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Aquel día, Arthur se había levantado con el pie izquierdo y con las costillas en el suelo instantes después.

—He oído un ruido. ¿Qué ha pasado?

—Habrá sido Arthur. No es una persona de mañanas.

—Ha sonado como si se hubiera caído. ¿Puedes ir a echar un vistazo, Scott? Quizás se haya hecho daño.

Oyó un resoplido por parte de su hermano mayor mientras éste subía los escalones que llevaban al segundo piso y abría la puerta de la habitación. Scott lo contempló desde la puerta de la estancia durante unos segundos, examinándolo. Su hermano pequeño se encontraba tirado en el suelo en una posición incómoda de ver, aún medio dormido pese al golpe, pero lo suficientemente espabilado para tratar de incorporarse y lloriquear frotándose la zona dolorida que había golpeado contra el frío pavimento. A su lado descansaba lo que parecía ser el culpable de su aparatosa caída; una pelota de goma hinchable que seguía rodando por la habitación como si nada de lo ocurrido tuviera que ver con ella.

—Scott, ayúdam…

Su hermano cerró la puerta, y Arthur pudo oír cómo bajaba las escaleras de nuevo.

—Está perfectamente, mamá. Sólo es torpe. Tener dos pies izquierdos no sólo le afecta al bailar.

Arthur sintió ganas de estrangularlo en aquel mismo momento. Al final pudo reunir las fuerzas para incorporarse de nuevo sin más ayuda que la cama junto a él, que le servía de apoyo, y abrir las ventanas para que la luz solar entrase e iluminase su habitación, a fin de prevenir otra caída y burla de su hermano. Al pasar miró con odio la pelota inflable, la agarró y se encaminó hasta la ventana, donde, en un arrebato de frustración, la arrojó al exterior. Qué suerte que vivieran en una zona poco transitada y la pelota estuviese fabricada de goma. Y mira, quien más tarde encontrase la pelota por la calle, pues se la llevaba gratis. Si es que en el fondo Arthur era un amor de persona.

El resto de su familia se encontraba en la cocina, alrededor de una amplia mesa sobre la que reposaban varios platos, rebanadas de pan, cuchillos y tarros de mermelada. Su hermano mayor apenas levantó la mirada de su tostada cuando Arthur irrumpió en la estancia y tomó asiento frente a él.

—Eres un capullo, ¿lo sabías? —su voz era apenas un susurro audible. No quería que su madre lo oyera, pero sentía la necesidad de dedicarle algunas palabras de amor a su hermano mayor. Aún así gesticuló mucho con la boca, y supo que Scott lo había comprendido a la perfección, porque sonrió aún con los labios manchados de mermelada de arándanos.

—Un poco de respeto, Arthur —le recriminó Scott con una mirada disgustada mientras tapaba con sus manos los oídos de Dylan, negando con la cabeza—. Hay menores delante.

—Os vais a cagar cuando cumpla los dieciocho —Dylan sacudió la cabeza, zafándose del agarre de Scott, dirigiéndole a ambos una mirada pétrea. Tenía diecisiete años y su cumpleaños número dieciocho se acercaba cada vez más y más. Dylan era ese tipo de personas que fantaseaba con la mayoría de edad, pensando que se le abrirían cantidad de puertas y oportunidades tan sólo asequibles a partir de tan señalada fecha. Arthur le había insistido de que los dieciocho era una vil y ruin mentira, y que cuando llegase el momento no sentiría gran diferencia entre tener una edad u otra. Scott, por su parte, tan sólo disfrutaba pinchando a su hermano menor—. Pero es que os vais a cagar.

—¡Dylan Kirkland! —su madre le llamó la atención desde su asiento, y el más de joven de los hermanos sintió un escalofrío bajar por su espalda. Elizabeth era una mujer de escasa estatura, cabellos dorados y rostro afilado, pero más regia que la reina de Inglaterra y tan recta que parecía que llevase atado al torso un corsé las veinticuatro horas del día—. ¡El lenguaje!

Dylan bajó la cabeza, atemorizado, concentrado en sus cereales con leche y haciendo círculos con la cuchara hasta que sintió que la mirada de su madre se desviaba de nuevo, lejos de él. Scott apoyó el codo derecho sobre la mesa y posó la barbilla sobre la mano, mirando a su hermano con ojos divertidos, sonriendo y negando suavemente con la cabeza.

—Si es que a veces se te nota que eres un crío, Dylan —le chinchó—. Esta es la diferencia entre un criajo de diecisiete años y hombre hecho y derecho como lo es tu hermano mayor.

Dylan le sacó la lengua en un arrebato infantil, y después apartó la mirada, metiéndose una cuchara de cereales en la boca. Scott se rio, se llevó una mano a los labios y le lanzó un beso por encima de la mesa, siguiendo con la broma. Arthur aprovechó para desperezarse y soltó un bostezo, tapándose la boca con la mano y frotándose los ojos. Alargó un brazo y cogió una gruesa rebanada de pan.

—Dylan, pásame la mermelada de naranja.

Su hermano menor agarró uno de los tarros que descansaban sobre la mesa y lo impulsó hasta el extremo donde se encontraba su hermano. Arthur sacó el cuchillo de mantequilla que se encontraba en el interior del bote y sin pensar mucho comenzó a extender la mermelada sobre el pan. Al observar el color se detuvo a mitad de la rebanada y elevó sus ojos verdes hasta encontrar los de Dylan, quien lo observaba con inocencia.

—La de naranja.

—Sí.

—Ésta no es la de naranja.

—¿No?

—Me has pasado el tarro de arándanos.

—¿Entonces?

—Te he pedido la de naranja. No la de arándanos.

—Ea, eso, eso. Arándanos, ¿no? —Dylan se encogió de hombros, como si no comprendiese la lengua en la que hablaba Arthur. Su hermano pudo ver una pizca de diversión en los ojos del menor—. No sé de qué te quejas ahora.

El rubio exhaló un largo suspiro y se llevó una mano a la cara, negando con la cabeza. Estaba claro que su hermano pequeño le estaba gastando alguna broma extraña de las suyas, y que no conseguiría nada de él.

—Scott —probó la alternativa, quizá su hermano mayor mostrase algo más de madurez llegado el caso—, ¿podrías alcanzarme el bote de mermelada de naranja, por favor?

—Claro, faltaría más. De hecho, trae aquí, Arthur, yo te unto la mermelada en el pan.

Obediente, Arthur le pasó por encima de la mesa la rebanada a medio untar, y se maravilló al observar que Scott estaba realmente cumpliendo con su palabra. Conociendo a su hermano mayor, hubiera esperado alguna broma o comentario irónico, pero realmente estaba untando mermelada de naranja en el pan. Quizá, después de haberle dejado sufriendo en el suelo de su habitación se sintiera culpable por su comportamiento y estuviera haciéndole un pequeño favor para mostrar a su hermano menor su arrepentimiento. Arthur sonrió conmovido.

Una vez terminado de untar el pan, Arthur extendió el brazo con el fin de alcanzar la rebanada para poder atender las necesidades de su estómago. Scott dobló el trozo de pan a la mitad y se metió la rebanada en la boca, dándole un buen mordisco y saboreando el contenido. La mano de Arthur se quedó congelada en el aire.

—Guau, los arándanos y la naranja juntos saben mejor de lo que me hubiera imaginado en un principio.

—¿En serio? Déjame probar.

Scott le pasó el pan a Dylan, quien lo cogió entre las manos y también mordió de él. Miró a su hermano y asintió con la cabeza, demostrando así que estaba de acuerdo con Scott. Entre ellos se acabaron la tostada. Arthur les observó pasmado, viendo como las dos víboras que eran sus consanguíneos devoraban su desayuno.

—De verdad que sois increíbles —terció—. Y por increíbles me refiero a que sois unos pedazo de hijos de… —la mirada fiera de su madre hizo que se detuviese a mitad de la frase. Empezó a sudar frío—… De Dios. Sois los mayores hijos de Dios que jamás he conocido.

Elizabeth asintió, aparentemente complacida por la espontaneidad de su hijo mediano. No estaba realmente muy concentrada en la conversación de sus hijos, sino que batallaba con el mando de la televisión cambiando de canal repetidas veces. No parecía haber nada en la televisión que la complaciera.

—¿Por qué no hay nada decente en la televisión? —dejó escapar de entre sus labios, con el ceño fruncido— ¿Acaso no entienden que la gente quiere ver cosas cuando desayuna?

Arthur, Scott y Dylan se miraron entre ellos.

—Honestamente, mamá… —comenzó dubitativo Dylan.

—Creo que somos los únicos en este país que se despiertan a las seis y media de la mañana.

—Y encima en vacaciones de verano —acabó de sentenciar Arthur.

La mujer se quedó mirando a sus hijos con asombro mal disimulado, abriendo y cerrando la boca. Era tan normal para ella y sus hijos el despertarse a aquella hora que nunca se había percatado de la inactividad de las calles por la mañana.

—¡Pues deberían hacerlo! ¡Menudo desperdicio! —acabó por decir Elizabeth, dando un golpe a la mesa, haciendo que esta se sacudiese y un poco del descafeinado de la mujer se derramase. Scott se apresuró en alcanzar el rollo de papel de cocina y limpiar el pequeño desastre—. Por cierto, antes he escuchado un ruido de arriba —Elizabeth dirigió a su hijo mediano una mirada significativa.

—Sí, bueno. Me he tropezado al despertar —obvió los comentarios de sus hermanos llamándolo torpe—. Algún idiota dejó en mi cuarto una pelota inflable de colorines que me hizo dar de huesos contra el suelo. Y creo que ese idiota son en realidad dos, llevan el apellido Kirkland y han tenido la caradura de comerse mi desayuno.

—Eso me recuerda que no hemos encontrado la pelota de playa que compramos el otro día. Puede que sea la misma. ¿Dónde la has echado?

—La he tirado por la ventana.

Scott dejó caer la tostada que estaba comiendo, la cual cayó sobre su plato, observando a su hermano como si acabase de decir que Inglaterra había logrado ganar un partido sin necesidad de llegar a los penaltis; anonadado. Dylan, por su parte, alzó los brazos al cielo y dirigió a su hermano mayor una mirada llena de furia en sus ojos oliva. Arthur no pudo hacer más que sentirse levemente ofendido por el hecho de que les importase más el hecho de haber tirado una pelota de goma barata por la ventana a que su hermano hubiera podido sufrir de una lesión de espalda.

—Pero ¡¿qué te pasa?! —estalló el menor escandalizado—. ¡Ya está, un euro veinte tirado a la mierda! Pues va a salir de tu hucha, sabes.

—Sí, venga, y una mierda que te has creído tu eso, Dylan. Si acaso vais a ser tú y Scott los que me paguéis el traumatólogo a ver si me he roto algo.

—Ni falta que hace que vayas a un traumatólogo, que te digo yo que algo sí que ha dejado de funcionarte; el cerebro.

—Ven y dime eso a la cara, criajo —Arthur había comenzado a calentarse, no había que ser un genio para ver aquello. Se levantó de la silla y apoyó ambas manos sobre la mesa, torciendo el gesto—. ¿Y se puede saber cuándo habéis ido vosotros a la playa?

—Arthur, ¿se puede saber qué estás tratando de demostrar? —interrumpió su madre con una gélida voz que atravesó el corazón de su hijo e hizo que se detuviese en el acto, recobrando la compostura y volviendo a sentarse—. Poco respeto puedes imponer con esas greñas amarillas despeinadas que me llevas en la cabeza y ese pijama de conejos azules. Recomponte, que ya tienes veintitrés años y eres demasiado viejo para caer en los puyas de Dylan —Elizabeth Kirkland tomo un sorbo de su taza de café con porte regio. Debía resistir, pues era la única que seguía manteniendo la tradición del café en una familia que había sido siempre más consumidora del té—. Y fuimos a la playa antes de ayer, a Cádiz. Está a apenas unas horas en coche.

—¿¡Qué?! ¿¡Y por qué no me avisasteis?!

—Estabas durmiendo la mona, hermanito —Scott se cruzó de brazos y se recostó sobre su silla—. Menuda la resaca que llevabas encima, Arthur. No te hubieras podido mover ni aunque hubieras querido. A nosotros nos quedaban apenas un par de días por aquí y teníamos que aprovechar que las playas españolas no dan asco, a diferencia de las inglesas.

Arthur abrió los ojos, percatándose de repente en las maletas ya hechas que se amotinaban junto a la entrada de la vivienda, y en el hecho de que era el único de la mesa que llevaba puesto el pijama. Sus dos hermanos estaban perfectamente vestidos con camisas claras y pantalones largos, e incluso Dylan llevaba ya puesto un fino jersey, señal irrefutable de que se embarcarían en breve hacia tierras menos cálidas. Elizabeth, por su parte, vestía una blusa blanca y zapatos negros de tacón, y Arthur no tuvo duda de que su madre parecería mucho más alta una vez se pusiera en pie para dirigirse al aeropuerto de vuelta a Reino Unido.

—Es cierto… —murmuró el rubio más para sí mismo que para sus familiares—. Hoy era vuestro último día aquí. Casi se me había olvidado.

—¿Y bien? —Arthur giró la cabeza para encontrarse con un Scott sonriente, burlón. Con el Scott que había convivido durante veintitrés años sin interrupciones, vaya—. ¿Qué se siente que no sólo te echen de casa, sino que también te expulsen del país?

Dylan rodó los ojos.

—Tú siempre metiendo mierda, Scott. Eres el mayor de nosotros. ¡Deberías ser tú quien empezase a independizarse!

—¡Es lo que intento, pero no me dejan! —se quejó el pelirrojo—. Juro que en cuanto apartéis los ojos de mí me piro a algún lugar perdido de Escocia y monto un negocio que ríete tú de la beca en España de Arthur.

—Total, el acento escocés ya lo clavas…

Arthur rio desde su asiento mientras se llevaba a la boca un vaso lleno de leche. Al cuadro familiar de los Kirkland aún les faltaba la presencia de su padre, que se había quedado en Reino Unido debido a asuntos laborales, y los gemelos, que habían decidido quedarse con él. El resto de la familia había emigrado hacia el sur con el fin de disfrutar de sus más que merecidas vacaciones de verano, y aprovechando el hecho de que Arthur iba a quedarse estudiando en España debido a una beca obtenida, habían decidido acompañar al rubio hasta que comenzase el cuatrimestre universitario.

Abreviando, que Arthur había tenido que soportar la presencia de aquellos tres individuos durante casi dos meses enteros. Pero aquello estaba a punto de terminar.

Pese a ser una hora tan joven, el aeropuerto estaba lleno de vida. No era sorprendente, puesto que era el final de las vacaciones de mucha gente, y el deber y la rutina de siempre los llamaban de vuelta a sus hogares. Dylan, Scott y Elizabeth caminaban con sus respectivas maletas de la mano, con Arthur algo más atrasado, con las manos en los bolsillos y admirando las instalaciones, con la tranquilidad propia de aquel que no siente la sensación de tener que embarcar y sólo acompaña a un amigo, la pareja o, en este caso, su madre y los dos demonios con los que de alguna forma compartía lazos sanguíneos.

Su hermano pequeño y su madre estaban dejando las maletas en la cinta que las conduciría a la bodega del avión cuando Scott se apareció a su lado, rodeando los hombros de Arthur con un solo brazo, y dejando caer sobre su hermano pequeño parte de su peso.

—¿Qué quieres ahora, Scott?

—¿Qué pasa? ¿Ya no puedo ni despedirme de mi querido hermano pequeño? ¿No vas a pretender que nos vas a echar de menos en los meses venideros? ¿Ni siquiera a mí?

—Si acaso a ti al que menos —Scott se llevo las manos al pecho, actuando como si las palabras de su hermano hubieran actuado como una nociva flecha dirigida a su corazón. Arthur no pudo menos que dejar escapar una sonrisa. Ambos sabían que el menor no lo decía seriamente. No del todo, al menos. Era su forma de ser, de relacionarse como hermanos. Algunos hermanos compartían gestos afectuosos, se confiaban secretos o se apoyaban en los momentos difíciles. Arthur y Scott demostraban su amor puteándose lo máximo posible—. Por fin voy a disfrutar de unas verdaderas vacaciones, lejos de todo y todos, y sobre todo de ti.

Iba a comenzar un nuevo apartado en su vida, o eso era lo que se había propuesto. Era la primera vez que se alejaba tanto de su familia, y para más inri, a partir de aquel momento se encontraría completamente solo en un país extranjero, pero de alguna manera aquello no le intimidaba. Quizá Dylan le había contagiado su positivismo e ingenuidad, pero tenía la sensación de que todo sería más fácil de ahora en adelante. Por supuesto que debía esforzarse en los estudios e hincar codos (de otra manera perdería la beca internacional), pero se tomaría también su tiempo para ir de fiesta, hacer amigos y quizá incluso conocer a alguna otra chica con la que poder iniciar una relación. Quién sabía lo que le podía deparar el futuro en aquel país.

Scott observó por el rabillo del ojo cómo su hermano parecía ido, sumergido en sus propios pensamientos. Suspiró profundamente y le dio una palmadas en el hombro.

—Cuídate, ¿vale? —la voz del mayor sonaba sincera, incluso concernida. Arthur supo que quien le hablaba no era el capullo de Scott, sino su hermano mayor, por una vez—. Mamá dice que comas bien, que no compres demasiada comida basura. Yo le he dicho que estarás bien mientras no seas tú quien toque los fogones —Arthur frunció el ceño ante el comentario—, pero que igualmente llames si ocurre alguna emergencia. Pero tampoco llames mucho, que las llamadas internacionales salen a un ojo de la cara por minuto. Pero en fin, que eso, cuídate —le dio unas palmadas en la espalda tratando de mostrarse confiado, pero Arthur apreció en el rostro de su hermano una expresión de incomodidad, como si no supiera qué debía hacer a continuación. Ahogó una risa. Scott no acababa de pillarle el tranquillo a eso de hacer de hermano mayor responsable—. Nosotros sí que te vamos a extrañar. Un poco. Tampoco te flipes.

El sonido de los motores empezó a resonar en los oídos del rubio que se había quedado en tierra, mientras el resto de su familia lo despedía por las ventanas del avión. Su madre le sonreía desde la distancia, agitando la mano y con un pañuelo con el que ocasionalmente se limpiaba las lágrimas. Era una mujer estricta y exigente, pero sobre todo demasiado orgullosa para mostrar sus verdaderos sentimientos hasta que estos la abrumaban de tal manera que le era imposible retenerlos por más tiempo. Dylan estaba pálido al lado de su madre. Los vuelos nunca le habían sentado bien; el pobre Dylan se pasaba la mitad del viaje mareado y con la cabeza metida o bien en una bolsa de papel o en la tapa del váter del avión. Scott ni siquiera le miraba, estaba demasiado concentrado colocándose un antifaz sobre los ojos. Iba a dormir la mona en el avión, si es que no lo había hecho ya.

Arthur negó con la cabeza mientras veía cómo el avión iba cogiendo distancia. En dos horas y media estaría aterrizando en el aeropuerto de Inglaterra, a más de mil kilómetros de donde él mismo se encontraba. Dio la vuelta y se alejó del lugar.

Iba a echar de menos aquellas estúpidas discusiones por las mañanas.