"Agradecimiento tsundere millonario"
Para tranquilidad de Fate, estaban a jueves y no había ocurrido nada. Y cuando decía que no había ocurrido nada es que era así, a lo largo del domingo pasado, y de la semana, Fate había tenido una de las épocas más tranquilas de su joven vida. Tan tranquila, que Fate sospechaba que nada bueno saldría de todo ello, así que aunque quisiera aparentar sosiego, en el fondo esperaba que cualquier cosa ocurriera.
Increíblemente no había sido molestada por Hayate, que por algún motivo estaba más callada de lo acostumbrado en alguien ruidoso como ella, Nanoha no había insistido en compartir su presencia con la rubia a pesar del avance en su interacción debido al plan del sábado –cita Fate, fue una cita–, la enana pelirroja no la había gritado ni gruñido por haber faltado a algún que otro entrenamiento y, curiosamente, no había rastro de los gritos de la enana bicolor que la seguía allí donde fuera. Ni siquiera sabía de Bardiche.
Es más, aquel día todo el instituto parecía dormido. Algunos estaban silenciosamente nerviosos y otros relajados, pero en general se respiraba un aire un tanto tenso por allí donde caminara. Como si estuvieran expectantes de algo que Fate desconocía.
La rubia abrió su casillero con costumbre y con la esperanza de no tener que recoger demasiadas cartas, pero para su asombro estaba vacío. Nada, ni un chocolate, ni una carta, ni un regalo, ni un peluche. Absolutamente nada que le hiciera sentirse querida y agobiada por la atención dispensada por sus colegas estudiantes. Por primera vez sintió algo parecido a la decepción por haber visto sus expectativas destruidas. Era sorprendente lo que puede hacer la atención ajena, Fate estaba tan acostumbrada a ella que se sentía un poco vacía al haber sido olvidada de esa forma. No es que le diera demasiada importancia ni que su ego se hubiera inflado como un zepelín por ser popular, nada de eso, pero que después de tanto tiempo viendo como su casillero estaba atestado de cosas que no eran suyas, verlo ahora vacío era... raro. Casi desolador. Al menos no tendría que tirar ni regalar nada. Fate suspiró.
Sí. Sin duda todo estaba muy calmado.
La rubia se sentía extraña después de todo el ajetreo al que se había visto sometida desde que conoció a Hayate, parecía que su cuerpo y mente se habían acostumbrado a un nivel de actividad y ansiedad tan extremo para ella que ahora era la tranquilidad lo que la estresaba. Es como si la hubieran sometido a alguna clase de brutal entrenamiento físico y psicológico de nivel militar, es más, si ahora mismo caía una bomba del cielo o había un terremoto Fate sentía que no reaccionaría como una adolescente en peligro de muerte por catástrofe natural debería reaccionar sino que la calma y el alivio se apoderarían de ella.
Casi se sentía como un guerrero al que le han jubilado precipitadamente y que no sabe qué hacer con su vida después de haberse dedicado a algo intenso, peligroso y que amaba durante tanto tiempo. Aunque Fate sólo llevaba conociendo a Hayate casi un mes, aproximadamente. Tampoco había que exagerar las cosas. Sin duda hoy era uno de esos días que había echado tanto de menos desde que conocía a la castaña y su vida se había convertido en una farándula. Podría acostumbrarse a esa tranquilidad.
El ser humano era algo maravilloso, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, pensó. Fate sintió una repentina oleada de orgullo por haber nacido como humana y no como una mosca. Lo sentía por aquellos que se reencarnaban después de la muerte en un insecto cualquiera. Ser humano era magnífico.
Se sentó en su mesa con una felicidad y motivación inusuales, incluso podría jurar que no se molestaría por las bromas de Hayate o por el regaño de algún profesor. "... Espero que hayáis estudiado..." Sí. Fate se sentía poderosa y capaz de ponerse en pie sobre la mesa para gritar a los cuatro vientos cualquier cosa que se le viniera a la mente con total y absoluta confianza.
"... El examen comenzará en 5 minutos, repartan las hojas y por favor guarden aquello que no vayan a usar..." La rubia sintió como todo su poder se esfumaba. ¿Qué ha dicho? ¿Examen? ¿Cuándo? "... Cualquier comportamiento sospechoso será penalizado con el suspenso inmediato de la asignatura..." ¿Perdón?
Fate miró hacia los lados con terror viendo como la clase entera se preparaba y cogía lo que iba a necesitar para escribir. Algunos se daban apoyo mediante señas y sonrisas. Otros mordían el lápiz con pura ansiedad ignorando el entorno en un vano intento de concentrarse y de aclarar sus ideas. Entonces se le ocurrió mirar a la pizarra y leer lo que ponía. ¿Exámenes parciales? ¿Jueves a primera hora? ¿Durante las seis horas?
La rubia se sintió morir. No tenía ni idea de que era época de exámenes, claro, por eso notaba que los alumnos estaban tensos y silenciosos. Fate no había caído en la cuenta de que algunos de ellos repasaban furiosamente las hojas como queriendo memorizar todo cuanto pasara por sus ojos en menos de lo que dura un pestañeo, y ella les había mirado brevemente sin importarle su actitud... Maldición. ¡No había estudiado nada! Ay Dios, ay Dios. Fate, Lindy te va a hacer trizas como suspendas. Cruzó miradas con Hayate , que sintió su agonía y le dirigió una mirada lobuna y descarada. ¡Será maldita! Entonces cruzó miradas con Nanoha, que sonrojada le sonrió y le susurró felizmente "Suerte" como si eso fuera lo que Fate necesitaba en esos momentos o como si a la rubia le interesara recibir la suerte ajena para llevar a cabo sus actividades, ni que fuera imbécil o incompetente, no necesitaba suerte sino conocimiento.
Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse por qué se seguía sonrojando al mirarla. Enfermedad del cangrejo, y una porra.
Claro, quizá por ello su vida había cambiado tanto. Quizá alguien le había mandado suerte creyendo que sería buena y le iría bien y ahora se encontraba con la soga al cuello. ¿Quién sería el mal nacido que va regalando la suerte, como si fuera lo más maravilloso del mundo y fuera un gran sustitutivo de una brillante sonrisa o de un rico caramelo que en verdad sí que te alegran el día? ¡La suerte ajena no salva vidas! Y la suya no era la mejor de todas así que no, Nanoha, gracias por intentar ser amable pero Fate prefería tomar veneno a aceptar la suerte que algún miembro de la familia Takamachi quisiera ofrecer así como así. Seguro que también era algún tipo nuevo de droga con un nombre pintoresco como "Suerte líquida" o "Polvo de Azar" o "Fortuna blanca". ¿Por qué Nanoha siempre quería volverla adicta a algo? ¿A quién le sobra la suerte, de todas formas? ¿No es un bien preciado? ¿Hayate no comercializa con eso? Como sea. Ella no necesitaba eso, necesitaba haber estudiado y no haber estado pensando en cómo hacer las paces con la cobriza –su camello personal a estas alturas de la vida– mientras se libraba de Hayate, de Vivio y de cualquier ser o animal que la distrajera soberanamente de su día a día y que amenazara su estabilidad psicológica y bienestar físico.
"... Pueden empezar ya." Maldición, maldición, maldición.
Las horas pasaron volando mientras Fate se tiraba de los pelos, literalmente, y entregaba las hojas con la sensación de haber hecho un pacto con el Demonio en el que seguramente saldría perdiendo. Nunca se había estrujado el cerebro tanto como ese día. Ni siquiera había sufrido tanto cuando, jugando online, se convertía en la Capitana Testarossa y tenía que sobrevivir a misiones imposibles con el equipamiento mínimo y rehenes idiotas que no escuchaban sus órdenes y que se dejaban matar por la picadura de un mosquito. Seguro que había perdido peso y todo. Agotada y con una sed de perros, se dirigió a la cafetería como alma en pena. Mientras caminaba y se cruzaba con la gente, la saludaban por los pasillos y le sonreían con más admiración y lujuria de lo que actualmente podían soportar su mente y su ánimo.
Fate llegó al área de restauración del instituto, que ya estaba abarrotado de gente que se peleaba por ciertos bocadillos, y se dejó caer de cualquier forma y manera en una mesa al azar atrayendo, de paso, algunas miradas desde que había entrado en la zona de combate, también conocida como cafetería escolar. Estaba segura de que Lindy la regañaría al verla andar por ahí con esas pintas cuando debía actuar como una señorita y llevar la ropa bien colocada, bah, estereotipos. A estas alturas de la vida, el jersey del uniforme había quedado relegado a una especie de capa mal puesta atada a su cintura y la camisa la llevaba arremangada, algo abierta y por fuera de la falda como si tal cosa. Por no hablar del peinado y su evidente demacración física, o eso creía ella, porque tampoco es que tuviera un espejo a mano.
No era su mejor día.
Fate se apoyó en el respaldo y con cansancio pasó la mano por su melena dorada mientras observaba el lugar desganada. Ni siquiera tenía hambre y sentía que su cerebro tendría agujetas.
Aburrida, veía cómo la gente se apiñaba para pedir la comida o se juntaba en las mesas como si ese pequeño círculo social que acababan de montar fuera la mejor de las fortalezas, pero la rubia no estaba segura de que fuera la mejor táctica de supervivencia en los colegios.
A sus ojos, ojos de una conocidísima gamer ampliamente famosa en juegos de supervivencia, una vez que te integras en un grupo estás perdido. De repente tenías que llevarte con ese grupo en el que estuvieras, voluntariamente o no, y escuchar sus quejas, chistes o cotilleos aunque no te interesaran. Quizá ni siquiera te llevabas bien con algunos de ellos, pero te tenías que aguantar, ya estabas dentro por el motivo que fuera, y si te salías te convertías en un paria. Un despojo social. Esos con los que antes salías y te reías de la nada te miraban mal, te señalaban y se burlaban, y todo porque ya no estabas en su grupo.
Además, una parte de Fate consideraba que estar en un grupo era la elección sencilla, el camino fácil. Sin ir más lejos, ella misma podría acercarse a algún grupillo, sonreírles y rápidamente encandilarles para quedar integrada como si fuera una especie de célula fagocitando que incorporaba nutrientes nuevos.
Ella estaba sola y estaba a gusto.
En un grupo te ves supeditado a alguien considerado el líder o la persona más carismática, salvaje o manipuladora –como Hayate–, y quedabas relegado a algo que quizá cuadrara con alguna etiqueta de esas que están de moda y que se ponen a las personas antes que a la comida. Si lees, la nerd. Si te maquillas, la pija. Si te gusta el negro, la gótica. Si haces deporte, la popular, o no. Y así todo. Aunque claro, eso era así si resultaba que tú no eras el líder, porque si lo eres, en el caso de Fate ella lo era cuando jugaba online debido al rango militar y porque era la más hábil y rápida –modestia aparte–, estás en el cielo y te sientes genial contigo misma por poder influir en la vida ajena con sólo opinar. Los líderes o jefes se lo pasan bien, para qué mentir.
Pero a pesar de todo, a Fate no le gustaba esa jerarquía social –já, como si hubiera otra Fate–. Paseaba los ojos por la cafetería y con los ojos cerrados podía decir qué tipo de personas eran las integrantes de un grupo, aunque a ella no le gustaba asumir y estereotipar, simplemente era el rol que ellos mismos asumían. Fate no tenía la culpa de que echaran raíces de esa forma y se estancaran como seres humanos bajo las órdenes de otros porque no tenían la suficiente autoestima como para salir y alejarse de todo eso que, para la rubia, era molesto y problemático. Tener amigos –sobre todo como Hayate– es agotador.
Y, generalmente, en un grupo no tenías libertad plena.
Ella no se sentía particularmente sola, no. No era envidia lo que sentía. No le hacía falta socializar demasiado para sentirse bien consigo misma ni con el mundo, sólo necesitaba unas buenas 12 horas de sueño para ser un encanto con la gente. Pero la soledad tampoco la liberaba de las etiquetas y lo sabía. Un ejemplo de esto es que ella era popular, extrañamente popular, y no hacía nada para evitar o promover la situación, por no decir que ni era líder de ningún grupo, ni tenía grupo del que ser líder. Pero aun así era tremendamente popular. Tampoco le daba importancia, había llegado a pensar que la gente se sentía tan aburrida consigo misma y con los que la rodeaban que necesitaban que alguien nuevo les sacara de la monotonía. O al menos eso creía ella, porque tampoco es que quisiera elaborar una teoría sobre ello. Seguro que Hayate tenía varias.
Fate cerró los ojos y, con el codo sobre la mesa, descansó la cabeza en su mano. Las agujetas cerebrales, o dolor de cabeza como las personas normales las llaman, empezaban a ser molestas. Se sentía exhausta y tenía calor, deseaba una ducha cuanto antes.
"¡Fate estás aquí!" Hablando del diablo y del origen de todos sus males. Hayate apareció frente a ella como una exhalación sin saber de dónde salía. A la rubia ni siquiera le hizo falta mirarla para comprobar la sonrisa que colgaba de sus labios. Fate abrió los ojos despacio, y se desperezó hasta sentir que sus músculos chillaban del esfuerzo. Hayate la contempló apreciativamente y sin disimulo. "Quería comprobar los rumores pero sin duda están en lo cierto, hoy estás más sexy de lo normal. Te doy un once sobre diez." Sonrió mientras hacía un gesto sugerente con las cejas que la rubia ignoró con contundencia. Fate se preguntaba de dónde salía lo de sexy si físicamente se sentía como si un camión la hubiera arrollado. Hacer esos exámenes había sido algo brutal para ella, que había acabado con mente y ropa chafadas. ¿Una persona agotada es sexy? ¿Tener los pelos como los de la escoba de una bruja es sexy? ¿Entonces por qué su hermano Chrono no tenía pareja o un club de fans si tenía los pelos como un rockero y siempre llegaba sin aliento a casa?
"¿De qué se trata esta vez?" Fate preguntó con cautela. La castaña tenía un aire risueño y divertido difícil de ignorar y, tratándose de Hayate, esos rumores podrían ser sobre cualquier cosa, pero por lo que había dicho la castaña se trataban de ella. Aunque eso no era nuevo, Hayate siempre le venía con algún cuento sobre el impacto que tenía su presencia y su relación con los niveles de atención y libido del resto de alumnos. A veces incluso hacía gráficas para explicar sus hipótesis. De dónde sacaba la castaña la información hormonal de sus compañeros era algo que no quería saber.
La castaña la miró y rodó los ojos casi con hastío. ¿De verdad Fate no conocía los rumores o se hacía la loca? ¿Sus oídos funcionaban? Porque no hay que ser muy espabilado para prestar un poquito de atención a las conversaciones ajenas o a los murmullos en los pasillos para enterarse de las cosas que ocurrían. Ella hacía eso y más, y por eso mismo estaba enterada de muchas de las cosas que pasaban, claro que también se sacaba noticias de la manga cuando estaba aburrida y ponía micrófonos en los baños. Los cotilleos sobre Fate eran rápidos, tanto, que si te los perdías todavía podías seguir el reguero de alumnos felizmente conmocionados y desmayados para encontrar a la rubia.
Era el instituto al fin y al cabo. Había pocos que no participaran en los cotilleos pero definitivamente todos y cada uno, sin excepción, conocían, por ejemplo, que el conserje registraba los despachos de los profesores en busca de objetos de valor requisados, o que el profesor de química en su juventud había pertenecido a una especie de secta satánica que hacía rituales pero que, al parecer, como la magia oscura no le había dado resultados satisfactorios, se había pasado a la ciencia real y empírica.
También había varios rumores sobre la nueva rectora que extrañamente conocía a la directora de antes, aunque Hayate tenía motivos de peso para no ahondar en ellos ni para crear nuevos. No. Con esa mujer no había que meterse, la había visto un par de veces a lo largo de su vida y no era moco de pavo. Hayate sacudió la cabeza borrando esos pensamientos y se centró en Fate que, ajena a sus ideas, se volvió a apoyar sobre su mano con absoluto desinterés. Hayate chasqueó la lengua con indignación, y eso que había sido la rubia la preguntaba por los actuales rumores.
"En realidad no es nada nuevo." Comenzó a hablar tranquilamente. "Simplemente has causado un gran revuelo al caminar con la ropa tan descolocada como para hacer creer que has echado un buen polv-…" De repente se vio interrumpida por un golpe de la mano de Fate contra la mesa. Hayate rió en sus adentros viendo a su amiga con las mejillas arreboladas, por lo menos estaba más despierta. Pero el golpe había atraído algunas miradas más de las que ya les dirigían y Fate se dio cuenta, tarde, muy tarde, de que era el centro de atención de algunas personas que sonreían y sangraban por la nariz extasiados y con flores a su alrededor. Fate vio a algunos convulsionando en el suelo ante la información proporcionada por su incauta y pervertida acompañante, mientras otros le hacían gestos que creían sugerentes pero que eran asquerosos. Habían escuchado a Hayate y se estaban imaginando a Fate en situaciones... íntimas.
La rubia miró a su amiga con rencor y energías renovadas. Nunca se encontraría cansada a la hora de regañar a Hayate. ¿De verdad era necesario hacerle pasar tanta vergüenza después de haber terminado una serie de catastróficos exámenes que juraba que no había aprobado, y que si lo había hecho era porque seguro que en un futuro muy próximo tenía que vender sus órganos para pagar la deuda con Dios o con Satán? ¡No era un buen día! Además, ¿por qué se metía con su vida sexual? ¡No era asunto de nadie!
Lo que le faltaba ya era que le llegaran cartas con proposiciones de lo más indecentes en los peores y más morbosos lugares por culpa de la bocazas de Hayate. O peor, que esos rumores se entrelazaran con los que ya corrían de ella con Miyuki y que, distorsionados y agrandados, llegaran a oídos de la cobriza y se volviera a cabrear con ella por a saber qué motivo. Estaba segura de que Nanoha encontraría cualquier excusa con tal de machacar su hombro a puñetazos inmerecidos. Nanoha era irascible y violenta, nada que ver con la imagen de perfección que tenía de ella mientras estaban en clase. Fate se preguntaba por qué y desde cuándo se había convertido en su saco de boxeo. Si habían terminado bien de la disputa y de la cita, casi como amigas.
Oh por Dios. Fate abrió los ojos con espanto. ¿Y si los rumores sobre ella y su reciente, promiscua y desconocida para ella, vida sexual se entrelazaban con el hecho de que Nanoha y ella tuvieron una cita? ¿Hayate había filtrado esa información? Porque Fate estaba segura de que la castaña había hecho decenas de fotos fácilmente malinterpretables mientras las seguía por la feria, o si no, al menos aseguraba que las había retocado. Miró a Hayate con fijeza intentando introducirse en su mente. ¿Cómo podía estar comiendo como si nada después de lo que había dicho? ¿De dónde había sacado tantas hamburguesas?
La castaña notó la mirada de Fate, y tranquilamente bebió del refresco antes de hablar con una mirada enigmática. "No te preocupes, las fotos de la maravillosa cita que tuviste con Nanoha están a salvo y son secreto de sumario. Nanoha es mi amiga, no expondría su vida así como así." A Fate se le cayó la mandíbula de asombro. ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? ¿Era bruja? Espera, espera Fate. Retrocede. ¿O sea que a ella sí la expone ante el mundo sin importarle su privacidad? ¿No tenía derecho sobre su vida privada? ¿Tenía pinta de querer ser maltratada o de ser el centro de las bromas o burlas de Hayate? Porque Fate no quería eso, desde luego.
"De todas formas, ¿qué tal te fue con ella?" Habló con repentina seriedad y Fate la miró con desconfianza por el repentino cambio de tema y tono. Ella quería seguir indignándose y echarle en cara lo malvada que era, aunque fuera mentalmente. Hayate sabría lo que pensaba de todas formas. No entendía por qué tan de pronto se interesaba por la cita con la cobriza, si se supone que las había seguido y sabía las cosas, ¿no? Claro que Fate no sospechaba que Bardiche había intercedido a su favor impidiendo que Hayate las acosara más y, por lo tanto, la castaña no tenía constancia de lo que pasó al final del día.
"Estupendo. Conseguí que me perdonara." Dijo Fate con orgullo, olvidándose de sus anteriores ideas. Porque para la rubia esa había sido su principal prioridad, y de paso descubrió que Nanoha no le caía mal y que era agradable, quizá pudiera considerarla una amiga como Hayate. No, no, Fate. Ella es tu amiga. Recuerda lo que pasó cuando dijiste que no la conocías y que no tenías relación alguna con ella.
Hayate la miró inquisitivamente y con asombro. ¿Nanoha la perdonó? ¿Cómo? ¡Si estaba ofendidísima con Fate por lo que hizo! La cobriza había estado hablando con ella respecto a lo ocurrido con Fate, primero, porque sabía que Nanoha se sentía mal y querría desahogarse y, segundo, porque se moría de curiosidad por saber por qué Nanoha se ponía así si se suponía que, una de dos, o conocía a Fate lo suficiente como para darse cuenta de que era idiota, después de todo se sentaba al lado de la rubia desde hacía tiempo, o no la conocía en absoluto como para que su desprecio pudiera llegar a ofenderla de esa forma. Un punto a favor de la ignorancia de la cobriza respecto a la rubia, es que Fate casi siempre desaparecía en los descansos y almuerzos y era alguien difícil con el que entablar conversación y relación, así que en parte era normal que no la conociera bien, bien, bien lo que se dice bien.
Para el resto del mundo puede parecer raro eso de no conocer al vecino de al lado cuando es una clase de 30 personas y, por narices, te relacionas con la gente, pero no lo es. Hayate sabía que los adolescentes eran raritos a la hora de hablar con alguien y de hacer amigos, les costaba demasiado relacionarse. No sabía con qué cara decía eso puesto que ella era adolescente, pero también había que reconocer que Hayate era lo más raro dentro de lo raro. Se relacionaba hasta con las piedras con tal de divertirse un rato. Era demasiado extrovertida, demasiado sinvergüenza, demasiado descarada, demasiado lista y entrometida y en ningún caso tenía problemas para hacer amigos, ni enemigos.
Salvo cuando quiso acercarse a la rubia, claro. Sabía por experiencia propia que Fate estaba en sintonía con otra realidad en la que ella no era dueña y señora del instituto ni la reina de los cotilleos y bromas y, por encima de todo, conocía a Nanoha desde hacía milenios; fácilmente podía concluir que eran totalmente distintas entre sí, aunque no opuestas. Tenía motivos para querer que se relacionaran más, no sólo porque le parecía un hecho interesante y con el que sospechaba que se lo pasaría bien porque había descubierto, en tiempos distintos y muy alejados entre sí, que tanto Nanoha como Fate eran divertidas y buena gente, sino porque la amistad entre esas dos no pegaba ni con cola industrial y apostaba lo que fuera a que lograr que fueran amigas sólo traería mayor diversión a su vida, o la destrucción mundial.
Y por eso le extrañaba que la rubia hubiera logrado el perdón, porque conocía a ambas en mayor o menor medida, y si sabía que Fate era una zopenca de mucho cuidado con alguna que otra habilidad sorprendente, también sabía que Nanoha era de esas personas que acaban perdonando a todo el mundo siempre y cuando se lo ganaran, y para ganarse su perdón Hayate estaba segura de que tendrían que morir y resucitar cien veces, encontrar el cáliz de Jesús, sustituir el tridente de Satán por una escoba y hacer snowboard con Santa Claus y sus duendes obreros.
Así que, ¿cómo se había ganado Fate su perdón? ¿Qué había ocurrido mientras ella era perseguida y noqueada por un extraño animal que había aparecido de la nada como en las películas de terror? ¿Fate tendría el poder de controlar y apaciguar a Nanoha como ella tenía el poder de atraer a seres de otro mundo que impedían su misión de acosar a la rubia? Un retortijón punzante y nada bueno disolvió sus pensamientos. No debería haber comido tantas hamburguesas, ¿en qué momento se le había ocurrido pensar que su estómago podría expandirse lo suficiente, obligando al resto de órganos a reducir su propio tamaño voluntariamente para que su valiente compañero pudiera alimentarles a todos? Maldita gula. Un segundo retortijón la obligó a levantarse y salir de allí pitando sin importarle un comino dejar su conversación con Fate a medias. Baño, baño, baño.
La rubia vio con desconcierto como Hayate desaparecía tan rápido como había llegado. Al final se había quedado sin saber qué nuevos rumores eran esos de los que hablaba o qué información tenía Hayate sobre la dichosa cita que pudiera destruir su adolescencia o complicarla todavía más. De nuevo se quedó sola. La mesa repentinamente se le hacía inmensa para una persona, pero mejor eso a ser molestada por personas que quisieran pedirle algo. Ahora que lo pensaba, desde que se juntaba con Hayate las peticiones habían disminuido, aunque las cartas y los saludos seguían ahí, salvo hoy que habían tenido exámenes y la gente había acordado en darle un día libre a su abarrotada taquilla. Tendría que poner un buzón de sugerencias o un contestador que desviara los mensajes. Quizás hiciera un agujero en el interior para que las notas cayeran en la taquilla del que estaba debajo, así al menos alguien se alegraría de tener tantas cartas de amor o admiración, aunque llevan su nombre.
Fate aprovechó la soledad para arreglar su apariencia. Se alisó y se colocó bien los puños de la camisa, el jersey lo desató para volvérselo a atar, esta vez con más tino que la vez anterior, se frotó las mejillas para darles un poco del color que sabía que habían perdido tras el susto de los exámenes y se medio peinó usando los dedos. Cuando terminó aprovechó el reflejo de una ventana cercana para comprobar que parecía un ser humano y no una loca desaliñada a la que le faltaba el cuchillo para parecer recién salida de una película gore.
La imagen reflejada le complació, su madre ya no tenía motivos para quejarse de su indigna apariencia, aunque nunca lo había hecho. Lindy decía que cualquier cosa que Fate se pusiera le quedaba bien, hasta un saco de patatas, y no era coña, una vez la vistió con un saco marrón de esos que parecen de esparto y que pican una barbaridad para confirmarlo, y la obligó a ir de compras frente al mundo.
Claro que Fate de niña no era tan idiota como parecía y no se dejaba exponer a una situación tan vergonzosa como es el hecho de llevar un saco como vestido, por lo que antes de que su madre la sacara a tirones para que la acompañara, la rubia se puso por encima una camiseta blanca amplia –que milagrosamente ocultaba la parte superior del saco convirtiéndolo repentinamente en una falda gruesa marrón claro– y que irremediablemente nunca se quedan quietas y se desplazan hacia un hombro, junto con unas zapatillas blanco nuclear que jamás se ponía porque a pesar de tener 10 años y ser alta para su edad, eran más grandes que ella entera, pero que como eran un regalo de Lindy las tenía que usar sí o sí, y salió –obligada, por supuesto, y ocultándose tras unas gafas de sol– tratando de olvidar el traumático hecho de que su madre la obligara a vestir con un saco de patatas sucio y apestoso en vez de con ropa normal.
Como resultado de todo ello, Fate apareció en una revista infantil de moda porque su vestimenta había impresionado a una señora gorda, que enseguida se le había pegado como una lapa y se ofrecía a comprarle todo cuanto quisiera la rubia como si Fate fuera la octava maravilla del mundo, que decía ser fotógrafa y a la que le había encantado el modelito de la rubia. Fate no había vuelto a saber nada de aquella mujer tan amable y amorosa –las pocas ocasiones que la vio le regaló cosas caras y la besuqueaba como hacen los abuelos– y por lo que recordaba a su madre no le había caído bien la señora. Fate no entendía por qué, si le hizo unas fotos bastante bonitas a pesar de vestir un saco– y secretamente la invitó a ir a su casa para hacer lo que quisiera cuando la rubia se sintiera sola o aburrida. Según dijo Lindy después de la sesión de fotos, esa mujer le había parecido una pervertida encubierta asalta niñas que sólo quería a sus modelos infantiles para llevarlas al huerto, y a la que con gusto denunciaría en el momento de encontrar pruebas contra ella.
La rubia nunca entendió a qué se refería su madre ni sabía por qué querría alguien llevarla a un huerto si ella no pintaba nada recogiendo ni plantando tubérculos o frutos que no eran suyos.
Lo bueno de toda esa loca experiencia vital, es que su madre nunca había intentado volver a comprobar lo bien que le quedaba la ropa a Fate, y siempre que acompañaba a Lindy de compras y se probaba algo, lo único que obtenía de su bendita madre al enseñarle lo que había elegido era una mirada de sorpresa, un leve sonrojo y un bajito "... Jesús" que, en general, y unido al hecho de que su madre se tapara la nariz con un pañuelo como si fuera a estornudar, pero sin llegar a hacerlo porque sólo era una hemorragia nasal común producto de la excitación, y al consecuente desmayo de la dependienta que supervisaba su posible compra, le habían hecho entender a Fate que querían decir "Estás estupenda, cariño."
De repente su visión se oscureció y escuchó dos voces distintas solapándose cerca suya. Un risueño "¡Fate!" frente a ella junto a un cantarín "¿Quién soy?" por parte de la persona que le tapaba los ojos, y que se encontraba en su espalda, la habían hecho despertar de su mundo a la vez y recordar que se encontraba todavía en la cafetería, sola, y con una Hayate desaparecida en combate.
Fate no podía ver quiénes eran las personas que estaban a su lado, aunque por las voces podía decir perfectamente que una de ellas era Nanoha, concretamente la que estaba frente a ella. Sin embargo desconocía la voz de quien se había acercado a ella con absoluta confianza y le tapaba los ojos con suavidad. ¿Era posible que Nanoha hubiera estirado los brazos para poder taparle los ojos mientras hablaba enfrente de ella? ¿Si era así cómo había hablado a la vez con dos voces distintas? ¿Seguro que era Nanoha y no Hayate con algún tipo de modulador de voz? Tenía que asegurarse, ciertamente, era posible que Hayate estuviera detrás de ella y que hubiera acordado con Nanoha gastarle una broma o que fuera la cobriza quien tapaba sus ojos y hubiera cambiado su voz. Sí, definitivamente esto olía a mapache encerrado.
"Hayate, no estoy de humor para bromas y si sigues le diré a Nanoha que de vez en cuando hurgas en su bolso para ver si ha traído pastel de Midoriya como merienda." Dijo con decisión y amenaza. ¿O sea que primero se burla de ella durante los exámenes, afirma que la expone voluntariamente y sin cargo de conciencia al mundo, para después dejarla sola, y por último aparecer gastándole una broma? Era el colmo.
Las manos que tapaban sus ojos desaparecieron y en su lugar Fate pudo ver frente a ella a una sorprendida y molesta Nanoha, a la que acompañaban dos chicas que veían la interacción con curiosidad y cierto reparo propio de una educación de alta alcurnia, mientras que, en la periferia de Fate, aparecía una muchacha de pelo largo y azul con una sonrisa de disculpa por su pequeña indiscreción. Le sonaba su cara, pero no recordaba de qué.
Fate pestañeó acostumbrándose a la repentina luz y observó con confusión como Nanoha cruzaba los brazos y miraba intensamente a la chica peliazul que le devolvía la mirada con un gesto burlesco mientras las otras dos intentaban pasar tan desapercibidas y ser tan silenciosas como la propia rubia. Parecía que el tiempo se había detenido porque nadie se movía, ni hablaban, ni respiraban, o quizás ella contenía el aliento por todas. ¿Por qué había tanta tensión en el ambiente? Pasados unos segundos que se le hicieron más eternos que la llegada del autobús a la parada, vio como la peliazul suspiraba, se dirigía a ella con una sonrisa y le decía "Nos vemos, Fate" mientras le plantaba un beso bastante más largo de lo normal en la mejilla derecha y se iba levantando la cabeza con soberbia.
Mal, mal, mal. Fate cerró los ojos debatiendo consigo misma lo que había ocurrido mientras intentaba teletransportarse a otro lugar. Este le daba mala espina.
Fate, ¿no tienes esa sensación tan conocida de muerte inminente que generalmente aparece cuando has hecho algo mal y resulta que Nanoha está involucrada?
"Sí, la tengo. Calla mente estúpida, ¿no ves que pueden saber lo que piensas?"
Oye, no insultes. Maleducada. Mira que lo digo para que sobrevivas un día más, despiste con patas.
"De verdad, silencio. Siempre empeoras las cosas pensando tonterías."
Fate, no seas así, soy tu mente.
"Una mente idiota, podrías haberme recordado que tenía exámenes."
Me olvidé, tenía cosas mejores que hacer con la cobriza. Ya sabes...
"No hables así, parece que estás pensando algo pervertido de Nanoha."
¡Vaya, si me has entendido! ¡Alabado sea Dios! Aunque no soy religioso.
"¿Religioso, en masculino? ¡Eres mi mente, no puedes ser masculino si soy mujer ni pensar cosas perversas de Nanoha!"
Ya, ya, ya. Lo que tú digas, querida, el cerebro es lo que es independientemente del sexo del dueño. Pero deberías mirar delante de ti, no es sensato cerrar los ojos frente a Nanoha. Dicho esto, me voy. ¡Suerte compañera!
"¿Qué? ¡No! ¡NO! ¡VUELVE COBARDE Y SÉ UN HOMBRE! ¡HAZTE CARGO!"
Fate maldijo para sus adentros por tener una mente tan caprichosa e inútil. ¿Cómo podía dejarla sola en un momento así? La rubia abrió cuidadosamente los ojos para descubrir que Nanoha seguía mirando en la dirección por la que se había marchado aquella chica y que no se había enterado de la lucha reciente que había tenido en su interior. Suspiró aliviada, y con pena tocó su pecho para notar el corazón palpitando fuertemente. Siento que tengas que sufrir tanto, pensó del pobre órgano.
Nanoha no le dio mucha tregua después de eso. "¿Qué hacías con Ginga? ¿Sólo se te ha ocurrido decir el nombre de Hayate? ¿No reconoces mi voz o es que la suya te ha dejado embelesada?".
Pausa, pausa.
¿Quién es Ginga? ¿La del pelo azul? No sabía su nombre, ¿era china? ¡Pero si tenía rasgos occidentales! Bueno Fate no te precipites, puede tener ese nombre sin ser asiática al igual que tú te llamas "Fate" y no eres el destino de nadie. Haya calma.
¿Cómo que qué estaba haciendo con ella? Ella estaba en su mundo de yupi sin molestar a nadie. Además, ¡si ellas dos habían llegado a la vez! ¡Y claro que había pensado en Hayate! ¡Cualquier cosa era posible con ella al lado! Un momento, ¿por qué se molestaba? Si Fate ni había respirado. No había hecho nada. Frunció el ceño extrañada por el comportamiento de la cobriza, le recordaba a cuando se enfadó en la feria de la nada. Claro que reconocía su voz, pero que fuera Hayate disfrazada era más que factible.
Al parecer, Nanoha vio su gesto de genuina confusión y se relajó entendiendo que se estaba excediendo. No era momento para reproches que ni ella misma entendía de dónde venían, pero es que Ginga Nakajima –inserte aquí gesto de asco típico de adolescentes que odian a otros adolescentes sin saber muy bien el motivo– tenía algo que no le gustaba, y no le hacía gracia que se acercara a Fate como si fueran amigas.
Más que nada porque Fate era demasiado buena para su propio bien. Sí, era cabezota, y demasiado sincera, y valiente, y relajada, y dura de mollera, y adorable. Era el despiste personificado, y la belleza personificada –según el periódico escolar– y tenía el magnético encanto propio de un cachorro de Hüsky que hacía que fuera demasiado fácil perdonarla. Y con ella te sentías mejor persona, y tenía el extraño poder de hacerte sentir especial cuando conseguías su atención, y por algún motivo del universo era horrorosamente popular y atraía a la gente como la miel a los osos.
Sí, porque a sus ojos Fate era como la miel, y para Nanoha, Ginga era un oso devorador de esa miel. Así que no le gustaba.
Por el contrario, la hermana de Ginga, Subaru Nakajima, le caía muy bien y era una gran chica, además de que estaban las dos en el equipo de judo y a menudo entrenaban juntas junto a la mejor amiga de Subaru, Teana. Por ésta última es que sabía que Subaru –y por parentesco Ginga– eran china, que sus padres estaban divorciados y que vivían con su abuela paterna, un encanto de señora, al lado de la casa donde vivía la familia de Teana aquí en Uminari, o sea que esas dos eran vecinas.
Con tranquilidad casi real Nanoha se sentó, colocó su comida sobre la mesa e invitó a sus acompañantes a unirse. Fate, ajena todo cuanto había sucedido en la peculiar cabecita de Nanoha, observó todo el proceso de acomodamiento de las tres chicas con primitiva cautela y cierto gesto infantil, era su mesa al fin y al cabo. ¿Y si no quería compañía? Tsk.
Además, sospechosamente Nanoha se había calmado muy rápido y era raro. Las tres se pusieron a comer en silencio, parecía que no hablarían hasta que la cobriza las introdujera en un tema de conversación y Fate suponía que, viendo cómo había reaccionado Nanoha con la presencia espontánea de Ginga, de quien no conocía nada más que su nombre y color de pelo, no serían ellas quienes iniciarían una charla trivial para liberar la tensión. Aunque veía claramente como le dirigían miradas de soslayo para luego mirarse entre sí como si pudieran comunicarse telepáticamente. Fate se frotó la sien con cansancio, ella sólo quería un poco de tranquilidad, en cambio, la necesidad imperiosa de hacer algo para acabar con ese absurdo silencio crecía en su interior como los globos en un cumpleaños.
"... Entonces Nanoha, ¿nos presentas tú o sigo viendo como coméis las tres en silencio?" El trío brincó repentinamente por haberse roto el silencio y Nanoha, además, se sonrojó hasta los topes al darse cuenta de que había ignorado a sus acompañantes y se había centrado únicamente en Fate. Si la rubia hubiera sabido que reaccionarían así habría roto el silencio mucho antes. Ahora entendía por qué Hayate se entretenía molestando a la gente y viendo cómo reaccionaban.
Nanoha la miró con fiereza por haber sido tan poco sutil a la hora de abordar la situación y, seguidamente, carraspeó recuperando la compostura. Fate sonrió divertida al darse cuenta de que intentaba recuperar el control al reírse infantilmente, sus expresiones eran de lo más entretenidas. "Lo siento. Ellas son mis mejores amigas, Arisa Bannings y Suzuka Tsukimura, ambas procedentes de prestigiosas familias. Chicas esta es..."
"... Fate Testarossa Harlown. Sé quién es." Nanoha fue interrumpida por la chica de pelo rubio claro que estaba sentada a su lado izquierdo, que la miraba con unos profundos, oscuros y potentes ojos verdes que rivalizarían en fiereza con los de un cocodrilo, y que había pronunciado su nombre de la misma forma con la que se escupe un chicle que había dado demasiadas vueltas y había perdido el sabor.
Fate sintió que era profundamente analizada y parecía que esa rubia estaba debatiéndose entre hacer algo o no respecto a ella. ¿Era una fan? ¿Quería un autógrafo? ¿Una foto? ¿Confesar su amor? A Fate no le importó demasiado, miró a Nanoha preguntándose si eso era normal en la conducta básica de la chica y, cuando obtuvo un asentimiento divertido, volvió a mirar a la muchacha de cuyo nombre no se acordaba, inclinó la cabeza un poco, sonrió y saludó amistosamente con la mano como si la conociera de toda la vida a pesar del cansancio. ¿Cómo había dicho que se llamaba? La verdad es que le recordaba a Vivio tanto físicamente como por su comportamiento. Esperaba que la enana no las viera y empezara a gritar que era hija de ambas por tener una los ojos verdes y otra los ojos rojos. Más rumores no, por favor.
Aquella chica la miró brevemente para después sonrojarse furiosamente hasta las orejas y apartar la vista con falsa molestia. Sí, clavadita a Vivio cuando se ofendía de mentira y quería conseguir algo.
"No te preocupes, Testarossa. Lo que pasa es que Arisa es demasiado orgullosa y un poco tsundere y le cuesta ser honesta expresando lo que siente, no lo puede evitar." Esta vez habló la otra chica de forma suave y calmada, tenía el pelo morado y largo y grandes ojos azules. ¿Es teñido? Se preguntó Fate. Debe de serlo porque ese color no aparece natural. Debería sentir vergüenza por lo que acababa de pensar, después de todo ella era rubia y de teñida tenía lo que de sirena, sólo que tenía la excusa de tener ascendencia italiana y parecer extranjera. Ahora que lo pensaba, ¿por qué tenían todas el pelo tan de la gama otoñal aunque con grandes variaciones –¿morado en serio?– y los tan claros? Menuda genética. ¿Demasiado orgullosa? ¿Cómo podía decir eso de su amiga sin despeinarse? Menuda carta de presentación. Parecía una versión light y elegante de Hayate.
"¡No soy tsundere, Suzuka!" Gritó la muchacha para beneplácito de la pelimorada, que contenía la maldad en una sonrisa inocente. Dios. Quizá no era tan light.
Fate hubiera creído que la rubia era una chica normal hasta que gritó eso para, seguidamente, darse cuenta de lo que había dicho, avergonzarse hasta los pies, sentarse con molestia y falso orgullo en la silla de la que había casi saltado y cruzarse de brazos en un vano intento de hacerse la desentendida y la valiente. Sí, era muy orgullosa.
"Como decía..." Arisa cambió de tema y miró a Fate "... sé quién eres y quería agradecerte en persona por algo." La chica miraba repetidamente y con velocidad a la pelimorada, que bebía un té con parsimonia y majestuosidad. Cualquiera diría que quería agradecerle algo a Fate cuando la miraba con evidente molestia y con los brazos cruzados. Pero a Fate le picó la curiosidad, ¿agradecerle? ¿por qué?
"... Hace un tiempo salvaste a Suzuka de hacerse daño al caer por las escaleras y la llevaste a la enfermería. Yo... Debería haber estado ahí con ella... ehm... a-así q-que... Gracias." Escupió bajito.
Fate se la quedó mirando callada como cuando un extranjero te habla repentinamente en un idioma X creyendo que le vas a entender, y no es hasta que se te queda mirando en un silencio ensordecedor que te das cuenta de que habla en inglés, o en tu propio idioma –y no en Arameo– y que probablemente le habrías entendido de no haberte puesto tan nerviosa.
Fate se giró hacia Nanoha con desconcierto en busca de más información, y la cobriza negó con la cabeza diciendo que estaba en las mismas condiciones que ella y que no sabía de qué hablaba su amiga.
Volvió a mirar a la ojiverde que se había atrevido a pronunciar su nombre con ese tonito, y que seguía roja y le apartó la vista incapaz de hacerle frente, y por fin se dirigió hacia la muchacha pelimorada que parecía saber qué estaba pasando y que se divertía a su costa haciéndose la sueca –chiste fácil, Fate, chiste fácil–. ¿Cómo se llamaba? ¿Suzuki?
"¿Es cierto que te salvé? ¿De qué?" Preguntó Fate, en verdad no tenía ni idea.
La muchacha abrió los ojos lentamente –que hasta ahora había mantenido cerrados en un gesto que le recordaba poderosamente al de su madre– y, con expresión calculada y soñadora, explicó la situación de la que hablaba su amiga ojiverde. Tal era su detallismo y pasión a la hora de narrar el supuesto accidente que cambiaría su vida, que las oyentes contenían la respiración y reaccionaban exageradamente en los momentos de tensión mientras miraban a la rubia con expresión maravillada y fangirl. La única que no reaccionaba histéricamente era Fate, que no recordaba nada de aquello por la que la observaban de vez en cuando con admiración infantil, ni recordaba haber llevado a nadie a la enfermería montada en un caballo blanco y vistiendo un traje de príncipe algo desajustado por haber luchado contra un dragón.
Cuando Suzuka terminó de relatar lo sucedido con pelos y señales, la mesa seguía en silencio, digiriendo la información proporcionaba y grabando en sus mentes aquellas imágenes dignas de recordar. A Fate aun le costaba situarse en ese momento porque lo poco que recordaba de aquello es que había acabado con la ropa mojada oliendo a naranja y con sed. ¿Si había pasado hace tanto tiempo, cómo es que venían a agradecerle ahora? Ah claro, Fate, eres un poco antisocial y distante, y más difícil de encontrar que la tumba de Atila.
La rubia se sintió observada repentinamente, Nanoha la miraba con una sonrisa brillante y alegre por saber que su amiga no había salido herida de todo aquello y por descubrir que Fate, a pesar de ser generalmente un desastre, tenía ese don oportuno de la heroicidad altruista y desinteresada que aumentaba su encanto natural en un 200% y la hacían fácilmente perdonable y comestible. Aunque Nanoha se negaba a perdonarla del todo por lo que pasó en clase... No aún, o eso se decía.
"En realidad..." Una nueva voz se hizo hueco entre ellas y el instinto mapache de Fate se activó. "... Suzuka ha omitido ciertos detalles interesantes de aquél día. Pero no os desesperéis, yo, la gran Hayate Yagami, tengo pruebas de lo sucedido sin censura."
Una Hayate algo más pálida y demacrada que de costumbre, para disgusto de Fate, apareció de la nada y lanzó sobre la mesa varias fotografías tomadas desde diversos ángulos que detallaban los aspectos que, según la castaña y pervertida reportera, importaban y gustaban más sobre la historia de la muchacha pelimorada. Imágenes de Fate sentada en las escaleras. Suzuka cayendo aparatosamente sobre ella. Fate derramando su zumo sobre la ropa. Suzuka aturdida siendo abrazada por la rubia. Fate quitándose la parte superior del mojado uniforme con la chica todavía sobre ella –esto parecía una película para adultos con pésimo argumento–. Suzuka abochornada mirando a Fate con ojos brillantes. Fate devolviéndole la mirada a Suzuka. Hayate saludando a la cámara mientras hacía el ganso. Fate sin darse cuenta de lo que pasaba y llevado a la chica sonrojada a la enfermería. Sí, pensó Fate, es todo un cliché malinterpretable. Típico de Hayate.
Los gestos cambiaron radicalmente al ver las fotografías que Hayate mostraba y las expresiones de admiración fueron sustituidas por miradas sorprendidas, sonrojos, cuchicheos, más miradas y sobre todo enfado. O eso le pareció ver a Fate, que no comprendía cómo Hayate lograba empeorar una situación magnífica para mejorar su reputación con sólo aparecer.
Antes de que los reproches volaran hacia Fate, sobre todo por parte de Nanoha y la otra rubia, que repentinamente la miraba desconfiada y cabreada, la suave voz de Suzuka llamando a Hayate detuvo toda acción sangrienta. Menos mal que alguien es pacífico en aquel lugar, pensó Fate sintiendo alivio. La muchacha repentinamente se había ganado su amistad.
"Hayate, si no te importa querría copias de todas estas fotos en diversos tamaños."
La mesa quedó de nuevo en silencio, esta vez por culpa de la elegante muchacha que había hecho tal petición. Fate pestañeó aturdida, ¿por qué querría alguien copias de todo eso? Nanoha detuvo con gesto de asombro su ira contra Fate por haber participado en la toma de aquellas fotos junto a su inocente –no tan inocente al parecer– amiga y Arisa abrió desmesuradamente la boca ante la inesperada petición. Las únicas que mantenían la compostura eran Suzuka, que seguía bebiendo su té, y Hayate, que apuntaba en una agenda el pedido de la chica como si estuviera acostumbrada a ser proveedora. "¿Lo de siempre, no? Entendido."
¿Cómo que lo de siempre?
"Gracias." Contestó asintiendo mientras le rodeaba un aura floral y brillante e ignoraba las miradas. "Como agradecimiento por aquello, Arisa y yo os invitamos a todas este fin de semana al parque de atracciones perteneciente a la familia Bannings."
Hayate se abrazó a la pelimorada gritando de alegría por la espontánea y generosa invitación, Nanoha, que aparentemente había olvidado el enfado por las fotos, se reía al ver a Arisa forcejeando para separar a Suzuka de la castaña pervertida y Fate estaba ahí, asistiendo a todo aquél escándalo petrificada. ¿Cómo? ¿Tiene un parque de atracciones privado? ¿Cómo de ricachonas son?
Repentinamente, y mientras las otras tres reían, Hayate se acercó a ella para susurrarle al oído. "Deberías estar feliz Fate, verás, resulta que Suzuka y Arisa son de familias millonarias y no suelen hacer amigos fácilmente debido a su situación económica porque siempre intentan sacar tajada –aunque la mayoría de los estudiantes de aquí tengan suficiente dinero como para creerse superiores al resto–, en vez de interesarse en ellas como personas, más o menos lo que te pasa a ti por tu impresionante físico o a mí por mi brillante intelecto. Que te hayan invitado indica que les caes bien o que, por lo menos, confían en la opinión que tiene Nanoha de ti."
La rubia la miró fijamente queriendo descubrir si lo que Hayate decía era falso o no, pero la castaña tenía una expresión serena y sincera mientras observaba con cariño como las tres chicas interactuaban con familiaridad y confianza. Quizá aquellas chicas se parecieran algo a Fate a la hora de no poder hacer amigos con facilidad y Hayate lo sabía. Quizás la castaña velaba por su bienestar y quería que conociera más gente y fuera más extrovertida, que confiara más. Miró al grupo en el que se encontraba y una leve sonrisa apareció en sus labios. Descubrió que no le desagradaba del todo a pesar de no conocerlas bien, que quizás ya no tenía que estar sola y que, tal vez, Hayate se había dado cuenta de ello y era buena amiga después de todo. ¿Dónde había quedado todo eso de que los grupos sociales no servían de nada?
"Además..." Volvió a susurrarle, sacándola de sus pensamientos. "Fue Suzuka quien adoptó a los gatitos del parque me que enseñaste, y Arisa siempre juega con ellos y les compra juguetes." ¡Los cachorros! La rubia miró con renovado interés y agradecimiento a las chicas que charlaban tranquilamente, ajenas a la conversación que tenían Hayate y ella. Si Hayate les había entregado a los cachorritos era porque sabía que les cuidarían bien, por eso confió en la castaña para buscar una familia que los quisiera. Bardiche estaría contento y seguro que quería ir a verlos en cuanto se lo comentara.
Sin embargo, Fate no podía evitar tener una sensación extraña, como un presentimiento o idea enfermiza y paranoica, y es que, lógicamente, la rubia se preguntaba si Hayate había planeado todo esto desde que la conoció para que Fate tuviera la oportunidad no sólo de ver a los gatitos, si no de poder hacer amigos que por su cuenta no podría hacer, o sólo eran una enorme serie de coincidencias extrañas surgidas a partir del hecho de ser amiga de la misteriosa, depravada y molesta Hayate Yagami.
Daba igual, pensó la rubia. Se sentía feliz de saber que los gatitos estaban bien y que podría ir a verles.
Pero no sólo ella estaba feliz, al otro lado de la mesa justo donde se encontraban las tres chicas restantes, una cobriza sonreía mientras veía cómo Arisa y Suzuka bromeaban, para después mirar de soslayo a Fate hablando con Hayate y ampliar todavía más la sonrisa. Nanoha miró disimuladamente el fondo de pantalla de su móvil. Daba igual las copias que hiciera Suzuka o las fotos que tuviera Hayate consigo, a su parecer ella tenía la mejor foto de todas.
La foto en la que aparecía Fate besando la mejilla de una sonrojada y sorprendida Nanoha al final de la cita que no era una cita.
