Disclaimer: Naruto y sus personajes correspondientes le pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 2
Naruto
Estaba en un lugar con muchas flores, su madre, Kushina, se encontraba a su lado, sonriéndole, mientras le contaba historias sobre su infancia.
De cuando no era una esclava.
Él la miraba embelesado porque su mamá era hermosa, largo cabello rojo y ojos trasparentes que lo observaban llenos de adoración.
Y entonces, ya no estaba en el prado con flores, si no en un cuarto oscuro que apestaba a excremento, vómito y sangre rancia.
A su lado, Kushina estaba en el suelo, temblorosa, cubierta de la sangre que había vomitado minutos antes. No sabía qué hacer.
Se arrodilló a un lado del cadáver moribundo de la mujer… y esperó. Esperó hasta que dejó de temblar y su respiración cesó.
En ese mismo viejo granero, había otras quince personas; bebés, mujeres, niño y ancianos. Todos afectados por la epidemia
Dos días después, cuando regresaron para quemar los cuerpos, lo encontraron vivo, tembloroso y con hambre. Las otras personas no tuvieron suerte. Los que habían muerto al principio se habían convertido en cadáveres, tan descompuestos que el olor era insoportable.
Naruto, con dieciséis años, nunca entendió por qué tuvieron que pasar algo así. Porque su madre tuvo que morir de esa forma tan desagradable.
Cuando salió de aquella pesadilla y logró reincorporarse al trabajo, los otros esclavos le ponían apodos como "el chico que sobrevivió".
¿A qué sobrevivió? ¿A qué?
Vivir como esclavo era como estar muerto.
Su madre siempre le decía que no se diera por vencido, que aún había esperanza para la gente como ellos.
Él nunca quiso esa vida. Pero era todo lo que recordaba.
Kushina le platicaba sobre la isla de la que provenía, donde, si bien también había sido una esclava, por lo menos era tratada como un ser humano. Naruto solía acomodarse a su lado mientras ella le hablaba llena de devoción sobre su padre y las promesas que le había hecho.
Ahora que lo pensaba, ¿cuáles promesas? Ese hombre supuestamente regresaría por ellos. Nunca lo hizo.
Porque estaba muerto.
Minato Namikaze había sido el hijo de los dueños de la joven Kushina. Habían tenido un romance a escondidas y cuando ella salió embarazada, él la ayudó a escapar. La mandó en un barco a otra isla y le prometió regresar meses después.
No lo hizo porque fue atravesado por una espada en una batalla.
Naruto había investigado al respecto poco tiempo después de la muerte de su madre. No fue difícil encontrar información. Todos conocían al clan Namikaze.
No tenía nada.
Nunca tuvo nada.
Pasaron tres años de arrastrarse para tratar de sobrevivir.
Pero se cansó.
Sus viejos dueños lo vendieron por una vaca. Sus nuevos dueños eran más crueles, les pedían que trabajaran de sol a sol. A veces, lo único que tenían en el estómago era un pedazo de pan y agua.
Como si no necesitaran comer.
Los esclavos empezaron a cansarse y morir. Por inanición y deshidratación. El nuevo señor tiraba los cadáveres y los quemaba como si fueran basura.
El olor era asqueroso.
Naruto se escondía en un rincón de la cabaña que compartía con otros quince chicos para escapar del olor. Ahí, todos dormían apretados, a veces terminaban peleando porque se golpeaban entre sueños.
Lo toleró, lo toleró lo más que pudo.
Pero el hambre es traicionera. Te quita la capacidad de pensar. Naruto llevaba tres días sin probar bocado. Si tenía suerte lograba tomar un poco de agua. En medio de su desesperación por comer algo, no pensó las cosas.
Por eso le fue fácil robar los cinco ryōs. Los sacó del bolsillo del administrador, mientras este gritaba furioso a unos niños que se estaban desmayando.
En medio del caos, los metió dentro de su bolso y sonrió para sí mismo. Podría comprarse un plato de sopa esa noche.
Pero no duró tanto. Lo descubrieron con la misma rapidez que tuvo para imaginarse el plato de sopa.
Cuando lo sacaron de la cabaña, lo arrastraron sin la mínima piedad. Le quitaron la camisa de lana y lo azotaron.
Naruto jamás había sentido tanto dolor. Podía escuchar el cómo su piel se abría ante los latigazos.
Pero resistió. Porque era un luchador, porque tenía su orgullo. Había sobrevivido al hambre y sed, a vivir en la intemperie, a una epidemia que casi mató a la mitad de la población.
Sobreviviría a unos azotes.
Lo golpearon hasta que se cansaron. Pero no se dejó. Al contrario, luchó, y entre el forcejeo, logró soltarse.
Pensó en sus posibilidades. Era un chico grande y fornido, muchísimo más alto que los jóvenes de su edad. Podría huir.
Pero cuando vio el rostro de su señor, Miyazami, sintió que su interior hervía. Ese hombre era una escoria, violaba a las esclavas y las embarazaba como si aquello aumentara su orgullo.
Y el hambre. El hambre. El hambre. El hambre.
Tenía una pequeña daga escondida dentro de sus pantalones sucios. Un regalo de su madre. Fue fácil sacarla entre el caos y encajársela en el cuello al anciano, quien se dejó caer en el suelo, con los ojos desorbitados y la sangre derramándose por manchándole sus ropas de seda.
Sonrió.
Si iba a morir, iba a hacerlo feliz.
Pero reaccionó en ese momento. No quería morir. Se giró y observó que los guardias venían hacia él y con la poca fuerza que le quedaba, escapó.
Corrió tanto.
Corrió.
Corrió.
Y corrió.
Algunas veces se cayó y otras perdió el conocimiento unos minutos, a veces a casi se congelaba. Pero no se detuvo hasta que encontró un lugar donde refugiarse.
Una vieja caballa, a la orilla del río, no tuvo problemas para entrar, el candado estaba tan oxidado que con una patada bastó. Sabía que estaba en tierras prohibidas, había guardias por todas partes, pero burlarlos fue fácil.
Cuando entró a ese lugar, medio inconsciente, prendió fuego, tomó unas viejas mantas y se hizo bolita en una esquina. Si iba a morir, sería ahí, en un lugar cálido.
Sí, estaba bien.
Estaba bien.
Alguien lo tocaba.
No sabía quién, pero podía sentir el calor de sus manos en su espalda.
—¿Cómo puedo ayudarlo? —le preguntaron. Su voz era suave, calmante. Como una canción de cuna.
No respondió. No porque no quisiera, no podía.
—¿Mamá? —murmuró.
Pero no podía ser su madre. Ella estaba muerta.
Aquellas manos se movían con delicadeza. Ardía, escocía. Pero no tenía fuerzas para luchar.
Le cubrieron la espalda y le echaron las mantas encima de nuevo. Ojalá y pudiera agradecerle a quien sea que lo estuviera ayudando. Pero la fiebre lo tenía tan débil.
Trató de hablar, pero sólo pudo emitir algunos quejidos. Entonces, alguien puso un paño húmedo en su frente.
Naruto, lo supo en ese momento. Iba a sobrevivir.
Siguieron cambiándole el paño húmedo durante otro rato. Hasta que sintió que la fiebre bajaba, así como el dolor.
Fue cuando empezó a vislumbrar las cosas con mayor claridad. Una chica. Una chica lo estaba ayudando. Trató de abrir un poco más los ojos al sentirla removerse a unos centímetros de su lado, pero no pudo.
Escuchó que se ponía de pie. Deseó darle las gracias.
—Realmente lo siento —susurró la chica.
Él lo sentía más.
Mucho más.
Y cuando la escuchó irse, su corazón se estrujó. Ahí estaba, solo de nuevo.
Solo.
El primer día, no se movió, a pesar de sentirse mejor, sin embargo, le dolía el cuerpo y estaba entumecido.
Por el frío y las heridas.
Se pasó recostado en la misma posición, teniendo sueños y pesadillas. A veces imaginaba a su madre, en otras, a sus amigos que había dejado atrás.
El segundo día, pudo sentarse. Tenía hambre, pero aún no era capaz de ponerse de pie. Trató de arrastrarse, pero la espalda le ardía tanto que decidió no hacerlo.
Se recostó de lado y se la pasó viendo a la pared, mientras dibujaba patrones imaginarios.
Como le hubiera gustado saber escribir. Hubiera podido escribir sus historias, sus aventuras. Y tal vez, cuando descubrieran su cadáver alguien las leería.
Algo como "las aventuras del esclavo rubio que apuñaló a su señor".
Sonaba interesante. Entonces, se dio cuenta de lo estúpido que sonaba y se río de sí mismo.
El tercer día, ella apareció.
Escuchó pasos e inmediatamente se puso alerta. Podían ser esos guardias que vio cuando entró en la cabaña.
Sin embargo, los pasos eran suaves y cuidadosos.
Cuando la puerta se abrió, alcanzó a ver una cabellera negra que se asomaba con cautela.
Frunció el ceño.
¿Quién…?
Entonces, la vio. Grandes ojos perlados.
Una Hyuga.
La chica parecía igual de sorprendida de verlo, casi como si estuviera viendo un fantasma. La observó sostenerse del marco de la puerta, mientras dejaba en el suelo lo que fuera que cargaba.
No quiso acercarse, porque parecía tenerle miedo, en su lugar, miró a otro lado.
Era ella quien le había ayudado.
Estaba seguro.
Y había regresado, probablemente para saber si estaba muerto. Sonrió. Chica curiosa.
Pero Naruto no era tonto, deparó en su kimono colorido y su cabello estratégicamente peinado.
El estómago se le revolvió ante la idea de que lo delatara. Necesitaba tiempo para curarse, después se iría, era una promesa.
—No me delates —murmuró.
La chica abrió sus ojos sorprendida. Su boca se abrió en una "o" perfecta.
Entonces, negó.
—N-No lo haré —susurró en respuesta.
Sí, la misma voz dulce y calmante. Era su salvadora.
—¿Por qué no lo harías? —preguntó él, en respuesta. Tal vez estaba tentando su suerte. Ella tenía su vida en sus manos.
Pareció pensarlo, pero en su lugar, sólo se encogió de hombros. Se acercó con cuidado y depositó su cargamento en la mesita.
Comida, muchísima comida.
Naruto no recordaba tanta comida.
Pero no se acercó a devorarla como se esperaba. En cambio, la miró con suspicacia.
—¿Cómo sé que no está envenenada? —le dijo.
La chica se estremeció y negó con rapidez. Sus manos temblaban.
—No, nada de eso —se excusó—. De verdad —le prometió, mirándolo a los ojos.
Nada de eso tenía sentido, ¿se daba cuenta ella de eso? ¿Por qué alguien como ella estaría llevándole comida a un simple esclavo, además de salvarle la vida?
No lo entendía
Pero no era tan estúpido como para seguirse preguntando algo así. Aceptaría las cosas como eran.
Y si lo delataba, por lo menos moriría con el estómago lleno.
Salió de su escondite con cuidado, sentía que las mantas pesaban. La chica se movió de la mesita y se escondió en la entrada, dispuesta a correr ante cualquier cosa
Naruto sonrió para sus adentros.
Se comió todo, casi se atraganta. Pero ella no lo miró, ni siquiera un instante y aquello se lo agradeció. No tenía modales, lo sabía, pero tenía tanta hambre.
Estuvieron en silencio un largo rato, hasta que suspiró, satisfecho.
—Gracias —dijo, sincero.
Ella levantó su mirada, sorprendida. Tenía los ojos grandes y trasparentes.
Naruto casi podía ver su reflejo en ellos.
—D-De nada —murmuró en respuesta. Entonces, para su sorpresa, se dejó caer en el suelo, como si estuviera cansada de estar a la defensiva.
Chica tonta.
Y confiada.
Cualquier otra persona pudiera haberle hecho daño.
Era bonita. Lo suficientemente bonita como para llamar la atención. Naruto había visto muchas chicas, esclavas, quienes no tenían tanta suerte, y damas de compañía, quienes siempre estaban limpias y olían bien.
Una vez besó a una chica, poco antes de que la epidemia llegara al pueblo. Ella tenía cabello rosa y ojos verdes. Era linda. Naruto recordaba que hablaba mucho y era algo agresiva. Trabajaba con sus primeros dueños. Sus padres habían sido herboristas, antes de que los mataran y a ella la vendieran.
Se complementaban.
Y sabía sobre hierbas medicinales. Mucho. Tenía pergaminos al respecto, escondidos entre las pocas cosas que poseía. Su madre siempre le preguntaba cosas a la chica y ésta respondía atenta y llena de conocimiento. Naruto aprendió mucho. El tiempo que pasaban juntos era recolectando plantas y estudiando, bueno, ella leyéndole, porque él era analfabeto.
Cuando llegó la epidemia, se la llevaron para que ayudara a los enfermos. Dos meses después se enteró que murió.
Enfermó en medio de olores pútridos y cuerpos en descomposición
A veces pensaba en esa chica y le dolía el corazón. Pero su corazón siempre dolía ante la pérdida de un ser querido.
Ante la injusticia.
Se perdió en sus pensamientos durante tanto ltiempo, que la otra chica, lo miraba preocupada.
—¿Cómo...? —la vio tragar saliva—. ¿Cómo se siente?
Jamás, en sus diecinueve años, alguien le había hablado con tanto… respeto. Su estómago se estrujó, incómodo.
—Aún duele, pero mejor, gracias —se encogió de hombros—. ¿Cómo se llama? —podría ser un rebelde orgulloso e ignorante, pero tenía educación.
Los ojos de la chica se iluminaron. Naruto casi sonríe.
Casi.
—Hinata —susurró, casi como si estuviera cometiendo un pecado—, ¿y usted?
—Naruto —respondió inmediatamente—. Puede sólo decirme Naruto, sabe, Hinata-dono.
Ella negó.
Incómoda.
—Sólo Hinata —le dijo.
Y fue todo. Hinata tomó los recipientes vacíos, los envolvió y se fue.
Naruto se quedó ahí, solo. Sin pedir explicaciones, pero no las necesitaba.
No por ese momento.
Hinata regresó al día siguiente, con más comida y mantas limpias. Parecía realmente interesada en que estuviera lo más cómodo posible.
Y se lo agradeció.
Estuvieron en silencio mientras comía, ella lucía aún incómoda, casi podía ver la culpa en sus ojos, por eso se animó a hablarle.
—¿Por qué me ayudas? —le preguntó, mientras tomaba una gran porción de arroz.
La vio morderse el labio y luego suspirar.
—No pude ayudar a… —negó—. Sólo quiero ayudar.
Naruto lo vio en sus ojos. Hinata había perdido a alguien querido y aún le dolía. Si hubieran sido amigos, hubiera tratado de consolarla.
—Gracias —dijo, en cambio—. No tienes que hacer esto y aun así… gracias.
Entonces, para su sorpresa, le sonrió. No fue una sonrisa deslumbrante, sino más bien una curvatura simple y delicada.
Como ella.
Se quiso dar un golpe en el estómago.
—¿Qué usaste para las heridas? —preguntó, realmente curioso. Ese día se había quitado los restos de hierbas de la espalda. Tenía las heridas aún abiertas, pero menos rojas y asquerosas.
—Caléndulas —respondió.
Caléndulas.
Inteligente decisión.
—¿Sabes sobre medicina?
—U-Un poco. Tuve una maestra —sus manos estaban acomodadas estratégicamente sobre su regazo. Naruto no pudo evitar notar sus modales y delicadeza—. Me hubiera gustado aprender más.
Él no sabía mucho sobre la educación de las chicas como ella, pero debía ser inteligente, o por lo menos podía leer y escribir.
Entonces, se le ocurrió una idea.
—Te puedo enseñar, si tú me enseñas —dijo rápidamente.
Hinata lo miró sin entender.
—¿Enseñarme? —repitió, tenía una mirada curiosa.
—Sobre hierbas. Puedo enseñarte sobre eso, de veras —le sonrió, emocionado—. A cambio, tú me enseñas a leer y escribir.
No le respondió, se quedó analizándolo como si se tratara de una broma. Pero no lo era.
—¿Por qué haría eso? —dijo, más seria esta vez.
Naruto se quedó en silencio. Hinata tenía las de ganar, en realidad. Lo tenía en sus manos.
—Bien, te enseño yo, ¿te parece? Como pago por tu ayuda —era estúpido negociar algo así con una Hyuga—. Si quieres —se encogió de hombros.
Entonces, la vio suspirar.
—Está bien.
Fue todo.
No hablaron más.
Pero por alguna extraña razón, él quería que hablaran más.
No regresó hasta dos días después, lucía cansada. Cargaba más comida de la habitual, casi como si quisiera compensar el día que faltó.
Naruto quiso decirle que él ya estaba en condiciones de salir a buscar su comida.
—Te matarán —le respondió, cuando se animó a decirle—. No tengo problema en traerte esto.
Algo se agitó en su corazón. Pero no le hizo caso.
No era bueno hacerle caso.
—Está bien —fue todo lo que le dijo.
Hinata sacó un montón de pergaminos, pinceles y tinta. Naruto la miró con una ceja arqueada.
—Para que puedas leer y escribir —le sonrió dulcemente—. ¿Aún quieres aprender?
Él asintió. Obviamente quería aprender.
No pensó en lo incorrecto de la situación, en lo prohibido. Hinata no debía estar ahí, no debía acercársele como si fueran amigos de toda la vida.
Pero era fácil. Entre ellos las cosas eran fáciles.
Una semana después, Naruto ya podía escribir su nombre. Ella le sonrió orgullosa y le dio una palmadita en la espalda. Él se encogió de hombros.
Y entonces, hablaron y hablaron.
Entre dedos manchados de tinta, pergaminos doblados y platos vacíos.
Hablaban. De todo y nada.
—Prepara una infusión de menta y la disuelves en el agua caliente. Tus músculos se relajarán y te quitará el estrés —le explicó.
Estaban platicando de hierbas medicinales. Si bien, ella tenía cierto conocimiento, era muy básico.
Bueno, le había salvado la vida.
Hinata asintió, lo anotó rápidamente y se giró hacia él.
Siempre hacía eso cuando quería hacerle una pregunta.
—Mi madre nos daba baños con lavanda cuando éramos pequeñas, nos ayudaba a dormir —comentó, nostálgica.
Asintió.
—Sí, es relajante.
No hablaban de sus familias, de donde provenían, ni de sus clases sociales. Era como prohibido entre ellos.
Se quedaron en silencio, cuando, para su sorpresa, Hinata dijo:
—Mi mamá murió mientras estaba dormida. Hace cinco inviernos —murmuró, no para él, sino a la nada—, y luego, dos años después, mi hermana fue consumida por la epidemia —y se estremeció—, tenía diez años.
La epidemia.
Fiebre y sangre.
Cadáveres.
Naruto quería borrar esos recuerdos de su cabeza.
—Mi madre también murió en la epidemia —confesó, casi como consolación.
Se quedaron en silencio, siendo consumidos por la tristeza de la pérdida. Ricos o pobres, princesa o esclavo. Las enfermedades no respetaban.
—A veces, deseo haber enfermado también —Hinata seguía hablando, parecía como si el cofre que guardaba su voz se hubiera abierto—. Menos dolor —explicó.
Quería decirle que la entendía, pero no lo hacía. ¿Dolor? ¿Qué clase de dolor podía experimentar alguien como ella? No tenía ni idea de lo que era el sufrimiento y las injusticias.
Sintió rabia. Así que no le respondió.
Y ella se dio cuenta. La atmósfera amigable y divertida fue sustituida por una triste y pesada.
Se puso de pie, tomó los platos vacíos y desapareció.
Naruto no la vio en dos días.
La extrañaba.
Se dio cuenta que era un idiota por extrañar a alguien que no debía a extrañar.
Había demasiados "extrañar" en sus pensamientos.
Cada que escuchaba pasos cerca o algún ruido, su corazón se aceleraba, emocionado. Pero no, ella no regresó, hasta dos días después.
Y no lucía para nada como recordaba.
Estaba triste, el cabello desarreglado y la mirada perdida.
No trajo comida. Naruto no la necesitaba, había salido a atrapar conejos para comer, tenía una reserva.
Pero se preocupó.
¿Qué había pasado?
Hinata no dijo nada, sólo se sentó en un rincón, abrazando sus piernas. Qué extraño era verla en esa posición tan… humana.
—Tuve un mal, muy mal día —susurró—. Pensé en venir aquí, pero… —miró a a otro lado—. ¿Somos amigos? —le preguntó, directamente. Tenía los ojos rojos, probablemente de contener el llanto.
Naruto asintió. Eran amigos, ¿no?
Quería pensar que sí.
—Supongo —le sonrió—, ¿estás bien?
Negó.
Entonces, palmeó el suelo, en el espacio vacío que estaba a su lado. Él la miró, sin entender.
—V-Ven —susurró. Estaba ruborizada. Naruto jamás la había visto ruborizada.
Cauteloso se sentó a su lado. Sus hombros rozándose.
Jamás habían estado tan cerca.
Jamás.
Jamás.
El aire era más pesado. Se sintió como un niño. Curioso. Perdido.
Emocionado.
—¿Has tenido que hacer algo que no quieres? —preguntó Hinata, después de un rato.
Él asintió.
Siempre hacía cosas que no quería.
—Sí.
Ella suspiró.
—Mis problemas no se comparan a los tuyos, lo sé —murmuró. Temerosa—. Pero… duele también, sabes.
Sabía que lo decía por la plática de la última vez. Naruto suspiró.
—Lo siento. Por desestimarte —miró al suelo—. A veces las cosas me ganan. Los malos recuerdos.
Pesadillas, más bien.
Hinata le sonrió. Naruto no supo interpretarla. No era bueno leyendo a las personas. Pero había algo diferente en su mirada, algo que no entendía.
La curiosidad palpitó en su pecho.
Se quedaron viendo fijamente durante un largo rato, tratando de leer los sentimientos del otro. Conectaban de una manera extraña. No necesitaban temas de conversación complicados para entenderse.
El sólo saber que el otro estaba ahí, era suficiente.
—Te extrañé —dijo, repentinamente, con miedo de romper el encantamiento de lo que fuera que estuviera sucediendo entre ellos.
Ella asintió.
—Yo también —le respondió y se recostó en su hombro.
Se quedaron el resto de la tarde así. No se movieron. Porque tenían miedo. Miedo de volver a la realidad.
Ojalá y la realidad no existiera.
Los días pasaron, uno tras otro, hasta que se cumplió un mes.
Naruto no se dio cuenta, más bien, no quiso darse cuenta.
Era mejor mentirse a sí mismo y disfrutar de cada momento.
Hinata y él tenían una rutina. Ella iba todos los días, sin falta, a la misma hora. A veces llevaba comida, otras postres. A veces pergaminos y tinta, hasta juegos de mesa.
Sentía que la conocía de toda la vida.
Era curioso, a decir verdad. Jamás había sentido una conexión con alguien. No como con ella.
Hinata se sorprendía de su capacidad de aprender. Le decía que era inteligente, pero perezoso. Naruto a veces se avergonzaba ante los halagos, pero se los tomaba con humildad.
Sí, aprendía rápido. Ya sabía escribir palabras complicadas y leer textos grandes. Estaba maravillado con el mundo que se abría ante sus ojos.
Por otra parte, ella también era inteligente. Hinata absorbía el conocimiento como una esponja. Además, era constante. Él le enseñaba todo lo que podía sobre hierbas medicinales y sus efectos. Trataba de dibujarle, como podía, las formas de las hojas y la manera de descifrar los olores.
Pero había cosas que debían mostrarse. Estar en el campo abierto para entenderlas. Naruto había aprendido sobre hierbas viendo a Sakura arrancar las plantas con sus manos, estrujarlas, olerlas.
Deseaba enseñarle eso a Hinata. Pero entonces, era cuando lo sacudía la realidad.
Un día, pronto, tendría que salir de ahí. Volver a su vida. Bueno, no a la anterior, pero buscar una nueva.
Se preguntaba si ella lo sabía. Ese juego se tenía que terminar, cuanto antes. Al paso que iban, saldría herido.
No podía cargar con más pena. Ya le habían lastimado suficiente el cuerpo y el corazón.
—¿No tienes hambre? —le preguntó ella, estaba mirándolo preocupada. Hinata a veces olvidaba sus modales, como si a su lado estuviera cómoda. Se sentaba relajada, con la espalda pegada a la pared y los brazos descansando en su regazo.
Naruto se quedó en silencio. Su estómago estrujándose en anticipación y culpa.
Culpa por ser él quien rompiera la magia.
Pero tenía que terminar.
—Creo que me iré pronto, de veras —soltó. No quiso ver su reacción, pero sintió la atmósfera llenarse de tensión—. Es hora.
Hinata no le respondió. La escuchó respirar con agitación, casi como si tratara de controlarse.
—¿P-Por qué? —le preguntó—. Puedes quedarte el tiempo que quieras, no diré nada.
Sonrió, enternecido por sus palabras. Sabía que no lo haría, había comprobado tener buen corazón.
—Lo sé —finalmente se dignó a levantar su mirada y se sorprendió de verla llena de confusión—. Pero, ¿cuánto tiempo seguirás viniendo, trayéndome comida y ropa? Si te descubren, será el final, de ambos.
"El final de ambos". Dudaba que ella sufriera más que una reprimenda, en cambio, él sería llevado directo a la muerte.
Hinata lo entendió, porque bajó su mirada, incapaz de buscar una excusa.
No pudo seguir comiendo, de repente, le parecía inadecuado. De hecho, todo en esa loca situación era inadecuado. ¿Qué estaba pensando?
—Yo… —esperó a que dijera algo más, pero en cambio, la vio llevarse las manos al rostro, ocultándolo.
—¿Hinata? —preguntó, sorprendido y preocupado. Estaba temblando.
Fue entonces cuando se dio cuenta que lloraba. Hinata lloraba. Soltaba sollozos bajitos, tímidos. Como ella.
Se quedó en shock, sin entender, ¿la había hecho llorar? ¿Pero por qué? Sin entender muy bien, se le acercó, sin saber cómo consolarla.
Tocarla era demasiado. Incorrecto. Era cruzar la línea de todo lo prohibido en sus vidas. Sin embargo, al verla tan frágil, le rompió el corazón e impulsivamente la abrazó.
Los tomó por sorpresa a ambos. Habían sido muy cuidadosos mientras pasaban tiempo juntos, evitaban los roces accidentales o cualquier contacto. Tal vez porque en el fondo sabían que una vez que sus pieles se tocaran, era el fin.
Y lo fue.
Por lo menos para él.
Hinata no era una chica pequeña, tenía la estatura y peso adecuado. Pero por alguna razón, en ese momento le pareció más diminuta, desprotegida. La apretó contra su pecho, con fuerza, temiendo que el momento se desvaneciera.
Había dejado de temblar, en cambio, la sentía tensa en sus brazos. Pero sólo duró unos segundos, porque después lo rodeó por los costados y se relajó en el abrazo.
Abrazo que duró mucho tiempo. Por lo menos hasta que el frío piso de madera se hizo insoportable y los brazos se les durmieron por estar en la misma posición.
Cuando se separaron, fue difícil mirarse. Hinata estaba ruborizada, tenía el rostro rojo, como si tuviera fiebre. Él también sentía las orejas calientes y como burbujas en el estómago.
No tocó el tema de irse otra vez. Se lo guardó muy dentro y en cambio se permitió disfrutar de su felicidad momentánea.
Podía quedarse.
Podía hacerlo.
Sólo unos días más.
Sólo los suficientes.
Sólo…
Ya no sabía hasta cuándo.
Las cosas cambiaron entre ellos en los siguientes días. Naruto perdió la cuenta del tiempo que pasaban juntos.
Las horas pasaban rápido. Demasiado rápido. Hinata siempre se iba al atardecer.
Nunca se quedaba hasta más tarde.
Siguieron con su rutina, aprendiendo el uno del otro. Pero ahora, Naruto le contaba historias, sobre su vida como esclavo y el montón de cosas que había llegado a ver. También anécdotas de su madre.
Hinata le hablaba de su hermana. A veces también de su mamá, dependía del día.
Entre los dos creció la confianza. Si bien, no tocaban temas delicados que podrían traerles problemas; conversaban sobre la injusticia, el hambre, la esclavitud.
Sus sueños.
Naruto tenía sueños, algunos ambiciosos. A veces quería ser un rey o general. En otros, sólo deseaba su propia cabaña con vacas y gallinas. O una espada, siempre había querido una espada.
Hinata era más simple. Deseaba ser libre. Cuando le preguntó a qué se refería, ella le explicó:
—Ser mujer en un mundo de hombres —dijo, con una sonrisa triste.
Lo entendió y tomó su mano.
Se tocaban.
Desde ese extraño abrazo, ahora se tocaban con mucha facilidad. A veces roces accidentales. Cuando escribían, por ejemplo, sus hombros se tocaban y ambos, discretamente se pegaban aún más.
En algunas ocasiones ella tomaba su mano, deliberadamente, mientras le contaba sus historias. En otras, era Naruto quien lo hacía, ya fuera mientras Hinata leía o simplemente porque quería.
Sus manos encajaban.
Las de ella eran más pequeñas, delicadas y limpias. No tenían ni una sola cicatriz, estaban suaves y tersas. Las de él, en cambio, era rústicas, por el trabajo duro, estaban llenas de rasguños, aunque, eso sí, siempre limpias.
Ese día, estaban tomados de la mano, sentados sobre el suelo. Habían leído casi todo el rato.
—Me gustan tus manos —dijo Hinata, de la nada. Él arqueó una ceja.
—¿De verdad? —preguntó, divertido.
Hinata levantó sus manos unidas.
—Encajamos —sonrió. Como si el mero hecho la hiciera genuinamente feliz.
Naruto quiso decirle que no, que no encajaban. Pero desgraciadamente lo hacían, de una manera retorcida e incorrecta.
Se encogió de hombros.
Tomó su mano y le dio un beso en la palma. Podía sentir el palpitar de su mano contra sus labios.
Era tan preciosa.
Algo cambió cuando la vio. Hinata tenía los ojos llenos de algo que Naruto no pudo descifrar. Lo miraba con adoración.
Probablemente él la miraba igual.
Y entonces, simplemente pasó.
Se le acercó y sus labios se unieron. Si bien había besado a una chica antes, esto era diferente, muy diferente. Podía sentir la respiración de ella, agitada y rápida.
Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer, así que simplemente se dejaron llevar. Sus labios moviéndose lento, con miedo, hasta con torpeza. Pero era un beso, al fin y al cabo.
Naruto presionó una mano en su nuca y Hinata apretó sus ropas, con fuerza, como si quisiera sostenerse.
Se besaron con lentitud.
Y ese fue el inicio del fin.
Hinata no regresó en tres días. Se preocupó. Tanto, que casi sale a buscarla.
Pero entonces, apareció, justo después del atardecer, algo que no esperaba. Estaba llorando y fue entonces cuando le soltó la verdad.
Naruto sintió que su mundo se derrumbaba.
—Me voy a casar en dos semanas.
Y con el su corazón.
¡Hola!
Lo prometido es deuda, he aquí el segundo capítulo y mi favorito. Tengo la corazonada que les va a gustar tanto a mí. Es la primera vez que escribo algo donde transcurren muchas acciones en un sólo capítulo y no hay tanta narración. Me gustó experimentar. Fue diferente.
¿Qué les pareció el capítulo? Siento que Naruto me quedó algo OoC, pero supongo que teniendo en cuenta las circunstancias se podría entender. El siguiente capítulo es el final (sin contar el epílogo) y será narrado por Hinata y creo es un poco más extenso.
En fin, no tengo mucho que decir, quiero agradecerle por sus comentarios y respuesta tan positiva. Eso me anima a escribir y me hace feliz. Como mencioné en el capítulo anterior, escribí esta historia para mí pero estaba insegura sobre publicara y ver que les agradó, me alegra.
¡Te invito a dejarme un review con tu comentario sobre este capítulo! y además gracias por leer hasta aquí.
Un fuerto abrazo y nos vemos en tres días.
Lizy.
29.01.19
