ni epitafio. Enfadada era poco. Lindy repentinamente recobró la compostura y se disculpó con la familia por entrar tan intempestivamente, así como por cualquier comportamiento de Fate que hubiera podido causarles algún tipo de ofensa o incomodidad. Poco después se marcharon.
La familia del Cártel se despidió educadamente con promesas de compensaciones en forma de pastel por haber raptado a Fate, mientras veían sin reparos y con total naturalidad cómo Lindy arrastraba a Fate hacia el coche y la hundía en el asiento.
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En otro lugar del mundo. Arabia. 17.48 pm.
Hayate llegó a un lugar desolado con el rastreador en la mano, la mochila llena de cámaras, agua y comida y un turbante en la cabeza. Encontró una foto de Bardiche en la localización que su aparato mostraba enseñando una pose burlesca y desvergonzada.
"Maldito gato tramposo, ¡aquí no está Fate desnuda!"
Espero que os haya gustado :333
DATO: Estoy de exámenes y trabajos, así que no sé cuando actualizaré el siguiente :'(
PD: Estoy subiendo y editando los caps sobre la marcha, por lo que si veis algún error (que los hay en cantidad por lo que he visto... T-T) decirlo sin miedo.
