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Con un repentino tirón, las cortinas de la habitación se abrieron de par en par, provocando que la joven luz solar se colase por las ventanas de la estancia y despertase los quejidos aún somnolientos del joven que se encontraba aún entre las sábanas.

—Romano, despierta. Tienes clase hoy.

Romano sacó una mano de entre las sábanas y le mostró a su compañero la preciosa visión de su dedo corazón. Era aún temprano, apenas las ocho de la mañana, pero era día lectivo y las clases comenzaban un día más para Romano, quien cursaba último año de Bachillerato, y también para Antonio, que no se escapaba de la dolorosa rutina.

—Vete a tomar por culo.

Antonio suspiró pesadamente, pero abandonó la habitación de todas maneras. Sabía que Romano necesitaba un buen rato para desperezarse, reflexionar y espabilarse, pero siempre acababa levantándose por iniciativa propia. Era de ese tipo de personas que se hacían de rogar, y si Antonio se quedaba en la habitación esperando ver cómo Romano le hacía caso finalmente, entonces sí que el chico llegaría tarde a clase. Cogió la cafetera de la encimera de la cocina y vertió el líquido oscuro en una taza pintada de un impecable blanco. Romano era un terco.

—Tienes la ropa limpia sobre la mesa de tu habitación —exclamó Antonio desde la cocina mientras oía cómo la llave del agua se abría y el agua empezaba a salir de la alcachofa en el cuarto de baño donde se encontraba Romano. Era un apartamento pequeño, por lo que se podía escuchar básicamente lo que ocurría al otro lado de la casa sin demasiado esfuerzo. Aún así, los gritos y exclamaciones eran el método natural de aquellos dos para comunicarse entre sí—. Te he dejado la mochila al lado de la ropa, y el ordenador está cargándose en el salón. ¿No me dijiste que hoy tenías examen de formulación? —no esperó respuesta alguna—. Date prisa, el desayuno se te va a enfr…

La puerta de la cocina se abrió con un brusquedad, chocando con la pared debido a la brutalidad del impulso. Antonio levantó los ojos del teléfono móvil, más impresionado que asustado por el ruido. Romano lo observaba desde el umbral de la habitación, con el pelo chorreando finos hilos de agua que mojaban el suelo, el pecho desnudo y sujetándose una toalla a la cintura, recién salido de la ducha.

—¿Te quieres callar ya, dios santo? —le espetó fastidiado. Tenía unos oscuros círculos debajo de los ojos y miraba a su compañero con una mirada más muerta que viva—. Todos los días, dale que dale, ¡qué molesto! ¡Ya lo sé, deja de incordiar, mierda! No eres una mujer ni tienes veinte años más que yo, así que no te comportes como si fueras mi madre.

Y, acto seguido, cerró la puerta con la misma brusquedad y desapareció de la vista de Antonio, que pestañeó repetidas veces antes de sonreír y dar otro sorbo al café. Negó con la cabeza mientras se recolocaba la montura de las gafas sobre el puente de su nariz. Llevaba demasiados años conviviendo con Romano y lidiando con su comportamiento complicado como para ofuscarse por aquel arrebato matutino.

—El día en que me dedique palabras bonitas, podré morir feliz —suspiró Antonio con los ojos cerrados, apenas un pensamiento cruzando su mente.

—Pues morirás solo, arrugado. ¡Y muy viejo!

Cierto. Había olvidado que las paredes del apartamento eran finas como el papel.


Se separaron frente a la parada del autobús, y Romano continuó su camino hasta su instituto sin apenas volverse para despedirse de su compañero, que permaneció esperando la llegada del vehículo. Habían escogido ese apartamento porque les convenía la situación en la que se encontraba, cerca del instituto de Romano y también de la parada de autobús, aunque desde ese punto se tardasen varios minutos hasta llegar a la Facultad de Antonio.

Al mayor no le había importado, en verdad. El alquiler era barato y no le molestaba coger el transporte público en lo absoluto. Tenía la edad legal para tratar de sacarse el carné de conducir, pero la idea no le interesaba demasiado. No disponía del tiempo ni del dinero, ni tampoco poseía coche alguno para que el esfuerzo mereciese la pena. Y así, al menos, podía acompañar a Romano por lo menos durante un tramo de su camino. Le encantaba cuando Romano tenía algún examen importante y aprovechaba esos quince minutos andando juntos para repasar la teoría en voz alta y preguntarle a Antonio si era aquello lo que ponía en los apuntes del chico. Lo encontraba adorable.

Antonio subió al autobús y picó con gesto distraído, posando su tarjeta del bonobús sobre el lector. Todavía le quedaban cuatro euros y veinte céntimos de saldo. Se dejó caer en uno de los asientos y agarró la mochila entre sus brazos, hundiendo la cabeza en ella a modo de almohada. Apenas hizo un gesto con la cabeza cuando el asiento al lado suyo fue ocupado.

Añoraba el calor del verano, el sonido de los insectos, el olor a naranjas en las calles. Ahora el cielo estaba encapotado y aunque sabía que era poco probable que lloviese, guardaba en su mochila un pequeño paraguas flexible por si las moscas. El verano se había despedido de él hacía apenas unas semanas atrás para dar la bienvenida a las clases y la rutina usual.

Ninguno de sus amigos de toda la vida coincidían con él en la Universidad, tan solo Raúl, que al final había confesado en una quedada a finales de febrero que se cambiaría de carrera aquel mismo año para probar suerte en la Facultad de Derecho. Con ello, Antonio había perdido cualquier tipo de contacto amistoso dentro del edificio. Nunca le había preocupado en demasía porque siempre podía quedar con ellos durante los fines de semana o los días festivos para irse de fiesta, y era una persona ya de por sí bastante sociable, pero siempre quedaba ese poso de insatisfacción. Cerró los ojos y dejó descansar la cabeza contra el cristal.

—¿Eres de la Facultad de Medicina? —Antonio levantó la vista. La persona sentada junto a él, quien había resultado ser una muchacha joven de cabellos rubios y cortos que acariciaban su cuello desnudo y ojos verdes como la hierba le había formulado una pregunta—. Lo digo por el estampado de la camiseta que llevas —aclaró.

Antonio miró la camiseta que llevaba puesta. Efectivamente, llevaba cosido en el extremo superior izquierdo, sobre el corazón, el nombre de la Facultad de Medicina en letras oscuras que contrastaban con la tela blanca. No se había percatado de que llevaba una de las camisetas que João solía olvidar cuando quedaban juntos.

—No, no, qué va —Antonio agitó una mano en el aire, quitándole importancia al asunto. La rubia formó una adorable y perfecta "o" con los labios, y por un momento, Antonio casi pudo leer la decepción en el rostro de la chica—. Soy de la de Ciencias Económicas, de hecho. Relaciones internacionales. Esta camiseta se la debo de haber robado sin querer a un conocido mío. ¿Tú eres de Medicina?

Ambas facultades no se encontraban muy lejos la una de la otra, pero era la primera vez que veía a esa chica montarse en el autobús. Juraría haberla visto por el campus universitario alguna que otra vez, pero nunca había tenido ninguna razón de peso para establecer una conversación con ella. Sabía que tenía fama de estudiante aplicada y responsable, y había visto a varios de su Facultad hablar de ella en ocasiones en los pasillos, comentando lo guapa que era. Antonio se preguntó qué tipo de reputación tenía él, qué tipo de cosas había oído aquella chica decir de él.

—Psicología —sonrió ella—. Segundo año. Te he visto un par de veces por la Universidad, pero es la primera vez que te encuentro fuera de ella. Qué vergüenza— se rio levemente, haciendo que en la propia cara de Antonio se dibujarse una leve sonrisa. Era increíble lo espontánea que resultaba ser la chica—, no me sé ni tu nombre y te he abordado en el autobús público como si nada, espero que no te importe. Me llamo Beatriz, pero llámame Bel.

—Antonio —se presentó el otro. No se dieron la mano, ni se besaron en las mejillas, tan solo asintieron desde sus asientos mientras se sonreían. No se consideraba necesario tal grado de formalidad entre dos compañeros de Universidad en un bus—, y ni te preocupes por abordarme. De todas formas iba medio dormido y me iba a dar de cabezazos contra el cristal si nadie me espabilaba. Siempre voy a la Facultad en bus, a veces es un poco aburrido mirar por la ventana sin hacer nada.

Y continuaron hablando durante el resto del trayecto, mayoritariamente de cosas sin importancia, de la vida cotidiana, de algunas asignaturas que se les hacían cuesta arriba en las clases, como si fueran viejos amigos, con esa afinidad que o tienes con tu mejor amigo, o con un extraño al que sabes que no volverás a ver.

Aún quedaban diez minutos de viaje.


Afortunadamente el profesor aún no había llegado cuando él entró en el aula, así que Antonio se permitió exhalar un suspiro aliviado mientras se encaminaba hasta un asiento vacío en la sala y depositaba sus cosas sobre la mesa. A su alrededor el resto de sus compañeros se agrupaban en pequeños círculos de amigos, conversando de cosas mundanas mientras esperaban que el profesor llegara.

—Qué cachondeo el tío —murmuró el moreno entre dientes mientras mordisqueaba el capuchón de un bolígrafo y miraba repetidas veces el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda—, él puede llegar quince minutos tarde a la clase, pero luego llega uno con tres minutos de retraso y de patitas a la calle que te echa.

Odiaba aquella clase con toda su alma, no por la asignatura en sí, sino más bien debido al profesor. Su manera de explicar era ridículamente incomprensible, como si no quisiera que los alumnos realmente entendiesen la materia, y su gran desinterés por lo que ocurría en su propia aula era palpable. De haber podido, Antonio se hubiera ido de la clase meses atrás, pero aquella era una de las asignaturas que debía sacar para acabar la carrera, y si seguía con las desastrosas notas que había estado arrastrando hasta aquel momento no podría sacar el curso.

Aquella era la única motivación que tenía para esforzarse todo lo posible en la materia, prestando toda la atención que pudiera retener y realizando todos los trabajos que aquel hombre pudiera mandarles, por más insignificante que fuera. Así, por lo menos, podrían ponerle nota de participación. Algo era algo.

Los alumnos se callaron abruptamente cuando las puertas se abrieron y el profesor entró en el aula. La temperatura parecía haber bajado varios grados de repente. Antonio oyó cómo alguien apartaba la silla junto a él para sentarse a su lado. No tenían sitios establecidos, la gente sólo se sentaba en el primer asiento libre que pillaba. Observó por el rabillo del ojo sólo por curiosidad y conformó una mueca de disgusto cuando a su lado Francis se apartó el pelo de los ojos y se empezó a palpar los bolsillos, buscando algo que no encontró.

—Oye —Francis le dio leves golpecitos sobre el hombro para llamar la atención de su compañero—, préstame un boli.

Estaba a punto de separar los labios para decirle que se fuera a la mierda cuando el profesor los mandó callar a todos con un potente grito de su áspera voz que hizo que hasta el rubio a su lado se irguiera en su sitio.

—A ver, a ver —el hombre bostezó sonoramente sin taparse la boca, enseñando a todos los alumnos los interiores de su cavidad bucal. López era un hombre que debía de rondar los cuarenta o cincuenta años y que parecía aborrecer su profesión de profesor universitario desde hacía aún más. Quizá había perdido el entusiasmo, quizá nunca había querido desempeñar aquel trabajo. Antonio no lo sabía, y no podría importarle menos si no fuera porque aquello le afectaba tanto a él como a todos sus alumnos—. Bien, la semana pasada os mandé que realizarais un análisis de cómo afecta una posible situación crítica en un país en concreto a una mancomunidad de naciones.

El profesor López mandaba muchos proyectos, ensayos, análisis, presentaciones. Pero era increíblemente inusual que ninguno de aquellos trabajos se corrigiera, ni siquiera que llegasen a ser evaluados o recogidos por el maestro. Por eso misma la inmensa mayoría de los alumnos simplemente no se molestaban más en realizar las demandas del profesor.

A su lado, Francis, agarraba el borde de la mesa con fuerza, evadiendo la mirada del profesor, que se paseaba por el aula pensando a qué estudiante sacaría a exponer su análisis. Antonio casi sintió pena por él. Era evidente que no había hecho nada el fin de semana, mientras que él había estado investigando datos y buscando patrones similares en distintos tipos de libros durante los dos últimos días a fin de poder completar el análisis.

—Tú —los ojos del profesor se detuvieron justo en la dirección en la que los dos chicos se encontraban, y Francis casi palideció—. El melenas rubio del apellido raro. Bomfwah.

—Es Bonnefoy, señor —lo corrigió tímidamente el susodicho—. Es un apellido francés.

—Cómo me importa —ironizó el hombre—. Sal ya.

Antonio se cubrió la boca con la mano a fin de que su acompañante no adivinara la sonrisa que no abandonaba sus labios. De alguna manera, encontraba bastante divertido, incluso satisfactorio, ver al rubio en semejante situación. Debía estar muy podrido por dentro, y Francis muy jodido si no encontraba una buena excusa con la que disculparse por no haber atendido a sus deberes.

Una mueca de desconcierto se formó en el rostro del moreno cuando su compañero se levantó de la silla con una repentina sonrisa confiada y empezó a bajar los escalones que lo separaban de la pizarra con paso decidido, portando unos papeles bajo el brazo. Antonio frunció el ceño. Eso era extraño. No recordaba que Francis hubiera llegado a la clase con ningún tipo de material. Si hasta había tenido que pedirle un boli porque se encontraba completamente sin nada.

De repente todo cobró sentido cuando el rubio comenzó a exponer sus ideas, y Antonio reconoció en sus frases las mismas palabras que él había usado para elaborar su análisis. Enrojeció por la ira y quiso levantarse y comenzar a despotricar contra el caradura del francés que había tenido la desfachatez de robarle su trabajo, pero se contuvo. No quería ser expulsado de la clase, ¿y cómo demostraría que el trabajo era suyo? Estaba mecanografiado y no guardaba el archivo. Consideraba a Francis lo suficientemente perro como para no admitir su falta, y entonces sería la palabra de Francis contra la suya.

Cuando el francés terminó de hablar, un gran silencio se instaló en el aula. El profesor López observó al rubio con atención, incluso arqueando una ceja. Francis, que se encontraba en mitad de la sala, sonrió incómodamente. Incluso Antonio se echó hacia delante con el fin de poder ver la escena más atentamente. ¿Qué diría el profesor de su trabajo? Estaba creando demasiada expectación con su silencio, debía de estar impactado. Puede que Francis se hubiera adueñado de su ensayo, pero seguía siendo de Antonio, y tenía mucha curiosidad por saber cuál sería el veredicto del profesor.

—Bueno Francis, eso ha sido… —Antonio se mordió los labios, impaciente. ¿Qué diría? ¿Estaría sorprendido? ¿Impresionado? ¿Incrédulo? —… Bastante desastroso, a decir verdad. Te tenía por alguien más lúcido en ese aspecto, vaya. ¡No puedes escribir lo primero que se te venga a la cabeza! Esto es la universidad, no puedes exponer este trabajo de nivel de niño de secundaria y pensar sacar una buena calificación.

Las mejillas del rubio empezaron a colorearse por la vergüenza.

—Lo lamento. Quizá me encontraba un poco borracho cuando me dispuse a escribirlo. Juro que puedo hacerlo mejor.

—¿Borracho? Más bien como una cuba. Vuelve a tu sitio por ahora —el profesor se presionó el puente de la nariz aguileña con el índice y el pulgar de la mano derecha, decepcionado. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y señaló la mesa donde Antonio se encontraba sentado junto con una silla vacía—. No te evaluaré el análisis. Hagamos como que esto no ha pasado.

Francis le dio las gracias efusivamente, tomó los papeles y volvió a sentarse. Le dirigió una mirada a su compañero, pero Antonio no pareció percatarse.

Acababan de destrozar su espíritu por lo que restaba de día. Y de vida.


Las clases acababan de terminar, y el comedor de la universidad se estaba llenando por momentos. Algunos de los estudiantes se marchaban a sus casas a almorzar con sus familias, pero la gran mayoría de estudiantes no tenían más remedio que quedarse en el campus durante la hora de la comida para estar listos para las clases de por la tarde o las prácticas universitarias.

Antonio se sentó en una mesa junto a la ventana y comenzó a comer en silencio. No solía comer allí, pero tampoco se veía con energías para volver a casa. No por ahora. Estaba a punto de terminarse el primer plato cuando una figura le tapó el sol que entraba por el cristal junto a él, y el moreno detuvo la trayectoria que estaba realizando su tenedor para mirar hacia arriba.

Francis Bonnefoy dejó sobre la mesa junto a él una bandeja de comida mientras apartaba la silla que se encontraba frente a Antonio.

—¿Me puedo sentar?

El moreno frunció el ceño. A decir verdad, no quería que se sentara junto a él, pero el rubio ya había tomado asiento incluso antes de que pudiera contestar. Bajó la mirada de nuevo hacia su plato de filete con verduras y se metió el tenedor en la boca.

—No preguntes por permiso cuando ya te has instalado.

Francis esbozó una sonrisa pese al tono indiferente del moreno.

—Escucha, sobre lo de antes…

Ahí estaba, la razón por la que se había acercado a él en el comedor. Antonio se tapó las orejas con las manos y cerró los ojos. No quería escuchar una sola palabra más que el rubio tuviera que decirle.

—¡Lalalalalala! ¡No te puedo oír, Francis! ¡No te oigo, no te escucho!

Francis se quedó desconcertado. No había esperado una reacción tan infantil por parte de su compañero. Trató de continuar la frase repetidas veces, pero el moreno no dejaba de fingir que no le escuchaba, y hastiado, el de pelo rubio empezó un forcejeo con su compañero para obligarle a callarse y quitarse las manos de las orejas. Pese a la gran resistencia que Antonio ofreció, no pudo evitar que Francis cumpliera su objetivo.

—¡TAN SOLO QUERÍA AGRADECERTE LO DE ANTES, JODER!

Francis se quedó helado. Había acabado gritando. En la oreja de su compañero, además. Ahora todas las miradas del comedor se concentraban en él, y en su dolorido acompañante, que gimoteaba llevándose ambas manos a la oreja atacada. El rubio volvió a sentarse, algo cohibido.

—Quería decirte gracias por lo de la clase —repitió, esta vez en voz más baja.

—¿Por qué deberías agradecerme? No sólo lo tomaste sin permiso, sino que además, como dijo el maestro, era una mierda.

—Sí, pero me salvaste —rodó los ojos—. Hubiera sido mil veces peor si hubiera admitido que me había pasado el fin de semana rascándome la entrepierna, sabes. Cualquiera admite frente a López que no ha hecho un trabajo que él ha ordenado, que va el tío y te castra.

Antonio no pudo hacer más que coincidir con el rubio. El señor López podía ser aterrador en ocasiones.

—Además, dijo que no lo tendría en cuenta, así que no tengo nada de lo que preocuparme, en verdad —Francis cogió el tenedor de la bandeja y comenzó a pinchar los alimentos que descansaban sobre el plato blanco frente a él—. Así que básicamente eso es; me has salvado la vida, aunque el ensayo fuera una mierda pura.

—Que sigas repitiendo que era mierda no me ayuda… Le había dedicado muchas horas a ese trabajo, ¿sabes? Pensé que estaba bien, o al menos decente —exhaló un largo suspiro apesadumbrado—. En fin, supongo que no es lo mío.

—No digas eso, tío. Si al final no estaba ni tan mal, lo que pasa es que López es un exagerado —Francis estiró un brazo y le dio un par de golpes amistosos en el hombro para animar al moreno—. Vamos, que tampoco era una maravilla de ensayo, pero no iba para cero como insinuó él. Lo que pasa es que desvariabas mucho, no te centrabas en los puntos importantes. Yo le habría dado un cuatro con setenta y cinco. Ya sabes, de esos que acaban redondeándote a cinco para que pases de cuatrimestre.

De alguna manera, ver el torpe intento de aquel chico tratando de consolarle le hizo gracia, y estalló en carcajadas, a las que el otro, aunque algo desconcertado en un principio, no tardó en unírsele.

—Déjame que te invite a una cerveza o algo después —propuso el francés al cabo de un rato riendo—. Te debo una, al fin y al cabo.

—No eres tan cabrón como te imaginaba —acabó soltando Antonio.

—¿Ah no? ¿Cómo se supone que me imaginabas?

—No sé —el moreno se encogió de hombros—. Te imaginaba más desalmado, más insensible. Recuerdo cuando estábamos en Secundaria —por el rostro sorprendido del rubio, Antonio dedujo que no se acordaba de que ambos habían coincidido tanto en secundaria como en Bachillerato—. Eras una mezcla rara entre bufón de clase, pijo popular y ligón por excelencia. Oí un par de rumores sobre ti.

—¿Qué clase de rumores?

—Hiciste llorar a Marta Guijón Pérez en primero de bachillerato —dijo tras un rato reflexionando, tratando de recordar—. La humillaste en público cuando ella te pidió salir. La llamaste gorda y ella te abofeteó en la cara. Escondiste el teléfono del profesor de biología en tercero de secundaria. Nunca te descubrieron y olvidaste donde lo habías escondido. Fuera del instituto te metiste en una pelea con una pandilla de chavales porque habías estado saliendo con la novia de uno de ellos. Ellos eran seis y tú ibas solo, pero acabaste partiéndoles la cara a todos ellos. No sé —Antonio se encogió de hombros—. Cosas así.

Francis, que se había mantenido en silencio todo aquel tiempo, soltó una carcajada.

—Qué locura. Como si tuviera una vida tan interesante. ¿Y te los creíste?

—Algunos sí —admitió—. Otros se notaba a la legua que eran falsos o muy exagerados. El último sonaba demasiado fantasioso.

—¿Qué pasa? —dijo el rubio realizando un puchero, aparentemente ofendido—. ¿No me ves capaz de cargarme a seis tíos con este cuerpo bendito por los dioses que tengo?

Rieron de nuevo.

—También —continuó el español—, que en realidad te llamas François, pero que te da pereza y lo cambias por Francis.

—Ese último es cierto —el rubio sonrió ante la cara sorprendida de su acompañante, encogiéndose de hombros—. Apellido francés, nombre francés.

—Vaya, yo pensaba que era Francis de Francisco. ¿Y por qué no te lo dejas como es; François?

—¿Tú sabes lo jodido que es deletrear siempre tu nombre y que la gente tenga problemas con la cedilla? —el francés negó con la cabeza—. Además, así queda más interesante. En España soy Francis, el misterioso hombre con un sexy apellido extranjero, y cuando vuelvo a Francia me convierto en François Bonnefoy.

Antonio sonrió, divertido. Francis había resultado ser una persona mucho más simpática y graciosa de lo que nunca podría haber pensado.

—Pero sabes, yo también he oído cosas de ti.

—¿En serio? —Antonio arqueó una ceja. No esperaba que corrieran rumores sobre él del mismo modo que los que involucraban a Francis. Principalmente porque él era una persona mucho más sosegada que su compañero, y no se exhibía tanto como el francés.

—Tienes un hermano que es básicamente un clon tuyo, pero con el que no te relacionas demasiado. Una vez una chica se comportó como tu novia durante semanas enteras y al final la hiciste llorar involuntariamente porque ni siquiera te habías dado de que se te había declarado. Trabajas como camarero en un bar perdido de por ahí. Vives en un apartamento bastante lejos de aquí con una chica muy mona un par de años menor que tú. Y por último, se te da de pena realizar análisis para el profesor López.

—Una verdad tan dolorosa en medio de ese mar de medias verdades duele el doble —el español se llevó una mano al pecho, fingiendo estar tremendamente dolido.

Pese al ambiente llevadero y amistoso entre los dos universitarios, Antonio empezó a preocuparse seriamente por el asunto. Aún por mucho empeño y esfuerzo que le pusiera a la asignatura, acabaría suspendiendo si continuaba redactando de manera tan penosa como lo había hecho aquella vez. No podía permitirse repetir, por cuestiones económicas y de orgullo. Le había costado mucho esfuerzo independizarse finalmente de sus padres e irse a vivir "solo" (en un principio Romano no se veía incluido en sus planes, pero tampoco le disgustaba en absoluto la presencia del joven), y no tenía pensado volver con ellos en un futuro próximo. ¡Hasta había comenzado a trabajar para poder contar con el dinero necesario para sus objetivos!

Y sin embargo, todo podía irse al carajo por culpa de su propia incapacidad, el señor López y su condenada asignatura.

Francis, preocupado por el estado de ensimismamiento en el parecía encontrarse su amigo, le zarandeó suavemente, sobresaltándolo. No hacía falta estar dotado de unas habilidades prodigiosas de observación para darse cuenta de que el hispano estaba preocupado por el asunto. De pronto, una brillante sonrisa se manifestó en los labios del francés.

—Quizá pueda ayudarte con eso.

—Tienes toda mi atención —el moreno, antes prácticamente tumbado sobre la mesa, se había incorporado casi cómicamente, sus ojos verdes fijamente clavados en el rubio.

—Conozco a una persona que se mueve como pez en el agua en estos temas de política internacional. Es un amig… —se detuvo a mitad de la frase, y se corrigió rápidamente—. Bueno, digamos que somos conocidos lo suficientemente próximos como para que me tenga en consideración. Además de que me debe un favor —Francis esbozó una sonrisa que Antonio no supo descifrar—, así que no creo que sea capaz de negarse.

—¿Un conocido? —Antonio arqueó una ceja. Estaba genuinamente interesado, pero también algo desconfiado. No creía que Francis le estuviese diciendo todo aquello con la intención de timarlo, pero sabía que cosas tan oportunamente beneficiosas casi siempre tenían gato encerrado—. ¿Cómo es? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?

El hispano se disponía a realizar más preguntas cuando el galo detuvo su retahíla de preguntas extendiendo la mano izquierda y mostrándole la palma de su mano en señal de que parase.

—Woah, ¿y todas esas preguntas? Que te voy a presentar a alguien para que te ayude, no para que te lo tires —rio.

Antonio se cruzó de brazos e hizo un puchero que resultó adorable a ojos del otro.

—Tan solo quiero saber un poco más de él, para saber si nos podremos llevar bien.

—Seguro que congeniáis —le aseguró el galo con una sonrisa—. Seguro que sí.


Francis se detuvo frente a la puerta de la casa y llamó al telefonillo varias veces. Antonio hundió la cara en la bufanda que llevaba puesta mientras se pasaba las manos por el cuerpo, tratando así de ganar más calor. Arriba, las nubes empezaban a ganar un color muy poco apetecible, y el viento hacía ya tiempo que rugía ferozmente. Antonio dedujo que se desataría una tormenta en breve, y esperaba que no fuera una muy potente, aunque dudaba que sus plegarias fueran escuchadas.

—¿Sí? —una voz de varón joven con un leve tono mecánico salió por los altavoces del telefonillo.

Francis se aclaró la garganta, carraspeó y habló con una voz mucho más grave que la que solía utilizar, casi llegando al punto de resultar ridículamente graciosa.

—Sí, buenas tardes. Le tengo aquí el pedido que ha solicitado por teléfono. Catorce pizzas hawaianas con extra de piña y queso. ¿Podría abrir, por favor? Son ochenta y cuatro euros con setenta y cinco céntimos, gracias.

—Ochenta y… No, no. Debe de haberse equivocado.

—Tengo el pedido justo en la mano, señor. Pone aquí además que ha ordenado usted un extra de ancas de rana —dijo aquello Francis con un marcado acento francés, y conteniendo la risa, y Antonio dedujo por su comportamiento que era alguna especie de broma interna entre los dos jóvenes.

Al otro lado de la línea, el joven balbuceó un par de veces, se notaba que seguía conectado al telefonillo, pero que se había quedado sin nada que decir. Al cabo de un rato cortó la conexión, y Francis estalló en carcajadas mientras volvía a llamar. Antes de que pudiese siquiera volver a comentar nada, la voz resonó al otro lado del aparato.

—Métete la piña por donde te quepa y vuelve a Francia, rana.

—No seas así, Arthur. En mi cabeza tenía sentido. Tu sentido del gusto es pésimo, y la pizza con piña es casi una abominación, así que pensé que te gustaría —el galo se limpió los últimos resquicios de lágrimas provocadas por la risa de los ojos, y dijo, con una tono más sosegado—: Abre, anda —miró por el rabillo del ojo al hispano, que se agitaba nervioso en su sitio, o quizá la causa de su movimiento era por el frío—. Un amigo mío necesita tu ayuda para la Facultad.

Antonio hundió las manos en los bolsillos de su abrigo y se mordió el labio inferior con nerviosismo, sintiéndose desubicado, como si no conformase parte de la escena. Francis le había asegurado que la persona a la que iba a conocer no era propiamente "mala".

—Sí, bueno —le había estado comentando el galo mientras caminaban en dirección a las afueras de la ciudad—. Es un tanto rarito, si entiendes lo que te digo. Lo conozco desde hace varios años y siempre tiene ese aura como de llanero solitario. No es una persona bellísima, exactamente, pero no tienes nada de lo que preocuparte tampoco. A veces es un poco brusco y estirado, pero tendrás que perdonarle. Es así con todo el mundo, venía en sus genes. Aún así creo que podréis llevaros bien.

Antonio frunció el ceño, preocupado, mientras oía como desde dentro de la casa, alguien retiraba los pestillos que bloqueaban la puerta. Pero tenía que hacerlo. Quería aprobar. Tenía que aprobar.

—¿Y bien? ¿Quién es ese tipo del que me hablas?

Francis se hizo a un lado, pues se encontraba en medio de los dos hombres, impidiendo que pudiesen contemplarse. Abrió mucho los ojos cuando frente a él, vestido con un batín añil y calzando zapatillas de andar por casa se le presentó un joven no mucho mayor que él, de claros ojos verdes, cabello rubio y unas enormes cejas. Era el guiri del otro día. Por la expresión que formó el rubio en su rostro, supo que él también lo había reconocido.

Francis, ajeno a todo aquello, miró a ambos muchachos consecutivamente, como si se encontrase en un partido de tenis. La sonrisa en sus labios había pasado a ser algo incómoda, aunque sin perder ese cierto tono agradable que nunca lo abandonaba.

—¿Ya os conocéis? Perfecto. Verás Arthur, lo que queríamos era saber si podrías…

—No —dos voces diferentes cruzaron el aire al mismo tiempo, al unísono, interrumpiendo al francés—. Ni de coña.